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Full text of "Obras de sta. Teresa de Jesús"

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BIBUPlECA MI5irCA (ARMElflANA 



OBRñS DE STñ. TERESA DE JESÚS 



BIBLIOTECA MÍSTICA CARMELITANA 



OBRAS 

DE 

STA. TERESA DE JESÚS 

EDITADAS Y ANOTADAS POR EL 

P. SILVERIO DE SANTA TERESA, C. D. 



TOMO II 



RELACIONES ESPIRITUALES 




BURGOS: 
Tipografía de «Bl Monte Carmelo» 
1915. 






ES PROPIEDAD 



r? 






<í^-. 



Véí 



APROBACIONES 



Imprimi potest- 

Fr. Ezechiel a S. C. Jgsu, Provine ialis 

Prou. S. Joachim Navanae. 



Imprimatut. 

f JosEPHUs, Archp. Burgensis. 



CARTA DE SU SANTIDAD 









Oy7y4;^^/^(y' 




-<0eíict>íctii6 

Cki:>/Ceptiiiii <K U. ia,iu><xviuUz <.oi,toiiuiMi ii|pi:>^í)cit« 
^ cLcuúoxxuti tu¿ 6\x>'iiti/:> Vl/totiitii octipta. 7>c zc ^Mnoti 
<i<x <xtauc cx?ccUcíX, a<u3iin/m Datic cxat te ixcyxtcd'v^^^ 



atiente tai ti coptooc <>\^czx}it ,{cL\n <xJCt(^ . 
<^\y,^ ?cMMi -p<yl'^eaiuxtlta iiiixatHieí) <)4.s?4'nctc oytatictc^o 
4 11 i u ? toid 1114 <xt ti vil i ? OLCvcciioi «JMieo , 'ttí ¿II De 1 1 laivot^a 1 1 . 
<)a. v'i^tu^io V.ei txtUoiÁí» vía. cetcxio ^^ Diuiím -pia.^^>tet^j> 
<xc niaaiottO/wt . ^^Ikitaiíaiic íoiítut ttíñ <Yiatiaa^uc)/tiU') 
íkuMtuii?, \\o\\ 'vi4'Cx>'io<7tt? uxüoii:» optt:? i i>ct^i ai t,c 102 o üa 
tv:>í)inii:> vctic ctuopicatitm nioiuiuicvitio. (pttt ^itt » 
<Wut uxiiiXi >i tit utíit/itttti cotirt<)iiuu?, c<x aiioqtic uccco, 
oeaU civtOLC iD aewu-;» co<;ptio coiitcaí 7>\\\\.\.vC ptiic)eno Viti . • 
OjA.\\í><xrx^\x\\\ i<:/utiu O^lecUi?, ^illnll iittiíD advtotatioiitt'Vtt 



VIII CARTA DE SU SANTIDAD 



M^uo M,í</it U CH/Wi/i ftuxtu uUii^tcc pzoj:>oyito -ac>faJi> • 

^vtlO|0^i4 oO íCLid c ?culevitt<X cxSo<?fv?c4^4i.tii — :>. 
^5tpooto&c<xi 1 1 c)6 ct tcc) Ictioi LC u u cae feo ti uvit co t uri . 



Rl amado hijo Silverio de Santa Teresa, sacerdote de la Ordejj de 
Carmelitas Descalzos. 

BENEDICTO PñPfl XV 



Amado hijo: Salud y Bendición Apostólica. 

Es ciertamente mii\' justo que al emprender la meritlsirna labor 
de editar las obras de los autores ascéticos y místicos más esclare- 
cidos de tu Orden, hayas comenzado por los escritos de la Santa 
Madre y Legisladora^ Teresa de Jesúo. Porque ésta es aquella Virgen 
avilesa que trata tan colmadamente de la perfección de la vida cris- 
tiana, y con tan profundo sentido sigue las maravillosas ascensiones 
de la gracia divina en las almas justas, que se presenta como guia 
y maestra en el camino de la virtud más encumbrada. Te felicitamos 
efusivamente, asi por haber emprendido una obra de tanto empeño, 
como por los valiosos documentos que publicas. Y si a esto se añade, 
como esperamos, una moderada elegancia en el decir, que tan bien 
parece en este género de escritos, a la vez que con oportunas anota- 
ciones que los ilustren, juzgaremos desde luego que has trabajado 
con provecho en la consecución de ambos fines, que son el bien espi- 
ritual de los prójimos y la gloria de tu Orden religiosa. Te damos las 
gracias de corazón por el primer tomo de la obra que te dignaste 
enviarnos, amado hijo. Y a fin de que continúes con ánimo hasta ter- 
minarla según tus propósitos, te enviamos cariñosamente la Bendición 
Apostólica, prenda de auxilios celestiales. 

Dado en Roma, junto a San Pedro, a 8 de Mayo de 1915, año 
primero de nuestro Pontificado (1). 

Benedicto, Papa XV. 



1 La Carta de Su Santidad venia acompañada de lo siguiente de Su Eminencia el Carde- 
nal Secrelario fie Estado. 



SECRETARIA DE ESTADO 
DE SU SANTIDAD 

Del Vaticano, 9 de Mayo de 1915. 
Muy Rdo. Padre: 
fígradeciendo el Padre Santo el primer volumen de ta Biblioteca Mística 
Carmelitana, que comprende la Vida de Santa Teresa de Jesús, ofrecido por 
V. R. como homenaje de veneración ñlial a Su Santidad, se ha dignado darle 
las gracias en una venerada Carta autógrafa. 

Me es muy grato remitirle el dicho documento pontiñcio, y aprovecho con 
agrado la ocasión para manifestar a V. R. los sentimientos de mi sincera 
estimación. 

De V. R. afmo. en el Señor. 

f Pedro, Cardenal Gasparri. 



R. P. Silverio de Santa Teresa, de la Orden de Carmelitas Descalzos. 



INTRODUCCIÓN A LAS RELACIONES ESPIRITUALES 
DE SANTA TERESA 



Santa Teresa en el Libro de la Vida, como se ha podido observar 
por su lectura, se detiene particularmente en dar a conocer el estado 
de su alma y los grandes favores recibidos de Dios. Extremadamente hu- 
milde, hacía mucho caudal de sus faltas, y no acertaba a compren- 
der cómo a una persona tan ruin (calificativo que con mal disimu- 
lada fruición se aplica a cada momento), podía Dios otorgar tan 
levantadas mercedes. De ahí sus dudas de espíritu, que apenas la de- 
jaron hasta descender al sepulcro, y su empeño constante en darse 
a conocer a los hombres más doctos y santos de su tiempo. Viene 
a comprender la Autobiografía casi los primeros cincuenta años de 
su vida, y como en los restantes no cesaron los favores del cielo, 
pródigamente concedidos a esta alma portentosa, se vio en la nece- 
sidad de escribir nuevas relaciones para sus confesores, y someter a 
su juicio aquellos dones divinos. Por lo mismo, las Relaciones son 
prolongación de los admirables capítulos de su Vida, donde nos ha 
descrito, con la sencillez de la verdad misma, el interior de su alma, 
hermosa. 

A este precioso diamante le faltaban aún nuevas lumbres por des- 
cubrir, cada vez de más subido valor, a medida que se aproximaba 
la fecha en que había de ser engastado en la primorosa corona que los 
grandes siervos de Dios labran diariamente al Cordero inmaculado. 

En las Relaciones, se observan la misma ingenuidad y gracia 
de narración que en la Vida^ las mismas opulentas manifestaciones 
de la gracia, el mismo candoroso temor de no ser engañada por ar- 
dides demoníacos, las mismas vigorosas pinceladas ascéticas y místi- 
cas, los mismos abrasamientos de caridad, que terminaron por con- 
sumirla y transportarla al cielo en un suspiro inefable de amor a Jesús, 
que el corazón fué incapaz de soportar. 

Lógico es que se publiquen a continuación de su Vida. Así lo 
comprendió Fr. Luis de León, que dio a la luz algunas de estas Reía- 



Xn INTRODUCCIÓN 

clones y mercedes de Dios, aunque posteriormente los editores no 
han tenido criterio fijo en la colocación de ellas, distribuyéndolas entre 
las cartas, muy separadas unas de otras, privándonos así de la grata 
impresión de conjunto que nos producen seguidas, como su argumento 
reclama. Además, se omitieron muchas, y otras se imprimieron mutiladas. 

Las que publicamos en este volumen, comprenden desde el año 
1560 hasta el 1581, poco antes de su muerte. Cinco son las Rela- 
ciones dirigidas, a sus confesores, que se han conservado. La primera, 
que comienza: «La manera de proceder en la oración que ahora tengo», 
es de 1560 y ise ha creído que fué escrita a San Pedro de ñicántara, 
aunque la misma Santa parece contradecirlo cuando dice: «Esta Rela- 
ción que no es de mi letra, que va al principio, es que la di 
yo a mi confesor, y él, sin quitar ni poner cosa, la sacó de la 
suya. Era muy espiritual y teólogo, con quien trataba todas las cosas 
de imi alma, y él las trató con otros letrados; entre ellos, fué el P.Man- 
cio». Estas palabras inducen a creer que el confesor de quien aquí 
habla es el P. . Ibáñez, hombre muy docto y virtuoso, como la Santa 
afirma en diversos pasajes de su vida. Sabemos por Ycpes (1) que 
Ibáñez consultó al P. Mancio las cosas de Santa Teresa, y por medio 
de él se puso en comunicación espiritual con el célebre catedrático 
de Prima de la Universidad salmantina. Fué escrita hacia mediados 
del año 1560, fecha en que consta ciertamente comunicaba la Santa 
su conciencia con el P. Ibáñez. Pudo, sin embargo, San Pedro de Al- 
cántara conocer esta Relación, porque en estos años trató mucho a la 
M. Teresa, la consoló y dio seguridades de buen espíritu; y aun con- 
certaron entrambos que ella le escribiese cuanto le ocurriera en 
adelante, lo cual no impidió que el mismo Santo le aconsejase que «de lo 
que tuviese alguna duda, y por más siguridad de todo, diese parte 
a el confesor» (2). Lo más probable es que la Relación fué escrita y 
dirigida al P. Ibáñez y que el Sanio tuvo conocimiento de ella. 

La segunda, continuación de la primera, fué escrita, según dice 
la misma Santa, algo más de un año después, en el palacio de D.« Lui- 
sa de la Cerda (Toledo), como claramente da a entender en varios 
pasajes de ella. Permaneció allí Santa Teresa desde principios de 
1562 hasta los primeros días de Julio, que volvió a Avila. Estaba en- 
tonces en la ciudad imperial su buen amigo el P. García de Toledo, 
quien seguramente la vio antes de enviarla al P. Ibáñez, a quien la 
destinaba (3). 



1 Vida de S. Teresa, Próloflo. 

2 Vida, c. XXX, p. 240. 

3 También de esta Relación pudo tener conocimiento S. Pedro de í'Mcantaia. Según el 
P. Lorenzo, en la Vidn de este Santo, hallándose Santa Teresa con D.a Luiso de la Cerda, 



INTRODÜCCTOK XÚI 

Ambas Relaciones se completan por otra tercera, escrita en el 
convento de la Encamación, nueve meses después que terminó la se- 
gunda, hacia la primera mitad del año 1563. También parece compuesta 
para el P. García de Toledo o el P. Báñez, con quienes por esta fecha 
se confesaba, según presumimos (1). 

Ribera y Yepes en sus vidas respectivas de Santa Teresa, fueron 
los primeros en publicar estas Relaciones. En 1615, las publicó el 
padre Tomás de Jesús, y lo mismo hicieron el padre Jerónimo de San 
José y el padre Francisco de Santa María. Por primera vez 
aparecieron, aunque fraccionadas, en la edición de las Obras de la 
Santa hecha en ñmberes, año de 1630, por Baltasar Moreto, y en 
las siguientes se publicaron como cartas. Antonio de San José, en 
las notas a las Cartas de la Santa de la edición de 1778, dice que 
los originales de estas Relaciones estaban en poder del intendente 
del Duque de Béjar, en la villa del mismo nombre. No sabemos dónde 
paran hoy, si es que se conservan todavía estos venerandos originales. 
Según noticias que nos han dado de ese lugar, allí no hay vestigio 
de ellos, por desgracia. 

Otras tres Relaciones han llegado hasta nosotros, hechas por la 
Santa a sus confesores. Dos dirigidas al P. Rodrigo Alvarez, de la 
Compañía de Jesús, y la tercera a D. Alonso Velázquez, canónigo de 
Toledo, y íobispo después de Osma. Padeció muchos trabajos la Santa 
en la fundación de Sevilla, principalmente por las falsas acusaciones 
de una monja enfermiza (histérica la llamaríamos hoy) (2), que no 
contenta con traer afligida a la Comunidad por sus rarezas y estrafa- 
larias veleidades, salió del convento que la Santa acababa de fundar e 
hizo denuncias tan graves a la Inquisición, que hubo ésta de tomar 
cartas en el asunto. Quien más sufrió en este negocio fué la M. Fun- 
dadora. De nuevo se puso en tela de juicio la bondad de su espíritu, 
para salir de nuevo también más acrisolado y hermoso. Gozaba fama 
de discreto y avisado director de almas el P. Rodrigo Alvarez, de 
la Compañía de Jesús, y a él le encomendó el Santo Tribunal el 



concertando la fundación de su primer monasterio de Descalzas, tenía algunas dificultades acerca 
de la pobreza absoluta en que quería fundarlo, o para consultarlas a S. Pedro de Alcántara, 
le suplicó fuese a Toledo, donde D.a Luisa le hospedaría con mucho gusto en su palacio. 
El Santo se determinó a ir, h pasó allí algún tiempo con grande contento y provecho de 
Santa Teresa y de D.a Luisa, que le cobró singular cariño y le ofreció lo necesario para dos 
fundaciones de sus religiosos, una en Paracuellos y otra en Malagón. (Cfr. Dortentum poeni- 
tentiae sive Vita S. Detri de Hlcantara, aucthore Fr. Laurentio a D. Paulo Sueco, lib. III, 
c. XIV, p. 126). 

1 El P. Jerónimo de San José (Historia del Carrren Descalzo, 1. V, c. VI, p. 807), se 
inclina por e! P. García de Toledo, fundado en que el P. Báñez era poco amigo de que se 
escribiesen e.stas cosav. 

2 Cfr. Ramillete de Mirra, por María de S. José, primera priora de las Carmelitas Des- 
calzas de Sevilla. 



XIV INTRODUCCIÓN 

examen de la M. Teresa. Para ello le escribió la Santa una Relación 
por los meses de Febrero o Marzo, y otra algunas semanas más tarde, 
aunque ésta última, no como a calificador del Santo Oficio, sino como 
a director de su alma, según había hecho antes con otros directores. 
El P. Rodrigo consultó a varones discretos, y aprobó el espíritu de 
la Santa (1). 

En la primera de las Relaciones al P. Rodrigo Alvarez, habla 
Santa Teresa en tercera persona y enumera muchos de los directores 
espirituales que había tenido. Dos veces debió de redactar este escrito, 
con alguna leve diferencia. El que trae Ribera, que dice haber tenido 
el autógrafo delante (2), que se halla en los Códices de Avila y 
Toledo, de que luego hablaremos, y el que se conserva original en los 
Carmelitas Descalzos de Viterbo (Italia), no publicado todavía en nin- 
guna de las adiciones españolas de las obras de Santa Teresa. 

De la atenta lectura de ambos documentos, parece inferirse, que el 
autógrafo de Viterbo fué el primer escrito de la Santa, que luego, 
algo modificado, le ísirvió para la redacción definitiva, que había de re- 
mitir al P. Rodrigo. Existiendo el original de esta Relación, claro es 
que hemos de preferirle a las copias que de la segunda redacción nos 
quedan, por autorizadas que sean, que lo son mucho; por eso, publica- 
remos el de Viterbo como texto de lectura, dejando para los Apén- 
dices la última redacción de él, según se halla en los antiguos men- 
cionados Códices de ñvila y Toledo. 

De la otra Relación al Padre Rodrigo, no se conserva el original, 
pero sí copias contemporáneas de la Santa, que nos han servido para 
editarla. Publicadas estas Relaciones por Ribera, se han reproducido 
después en las ediciones de las Obras de Santa Teresa, entre las Cartas. 

La última Relación fué escrita en el mes de Mayo de 1581, es- 
tando en la fundación de Palencia. Dirígela al doctor Velázquez, obispo 
de Osma, grande amigo de la Santa, a la que había confesado es- 
tando en Toledo (3). El Obispo de Osma siempre había sentido bien del 
espíritu de la Madre Teresa, a quien tenía singular veneración, y 
deseando en su diócesis un convento de Carmelitas Descalzas, escri- 
bió para conseguirlo a la M. Fundadora, ñntes de salir para esta nue- 
va fundación, la Santa dio cuenta al Prelado de su espíritu en un her- 
moso documento, que puede ser considerado como la última bellísima 
manifestación del estado de su alma, ya en plena madurez. 



1 Pueden verse acerca de esto las Declaraciones del P. Hennquez, S. J., en el Proceso 
de canonización de la Santa hecho en Salamanca, ano de 1590, y la del licenciado Femando 
de Mata en Sevilla, año de 1596. 

2 Vida de S. Teresa, lib. I, c. VII. 

3 Habla la Santa con giande elogio del Di. Velázquez en su correspondencia epistolar. 



INTRODUCCIÓN XV 

Salió a luz por primera vez este escrito, como carta de Santa 
Teresa, en Bruselas, año de 1647, y entre las Cartas ha venido publicán- 
dose en las ediciones castellanas, sin exceptuar las de La Fuente. En 
ésta saldrá en el lugar que le corresponde, corregida conforme a dos 
extensos fragmentos autógrafos que se veneran en las Carmelitas Descal- 
zas de Santa ñna de Madrid, 

Hdemás de estas Relaciones dirigidas a los confesores, existen 
otras de corta redacción, que declaran gracias o mercedes recibidas de 
Dios, hablas interiores y algunas revelaciones. Gran parte de ellas 
están escritas después de la comunión. Son interesantes y completan 
el cuadro incomparable en que campea este espíritu, tan lleno de 
carismas. Estas Mercedes divinas, lindamente narradas, semejan a las 
pequeñas partículas que se desprenden de la piedra preciosa al enta- 
llarla el lapidario, diminutas ciertamente, pero de facetas no menos 
brillantes y hermosas que la piedra misma de que formaron parte. 
Algunas hacen referencia a su alma; otras a distintas personas, muy 
conocidas de la Santa, entre las cuales está en lugar preeminente el 
P. Jerónimo Gracián. No faltan algunas que han debido de ser re- 
laciones escritas para sus confesores, pero o porque la Santa no 
las completó, o porque se han perdido, se hallan hoy en estado muy 
fragmentario. 

De la existencia de estos escritos sueltos no cabe dudar. R más 
de afirmarlo Fray Luis de León, lo testimoniaron muchos testigos 
oculares en los Procesos para la canonización de la Santa. Dice 
a este propósito María de San José, hermana del P. Gracián, en 
las Informaciones de Madrid: «Conoció en la M. Teresa de Jesús y 
lo sabe porque ha tenido muchos papeles y cartas suyas escritas a la 
M. María Bautista, con quien ella comunicaba más en particular, y 
otras cartas escritas al P. Fray Domingo Báñez, su confesor, en que 
le daba cuenta de algunas cosas particulares de su espíritu y avisos 
que Nuestro Señor le daba. Y sabe esta testigo que muchas cosas 
dejó escritas de su mano, que después de muerta, esta testigo las 
trasladó (1), y el P. Fray Luis de León y otras personas doctas 
fueron de parecer que algunas de ellas se imprimiesen, que son las 
que están al cabo de la Vida de la dicha Madre. Y otras, por 
ser muy subidas de espíritu y que no todos las alcanzarían, no se 
imprimieron; y otras que tocaban a personas particulares que, por 
ser vivas las personas a quien tocaban, no se imprimieron, y algunas 



1 Memorias Historíales, letia R, núm. 50. El traslado de María de S. José, inserto en 
diversos parajes del /Iño Teresiano, se conserva en las Carmelitas Descalzas de Consuegra, 
donde la venerable .V.adre pasó la mauor parte de su vida religiosa. 



X\l INTRODL'CXICN 

de ellas tocaban a profecía, y parte de ellas ha visto cinnplidas, como 
era que estando un hennano de esta testigo muy malo, y dándole pena 
a la dicha Madre pensar si le había de faltar, dijo después, que ella 
había de morir primero que él, como fué ansí, que ella murió y él es 
vivo» (1). 

Lo mismo aseguran en las Informaciones hechas para la cano- 
nización de la Santa muchas primitivas Descalzas que la conocieron, 
vivieron con ella, y hasta copiaron algunas de estas mercedes. Parece 
que Santa Teresa, terminada su primera fundación de San José, gozó 
de relativa tranquilidad de espíritu y no se curaba de escribir los fa- 
vores que iba recibiendo de Dios, hasta que el mismo Jesús se lo 
avisó, sobre todo desde 1571 en que conoció al P. Gradan y tuvo 
sobre él no pocas revelaciones, ilsí nos lo asegura María de San José, 
que en sus Recreaciones dice: «Y como ya por la fundación de este 
monasterio y por verse cumplidas clara y manifiestamente todas las 
cosas, así la misma Madre como los confesores, satisfechos del ver- 
dadero espíritu de Dios, y con esto contenta, no se curaba de ir es- 
cribiendo muchas grandezas que el Señor le manifestaba, como yo 
lo entendí de la misma Aladre; hasta que después se lo mandó 
Nuestro Señor, y comienza a decir otras revelaciones en un cuader- 
nito, y dice: «Año de mil y quinientos y setenta y uno...» (2). 

Las palabras transcritas explican el número escaso de Relaciones 
que se conservan del año 1562 al 1571, abundando en cambio desde 
esta fecha, principalmente del año 75 hasta el año penúltimo de su 
vida. Las Relaciones anteriores al 71 debían de andar en hojas sueltas 
aimque ordenadas; pero desde esta fecha comenzó a escribirlas en 
cuadernos, como hemos visto en María de San José, y afirma la misma 
Santa en ima de las últimas mercedes donde dice: «Ahora, tomando 
a leer este cuadernillo, he pensado si ha de ser ésta la fiesta». 

El cuadernillo donde la Santa apuntaba las mercedes de Dios, 
debió de perderse muy pronto. Las religiosas primitivas hablan de él 
g lo tuvieron algimas en sus manos. También lo tuvo el P. Francisco 
de Ribera, como veremos luego. Otras relaciones aisladas de su letra, 
las vieron y copiaron biógrafos primitivos de la Santa y muchos escri- 
tores de los primeros tiempos de su Reforma. Los pocos autógrafos 
conservados hasta nosotros, se indicarán en sus lugares propios. Sólo 
añadimos, como prudente precaución, que las mercedes veneradas en 
algunos lugares como originales de la Santa, están compuestas con 
letras de la ínclita Doctora, cortadas, por lo regular, de cartas suyas. 



1 Véas« la Rc'.acón LV, p- 78. 

2 Recreación rictima. 



INTBODt'CClON S\,Ü 

y puestas en forma que reproduzcan un aviso, relación o pensamiento 
de sus escritos. Hemos visto algunos casos de estos, y es necesario 
proceder con no poca diligencia y cautela antes de calificar de autó- 
grafo de la Santa lo que es solamente arreglo infortunado de letras 
suyas. Por ejemplo, los cuatro avisos a los Superiores de la Reforma, 
que recibió en San José de H;-ila en 1579, se hallan de letra de la 
Santa en las Carmelitas Descalzas dsi Corpus Christi de Rlcalá de 
Henares, pero no es un original suyo, sino un papel en que se fue- 
ron pegando letras de Santa Teresa hasta componer los mencionados 
avisos. Los editores, sin embargo, los han dado como autógrafos. Casos 
parecidos habremos de citar bastantes en esta edición. 

Fray Luis de León fué d primero que publicó cierto numero de 
estas relaciones en la edición de las Obras de la Santa hecha en Sa- 
lamanca (1). Maria de S. José nos ha dicho las razones que tuvo el fa- 
moso agustino para no publicar todas las que tenía a la vista. Los 
Padres Ribera, Yepes, Jerónimo de San José y Francisco de Santa 
María dieron a conocer algunas nuevas, y otras han venido editándose 
como cartas incompletas, avisos o fragmentos sueltos en las ediciones 
de estos escritos, pero en número harto limitado, hasta que D. Vicente de 
la Fuente tuvo el buen acuerdo de publicarlas casi todas, valiéndose de 
un Códice que los diligentes Carmelitas que trabajaban en la segimda 
mitad del siglo XV'III en una nueva edición de las Obras de Santa 
Teresa, tenían preparado (2). 

A pesar del orden truculento y embrollador y de las innumerables 
faltas de texto y notas con que las Relaciones salieron, hemos de 
agradecerle todavía que las publicase juntas y desglosase de las cartas 
las que con ellas andaban mezcladas. La citada copia es trasunto de 
dos Códices que se conservan en las Carmelitas Descalzas de Avila 
y Toledo. Entrambos contienen la colección más numerosa de Relaciones 
de Santa Teresa que se conoce, y son de absoluta necesidad para la 
ajustada publicación de ellas. 

El Códice de las Carmelitas Descalzas de Anla hace un cuaderno en 
cuarto, que se compone de las Relaciones de Santa Teresa y de otros 
documentos debidos a distintas plumas. El manuscrito es del tianpo 



1 En la página 545 de esta edición salmantina se lee: «El .Waesao Fr. Lais d€ León 
al lector. Con los criginales dcste libro vinieron a mis manes unos papeles escritos por las 
de !a santa madre Teresa ce Jesús, rn ene, o para metcoiia snga, o paia dar necia a sas 
confesores, tenia puestas cosas qne Dios !• d?cía g mercedes ane le hada, demás de las que 
en este libro se contienen, gce me pareció ponerlas con el, por ser de macha ediñcacioa. Y 
ansi las puse a la letra como la madre las escribe, q'je dice aas;». Pobiicalas Fr. Luis de L«ón 
con notables alteraciones g cambio de palabras, g corresponden, según vienen ec la e<iición 
principe, a las que en el texto lle\-an los números .XX.X\1. .XX\1, XXX. XI, .XII. V^UTII, 

XXV, XV. IX. xvi-xvu g xxn. xlx, xx, xxui. xxrv, .xx\\ vin. .xiv. lxvu. 

2 Guáidase en la Bibücieca >iacioaeI, .\^s. 1.400. 



XVltl INTRODUeaON 

de la misma Santa o poco después. Comparando la letra de las Rela- 
ciones con la de las primitivas religiosas de S. José, nos ha parecido 
que €s de Rna de S. Pedro, que profesó en esta casa el día 15 de ñgos- 
to de 1571 y murió el año de 1588 (1). Fundo mi opinión en que las 
profesiones extendidas hasta el año 1585 en el Libro primitivo de San 
José, están redactadas por la misma mano que el Códice de las Rela- 
ciones, y aquéllas ¡son de letra de la Madre ñna. De 1585 a 1589 no 
hubo ninguna profesión ¡en Avila. El 28 de Octubre de este año, pro- 
fesó la M. ñna de la Madre de Dios, y ya la fórmula extendida 
en el registro es de otra letra, lo que da más firmeza a mis conjeturas. 
La transcripción está hecha con mucha fidelidad en cincuenta y 
cinco hojas y media, y es el Manuscrito que más Relaciones copia de 
Santa Teresa. Algo difiere su ortografía de la empleada por la Santa, 
en determinadas palabras; pero el respeto de la M. Ana a los autó- 
grafos que hubo de trasladar es grandísimo. No se advierte ningún 
cambio de palabras por otras que pudieran parecer más propias, como 
alguna vez se ¡nota en lotros manuscritos, ni se altera el hipérbaton, ni se 
hace mutación alguna. No habiendo salido la M. Ana de S. Pedro del 
Convento de San José de Avila, es muy verosímil que la Santa Fun- 
dadora, aprovechándose de la letra hermosa y clara de esta religiosa, 
la mandase sacar una copia de todas las mercedes de Dios que había 
escrito, ya en papeles sueltos, ya en cuadernillos. La autoridad de esta 
copia es muy grande, y la seguimos en la presente edición en todas las 
Relaciones de que no se conservan autógrafos, a no ser que otra cosa 
advirtamos en nota (2). A sesenta llegan, sin contar las dos al P. Ro- 
drigo Alvarez, las de este Códice, y están separadas unas de otras con 
suficiente espacio para significar que son distintas. Los números de 
orden puestos a cada Relación, no los creo de la M. Ana, sino del 
P. Manuel de Sta. María, que le manejó hacia el año 1786 (3), y escribió 
al margen algunas indicaciones con respecto al Códice de Toledo y 
a las Adiciones de Fr. Luis de León. 



1 Ana de S. Pedro fWasteels), natural de Flandes, casó con el hidalgo Matías de 
Guzmán, oriundo de Avila, y se establecieron en esta vieja ciudad castellana, cerca del mO'- 
nasterio de San José. Habiendo enviudado joven aún, se hizo Carmelita descalza en la misma 
ciudad, donde profesó el 15 de Agosto de 1571. Falleció el 8 de Mayo de 1588, a los cin- 
cuenta años de edad, según dice el Libro de Profesiones del convento. 

2 En las palabras que la Santa escribe por modo uniforme como perfeto, efeto, Josef, 
ecesivo, otava. fe, ecelencia, etc., etc., no seguimos a la copia cuando usa diferente orto* 
grafía, sino que las reproducimos según las empleaba su autora. 

3 En la primera hoja escribe el P. Manuel: tpavores de Su Magestad a N. Gloriosa 
M. Sta. Teresa, en los últimos 20 aiíos de su vida. Documento apreciable de el Archivo del 
primitivo Convento de San Joseph de Avila: Que comoquiera que se le notan freqüentlsimos 
variantes y discrepancias de como la Santa se explicaba y lo escribía comunmente, se tuvo a 
la vista y sirvió de mucho el año de 1786 para un asunto grave de las Obras de la misma 
Santa, confiado a Religiosos de esta Provincia de N. P. S. Elias por los Prelados superiores 
de Nuestra Sagrada Religión». 



INTRODUCCIÓN XIX 

Otra copia importante de las Relaciones de Sta. Teresa guardan las 
Carmelitas Descalzas de Toledo, a continuación de un Manuscrito antiguo 
que traslada el libro de las Fundaciones de Santa Teresa (1). Ocupan 
las Relaciones del folio 132 al 158, de muy buena letra, que parece de 
fines del siglo XVI. Es tan completo este Códice como el de Avila, si 
bien no transcribe con tanta fidelidad los originales (2). En las Re- 
laciones se notan algunas variantes que el copista hizo atendiendo al 
rigor teológico del significado de ciertas palabras, y sospecho que al- 
guna vez también al mejor giro literario. En algún caso suprime pá- 
rrafos que no le parecen oportunos; así, en la segunda Relación al 
P. Rodrigo Alvarez, de los cuatro finales, omite los tres, dejando sólo 
el último. También corrige a Santa Teresa las faltas ortográficas de 
latín de los pocos textos que cita. Tanto estas correcciones como las 
mencionadas más arriba, indican que el autor de esta copia era per- 
sona culta y de no escaso saber teológico. 

Por la fidelidad del trasunto es inferior a la copia abulense. 
ñlguna diferencia hay en el orden de las Relaciones. El Códice de 
Toledo copia al principio las dos al P. Rodrigo que el de ñvila re- 
produce al fin, y en las Relaciones cortas también hay alguna discrepan- 
cia levísima. La primera de Avila es la última en el de Toledo. Casi 
todas las demás siguen el mismo orden. Esto parece indicar que los 
copistas sacaron sus traslados de documentos análogos, aunque no los 
mismos, y que las Relaciones de la Santa debían de estar reunidas 
y ordenadas, no sólo las referentes a Gracián, sino casi todas las que 
hoy conocemos. De otro modo no se explica que, copias hechas en 
diversos tiempos y por distintos ejemplares, coincidan en el número y 
orden de documentos trasladados, de correr las Relaciones en hojas suel- 
tas y desperdigadas por España y otros países. Quizá a esto se deba 
también el número cortísimo de autógrafos que se conserva de estos 
escritos. Si se juntaron todos en cuaderno, y éste se ha perdido, como 
hmdadamente creemos, nada tiene de extraño, que no demos con los 
autógrafos, si se exceptúan los de Consuegra, que, según Gracián, los 
escribió dos veces la Santa, el de San Egidio en Roma' y cuatro líneas 
en Lucena. Las demás Relaciones, que pasan por originales, como las 
de Alcalá de Henares, la del Convento del Puig, en el antiguo reino de 
Valencia, la de Jupille, en Bélgica, y muchas otras, son composiciones, 
según es dicho, de letras de la Santa, tomadas de escritos suyos. 



1 «Libro de las Fundaciones y los Monasterios que fundó la M. Theresa de Jesús, de la 
primera regla, que llaman Descalzas de N. Sra. del Carmen». Un volum. en 4. o, de letra de 
fines del siglo XVI. 

2 Dos Relaciones echamos de menos en esta Copia, que trae la de Avila bajo los 
números XIV y XLV, que corresponden en el presente tomo al XIV y XLIV, págs. 47 y 72. 



XX INTRODUCC'.nM 

En el Manuscrito 1.^00 de la Biblioteca Nacional se halla un traslado 
de estas Relaciones, sacado bajo la dirección del P. ñndrés de la 
Encarnación, en Febrero de 1579, para el Archivo general de los Car- 
melitas Descalzos. El P. Manuel de Sta. María, puso al margen algu- 
nas citas útiles y muy oportunas. De este religioso y del P. Jacinto 
de Sta. Teresa son las ocho hojas y media de variantes entre los Có- 
dices de Avila y Toledo que publicaron en el mismo Manuscrito, según 
cotejo de ambos Códices hecho por orden de sus Superiores en Segovia 
(Febrero de 1787). Nosotros, omitiendo la reproducción de estas va- 
riantes, preferimos publicar íntegro el Manuscrito de Toledo para que 
los lectores por sí mismos puedan apreciar las diferencias con el de 
Avila, que publicamos en el texto. 

En las Carmelitas Descalzas de Salamanca tuvimos años pasados la 
buena fortuna de tropezar con un manuscrito completamente ignorado has- 
ta el presente, que al verlo nos pareció de letra de Teresita, sobrina de 
la Santa e hija de D. Lorenzo de Cepeda. Examinado más despacio y 
compulsado con otros originales suyos, nos hemos confirmado en la 
opinión primera. Es un Cuadernillo, con cubierta de papel, de veinti- 
siete hojas útiles. Contiene treinta y ocho Relaciones, casi con el mismo 
orden de colocación que el Códice de Avila (1). Sin embargo, copia 
una que no se halla ni en éste ni en el de Toledo, aunque ya 
la publicaron Fr. Luis de León y el P. Ribera (2). 

Al decir de la Santa, su sobrina tenía muy linda letra, y no fué 
ésta la única vez que la escogió para amanuense. En la página cxxix 
de los «Preliminares» vimos cómo Teresita había sacado una copia 
del Libro de la Vida por mandato de la Santa (3), y seguramente 
que otras muchas cosas le copiaría, las cuales no han llegado hasta 
nosotros. Del presente traslado no parece que haya lugar a duda. La 
letra es idéntica a la de dos cartas suyas, que tenemos en nuestro 
poder, de 31 de JiÜio y 18 de Agosto de 1610, y a la que la misma 
M. Teresa escribió en 2^ de Mayo del mismo aña a su buena amiga 
Ana de San Bartolomé, que entonces estaba en el Carmelo de Tours, 
y que luego llevó consigo al de Amberes, donde hoy se guarda. Los 
rasgos son muy parecidos; más seguridad y firmeza se nota en las 
cartas y hasta más perfección en el trazado, porque las Relaciones 
debió de escribirlas muy joven, y se conoce que las iba trasladando 



El cuaderno mide exactaniente 147 por 103 milímetros. El orden de las Relaciones con 
respecto al Códice de Avila es el siguiente: !, 2, S, 5, 3, 6, 7, 8. 9, 10, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 
18, 19, 20, 21, 11, 22, 23, 21, 25, 26, 27, 30, 36, 37, 38, 39, 32, 33, 31, 35, 31. 

2 Es la Relación VIII del texto, p. 41. 

3 Véase la página 330 del presente tomo, donde la misma religiosa lo declara en su De- 
posición del nfto 1610. 



INTRODUCCIÓN XXI 

letra por letra, ñparte de estas pequeñas e inevitables diferencias, el 
trazado general es idéntico. La forma peculiar de los puntos sobre las 
íes de esta copia, persevera en las cartas. 

También la encontramos semejante a la del manuscrito antiguo que 
guardan las Carmelitas Descalzas de Hvila, el cual contiene una re- 
lación de las virtudes de la Santa hecha por su prima María de San 
Jerónimo (1), y las últimas acciones de la misma contadas por Ana 
de San Bartolomé (2). Para mí no cabe duda que este Códice es de 
letra de la M. Teresa, y lo mismo sienten las religiosas de San José. 

R mayor abundamiento, la copia de la firma de Santa Teresa 
al pie de la Revelación que tuvo en la ermita de San José da ñvila, 
año de 1579, es igual a la que la misma copista puso en su profesión 
hecha el 5 de Noviembre de 1582, que puede verse en el Libro de 
Profesiones de dicho Monasterio. La semejanza de la firma, no sólo 
nos cerciora de la procedencia de la copia, sino que nos advierte, que 
ésta debió de hacerla en vida de la Santa, o poco después de muerta, 
porque su sobrina, más adelante firmaba Theresa, con hache, y con 
esta letra viene asimismo en el citado Códice de Avila, debido a la 
pluma de la misma religiosa. Nuestros lectores verán en los Apén- 
dices este hermoso trasunto de la sobrina de Santa Teresa de Jesús. 
¿Copió más Relaciones la sobrina de la Santa? Bien pudo hacerlo, 
juntas vivieron en San José la M. Ana de San Pedro y ella; pero 
go no he podido dar con otros manuscritos que las contengan. En el de 
Salamanca, la última hoja lleva únicamente cuatro líneas escritas. No 
es inverosímil que continuase trasladando en otros cuadernos las demás 
mercedes divinas de su santa Tía. 

Del P. Ribera existe otro traslado bastante completo y fiel de 
las Relaciones de Santa Teresa en la Biblioteca de la Real Academia 
de la Historia. Recientemente le han dado a conocer D. José Gómez 
Centurión y el P. Fidel Fita (3). Contiene este Códice un traslado del 
Libro de las Fundaciones (págs. 1-214). A continuación copia algunas 
Relaciones precedidas de este epígrafe: «Relación que hizo la AVadre 
Teresa de Jesús de con quien había tratado y comunicado su espíritu. 
Oración de la Santa Madre Teresa de Jesús» (págs. 217-227) (4). 



1 Véase la página 291. 

2 La reproducimos en los Apéndices, página 232. No estábamos seguros entonces del 
autor de la copia, Pero hou, hechos nuevos estudios de compulsa, no tememos aftnnai, que 
tanto la relación que firma la M. María de S. Jerónimo, como el otro escrito de la V. Ana 
de S. Bartolomé, son de letra de la M. Teresa, sobrina de la SantH. 

3 Véanse los números del Boletín de la Real ñcademía de la Histona. correspondientes 
a los meses de Marzo, Abril y Septiembre-Octubre de 1915. El Códice lleva esta signatura: 
Estante 11, grada 5.a, número 132, 

4 Son las dirigidas al P. Rodrigo Alvarez, que nosotros publicamos en los núms. IV ü V. 



XXII INTROnurri'^N 

Con el título «Todo esto que se sigue saqué de catorce papeles, 
todos escritos de mano de la Madre Teresa de Jesús, salvo uno», con- 
tinúa trasladando nuevas Relaciones (págs. 227-2'10). Por fin, de la 
página 245 a la 252, copia las Relaciones, que publicamos en los 
Apéndices. Todos estos traslados, en parte de letra del mismo P. Ri- 
bera, son de grande importancia y arguyen el exquisito esmero que 
puso, así en la biografía de la Santa, como en la reproducción de textos 
de sus escritos. Bien podemos asegurar, que no hay relación, ni mer- 
ced de Dios, de las que conocemos, que él ignorase, y muchas están 
citadas en su Vida de Santa Teresa, publicada en 1590, como notaremos 
al reproducirlas. 

Sobre las mercedes que hacen referencia al P. Jerónimo Gracián, 
además de los Manuscritos de ñvila, Toledo y del P. Ribera, tene- 
mos otras muchas fuentes de indiscutible autenticidad. Juan Vázquez del 
Mármol, notario apostólico, sacó copia autorizada de los originales que 
él mismo asegura tener a la vista, cuando dice: «Por la presente Yo, 
Juan Vázquez del Mármol, doy fe como notario apostólico, que he 
visto algunas veces, y tenido en mi poder y leído muchas y diversas 
veces, un pliego de papel de letra de la M. Teresa de Jesús, la cual 
conosco ser suya, per (sic) muchas carta/s y otros papeles que he visto 
de la mesma letra y firma en poder de las personas a quien las en- 
viaba y de personas de su Religión; de (sic) sobrescrito decía: Es 
cosa de mi alma y conciencia; nadie Las vea aunque me muera, sino 
desse al Padre Maestro Gracián. Y allí de la mesma letra que lo di- 
cho, y la carta está firmada Teresa de Jesús*. Traslada a continuación 
el contenido de los dichos papeles, que fué el día 30 de Septiembre de 
1603. Esta copia, que se guarda en el archivo de los Carmelitas Descal- 
zos de Hvila^ y de la que tengo un ejemplar fotografiado, estuvo en po- 
der del hermano del P. Jerónimo, Fray Lorenzo Gracián, quien al mar- 
gen de las palabras de Mármol que acabamos de trasladar, puso: «Los 
originales tiene al presente Tomás Gracián». «Este papel, de letra 
de nuestra Santa Me. Teresa, vi yo y conocí ser letra suya, por cartas 
que tiene mi madre de letra de la Santa. Fr. Lorenzo de la Madre 
de Dios». Estas notas no hay duda que son del hermano del P. Jeró- 
nimo, cuya letra conozco por escritos suyos que he visto en varios 
archivos de la Descalcez (1). 

Existe además de estos mismos papeles, según es dicho, una copia 
en el Convento de Carmelitas Descalzas de Consuegra, de letra de la 
M. María de S. José, hermana de Gracián, de la que trasladó gran par- 
te el P. Antonio de S. Joaquín, en el tomo VIII de su Año Teresiano. 



OUa copia análoga, se contiene en el Ms. 2.711 de la Biblioteca Nacional. 



INTRODUCCIÓN XXHI 

María de San José también las menciona en su Libro de Recreaciones. 
En sus lugares respectivos damos más pormenores acerca de estas copias. 

En la presente edición, las Relaciones se insertan cada una de 
por sí, con entera independencia, y en cuanto sea posible, según 
el tiempo en cfue fueron recibidas, no escritas. K ciencia fija se sabe 
de muchas el lugar, día y año en que acaecieron; de otras es más 
dudoso, y no faltan tampoco cuya fecha es de muy difícil averigua- 
ción. En esta tarea han hecho labor meritísima las Carmelitas Des- 
calzas del primer Monasterio de París en su conocida edición de las 
Obras de Santa Teresa, y muchos otros escritores desde el siglo XVIII. 
Algún orden de tiempo se nota también en los Códices antiguos, aun- 
que no muy severo, y a veces con notables quebrantos o excepciones 
de cronología. 

Para mayor claridad, publicaremos primero las Relaciones a sus con- 
fesores y a continuación las mercedes y favores divinos, que para su go- 
bierno iba escribiendo la Santa en papeles sueltos o cuadernillos. Si no 
hay entre ellas la necesaria división de argumento para publicarlas se- 
paradas, porque todas tratan de favores que Dios concedía a su alma, 
todavía hallamos la suficiente diferencia para que las Relaciones a sus 
confesores vayan las primeras y no mezcladas con las Mercedes divinas. 
No nos satisface tampoco el agrupamiento caprichoso y desordenado con 
que en la edición de Rivadeneyra se incorporan bajo el nombre de 
una Relación, por ejemplo, la III, IV, V y IX, mercedes que fueron 
escritas y recibidas en distintos tiempos y lugares, sin más nexo o 
lazo de unión, que el común de ser mercedes del cielo. R imitación 
de los Códices antiguos, se reproducirán en ésta separadamente, y 
de esta suerte conservarán la independencia que les es propia y será 
más clara y fácil su lectura (1). 

Llamar a este conjunto de escritos sueltos de Santa Teresa Libro 
de las Relaciones, como hace D. Vicente de la Fuente, es muy impropio, 
atendiendo al significado que se da a la palabra libro. Basta la de- 
nominación de Relaciones de espíritu, que no son libro nuevo de 
Santa Teresa, sino complemento, como dejamos escrito, de su Autobio- 
grafía, la cual no comprende los últimos veinte años de su vida. 
Con tal procedimiento podrán presentarse con método estos escritos de 
Sta. Teresa, indispensables en absoluto para conocer las grandes mara- 
villas que la gracia obró en su alma y obligado complemento de 
su vida interior. Las enmiendas hechas a las anteriores ediciones, prin- 



1 Dejamos para la sección de Escritos sueltos, cuatro pensamientos de la Santa, que 
los manuscritos antiguos copian entre las Relaciones, no siendo éste su lugar propio. Co- 
mienza el primero: Le confesión es para decir culpas... 



XXIV INTRODUCCIÓN 

cipalmcntc a la de Rivadeneyra, son tan numerosas, que si las fué- 
ramos a notar todas, el texto quedaría abrumado por ellas, con per- 
juicio de los lectores y de la misma Santa. Nos limitamos, según las 
normas que nos hemos propuesto observar en esta edición, a notas 
meramente históricas, cronológicas y algunas más. Ni siquiera ad- 
vertiremos las variantes que hay en las copias antiguas sobre una mis- 
ma frase. Adoptamos la más autorizada, y para que los curiosos y 
aficionados a estos pormenores críticos de textos, no se nos quejen, 
verán en los Apéndices fielmente reproducidas las copias de Toledo, 
y las demás inéditas que conocemos y pueden tener alguna importancia. 
Preferimos esto, a no estar interrumpiendo a cada momento la lectura 
con observaciones y correcciones. 

Para evitar desproporción en los volúmenes, publicamos en éste 
los documentos relacionados con los dos primeros tomos de esta Bi- 
blioteca, limitándonos a los que tienen relación más directa con Santa 
Teresa y dejando para otro lugar los pertenecientes a sus padres y 
parientes, que no son pocos. Muchos de los que insertamos son iné- 
ditos, y algunos tan importantes como el Dictamen del P. Ibáñez 
sobre el espíritu de la Santa, que por vez primera se publica íntegro, 
tal como lo trae Fray Jerónimo de S. José, las Deposiciones de Teresa 
de Jesús en el Proceso de Avila, las Relaciones espirituales que esta 
misma religiosa copió de su santa Tía, y muchísimos más, que verá 
el curioso lector. De gran parte de ellos tenemos copias fotográficas, 
y de otros nos hemos procurado reproducciones fieles. En su publi- 
cación, es muy difícil observar pleno rigor lógico o cronológico, por 
la misma índole de las materias que contienen. Algún orden de tiem- 
po, aunque muy laxo, se ha tenido presente, trasladando orimcro los que 
atañen a Santa Teresa en la Encarnación, y continuando por los de su 
Reforma en San José de Avila, muerte, canonización, patronato e im- 
presión de sus escritos. Por último, se insertan algunas copias antiguas 
de sus Relaciones, en atención principalmente a los eruditos. 

Fr. Silverío de Santa Teresa, C. D. 



RELACIONES ESPIRITUALES 



DE 



STH. TERESR DE JESÚS 

A SUS CONFESORES 
Y MERCEDES QUE RECIBIÓ DE DIOS 



II 



RELACIONES ESPIRITUALES 

DIRIGIDAS POR 

SANTA TERESA DE JESÚS 

A SUS CONFESORES 



RELACIÓN PRIMERA 

EN Lñ ENCARNACIÓN DE AVILA, AÑO DE 1560 (1). 
JESÚS 

La manera de proceder en la oración que ahora tengo, 
es la presente. Pocas veces son las que estando en oración, 
puedo tener discurso de entendimiento; porque luego comienza 
a recogerse el alma, y estar en quietud u arrobamiento, de tal 
manera que ninguna cosa puedo usar de las potencias y sentidos; 
tanto que, si no es oir, y eso no para entender, otra cosa no 
aprovecha. 



1 Dirigida, como hemos dicho en la Introducción, al P. Pedro Ibáñez, desde la Encarna- 
ción de Avila hacia mediados o fines de 1560. Primeramente fué impresa por Ribera y Yepes 
ü reproducida por el P. Fray Tomás de Jesús. En la edición de Amberes por Baltasar Moreto 
(1630), publicóse de nuevo, dividida en dos partes. El P. Pedro de la Anunciación la editó 
entre las cartas, y asi ha venido imprimiéndose hasta la edición de Rivadeneyra. En muchos 
manuscritos antiguos de la Biblioteca Nacional la hemos visto copiada. El P. Manuel de Santa 
María le puso algunas enmiendas al margen de la edición de 1752 que hemos tenido en cuenta 
para la corrección del texto. Dejamos apuntado que la aprobación en treinta y tres razones de 
este escrito, que se ha publicado en algunas ediciones españolas y extranjeras, no es de San 
Pedro de Alcántara, sino del P. Ibáñez. 



H LAS RELACIONES 

Acaéceme muchas vec€s, sin querer pensar en cosas de Dios, 
sino tratando de otras cosas, y pareciéndome que, aunque mu- 
cho procurase tener oración, no lo podría hacer por estar con 
gran sequedad, ayudando a esto los dolores corporales, darme 
tan de presto este recogimiento y levantamiento de espíritu, que 
no me puedo valer, y en un punto dejarse con los efetos y apro- 
vechamientos que después tray. Y esto sin haber tenido visión, 
ni entendido cosa, ni sabiendo dónde estoy, sino que, parecién- 
dome se pierde el alma, la veo con ganancias, que aunque en 
un año quisiera ganarlas yo por fuerzas, me parece no fuera 
posible sigún quedo con ganancias. 

Otras veces me dan unos ímpetus muy grandes, con un des- 
hacimiento por Dios que no me puedo valer. Parece se me va 
a acabar la vida, y ansí me hace dar voces y llamar a Dios, 
y esto con gran furor me da. Algunas veces no puedo estar sen- 
tada sigún me dan las bascas, y esta pena me viene sin procu- 
rarla, y es tal, que el alma nunca querría salir de ella mientras 
viviese. Y son las ansias que tengo por no vivir y parecer que 
se vive, sin poderse remediar; pues el remedio para ver a Dios, 
€s la muerte, y esta no puede tomarla; y con esto parece a mi 
alma que todos están consoladísimos, sino ella, y que todos ha- 
llan remedio para sus trabajos, sino ella. Es tanto lo que aprieta 
esto, que si el Señor no lo remediase con algún arrobamiento, 
donde todo se aplaca, y el alma queda con gran quietud y satis- 
fecha, algunas veces con ver algo de lo que desea, otras con 
entender otras cosas, sin nada de esto parece era imposible salir 
de aquella pena. 

Otras veces me vienen unos deseos de servir a Dios con unos 
ímpetus tan grandes, que no lo sé encarecer, y con una pena 
de ver de cuan poco provecho soy. Paréceme entonces que ningún 
trabajo ni cosa se me pornía delante, ni muerte ni martirio, 
que no los pasase con facilidad. Esto es también sin considera- 
ción, sino en un punto, que me revuelve toda, y no sé de dónde 
me viene tanto esfuerzo. Paréceme que querría dar voces, y dar 
a entender a todos lo que les va en no se contentar con cosas 
pocas, y cuánto bien hay que nos dará Dios en dispuniéndonos 



RELACIÓN PRIMERA 5 

nosotros. Digo que son estos deseos de manera, que me deshago 
entre mí pareciéndome que quiero lo que no puedo. Paréceme 
me tiene atada este cuerpo, por no ser para servir a Dios en nada, 
y al estado ( 1 ) ; porque a no le tener, haría cosas muy señaladas, 
en lo que mis fuerzas pueden; y ansí de verme sin ningún poder 
para servir a Dios, siento de manera esta pena, que no lo puedo 
encarecer: acabo con regalo y recogimiento y consuelo de Dios. 

Otras veces me ha acaecido, cuando me dan estas ansias 
por servirle, querer hacer penitencias, mas no puedo. Esto me 
aliviaría mucho y alivia y alegra, aunque no son casi nada, 
por la flaqueza de mi cuerpo; aunque si me dejase con estos 
deseos, creo haría demasiado. 

Algunas veces me da gran pena haber de tratar con nadie, 
y me aflige tanto, que me hace llorar harto, porque toda mi ansia 
es por estar sola; y aunque algunas veces no rezo, ni leo, me 
consuela la soledad, y la conversación, especial de parientes 
y deudos, me parece pesada, y que estoy como vendida, salvo 
con los que trato cosas de oración y de alma, que con éstos me 
consuelo y alegro, aunque algunas veces me hartan y querría no 
verlos, sino irme adonde estuviese sola, aunque esto pocas veces, 
especialmente con los que trato mi conciencia siempre me con- 
suelan. 

Otras veces me da gran pena haber de comer y dormir, y 
ver que yo, más que nadie, no lo puedo dejar. Hágolo por ser- 
vir a Dios, y ansí se lo ofrezco. Todo el tiempo me parece breve 
y que me falta para rezar, porque de estar sola nunca me can- 
saría. Siempre tengo deseo de tener tiempo para leer, porque a 
esto he sido muy aficionada. Leo muy poco, porque en tomando 
el libro, me recojo en contentándome, y ansí se va la lición en 
oración, y es poco, porque tengo muchas ocupaciones, y aunque 
buenas, no me dan el contento que me daría esto. Y ansí ando 
siempre deseando tiempo, y esto me hace serme todo desabri- 
do, sigún creo, ver que no se hace lo que quiero y deseo. 

Todos estos deseos y más de virtud, me ha dado nuestro 



1 Al estado religioso a que por su profesión pertenecía. 



b LñS RELACIONES 

Señor después que me dio esta oración quieta con estos arroba- 
mientos, y hallóme tan mijorada, que me parece era antes una 
perdición. Déjanme estos arrobamientos y visiones con las ga- 
nancias que aquí diré; y digo que si algún bien tengo, de 
aquí me ha venido. Hame venido una determinación muy grande 
de no ofender a Dios ni venialmente, que antes moriría mil muer- 
tes que tal hiciese, entendiendo que lo hago. Determinación de 
que ninguna cosa que yo pensare ser más perfeción y que haría 
más servicio a nuestro Señor, diciéndolo quien de mí tiene cui- 
dado y me rige que lo hiciese, sintiese cualquiera cosa, que por 
ningún tesoro lo dejaría de hacer. Y si lo contrario hiciese, me 
parece no ternía cara para pedir nada a Dios nuestro Señor, ni 
para tener oración, aunque en todo esto hago muchas faltas e 
imperfeciones. Obediencia a quien me confiesa (1), aunque con 
imperfeción; pero entendiendo yo que quiere una cosa o me la 
manda, sigún entiendo, no la dejaría de hacer; y si la dejase, 
pensaría andaba muy engañada. 

Deseo de pobreza, aunque con imperfeción; mas paréceme 
que aunque tuviese muchos tesoros, no ternía renta particular, 
ni dineros ascendidos para mí sola, ni se me da nada; sólo 
querría tener lo necesario. Con todo, siento tengo harta falta 
en esta virtud; porque aunque para mí no lo deseo, querríalo 
tener para dar, aunque no deseo renta ni cosa para mí. 

Casi con todas las visiones que he tenido me he quedado 
con aprovechamiento, si no es engaño del demonio; en esto 
remítome a mis confesores. 

Cuando veo alguna cosa hermosa, rica, como agua, campo, 
flores, olores, músicas, etc., paréceme no lo querría ver ni oír: 
tanta es la diferencia de ello a lo que yo suelo ver, y ansí se 
me quita la gana de ellas. Y de aquí he venido a dárseme tan 
poco por estas cosas, que si no es primer movimiento, otra cosa 
no me ha quedado de ello, y esto me parece basura. 

Si hablo u trato oon algunas personas profanas, porque no 
puede ser menos, aunque sea de cosas de oración, si mucho lo 



1 Confesábala pór este tiempo el P. Baltasar Alvaiez. 



RELACIÓN PRIMERA 7 

trato, aunque sea por pasatiempo, si no es necesario, me estoy 
forzando, porque me da gran pena. Cosas de regocijo, de que 
solía ser amiga, y de cosas de el mundo, todo me da en rostro 
y no lo puedo ver. 

Estos deseos de amar y servir a Dios y verle, que he dicho 
que tengo, no son ayudados con consideración, como tenía antes, 
cuando me parecía que estaba muy devota y con muchas lágrimas; 
mas con una inflamación y hervor tan ecesivo, que torno a decir, 
que si Dios no me remediase con algún arrobamiento, donde 
me parece queda el alma satisfecha, me parece sería para acabar 
presto la vida. 

A los que veo más aprovechados, y con estas determinacio- 
nes, y desasidos y animosos, los amo mucho, y con tales querría 
yo tratar, y parece que me ayudan. Las personas que veo tími- 
das g que me parece a mí van atentando en las cosas, que con- 
forme a razón acá se pueden hacer, parece que me congojan, 
y me hacen llamar a Dios y a los santos que estas tales cosas, 
que ahora nos espantan, acometieron. No porque yo sea para 
nada, pero porque me parece que ayuda Dios a los que por El 
se ponen a mucho, y que nunca falta a quien en El solo confía, 
y querría hallar quien me ayudase a creerlo ansí, y no tener 
cuidado de lo que he de comer y vestir, sino dejarlo a Dios. 

No se entiende que este dejar a Dios lo que he menester, es 
de manera que no lo procure, mas no con cuidado, que me dé 
cuidado digo (1). Y después que me ha dado esta libertad, vame 
bien con esto, y procuro olvidarme de mí cuanto puedo. Esto 
no me parece habrá un año que me lo ha dado nuestro Señor. 

Vanagloria, gloria a Dios, que yo entienda, no hay por qué 
la tener; porque veo claro en estas cosas que Dios da, no poner 
nada de mí; antes me da Dios a sentir miserias mías, que con 
cuanto yo pudiera pensar, me parece no pudiera ver tantas ver- 
dades como en un rato conozco. 

Cuando hablo de estas cosas, de pocos días acá, paréceme 
son como de otra persona. Antes me parecía algunas veces era 



1 Al margen de la copia de esta Relación, sacada por su confesor, puso la Santa las 
cláusulas aclarativas que compienden estas dos líneas. 



8 LAS RELACIONES 

afrenta que las supiesen de mí, mas ahora paréceme que no soy 
por esto mijor, sino más ruin, pues tan poco me aprovecho con 
tantas mercedes. Y, cierto, por todas partes me parece no ha habido 
otra peor en el mundo que go; y ansí las virtudes de los otros 
me parecen de harto más merecimiento, y que yo no hago sino 
recibir mercedes, y que a los otros les ha de dar Dios por junto 
lo que aquí me quiere dar a mí, y suplicóle no me quiera pagar 
en esta vida; y ansí creo que de flaca y ruin, me ha llevado Dios 
por este camino. 

Estando en oración, y aun casi siempre que yo pueda consi- 
derar un poco, aunque yo lo procurase, no puedo pedir descan- 
sos, ni desearlos de Dios; porque veo que no vivió El sino con 
trabajos, y estos le suplico me dé dándome primero gracia para 
sufrirlos. 

Todas las cosas de esta suerte, y de muy subida perfeción, 
parece se me imprimen en la oración, tanto, que me espanto de 
ver tantas verdades y tan claras, que me parecen desatino las cosas 
del imundo; y ansí he menester cuidado para pensar cómo me había 
antes en las cosas del mundo, que me parece que sentir las 
muertes y trabajos de él es desatino, a lo menos que dure 
mucho el dolor u el amor de los parientes, amigos, etc. Digo que 
ando con cuidado, considerándome la que era y lo que solía sentir. 

Si veo en algunas personas algunas cosas que a la clara 
parecen pecados, no me puedo determinar que aquéllos hayan 
ofendido a Dios, y si algo me detengo en ello, que es poco u 
nada, nunca me determinaba, aunque lo vía claro: parecíame 
que el cuidado que yo traigo de servir a Dios, traen todos. Y 
en esto me ha hecho gran merced, que nunca me detengo en cosa 
mala, que se me acuerde después, y si se me acuerda, siempre 
veo otra virtud en la tal persona. Ansí que nunca me fatigan estas 
cosas, sino es lo común, y las herejías, que muchas veces me 
afligen, y, casi siempre que pienso en ellas, me parece que solo 
esto es trabajo de sentir. Y también siento si veo algunos que 
trataban en oración y tornan atrás; esto me da pena, mas no 
mucha, porque procuro no detenerme. También me hallo mijo- 
rada en curiosidades que solía tener, aunque no de el todo, que 



RELACIÓN PRIMERA 9 

no me veo estar en esto siempre mortificada, aunque algunas 
veces sí. 

Esto todo que he dicho, es lo ordinario que pasa en mi alma, 
sigún puedo entender, y muy contino tener el pensamiento en 
Dios. Y aunque trate de otras cosas, sin querer yo, como digo, 
no entiendo quién me despierta; y esto no siempre, sino cuando 
trato algunas cosas de importancia; y esto, gloria a Dios, es a 
ratos el pensarlo, y no me ocupa siempre. 

Viénenme algunos días, aunque no son muchas veces, y dura 
como tres u cuatro u cinco días, que me parece que todas las 
cosas buenas y hervores y visiones se me quitan, y aun de la 
memoria, que aunque quiera no sé que cosa buena haya habido 
en mí. Todo me parece suefíoi, u a lo menos no me puedo acordar 
de nada. Apriétanme los males corporales en junto; túrbaseme el 
entendimiento, que ninguna cosa de Dios puedo pensar ni sé 
en qué ley vivo. Si leo no lo entiendo; paréceme estoy llena de 
faltas, sin ningún ánimo para la virtud; y el grande ánimo 
que suelo tener queda en esto, que me parece a la menor ten- 
tación y mormuración de el mundo no podría resistir. Ofré- 
ceseme entonces que no soy para nada, que quién me mete en 
más de en lo común. Tengo tristeza, paréceme tengo engañados 
a todos los que tienen algún crédito de mí; querríame asconder 
donde nadie me viese; no deseo entonces soledad para virtud, 
sino de pusilaminidad. Paréceme querría reñir con todos los que 
me contradijesen: trayo esta batería, salvo que me hace Dios 
esta merced, que no le ofendo más que suelo, ni le pido que quite 
esto, mas que si es su voluntad que esté ansí siempre, que me 
tenga de su mano para que no le ofenda, y conformóme con El 
de todo corazón, y creo que el no me tener siempre ansí, es 
merced grandísima que me hace. 

Una cosa me espanta, que estando de esta suerte, una sola 
palabra de las que suelo entender, u una visión, u un poco de 
recogimiento, que dure un Avemaria, u en llegándome a comul- 
gar, queda el alma y el cuerpo tan quieto, tan sano y tan claro 
el entendimiento, con toda la fortaleza y deseos que suelo. Y tengo 
expiriencia de esto, que son muchas veces, al menos cuando co- 



10 LñS RELACIONES 

mulgo, ha más de m^dio año que notablemente siento clara salud 
corporal, y con los arrobamientos algunas veces. Y dúrame más 
de tres horas algunas veces, y otras todo el día estoy con gran 
mijoría, y a mi parecer no es antojo, porque lo he echado de 
ver y he tenido cuenta de ello. Ansí que, cuando tengo este 
recogimiento, no tengo miedo a ninguna enfermedad. Verdad es 
que cuando tengo la oración, como solía antes, no siento esta 
mijoría. 

Todas estas cosas que he dicho, me hacen a mí creer que 
estas cosas son de Dios; porque como conozco quien yo era, 
que llevaba camino de perderme y en poco tiempo, con estas 
cosas es cierto que mi alma se espantaba, sin entender por dónde 
me venían estas virtudes: no me conocía, y vía ser cosa dada y 
no ganada por trabajo. Entiendo con toda verdad y claridad, 
y sé que no me engaño, que no sólo ha sido medio para traerme 
Dios a su servicio, pero para sacarme de el infierno, lo cual 
saben mis confesores, a quien me he confesado generalmente. 

También cuando veo alguna persona, que sabe alguna cosa 
de mí, le querría dar a entender mi vida; porque me parece 
ser honra mía que nuestro Señor sea alabado, y ninguna cosa 
se me da por lo demás. Esto sabe El bien, u yo estoy muy cie- 
ga, que ni honra, ni vida, ni gloria, ni bien ninguno en cuerpo 
ni alma hay quien me detenga, ni quiera, ni desee mi provecho, 
sino su gloria. No puedo yo creer que el demonio ha buscado 
tantos medios para ganar mi alma, para después perderla, que no 
le tengo por tan necio. Ni puedo creer de Dios, que ya que por 
mis pecados mereciese andar engañada, haya dejado tantas ora- 
ciones de tan buenos (1), como dos años ha se hacen, que yo 
no hago otra cosa sino rogarlo a todos, para que el Señor me dé 
a conocer si es esto su gloria, u me lleve por otro camino. No 
creo primitirá su divina Majestad que siempre fuesen adelante 
estas cosas si no fueran suyas. Estas cosas y razones de tantos 
santos me esfuerzan cuando trayo estos temores de si no es Dios, 
siendo yo tan ruin. Mas cuando estoy en oración, y en los días 



1 Cfr. Vida, c. XXV. 



RELACIÓN PRIMERA 11 

que ando quieta y el pensamiento en Dios, aunque se junten 
cuantos letrados y santos hay en el mundo, y me diesen todos 
los tormentos imaginables, y yo quisiese creerlo, no me podrían 
hacer creer que esto es demonio, porque no puedo. Y cuando 
me quisieron poner en que lo creyese, temía viendo quien lo 
decía, y pensaba que ellos debían decir verdad, y que yo, siendo 
la que era, debía de estar engañada. Mas a la primera palabra, 
u recogimiento u visión, era deshecho todo lo que me liabían 
dicho: yo no podía más y creía que era Dios. 

Aunque puedo pensar que podía mezclarse alguna vez demo- 
nio, y esto es ansí, como lo he visto y dicho, mas tray diferentes 
efetos; y a quien tiene expiriencia, no le engañará, a mi parecer. 
Con todo esto digo, que, aunque creo que es Dios ciertamente, 
yo no haría cosa alguna, si no le pareciese a quien tiene cargo 
de mí, que es más servicio de nuestro Señor, por ninguna cosa; 
y nunca he entendido, sino que obedezca y que no calle nada, 
que esto me conviene. Soy muy ordinario reprendida de mis 
faltas, y de manera que llega a las entrañas; y avisos, cuando 
hay u puede haber algún peligro en cosa que trato, que me han 
hecho harto provecho, traycndome los pecados pasados a la me- 
moria muchas veces, que me lastima harto. 

Mucho me he alargado, mas es ansí, cierto, que en los bie- 
nes que me veo cuando salgo de oración, me parece quedo corta; 
después, con muchas imperfeciones y sin provecho y harto ruin. 
Y por ventura las cosas buenas no las entiendo, mas que me en- 
gaño; pero la diferencia de mi vida es notoria, y me hace pen- 
sar en todo lo dicho, digo lo que me parece que es verdad haber 
sentido. Estas son las perfeciones que siento haber el Señor 
obrado en mí tan ruin e imperfeta. Todo lo remito al juicio de 
vuestra merced, pues sabe toda mi alma (1). 



1 Aquí añade Ribera, 1. IV, c. XXVI: 'Esta Relación estaba escrita de mano ajena, 
aunque después, como veremos, la misma Madre dice que está como ella la escribió. Lo 
que se sigue, todo estaba de su misma mano». 



RELACIÓN II 

EN EL PALACIO DE D.a LUISA DE LA CERDA, AÑO DE 1562 (1). 

JESÚS 

Paréceme ha más de un año que escribí esto que aquí está. 
Hame tenido Dios de su mano en todo él, que no he andado peor, 
antes veo mucha mijoría en lo que diré. Sea alabado por todo. 

Las visiones y revelaciones no han cesado, mas son más su- 
bidas mucho. Hame enseñado el Señor un modo de oración, 
que me hallo en él más aprovechada, y con muy mayor desasi- 
miento en las cosas de esta vida, y con más ánimo y libertad. 
Los arrobamientos han crecido, porque a veces es con ímpetu y 
de suerte, que, sin poderme valer exteriormente, se me conoce, 
y aun estando en compañía, porque es de manera que no se puede 
disimular, si no es con dar a entender, como soy enferma de el 
corazón, que es algún desmayo. Aunque trayo gran cuidado de 
resistir al principio, algunas veces no puedo. 

En lo de la pobreza, me parece me ha hecho Dios mucha 
merced, porque aun lo necesario no querría tener, si no fuese de 
limosna; y ansí deseo en extremo estar adonde no se coma de otra 
cosa. Paréceme a mí que estar donde estoy cierta que no me ha 



1 Escrita en el palacio de D.a Luisa de la Cerda en Toledo, donde estuvo la Santa, por 
indicación de su P. Provincial, desde principios de 1562 hasta el mes de Julio del mismo año. 
La escribió, probablemente, para el P. Ibáñez, como Ib anterior, aunque no dejaría de verla el 
P. García de Toledo, que a esta sazón se hallaba en la ciudad imperial. Tiene muchos puntos 
de referencia esta Relación con el capítulo XXXIV de la Vida. 



14 LñS RELACIONES 

de faltar de comer y de vestir, que no se cumple con tanta per- 
feción el voto ni el consejo de Cristo como adonde no hay 
renta, que alguna vez faltará; y los bienes que con la verdadera 
pobreza se ganan, parécenme muchos y no los querría perder (1), 
Hallóme con una fe tan grande muchas veces en parecerme no 
puede faltar Dios a quien le sirve, y no tiniendo ninguna duda 
que hay ni ha de haber ningún tiempo en que falten sus pala- 
bras, que no puedo persuadirme a otra cosa, ni puedo temer, 
y ansí siento mucho cuando me aconsejan tenga renta, y tornó- 
me a Dios. 

Paréceme tengo mucha más piadad de los pobres que solía, 
tiniendo yo una lástima grande y deseo de remediarlos, que, 
si mirase a mi voluntad, les daría lo que trayo vestido. Ningún 
asco tengo de ellos, aunque los trate y llegue a las manos; y 
esto veo es ahora don de Dios, que aunque por amor de El hacía 
limosna, piadad natural no la tenía. Bien conocida mijoría siento 
en esto. 

En cosas que dicen de mí de mormuración, que son hartas, 
y en mi perjuicio, y hartos, también me siento muy mijorada; 
no parece me hace casi impresión más que a un bobo. Pa- 
réceme algunas veces tienen razón, y casi siempre. Siéntolo tan 
poco, que aun no me parece tengo que ofrecer a Dios, como tengo 
expiriencia que gana mi alma mucho, antes me parece me hacen 
bien. Y así ninguna enemistad me queda con ellos en llegán- 
dome la primera v€z a la oración; que luego que lo oyó, un poco 
de contradición me hace, no con inquietud ni alteración, antes, 
como veo algunas veces otras personas, me han lástima. Es 
ansí que entre raí me río (2), porque me parece todos los agra- 
vios de tan poco tomo los de esta vida, que no hay que sentir; 
porque me figuro andar en un sueño, y veo que en despertan- 
do será todo nada. 

Dame Dios más vivos deseos, más gana de soledad, muy 



1 En el capitulo XXXV de la Vida habla la Santa de la visita que le hizo en Toledo la 
venerable María de Jesús, y de cómo aprendió de ella que la Regla del Carmen mandaba no se 
tuviese propio. 

2 Así lo trae Ribera, y me parece en este pasaje más propio de la Santa que no el me 
deshago, que viene en algunos manuscritos antiguos. 



RELñCIOM II 15 

mayor desasimiento, como he dicho, con visiones, que se me ha 
hecho entender lo que es todo, aunque deje cuantos amigos y ami- 
gas y deudos; que esto es lo de menos, antes me cansan muy 
mucho parientes. Como sea por un tantico de servir más a Dios, 
los dejo con toda libertad y contento, y ansí en cada parte ha- 
llo paz. 

Algunas cosas que en oración he sido aconsejada, me han 
salido muy verdaderas. Ansí que de parte de hacerme Dios mer- 
cedes, hallóme muy más mijorada; de servirle yo de mi parte 
harto más ruin; porque el regalo he tenido más, que se ha 
ofrecido, aunque hartas veces me da harta pena. La penitencia 
es muy poca; la honra que me hacen, mucha; bien contra mi 
voluntad hartas veces. Mas, en fin, me veo con vida regalada, 
y no penitente (1). Dios lo remedie como puede. 



1 De estas palabtas se infiere con evidencia que escribió esta Relación en el casa de 
Dofia Luisa. 



RELACIÓN III 

EN SAN JOSÉ DE AVILA, AÑO DE 1563 (1). 



Esto que está aquí de mi letra, ha nueve meses, poco más u 
menos, que lo escribí. Después acá no lie tornado atrás de las mer- 
cedes que Dios me ha hecho. Me parece he recibido de nuevo, 
a lo que entiendo, mucha mayor libertad. Hasta ahora parecíame 
había menester a otros, y tenía más confianza en ayudas de el 
mundo; ahora entiendo claro ser todos unos palillos de ro- 
mero seco, y que asiéndose a ellos no hay siguridad, que en 
habiendo algún peso de contradiciones u mormuraciones, se quie- 
bran. Y ansí tengo expiriencia que el verdadero remedio para no 
caer, es asirnos a la cruz y confiar en el que en ella se puso. 
Hallóle amigo verdadero, y hallóme con esto con un señorío, que 
me parece podría resistir a todo el mundo, que fuese contra mí, 
con no me faltar Dios. 

Entendiendo esta verdad tan clara, solía ser muy amiga de 
que me quisiesen bien. Ya no se me da nada, antes me parece 
en parte me cansa, salvo con los que trato mi alma u yo pienso 
aprovechar; que los unos porque me sufran, y los otros porque 
con más afición crean lo que les digo de la vanidad que es todo, 
querría me la tuviesen. 

En muy grandes trabajos, y persecuciones y contradicio- 



I Dirigida al Padre García de Toledo, o quizá al Padre Báñez, que los dos la confesaban 
en 1563, cuando fué escrita, en el primitivo monasterio de San José de Avila. En el original, 
esta tercera Relación estaba separada de las precedentes por una taya. 

II 2 



18 LñS RELACIONES 

n€s que he tenido estos meses (1), hame dado Dios gran ánimo; 
y cuando mayores, mayor, sin cansarme en padecer. Y con las 
personas que decían mal de mí, no sólo no estaba mal con ellas, 
sino que me parece las cobraba amor de nuevo; no sé cómo era 
esto, bien dado de la mano de el Señor. 

De mi natural suelo, cuando deseo una cosa, ser impetuo- 
sa en desearla. Ahora van mis deseos con tanta quietud, que 
cuando los veo cumplidos, aun no entiendo si me huelgo. Que 
pesar y placer, si no es en cosas de oración, todo va templado, 
que parezco boba, y como tal ando algunos días. 

Los ímpetus que me dan algunas veces, y han dado de ha- 
cer penitencias, son grandes, y si alguna hago, siéntola tan 
poco con aquel gran deseo, que alguna vez me parece, y casi 
siempre, que es regalo particular, aunque hago poca, por ser 
muy enferma. 

Es grandísima pena para mí muchas veces, y ahora más 
ecesiva, el haber de comer, en especial si estoy en oración. Debe 
ser grande, porque me hace llorar mucho y decir palabras de 
aflición, casi sin sentirme, lo que yo no suelo hacer. Por gran- 
dísimos trabajos que he tenido en esta vida no me acuerdo ha- 
berlas dicho, que no soy nada mujer en estas cosas, que tengo 
recio corazón. 

Deseo grandísimo, más que suelo, siento en mí de que 
tenga Dios personas que con todo desasimiento le sirvan, y que 
en nada de lo de acá se detengan, como veo es todo burla, en 
especial letrados; que como veo las grandes necesidades de la 
Ilesia, que estas me afligen tanto, que me parece cosa de burla 
tener por otra cosa pena, y ansí no hago sino encomendarlos a 
Dios; porque veo yo que haría más provecho una persona de el 
todo perfeta, con hervor verdadero de amor de Dios, que mu- 
chas con tibieza. ' 

En cosas de la fe me hallo, a mi parecer, con muy mayor 
fortaleza. Paréceme a mí que contra todos los luteranos me 
pornía yo sola a hacerles entender su yerro. Siento mucho la per- 



1 Habla de los que tuvo en la fundación de S. José de Avila. 



RELACIÓN III 19 

dición de tantas almas. Veo muchas aprovechadas, que conozco 
claro ha querido Dios que sea por mis medios; y conozco que 
por su bondad, va en crecimiento mi alma en amarle cada 
día más. 

Parécemc que aunque con estudio quisiese tener vanaglo- 
ria, que no podría, ni veo cómo pudiese pensar que ninguna 
de estas virtudes es mía; porque ha poco que me vi sin ninguna 
muchos años, y ahora de mi parte no hago más de recibir merce- 
des, sin servir, sino como la cosa más sin provecho de el mundo. 
Y, es ansí, que considero algunas veces cómo todos aprovechan 
sino yo, que para ninguna cosa valgo. Esto no es, cierto, humildad, 
sino verdad, y conocerme tan sin provecho, me tray con temores 
algunas veces de pensar no sea engañada. Ansí que veo claro 
que de estas revelaciones y arrobamientos, que yo ninguna par- 
te soy, ni hago para ellos más que una tabla, me vienen estas 
ganancias. Esto me hace asigurar y traer más sosiego, y póngo- 
me en los brazos de Dios, y fío de mis deseos, que estos, cierto, 
entiendo son morir por El, y perder todo el descanso y venga 
lo que viniere. 

Viénenme días que me acuerdo infinitas veces de lo que dice 
S. Pablo (1), aunque a buen siguro que no sea ansí en mí. Que ni 
me parece vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está en mí 
quien me gobierna y da fuerza; y ando como casi fuera de mí, 
y ansí me es grandísima pena la vida. Y la mayor cosa que yo 
ofrezco a Dios por gran servicio, es cómo siéndome tan p2- 
noso estar apartada de El, por su amor quiero vivir. Esto querría 
yo fuese con grandes trabajos y persecuciones; ya que no soy 
para aprovechar, querría ser para sufrir; y cuantos hay en el 
mundo pasaría por un tantico de más mérito, digo en cumplir 
más su voluntad. 

Ninguna cosa he entendido en la oración, aunque sea dos 
años antes, que no la haya visto cumplida. Son tantas las que 
veo, y lo que entiendo de las grandezas de Dios, y cómo las ha 
guiado, que casi ninguna vez comienzo a pensar en ello que 

1 Gal. II, 20. 



20 LñS RELACIONES 

no me falte el entendimiento, como quien ve cosas que van muy 
adelante de lo que puedo entender, y quedo en recogimiento. 
Guárdame tanto Dios en no ofenderle, que, cierto, algunas 
veces me espanto, que me parece veo el gran cuidado que tray 
de mí, sin poner yo en ello casi nada, siendo un piélago de 
pecados y maldades antes de estas cosas, y sin parecerme era 
señora de mí para dejarlas de hacer. Y para lo que yo querría 
se supiesen, es para que se entienda el gran poder de Dios. Sea 
alabado por siempre jamás. Amén. 



Jesús. — Esta Relación, que no es de mi letra, que va al 
principio, es que la di yo a mi confesor (1), y él, sin quitar 
ni poner cosa, la sacó de la suya. Era muy espiritual y teólogo, 
con quien trataba todas las cosas de mi alma, y él las trató 
con otros letrados, y entre ellos fué el Padre Mancio (2). Ninguna 
han hallado que no sea muy conforme a la Sagrada Escritura. 
Esto me hace ya estar sosegada, aunque entiendo he menester, 
mientra Dios me llevare por este camino, no me fiar de mí en 
nada; y ansí lo he hecho siempre, aunque siento mucho. Mire 
vuestra merced que todo esto va debajo de confesión, como lo 
supliqué a vuestra merced. 



1 P. Ibánez. 

2 Nació este célebre hijo de Sto. Domingo en Becerril de los Campos (Palencia), por los 
aflos de 1497. Tomó el hábito en los Dominicos de Salamanca, y muy pronto llegó a ser uno 
de los más profundos teólogos de su tiempo. De él decía el P. Báñez «que sólo su nombre 
oprimía a los más doctos». Después de haber regentado cátedras de Prima en Alcalá y Sala- 
manca, murió santamente el 9 de Julio de 1566. 



RELACIÓN IV 

EN. SEVILLA AÑO DE 1576 (1). 
JESÚS 

Esta monja ha cuarenta años que tomó el hábito, y desde 
el primero comenzó a pensar en la Pasión de Nuestro Señor por 
los misterios y en sus pecados, sin nunca pensar en cosa que 
fuese sobrenatural, sino en las criaturas u cosas de que sacaba 
cuan presto se acaba todo, y en esto gastaba algunos ratos dej 
día sin pasarle por pensamiento desear más, porque se tenía 
por tal, que aun pensar en Dios vía que no merecía. En esto pasó 
como ventidós años con grandes sequedades, leyendo también 
en buenos libros. Había como deciocho, cuando se comenzó a 
tratar del primer monesterio que fundó en Avila de Descalzas, 
como tres años antes que comenzó a parecerle que le hablaban 
interiormente algunas veces y haber algunas visiones y tener re- 
velaciones. Esto jamás vio nada, ni lo ha visto con los ojos 
corporales, sino una representación como un relámpago; mas que- 
dábasele tan imprimido y con tantos efetos, como si lo viera 
con los ojos corporales, y más. Ella era temerorísima, que aun 



1 Escribió la Sania Madre esta Relación el año de 1576, estando en Sevilla, para el Padre 
Rodrigo Aivarez, de la Compsnía de Jesús, calificador del Santo Oficio. Nació el P. Rodrigo en 
África año de 1523, y por los de 15Ó8 recibió la solana de la Compañía. Murió en 1587. Docto, 
discreto y virtuoso, ayudó mucho a la Santa con su consejo y favor en las difíciles circunstancias 
en que hubo de verse por la persecución que en mal hora se suscitó en aquella ciudad contra las 
Carmelitas Descalzas. Hace en este escrito un resumen interesante de su espíritu, y enumera los 
diversos directores a quienes se había confiado hasta aquella fecha. Por lo regular, habla en ella 
en tercera persona. La Relación se publica conforme al autógrafo que se venera en el convento 
de Carmelitas Descalzos de Viterbo, del que poseemos copia fotográfica. 



22 LAS RELACIONES 

algunas veces de día no osaba estar sola. Y como aunque más 
hacía no podía excusar esto, andaba afligidísima, temiendo no 
fuese engaño del demonio. Y comenzó a tratar con personas 
espirituales de la Compañía de Jesús, entre los cuales fué el Pa- 
dre Araoz que acertó a ir allí, que era Comisario de la Compa- 
ñía (1); y el Padre Francisco, que fué duque de Gandía trató 
dos veces (2); ya un provincial de la Compañía que está ahora 
en Roma, de los cuatro, llamado Gil González (3); y aun al 
que ahora lo es en Castilla, aunque a éste no tanto (4); a Baltasar 
Alvarez, que es ahora Retor de Salamanca, la confesó seis 
años (5); al Retor de Cuenca (6) llamado Salazar (7); ya el 
de Segovia llamado Santander (8); éste no tanto tiempo; al Re- 
tor de Burgos que llaman Ripalda (9); y aun estaba harto mal 
con ella hasta que la trató; a el dotor Pablo Hernández de 
Toledo, que era Consultor de la Inquisición (10); a otro Ordó- 



1 Antonio Aráoz, pariente de San Ignacio, g uno de los primitivos padres de la Compa- 
ñía que más trabajaron por su crecimiento y buen gobierno. Natural de Vergara, donde había 
nacido en 1516, murió en Madrid, después de haber desempeñado importantes cargos, en 30 de 
Enero de 1573. Verosímilmente habló a Santa Teresa cuando trataba de la fundación de San 
José de Avila, siendo Comisario general de la Compañía (1562-1565). (Cfr. Astrain, Historia 
de la Compañía, t. I, 1. II, c. I y IV, y t. II, 1. I, c. VIII). 

2 Véase el tomo I, c. XXIV, p. 186. 

3 Hombre muy influyente en la Compañía durante los generalatos de los Padres AAercurian 
y Aquaviva, trató a la Santa durante doce años, aunque más frecuentemente de 1571 a 1574, 
siendo ella Priora de la Encarnación. De carácter dulce y comunicativo, fué uno de los hombres 
más eminentes de gobierno que por entonces tuvo la Compañía de Jesús. Había nacido en 1532 
en Burujón (Toledo) y murió en 15%. (Cfr. Astrain, t. I, 1. II, c. IX, y t. II, 1. II, c. IV). 

4 En Valladolid, fundando el monasterio de las Descalzas en 1568, conoció Santa Teresa 
al P. Juan Suárez, Provincial que había sido de Castilla. Había nacido en Cuenca el año de 1525 
y murió en Valladolid a los setenta años de edad. Consérvase una carta de la Santa a este 
Padre, de 1578, con quien tuvo un disgusto de consideración por algunas cosas del P. Salazar. 

5 Cfr. Vida, c. XXVIII, p. 224. 

6 Primero escribió la Santa Cigüenza, pero luego borró algunas letras, leyendo Cuenca 
(Cuenca), donde, efectivamente, era rector. 

7 Cfr. Libro de la Vida, c. XXIV, p. 188. 

8 Conoció la Santa al P. Luis de Santander en Segovia, siendo rector de la casa que 
la Compañía tenía en esta ciudad, cuando fué a fundar un nuevo monasterio de Descalzas 
en 1574. Escribiendo Santa Teresa a D. Teutonio y María Bautista, habla con grande estima 
de este Padre. (Vid. Astrain, t. II, 1. I, c. III, y 1. III, c. V). 

9 Yendo a fundar a Salamanca tomó por confesor la Santa al célebre autor del Cate- 
cismo, que lleva su nombre, durante el tiempo que permaneció allí. Antes de esta fecha 
(1573), ya había tratado al P. Jerónimo Ripalda en Avila. El aconsejó a la Santa que con- 
tinuase el Libro de las Fundaciones. Murió el ilustre jesuíta en Toledo, año de 1618. Era 
natural de Teruel, donde había nacido en 1535. Fué rector de los Colegios de Villagarcía, 
Salamanca, Burgos y Valladolid. 

10 Desde 1568 pertenecía este Padre a la Residencia que la Compañía tenía en Toledo. 
Frecuentó mucho por este tiempo el trato con la M. Fundadora, a quien ayudó no poco a 
levantar aquélla casa de Religiosas Descalzas. Escribiendo la Santa en 1578 a Gracián, llama 
a este Padre «mi buen amigo». 



RELACIÓN IV 23 

ñez, quG fué R^tor en Avila (1); como estaba en los lugares, 
ansí procuraba los que de ellos eran más estimados (2). 

A Fray Pedro de Alcántara trató mucho, y fué el que mucho 
puso por ella (3). Estuvieron más de seis años en este tiempo ha- 
ciendo hartas pruebas, g ella con hartas lágrimas y afleción; 
y mientra más pruebas se hacían, más tenía, y suspensiones 
hartas veces en la oración y aun fuera de ella. Hacíanse hartas 
oraciones y decíanse misas porque Dios la llevase por otro ca- 
mino; porque su temor era grandísimo cuando no estaba en la 
oración, aunque en todas las cosas que tocaban al servicio de 
Dios se entendía clara mejoría y ninguna vanagloria ni so- 
berbia; antes se corría de los que lo sabían, y sentía más tra- 
tarlo que si fueran pecados, porque le parecía que se reirían 
de ella y que eran cosas de mujercillas. 

Habrá como trece años, poco más a menos, que fué allí el 
Obispo de Salamanca, que era Inquisidor, creo en Toledo, y lo 
había sido aquí (4). Ella procuró de hablarle para asegurarse 
más, y dióle cuenta de todo. El le dijo que todo esto no era cosa 
que tocaba a su oficio, porque todo lo que vía y entendía siempre 
la afirmaba más en la fe católica, que ella siempre estuvo y Cotá 
firme, y con grandísimos deseos de la honra de Dios y bien de 
las almas, que por una se dejara matar muchas veces. Díjole, 
como la vio tan fatigada, que escribiese a el Maestro Avila, que 
era vivo, una larga relación de todo, que era hombre que enten- 
día mucho de oración, y que con lo que la escribiese, se sosega- 
se. Ella lo hizo ansí, y él la escribió asegurándola mucho (5). 
Fué de suerte esta relación, que todos los letrados que la han 
visto, que eran mis confesores, decían era de gran provecho para 



1 Mantuvo relaciones espirituales muy íntimas con este Padre de la Compafiía, como 
puede verse en la carta que le dirigió en 1573, siendo Priora de la Encarnación, cuando él 
tenía la residencia en Medina del Campo. 

2 Entre otros, fueron el P. Domenech en Toledo, Enrique Henríquez en Sevilla, Bar- 
tolomé Pérez Nueros en diversos lugares y Juan del Águila, Rector de Burgos, Gonzalo 
Dávila, Diego de Cetina y el venerable Padre Juan de Prádanos, de quien hicimos mención 
en el t. I, p. 186. 

3 Cfr. t. I, c. XXX, p. 238. 

4 D. Francisco Soto de Salazar, de Bonilla de la Sierra, canónigo de Avila, inquisidor 
en Córdoba, Sevilla y Toledo, fué obispo de Albarracín, Segorbe y Salamanca. Murió el 29 
de Enero de 1578. 

5 En los Apéndices veremos las cartas del B. Avila. 



24 LAS RELACIONES 

aviso de cosas espirituales, y mandáronla que lo trasladase y 
hiciese otro librillo para sus hijas, que era priora, adonde las 
diese algunos avisos (1). Con todo esto, a tiempos no le faltaban 
temores, y parecióle que a gente espiritual también podían estar 
engañados como ella, que quería tratar con grandes letrados, 
aunque no fuesen muy dados a oración, porque ella no quería 
sino saber si eran conforme a la Sagrada Escritura todo lo que 
tenía. Y algunas veces se consolaba pareciéndole que, aunque por 
sus pecados mereciese ser engañada, que a tantos buenos como 
deseaban darle luz, que no primitiría Dios se engañasen. 

Con este intento comenzó a tratar con padres de Santo Do- 
mingo en estas cosas, que antes que las tuviese, muchas veces se 
confesaba con ellos. Son estos los que ha tratado: Fray Vicente 
Barrón la confesó un año y medio en Toledo, yendo a fundar allí, 
que era consultor de la Inquisición y gran letrado (2); éste 
la aseguró mucho, y todos le decían que como no ofendiese a 
Dios y se conociese por ruin, que de qué temía. Con el Maestro 
Fray Domingo Bañes (3), que es consultor del Santo Oficio ahora 
en Valladolid, me confesé seis años, y siempre trata con él por 
cartas, cuando algo de nuevo se le ha ofrecido. Con el Maestro 
Chaves (4). Con el segundo fué Fray Pedro Ibáñez, que era enton- 
ces letor en Avila, y grandísimo letrado (5) ; y con otro dominico 
que llaman Fray García de Toledo (6). Con el P. Maestro Fray 
Bartolomé de Medina, catedrático de Salamanca (7); y sabía que 



1 El Camino de Perfección. 

2 Cfr. t. I, págs. 29 y 50. El P. Barrón fué uno de los confesores que por los años 
de 1568 ü siguientes tuvo la Santa en Toledo, cuando trataba de aquella fundación. En su 
juventud ya se había confesado con él en Santo Tomás de Avila. 

3 Vid. t. I, p. 347. 

4 Afamado teólogo dominico, confesor de Felipe II. Favoreció mucho la Reforma de los 
Descalzos con el gran prestigio de que gozaba en la corte. Conoció a la Santa en el tiempo que 
fué rector del Colegio de Santo Tomás de Avila. Murió el 17 de Junio de 1592. (Cfr. Padre 
Felipe Martín, Santa Teresa de Jesús y la Orden de Predicadores, p. 666). 

5 Cfr. t. I, p. 271. 

6 Cfr. t. I, p. 286. 

7 Bartolomé de Medina, de la Orden de Predicadores, y profesor de las Universidades 
de Alcalá y Salamanca. Mal dispuesto contra la Santa antes de conocerla, la cobró parti- 
cular estima después que la trató. Estando la Santa en Alba (1574), iba todas las semanas de 
Salamanca a confesarla el P. Bartolomé. Murió en 1580. Acerca del cambio que experimentó 
el P. Medina, así que hubo tratado a la Santa, he aquí lo que dice en el Proceso de Avila 
D. Francisco Mena, beneficiado de la parroquia de San Vicente: «Al artículo 17 dijo: que el 
Padre Maestro Fray Bartolomé de Medina de la Orden de Santo Domingo, catedrático de 
Prima de Teología en la Universidad de Salamanca, cuyo discípulo fué este testigo, al prin- 



RELACIÓN IV 25 

estaba muy mal con ella, porque había oído de estas cosas; y pa- 
recióle que éste la diría mejor si iba engañada que nenguno; esto 
ha poco más de dos años; y procuróse confesar con él, y dióle 
larga relación de todo, lo que allí estuvo, y procuró que viese 
lo que había escrito para que entendiese mejor su vida. El la 
asiguró tanto y más que todos, y quedó muy su amigo. También 
se confesó algún tiempo con el Padre Alaestro Fray Felipe de 
Meneses (1), que estuvo en Valladolid a fundar, y era el Prior u 
Retor de aquel Colegio de San Gregorio; y habiendo oído estas 
cosas, la había ido a hablar en Avila con harta caridad, quirien- 
do saber si estaba engañada, y que si no era razón porque la 
mormurasen tanto; y se satisfizo mucho. También trató parti- 
cularmente con un Provincial de Santo Domingo, llamado Sali- 
nas, hombre muy espiritual y gran siervo de Dios (2) ; y con otro 
letor que es ahora en Segovia, llamado Fray Diego de Yanguas, 
harto de agudo ingenio (3). 

Otros algunos, que en tantos años y con temor ha habido 
lugar para ello, en especial como andaba en tantas partes a fuxi- 
dar, lianse hecho hartas pruebas, porque todos deseaban acertar 
a darla luz, por donde la han asegurado y se han asegurado. 
Siempre jamás estaba sujeta y lo está a todo lo que tiene la 
santa fe católica; y toda su oración y de las casas que ha fun- 
dado, es porque vaya en aumento. Decía ella que cuando al- 



cipio recibió mal las cosas de la Santa Madre, en tal forma, que públicamente en su cá- 
tedra dijo que era de mujercillas andarse de lugar en lugar y que mejor estuvieran en sus 
casas rezando e hilando, u sabido esto por la Santa Madre, deseó mucho hablarle u comu- 
nicarle su espíritu y el fin de sus fundaciones; y habiéndole comunicado, le satisfizo de 
suerte, que públicamente en la mesraa cátedra alabó y aprobó el espíritu de la Santa Madre, 
y entre otras palabras que de ella dijo, fueron estas: «Señores, el otro día dije aquí unas 
palabras mal consideradas de una religiosa que funda casas de monjas Descalzas y hablé 
mal. Hela comunicado y tratado, y sin duda tiene el espíritu de Dios y va por muy buen 
camino». 

1 Aventajado escritor ascético y ejemplar religioso, después de haber desempeñado una 
cátedra en Alcalá, fué regente del Colegio de San Gregorio de^ Valladolid. Murió el año de 
1572 en su convento de Santa Marta (Galicia). 

2 Juan de Salinas, provincial durante varios años, conoció a la Santa en Toledo, y la 
confesó muy amenudo durante el tiempo que permaneció en aquella ciudad. Murió el Padre 
Salinas en 1569. 

3 Diego Yanguas, de extraordinaria capacidad g virtud y célebre por sus comentarios 
de cátedra a la Suma de Santo Tomás, confesó a la Santa Madre en Segovia cuando hizo 
aquella fundación en 1574. Con el P. Jerónimo Gracián examinó, entre otros escritos de la 
Santa, Las Motadas. Otros muchos Padres de la gloriosa Orden de Santo Domingo trataron 
a la Santa, como puede verse en la citada obra del P. Felipe Martín, Santa Teresa y la 
Orden de Piedicadores y en ¡a del P. Paulino Alvarez, Santa Teresa y el A Báñez. 



26 LAS RELACIONES 

guna cosa de estas la enducicra contra lo que es fe católica y la 
ley de Dios, que no hubiera menester andar a buscar pruebas, 
que luego viera era demonio. 

Jamás hizo cosa por lo que entendía en la oración; antes si 
le decían sus confesores al contrario, lo hacía luego y siempre 
daba parte de todo. Nunca creyó tan determinadamente que era 
Dios con cuanto le decían que sí, que lo jurara, aunque por los 
efetos y las grandes mercedes que le ha hecho, en algunas cosas 
le parecía buen espíritu, mas siempre deseaba virtudes, y en 
esto ha puesto a sus monjas, diciendo que la más humilde y mor- 
tificada sería la más espiritual. 

Esto que ha escrito dio al Padre Maestro Fray Domingo 
Bañes, que está en Valladolid, que es con quien más ha tratado y 
trata. Piensa que los habrá presentado al Santo Oficio en Ma- 
drid (1). En todo ello se sujeta a la correción de la fe católica 
y de la Ilesia. Nenguno la ha puesto culpa, porque son estas 
cosas que no están en mano de nadie, y Nuestro Señor no pide 
lo imposible. 

Como se ha dado cuenta a tantos por el gran temor que 
traía, hanse divulgado mucho estas cosas, que ha sido para ella 
harto grandísimo^ tormento y cruz (2). Dice ella que no por hu- 
mildad, sino porque siempre aborrecía estas cosas que decían de 
mujeres. Tenía extremo a no se sujetar a quien le parecía que 
creía era todo de Dios, porque luego temía los había de engañar 
a entramos el demonio. Con quien vía temeroso, trataba su alma 
de mejor gana, aunque también le daba pena con los que de] 
todo despreciaban estas cosas; era por probarla; porque le pare- 
cían algunas muy de Dios, y no quisiera, que pues no vían causa 
las condenaran determinadamente, tampoco como que creyeran 
que todo era de Dios, porque entendía ella muy bien que podía 
haber engaño, y por esto jamás le pareció asegurarse del todo 
en lo que podía haber peligro. Procuraba lo más que podía en 
ninguna cosa ofender a Dios y siempre obedecer; y con estas 
dos cosas se pensaba librar, aunque fuese demonio. 



1 Cfr. t. I, Preliminares, págs. CXVII y CXXV. 

2 La Santa expresa esta palabra por una "f. 



RELACIÓN IV 27 

Desde que tuvo cosas sobrenaturales, siempre se inclinaba 
su espíritu a buscar lo más perfeto, y casi ordinario traía gran- 
des deseos de padecer; y en las persecuciones, que tuvo hartas, 
se hallaba consolada, y con amor particular a quien la perseguía, 
Gran deseo de pobreza y soledad, y de salir de este destierro 
por ver a Dios. Por estos efetos y otros semejantes, se comenzó 
a asosegar, pareciéndole que espíritu que la dejaba con estas vir- 
tudes no sería malo, y ansí se lo decían con los que lo trataba, 
aunque para dejar de temer no, sino para no andar tan fatigada. 
Jamás su espíritu la persuadía a que encubriese nada, sino a 
que obedeciese siempre. Nunca con los ojos del cuerpo vio nada, 
como está dicho, sino con una delicadez y cosa tan inteletual, 
que algunas veces pensaba a los principios se le había antojado, 
otras no lo podía pensar. Tampoco oyó jamás con los oídos 
corporales, si no fueron dos veces, y éstas no entendió cosa de 
las que decían, ni sabía qué. 

Estas cosas no eran continas, sino en alguna necesidad al- 
gunas veces, como fué una que había estado algunos días con 
unos tormentos interiores incomportables y un desasosiego in- 
terior de temor si la traía engañada el demonio, como más lar- 
gamente están en aquella Relación, y también están sus pecados, 
que ansí han sido públicos, como estotras cosas, porque el miedo 
que traía le ha hecho olvidar su crédito. Y estando ansí con 
aflición que no se puede decir, con sólo entender esta palabra 
en lo interior: Yo soy; no tengas miedo, quedaba el alma tan 
quieta y animosa y confiada, que no podía entender de dónde 
le había venido tan gran bien; pues no había bastado confe.sor, 
ni bastaran muchos letrados con muchas palabras para ponerle 
aquella paz y quietud que con una se le había puesto. Y ansí 
otras veces que con alguna visión quedaba fortalecida; porque 
a no ser esto, no pudiera haber pasado tan grandes trabajos y 
contradiciones y enfermedades, que han sido sin cuento, y pasa; 
que jamás anda sin algún género de padecer. Hay más y menos, 
mas lo ordinario es siempre dolores con otras hartas enferme- 
dades, aunque después que es monja la han apretado más. 

Si en algo sirve al Señor, y las mercedes que le hace pasa 



28 LñS RELACIONES 

de presto por su, memoria, aunque de las mercedes muchas veces 
se acuerda; mas no puede detenerse allí mucho, como en los 
pecados, que siempre están atormentándola como un cieno de 
mal olor. El haber tenido tantos pecados y servido a Dios tan 
poco, debe ser causa de no ser tentada de vanagloria. Jamás con 
cosa de su espíritu tuvo persuasión, ni cosa sino de toda lim- 
pieza y castidad; y sobre todo un gran temor de no ofender a 
Dios Nuestro Señor y de hacer en todo su voluntad. Esto le 
suplica siempre, y a su parecer está tan determinada a no salir 
de ella, que no la dirían cosa en que pensase servir más a Dios 
los que la tratan, confesores y perlados, que la dejase de poner 
por obra, confiada en que el Señor ayuda a los que se determinan 
por su servicio y gloria. 

No se acuerda más de sí, ni de su provecho, en comparación 
de esto, que si no fuese, a cuanto ella puede entender de sí, y 
entienden sus confesores. Es todo gran verdad lo que va en este 
papel, y lo puede probar con ellos v. m. si quiere, y qon todas 
las personas que la han tratado de veinte años a esta parte. 
Muy ordinario la mueve su espíritu a alabanzas de Dios, y que- 
rría que todo el mundo entendiese en esto, aunque a ella le 
costase muy mucho. De aquí le viene el deseo del bien de las 
almas; y de ver cuan basuras son las cosas exteriores de este 
mundo y cuan preciosas las interiores, que no tienen compara- 
ción, ha venido a tener en poco las cosas del. 

La manera de visión que v. m. me preguntó, es que no se 
ve cosa ni interior ni exteriormente, porque no es imaginaria; mas 
sin verse nada, entiende el alma quién es, y hacia dónde se le 
representa más claramente que si lo viese, salvo que no se le 
le representa cosa particular, sino como si una persona sintiese 
que está otra cabe ella, y porque estuviese ascuras no la vemos, 
cierto entiende que está allí, salvo que no es comparación esta 
bastante; porque el que está ascuras, por alguna vía, u oyendo 
ruido, u habiendo visto antes la persona, entiende que está 
allí, u la conoce de antes; acá no hay nada de eso, sino que 
sin palabra exterior ni interior entiende el alma clarísimamente 
quién es, y hacia qué parte está, y a las veces lo que quiere 



RELACIÓN IV 29 

sinificar. Por dónde u cómo, no lo sabe; mas ello pasa ansí; 
y lo que dura no puede inorarlo; y cuando se quita, aunque 
más quiere imaginarlo como antes, no aprovecha, porque se ve 
que es imaginación y no presencia, que esta no está en su mano; 
y ansí son todas las cosas sobrenaturales. Y de aquí viene no 
tenerse en nada a quien Dios hace esta merc€d, porque ve que 
es cosa dada y que ella allí ni puede quitar ni poner; y esto 
hace quedar con mucha más humildad y amor de servir siempre 
a este Señor tan poderoso, que puede hacer lo que acá no po- 
demos aún entender, cómo, aunque más letras tengan, hay cosas 
que no se alcanzan. Sea bendito El que lo da. Amen, para siem- 
pre jamás (1). 



1 Además de los códices de Avila y Toledo, conservaban copias antiguas de esta Reln- 
ción las Carmelitas de Consuegra, Valladolld, Málaga y Oporto. 



RELACIÓN V 

EN SEVILLA, AÑO DE 1576 (1). 
JESÚS 

Son tan dificultosas de decir, y más de manera que se pue- 
dan entender estas cosas de el espíritu interiores, cuanto más 
con brevedad pasan, que si la obediencia no lo hace, será dicha 
atinar, especial en cosas tan dificultosas. Mas poco va en que 
desatine, pues va a manos que otros mayores habrá entendido 
de mi. En todo lo que dijere, suplico a vuestra merced que en- 
tienda que no €s mi intento pensar es acertado, que yo podré 
no entenderlo; mas lo que puedo certificar es, que no diré 
cosa que no haya expirimentado algunas y muchas veces. Si es 
bien u mal, vuestra merced lo verá y me avisará dello. 

Paréceme será dar a vuestra merced gusto comenzar a tra- 
tar del principio de cosas sobrenaturales, que en devoción, y 
ternura, y lágrimas y meditaciones que acá podemos adquirir 
con ayuda de <¿\ Señor, entendidas están. 

La primera oración que sentí, a mi parecer sobrenatural, 
que llamo yo lo que con idustria ni deligencia no se puede 
adquirir, aunque mucho se procure, aunque disponerse para ello 
sí, y debe de hacer mucho al caso, es un recogimiento inte- 



1 Esta Relación, como la anterior, es para el P. Rodrigo Alvarez, a quien da cuenta 
de su espíritu, como a su director, a diferencia de la anterior que le dirigió como a califi- 
cador del Santo Oficio, y por eso habla en ella en tercera persona, como hemos visto. Esta 
Relación fué publicada ya por Ribera, 1. IV, c. III. 



32 LAS RELACIONES 

rior que se siente en el alma, que parece ella tiene allá otros 
sentidos, como acá los exteriores, que ella en sí parece se quie- 
re apartar de los bullicios exteriores; y ansí algunas veces los 
lleva tras sí, que le da gana de cerrar los ojos y no oír, ni ver 
ni entender sino aquello en que el alma entonces se ocupa, que 
es poder tratar con Dios a solas. Aquí no se pierde ningún 
sentido ni potencia, que todo está entero; mas estálo para em- 
plearse en Dios. Y esto a quien Nuestro Señor lo hubiere dado 
será fácil de entender; y a quien no, a lo menos será menester 
muchas palabras y comparaciones. 

De este recogimiento viene algunas veces una quietud y paz 
interior muy regalada, que está el alma que no le parece le falta 
nada; que aun el hablar le cansa, digo el rezar y el meditar, 
no querría sino amar: dura rato y aún ratos. 

Desta oración suele proceder un sueño que llaman de las 
potencias, que ni están asortas, ni tan suspensas que se pueda 
llamar arrobamiento. Aunque no es del todo unión, alguna vez, 
y aun muchas, entiende el alma que está unida sola la voluntad, y 
se entiende muy claro, digo claro, a lo que parece. Está empleada 
toda en Dios, y que ve el alma la falta de poder estar ni obrar 
en otra cosa; y las otras dos potencias están libres para negocios 
y obras de el servicio de Dios. En fin, andan juntas Marta y 
María. Yo pregunte al Padre Francisco si sería engaño esto, 
porque me traía boba; y me dijo, que muchas veces acaecía (1). 

Cuando es unión de todas las potencias, es muy diferente; 
porque ninguna cosa puede obrar, porque el entendimiento está 
como espantado. La voluntad ama más que entiende; mas ni 
entiende si ama ni qué hace de manera que lo pueda decir la 
memoria, a mi parecer, que no hay ninguna, ni pensamiento, 
ni aun por entonces son los sentidos despiertos, sino como quien 
los perdió para más emplear el alma en lo que goza, a mi pa- 
recer; que por aquel breve espacio se pierden: pasa presto. En 
la riqueza que queda en el alma de humildad y otras virtudes 
y deseos, se entiende el gran bien que le vino de aquella mer- 



1 San Francisco de Borja. (Cfr. t. I, c. XXIV, p. 186). 



RELACIÓN V 33 

ced; mas no se puede decir lo que es; porque, aunque el 
alma se da a entender, no sabe cómo lo entiende ni decirlo. A 
mi parecer, si esta es verdadera, es la mayor merced que Nues- 
tro Señor hace en este camino espiritual, a lo menos de las 
grandes. 

Arrobamientos y suspensión, a mi parecer, todo es uno, 
sino que yo acostumbro a decir suspensión, por no decir arro- 
bamiento, que espanta; y verdaderamente, también se puede lla- 
mar suspensión esta unión que queda dicha. La diferencia que 
hay del arrobamiento a ella, es ésta: que dura más y siéntese 
más en esto exterior, porque se va acortando el huelgo, de ma- 
nera que no se puede hablar, ni los ojos abrir; aunque esto 
mesmo se hace en la unión, es acá con mayor fuerza, porque el 
calor natural se va no sé yo adonde, que cuando es grande el arro- 
bamiento, que en todas estas maneras de oración hay más y me- 
nos, cuando es grande, como digo, quedan las manos heladas 
y algunas veces extendidas como unos palos; y el cuerpo, si toma 
en pie, ansí se queda, u de rodillas; y es tanto lo que se emplea 
en el gozo de lo que el Señor le representa, que parece se 
olvida de animar en el cuerpo y le deja desamparado, y, si dura, 
quedan los niervos con sentimiento. 

Paréceme que quiere aquí el Señor que el alma entienda 
más de lo que goza, que en la unión, y ansí se le descubren al- 
gunas cosas de Su Majestad en el rato muy ordinariamente; 
y los efetos con que queda el alma son grandes, y el olvidarse 
a sí por querer que sea conocido y alabado tan gran Dios y Se- 
ñor. A mi parecer, si es de Dios, que no puede quedar sin un 
gran conocimiento de que ella allí no pudo nada y de su miseria 
y ingratitud de no haber servido a quien por solo su bondad le 
hace tan gran merced. Porque el sentimiento y suavidad es tan 
ecesivo que todo lo que acá se puede comparar, que si aquella me- 
moria no se le pasase, siempre habría asco de los contentos de 
acá; y ansí viene a tener todas las cosas del mundo en poco. 

La diferencia que hay de arrobamiento y arrebatamiento es, 
que el arrobamiento va poco a poco muriéndose a estas cosas 
exteriores, y perdiendo los sentidos y viviendo a Dios. El arre- 

II 3 



34 LñS RELACIONES 

batamiento viene con una sola noticia que Su Majestad da en lo 
mug íntimo de el alma, con una velocidad que la parece que la 
arrebata a lo superior della, que a su parecer se le va de el 
cuerpo; y ansí es menester ánimo a los principios para entregar- 
se en los brazos de el Señor, que la lleve a do quisiere, porque, 
hasta que Su Majestad la pone en paz adonde quiere llevarla, 
digo llevarla que entienda cosas altas, cierto, es menester a los 
principios estar bien determinada a morir por El; porque la 
pobre alma no sabe qué ha de ser aquello, digo a los principios. 
Quedan las virtudes, a mi parecer, de esto más fuertes; porque 
deséase más, y dase más a entender el poder deste gran Dios 
para temerle y amarle. Pues ansí, sin ser más en nuestra mano, 
arrebata el alma, bien como Señor de ella; queda gran arrepen- 
timiento de haberle ofendido, y espanto de cómo osó ofender 
tan gran Majestad, y grandísima ansia porque no haya quien 
le ofenda, sino que todos le alaben. Pienso que deben venir de 
aquí estos deseos tan grandísimos de que se salven las almas, 
y de ser alguna parte para ello, y para que este Dios sea alabado 
como merece. 

El vuelo de espíritu es un no sé cómo le llame, que sube de 
lo más íntimo de el alma. Sola esta comparación se me acuerda, 
que puse adonde vuestra merced sabe, que están largamente de- 
claradas estas maneras de oración y otras, y es tal mi memoria, 
que luego se me olvida (1). Paréceme que el alma y el espíritu 
debe ser una cosa; sino que como un fuego, que si es grande y ha 
estado dispuniéndose para arder, ansí el alma de la dispusición 
que tiene con Dios, como el fuego, ya que de presto arde, echa 
una llama que llega a lo alto, aunque tan fuego es como el otro 
que está en lo bajo, y no porque esta llama suba deja de que- 
dar el fuego. Ansí acá en el alma parece que produce de sí 
una cosa tan de presto y tan delicada, que sube a la parte supe- 
rior y va donde el Señor quiere, que no se puede declarar 
más, y parece vuelo, que yo no sé otra cosa como compararlo. 
Sé que se entiende muy claro y que no se puede estorbar. 



1 Vida, c. XVII, p. 132. 



RELACIÓN V 35 

Parece que aquella avecica del espíritu se escapó de esta 
miseria de esta carne g cárcel deste cuerpo, g ansí puede más 
emplearse en lo que le da el Señor. Es cosa tan delicada y tan 
preciosa, a lo que entiende el alma, que no le parece hag en 
ello ilusión, ni aun en ninguna cosa de estas, cuando pasan. 
Después eran los temores, por ser tan ruin quien lo recibe, que 
todo le parecía había razón de temer, aunque en lo interior de el 
alma queda una certidumbre g siguridad, con que se podía vivir; 
mas no para dejar de poner deligencias para no ser engañada. 

ímpetus llamo go a un deseo que da el alma algunas veces, 
sin haber precedido antes oración, g aun lo más contino, sino 
una memoria que viene de presto de que está ausente de Dios, 
u de alguna palabra que oge, que vaga a esto. Es tan poderosa 
esta memoria g de tanta fuerza algunas veces, que en un instante 
parece que desatina; como cuando se da una nueva de presto 
mug penosa, que no sabía, o un gran sobresalto, que parece 
quita el discurso a el pensamiento para consolarse, sino que 
se queda como asorta. Ansí es acá, salvo que la pena es por tal 
causa, que queda a el alma un conocer, que es bien empleado 
morir por ella. Ello es que parece que todo lo que el alma en- 
tiende entonces, es para más pena, g que no quiere el Señor 
que todo su ser le aproveche de otra cosa, ni acordarse es su 
voluntad que viva, sino parécete que está en una tan gran soledad 
g desamparo de todo, que no se puede escribir; porque todo el 
mundo g sus cosas le dan pena, g que ninguna cosa criada le 
hace compañía, ni quiere el alma sino al Criador, g esto velo 
imposible si no muere, g como ella no se ha de matar, muere por 
morir, de tal manera que verdaderamente es peligro de muerte, 
g vese como colgada entre cielo g tierra, que no sabe qué se 
hacer de sí. Y de poco en poco dale Dios una noticia de sí 
para que vea lo que pierde, de una manera tan extraña, que no 
se puede decir; porque ninguna hag en la tierra, a lo menos 
de cuantas go he pasado, que le iguale; baste que de media hora 
que dure, deja tan descoguntado el cuerpo g tan abiertas las ca- 
nillas, que aun no quedan las manos para poder escribir g con 
grandísimos dolores. 



36 LflS RELACIONES 

De esto ninguna cosa siente hasta que se pasa aquel ímpetu. 
Harto tiene que hacer en sentir lo interior, ni creo sentiría 
graves tormentos; y está con todos sus sentidos, y puede hablar 
y aun mirar; andar no, que la derrueca el gran golpe de el 
amor. Esto, aunque se muera por tenerlo, si no es cuando lo da 
Dios, no aprovecha. Deja grandísimos efetos y ganancia en el 
alma. Unos letrados dicen que es uno, otros otro; nadie lo con- 
dena. El Maestro Avila me escribió era bueno (1), y ansí lo dicen 
todos. El alma bien entiende es gran merced de el Señor: a ser 
muy a menudo, podo duraría la vida. 

El ordinario ímpetu, es que viene este deseo de servir a Dios 
con una gran ternura y lágrimas por salir de este destierro; 
mas como hay libertad para considerar el alma que es la voluntad 
del Señor que viva, con eso se consuela, y le ofrece el vivir, 
suplicándole no sea sino para su gloria; con esto pasa. 

Otra manera harto ordinaria de oración, es una manera de 
herida que parece a el alma como si una saeta la metiesen por 
el corazón, o por ella mesma. Ansí causa un dolor grande que 
hace quejar, y tan sabroso, que nunca querría le faltase. Este 
dolor no es en el sentido, ni tampoco es llaga material, sino 
en lo interior de el alma, sin que parezca dolor corporal; sino 
que, como no se puede dar a entender sino por comparaciones, 
pónense estas groseras, que para lo que ello es lo son, mas no 
sé yo decirlo de otra suerte. Por eso no son estas cosas para 
escribir ni decir, porque es imposible entenderlo, sino quien 
lo ha expirimentado, digo adonde llega esta pena, porque las 
penas del espíritu son diferentísimas de las de acá. Por aquí 
saco yo cómo padecen más las almas en el infierno y purgatorio 
que acá se puede entender por estas penas corporales. 

Otras veces parece que esta herida del amor sale de lo íntimo 
de el alma; los efetos son grandes; y cuando el Señor no lo da, 
no hay remedio aunque más se procure, ni tampoco dejarlo de 
tener cuando El es servido de darlo. Son como unos deseos 
de Dios tan vivds y tan delgados, que no se pueden decir; y como 



1 Lleva la carta fecha de 12 de Septiembre de 1568. 



RELACIÓN V 37 

el alma se ve atada para no gozar como querría de Dios, dale 
un aborrecimiento grande con el cuerpo, y paréoele como una 
gran pared que la estorba para que no goce su alma de lo que 
entiende entonces, a su parecer, que goza en sí, sin embarazo 
del cuerpo. Entonces ve el gran mal que nos vino por el pecado 
de Adán en quitar esta libertad. 

Esta oración antes de los arrobamientos y los ímpetus gran- 
des que he dicho, se tuvo. Olvídeme de decir, que casi siempre 
no se quitan aquellos ímpetus grandes, si no es con un arroba- 
miento y regalo grande de el Señor, adonde consuela el alma 
y la anima para vivir por El. 

Todo esto que está dicho, no puede ser antojo, por algunas 
causas, que sería largo de decir. Si es bueno u no, el Señor lo 
sabe. Los efetos y cómo deja aprovechada el alma, no se puede 
dejar de entender, a todo mi parecer. 

Las Personas veo claro ser distintas (1), como lo vía ayer, 
cuando hablaba vuestra merced con el Provincial (2) ; salvo que ni 
veo nada, ni oyó, coraio ya a vuestra merced he dicho ; mas es con 
una certidumbre extraña, aunque no vean los ojos de el alma, y en 
faltando aquella presencia, se ve que falta. El cómo, yo no lo sé, 
mas muy bien sé que no es imaginación; porque aunque después 
me deshaga para tornarlo a representar, no puedo, aunque lo 
he probado; y ansí es todo lo que aquí va, a lo que yo puedo 
entender, que como ha tantos años, hase podido ver para decir- 
lo con esta determinación. Verdad es, y advierta vuestra merced 
en esto, que la Persona que habla siempre, bien puedo afirmarla 
que me parece que es; las demás no podría así afirmarlo. La una 
bien sé que nunca ha sido; la causa jamás lo he entendido, ni 
yo me ocupo más en pedir de lo que Dios quiere, porque luego 
me parece me había de engañar el demonio, y tampoco lo pe- 
diré ahora, que habría temor de ello. 

La principal paréceme que alguna vez; mas como ahora no 
me acuerdo bien, ni lo que era, no lo osaré afirmar. Todo está 



1 Este y los dos párrafos siguientes, faltan en el códice de Toledo. 

2 Alude al P. Rodriao Alvarez y a' P- Diego de Acosta, Provincial de la Compañía en 
Andalucía. 



38 LflS RELACIONES 

escrito adonde vuestra merced sabe, y esto muy largamente que 
aquí va, aunque no se si por estas palabras. Aunque se dan a 
entender estas Personas distintas por una manera extraña, entiende 
el alma ser un solo Dios. No me acuerdo haberme parecido que 
habla Nuestro Señor, si no es la Humanidad, y, ya digo, esto 
puedo afirmar que no es antojo. 

Lo que dice vuestra merced del agua, yo no lo sé ni tam- 
poco he entendido adonde está el Paraíso terrenal. Ya he dicho 
que lo que el Señor me da» a entender, que yo no puedo excusar, 
enticndolo porque no puedo más; mas pedir yo a Su Majestad 
que me dé a entender ninguna cosa, jamás lo he hecho, que lue- 
go me parecería que yo lo imaginaba, y que me había de engañar 
el demonio, y jamás, gloria a Dios, fui curiosa en desear saber 
cosas, ni se me da nada de saber más. Harto trabajo me ha 
costado esto, que sin querer, como digo, he entendido, aunque 
pienso ha sido medio que tomó el Señor para mi salvación, como 
me vio tan ruin, que los buenos no han menester tanto para 
servir a Su Majestad. 

Otra oración me acuerdo, que es primero que la primera 
que dije, que es una presencia de Dios que no es visión de nin- 
guna manera, sino que parece que cada y cuando, al menos 
cuando no hay sequedades, que una persona se quiere encomen- 
dar a Su Majestad, aunque sea rezar vocalmente, le halla. Ple- 
ga a El que no pierda yo tantas mercedes por mi culpa y que 
haya misericordia de mí (1). 



1 La inteligencia de este párrafo, como tantos otros de la insigne Doctora, ha dado ocasión 
a muchas controversias, y aun actualmente se discute en libros y revistas científicas, nacionales 
y extranjeras. No es de incumbencia del editor terciar en ellas, ni es posible siquiera, ya que 
exigen prolijas exposiciones de doctrina mística, incompatibles con una nota, que necesariamente 
ha de ser breve. En cambio, procuraremos dar un texto esmerado, que es nuestro deber principal, 
a fln de que los Doctores católicos discutan sobre la base firme y segura de una lección ajustada 
en todo al pensamiento de la gran Mística avilesa. 



RELACIÓN VI 

EN PñLENCIA, AÑO DE 1581 (1). 
JESÚS 

¡Oh quién pudiera dar a entender bien a V. S. la quietud y 
sosiego con que se halla mi alma! ; (2) porque de que ha de gozar 
de Dios tiene ya tanta certidumbre, que le parece goza el alma 
que ya le ha dado la posesión aunque no el gozo. Como si uno 
hubiese dado una gran renta a otro con muy firmes escrituras 
para que la gozara de aquí a cierto tiempo y llevara los frutos; 
mas hasta entonces no goza sino de la posesión que ya le han 
dado de que gozará esta renta. Y con el agradecimiento que le 
queda, ni la querría gozar, porque le parece no lo ha merecido, 
sino servir, aunque sea padeciendo mucho; y aun algunas veces 
parece que de aquí a la fin del mundo cería poco para servir 
a quien le dio esta posesión. Porque, a l.i verdad, ya en parte 
no está sujeta a las miserias del mundo como solía; porque 
aunque pasa más, no parece, sino que es como en la ropa; que 



1 Va dirigida a su antiguo confesor en Toledo, ahora obispo de Osma, D. Alonso Ve- 
lázquez. En el cap. XXX de las Fundaciones, habla de él la Santa con particular estima, lo 
mismo que en algunas cartas. De canónigo de Toledo, pasó a obispo de Osma, g por fin, a 
la Sede compostelana, de donde fué nombrado arzobispo en Mayo de 1583. Murió el H de 
Enero de 1587. 

La mayor parte de esta Relación, publicada por vez primera en el tomo II, carta IV, de 
la edición de 1671, ha sido reproducida en las demás del mismo modo. El autógrafo, que se 
halla bastante deteriorado, se venera en las Carmelitas Descalzas de Santa Ana de Madrid. 
Poseemos de él una reproducción fotográfica. 

2 Aquí comienza el original de Madrid. Sobre esta primera línea del autógrafo se lee: 
Parte de una relación que la M.e me embió consultando su spu. y manera de proceder. La 
letra es de la época, y, a lo que parece, del mismo doctor Velázquez. También parece infe-- 
rirse de las palabras transcritas, que a la Relación falta bastante para estar completa, si bien la 
lectura de lo que de ella se conserva inclina el ánimo a creer lo contrario. 



40 LñS RELACIONES 

el alma €stá como en un castillo con señorío, y ansí no pierde 
la paz, aunque esta seguridad no quita un gran temor de no 
ofender a Dios, y quitar todo lo que le puede impidir a no 
le servir, antes anda con más cuidado. Mas anda tan olvidada 
de su propio provecho, que le parece ha perdido en parte e] 
ser, según anda olvidada de sí. En esto todo va a la honra de 
Dios y como haga más su voluntad y sea glorificado. 

Conque esto es ansí, de lo que toca a su salud y cuerpo, 
me parece se tray más cuidado, y menos mortificación en comer, 
y en hacer penitencia, no los deseos que tenía, mas, al parecer, 
todo va a fin de poder más servir a Dios en otras cosas, que 
muchas veces le ofrece como un gran sacrificio el cuidado del 
cuerpo, y cansa harto, y algunas se prueba en algo; mas a todo 
su parecer no lo puede hacer sin daño de su salud, y ponésele 
delante lo que los perlados la mandan. En esto, y el deseo que 
tiene de su salud, también debe entremeterse harto amor propio; 
mas a mi parecer, entiendo me daría mucho más gusto, y me le 
daba, cuando podía hacer mucha penitencia; porque siquiera pa- 
recía hacía algo, y daba buen ejemplo y andaba sin este tra- 
bajo que da el no servir a Dios en nada. V. S. mire lo que 
en esto será mejor hacer. 

Lo de las visiones imaginarias ha cesado; mas parece que 
siempre se anda esta visión inteletual de estas tres Personas, 
y de la Humanidad, que es, a mi parecer, cosa muy más subida; 
y ahora entiendo, a mi parecer, que eran de Dios las que he 
tenido, porque dispunien el alma para el estado en que ahora 
está, sino como tan miserable y de poca fortaleza, íbala Dios 
llevando como vía era menester; mas, a mi parecer, son de pre- 
ciar cuando son de Dios mucho. 

Las hablas interiores no se han quitado, que cuando es me- 
nester, me da Nuestro Señor algunos avisos; y aun ahora en 
Palencia se hubiera hecho un buen borrón, aunque no de pe- 
cado, si no fuera por esto (1). 



1 Véase lo que dice la Santa en el capítulo XXIX de Las Fundaciones sobie la adquisi^ 
ción de unas casas junto a Nuestra SeBora de la Calle, en esta ciudad. 



RELACIÓN Vi 4Í 

Los atos y deseos no parece lleva la fuerza que solían, que 
aunque son grandes, es tan mayor la que tiene el que se haga 
la voluntad de Dios y lo que sea más su gloria, que como el 
alma tiene bien entendido que Su Majestad sabe lo que para 
esto conviene y está tan apartada de interese propio, acábanse 
presto estos deseos y atos, y a mi parecer no llevan fuerza- 
De aquí procede el miedo que trayo algunas veces, aunque no 
con inquietud y pena como solía, de que está el alma embobada, 
y yo sin hacer nada, porque penitencia no puedo. Atos de 
padecer y martirio y de ver a Dios, no llevan fuerza, y lo más 
ordinario no puedo. Parece vivo sólo para comer y dormir y no 
tener pena de nada, y aun esto no me la da, sino que algunas 
veces, como digo, temo no sea engaño; mas no lo puedo creer, 
porque a todo mi parecer, no reina en mí con fuerza asi- 
miento de ninguna criatura ni de toda la gloria del cielo, sino 
amar a este Dios, que esto no se menoscaba, antes, a mi pa- 
recer, crece y el desear que todos le sirvan. 

Mas con esto me espanta una cosa, que aquellos sentimien- 
tos tan ecesivos e interiores que me solían atormentar de ver 
perder las almas y de pensar si hacía alguna ofensa a Dios, tam- 
poco lo puedo sentir ahora ansí, aunque, a mi parecer, no es 
menor el deseo de que no sea ofendido. 

Ha de advertir V. S., que en todo esto ni en lo que ahora 
tengo, ni en lo pasado, puedo poder más ni es en mi mano; servir 
más sí podría si no fuese ruin; mas digo que si ahora con gran 
cuidado procurase desear morirme, no podría ni hacer los atos 
como solía, ni tener las penas por las ofensas de Dios, ni tam- 
poco los temores tan grandes que traje tantos años, que me 
parecía si andaba engañada, y ansí ya no he menester andar 
con letrados ni decir a nadie nada, sólo satisfacerme si voy bien 
ahora y puedo hacer algo. Y esto he tratado con algunos que 
había tratado lo demás, que es Fray Domingo y el Maestro Me- 
dina y unos de la Compañía (1). Con lo que V. S. ahora me 



1 Puede referirse a los PP. Baltasar Alvarez y Jerónimo Ripalda, a quienes el aflo ante- 
rior (1580) había hablado en Toledo g Valladolid, respectivamente. 



42 LAS RELACIONES 

dijere, acabaré por el gran crédito que tengo de él; mírelo mu- 
cho por amor de Dios. Tampoco se me ha quitado entender están 
en €l cielo algunas almas que se mueren, de las que me tocan, 
otras no (1). 

La soledad que hace pensar no se puede dar aquel sentido 
a €l que mama los pechos de mi madre. La ida de Egito (2). 

La paz interior y la poca fuerza que tienen contentos ni 
descontentos por quitarla, de manera que dure, esta presencia, 
tan sin poderse dudar de las tres Personas, que parece claro, 
se experimenta lo que dice S. Juan (3), que haría morada con el 
alma, esto no sólo por gracia, sino porque quiere dar a sentir 
esta presencia g tray tantos bienes, que no se pueden decir, en 
especial, que no es menester andar a buscar consideraciones 
para conocer que está allí Dios. Esto es casi ordinario, si no es 
cuando la mucha enfermedad aprieta; que algunas veces parece 
quiere Dios se padezca sin consuelo interior, mas nunca, ni 
por primer movimiento, tuerce la voluntad de que se haga en 
ella la de Dios. Tiene tanta fuerza este rendimiento a ella, que 
la muerte, ni la vida se quiere, sino es por poco tiempo cuando 
desea ver a Dios; mas luego se le representa con tanta fuerza 
estar presentes estas tres Personas, que con esto se ha remedia- 
do la pena de esta ausencia y queda el deseo de vivir, si él 
quiere, para servirle más; y si pudiese ser parte que siquiera 
un alma le amase más y alabase por mi intercesión, que aunque 
fuese por poco tiempo, le parece importa más que estar en 
la gloria (4). 

Teresa de Jesús. 



1 Una sería la de su hermano D. Lorenzo de Cepeda, muerto en 1580, cuando la Santa se 
hallaba en Segovia. En el original estas dos líneas están escritas al margen. 

2 Estas dos líneas envuelven pensamientos para nosotros incomprensibles. Quizá la Santa 
empleó este lenguaje emblemático para ocultarlos a los indiscretos. El Sr. Velázquez segura- 
mente que los entendería muy bien. Puede ser también que Santa Teresa expresase en cifra 
estos conceptos, que luego pudo exponer de palabra al piadoso Obispo al ir a la fundación 
de Soria. Advertimos que la Santa pone la acostumbrada línea, equivalente al punto, antes 
de las palabras: La ida de Egipto, formando distinto período, y no uno sólo, como se ve en 
Rivadeneyra u muchos manuscritos antiguos. Tampoco vienen en adición marginal, como dicen 
las Carmelitas de París (Oeuvres, t. II, p. 32'i), sino en el texto. 

3 Joann, XIV, 23. 

4 Al terminar la Relación, y en sentido inverso, había escrito la Santa: <tjhs. La gracia del 
Espíritu Santo sea con v. m.», comienzo, sin duda, de alguna carta que se proponía escribir. 



MERCEDES DE DIOS 



VII (1) 



A diecisiete días de Noviembre, otava de San Martín, año de 
mil y quinientos y sesenta y nueve, vi, para lo que yo sé, haber 
pasado doce años para treinta y tres, que es lo que vivió él 
Señor. Faltan veinte y uno. 

Es en Toledo, en el monesterio del glorioso San Josef 
del Carmen. 

Yo por ti y tu por mí. Vida (2). 

Doce por mí, y no por mi voluntad, se han vivido. 



1 Estando en la fundación de Toledo escribió la Santa este señalado favor, en el que 
parece habérsele revelado la fecha de su muerte. No se ha descifrado nunca el sentido enig- 
mático de las palabras de esta revelación. El P. Antonio de San José discurre largamente en 
el tomo IV de las Cartas, página 386 y siguientes, de la edición de 1793, sobre el significado 
de ellas; pero, a mi juicio, más que aclararlas las embrolla. María de San José, en una de sus 
Deposiciones jurídicas para la canonización de la Santa, asegura que su hermano, el P. Jeró- 
nimo Gracián, poseía la clave del misterio. Se nos antoja que no debió de conocerlo tampoco, 
poi lo menos de una manera completa y clara. Hablando de esto en los Diálogos sobre la 
muerte de la Madre Teresa (Burgos, 1915, p. 19), dice el P. Gracian: «Sé yo de esta Madre 
que más de diez años antes que muriese, sabía el tiempo dt su muerte y lo traía escrito en su 
breviario; y aunque no se colige con claridad, porque hay algunas cifras suyas, pero sácase 
de la edad que dicen algunos que subió al cielo María Santísima, le reveló Cristo que había 
de morir, que fué sesenta y ocho años». No es más explícita al hablar de esta revelación la 
sobrina de la Santa, Teresa de Jesús, hija de D. Lorenzo, eíi la declaración del Proceso de 
Avila: tEn una o dos partes halló esta declarante, escrita de su letra, esta cifra, leyéndola algu- 
nas veces con harta advertencia: Octava de San Martín, treinta y tres; yo por ti e tú por mi. 
No decía más; pero, a lo que esta declarante ha podido entender, fueron estas palabras dichas 
de Cristo Nuestro Señor en la oración a la dicha santa Madre Teresa de Jesús, con excesivo 
amor, mostrándola la activa unión que tenía ya con su alma, y que por ella de nuevo la ofre- 
cía su vida santísima, e que la que ella había de vivir en retorno de la suya, serían otros treinta 
U tres años, contados desde el día que la hizo esta merced hasta el de su muerte». Como se ve, 
la explicación es inexacta en cuanto al tiempo y nada aclara los demás puntos. Publicada entre 
los fragmentos de la Santa en el tomo IV del Epistolario, la reproducimos nosotros aquí como 
lugar más propio. El original se venera en las Carmelitas Descalzas de Medina del Campo. 

2 Separa la Santa esta última palabra de las anteriores por dos líneas verticales. No deben 
unirse, pot consiguiente, como se ha hecho hasta ahora, leyendo por mí vida, y alterando com- 
pletamente el sentido. 



44 



LñS RELACIONES 



VIII (1) 

Estando en el monesterio de Tokdo, y aconsejándome algu- 
nos que no diese el enterramiento de el a quien no fuese 
caballero, díjome el Señor: «Mucho te desatinará, hija, si miras 
las leyes del mundo. Pon los ojos en mí, pobre y despreciado 
de él: ¿por ventura serán los grandes del mundo, grandes de- 
lante de mí, o habéis vosotras de ser estimadas por linajes 
u por virtudes?» 



IX (2) 

Acabando de comulgar, segundo día de Cuaresma en San 
Josef de Malagón, se me representó nuestro Señor Jesucristo en 
visión imaginaria como suele, y estando yo mirándole, vi que en 
la cabeza, en lugar de corona de espinas, en toda ella, que debía 
ser adonde hicieron llaga, tenía una corona de gran resplandor. 
Como yo soy devota de este paso, consoléme mucho y comencé 
a pensar qué gran tormento debía ser, pues había hecho tantas 



1 Recibió esta merced en Toledo en 1569 o 1570. Hablando de ella el P. Ribera en el 
libro II, c. 14 de la Vida de Santa Teresa, dice que estaba en un papel que él vio y tenía 
escrito pot defuera: «Esto era sobre que me aconsejaban que no diese el enterramiento de To" 
ledo, de que no era caballero». Por este tiempo, Alonso Alvarez, no muy hacendado, pero 
sí muy virtuoso y devoto de la Santa, pretendía de ella enterramiento en la capilla mayor del 
convento para sí y sus descendientes, y muchas personas aconsejaban a la Fundadora que 
no se lo concediese, porque no era noble ni caballero. Habla de esto mismo en el capítulo XV 
de Las Fundaciones. Esta merced es una de las que publicó Fr. Luis de León; los códices de 
Avila y Toledo no la traen. Las Carmelitas Descalzas del Corpus Christi de Alcalá de Henares 
poseen un papel antiguo en el que se halla esta merced, compuesta con letras cortadas de algún 
escrito de la Santa, aunque el P. Fidel Fita (Boletín de la Real Academia de la Histsria, 
Noviembre de 1914), le tiene por autógrafo. Otro papel como el de Alcalá poseen las Carmelitas 
Descalzas de Lucena. 

2 No recibió este favor el año de 1568, como opinan algunos escritores, porque la pose- 
sión del nuevo monasterio se tomó el Domingo de Ramos de este mismo año, y mal pudo reci- 
birlo el segundo día de Cuaresma, cuando aun no vivía en él. Probablemente, sería hacia el 
año de 1570, en que andaba la Santa por tierras de Toledo. De todas suertes, hubo de recibirla 
antes del 73, año en que dio comienzo al Libro de las Fundaciones. Es la primera revelación 
que trae el códice de Avila. Publicáronla Fr. Luis de León y Ribera, lib. II, c. XI. 



I 



MERCEDES DE DIOS 45 

heridas y a darme pena. Díjome g1 Señor, que no le hubiese lás- 
tima por aquellas heridas, sino por las muchas que ahora le da- 
ban». Y yo le dije qué podría hacer para remedio de esto, que 
determinada estaba a todo. Díjome «que no era ahora tiempo de 
descansar, sino que me diese priesa a hacer estas casas, que 
con las almas de ellas tenia él descanso. Que tomase cuantas 
me diesen, porque había muchas que por no tener adonde no le 
servían, y que las que hiciese en lugares pequeños fuesen como 
ésta, que tanto podían merecer con deseo de hacer lo que en 
las otras, y que procurase anduviesen todas debajo de un go- 
bierno de perlado, y que pusiese mucho que por cosa de man- 
tenimiento corporal no se perdiese la paz interior, que El nos 
ayudaría para que nunca faltase. En especial tuviesen cuenta 
con las enfermas, que la perlada que no proveyese y regalase 
a las enfermas era como los amigos de Job, que El daba el 
azote para bien de sus almas, y ellas ponían en aventura la 
paciencia; que escribiese la fundación de estas casas». Yo pen- 
saba cómo en la de Medina nunca había entendido nada para 
escribir su fundación. Díjome «que qué más quería de ver que su 
fundación había sido milagrosa». Quiso decir, que haciéndolo 
solo El, pareciendo ir sin ningún camino, y determinarme yo a 
ponerlo por obra. 



X (11 



Estando yo pensando cómo en un aviso que me había dado 
el Señor que diese no entendía yo nada, aunque se lo suplica- 
ba y pensaba debía de ser demonio, díjome: «Que no era, que El 
me avisaría cuando fuese tiempo». 



1 Año de 1570 o 1571. Cfr. Vida, c. XXXIV. 



46 LAS RELACIONES 



XI (1) 

Estando pensando una vez con cuanta más limpieza se vive 
estando apartada de negocios, y cómo cuando yo ando en ellos 
debo andar mal y con muchas faltas, entendí: «No puede ser 
menos, hija, procura siempre en todo reta intención y desasi- 
miento, y mírame a Mí, que vaya lo que hicieres conforme a lo , 
que yo hice». 



XII (2) 

Estando pensando qué sería la causa de no tener ahora casi 
nunca arrobamientos en público, entendí: «No conviene ahora, 
bastante crédito tienes para lo que Yo pretendo; vamos mirando 
la flaqueza de los maliciosos». 



XIII (3) 

Estando un día muy penada por el remedio de la Orden, 
me dijo el Señor: «Has lo que es en tí y déjame tú a Mí 
y no te inquietes por nada; goza de el bien que te ha sido dado, 
que es muy grande. Mi Padre se deleita contigo y el Espíritu 
Santo te ama». 



1 Esta merced, con las dos siguientes, fueron hechas a la Santa hacia el 1570. Muchos 
escritores dicen que el autógrafo se conserva en las Carmelitas Descalzas de Calahorra. No le 
tengo por tal, sino, como tantos otros, compuesto de letras de la Santa, cortadas de alguna 
carta suya. En él se separan las cláusulas e incisos con puntos y comas y se escribe con c la 
palabra recta, contra la costumbre de la Santa. Cfr. adiciones de Fray Luis de León, Ribera, 
1. II, c. XVIII. 

2 Cfr. ñdiciones de Fr. Luis de León. 

3 Hállase únicamente en los códices de Avila y Toledo. 



MERCEDES DE DIOS 47 



XIV (1) 

Un día me dijo el Señor: «Siempre deseas los trabajos, 
y por otra parte los rehusas; Yo dispongo las cosas conforme 
a lo que sé d€ tu voluntad, y no conforme a tu sensualidad y 
flaqueza. Esfuérzate, pues ves lo que te ayudo: he querido que 
ganes tú esta corona. En tus días verás muy adelantada la 
Orden de la Virgen». Esto entendí de el Señor mediado Febrero, 
año de 1571. 



XV (2) 

Todo ayer me hallé con gran soledad, que si no fué cuando 
comulgué, no hizo en mí ninguna operación ser día de la Resu- 
rreción. Anoche estando con todas dijeron un cantarcillo de cómo 
era recio de sufrir vivir sin Dios (3). Como estaba ya con pena 



1 Probablemente en Alba de Termes, poco antes de salir para Salamanca. Las Agustinas 
de jupille (Bélgica) conservan, según algunos escritores, el autógrafo de esta Relación. Por la 
fotografía que de él poseo, no me atrevo a juzgar si está compuesta de letras cortadas de la 
Santa, como ocurre con la que se venera en las Carmelitas Descalzas del Corpus Christi de Al- 
calá, en el mismo papel que la Relación VIII, o si es verdadero autógrafo. Por lo demás, el có- 
dice de Avila está conforme con el de las Agustinas de Bélgica y con las Hdiciones de Fray 
Luis de León. 

2 Consérvase el original casi entero, en las Carmelitas Descalzas de San Egidio de Ro- 
ma. Se conoce que debió de llegar a ellas fraccionado en varias pyrtes, que después no se 
se unieron con el orden debido.'. En los códices antiguos, lo mismo que en la edición principe, 
viene muij incompleta esta Relación. Al .W. R. P. Elias de San Ambrosio, secretario de 
N. M. R. P. General, debo una excelente fotografía de este precioso autógrafo. Parece pro- 
bable que este escrito lo destinaba la Santa al P. Martín Gutiérrez, rector de la Compañía 
en Salamanca, por el mes de Abril de 1571. El P. Martín cayó en mano de los hugonotes 
en Francia cuando regresaba de Roma de elegir sucesor en el generalato a San Francisco de 
Boria. Murió por la fe el 21 de Febrero de 1573. 

3 La autora del cantarcillo que así arrobó a la Santa Fundadora, fué la M. Isabel de Jesús, 
siendo novicia en las Carmelitas de Salamanca. Ella misma nos da los siguientes pormenores 
de esta escena amorosa en las Deposiciones jurídicas de aquella ciudad: «Digo que conocí y 
traté a nuestra Santo Madre por espacio de once aftos, y anduve con ella algunas jornadas, y 
vi en ella resplandecer todas las virtudes en superior grado. Resplandecía especialmente en ella 
una continua oración y presencia de Dios, como lo manifestaban los continuos arrobamientos 
que tenía, en los cuales la vi muchas veces; y especialmente me acuerdo, que siendo yo no- 
vicia, estando en la recreación, canté una letra que trataba de lo que siente un alma el ausen- 
cia de su Dios, y estándola contando, se quedó arrobada entre las demás religiosas. Y habien- 



i 



48 LAS RELACIONES 

fué tanta la operación que me hizo, que se me comenzaron a ento- 
mecer las manos, y no bastó resistencia, sino que como salgo de 
mí por los arrobamientos de contento, de la mesma manera se 
suspende el alma con la grandísima pena, que queda enajenada, 
y hasta hoy no lo he entendido; antes de unos días acá, me pa- 
recía no tener tan grandes ímpetus como solía, y ahora me pa- 
rece que es la causa esto que he dicho, no sé yo si puede ser. 
Que antes no llegaba la pena a salir de mí, y como es tan intole- 
rable, y yo me estaba en mis sentidos, hacíame dar gritos gran- 
des sin poderlo excusar. Ahora, como ha crecido, ha llegado a 
términos de este traspasamiento, y entendiendo más el que Nues- 
tra Señora tuvo, que hasta hoy, como digo, no he entendido qué es 
traspasamiento. Quedó tan quebrantado el cuerpo, que aun esto 
escribo hoy con harta pena, que quedan como descoyuntadas las 
manos y con dolor. Diráme vuestra merced de que me vea, si 
puede ser este enajenamiento de pena, y si lo siento como es, 
u me engaño. 



do esperado un rato, como no volvía en sí, la llevaron tres o cuatro a la su celda en peso, que 
lo que allá pasó no lo sé; sólo que la vi salir al otro día, después de comer, de su celda, y 
parece que estaba todavía absorta y como fuera de si. Y por un escrito que después vi de 
ella, hallamos otras y yo que en aquel arrobamiento le había hecho Dios Nuestro Señor una 
muy señalada merced, porque cotejamos el día y hora en que le sucedió con lo que ella escri- 
bía, y hallamos ser así. Esto fué en Salamanca». 

El P. Ribera, después de copiar esta Relación, añade: «Esto pasó en Salamanca el primer 
año después de aquella fundación, y lo mismo sabía yo de quien se halló delante, y lo vio y 
cantó el cantar, el cual era: «Véante mis ojos— Dulce Jesús bueno», con sus coplas. Y como 
la tocaron en el deseo mayor de su alma, quedó tan sin sentido, que la hubieron de llevar 
como muerta a la celda y acostarla, y duróla mucho, y aun al día siguiente andaba como fuera 
de sí. (Cfr. 1. IV, c. X). El cantarcillo y sus coplas, que hicieron caer en tan dulce éxtasis 
a la Santa, según un antiguo códice de las Carmelitas Descalzas de Cuerva, del que hay un 
trasunto en el Ms. 1.400 de la Biblioteca Nacional y otros, es como sigue: 

Véante mis ojos, ¿Cuándo vendrá el día 

Dulce Jesús bueno. Que alcéis mi destierro? 

Véante mis ojos. Véante mis ojos 

Muérame yo luego. Muérame yo luego. 

Vea quien quisiere No quiero contento, 

Rosas y jazmines, AVi Jesús ausente. 

Que si yo te viere Que todo es tormento 

Veré mil jardines. A quien esto siente. 

Flor de serafines. Sólo me sustente 

Jesús Nazareno, Tu amor y deseo; 

Véante mis ojos, Véante mis ojos, 

Muérame yo luego. Dulce Jesús bueno. 

Véome cautivo Véante mis ojos. 

Sin tal compañía Dulce Jesús bueno, 

Muerte es la que vivo Véante mis ojos. 

Sin vos, vida mía. Muétame yo luego. 



MERCEDES DE DIOS 49 

Hasta esta mañana estaba con esta pena, que estando en 
oración tuve un gran arrobamiento, y parecíame que Nuestro Se- 
ñor me había llevado el espíritu junto a su Padre y di jóle: «Esta 
que me diste te doy», y parecíame que me llegaba a sí. Esto no 
es cosa imaginaria, sino con una certeza grande y una delicadez 
tan espiritual, que todo no se sabe decir. Díjome algunas pala- 
bras, que no se me acuerdan, de hacerme merced eran algunas. 
Duró algún espacio tenerme cabe sí. 

Como vuestra merced se fué ayer tan presto y yo veo las 
muchas ocupaciones que tiene para poderme yo consolar con él, 
aún lo necesario, porque veo son más necesarias las ocupaciones 
de vuestra merced, quedé un rato con pena y tristeza. Como yo 
tenía la soledad que he dicho ayudaba, y como criatura de la 
tierra no me parece me tiene asida, dióme algún escrúpulo, te- 
miendo no comenzase a perder esta libertad. Esto era anoche, 
y respondióme hoy Nuestro Señor a ello, y díjome que no me 
maravillase, que ansí como los mortales desean compañía para 
comunicar sus contentos sensuales, ansí el alma la desea cuando 
haya quien la entienda, comunicar sus gozos y penas, y se entris- 
tece no tener con quien. Díjome: «El va ahora bien y me agradan 
sus obras». Como estuvo algún espacio conmigo, acordóseme que 
había yo dicho a vuestra merced que pasaban de presto estas vi- 
siones. Y díjome «que había diferencia de esto a las imaginarias, 
y que no podía en las mercedes que nos hacía haber regla cierta, 
porque unas veces convenía de una manera y otras de otra». 

Un día, después de comulgar, me parece clarísimamente se 
sentó cabe mí Nuestro Señor y comenzóme a consolar con grandes 
regalos, y díjome, entre otras cosas: «Vesme aquí, hija, que yo 
soy; muestra tus manos», y parecíame que me las tomaba y lle- 
gaba a su costado, y dijo: «Mira mis llagas; no estás sin mí; 
pasa la brevedad de la vida». En algunas cosas que me dijo, 
entendí que después que subió a los cielos, nunca bajó a la tierra, 
sino es en el Santísimo Sacramento, a comunicarse con nadie (1). 



I Estas ocho líi eas forman una Revelación en un papel que se venera en las Carmelitas 
del Corpus Christi de Alcalá, y que el P. Fita, en el lugar anteriormente citado, tiene equivo- 
cadamente por autógrafo. No conozco más autógrafos de ella que el de San Egidio de Roma. El 

II • 1 



50 LñS RELACIONES 

Díjome «que en resucitando había visto a Nuestra Señora, por- 
que estaba ga con gran necesidad, que la pena la tenía tan 
absorta y traspasada, que aun no tornaba luego en sí para gozar 
de aquel gozo. Por aquí entendí esotro mi traspasamiento, bien 
diferente. Mas ¡cuál debía ser el de la Virgen! y que había es- 
tado mucho con ella; porque había sido menester hasta con- 
solarla. 



XVI di 

El martes después de la Ascensión, habiendo estado un rato 
en oración, después de comulgar con pena, porque me devertía 
de manera que no podía estar en una cosa, quejábame al Se- 
ñor de nuestro miserable natural. Comenzó a inflamarse mi alma, 
pareciéndome que claramente entendía tener presente a toda la 
Santísima Trinidad en visión inteletual, adonde entendió mi alma 
por cierta manera de representación, como figura de la verdad, 
para que lo pudiese entender mi torpeza, cómo es Dios trino y 
uno; y ansí me parecía hablarme todas tres Personas, y que se 
representaban dentro de mi alma distintamente, diciéndome «que 
desde est€ día vería mijoría en mí en tres cosas, que cada una 
destas Personas me hacía merced: la una en la caridad y en 
padecer con contento, en sentir esta caridad con encendimiento 
en el alma. Entendía aquellas palabras que dice el Señor, «que 
estarán con el alma que está en gracia las tres divinas Perso- 
nas, porque las vía dentro de mí por la manera dicha». Estando 
yo después agradeciendo a el Señor tan gran merced, hallándome 
indina de ella, decía a Su Majestad con harto sentimiento, que, 



códice de Avila conforma con él, lo que aumenta grandemente su fidelidad y autoridad para las 
Relaciones de las cuales no se conservan los originales. Acababa de recibir una merced muy 
tierna cayendo en dulce anobo místico al canto de unas encendidas estrofas el tercer día de 
Pascua de Resurrección, según ella declara en el capítulo XI de la Morada VI, y poco después, 
el día de la Octava, a cuyo evangelio evidentemente alude, fué favorecida con esta segunda. Por 
eso se halla escrita a continuación de la anterior, y es del mismo año que ella. 

1 En el monasterio de San José de Avila, a 29 de Mayo de 1571, donde se había reti- 
rado por orden del provincial de los Calzados, P. Alonso González. 



MERCEDES DE DIOS 51 

pues me había de hacer semejantes mercedes, que por qué me 
había dejado de su mano para qu€ fuese tan ruin, porque el 
día antes había tenido gran pena por mis pecados, tiniéndolos 
presentes. Vía claramente lo mucho que el Señor había puesto 
de su parte, desde que era muy nina, para allegarme a sí con 
medios harto eficaces, y cómo todos no me aprovecharon. Por 
donde claro se me representó el ecesivo amor que Dios nos 
tiene en perdonar todo esto, cuando nos queremos tornar a El, 
y más conmigo que con nadie, por muchas causas. Parece que- 
dó en mi alma tan imprimidas aquellas tres Personas que vi, 
siendo un solo Dios, que a durar ansí, imposible sería dejar 
de estar recogida con tan divina compañía. Otras algunas cosas 
y palabras que aquí se pasaron, no hay para qué escribir. 



XVII í» 

Una vez, poco antes de esto, yendo a comulgar, estando la 
Forma en el relicario, que aun no se me había dado, vi una ma- 
nera de paloma que meneaba las alas con ruido. Turbóme tanto 
y suspendióme, que con harta fuerza tomé la Forma. Esto era 
todo en San Josef de Avila. Dábame el Santísimo Sacramento el 
Padre Francisco de Salcedo. Otro día, oyendo su misa, vi a el 
Señor glorificado en la Hostia. Di jome que le era acetable su 
sacrificio. 



XVIII í2) 

Esta presencia de las tres Personas que dije a el principio, 
he traído hasta hoy, que es día de la Comemoración de San 



1 En Avila como la anterior. 

2 Probablemente recibió este favor en Medina del Campo el 30 de Junio de 1571, adonde 
se habia trasladado por indicación del P. Pedro Fernández, Visitador Apostólico, para ejercer el 
cargo de priora. 



52 LñS RELACIONES 

Pablo, presentes en mi alma muy ordinario, y como yo estaba 
mostrada a traer sólo a Jesucristo, siempre parece me hacia 
algún impedimento ver tres Personas, aunque entiendo es un 
solo Dios, y dijome hoy el Señor, pensando yo en esto: «Que 
erraba en imaginar las cosas del alma con la representación que 
las del cuerpo; que entendiese que era muy diferentes y que 
era capaz el alma para gozar mucho. Parecióme se me represen- 
tó como cuando en una esponja se encorpora y embebe el agua, 
ansí me parecía mi alma que se hinchía de aquella divinidad, 
y por cierta manera gozaba en sí y tenía las tres Personas. 
También entendí: «No trabajes tú de tenerme a Mí encerrado 
en ti, sino de encerrarte tú en Mí». Parecíame que de dentro 
de mi alma, que estaban y vía yo estas tres Personas, se comu- 
nicaban a todo lo criado, no haciendo falta ni faltando de estar 
conmigo. 



XIX (1) 

Estando pocos días después desto que digo, pensando si 
tenían razón los que les parecía mal que yo saliese a fundar, y 
que estaría yo mijor empleándome siempre en oración, entendí: 
«Mientra se vive no está la ganancia en procurar gozarme más, 
sino en hacer mi voluntad». Parecíame a mí, que pues San Pablo 
dice del encerramiento de las mujeres (2), que me lo han dicho 
poco ha, y aun antes lo había oído, que ésta sería la voluntad de 
Dios, di jome: «Diles que no se sigan por sola una parte de la 
Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme 
las manos». 



1 En Medina por el mismo tiempo que la anterior. Algunas líneas de esta merced se vene- 
ran en la iglesia de Puig (Francia). Cfr. Hdiciones de Fr. Luis de León y Ribera, 1. II, c. XVIII. 

2 Bd Tit., II, 5. 



MERCEDES DE DIOS 53 



XX (1) 

Estando yo un día después de la Otava de la Visitación en- 
comendando a Dios a un hermano mío en una ermita de el Monte 
Carmelo, dije al Señor, no sé si en mi pensamiento, porque está 
este mi hermano adonde tiene peligro su salvación. Si ijo viera. 
Señor, un hermano vuestro en este peligro, ¿qué hiciera por 
remediarle? Parecíame a mí que no me quedara cosa que pu- 
diera por hacer. Díjome el Señor: «¡Oh, hija, hija, hermanas 
son mías estas de la Encarnación, y te detienes! Pues ten ánimo, 
mira lo quiero Yo, y no es tan dificultoso como te parece, y por 
donde pensáis perderán estotras casas, ganará lo uno y lo otro; 
no resistas, que es grande mi poder» (2). 



1 Julio de 1571, en Medina, cuando fué llamada por el Visitador Apostólico a desempeñar 
el cargo de priora en la Encarnación ij socorrer el convento, que se hallaba en grande pobreza. 
Habla aquí de su hermano Agustín de Ahumada, entregado al cuidado de los bienes temporales 
en Chile, con detrimento de los eternos. Cfr. Pólit, La familia de Sta. Teresa en Hméríca, c. II. 

2 María de San José en el Libro de Recreaciones, después de copiar esta merced con 
leves diferencias del texto que publica3iios, añade: «Bien se vio claro en esta obra este poder 
grande del Señor, porque resistiendo las monjas y ayudando los frailes a impedir esta reforma 
que se quería hacer, al fin el Visitador la llevó al monasterio, y usando de todo el poder que 
tenía y el que el Rey para la reforma daba, que el uno y el otro fué bien menester segtin la 
fuerza que pusieron para no recibirla, no porque no fuese de todos amada y bien recibida por 
su persona, como aquella que era allí bien conocida su gran discreción y suavidad, mas este 
nombre de reforma que por nuestros pecados es el día de hoy tan temido, y el demonio que 
ayuda temiendo los bienes que de entrar allí aquella Santa .■^c habían de seguir, levantó tan 
grande escándalo y ruido, que se hundía el monasterio, y las más conocidas y amigas en 
aquel tiempo, no la conocían, y todas la resistían, que no fué esta pequeña guerra. Y acon- 
teció una cosa muy graciosa que nuestra Madre me contó, riéndose de su poca memoria; y 
fué, que habiendo entrado en el monasterio con la fuerza que habernos dicho, llevándola el 
mismo Visitador y ayudando la justicia para aquietar las grandes voces que daban y resis- 
tencia que se hacía, y unas deshonrándola y otras maldiciéndola, al fin la llevaron al coro, 
y entrando por él, olvidósele a lo que iba, y fuese a su silla, a donde se solía sentar 
cuando era monja de allí, sin se acordar que iba por priora; y así, disimulando su risa, que 
era más que pena, se fué a su silla donde puso una imagen de Nuestra Señora, diciéndoles 
que aquella era Superiora y no ella; y con esto y con su gran discreción y gracia, que 
Nuestro Señor le dio, las aquietó y puso en estado». María Pinel, hablando de esta merced en 
su Historia manuscrita del Convento de la Encarnación, añade: «Vino con esto la Santa a ser 
prelada, y aunque las religiosas por ser sin votos (la había nombrado el Visitador Apostólico 
Fray Pedro Fernández) resistían, pareciéndolas juzgarían habían cometido alguna culpa, no 
obstante, con el mandato que traía de Dios y palabra de que había de ayudarlas, envió a decir 
desde S. José, que si no echaban antes las seglares, había muchas, que no había de ir a ser 
priora. Aunque la resistían, por la razón dicha, las echaron al punto». 



54 



LAS RELACIONES 



XXI 



El deseo y ímpetus tan grande de morir se me han qui- 
tado, en especial desde el día de la Madalena que determiné de 
vivir de buena gana por servir mucho a Dios, si no es algunas 
veces; que todavía el deseo de verle, aunque más le desecho, no 
puedo (1). 



XXII 

Una vez entendí: «Tiempo verná que en esta ilesia se ha- 
gan muchos milagros: llamarla han la ilesia santa». Es en San 
Josef de Avila, año 1571 (2). 



XXIII 

Estando pensando una vez en la gran penitencia que hacía 
doña Catalina de Cardona y cómo yo pudiera haber hecho más, 
sigún los deseos que me ha dado alguna vez el Señor de hacerla, 
si no fuera por obedecer a los confesores, que si sería mijor no 
los obedecer de quí adelante en eso, me dijo: «Eso no, hija, 
buen camino llevas y siguro. ¿Ves toda la penitencia que hace? 
En más tengo tu obediencia» (3). 



1 Ribera, 1. IV, c. X, dice haber tenido el original de estas líneas. 

2 El mismo P. Ribera, lib. IV, c. V, vio esta profecía escrita de mano de la Santa. 

3 Catalina de Cardona nació en Ñapóles en 1519. Vino a España con la Duquesa de 
Calabria, y en la corte llegó a ser aya del príncipe D. Carlos, hijo de Felipe II, g de D. Juan, 
hijo de Carlos V. Retiróse a la edad de cuarenta y cuatro años a un desierto cerca de La Roda 
(Albacete), donde hizo extraordinaria penitencia. Cedido el desierto a la Reforma del Carmen, 



MERCEDES DE DIOS 55 



XXIV (1) 

Una v€z, estando en oración, me mostró el Señor por una 
extraña manera de visión inteletual, cómo estaba el alma que 
está en gracia, en cuya compañía vi la Santísima Trinidad por 
visión inteletual, de cuya compañía venía a el alma un poder 
que señoreaba toda la tierra. Dicronseme a entender aquellas 
palabras de los Cantares que dice: Venial dilectas meas in hor- 
tuní suum el comedat (2). Mostróme también cómo está el alma 
que está en pecado, sin ningún poder, sino como una persona 
que estuviese de el todo atada y liada, y atapado los ojos, que 
aunque quiere ver, no puede, ni andar, ni oír y en gran escuri- 
dad. Hiciéronme tanta lástima las almas que están ansí, que 
cualquier trabajo me parece ligero por librar una. Parecióme, 
que a entender esto como yo lo vi, que se puede mal decir, que 
no era posible querer ninguno perder tanto bien ni estar en 
tanto mal (3). 



tomó el hábito de carmelita en las Descalzas de Pastrana el d de Mayo de 1571, establecién- 
dose luego en una caverna próxima al monasterio, donde murió el 11 de Mayo de 1577. De 
esta penitente habla extensamente la Reforma de los Descalros, t. I, lib. IV, c. 2-20, y mu- 
chos de nuest.os escritores primitivos. En las Carmelitas de Consuegra y otros lugares hemos 
visto retratos muy antiguos de ella en hábito de religioso cí;rmelita. Véase también el elogio 
que hace de su penitencia Santa Teresa en el capítulo XXVlll de Las Fundaciones, y Gradan 
en el Diálogo XIII de la Peregrinación de JJnastasio. No se sabe dónde ocurrió esta merced 
a la Santa el año de 1571. Cfr. Bdiciones de Fr: Luis de León y Ribera, 1. IV, c. XVIIL 

1 Esta merced es de 1571. 

2 El códice de Avila, fiel seguramente a la ortografía del original, escribe: Veni dilectas 
meus in hortum meo et comeded. 

3 Cfr. adiciones de Fr. Luis de León. Sobre el alma en pecado, véase lo que escribió en 
el capítulo I de las Moradas VII. 



56 LAS RELACIONES 



XXV (1) 

La víspera de San Sebastián, el primer año que vine a ser 
Priora en la Encarnación, comenzando la Salve, vi en la silla prio- 
ral, adonde está puesta Nuestra Señora, bajar con gran multitud 
de ángeles la Madre de Dios y ponerse allí (2). A mi parecer, 
no vi la imagen entonces, sino esta Señora que digo. Parecióme 
se parecía algo a la imagen que me dio la Condesa (3), aunque 
fué de presto el poderla determinar, por suspenderme luego mu- 
cho. Parecíame encima de las comas de las sillas, g sobre los 
antepechos ángeles, aunque no con forma corporal, que era vi- 
sión inteletual. Estuvo ansí toda la Salve, y díjome: «Bien 
acertaste en ponerme aquí; yo estaré presente a las alabanzas 
que hicieren a mi Hijo y se las presentaré». Después de esto 
quédeme yo en la oración que trayo de estar el alma con la San- 
tísima Trinidad, y parecíame que la persona de el Padre me 
llegaba a Sí y decía palabras muy agradables. Entre ellas me 
dijo, mostrándome lo que me quería: v<Yo te di a mi Hijo y al 
Espíritu Santo y a esta Virgen: ¿Qué me puedes tú dar 
a mí?» (4). 



XXVI 

El día de Ramos, acabando de comulgar, quedé con gran 
suspensión, de manera que aun no podía pasar la Forma, y te- 



1 En el monasterio de la Encarnación de Avila, el 19 de Enero de 1572, de donde era 
priora desde el mes de Octubre del año precedente. 

2 Aun se conserva esta silla afortunada, ü 'as religiosas cantan Completas todos los años, 
con gran solemnidad, la víspera de San Sebastián, en conmemoración de este favor de la Reina 
de los cielos. De él hablan la Madre María Bautista en las Informaciones de Valladolid y 
María Pinel. 

3 El cuadro fué regalado a la Santa por D.a María de Velasco y Aragón, Condesa de 
Osorno, el cual se venera hoy en San José de Avila. 

4 Cfr. adiciones de Fr. Luis de León, y Ribera, 1. III, c. I, y 1- IV, c. X. 



MERCEDES DE DIOS 



67 



niéndomcla €n la boca, verdaderamente me pareció, cuando tor- 
né un poco en mí, que toda la boca se m€ había hinchido de 
sangre; y parecíame estar también el rostro y toda yo cubierta 
de ella, como que entonces acabara de derramarla el Señor. Me 
parece estaba caliente, y era ecesiva la suavidad que entonces 
sentía, y díjome el Señor: «Hija, yo quiero que mi sangre te 
aproveche, y no hayas miedo que te falte mi misericordia. Yo 
lo derramé con muchos dolores, y gózaslo tú con tan gran de- 
leite como ves; bien te pago el convite que me hacías este día». 
Esto dijo, porque ha más de treinta años que yo comulgaba este 
día, si podía, y procuraba aparejar mi alma para hospedar a el 
Señor; porque me parecía mucha la crueldad que hicieron los 
judíos, después de tan gran recibimiento, dejarle ir a comer tan 
lejos, y hacía yo cuenta de que se quedase conmigo, y harto en 
mala posada, sigún ahora veo. Y ansí hacía unas consideraciones 
bobas, y debíalas admitir el Señor; porque esta es de las visio- 
nes que yo tengo por muy ciertas, y ansí, para la comunión, me 
ha quedado aprovechamiento (1). 

Antes de esto había estado, creo tres días, con aquella gran 
pena, que trayo más unas veces que otras, de que estoy ausente 
de Dios, y estos días había sido bien grande, que parecía no 
lo podía sufrir, y habiendo estado ansí harto fatigada, vi que 
era tarde para hacer colación y no podía,, y a causa de los vómi- 
tos, háceme mucha flaqueza no la hacer un rato antes, y ansí 
con harta fuerza puse el pan delante para hacérmela para comer- 
lo, y luego se me representó allí Cristo, y parecíame que me partía 
del pan y me lo iba a poner en la boca, y díjome: «Come, 
hija, y pasa como pudieres; pésame d€ lo que padeces, mas 



1 En la iglesia de la Encarnación de Avila, sobre el antiguo comulgatorio, se venera 
un cuadro que reproduce este favor divino, y en él se lee que la Santa lo recibió en aquel 
mismo lugar. Lo mismo asegura María Pinel en su Historia manuscrita del convento por 
estas palabras: «En el coro bajo, el Domingo de Ramos, se halló toda bañada en la sangre 
de Jesús y llena la boca de aquel néctar soberano, pagándole Nuestro Señor el hospedaje 
que le hacía; porque además de comulgar, no comía hasta las tres de la tarde, y se estaba 
acompañando a Su Majestad, y dando la comida a un pobre. Y a su imitación, se hace así 
en esta casa, no comiendo aunque vayan a refectorio para cumplir con aquel acto». No sé 
por qué las Carmelitas de París (Oeuvres, t. II, p. 229), y otros escritores, afirman que el 
caso ocurrió en Salamanca, en Abril de 1571. El año en que recibió este regalado favor 
fué, a lo que se me alcanza, el de 1572, siendo priora del monasterio de la Encarnación. 



58 LAS RELACIONES 

Gsto t€ conviene ahora». Quedé quitada aquella pena y conso- 
lada, porque verdaderamente me pareció se estaba conmigo, y 
todo otro día, y con esto se satisface el deseo por entonces. 
Esto decir pésame, me hizo reparar, porque ya no me parece 
puede tener pena de nada. 



X X ^'^ I í 

«¿De qué te afliges, pecadorcilla? ¿Yo no soy tu Dios? 
¿No ves cuan mal allí soy tratado? Si me amas, ¿por qué no te 
dueles de mí?» (1). 



XXVIII 

Sobre el temor de pensar si no están en gracia (2) : «Hija, 
muy diferente es la luz de las tinieblas. Yo soy fiel; nadie se 
perderá sin entenderlo. Engañarse ha quien se asigure por rega- 
los espirituales. La verdadera siguridad es el testimonio de la 
buena conciencia; mas nadie piense que por sí puede estar en 
luz, ansí como no podría hacer que no viniese la noche, porque 
depende de mí la gracia. El mejor remedio que puede haber 
para detener la luz, es entender que no puede nada y que le 
viene de mí; porque aunque esté en ella, en un punto que yo 
me aparte, verná la noche. Esta es la verdadera humildad, co- 
nocer lo que puede y lo que yo puedo. No dejes de escribir 
los avisos que te doy, porque no se te olviden; pues quieres 
por escrito los de los hombres, por qué piensas pierdes tiem- 
po en escribir los que te doy; tiempo verná que los hayas 
todos menester». 



1 Mayo de 1572, en la Encarnación. 

2 Siempre se había escrito erróneamente este título diciendo: «Sobre el temor de pensar si 
estou en gracia». Del contexto de la revelación parece deducirse que se refiere a otras personas, 
por quienes la Santa se interesaba. Recibióla en la Encarnación, año de 1572. 



MERCEDES DE DIOS 59 



XXIX (1) 

Sobre darme a entender qué es unión. «No pienses, hija, 
que es unión estar muy junta conmigo, porque también lo están 
los que me ofenden, aunque no quieren. Ni los regalos y gustos de 
la oración, aunque sea en muy subido grado, aunque sean míos, 
medios son para ganar las almas muchas veces, aunque no estén 
en gracia». Estaba yo cuando esto entendía en gran manera le- 
vantado el espíritu. Dióme a entender el Señor qué era espíritu, 
y cómo estaba el alma entonces, y cómo se entienden las pala- 
bras de la Magnifica: Exultavit spiritus meus (2), no lo sabré 
decir; paréceme se me dio a entender que el espíritu era lo su- 
perior de la voluntad. 

Tornando a la unión, entendí que era este espíritu limpio 
y levantado de todas las cosas de la tierra, no quedar cosa de 
él, que quiera salir de la voluntad de Dios, sino que de tal ma- 
nera esté un espíritu y una voluntad conforme con la suya, y un 
desasimiento de todo, empleado en Dios, que no haya memoria 
de amor en sí ni en ninguna cosa criada. He yo pensado si esto 
es unión, luego un alma que siempre está en esta determinación, 
siempre podemos decir está en oración de unión, y es verdad que 
ésta no puede durar sino muy poco. Ofréceseme que cuanto a an- 
dar justamente, y mereciendo y ganando sí hará, mas no se puede 
decir anda unida el alma como en la contemplación, paréceme 
entendí, aunque no por palabras, que es tanto el polvo de nues- 
tra miseria y faltas y estorbos en que nos tornamos a enfoscar, 
que no sería posible estar con la limpieza que está el espíritu 
cuando se junta con el de Dios, que vaya fuera y levantado de 
nuestra miserable miseria. Y paréceme a mí que si esta es unión, 
estar tan hecha una nuestra voluntad y espíritu con el de Dios, 
que no es posible tenerla quien no esté en estado de gracia, que 
me habían dicho que sí. Ansí me parece a mí será bien dificulto- 



1 La Encamación, 1572. 

2 El Códice de Avila: Exultabit espíritus meus. 



60 LAS RELACIONES 

SO entender cuando es unión, sino por particular gracia de Dios, 
pues no se puede entender cuándo estamos en ella. 

Escríbame vuestra merced su parecer y en lo que desatino, 
y tórneme a enviar este papel (1). 



XXX (2) 

Había leído en un libro que era imperfeción tener imagines 
curiosas, y ansí quería no tener en la celda una que tenía. Y 
también antes que leyese esto, me parecía pobreza no tener 
ninguna sino de papel, y como después un día de esto leí esto, 
ya no las tuviera de otra cosa. Y entendí esto estando descuidada 
de ello: «Que no era buena mortificación; que cuál era mijor: 
la pobreza u la caridad. Que pues era lo mijor el amor, que 
todo lo que me despertase a él no lo dejase, ni lo quitase a mis 
monjas, que las muchas molduras y cosas curiosas en las imagi- 
nes decía el libro, que no la imagen. Que lo que el demonio 
hacía en los luteranos, era quitarles todos los medios para más 
despertar, y ansí iban perdidos. Mis cristianos, hija, han de ha- 
cer ahora más que nunca, al contrario de lo que ellos hacen». 
Entendí que tenía mucha obligación de servir a Nuestra Señora 
y a san Josef, porque muchas veces, yendo perdida de el todo, 
por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud. 



XXXI (3) 

Otava de el Espíritu Santo, me hizo el Señor una merced 
y me dio esperanza de que esta casa se iría mijorando; digo las 
almas de ella. 



1 Cfr. Ribera, 1. IV, c. XX. Estas palabras parecen indicar que había entregado la Rela- 
ción a uno de los confesores que entonces tenía. 

2 En la Encarnación. 1572. 

3 Refiérese esta merced a las monjas de la Encarnación. La mejoría de que en ella se 



MERCEDES DE DIOS 61 



XXXII H) 

Día de la Madalena, me tornó el Señor a confirmar una 
merced que me había hecho en Toledo, eligiéndome en ausencia 
de cierta persona en su lugar. 



XXXIII (2) 

Un día después de san Mateo, estando como suelo, des- 
pués que vi la visión de la Santísima Trinidad y cómo está 
con el alma que está en gracia, se me dio a entender muy clara- 
mente, de manera que por ciertas maneras y comparaciones por 
visión imaginaria lo vi. Y aunque otras veces se me ha dado 
a entender por visión la Santísima Trinidad inteletual, no me 



habla fué muy notable, como se infiere de una carta de la Santa, escrita en el mes de Marzo 
de 1572, donde dice: «Es para alabar a Nuestro Señor la mudanza que en ellas ha hecho... 
Verdaderamente hay aquí grandes siervas de Dios, y casi todas se van mijorando». 

1 En el mismo monasterio, 22 de )ulio de 1572. Para la inteligencia de estas palabras, 
dice Yepes en el libro I, c. XIX de la Vida.- «Como un día de la Magdalena estuviese la 
Madre con una envidia santa de lo mucho que el Señor la había amado, le dijo: /I esta tuve 
por mi amiga mientras estuve en la tierra, y a ti tengo ahora que estoy en el cielo. Y esta 
merced le confirmó el Señor después por algunos años el mismo día de la Magdalena». 

2 Hay una copia de esta Relación en el Ms. 12.763 de la Biblioteca Nacional. Allí se 
dice que el original estuvo en poder de Fray Diego de Guevara, que profesó en el convento 
de San Agustín de Madrid, y murió en San Felipe el Real año de 1633. El mismo Padre, en 
su Deposición jurídica para la canonización de la Santa en Salamanca, dice: «Yo tengo un 
papel escrito de su mano que me dio la Madre Ana de Jesús cuando se iba a Francia; y en 
él refiere una merced que Nuestro Señor la hizo un día después de S. Mateo, infundiéndola 
altísimo conocimiento de la Santísima Trinidad. El cual papel venero y reverencio como reli- 
quia de Santo, y le tengo para mi consuelo; y una persona bien grave, el tiempo que le leía, 
estuvo descaperuzado; y le han vi.sto las personas más doctas de España. Estando en Alcalá 
le mostré al doctor Luis de Montesinos, catedrático de Prima de aquella Universidad, y se 
consoló mucho de verle, y le tuvo algunos días ij alababa a Dios de ver la propiedad y expe- 
dición con que una mujer sencilla declaraba un misterio tan profundo. Y el mismo juicio ha 
hecho el P. M.o Fray Agustín Antolínez, catedrático de Prima desta Universidad; y el Padre 
Francisco Guirón, Rector que fué del Colegio de la Compañía de Jesús, le tuvo muchos días 
en su poder, y le vieron personas graves deste colegio, y aun me parece se trasladó». (Véase la 
Deposición íntegra en el Ms. 13.229 de la Biblioteca Nacional). Según se lee en la pág. 223 
del Ms. 12.763 antes citado, el autógrafo que contenía esta Relación de la Santa pasó a poder 
de D. Antonio de Paz, residente en Salamanca. La Relación es de 22 de Septiembre de 1572. 



62 LñS RELACIONES 

ha quedado después algunos días la verdad, como ahora digo, 
para poderlo pensar y consolarme en esto. Y ahora veo que de la 
mesma manera lo he oído a letrados, y no lo he entendido como 
ahora, aunque siempre sin detenimiento lo creía, porque no he 
tenido tentaciones de la fe. 

A las personas inorantes parécenos que las Personas de la 
Santísima Trinidad todas tres están, como lo vemos pintado, en 
una Persona, a 'manera de cuando se pinta en un cuerpo tres ros- 
tros; y ansí nos espanta tanto, que parece cosa imposible y que 
no hay quien ose pensar en ello; porque el entendimiento se em- 
baraza, y teme no quede dudoso de esta verdad y quita una 
gran ganancia. 

Lo que a mí se me representó, son tres Personas distintas, 
que cada una se puede mirar y hablar por sí. Y después he 
pensado que sólo el Hijo tomó carne humana, por donde se ve 
esta verdad. Estas Personas se aman y comunican y se conocen. 
Pues si cada una es por sí, ¿cómo decimos que todas tres son 
una esencia, y lo creemos, y es muy gran verdad y por ella mo- 
riría yo mil muertes? En todas tres Personas no hay más de 
un querer y un poder y un señorío, de manera que ninguna cosa 
puede una sin otra, sino que de cuantas criaturas hay, es sólo 
un Criador. ¿Podría el Hijo criar una hormiga sin el Padre? 
No, que es todo un poder, y lo mesmo el Espíritu Santo, ansí 
que es un solo Dios todopoderoso, y todas tres Personas una 
Majestad. ¿Podría uno amar al Padre sin querer al Hijo y al 
Espíritu Santo? No, sino quien contentare a la una de estas 
tres Personas divinas, contenta a todas tres; y quien la ofen- 
diere, lo mesmo. ¿Podrá el Padre estar sin el Hijo y sin el 
Espíritu Santo? No, porque es una esencia, y adonde está el 
uno están todas las tres, que no se pueden dividir. ¿Pues cómo 
vemos que están divisas tres Personas, y cómo tomó carne hu- 
mana el Hijo, y no el Padre ni el Espíritu Santo? Esto no lo 
entendí yo; los teólogos lo saben. Bien sé yo que en aquella 
obra tan maravillosa, que estaban todas tres, y no me ocupo en 
pensar mucho esto. Luego se concluye mi pensamiento con ver 
que es Dios todopoderoso, y como lo quiso lo pudo, y ansí 



MERCEDES DE DIOS 63 

podrá todo lo que quisiere; y mientra menos lo entiendo, más 

lo creo y me hace mayor devoción. Sea por siempre bendito, 
amen. 



XXXIV (•) 

Si no me hubiera nuestro Señor hecho las mercedes que 
me ha hecho, no me parece tuviera ánimo para las obras que 
se han hecho, ni fuerzas para los trabajos que se han padecido, y 
contradiciones y juicios. Y ansí, después que se comenzaron las 
fundaciones, se me quitaron los temores que antes traía de 
pensar ser engañada, y se me puso certidumbre que era Dios, 
y con esto me arrojaba a cosas dificultosas, aunque siempre 
con consejo y obediencia. Por donde entiendo, que como quiso 
Nuestro Señor despertar el principio de esta Orden, y por su 
misericordia me tomó por medio, había Su Majestad de poner 
lo que me faltaba, que era todo, para que hubiese efeto, y se mos- 
trase mijor su grandeza en cosa tan ruin. 



XXXV (2) 

Estando en la Encarnación el segundo año que tenía el 
priorato, Otava de San Martín, estando comulgando, partió la 
Forma el Padre Fray Juan de la Cruz (3), que me daba el Santí- 



1 El original de esta Relnción se veneraba a fines del siglo XVIII en el Desierto de la 
Isla, cerca de Bilbao, que para su recogimiento tenían los Carmelitas Descalzos de la Provincia 
de San Joaquín. 

2 En la Encarnación, a mediados de Noviembre de 1572. 

3 San Juan de la Cruz c-;! confesor del convento desde mediados de Mayo del mismo 
año. Hablando de este nombramiento dice Ycpcs (líb. II, c. XXV); *Ya que la Madre tenía 
tan bien pertrechada su casa por de fuera, y cerradas las puertas de los locutorios por donde 
entran de ordinario los ladrones que roban las almas y quietud de las pobres religiosas, 
acordó para remediar más de raiz lo interior y más secreto del alma, que viniesen a la Encarna- 



64 LñS RELACIONES 

simo Sacramento, para otra hermana. Yo pensé que no era falta de 
Forma, sino que me quería mortificar, porque yo le había dicho 
que gustaba mucho cuando eran grandes las Formas; no por- 
que no entendía no importaba para dejar de estar el Señor en- 
tero, aunque fuese muy pequeño pedacico. Di jome Su Majestad: 
«No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de Mí». 
Dándome a entender que no importaba. 

Entonces represénteseme por visión imaginaria, como otras 
veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y díjo- 
me: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde 
hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no 
sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino 
como verdadera esposa mía. Mi honra es ya tuya y la tuya mía». 
Hízome tanta operación esta merced, que no podía caber en mí, 
y quedé como desatinada, y dije al Señor, que o ensanchase 
mi bajeza, o no me hiciese tanta merced; porque, cierto, no 
me parecía lo podía sufrir el natural. Estuve ansí todo el día 
muy embebida. He sentido después gran provecho, y mayor con- 
fusión y afligimiento de ver que no sirvo en nada tan grandes 
mercedes ( 1 ) . 



XXXVI (2) 

Esto me dijo el Señor otro día: «¿Piensas, hija, que está 
el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en 
amar. No habrás oído que San Pablo estuviese gozando de los 



ción confesores Descalzos de la nueva Reformación, que ija se había fundado; porque algunas, 
deseando comenzar nueva vida, querían hacer confesiones generales y estaban con grande ansia 
de tener personas que las tratasen de espíritu y oración. La Santa pidió al Visitador dos reli- 
giosos Descalzos para confesores de su convento, y él señaló al P. Fray Juan de la Cruz, y 
a otro Padre llamado Fray Germán, ambos de singular virtud y religión». 

1 Cfr. Fr. Luis de León, Ribera, lib. IV, c. X, y la Deposición de María Bautista en 
Valladolid. 

2 Probablemente recibió esta merced en la Encarnación, año de 1572. De esta visión se 
han compuesto, de letras de la Santa, algunos ejemplares. Las Carmelitas Descalzas de Alba 
poseen uno. Ténga-se presente esta observación, porque algunos escritores, como las Carme- 
Utas de París, lo consideran autógrafo. 



fflERCEDES DE DIOS 65 

gozos celestialGs más de una vez, y muchas que padeció, y ves 
mi vida toda llena de padecer, y sólo en el monte Tabor habrás 
oído mi gozo. No pienses, cuando ves a mi Madre que me tiene 
en los brazos, que gozaba de aquellos contentos sin grave tor- 
mento. Desde que le dijo Simeón aquellas palabras, la dio mi 
Padre clara luz para que viese lo que Yo había de padecer. Los 
grandes santos que vivieron en los desiertos, como eran guiados 
por Dios, ansí hacían graves penitencias, y sin esto tenían gran- 
des batallas con el demonio y consigo mesmos; mucho tiem- 
po se pasaban sin ninguna consolación espiritual. Cree, hija, 
que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a éstos 
responde el amor. ¿En que te le puedo más mostrar que querer 
para ti lo que quise para Mí? Mira estas llagas, que nunca lle- 
garán aquí tus dolores. Este es el camino de la verdad. Ansí me 
ayudarás a llorar la perdición que train los del mundo, enten- 
diendo tú esto, que todos sus deseos, y cuidados y pensamientos 
se emplean en cómo tener lo contrario». Cuando empece a te- 
ner oración, estaba con tan gran mal de cabeza, que me parecía 
casi imposible poderla tener. Di jome el Señor: «Por aquí verás el 
premio de el padecer, que como no estabas tú con salud para ha- 
blar conmigo, he Yo hablado contigo y regaládote». Y es ansí 
cierto, que sería como hora y media, poco menos, el tiempo que 
estuve recogida. En el me dijo las palabras dichas y todo lo 
demás. Ni yo me divertía, ni sé adonde estaba, y con tan gran 
contento, que no sé decirlo, y quedóme buena la cabeza, que 
me ha espantado, y harto deseo de padecer. Es verdad que al 
menos yo no he oído que el Señor tuviese otro gozo en la vida 
sino esa vez, ni San Pablo. También me dijo que trajese mucho 
en la memoria las palabras que el Señor dijo a sus Apóstoles, 
«que no había de ser más el siervo que el Señor» (1). 



1 Joan,, XIH, 16. 



II 



66 LñS RELACIONES 



XXXVII 

Vi una gran tempestad de trabajos, y que como los egicios 
perseguían a los hijos de Israel, así habíamos de ser persegui- 
dos; mas que Dios nos pasaría a pie enjuto, y los enemigos 
serían envueltos en las olas (1). 



XXXVIII 

Estando un día en el convento de Beas, me dijo Nuestro 
Señor, que, pues era su esposa, que le pidiese, que me prometía 
que todo me lo concedería cuanto yo le pidiese. Y por señas, 
me dio un anillo hermoso, con una piedra a modo de amatista, 
mas con un resplandor muy diferente de acá, y me lo puso en 
el dedo. Esto escribo por mi confusión, viendo la bondad de 
Dios y mi ruin vida, que merecía estar en los infiernos. Mas 



1 Explicando esta visión, que se refiere a los grandes trabajos de la santa y sus hijas en 
Sevilla, dice María de San José en el Libro de Recreaciones, pág. 94: «Pasaron desde la 
fundación de éste hasta la de Villanueva de la Jara, que fué el doceno, un mar tempestuoso de 
persecuciones, como la misma Madre lo había profetizado cuatro años antes, como yo lo vi es- 
crito en un papel de su mano que enviaba al Padre Elíseo (Gracián), donde decía que había 
visto un gran mar de persecuciones, donde, así como los egipcios, viniendo persiguiendo a los 
hijos de Israel, se habían ahogado en el mar, y los del pueblo de Dios pasaron en salvo, así 
serían nuestros enemigos ahogados y pasaría el ejército de la Virgen libre. Y así fué, que 
usando el demonio de las armas que suele, que son mentiras y testimonios, comenzó a divulgar 
abominaciones, primeramente de aquellas dos purísimas almas de la Madre Angela y el Padre 
Elíseo (Santa Teresa y Gracián), y juntamente de toda la Congregación de religiosas y religiosos, 
ü como nunca falta quien dé crédito a semejantes cosas, y aun por ventura antes que al bien, 
comenzóse una persecución tal que el demonio la había trazado y nuestro gran Dios permitido 
para que se hiciesen fuertes los fundamentos en este edificio. Y así fué que, pensando el demo- 
nio deshacernos y anegarnos, nos dio el Señor por este medio paso enjuto y firme, porque 
nuestro invictísimo y católico rey y señor, D. Felipe II, estando, como dice el Sabio, su cora- 
zón en las manos de Dios, no fué engañado, antes tomando la protección de esta manadita de 
la soberana Virgen, impetró y alcanzó del Sumo Pontífice aquel tan favorable Breve con que se 
hizo la separación de la Provincia, que fué año de mil y quinientos y ochenta y uno, a seis de 
Marzo, día del glorioso San Cirilo, de que la felicísima Angela no poco se alegró, y decía, con 
el santo viejo Simeón, que la llevase el Señor en paz, habiéndole muchos años antes Su Ma- 
jestad divina prometido que no la llevaría de esta vida hasta que viese todas las coshs de su 
Religión en gran prosperidad, como con esto nos quedaban. Teniendo en cuenta que esta reve- 
lación ocurrió cuatro años antes de su cumplimiento, la hubo de recibir la Santa de 1573 a 1574. 



MERCEDES DE DIOS 67 

¡ay, hijas! Gncomiéndcnm^ a Dios y sean devotas de San Josef, 
que puede mucho. Esta bebería escribo.... (1). 



XXXIX (2) 

Año de MDLXXV, en el mes de Abril, estando go en la 
Fundación de Beas, acertó a venir allí el Maestro Fray Jeróni- 



1 Por primera vez publicó esta merced el P. Fací en su libro Gracias efe la grada de 
Sania Teresa, pág. 371, (Zaragoza, 1757). La Comunidad de Carmelitas Descalzas de Santa 
Teresa de Zaragoza conserva un papel antiguo en que se halla, de donde la copió Faci. Existe 
la tradición entre las religiosas de que la escribió la secretaria de la Santa y la firmó ella. La 
letra bien puede ser del último tercio del siglo XVI, pero la firma de Santa Teresa no se lee 
en este documento. Fundó la Santa en Beas en el mes de Febrero de 1575, tiempo en que 
pudo recibir esta merced. 

2 Venérase el original en las Carmelitas Descalzas de Consuegra. La diferencia del autó- 
grafo ü la Relación publicada por el señor La Fuente y otros escritores es muy notable, como 
puede ver cualquiera que guste de compararlos. En cambio, sólo hemos notado pequefias y muy 
leves variantes con el publicado por Mármol en Excelencias, vida y tr.ibajos del P. Jerónimo 
Gradan de la Madre de Dios, Carmelita, Parte I. a, c. XVII. Del mismo Mármol se conserva 
en el archivo de los Carmelitas Descalzos de Avila un traslado auténtico que de varias Relacio- 
nes referentes a Gracián hizo en Valladolid el día 30 de Septiembre de 1606. El traslado comien- 
za así: «Visiones de N. Mdre. S.a Theresa de Ihs. de el P. Gracián. Por la presente, Yo, Juan 
Vázquez del A\ármol, doy fee, como notario apostólico, que he visto algunas veces y tenido en 
mi poder, y 'leído muchas y diversas veces en pliego de papel, de letra de la Madre Teresa 
de Jesús, la qual conozco ser suya por muchas carta.s y otros papeles que he visto de la mesma 
letra y firma en poder de las personas a quien las enviaba, y de personas de su Religión, que las 
tenían y tienen por suyas. El qual estaba doblado como carta, y en lugar de sobrescrito, dezia: 
Es cosa de mi alma y conciencia, nadie lo lea aunque me muera, sino dése al Padre maestro 
Gracián. Y allí, de la mesma letra que lo dicho, y la carta está firmada Teresa de Jesús. Del 
qual dicho papel tresladé (sic), fiel y verdaderamente, la presente copia, que es del tenor si- 
guiente». R\ margen, el P. Lorenzo de la Madre de Dios, hermano del P. Gracián, puso dos 
notas. En una dice, que él mismo, que conocía bien la letra de la Santa, vio el papel; y en 
la otra, que los papeles estaban en poder de su hermano, el secretario de Felipe II, Tomás 
Gracián. Después de copiar Mármol con mucha fidelidad la Relación, añade: «En la otra hoja 
del dicho papel, dice deste tenor>, y traslada con no menor exactitud la que nosotros publica- 
mos a coninuación de ésta. 

En Peregrinación de ñnastasio, Diálogo XVI, da el P. Ciracián pormenores muy curiosos 
acerca de estas Relaciones. Preguntado Anastasio la razón de mandar In Madre Teresa se las 
entregasen, que las habría bien menester, responde:^'>Lo que en eso entiendo, es que yo 
me vi en un tiempo tan afrentado, deshonrado y abatido, que no había nadie que volviese por 
mí, y algunos mostraban este papel, para que dándose crédito a la M. Teresa, no cayese de 
todo punto de la reputación, que también alguna.s veces es necesario para el servicio de Dios; 
aunque, a la verdad, algunos de mis émulos negaban ser letra de la M. Teresa; otros daban 
tal sentido a esto que dice de tomarnos las manos, que era mayor afrenta. Y a mi parecer, eso 
de las manos fué profetizar la Madre lo que después sucedió, que desde que la vi en Beas 
y ella tuvo esa revelación hasta que murió, en todos los negocios que se me ofrecieron a mí 
o a ella, así de la Orden como de otros particulares, siempre fuimos conformes... Y una vez, 
tomando mi dicho el Patriarca de Valencia para la canonización del santo Padre Ignacio de 
Loyola, fundador de la Compañía de Jesú.s, porque dicen en una pregunta: «si el testigo está 
Infamado», mostrándole este papel y reconociendo el Patriarca la letra de la Madre, me 
aceptó por suficiente testigo; y entonces vi cumplido lo que ella dijo, que habría tiempo en 
que le hubiese menester». 



68 LAS RELACIONES 

mo de la Madre de Dios Gracián, y habiéndome yo confesado 
con él algunas veces, aunque no tiniéndok en el lugar que a 
otros confesores había tenido, para del todo gobernarme por él. 
Estando un día comiendo sin nengún recogimiento interior, se 
comenzó mi alma a suspender y recoger, de suerte que pensé 
me quería venir algún arrobamiento, y represénteseme esta vi- 
sión con la brevedad ordinaria, que es como un relámpago. Pa- 
recióme que estaba junto a mí Nuestro Señor Jesucristo, de 
la forma que Su Majestad se me suele representar, y hacia el 
lado derecho estaba el mesmo Alaestro Gracián y yo al izquierdo. 
Tomónos el Señor las manos derechas, y juntólas y díjome: «Que 
éste quería tomase en su lugar mientra viviese, y que entramos 
nos conformásemos en todo, porque convenía ansí». Quedé con 
una siguridad tan grande de que era de Dios, que aunque se me 
ponían delante dos confesores que había tenido mucho tiempo 
y a quien había seguido y debido mucho, que me hacían re- 
sistencia harta; en especial el uno me la hacía muy grande, pa- 
reciéndome le hacía agravio. Era el gran respeto y amor que le 
tenía. La seguridad con que de aquí quedé de que me convenía 
aquello, y el alivio de parecer que había ya acabado de andar 
a cada cabo que iba con diferentes pareceres, y algunos que me 
hacían padecer harto por no me entender, aunque jamás deje 
a ninguno, pareciéndome estaba la falta en mí, hasta que se iba 
y yo me iba. Tornóme otras dos veces a decir el Señor que no 
temiese, pues El me le daba con diferentes palabras, y ansí 
me determiné a no hacer otra cosa, y propuse en mí llevarlo 
adelante mientra viviese, siguiendo en todo su parecer, como 
no fuese notablemente contra Dios, de lo que estoy bien cierta 
no será. Porque el mesmo propósito que yo tengo de siguir en 
todo lo más perfeto creo tiene, según por algunas cosas he en- 
tendido y quedado con una paz y alivio tan grande, que me ha 
espantado y certificado lo quiere el Señor. Porque esta paz tan 
grhnde del alma y consuelo no me parece podría ponerla el 
demonio. Paréceme queda ansí en mí de un arte que no lo 
sé decir, sino que cada vez que se me acuerda, alabo de nuevo 
a Nuestro Señor. Y se me acuerda de aquel verso que dice: Qu¿ 



MERCEDES DE DIOS 69 

posuit fines siios pacem (1). Y querríame deshacer en alabanzas 
ÚG Dios. Paréceme ha de ser pa gloria suya, y ansí lo torno a 
proponer ahora de no hacer jamás mudanza. 



XL (2) 

El segundo día de Pascua de Espíritu Santo, después de 
esta mi determinación, viniendo yo a Sevilla, oímos misa en 
una ermita en Ecija, y en ella nos quedamos la siesta (3). Estan- 
do mis compañeras en la ermita y yo sola en una sacristía 
que allí había, comencé a pensar la gran merced que me había 
hecho el Espíritu Santo una víspera de esta Pascua (4), y dié- 
ronme grandes deseos de hacerle un señalado servicio, y no ha- 
llaba cosa que no estuviese hecha, y recordé que, pues puesto 
que el voto de la obediencia tenía heciio, no de la manera 
que se podía hacer de perfeción, y represénteseme que le sería 
agradable prometer lo que ya tenía propuesto con el P. Fray 
Jerónimo Y por una parte me parecía no hacía en ello nada, 
por otra se me hacía una cosa muy recia, considerando que con 
los perlados no se descubre lo interior, y que, en fin, se mu- 
dan y viene otro, si con uno no se halla bien; y que era quedar 
sin nenguna libertad, interior y exterior mente, toda la vida. 

Y apretóme un poco, y aun harto, no lo hacer. Esta mesma 
resistencia que hizo a mi voluntad, me causó afrenta y parecer- 



1 Psalm. CXLVII, 3. La Santa escribe: Qui posuy fines saos in pace. 

2 23 de Mayo de 1575. El autógrafo en las Carmelitas Descalzas de Consuegra. De este 
y del anterior poseemos copia fotográfica, conforme a la cual se han corregido. En uno de 
sus Diálogos, dice Gracián hablando de este voto, que la Santa dejó dos traslados, uno que 
poseía él, y otro que tenía su hermana María de San José en las Carmelitas Descalzas de 
Consuegra. Este es el que ha llegado hasta nosotros. El segundo quizá pasase a poder de To- 
más Gracián, como nos ha dicho su hermano el P. Lorenzo. Este mismo Padre pone al margen 
de esta Relación, en la citada copia de Mármol, la siguiente nota: «Este papel de la S. M. ley 
yo de su letra propia conocida. Fr. Lorenzo de la Madre de Dios». No me cabe duda que son 
del hermano del Padre Gracián ésta y otras anotaciones que se hallan en esta copia, porque 
he visto letra suya en diversos archivos. » 

3 Siesta, y no fiesta, como escriben algunos, se lee en el original. Quiere decir la Santa, 
que estuvieron en la ermita todo el tiempo que duró el resistero o mayor fuerza del sol. 

1 Vida, c. XXXVin, p. 332. 



7Ó LAS RELACIONES 

m€ ya había algo que no hacía por Dios, ofreciéndoseme de lo 
que yo he huido siempre. El caso es' que apretó de manera la 
dificultad, que no me parece he hecho cosa en mi vida, ni el 
hacer profesión, que me hiciese más resistencia, fuera de cuando 
salí de casa de mi padre para ser monja. Y fué la causa, que 
no se me ponía delante lo que le quiero; antes entonces, como 
a otro, no le consideraba, ni las partes que tiene, sino sólo si sería 
bien hacer aquello por el Espíritu Santo. 

En las dudas que se me representaban si sería servicio 
de Dios u no, creo estaba el detenerme. A cabo de un rato de ba- 
talla, dióme el Señor una gran confianza, pareciéndome que yo 
hacía aquella promesa por el Espíritu Santo, que obligado queda- 
ba a darle luz para que me lo diese, junto con acordarme que 
me la había dado Jesucristo Nuestro Señor. Y con esto me hinqué 
de rodillas y prometí de hacer todo cuanto me dijese por toda 
mi vida, como no fuese contra Dios, ni los perlados a quien tenía 
obligación. Advertí que no fuese sino en cosas graves por quitar 
escrúpulos, como si importunándole una cosa me dijese no k 
hablase en ello más, en algunas de mi regalo u el suyo, que son 
niñerías, que no se quiere dejar de obedecer; y que de todas 
mis faltas y pecados no le encubriría cosa a sabiendas, que tam- 
bién es esto más que lo que se hace con los perlados. En fin, 
tenerle en lugar de Dios, interior y exterior mente. 

No sé si merecí más; gran cosa me parecía había hecho 
por el Espíritu Santo, al menos todo lo que supe. Y ansí quedé 
con gran satisf ación y alegría, y lo he estado después acá; y pen- 
sando quedar apretada, con mayor libertad y muy confiada le 
ha de hacer Nuestro Señor nuevas mercedes por este servicio 
que yo le he hacho, para que a mí me alcance parte y en todo 
me dé luz. Bendito sea el que crió persona que me satisficie- 
se de manera que yo me atreviese a hacer esto. 



MERCEDES DE DIOS 71 



XLI ") 

Jesús. — Una persona, día de Pascua de Espíritu Santo, es- 
tando en Ecija, acordándose de una merced grande que había 
recibido de nuestro Señor una víspera desta fiesta, deseando ha- 
cer una cosa muy particular por su servicio, le pareció sería bien 
prometer de no encubrir ninguna cosa de falta u pecado que 
hiciese en toda su vida, desde aquel punto, a un confesor a quien 
tenía en lugar de Dios, porque esta obligación no se tiene a 
los Perlados, aunque ya esta persona tenía hecho voto de obedien- 
cia, parecía que era esto más. Y también hacer todo lo que le di- 
jese como no fuese contra la obediencia que tenía prometida, en 
cosas graves se entiende. Y aunque se le hizo áspero al principio, 
lo prometió. La primera cosa que la hizo determinar, fué enten- 
der hacía algún servicio al Espíritu Santo. La segunda, tener por 
tan gran siervo de Dios y letrado a la persona que escogió, que 
daría luz a su alma y la ayudaría a más servir a Nuestro Señor. 
Desto no supo nada la mesma persona hasta después de algunos 
días que estaba hecha la promesa. Es esta persona el Padre 
Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios (2). 



1 Es casi igual que la anterior. Después de haber trasladado las dos Relaciones preceden- 
fes, dice Mérmol en el manuscrito citado: «Assi mesmo doy fee, yo el dicho notario Apostó- 
lico, que he visto y tenido en mi poder, y leydo y trasladado fielmente otros papeles de la 
mesma letra de la madre Teresa de Jhs., sin firma, del tenor siguiente, ñ. las espaldas dice: 
Promesa,- y dentro: «Una persona, día de Pascua etc.» Aquí copia esta Relación tal como 
nosotros la publicamos. Al terminar la Relación, pone el siguiente testimonio: «Todo lo cual 
doy testimonio que está escrito de una misma letra, la qual, como dicho es, conozco ser de 
la madre Teresa de Jhs.; y por serme pedido, di éste que es hecho en la ciudad de Va- 
lladolid, último día del mes de setiembre, de mil y seiscientos y tres años. Y lo signé con mi 
acostumbrado signo... En testimonio de Verdad Juan Vázquez del Mármol». 

2 En la vida del P. Gracián, después de copiar esta Relación, añade el mismo Mármol: 
«He querido referir aquí esta promesa, aunque se hacía relación delía en lo que está escrito 
antes, sólo por ponderar aqueiids pobireras palabras donde dice que esta persona era el Padre 
Fr. Jerónimo Gracián, que no vaca de misterio». Reproduce también esta merced, la M. María 
de San José en su Libro de Recreaciones, p. 103. 



72 LAS RELACIONES 



XLII (1) 

Estando €l día de la Madalena considerando la amistad que 
estoy obligada a tener a Nuestro Señor conforme a las palabras 
que me ha dicho sobre esta Santa, y tiniendo grandes deseos 
de imitarla, y me hizo el Señor una gran merced y me dijo: «Que 
de aquí adelante me esforzase, que le había de servir más que 
hasta aquí». Dióme deseo de no me morir tan presto, porque 
hubiese tiempo para emplearme en esto, y quedé con gran de- 
terminación de padecer. 



XLIII (2) 

Estaba un día muy recogida encomendando a Dios a Elí- 
seo (3). Entendí: «Es mi verdadero hijo, no le dejaré de ayu- 
dar», o una palabra de esta suerte, que no me acuerdo bien. 



XLIV ('') 



Acabando la víspera de San Laurencio de comulgar, estaba 
el ingenio tan distraído y divertido, que no me podía valer, y 
comencé a haber envidia de los que estaban en los desiertos. 



1 En Sevilla, 22 de Julio de 1575. 

2 En Sevilla. Mármol, en el traslado ya varias veces mencionado, escribe antes de repro- 
ducir esta Relación: «Copia de algunos extiaordinarios sucesos de oración que tuvo la A\adre 
Teresa de Jhs. acerca del P. Fr. Jerónimo Qracián de la Madre de Dios, recopilados de un 
cuaderno de letra de In misma madre Teresa de Jhs., que tiene en su poder el mismo Padre 
Gracián, donde hay otros muchos más. Los que hablan del son estos». Entresaca y copia las 
mercedes que nosotros publicamos bajo los números XLIII, XLIV, LV, LVTII, LIX y LX. 

3 Así llama al P. Gracián. 

4 En el mismo monasterio de Carmelitas, 9 de Agosto de 1575. 



MERCEDES DE DIOS 73 

parcciéndome que como no oyesen ni viesen nada, estaban libres 
deste divertimiento. Entendí: «Mucho te engañas, hija, antes allí 
tienen más fuertes las tentaciones de los demonios; ten paciencia, 
que mientras se vive no se excusa». Estando en esto, súbitamente 
me vino un recogimiento con una luz tan grande interior, que me 
paresce estaba en otro mundo, y hallóse el espíritu dentro de sí 
en una floresta y huerto muy deleitoso, tanto, que me hizo 
acordar de lo que dice sn los Cantares: Venial dilectas meas 
in hortam saam. Vi allí a mi Elíseo, cierto nonada negro, sino 
con una hermosura extraña; encima de la cabeza tenía como 
una guirnalda de gran pedrería, y muchas doncellas que anda- 
ban allí delante del, con ramas en las manos, todas cantando 
cánticos de alabanzas de Dios. Yo no hacía sino abrir los ojos 
para si me distraía, y no bastaba a quitar esta atención, sino 
que me parecía había una música de pajaritos y ángeles, de que 
el alma gozaba, aunque yo no la oía, mas ella estaba en aquel 
deleite. Yo miraba cómo no había allí otro hombre ninguno. Di- 
jéronme: «Este mereció estar entre vosotras, y toda esta fiesta 
que ves habrá en el día que estableciere en alabanzas de mi 
Madre, y date priesa si quieres llegar a donde está él». Esto duró 
más de hora y media, que no me podía divertir, con gran deleite, 
cosa diferente de otras visiones. Y lo que de aquí saqué, fué 
amor a Elíseo, y tenerle más presente en aquella hermosura. He 
habido rniedo si fué tentación, que imaginación no fué posible. 



XLV (1) 

Una vez entendí cómo estaba el Señor en todas las cosas y 
cómo en el alma, y púsoseme comparación de una esponja (2) 
que embebe el agua en sí. 



1 En Sevilla, aflo de 1575. 

2 Esta misma comparación viene en la Merced XII. 



74 LAS RELACIONES 



XLVI 

Como vinieron mis hermanos, y yo debo al uno tanto (1), no 
dejo de estar con él y tratar lo que conviene a su alma y asien- 
to, y todo me daba cansancio y pena; y estándole ofreciendo a 
el Señor y pareciéndome lo hacía por estar obligada, acordóseme 
que está en las Costituciones nuestras, que nos dicen que nos des- 
viemos de deudos (2), y estando pensando si estaba obligada, 
me dijo el Señor: «No, hija, que vuestros Institutos no son de 
ir sino conforme a mi Ley». Verdad es que el intento de las 
Costituciones son porque no se asgan a ellos, y esto, a mi pa- 
recer, antes me cansa y deshace más tratarlos. 



XLVII í5) 

Habiendo acabado de comulgar el día de San Agustín, yo 
no sabré decir cómo, se me dio a entender, y casi a ver, sino 
que fué cosa inteletual y que pasó presto, cómo las Tres Perso- 
nas de la Santísima Trinidad, que yo trayo en mi alma esculpidas, 



1 Sus hermanos Lorenzo de Cepeda y Pedro de Ahumada llegaron de Indias a princi- 
pios de Agosto de 1575. Desembarcaron en Sanlúcar de Barrameda y continuaron el viaje a 
Sevilla, donde los esperaba Santa Teresa. A Sevilla vinieron a saludarles, desde Alba de 
Tormes, D.a Juana de Ahumada y su marido Juan de Ovalle. La Santa debía mucho a su 
hermano D. Lorenzo por lo que la ayudó en la fundación del primitivo monasterio de San 
José, como dijimos en el tomo I, p. 279. Su -llegada a Sevilla, no pudo ser mes oportuna 
para la compra de la casa de la nueva fundación de Descalzas que proyectaba. (Cfr. Funda- 
ciones, c. XXV). Con D. Lorenzo vinieron sus hijos Francisco, Lorenzo y Teresita, más 
adelante carmelita descalza, con el nombre de Teresa de Jesús, como su santa tía. En varias 
cartas habla la Santa de esta llegada de sus hermanos, pero principalmente en la escrita a dofla 
Juona en 15 de Agosto de 1575. El limo. Sr. Pólit da interesantes pormenores del viaje de 
los hermanos de Santa Teresa a E.spaña en su obra La familia de Santa Teresa en üméríca, 
c. III. Cfr. Ribera, lib. IV, c. X. 

3 En las Constituciones que dio la Santa a sus monjas se lee a este propósito: «Capí- 
tulo IV, núm. 5. De tratar mucho con deudos se desvíen lo más que pudieren, porque, de- 
jado que se pegan mucho sus cosas, será dificultoso dejar de tratar con ellos alguna del 
siglo». 

3 Según Ribera, 1. IV, c. IV, ocurrió en Sevilla. La fecha es de 28 de Agosto de 1575. 



MERCEDES DE DIOS 75 

son una. Por una pintura tan extraña se me dio a entender g 
por una luz tan clara, que ha hecho bien diferente operación que 
tenerlo por fe. He quedado de aqui a no poder pensar ninguna 
de las Tres Personas Divinas, sin entender que son todas tres, 
de manera que estaba yo hoy considerando, cómo siendo tan 
una, había tomado carne humana el Hijo solo, y dióme el Se- 
ñor a entender cómo con ser una cosa eran divisas. Son unas 
grandezas que de nuevo desea el alma de salir de este embarazo 
que hace el cuerpo para no gozar de ellas, que aunque pa- 
rece no son para nuestra bajeza, entender algo dellas, queda una 
ganancia en el alma, con pasar en un punto, sin comparación 
mayor que con muchos años de meditación, y sin saber entender 
cómo. 



XLVIII í') 

El día de Nuestra Señora de la Natividad tengo particular 
alegría. Cuando este día viene, parecíame sería bien renovar 
los votos, y queriéndolo hacer, se me representó la Virgen Se- 
ñora nuestra por visión iluminativa, y parecióme los hacía en 
sus manos, y que le eran agradables. Quedóme esta visión por 
algunos días, como estaba, junto conmigo, hacia el lado izquierdo. 



XLIX (2) 

Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente 
que mi alma se hacía una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del 
Señor, cuya presencia se me representó y hízome gran operación 
y aprovechamiento. 



1 En Sevilla, 8 de Setiembre de 1575. 

2 Probablemente en Sevilla, año de 1575. 



76 LAS RELACIONES 



L ID 



Estaba una vez pensando si me habían de mandar ir a 
reformar cierto monesterio, ij dábame pena. Entendí: «¿De qué 
teméis? ¿Qué podéis perder sino las vidas que tantas veces me 
las habéis ofrecido?» Yo os ayudaré. Fué en una ocasión (2) de 
suerte que me satisfizo el alma mucho. 



LI (3) 

Habiendo un día hablado a una persona que había mucho 
dejado por Dios y acordándome cómo nunca yo dejé nada por 



1 En Sevilla, 1575. 

2 Se trata de las Carmelitas Calzadas de Paterna, a quien Graciún quiso reformar u 
librar de algunas calumnias que contra ellas corrían. En Peregrinación de Rrmstasio, Diá- 
logo I, escribe: «Por defender de infamia las religiosas Calzadas de Paterna, enviando al 
convento dellas tres Descalzas que las reformasen, las mesmas Calzadas a quien defendí me 
levantaron tan falso testimonio consigo mesmas, que es horror decillo". Estando Paterna 
cerca de Sevilla, es fácil que el P. Gracián se acordara de la Santa para este negocio, si 
bien no llegó a efectuarlo. Más largos pormenores nos da de esta reforma de Paterna 
María de San José en el Libro de Recreaciones, p. 121, por estos términos: «Estuvimos con el 
trabajo g soledad que he diclio desde que nuestra Madre se fué hasta Octubre, que nuestro 
Padre Gracián, deseando reformar el monasterio de las monjas de Paterna, que era de las 
Calzadas, u quitar una mala fama que de ellas con falsedad de sus mismos frailes se había 
sembrado, y deseando saber la verdad, acordó de enviar, y escogió para presidenta, a la madre 
Isabel de San Francisco y a Isabel de San Jerónimo, mis dos buenas compañeras, que no fué 
menos trabajo, o por mejor decir, el mayor; porque quedamos tres solas de las que habíamos ve- 
nido a fundar. Y por mucho que diga, no acabaré de decir con qué quedamos y los trabajos que 
ellas en un año que estuvieron padecieron, como se puede entender habiéndolas puesto el Visi- 
tador para la reforma de la casa. Bastará decir sola una cosa, y es que ni aun de comer las 
querían dar, y así era necesario que de otraj partes las socorriesen. Las malas palabras que a cad<i 
paso oían no hay para qué decirlas; basta que hubo noche que las dos, con la H.a Margarita de la 
Concepción, lega, que las fué a ayudar, se alteraron tanto, que aquella noche se encerraron las tres 
pobres monjas en un aposentillo, y sentadas en un peldaño de estera en que apenas cabían, es- 
tuvieron toda la noche sin dormir ni salir de allí, porque toda ella estuvieron desde afuera ame- 
nazándolas que las habían de matar, y haciendo diligencias para entrar. 

»Con todas estas contradicciones estuvieron un año entero, y aunque con harto trabajo, no de- 
jaron de hacer fruto; y tanto, que las mismas monjas lo confesaban y que eran santas, jj las de- 
jaban confundidas; y aunque aborrecían sus casas, después de ellas vueltas, lle\'aron adelante muchas 
de las que habían reformado. A lo menos pusieron con forma de convento, e introdujeron seguir 
formando comunidad en coro y refectorio, que ni de esto ni cosa de iglesia sabían, con otros incon- 
venientes, que quitaron no pocos. Andando las cosas de la visita como ya hemos dicho y cesando 
la que el Padre Gracián hacía, volvieron las hermanas, saliendo de allí día de Santa Bárbara». 

3 En Sevilla. 1575. 



MERCEDES DE DIOS 77 

El, ni en cosa le he servido como estoy obligada, y mirando las 
muchas mercedes que ha hecho a mi alma, comencéme a fatigar 
mucho, y díjome el Señor: «Ya sabes el desposorio que hay 
entre ti y Mí, y habiendo esto, lo que Yo tengo es tuyo, y ansí 
te doy todos los trabajos y dolores que pasé, y con esto puedes 
pedir a mi Padre como cosa propia.» Aunque yo he oído decir 
que somos participantes de esto, ahora fué tan de otra manera, 
que pareció había quedado con gran señorío, porque la amistad 
con que se me hizo esta merced, no se puede decir aquí. Pare- 
cióme lo admitía el Padre, y desde entonces miro muy de otra 
suerte lo que padeció el Señor, como cosa propia, y dame gran 
alivio (1). 



LII (2) 



Estando yo una vez deseando de hacer algo en servicio de 
Nuestro Señor, pensé qué apocadamente podía yo servirle, y dije 
entre mí: ¿Para qué. Señor, queréis Vos mis obras? Díjome: 
«Para ver tu voluntad, hija». 



Lili (5) 

Dióme una vez el Señor una luz en una cosa que yo gusté de 
entenderla, y olvidóseme luego desde a poco, que no he podido 
más tornar a caer en lo que era; y estando yo procurando se 



1 Por Ribera, 1. IV, c. X, sabemos que recibió este favor la Santa en Sevilla. Habla de 
él también en Las Aloradas, Morada VI, c. V. María Bautista en las Deposiciones de Valla- 
dolid, reproduce esta merced y a continuación añade: «Una noche del día del Santísimo Sacra- 
mento vio nuestra Santa salir a Cristo Nuestro Señor de la custodia y se vino a ella, toda la 
cabeza corriendo sangre, y muij fatigado le dijo: «Que las cabezas de su Iglesia le tenían de 
aquella manera; que no lo hiciese, porque sería señal de que también lo encubriría a Su Ma- 
(estad si pudiera». Y así tuvo siempre gran claridad con sus confesores y prelados». 

2 En Sevilla, ano de 1575. 

3 En el mismo convento y el mismo año. 



78 LAS RELACIONES 

me acordase, entendí esto: «Ya sabes que te hablo algunas ve- 
ces; no dejes de escribirlo, porque, aunque a ti no aproveche, 
podrá aprovechar a otros». Yo estaba pensando si por mis peca- 
dos había de aprovechar a otros y perderme yo. Di jome: «No 
hayas miedo». 



LIV (11 

Estaba una vez recogida con esta compañía que trayo siem- 
pre en el alma, y parecióme estar Dios de manera en ella, que 
me acordé de cuando San Pedro dijo: «Tú eres Cristo, hijo 
de Dios vivo» (2), porque ansí estaba Dios vivo en mi alma. Esto 
no es como otras visiones, porque lleve fuerza con la fe, de 
manera que no se puede dudar que está la Trinidad por presen- 
cia y por potencia y esencia en nuestras almas. Es cosa de gran- 
dísimo provecho entender esta verdad, y como estaba espantada 
de ver tanta majestad en cosa tan baja como mi alma, entendí: 
«No es baja, hija, pues está hecha a mi imagen». También en- 
tendí algunas cosas de la causa porque Dios se deleita con las 
almas más que con otras criaturas, tan delicadas que, aunque 
el entendimiento las entendió de presto, no las sabré decir. 



LV (5) 

Habiendo estado con tanta pena del mal de nuestro Pa- 
dre (^), que no sosegaba, y suplicando a el Señor un día aca- 
bando de comulgar muy encarescidamente esta petición, que pues 
El me le había dado, no me viese yo sin él, me dijo: «No hayas 
miedo». 



1 En Sevilla, año de 1575. 

2 Matth., XVI, 16. 

3 En Sevilla, 1575. Corregida por la copia de A\árniol. 

4 P. Jerónimo Gracián. 



MERCEDES DE DIOS 79 



LVI (lí 

Estando una v€z con esta presencia de las Tres Personas 
que trayo en el alma, era con tanta luz, que no se puede dudar 
el estar allí Dios vivo y verdadero, y allí se me daban a en- 
tender cosas que yo no las sabré decir después. Entre ellas era 
cómo había la F^ersona del Hijo tomado carne humana y no 
las demás. No sabré, como digo, decir cosa de esto, que pasan 
algunas tan en secreto de el alma, que parece el entendimiento 
entiende como una persona que, dormiendo o medio dormida, le 
parece entiende lo que se habla. Yo estaba pensando cuan recio 
era el vivir que nos privaba de no estar ansí siempre en aquella 
admirable compañía, y dije entre mí: Señor, dadme algún medio 
para que yo pueda llevar esta vida. Díjome: «Piensa, hija, 
cómo después de acabada no me puedes servir en lo que ahora, 
y come por Mí y duerme por Mí, y todo lo que hicieres sea 
por Mí, como si no lo vivieses tú ya, sino Yo, que esto es lo 
que decía San Pablo» (2). 



LV^II "> 

Una vez, acabando de comulgar, se me dio a entender cómo 
este Sacratísimo Cuerpo de Cristo le recibe su Padre dentro 
de nuestra alma. Como yo entiendo y he visto están estas Divinas 
Personas, y cuan agradable le es esta ofrenda de su Hijo, por- 
que se deleita y goza con El, digamos acá en la tierra, porque 
su Humanidad no está con nosotros en el alma, sino la Divinidad, 
y ansí le es tan aceto y agradable y nos hace tan grandes mer- 



1 Sevilla, 1575. 

2 Cfr. Ribera, 1. IV, c. IV. 

3 Sevilla, 1575. 



80 LflS RELACIONES 

cedes, entendí que también recibe este sacrificio aunque esté 
en pecado el sacerdote, salvo que no se comunican las mercedes 
a su alma como a los que están en gracia; y no porque dejen 
de estar estas influencias en su fuerza, que proceden de esta 
comunicación con que el Padre recibe este sacrificio, sino por 
falta de quien le ha de recibir; como no es por falta del sol 
no resplandecer cuando da en un pedazo de pez, como en uno 
de cristal. Si yo ahora lo dijera, me diera mijor a entender; 
importa saber cómo es esto, porque hay grandes secretos en lo 
interior cuando se comulga. Es lástima que estos cuerpos no nos 
lo dejan gozar. 



LVIII d' 

Otava de Todos Santos, tuve dos o tres días muy traba- 
josos de la memoria de mis grandes pecados, y unos temores 
grandes de persecuciones, que no se fundaban sino en que me 
habían de levantar grandes testimonios, y todo el ánimo que suelo 
tener a padecer por Dios me faltaba. Aunque yo me quería ani- 
mar y hacía atos ij vía que sería gran ganancia a mi alma, apro- 
vechaba poco, que no se me quitaba el temor y era una guerra 
desabrida. Tomé con una letra adonde dice mi buen Padre (2). 
que dice San Pablo que no primita Dios que seamos tentados más 
de lo que podemos sufrir (3). Aquello me alivió harto, mas no 
bastaba, antes otro día me dio una aflición grande de verme sin 
él, como no tenía a quien acudir con esta tribulación, que me 
parecía vivir en tan gran soledad. Y ayudaba el ver que no hallo 
ya quien me dé alivio sino él, que lo más había de estar ausente, 
que me €s harto gran tormento. 



1 En Sevilla, año de 1575. Recuérdese lo que dejamos dicho en la Introducción sobre 
la denuncia que hizo la novicia a la Inquisición contra la Comunidad de las Carmelitas Des" 
calzas, estando allí la santa Fundadora. Véase también el capítulo XXV de Las Fundaciones. 
La publicamos conforme a la copia de Mármol. 

2 Gracián. 

3 ! ad Cotinth., X, 13. 



MERCEDES DE DIOS 81 

Otra noche después, estando leyendo en un libro, hallé otro 
dicho de san Pablo, que me comenzó a consolar, y recogida 
un poco, estaba pensando cuan presente había traído d€ antes 
a Nuestro Señor, que tan verdaderamente me parecía ser Dios 
vivo. Pensando en esto, me dijo y parecióme muy dentro de mí, 
como al lado del corazón, por visión intelectual: «Aquí estoy, sino 
que quiero que veas lo poco que puedes sin Mí» (1). Luego me 
asiguré y se quitaron todos los miedos, y estando la misma no- 
che €n Maitines, el mesmo Señor, por visión inteletual, tan gran- 
de que casi parecía imaginaria, se me puso €n los brazos a manera 
de como se pinta la «Quinta angustia» (2). Hízome temor harto 
esta visión, porque era muy patente y tan junta a mí, que me hizo 
pensar si era ilusión. Di jome: «No te espantes de esto, que con 
mayor unión, sin comparación, está mi Padre con tu ánima». 
Máseme ansí quedado esta visión hasta ahora representada. Lo 
que dije de Nuestro Señor, me duró más de un mes. Ya se 
me ha quitado. 



LIX O 

Estando una noche con harta pena porque había mucho que 
no sabía de mi Padre (4), y aun no estaba bueno cuando me es- 
cribió la postrera vez, aunque no era como la primera pena de 
su mal, que era confiada y de aquella manera nunca la tuve des- 
pués, mas el cuidado impedía la oración, parecióme de presto, 
y fué ansí que no pudo ser imaginación, que en lo interior se 
me representó una luz, y vi que venía por el camino alegre, y 
rostro blanco, aunque de la luz que vi, debió hacer blanco el 



1 Hasta aquí copia Mármol. Lo siguiente tráenlo solamente los Códices de Avila y 
Toledo. 

2 La Virgen de los Dolores, llamada también de las Angustias, principalmente en An- 
dalucía, que representa a María teniendo en sus brazos el cuerpo muerto de su Hijo. Propia- 
mente, no es la Quinfa, sino la Sexta Angustia a la que se refiere Santa Teresa. 

3 En Sevilla, Noviembre de 1575. 

-1 'Jerónimo Gracián de la Madre de Dios. 

II 6 



82 LAS RELACIONES 

rostro, que ansí me parece lo están todos en el cielo; y he 
pensado si de el resplandor y luz que sale de Nuestro Señor 
les hace estar blancos. Entendí: «Dile que sin temor comience 
luego, que suya es la Vitoria» (1). 

Un día después que vino, estando yo a la noche alabando 
a Nuestro Señor por tantas mercedes como me había hecho, me 
dijo: «¿Que me pides tú que no haya yo hecho, hija mía?». 



LX í2) 

El día que se presentó el Breve (3), como yo estuviese con 
grandísima atención, que me tenía toda turbada, que aun rezar 
no podía, porque me habían venido a decir que Nuestro Padre 
estaba en gran aprieto, porque no le dejaban salir, y había gran 
ruido, entendí estas palabras: «¡Oh mujer de poca fe, sosiégate, 
que muy bien se va haciendo!» Era día de la Presentación de 
Nuestra Señora, año de mil y quinientos y setenta y cinco. Pro- 
puse en mi si esta Virgen acababa con su Hijo que viésemos a 
nuestro Padre libre destos frailes, y a nosotras de pedirle orde- 
nase que en cada cabo se celebrase con solenidad esta fiesta en 
nuestros monesterios de Descalzas. Cuando esto propuse, no se 
me acordaba de lo que entendí que había el Padre de establecer 
fiesta, en la visión que vi. Ahora, tornando a leer este cuader- 
nillo he pensado si ha de ser esta la fiesta (4). 



1 Dice Gracián en la Deregrínación de Hnastasio, Diálogo XVI, después de tepio- 
ducir esta merced divina: «Esto era al tiempo que yo había sacado el Breve del nuncio 
Ormaneto con cartas del Rey para la visita de los Calzado.s de Andalucía y venia a Se- 
villa a presentarle, que había tenido una enfermedad, aunque no muy grande». Es la última 
de la copia de Mármol, por la cual va corregida. 

2 Sevilla, 22 de Noviembre de 1575. 

3 Después de copiar esta Relación, añade por su cuenta Gracián, que presentó el Breve 
a los Calzados de Sevilla el día de la Presentación. Cír. Peregrinaciones de Mnastasio, Diá- 
logo XVI. 

4 Recibió Santa Teresa esta merced en ocasión en que el P. Gracián comenzaba la visita 
lie los Carmelitas Calzados de Andalucía por encargo del Nuncio de Su Santidad. Recordando 
María de San José este favor de la Santa, escribe: «Comenzó su visita, la cual tomaban los 
Padres tan mal, que el día que hubo de ir a tomar la obediencia, estaban los frailes armados 
para defenderse, y hubo tal ruido, que vinieron a decir a nuestra Madre, que estaba en ora- 



MERCEDES DE DIOS 83 



LXI ") 

Estando un día en oración, sentí estar el alma tan dentro 
de Dios, que no parecía había mundo, sino embebida en el. 
Dióscme aquí a entender aquel verso de la Magnifica: Et exul- 
iavit spirltus, de manera que no se me puede olvidar (2). 



LXI I ^^ 

Estaba una vez pensando sobre el querer deshacer este mo- 
nesterio de Descalzas, si era el intento poco a poco irlas acabando 
todas. Entendí: «Eso pretenden, mas no lo verán, sino muy al 
contrario» (4), 



ción con todas sus monjas, que había muerto el Padre Gracián, u lue estaban las puertas del 
monasterio cerradas; g había tan gran grita y ruido, qi'e la Santa se turbó harto, y ento ees 
fué cuando le dijo nuestro Señor: «¡Oh mujer de poca fe, sosiégate que bien se va haciendo!» 
Era víspera de Nuestra Señora de la Presentación, y prometió nuestra A\adre, si le libraba el 
Señor u 'e sacaba Iiien, que le celebraría aquella fiesta con gran solemnidad». 

Hablando Mármol en la Vida del P. Gracián acerca de la institución de esta fiesta, dice: «Por 
este propósito que dice aquí nuestra Santa Madre, que tuvo de pedir se ordenase la fiesta de la 
Presentación, habla el mismo Padre Maestro Gracián en una carta que escribió desde Roma 
a la hermana .'Wariana de Christo, monja descalza, en el Convento de las Descalzas Car- 
melitas de Barcelona, y hermana de la Duquesa de César, por estas palabras: «Y ya que vues- 
tra caridad e."< profesa, sea mil veces de norabuena, y el particular de haber hecho los vo- 
tos día de la Presentación de Nuestra Señora, me es para mi particular motivo de encomen- 
dársela cada día, como a mi propia alma, porque ese día estuve bien cerca de perder la vida 
por la Orden, cuando andábamos en los primeros golpes de las fundaciones, y viendo la Madre 
Teresa de Jesús que me tenían a puerta cerrada cercado cien personas (que si entonces me 
mataran hubiera ahorrado tiempo tan mal gastado como después acá lie tenido), hizo voto 
que si Nuestra Señora me escapaba de aquel trago, celebrar aquella fiesta con mucha soleni- 
dad y ella y sus hijas, y en un tiempo se guardaba esto, ahora no se nada». 

1 En el mismo monasterio y por la misma época. 

2 Véase la A\erced XXIX. 

3 En el mismo monasterio. 

4 Para la inteligencia de estas palabras, reproduciremos lo que escribe María de San 
José en su citado Libro de Recreaciones, recordando lo hecho por el Capítulo general de los 
Carmelitas Calzados celebrado en Plasencia de Italia en 1575; tMandóse también en este Ca- 
pítulo, que se le quitase a nuestra Madre las patentes y comisiones que tenía para fundar, y 
estuviese reclusa en un monasterio sin salir de é!, u que los Descalzos y Descalzas se cal- 
aasen, y cantasen por punto u otras cosas asi. Escandalizarse ha cualquleía que oyere decir, 



84 LAS RELACIONES 



LXIII (1) 

Habiendo comenzado a confesarme con una persona en una 
ciudad que al presente estoy, g ella con haberme tenido mucha 
voluntad y tenerla después que admitió el gobierno de mi alma, 
se apartaba de venir acá (2). Estando yo en oración una noche, 
pensando en la falta que me hacía, entendí que le tenía Dios para 
que no viniese, porque me convenía tratar mi alma con una perso- 



que un varón tan santo, como de verdad lo era nuestro Padre General, y tantos Padres gra- 
ves ü siervos de Dios, hiciesen un acto tan contra razón y mandasen deshacer los conventos 
que con autoridad apostólica se habían fundado. Mas cuando no se oye sino a una parte, y 
esa apasionada, como lo estaban en aquella coyuntura los Padres que de España iban al, Ca- 
pítulo, es cosa ordinaria errar el juicio y tener por crimen lo que no lo es, y más cuando el 
demonio atiza, como aquí debía de atizar, por deshacer a los Descalzos, como Nuestro Señor 
lo mostró a nuestra Santa Madre, estando en esta coyuntura en oración, y pidiéndole que 
no permitiese se deshiciesen aquellas casas de Descalzos, dijo el Señor: Eso pretenden, mas 
no lo verán, sino muy al contrarío*. 

Ya por el mes de Agosto de 1573 había recibido el P. Jerónimo Gracián, cuando sólo 
contaba veinte u ocho años de edad, del Padre Francisco de Vargas, dominico. Visita- 
dor Apostólico de los Carmelitas Calzados de Andalucía, la comisión de sustituirle, la cual 
expiró con la muerte de San Pío V. De nuevo volvió a recibir el mismo encargo por orden 
del nuncio Ormaneto en Agosto de 1575, como escribe el mismo P. Gracián por estas pala- 
bras: «Acaeció, pues, llegando yo a Madrid, que viendo el rey don Felipe II ser necesario 
continuar la visita de los Calzados Carmelitas, y de los Trinitarios, Mercenarios, Mínimos, 
y Calzados Franciscos de Andalucía, que estaba comenzada con Breve de Pío V, envió al 
Padre Olea, de la Compañía de Jesús, para que informase cuan necesaria era esta continuación 
de visita, y decíase que la quería hacer por mano de los Padres de la Compañía. Ellos por 
no meterse en este conflicto con frailes, insistieron en ser mejor que se hiciese por frailes 
de las mismas Ordenes, y así con nuevas comisiones del nuncio Ormaneto, que tenía facul- 
tad de Gregorio XIII para ello, me enviaron a mí por Visitador Apostólico de todos los 
Carmelitas Descalzos y de los Calzados de Andalucía. La primera parte de esta comisión 
bien me agradó, porque no estando sujetos los Descalzos a los Calzados no los podían 
deshacer, y podía yo fundar, como fundé, más de veinte conventos de ellos, con que la Con- 
gregación de los Descalzos echó raíces. Mas en la segunda, rehusaba mi flaqueza, temiendo 
la muerte, que infamias y afrentas yo las tenía tragadas, y diciendo yo este temor al car- 
denal Quiroga, para que intercediese con el Rey me descargase de los Calzados, me dijo 
con cólera santa: Mátenos: ¿a quién hemos de fiar esto sino a hombres de sangre y no- 
bleza y conocido como vos, que no tema la muerte?; y así con esta resolución de perder 
la vida y con el Breve del nuncio Ormaneto y cartas del Rey, torné a cnminar la vuelta de 
Andalucía». (Peregrinaciones de Rnastasio, Diálogo I, pág. 27). 

1 Toledo, Agosto de 1576. 

2 El P. Diego de Yepes, de la Orden de San Jerónimo, autor de una piadosa vida 
de la Santa y más tarde obispo de Tarazona. Por la declaración del P. Yanguas en las 
Informaciones de Segovia, sabemos que este Padre aconsejó a la Santa se confesase en 
Toledo con Yepes, Prior en aquel tiempo del convento de la Sisla. Dice el P. Yepes que 
en varias ocasiones, al disponerse para subir a confesarla, se le ofrecían en el momento 
trabajos y negocios que se lo impedían. A lo que parece, todo era ordenamiento de Dios 
para que comunicase su espíritu con el doctor Vclázquez, como ya lo notó el P. Gracián, 
conocedor de esta revelación de la Madre. La Santa, sin embargo, continuó confesándose 
algunas veces con el P. Yepes. 



MERCEDES DE DIOS 85 

na del mismo lugar. A mí me pesó por haber de conocer condi- 
ción nueva, que podía ser no me entendiese y inquietase y por 
tener amor a quien me hacía esta caridad; aunque siempre que 
vía u oía predicar a esta persona, me hacía contento espiritual, 
y por tener muchas ocupaciones esta persona, también me parecía 
inconveniente. Díjome el Señor: «Yo haré que te oya y te en- 
tienda. Declárate con él, que algún remedio será de tus traba- 
jos». Esto postrero fué, sigún pienso, porque estaba yo entonces 
fatigadísima de estar ausente de Dios. También me dijo entonces 
Su Majestad, «que bien vía el trabajo que tenía; mas que no 
podía ser menos mientra viviese en este destierro, que todo era 
para más bien mío», y me consoló mucho. Ansí me ha acaecido, 
que huelga de oírme, y busca tiempo y me ha entendido y dado 
gran alivio. Es muy letrado y santo. 



LXIV (1) 



Estando un día de la Presentación encomendando mucho 
a Dios a una persona, y parecíame que todavía era inconvi- 
niente el tener renta y libertad, para la gran santidad que yo 
le deseaba, púsoseme delante su poca salud y la mucha luz que 
daba a las almas, y entendí: «Mucho me sirve, mas gran cosa 
es siguirme desnudo de todo como yo me puse en la cruz. Dile 
que se fíe de Mí». Esto postrero fué porque me acordé yo que 
no podría con su poca salud llevar tanta perfeción. 



1 Toledo, Agosto de 1576. 



86 LAS RELACIONES 



LXV 

Estando una vez pensando la pena que me daba el comer 
carne y n¡o hacer penitencia, entendí, «que algunas veces era 
más amor propio que deseo della» (1). 



LX (2) 

Estando una vez con mucha pena de haber ofendido a Dios, 
me dijo: «Todos tus pecados son delante de Mí como si no 
fueran; en lo porvenir te esfuerza, que no son acabados tus 
trabajos». 



LXI (3) 

Estando en San Josef de Avila, víspera de Pascua del Es- 
píritu Santo, en la ermita de Nazaret, considerando en una gran- 
dísima merced que nuestro Señor me había hecho en- tal día 
como éste, veinte años había (4), poco más a menos, me comenzó 



1 Los prelados i) confesores, atendiendo a las enfermedades que con harta frecuencia 
padecía la Santa, la prohibían hacer muchas <Ie las penitencias que su fervor pedía, y hasta le 
mandaban en ocasiones comer de carne. Dice Mana del i^iacimiento en las Informaciones de 
Madrid, que «estando en Toledo mala nuestra Santa, le mandaron los médicos comiese carne, 
lo cual ella repugnó mucho. Y al fin, convencida, dijo que no la comería si no era dándole li- 
cencia primero su confesor, que era el P. Fray Diego de Yepes, y estaba media legua de allí (en 
el monasterio de la Sisla), y al fin le hubieron de traer». 

2 En Toledo, 1576 o 1577. 

3 En San José de Avila, afio de 157'), 6 de Junio. El original de esta interesante merced 
está en el Libro de las Fundaciones, en una hoja pegada al fin del capítulo XXVIl. El de las 
Descalzas del Corpus Christi de Alcalá de Henares, no es autógrafo, sino que está compuesto 
de letras cortadas de otros escritos de la Santa. Las Carmelitas Descalzas de Ñapóles poseen 
otro ejemplar que pasa por autógrafo. 

k Habla de este favor en el capítulo XXXVIII de la Vida. 



MERCEDES DE DIOS 87 

un ímpetu y hervor grande de espíritu, que me hizo suspender. 
En este gran recogimiento entendí de nuestro Señor lo que ahora 
diré: «Que dijese a jestos Padres Descalzos de su parte, que pro- 
curasen guardar estas cuatro cosas, y que mientra las guardasen, 
siempre iría en más crecimiento esta Relisión, y cuando en ellas 
faltasen, entendiesen que iban menoscabando de su principio. La 
primera, que los cabezas (1) estuviesen conformes. La segunda (2), 
que aunque tuviesen muchas casas, en cada una hubiese pocos 
frailes. La tercera, que tratasen poco con seglares, y esto para 
bien de sus almas. La cuarta, que enseñasen más con obras 
que con palabras. Esto fué año de MDLXXIX. Y porque es 
gran verdad, lo firmo de mi nombre. Teresa de Jesús. 



1 Así lo escribe la Santa y con mucha propiedad, por cierto, aunque en las ediciones pu- 
blicadas hasta ahora siempre se dice las cabezas». 

2 Santa Teresa escribe en cifra esta palabra en la forma siguiente: La ¡I, que aunque etc. 



APÉNDICES 

AL LIBRO DE LA VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS 



APÉNDICES 



DOCUMENTOS REFERENTES R LA SANTA Y A SUS OBRAS (1). 



CÉDULA EN QUE D. ALONSO SÁNCHEZ DE CEPEDA TENIA APUNTADA LA FECHA 
UtX NACIMIENTO DE SU HIJA TERESA. 



En miércoles, veinte y ocho días del mes de marzo de quinientos y 
quince años, nació Teresa, mi hija, a las cinco horas de la mañana, 
media hora más o menos, que fué el dicho miércoles, casi amanecido. 
Fueron su compadre Vela Núñez, y la madrina doña María del Águila, 
fija de Francisco de Pajares (2). 



1 Para la publicación de documentos, en cuanto nos sea posible, seguiremos el orden 
cronológico en relación con los hechos sucesivos de la biografía de la Santa, A no ser en casos 
excepcionales, adoptamos la ortografía moderna por las razones que dejamos cosignadas en las 
páginas CXIll y CXIV de los Preliminares. 

2 La hoja donde el padre de Santa Teresa apuntaba el nacimiento de sus hijos estuvo en 
poder de la M. María de San José, como ella misma dice en el Libro de Recreaciones, ha- 
blando de los hermanos de la Santa: «Esto que yo aquí he puesto está sacado de escrituras 
antiguas, que dicen de sus abuelos ser parroquianos en S. Juan, adonde echan suerte los hijos- 
dalgos, y así las echaron sus hijos y abuelos, y no he hallado más hermanos, ni están escritos 
en el libro donde su padre escribía los nacimientos de sus hijos, porque la hoja de esto tengo 
ÜO en mi poder de la letra, como he dicho, del padre de nuestra madre». 

Esta hoja vino a parar más tarde a nuestro convento de Pastrana, como dice el P. Antonio 
de S. Joaquín en el Mño Teresiano, día 28 de Marzo, La Santa solía llevar en su breviario la 
fecha de su nacimiento, que por cierto le pone un día más tarde: «Miércoles, dice, día de San 
Bertoldi, de la Orden del Carmen, a 29 días de Marzo de 1515, a las cinco de la mañana, nació 
Teresa de Jesús, la pecadora'. El breviario donde estaba escrita esta nota, venerábase en las 
Carmelitas Descalzas de Lisboa desde los tiempos del P. Gracián, quien tal vez lo regalaría a 
aquellas religiosas. Este Padre puso en él la siguiente nota. «Este breviario era de la Madre 
Teresa de Jesús, que rezaba en él cuando Nuestro Señor la llevó al cielo desde Alba, y purque 
es así verdad, lo firmé de mi nombre.— Frsi/ Jerónimo Gracián de la Madre de Dios». La fe- 



92 APÉNDICES 



II 



ESCRITURA DE DOTE HECHA POR LA SANTA AL TOMAR EL HABITO EN LA 
ENCARNACIÓN (1). 



Entrada, pues, en el convento la santa doncella (2), no luego le die- 
ron el hábito, sino que primero avisaron a su padre; el cual, vista la de- 
terminación tan firme de su hija, aunque por amarla mucho quisiera te- 
nerla siempre consigo, no quiso impedirla su santo propósito, sino 
ayudarla en todo lo que fuese menester. Trataron luego de la dote, y 
lo demás que era necesario para el sustento y ajuar de la novicia», y se 
hicieron los conciertos y obligaciones de una y otra parte ante escri- 
bano y testigos, como consta de las Escrituras auténticas que el año de 
mil seiscientos y once se hallaron en poder de Juan González, escribano 
público, y uno de los cinco del número de la villa de ñlba de Tormes 
y su jurisdicción. Las cuales Escrituras pondré aquí, como en el ori- 
ginal se contienen, en lo que hacen a nuestro propósito, por conservar 



cha de la Santa está equivocada; además, el 29 de Marzo de aquel año no fué miércoles sino 
jueves. Quizá se copiase mal el texto de la Santa; pero como se ignora donde para actualmente 
el breviario de Lisboa, no es posible compulsarlo con las versiones publicadas. 

Fué bautizada Santa Teresa el día 4 de Abril, Miércoles de Semana Santa, y día en que 
se dijo la primera misa en el monasterio de la Encarnación, como observa María Pinel en un 
escrito que publicaremos más adelante. Aun se conserva en la parroquia de San Juan, a la que 
pertenecían los padres de Santa Teresa, la pila en que fué bautizada, cerrada hoy por un en" 
verjado, que costeó, según el Año Teresiano, t. IV, p. 59, D.a Teresa Farfán, con una pintura 
que representa a la Santa y una inscripción que dice así: 

VIGÉSIMA OCTAVA MARTII 

TERESIA OBORTA 

APRILIS ANTE NONAS EST 

SACRO FONTE RENATA 

M. D. X. V. 

Francisco Vela Nuñez fué quien, con D. Blasco Vela Núñez, su hermano y primer virrey 

del Perú, dio la famosa batalla de Iñaquito cerca de la capital del Ecuador, en Enero del 

1546, contra Gonzalo Pizarro. Al lado de los Velas luchaban cinco hermanos de Santa Teresa, 

según dejamos escrito en nota al capítulo IV de la Vida, p. 19. Doña María del Águila, era 

hija de Francisco de Pajares, deudo y grande amigo de D. Alonso y a quien la Madre de Santa 

Teresa nombró testamentario suyo. 

1 No están de acuerdo los biógrafos de la Santa en señalar el día que tomó el hábito. 
El P. Ribera, lib. I, c. IV, Yepes, 1. I, c. IV, y María Pinel en la Historia manuscrita de la 
Encamación, dicen que fué en 2 de Noviembre de 1535. Los Bolandos, ñcta S. Teresiae, 
n. 82, D. Vicente de la Fuente, en Casas y Recuerdos de Sta. Teresa en España, c. III, p. 76, 
lo retrasan al año de 1533. En cambio, los historiadores del Carmen asignan el de 1536; así 
el P. Francisco de Santa María, Reforma de los Descalzos, lib. I, c. VIII, y el P. Jerónimo de 
San José, como puede verse en los documentos que de él copiamos y que dirimen la cuestión 
definitivamente. Santa Teresa tomó el hábito el 2 de Noviembre de 1536, a los veintiún años, 
siete meses y seis días de edad. A la escritura de dote que transcribimos y a la renuncia de su 
legítima en su hermana D.a Juana, añadiremos luego una prueba más, que nos da el Padre 
Andrés de la Encarnación. 

2 Copiado de la Historia del Carmen Descalzo, lib. II, cap. VIII. 



APÉNDICES 93 

algo de la venerable antigüedad y estilo de aquel tiempo, dejando 
algunas cláusulas que solamente son formulares y cauciónales. La pri- 
mera escritura dice así: «la Dei nomine Amen. Sepan cuantos este pú- 
blico instrumento vieren, cómo estando en el monasterio de Nuestra 
Señora, Santa María de la Encarnación, extramuros de la noble ciudad 
de ñvila, de la Orden del Carmen, a treinta y un días del mes de 
Otubrc, año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo, de mil e 
quinientos e treinta e seis años; estando las muy reverendas señoras, 
priora, monjas e convento del diclio monasterio juntas a su Capítulo, a 
el locutorio del dicho monasterio, tras las redes, a campana tañida, 
según que lo lian de uso e de costumbre, para las cosas tocantes al dicho 
monasterio, conviene a saber: la muy reverenda y magnífica señora doña 
Francisca del Águila, priora del dicho monasterio, doña María Cimbrón, 
supriora, e doña María de Luna, e Isabel Valle, e Inés de Ceballos, 
Ana Múñez, e Catalina de la Concepción, e Inés de Oliva, e Mari-Bonal, 
y Elvira de Saona, y Ana de la Purificación, e Beatriz Bautista, e 
doña Aldonza Loarte, e Francisca Briceño, e Ana de Vergas, e Fran- 
cisca de Vergas, e María de Vega, e doña Ana Girón, e Juana Suárez, 
e doña Beatriz Chacón, e doña Isabel de Avila, e doña Beatriz Juárez, 
e doña Juana del Águila, e Catalina de Valdivieso, e Francisca Bullón, e 
María Juárez, e María Bautista; monjas profesas del dicho monasterio 
e otras monjas: estando presente en el dicho monasterio con las dichas 
señoras religiosas, tras las redes del la señora doña Teresa de Ahumada, 
hija de los señores Alonso Sánchez de Cepedaí e doña Beatriz de Ahu- 
mada, su mujer, ya difunta, que sea en gloria; estando asímesmo pre- 
sente en el dicho locutorio, fuera de las redes, por la parte de afuera, 
el dicho señor Alonso Sánchez de Cepeda, en presencia de mí el no- 
tario público, e testigos infraescritos. Luego la dicha señora priora, 
monjas e convento, dijeron, que por cuanto ellas tenían concertado con 
el dicho señor Alonso Sánchez de Cepeda de recebir en el dicho mo- 
nasterio por monja e religiosa de velo, y del coro del dicho monasterio 
a la dicha doña Teresa de Ahumada su hija, que presente estaba, con 
el dote y según que adelante hará mención. Por ende, todas unánimes 
y conformes, e nemine discrepante, por sí, e por el dicho monasterio, e 
por las otras religiosas del, e por sus sucesores, dijeron que recebían 
c recebieron desde agora por monja de vela y del coro del dicho mo- 
nasterio, a la dicha doña Teresa de Ahumada, para la tener y alimentar 
en el dicho monasterio todos los días de su vida e dar los alimentos e 
sustentación que oviere menester, como a las otras religiosas del coro 
del dicho monasterio, por razón que el dicho Alonso Sánchez da con ella 
al dicho monasterio e convento de la Encarnación de la dicha ciudad de 
Avila, en dote, y para su alimento y sustentación, veinte u cinco fanegas 
de pan de renta, por mitad trigo e cebada, en heredad que lo rente en 
el lugar e término de Goterrendura, jurisdición de la dicha ciudad. La 
cual heredad les ha de dar que rente el dicho pan, sin aboyo alguno, 
para el día que la dicha doña Teresa hiciere profesión, e recibiere el 
velo, que será después que haya pasado, e cumplido año e día que 
haya estado con el liábito en el dicho monasterio. Y en defeto de no 
les dar el dicho pan de renta para el dicho termino, que les de en 
lugar dello, e por ello, dozientos ducados de oro, en que montan 



94 APÉNDICES 

setenta y cinco mil maravedís; cual mas quisiere dar el dicho Rlonso 
Sánchez, o el dicho pan de renta, o los dichos docientos ducados de 
oro, cumplido el dicho año y dia de noviciado. E que para el día de 
Nuestra Señora de Agosto del año venidero de mil quinientos e treinta 
y siete años, les dé el dicho Alonso Sánchez las dichas veinte y cinco 
fanegas de pan, por mitad trigo e cebada, puestas en el dicho lugar 
de Goterrendura, para los alimentos de la dicha doña Teresa del año 
del noviciado; e más les ha de dar una cama para la dicha doña Tere- 
sa, que tenga una colcha, e unos paramentos de raz e una sobrecama, 
e una manta blanca^, e una frazada, e seis sábanas de lienzo, e seis al- 
mohadas, e Idos colchones, e una alombra, e dos cogines, e una cama 
de cordeles. E vestir a la dicha doña Teresa de los vestidos e hábitos 
necesarios para su entrada y profesión: en que le ha de dar para 
todos hábitos, uno de helarte y otro de veintidoseno; e tres sayas, una 
de grana, e otra blanca e otra de Palencia; e dos mantos, uno de 
grana e otro de estameña; e un zamarro, e sus tocados, e camisas c 
calzado y los libros, como se da a las otras religiosas. 

E mas ha de dar de presente, a la entrada, una colación para todo 
el convento e velas de cera. E más para el día que recibiere el velo, 
ha de dar al dicho convento una colación e una comida, e a cada 
religiosa un tocado o su valor, según es costumbre del dicho monasterio. 
Esto por razón de las legítimas herencias que a la dicha doña Teresa 
c al dicho monasterio e convento en su nombre, por razón de su ingreso 
le pertenecen c pueden pertenecer de los bienes y herencias y sucesiones, 
así de la dicha doña Beatriz de Ahumada, su madre, difunta, como del 
dicho Alonso Sánchez, su padre, como de Hernando de Ahumada, y Rodri- 
go y Lorenzo, e Antonio, e Pedro, y Jerónimo, e Agustín, e doña juana de 
Ahumada, sus hermanos, hijos de los dichos Alonso Sánchez e doña Bea- 
triz de Ahumada, u de cualesquier dellos, después de sus días, ex testa- 
mento, o ab intestato, o en otra cualquiera manera, con tal que si los 
dichos sus hermanos hicieren alguna manda particular por donación o 
otra última voluntad al dicho monasterio e convento, o a la dicha 
doña Teresa, que lo puedan gozar c haber, conforme a derecho e 
leyes destos Reinos, demás desta dicha dote; no obstante la renuncia- 
ción que de los dichos bienes e legítimas adelante harán en el dicho 
Alonso Sánchez. La cual dicha dote de las dichas veinte y cinco fanegas 
de pan de renta, u de los dichos docientos ducados, por el haber, cama, 
e vestidos, e gastos de entrada e profesión, e velo, confesaron ser 
suficiente e competente para la sustentación e alimentos de la dicha 
doña Teresa, e por tal la habían e tenían, según la cantidad y calidad 
desta hacienda de los dichos Alonso Sánchez y doña Beatriz de Ahumada, 
su mujer, y el mucho número de hijos que tienen. E habida considera- 
ción a ser la dicha doña Teresa hija de nobles padres y deudos, y 
persona de loables costumbres, etc.» Lo restante de la dicha escritura, 
son cláusulas prolijas, de aceptaciones, renunciaciones y cauciones de 
una y otra parte. Testificóla Vicente de San Andrés, Notario público 
de la ciudad de Avila, y fueron testigos Jerónimo Xuárez y Diego Mcxía, 
y Francisco de la Cena, vecinos de la mesma ciudad». 



APÉNDICES 95 



III 



RENUNCIA LA SANTA SU LEGITIMA EN FAVOR DE SU HERAIANA D.a JUANA. 



Continúa el P. Jerónimo: «ñquel mismo día se iiizo otra escritura 
en que otorgó la Santa una cesión y renunciación de la legítima de su 
hermano Rodrigo de Cepeda, que se la dejaba por su testamento. De 
la cual escritura también trasladaremos otro pedazo, que dice y em- 
pieza así: «Sepan cuantos esta carta de cesión y renunciación vieren, 
como yo doña Teresa de Ahumada, hija de Alonso Sánchez de Cepeda 
y de doña Beatriz de Ahumada, su mujer, ya difunta, que Dios haya en 
gloria, mis señores padres, vecina de la noble ciudad de Avila, con licen- 
cia e autoridad, y expreso consentimiento, que para lo que de yuso se 
hará mención, pido e suplico a vos el dicho Alonso Sánchez de Cepeda, 
mi señor e padre, que presente estáis, e yo el dicho Alonso Sánchez de 
Cepeda, que presente estoy, así lo otorgo, e conozco que doy e otorgo 
la dicha licencia a vos la dicha doña Teresa de Ahumada mi !iija, para 
lo de yuso contenido, e para cada cosa dello, e consiento en ello; 
la cual licencia me obligo de no revocar, ni contradecir, ahora ni en 
tiempo alguno, so obligación que hago de mi persona e bienes. Por 
ende, yo la diclia doña Teresa, aceptando, como acepto, la dicha licen- 
cia, e usando della digo: que por cuanto yo estoy determinada, si plu- 
guiere a la voluntad de Dios nuestro Señor, de entrar en Religión, 
e recebir el hábito de Nuestra Señora en el Monasterio c casa de 
la Encarnación, extramuros desta dicha ciudad, y dejar este mundo, 
y las cosas del como vanas y transitorias, como siempre por mí ha sido 
deseado, para la cual entrada ha muchos días que pedí licencia al 
dicho Alonso Sánchez, mi señor; la cual él me ha dado con su ben- 
dición, y me dota suficientemente, según lo tiene concertado con la 
señora priora e convento del dicho monasterio. E por cuanto Rodrigo 
de Cepeda, mi hermano, que está alísente, en un testamento que hizo 
c otorgó ante Alonso de Segovia, escrtbano público y del número desta 
dicha ciudad, me mandó la legítima que a él le pertenecía de la dicha 
doña Beatriz de Ahumada, nuestra madre ya difunta: por ende, otorgo, 
e conozco por esta presente carta, que cedo, e renuncio, e traspaso para 
siempre jamás en doña Juana de Ahumada, mi hermana, que está 
ausente, bien así como si estuviese presente, para ella y para sus 
herederos y sucesores, la legítima que de la dicha nuestra madre per- 
tenece al dicho Rodrigo de Cepeda, nuestro hermano, según e de la 
manera quel dicho Rodrigo de Cepeda me lo mand'ó, e manda por su 
testamento, &». Las demás cláusulas son como las de la escritura pa- 
sada, formulares y cauciónales. Su fecha es, como se ha dicho, el mismo 
día y año; el escribano que la testificó Francisco de Triviño, de el 
número de los de la dicha ciudad de Avila. Los testigos el bachiller 



% APÉNDICES 

Cosme Martínez, cura de Santiago, Vicente de San ñndrés y Diego 
Mcxía, vecino de la misma ciudad. 

»Hechas estas escrituras y conciertos se trató de dar el hábito a 
la novicia; el cual recibió con grande fiesta y solemnidad a los dos 
días del mes de Noviembre del año de 1536, siendo la santa de edad 
de veinte y un años y siete meses, y Pontífice Paulo III, emperador 
y rey de España Carlos V, General de la Orden de Nuestra Señora del 
Carmen Nicolao Audet, y Provincial de Castilla el Padre Fr. Anto- 
nio de Lara (1). 

»La causa deste yerro fué, que como hallaron que tomó el hábito 
aquel día de las Animas, y la Santa en su libro cuenta seguidamente 
eslo, con el salir de casa de su padre y tomarle, creyeron que había 
sido todo en un mismo día. El en que salió no es cierto; pero, sivalen 
conjeturas, parece sería el de la fiesta de San Simón y Judas, que es 
a veinte ¡j ocho de Octubre y la más próxima al día en que se hicieron 
las escribirás, que fué, como dicho es, a treinta y uno; porque algo 
habemos de dar de intervalo, para la novedad del caso, para el des- 
consuelo de su padre, para el concierto de la dote, y lo demás que 
se presume antecedería al acto de tomar el hábito, que se hizo con 
solemnidad. Pero en esto va poco; y lo que importa, que es el día y 
aíío en que le tomó, es cierto, como queda asentado». 



1 Adei:iás de la Escritura de dote u renuncia de la legítima, aprobadas por el Provincial de 
los Calzados con fecha 11 de Octubre de 1537, el P. Andrés menciona otra tercera que con ellos 
estaba hecha por D. Alonso Sánchez de Cepeda, a 23 de Octubre del mismo año, en la que se 
lee: «Que po; cuanto su hija era de próximo para hacer profesión ij quedó en su licencia darla, 
o 200 ducados o 25 fanegas de pan de renta, determinaba darla esto segundo». Existía en tiempo 
del P. Andrés copia notarial de todas estas escrituras en nuestro convento de Segovia, pero se 
perdió en los saqueos de la Francesada, o quizá cuando la exclaustración del año 35. Lástima 
que el inteligente investigador de las cosas de la Santa no sacase un traslado. Mientras vivió 
D. Alonso pagó las fanegas de dote convenidas, g después de su muerte el cufiado de la 
Santa, D. Martín de Guzmán Barrientos, como veremos en el Epistolario. (Cfr. Memorias His- 
toriales, 1. R, n. 288). 



APÉNDICES 97 



IV 



FECHA DE Lft MUERTE DE LOS PADRES DE SANTA TERESA Y LUGAR DE SU 
ENTERRAMIENTO (1). 



En el capítulo primero del Libro de la Vida habla la Santa de 
su buena madre, y dice que cuando murió tenía ella «doce años, 
poco menos». Ni Ribera (libro I, c. 4), ni Ycpes, (libro I, c. 2), pu- 
sieron ningún reparo a estas palabras de la inmortal Fundadora. De 
ser cierto que Santa Teresa tenía doce años solamente cuando murió 
su madre, la muerte hubo de ocurrir, lo más tardei, a fínes de Marzo 
de 1527. La fecha es evidentemente equivocada, porque el testamento 
de D.a Beatriz, del que sacó en 1762 una copia el P. Manuel de Santa 
María de otra que se conservaba en el hospital de la Misericordia, 
de Avila, lleva fecha de 2^4 de Noviembre de 1528. 

¿Murió poco después D.a Beatriz de Ahumada? Pudiera ser que 
la madre de la Santa se hubiese resuelto a otorgar testamento en 
vista de una muerte próxima; este peligro, sin embargo, no se con- 
signa en él. Nada se puede sacar de los archivos parroquiales de Gota- 
rrendura ni de San Juan de Avila, porque no se guardan en ellos do- 
cumentos de aquella fecha; todos son bastante posteriores. 

Por otra parte, las declaraciones de los testigos que en 15 de 
Octubre de 1544 se tomaron en los autos del pleito acerca de la cu- 
raduría de los bienes de D. Alonso de Cepeda, no están concordes 
al señalar la fecha de la muerte de D.a Beatriz. Mientras los testigos 
Juan Ximénez y Alonso Bengrilla (Venegrilla), aseguran que haría 
como trece o catorce años que había muerto, Sebastián Gutiérrez afir- 
ma textualmente: «A la cuarta pregunta dixo: que lo que sabe es que 
este testigo estuvo presente al tiempo que fálleselo la dicha Beatriz 
de Ahumada, que avra diez e seis o diez e siete años; e este testigo 
la traxo a enterrar a esta ciudad de Avila, e la enterraron en San 
Juan». Si la fecha de Sebastián Gutiérrez es la verdadera, bien pudo 
morir D.a Beatriz poco después de haber hecho el testamento. Por el 
contrario, si nos atenem- a las declaraciones de Venegrilla, D.^ Bea- 
triz no murió hasta 1530 o 1531. De todas suertes, su muerte es pos- 
terior a la señalada por la Santa y sus primeros biógrafos. 

De los mismos autos de este pleito se deduce por afirmación uná- 
nime de los testigos, que D. Alonso Sánchez de Cepeda, padre de la 
Santa, murió a fines de 1543. A pedimento del hermano del difunto, 



1 Si bien no tenemos proDÓsito en los Apéndices al tomo primero de traer documentos 
pertenecientes a los padres y parientes de Santa Teresa, sino ceñirnos a los que tienen relación 
más directa con ella, hacemos esta excepción para aclarar dos extremos de los que se habla en 
el Libio de la Vida con alguna vaguedad e imprecisión cronológica. 

II 7 



98 APÉNDICES 

D. Lorenzo de Cepeda, se procedió a la apertura del testamento el dia 
26 de Diciembre de 1543. «E yo, el dicho escribano, doy fe que el dicho 
testamento de el dicho Alonso Sánchez, ante el señor licenciado Barrio- 
nuevo, Teniente que a la sazón era de Corregidor de la dicha ciudad 
en veynte e seys días de Diciembre, segundo día (de Pascua), de el 
año de mili c quinientos e quarenta c quatro (cuarenta y tres es la 
verdadera fecha), ante el dicho señor Teniente e en presencia de mí 
el dicho escribano e testigos de yuso escritos, de pedimiento del señor 
maestro Lorenzo de Cepeda, testamentario del dicho Alonso Sánchez- 
Testigos que a ello fueron presentes: Diego de Tapia, e Antonio del 
Peso, e Pedro Rengilfo, vecinos de Avila &». Llamábase el escribano, 
Hernando Manzanas. Don Alonso murió el día 2^ de Diciembre, dos 
antes de abrirse el testamento (1). 



Sobre el lugar del enterramiento de los padres de la Santa, 
se ha escrito no poco. De D.a Beatriz no cabe dudar que lo fué en 
San Juan, según hemos visto por las palabras de Sebastián Gutiérrez, 
antiguo sacristán de Gotarrendura, quien acompañó al cadáver hasta 
dejarlo sepultado en la dicha parroquia de Avila. ¿Lo fué también allí 
su esposo D. Alonso? No parece inverosímil. Las excavaciones hechas 
en el convento de San Francisco de la misma ciudad en 1641, donde 
según algunos escritores estaba enterrado D. Alonso, no dieron ningún 
resultado. Sobre esto escribe el P. Juan del Espíritu Santo bajo el 
título: «Razones que se ofrecen para entender que los huesos que se 
sacaron del convento de San Francisco de esta ciudad de Avila en el 
mes de Diciembre de 641 no son de los padres de nuestra Madre 
Santa Teresa (2): 

»N. Madre Sta. Teresa dice en el capítulo 38 de su Vida que 
vio a sus padres en el cielo, y sería de gran consuelo para toda la 
Religión encontrar con sus cuerpos, para tenerlos con la debida re- 
verencia. Pero esto mismo obliga a que se haga diligencia para sa- 
berse con certeza; porque en duda no será razón se veneren por cor- 
tesanos del cielo a los que quizá no están allá, ni se salvaron. El 



] Cfr. Ms. 8.713 de la Biblioteca Nacional. 

2- La exhumación fué hecha por el P. Fr. Antonio de la Madre de Dios, de la que dio 
cuenta por estos términos en unas observacione.s al Padre l-rancisco de Santa María, un año 
antes de la muerte de éste: «Dice V. R. que los padres de nuestra Santa Madre están enterrados 
en San Francisco de Avila. La verdad es que la fama comiiri es esa, y que guiado de ella, es.- 
tando yo en aquella ciudad el año de seiscientos cuarenta v uno, hice granees instancias para 
que se trajesen sus cuerpos a nuestro convento y se pusiesen en él con decencia, que la Santa 
dice que vio sus almas en el cielo. Y iiabiéndolo negociado con los prelados y con el Guardián 
de San Francisco con mucho secreto, el mismo día de Navidad del afto cuarenta y uno, a las 
diez de la noche (que aquel día en que en el convento de San Francisco, por estar más cansa- 
dos, se acostaron más presto, pareció más a propósito), estando prevenido el P. Guardián y 
sacristán solamente, fui r.] convento con dos oficiales y un hermano donado; y después de haber 
ayudado a levantar la losa de la sepultura, donde es fama que estaban, estuve más de una hora 
de rodillas, sacando los huesos uno por uno y echándolos en una sábana, y después en un 
cofre; cerrada la sepultura, los llevamos al convento». Cfr. P. .Wanuel de Stinta María en el 
Espicilegio Historial, (Ms. 8.713). Análogas noticias se hallan en el Archivo de los Carmelitas 
Descalzos de Avila y en el del Sr. Marqués de San Juan de Piedras Albas. 



APÉNDICES 99 

P. Fr. Antonio de la Madre de Dios, lector en este nuestro convento de 
Avila, en 25 de Diciembre de 641, hizo las diligencias para sacar unos 
huesos del convento de San Francisco de una sepultura que dijeron 
ser de los padres de nuestra gloriosa Madre; y con efecto, los trujo 
a este nuestro convento dicho de Avila. Pero después, reparando en 
algunos papeles auténticos que hay, y se han leído, se ofrecen muchas 
razones para dudar si son estos huesos de los padres de la Santa. La 
primera razón y muy fuerte es, que los padres de N. Madre Santa 
fueron Alonso Sánchez de CepeÜa y D.a Beatriz de Ahumada, como 
consta de la vida de la misma Santa, que escribieron el Sr. Obispo 
de Tarazona y el P. Ribera, y consta del testamento de D.b Beatriz 
de Ahumada, que entre los hijos nombra a N. Madre Santa Teresa, 
y en esto no hay duda; y el título y inscripción de la sepultura, de 
donde el dicho P. Fr. Antonio sacó los huesos en el dicho convento 
de San Francisco, dice así: Aquí yacen los muy ilustres señores Fran- 
cisco Alvarez de Cepeda y D.^ María de Ahumada, su mujer. De suerte 
que la sepultura y entierro era de Francisco de Cepeda, tío de N. Ma- 
dre Santa, y hermano de su padre, y de D.a María de Ahumada, 
prima de la Santa, hija de Juan Alvarez Cimbrón y de D.a Fulana 
de Ahumada (1), como consta del testamento original de la dicha 
D.a María de Ahumada, que le vio y leyó el dicho P. Fr. Antonio de 
la Madre de Dios, y se llama D.a María de Ahumada por su madre, 
y así no era de los padres de la Santa. 

»Diránme que se enterraron los padres de la Santa en el entierro 
de su tío Francisco de Cepeda; pero esto no es verdad (y sea la se- 
gunda razón no menos fuerte que la primera). D.s Beatriz de Ahumada, 
madre de nuestra Santa, en el testamento que hizo en Goterrendura, 
a 24 de Noviembre de 1528 (este testamento auténtico ha visto el 
dicho P. Fr. Antonio), se manda enterrar en San Juan, en la parte 
que a Alonso Sánchez de Cepeda su marido le pareciere. Luego no 
está enterrada en San Francisco, donde sacaron los huesos. 

vLa tercera razón, porque entre los muchos huesos que se sacaron 
de la sepultura de Francisco Alvarez de Cepeda, no se halló más 
que una calavera de mujer, entre muchas de hombres, como consta 
de las comisuras, por ser diferentes que las de los hombres (2), y esta 
calavera no es de D.a Beatriz de Ahumada, madre de N. Madre Santa 
Teresa: lo uno, porque esta señora se mandó enterrar en San Juan; 
lo segundo, porque esta calavera es de D.s María de Ahumada, prima 
de la Santa, como consta del testamento original de esta señora, en 
que se manda enterrar en dicha sepultura de San Francisco, y del 



1 Llamébase Catalina de Tapia, hija de Diego de Tapiñ y María Alvarez de Aliumaria, 
hermana de Juan de Ahumada, abuelo materno de Santa Teresa. 

2 El P. Manuel de Santa María, que copia este documento, pone aquí esta nota: «Si 
lo dice por la comisura sagital, igualmente se halla u se echa de menos en ellas que en 
nosotros, de quf tengo hechas experiencias varias, cuando no dijeran lo mismo los de la 
facultad, u no se demostrara con lo que sucede en esta misma sepultura, donde, como cons- 
ta del testamento de doña María, cuya cláusula también yo he visto, y del de su hijo don 
Vicente, cura de Villanueva del Aceral, que también se enterró en ella, estaban con los 
cuerpos de su abuelo, padre y marido, también los de su madre Catalina de Tapia, y con 
todo, no bailaron por donde distinguir de las otras esta cabeza^. 



100 APÉNDICES 

árbol de la casa; lo tercero, porque la inscripción de la sepultura dic€ 
que yace allí D.^ María de Ahumada. Conque cesa toda duda que 
no puede ser D.a Beatriz de Ahumada. Y el haberse dicho y corrido 
que estaban los padres de la Santa en la sepultura de San Francisco, 
puede ser porque como los sobrenombres de marido y mujer de Cepeda 
y Ahumada eran los mismos que los apellidos que tenían los oadres de 
la Santa, por ser todos tan parientes, no reparando en los nombres 
propios, fácilmente se podían equivocar, pues siendo tan antiguo el 
entierro, eran pocos y raros los que sabían los nombres propios de los 
padres de N. iW. Sta. Teresa. 

^También dicen en San Francisco, y está recibido, que la sepul- 
tura de Francisco Alvarez de Cepeda es de los Cepedas; y no es ver- 
dad, porque aquella era de los Cimbrones, y D.a María de Ahumada, 
mujer que fué de Francisco Alvarez de Cepeda, dice que la heredó 
de su padre Juan Alvarez Cimbrón. Consta del testamento original 
de la dicha D.§ María de Ahumada. Y así, en esta parte, al dicho 
y voz del vulgo debe dar poco crédito habiendo razones tan eficaces 
en contrario. Y dado que estas razones no prueban del todo no ser 
estos los huesos de los padres de la Santa, por lo menos hacen el 
caso muy dudosio, y mucho más inclinado a que no son dichos huesos. 
Por lo cual será cordura buscar el testamento del padre de la Santa, 
a ver si da más luz de lo dicho; que podría ser por allí se ave- 
riguase la verdad. Entre tanto, me parece sería acertado no innovar, 
ni divulgar que dichos huesos son de los padres de N. Santa Madre 
Teresa» (1). 



1 En el Libro de Difuntos de la iglesia parroquial de San Pedro extramuros de la ciudad 
de Avila, que dio principio en 6 de Enero de 1705, se hacf notar en su primera hoja, que el 
cadáver del Excmo. Sr. D. Francisco Ponce de León Spínola, Duque de Arcos, «se depositó 
en el convento de religiosas de Carmelitas Descalzas de N. M. Sonta Teresa, en la capilla suya 
propia, que tienen en dicho convento, de donde son patronos de él u donde están enterrados los 
padres de N. M. Santa Teresa de )esús». Publicó este documento en el cuaderno de Marzo de 
1915 del Boletín de la Ucademia de la Historia, D. Leonardo Herrero, teniente mayor de la 
parroquia de San Juan de Avila. El enterramiento del Duque en S. José es cierto, como consta 
en documentos del Archivo de las Carmelitas Descalzas, pero la afirmación de reposar allí 
los padres de Sta. Teresa, está fundada en una tradición que hasta el presente, por desgracia, 
no tiene ningún valor histórico. 

Del testamento de D. Alonso Sánchez de Cepeda, tenemos solamente la cláusula que 
transcribió el P. Manuel eñ su Espicilegio, con otras piezas pertenecientes al pleito que 
Juan de Ovalle siguió contra D.a Maria ds Ahumada, y que terminó gracias a la intervención 
de Santa Teresa. De la citada cláusula nada se saca respecto del lugar donde deseaba ser 
enlerrado. El mismo P. Manuel, después de copiarla, pone esta nota marginal: «¡Que lástima 
que el secretario no hubiese escrito un par de renglones más! Esto digo, porque habiendo 
buscado en Avila les papeles de Hernando Manzanas, ante quien se otorgó dicho testamento, 
sólo consta haber habido alli un escribano de este nombre, pero no instrumento alguno suyo, 
hallándose parte de los de su sucesor inmediato, que fué Juan de Santo Domingo. Puede ser 
que el tiempo los descubra y así sabremos dónde está enterrado. Lo que yo tengo por más 
verídico, es haberse f-nterrado con su mujer en San Juan, como el que los papeles de dicho 
secretarlo perecieron en un incendio que dicen hubo en Avila en las casas n oficios de Agun- 
tamiento». Tomándolos del Ms. 8.713, publicó la cláusula del testamento de D. Alonso y demás 
instrumentos justificativos del pleito citado, Seirano y Sanz en sus Hpuntes para una biblioteca 
de escritoras españolas, tomo II, págs. 479-500. Esperamos que los trabajos del P. Manuel se 
completen en breve, principalmente con los documentos que se guardan en el archivo de las 
Carmelitas Descalzas de Alba de Termes. 



APF.MDICES 101 



S.1NTA TERESA EN EL MONASTERIO DE LA ENCARNACIÓN DE AVILA (1). 



No es mi intención pedir al que leyere este breve compendio, le 
mire con pía afección, porque mi ignorancia no es digna de ningún 
aprecio, que desde luego concederé a todos la razón en contrario. 
Sólo digo que este trabajo no es hijo del entendimiento, porque es 
muy corto el mío, como en cada cláusula se reconocerá; sino parto 
de la voluntad y entrañable amor y veneración con que miro este 
sagrado convento, de quien tan sin méritos míos ss sirvió Muestro Se- 
ñor de hacerme hija, por bien varios rodeos y estorbos; que unos dis- 
puso Su Majestad y otros facilitó para que yo consiguiese el ser hija 
de mi Señora del Carmen. No caen sobre crecidos méritos, por muchos 
que sean, el Iser bastantes para pisar este santo solar tan santificado con 
las mercedes que Nuestro Señor y su Santísima Madre se sirvieron 
de hacer a mi Madre Santa Teresa en él; cuánto más los cortos míos, 
y que menos que ninguna he sabido corresponder al agradecimiento de 
tan gran beneficio, ni imitar a la menor de las religiosas que han exis- 
tido y hoy visten este santo hábito. 

Y aunque uno y otro reconozco la fuerza del amor a la Santa y 
al convento, me motivan a que publique al mundo que aquí fué donde 
recibió las mayores mercedes que Nuestro Señor se sirvió de hacer- 
la en su santa vida. De sesenta y siete años que la duró, vivió los 
veinte en casa de su padre y en el religiosísimo convento de Santa 
María de Gracia, en cuya entrada en él dijo con espíritu profético 
Santo Tomás de Villanueva, que a la sazón estaba en Avila: «Hoy 



1 Del excelente Manuscrito de D.a Meria Pinel de Monroy, que contiene la historia del 
monasterio de la Encarnación de Avila, entresacamos los siguientes párrafos, que dan a co- 
nocer muchos pormenores de la vida de Santa Teresa durante cerca de treinta anos que vi- 
vió en él. Düña A\aiia Pinel, hiiii de una ilustre familia de Avila, entró en la Encarnación, 
donde ya vivía una hermana suya llamada Manuela, el año de 1640, n murió en 1707. Am- 
bas hermanas llegaron a ser prioras del monasteiio. Recogió D.a María durante su vida mu- 
chas noticias referentes a la historia de su comunidad, en particular de Santa Teresa, sobre la 
cual, la tradición, pura todavi-i y sin mcz.clas de leyenda, conservaba muy rica información, 
y hacia el ocaso de su vida, con sencillo y animado estilo y candoroso entusiasmo y devo- 
ción, la trasladó a este Códice que guarda aún el convento. 

Con esta religiosa, no debe confundirse otra del mismo monasterio, llamada María Espinel, 
autora de la Carta a un Prelado de su Orden, que publicamos a continuación, página 113. Esta 
mon)a entró en la Encarnación en 1590, a los once años de edad, y murió en ÍMl. No llegó 
a ver a la Santa, pero trató a muchas religiosas que la habían conocido, y de sus labios reco- 
gió las noticias que da en la citada epístola. Aunque muchos escritores, y aun las monjas de 
la Encarnación, la apellidan Pinel, y así lo hacemos nosotros, no hay duda que su verdadero 
nombre patronímico es el ya indicado. 



102 APÉNDICES , 

ha entrado en este santo convento una gran lumbrera de la Iglesia 
de Dios», En él la empezó Nuestro Sefior a dar las primeras alda- 
badas en su corazón, que después, con soberano impulso, acabó de con- 
quistar. Treinta años vivió en la Encarnación, con los tres en que 
vino a ser priora; los diecisiete vivió en la Descalcez; en ellos poco 
la logró cada convento; sólo en su primogénito San José estuvo cinco 
años, no cabales; aunque siempre que se ofrecía pasar por Avila se 
detenía allí lo que podía, dando de ellos un par de días a este con- 
vento, diciendo al entrar: «Vuélveme a mi madre». 

Y una vez que tuvo más tiempo, estuvo once días, y queriendo los 
prelados que fuese a /Aalagón a examinar el espíritu de la venerable 
virgen Ana de San Agustín, que juzgo que fué el año 81, en que se 
detuvo algunos meses en San José, dice en una carta: «No sé qué 
le liace esta pobre vieja, que no me dejan descansar, y quieren que 
vaya a Malagón; como gran cosa sienten en la Encarnación el que 
me vaya de aquí, que todavía tienen esperanza de verme allá». Como 
gran cosa, dice, que lo sienten en la Encarnación; ¿qué cosa mayor 
que tenerla tan cerca para su consuelo? 

Por lo diciio se conocerá, cómo la mayor parte de su vida estuvo 
en la Encarnación, y que en San José sólo estuvo cinco años y algunas 
muy breves temporadas. Un año en Sevilla, que fué en la fundación 
en que más se detuvo, por los grandes trabajos de ella; en Toledo 
otro, cuando estuvo presa; con que en las demás se detenía muy 
poco tiempo, que de unas a otras solía haber ya cuatro meses, ya tres, 
gastándose de estos días en sacar la licencia y buscar casa. 

Parece que este divino sol de Teresa obraba como este sol natu- 
ral, que dando los doce meses del año vuelta a todo el zodíaco, sólo 
un mes se detiene en cada uno, dejando que los astros menores per- 
feccionen sus influencias. Así que fundaba en uno, decíase la primera 
misa, repartía los oficios de priora, supriora, maestra, sacristana y 
portera, que para todos los ocho primeros sacaba cuatro de la Encar- 
nación, y dejando por su cuenta el plantar la observancia, detenién- 
dose en esto un mes o poco más, pasaba a otro, con la experiencia 
de cuan llenamente sabían perfeccionar los principios que dejaba ya 
entablados. Lo mismo hizo después del priorato en los conventos que 
fundó, satisfecha de ver desempeñarse a las hijas de la Encarnación, 
y seguir las huellas de su capitana, no como bisoñas en la Descalcez, 
sino como soldados muy expertos en aquella sagrada milicia... (1). 

NOTICIAS DEL SANTO CONVENTO DE LA ENCARNACIÓN DE AVILA, CASA PRIMERA 
DE MI SANTA MADRE TERESA DE JESÚS. 

Queriendo la divina Sabiduría adornar con ornato hermosísimo la 
Iglesia en estos postreros siglos y renovar la Orden de la Madre de 
Dios, restituyéndola aquel lustre primitivo, quiso que esta obra, así 
como la de la restauración del género humano, fuese por ima mujer, 
porque las obras de la gracia, tanto cuanto más valientes, piden y nece- 



1 Continúa en algunas hojas lo que parece introducción o prólogo de este A\anu,\crito. 



APÉNDICES 103 

Sitan más flacos instrumentos, para que campee más el valor del brazo 
que la obra. Quiso asimismo que, siendo en honra de la Virgen Santísima 
y siendo reparación del mundo para mejorarle en costumbres, fuese me- 
diante la Encarnación, pues sólo el nombre de este soberano misterio 
es bastante para obrar prodigios admirables y soberanos portentos. 
Dispuso, pues, que deseosas de recogerse a vida virtuosa unas personas 
de esta ciudad, se determinasen a hacer un Beaterío donde vivir reco- 
gidas, siendo la primera que se movía a esta santa resolución doña 
Elvira González de Medina, para lo cual trajeron un Breve en que se 
las daba licencia para ser beatas, o dominicas o carmelitas. 

Escogieron lo último y erigióse el Beaterío año de 1479, a 25 
de Junio, con votos simples y no más que una casa particular adonde 
tendrían su oratorio. Y habiendo consagrado en iglesia el señor Don 
ñlonso de Fonseca, obispo de esta ciudad, una sinagoga de judíos cer- 
cana al Beaterío, se la dio, y tomando un solar de judíos que los di- 
vidía, se hizo todo uno. Era el designio ser catorce beatas, las doce 
en nombre de los doce Apóstoles, y las dos en nombre de Jesucristo 
nuestro Bien y su Santísima Madre. 

Entre las que entraron en el Beaterío fué una D.3 Beatriz Higuera, 
hija del señor de Orígüelos, la cual, habiendo estado algunos años en el 
Beaterío, no se llevando bien con la madre y mayor del Beaterío, 
se fué a 'las Dueñas de Alba, y habiendo muerto la Madre que le era 
opuesta, se volvió y la eligieron por mayor, de 26 años de edad. Esta 
sierva de Nuestro Señor, llamándola Su Majestad a más perfeción 
de vida, las animó a que fuesen monjas, prometiéndose a dar forma 
a la vida religiosa. Y para solicitar medios para fundar el convento, 
puso pleito a su padre y le sacó su legítima, con que compró un 
osario de judíos que estaba extramuros de la ciudad, donde edificó 
un convento capaz; pero todo a teja vana, cercado de tapias de tie- 
rra, y con sumas incomodidades, pues faltando el sustento, no puede 
haber ninguna. Sólo tenían pan por haberlas anejado unos préstamos 
pequeños que tenía en este obispado el señor D. Gutiérrez de Toledo, 
hijo del señor primer duque de Alba, Don García Alvarez de Toledo, y 
agua de una fuente que compró la venerable D.a Beatriz Higuera. Esto 
parecía bastante al aliento y fervor de las que empezaron hazaña tan 
grande, sin saber los altos fines que en esto tenía Nuestro Señor, y 
como todos los ignoraban, culpábanla la locura y contradecían la eje- 
cución, pero todo lo venció la gracia... 

Dispúsose el convento, y ordenó Nuestro Señor que se dijese en 
él la primera misa el día que se bautizó mí gran Madre, Santa Te- 
resa de Jesús, a ^1 de Abril del año de 1515, en la parroquia de 
San Juan, que como fué el gran Presursor el que bautizó en el Jor- 
dán a Cristo Nuestro Bien, quiso que su amada esposa se bautizase en 
casa del Bautista, y porque fué el primer reformador del Orden del 
Carmen, que vino en espíritu y virtud de Elias, encaminando sus dis- 
cípulos a la ley de gracia, siendo San Andrés el primero que siguió 
a Cristo nuestro Bien amador de la cruz... 

Dióla, pues, esta piedra preciosa para corona de su edificio, que 
hiciese en los ojos de Diols y de las gentes glorioso el solar de donde 
descendía, y quiso que, como la reparación del mundo se obró por 



104 APÉNDICES 

María Santísima, Señora nuestra, mediante la Encarnación, así me- 
diante el convento de la Encarnación, dedicado a honra de este santo 
misterio, se iiiciese la reparación de la Orden de la Virgen. Y como 
nació su precioso Hijo en el portal de Belén en tan suma pobre- 
za, así naciese esta Reforma de un convento tan pobre, cercado de pa- 
redes de tierra y con un coro y iglesia a teja vana, como lioy lo 
está, y el coro lo estuvo ciento diez años, nevándoles a las religio- 
sas sobre los breviarios en el invierno, y entrando el sol en el verano; 
de forma que, cerradas las ventanas, se veía a leer, con gran daño 
uno y otro de las saludes. Pero la iglesia no ha habido con que po- 
der remediarla como otros muchos sitios de la casa. Y así, siempre 
que en sus cartas habla la Santa del convento, dice: «las pob recitas 
de la Encarnación». 

Creció tanto con la devoción del hábito de la Virgen en tanto el nú- 
mero del nuevo convento, que sin acobardarlas el que no les daban 
más que pan, llegaron en breve a ser 180 religiosas, viniendo a que- 
dar de dos maneras estrecho, por la falta de hacienda, y por no ser 
capaz la fábrica a tanta multitud. Pero la divina Sabiduría, que sabe 
por líneas torcidas escribir derecho, dispuso este al paracer desorden 
para que pudiesen criarse y salir de este convento treinta religiosas 
selectas y consumadas en la virtud a ser primeras piedras de nues- 
tra sagrada Reforma, y las que corriesen con la esposa tras los olores 
suavísimos del Soberano Esposo. 

Entre las religiosas que había en el convento, estaba ima íntima 
amiga de mi gran Madre, que se llamaba Juana Suárez, por cuyo ca- 
riño (ya que ,se resolvió a ser monja), vino la Santa a tomar en éste 
el santo hábito, siendo alta providencia de Dios lo que a la Santa 
le parecía desordenado afecto de una criatura. Tomóle a 2 de Noviem- 
bre del año 1535, día de la Conmemoración de las Hlmas (1); o porque, 
como la Santa dijo, le tomaba para tener en esta vida el purgatorio que 
merecía por sus pecados, y aquel día parece nos representa las penas 
de este santo lugar, o porque la Virgen Santísima y todos los Santos 
apadrinasen estos gloriosos principios. 

Esta, pues, tan gloriosa hazaña se quiso persuadir mi Madre Santa 
que la hizo sin amor de Dios, como ella lo dice en su Vida, c. IV, 
¿qué pudiéramos decir si la hubiéramos de dar crédito en esto? Que 
sin amor de Dios venció al mundo y se negó a sí misma; no era 
milagro que después, con tanto amor de Dios, triunfase de todo el 
infierno y emprendiese tan admirables portentos, siendo uno mesmo 
emprender y conseguir. 

Vivió Nuestra Madre en este santo convento 25 años y medio; 
porque, como hemos dicho, tomó el santo hábito año de 1535, no como 
quiere el P. Cronista el de 36, porque la escritura de la dote se 
hizo al tiempo de la profesión, y así mismo la renuncia; y así profesó 
el dicho año dfe 36 y estuvo hasta el de 1563 por la cuaresma, que 
fué cuando el P. Provincial la dio licencia para que se fuese al nuevo 
convento de S. José, que son los 25 años y medio. Las virtudes que 



1 Ya dejamos dicho, pág. ''3, que !a Santa tomó el hábito el 2 de Noviembre de 1556. 



APE.VDICES 105 

en este tiempo ejercitó, las mercedes que recibió en él, ¿quién po- 
drá enteramente saberlas? Sólo Dios, por cuyo amor las obró, podrá, 
saberlas y sólo plumas de ángeles, que fueron testigos, podrán escri- 
birlas. No obstante, muchas se saben por los libros que la Santa 
escribió, muchas por lo que de ella escribieron sus tres cronistas, el 
el P. Francisco de Ribera, de la Compañía de Jesús, y el Sr. Obis- 
po de Tarazona, D. Fr. Diego de Ycpes sus confesores, y el P. Fran- 
cisco de Santa María, historiador general de la Orden, y no pocas 
por las religiosas ique la conocieron y trataron, que la última, que fué 
la venerable D.a María Suárez, murió año 1638, que a esta religiosa 
y a otras muchas que hay hoy en el convento, religiosas, que la al- 
canzaron mucho tiempo. Lo primero es de saber, que todo el libro 
de su Vida le escribió antes de salir a la fundación del convento de 
S. José, porque lel libro se acabó año de 1561, en Julio, y la Santa 
salió el Agosto ique se siguió en el mismo año, y sólo lo que añadió 
después fué la fundación de S. José, y en esto concuerdan todos los 
autores dichos; materia que no admite duda, porque por las que la 
Santa tenía de si iba bien o no y si eran ciertas las mercedes, lo es- 
cribió para enviar al P. M. Avila, aquel apóstol de la .Plndalucia, y 
después ya estaba asegurada en sus dudas. Y como seguía camino se- 
guro escribió el de Perfección por orden de sus confesores, y des- 
pués de éste las Moradas. 

Asentando, pues, que todas aquellas cosas pasaron en casa, digo que 
en la portería vio a Cristo a la Columna en visión imaginaria, como lo 
dice la Santa; y en el mismo le hizo pintar años después, así para 
recuerdo de aquella misericordia, como para muestra de cómo se debe 
obrar en las porterías de sus esposas. En el primero y segundo lo- 
cutorio vio el sapo, que éstos están sin división por la parte de aden- 
tro, santificados, además de la asistencia de la Santa, con la de San 
Francisco de Borja y San Pedro de Alcántara, adonde, dándole de 
comer un día, ivió que Nuestro Señor entraba al Santo los bocados 
en la boca, favor que después manifestó Su Majestad a la Venerable 
María Díaz en casa de Diego de Avila Velázquez. Y viendo la Santa 
esta tiernísima muestra de amor de la Soberana Majestad, quedó la 
Santa arrobada. En la iglesia de este convento, diciendo misa este 
Santo, vio que le ayudaban como diácono y subdiácono San Francisco 
y San Antonio. En el tercer locutorio, que hizo la Santa para su 
despacho cuando fué priora, (y por eso se llama siempre el de Nues- 
tra Santa Madre), fué donde muchas veces se arrobaron la Santa y 
nuestro P. San Juan de la Cruz. De una de las cuales fué testigo la 
M. Beatriz de Jesús, sobrina de la Santa, que era portera y la iba 
a pedir una licencia. Estaba la Santa de rodillas asida a la reja, y 
el Santo, con silla y todo, junto al techo, en una pieza después de la 
portería, que está en el claustro. Hablando otra vez los dos, fué a 
suceder lo mismo', y el Santo se levantó en pie para resistir el ímpetu 
del espíritu, que fué cuando dijo la Santa: «No se puede hablar de 
Dios con mi P. Fr. Juan, porque luego se traspone o hace trasponer». 

En los claustros la acompañaba Cristo con la cruz a cuestas, y 
en el de su celda, para avivar la ternura de su consideración, arrodi- 
lló Cristo nuestro Bien como cuando llevaba la cruz en Jerusalén. En 



106 APÉNDICES 

SU celda fueron infinitas las mercedes, porque en viéndose perdida, o por 
mejor decir, ganada toda y engolfada en el mar de las misericordias, se 
iba a recoger a su celda, y especialmente, se sabe la merced del día 
de Pentecostés en que bajó el Espíritu Santo sobre su cabeza, la pri- 
mera vez. Que otra, veinte años después, acordándose de ésta, se la 
repitió Su Majestad en la Descalcez, como la Santa dice en su Vida, 
donde están -Jambas. En una celda del corredor alto, donde estaba, 
después de fundado San José, cuando la envió a llamar la prelada, vio 
a San Pedro de Alcántara ya glorioso y la dijo: «Dichosa penitencia 
que tal premio ha ¡merecido»; está con toda decencia el sitio. En el coro 
bajo, el domingo de Ramos, se halló toda bañada en la sangre de 
Cristo, y llena la boca de aquel néctar soberano, pagándola Nuestro 
Señor el hospedaje que le hacía aquel día; porque además de comul- 
gar, siempre no comía hasta las tres de la tarde, estándose acompa- 
ñando a Su Majestad hasta aquella hora, y en reverencia suya daba 
de comer ja un pobre; y a su imitación se hace en esta casa así, 
no comiendo, aunque vayan a refitorio, no más de las que basten para 
cumplir con aquel acto de comunidad. Y ansí las que han comido, 
como las que están en ayunas, se van desde el refetorio al coro, de- 
jando a la puerta la comida todas las que pueden por sí mismas para 
el pobre que tienen [prevenido, y solicita cada una a las porteras no 
falte pobre para ella. 

La merced del dardo, fué en el coro alto; y es menester entender 
que no fué una vez sola, sino muchas las que el Serafín hirió este 
amoroso pecho, y así lo siente el Sr. Obispo de Tarazona que dice: 
«Los días que le duraba esta visión, que fueron algunos, porque no fué 
sola una vez lo que el ángel la hería y sacaba el corazón, andaba 
enajenada y fuera de sí, y no quería ver ni hablar, sino abrazarse 
con aquella sabrosa pena*. Hasta aquí el Sr. Yepes. Pero cuando él 
no lo dijera, lo afirmaban las * religiosas de aquel tiempo; así, una 
de estas veces fué siendo priora, en un aposento de la celda prioral. 
Dormía en otro sobre aquél la venerable ñna María de Jesús, su 
tiernísima hija; oyó los gemidos y bajó a ver si quería algo, y dí- 
jola: «Vayase, mi hija, y tal la suceda». A poco rato, abrasándose 
en fuego divino, de que también quiere Nuestro Señor que participen 
los cuerpos, la llamó para que la quítase el pelo, y estándoselo 
quitando, pensaba entre sí guardarle por reliquia de su querida madre; 
pero la Santa, entendiendo lo que dentro de sí discurría su hija, la 
dijo: «¿Para qué piensa boberías? mire que la mando que Jo eche en 
el muladar». Obediencia que decía la sierva de Dios que la había 
costado terrible dolor de su corazón. 

Cuando Nuestro Señor dispuso que viniese a ser priora de esta 
Santa casa para que gozase el fruto y la luz de la oliva que había 
producido, resistiendo la Santa, como está en las adiciones de su 
vida y en los tres autores referidos, la dijo Nuestro Señor: «¡Oh 
hija, hermanas son mías estas de la Encamación, y te detienes! Pues 
ten ánimo, mira que lo quiero yo, y no es tan dificultoso como te 
parece, y por donde piensas perderán esotras casas, ganará lo uno 
y lo otro; no resistas que es grande mi poder». Vino con esto la 
Santa a ser prelada, y aunque las religiosas, por ser sin votos, 



APÉNDICES 107 

resistían, pareciéndolas juzgarían habían cometido alguna culpa, no 
obstante, con el mandato que traía de Dios y palabra de que había 
de ayudarlas, envió a decir desde San José, que si no echaban antes 
las seglares, que había muchas, no había de ir a ser priora. 

Y aunque la resistían, por la razón dicha, las echaron al punto, 
obedeciendo antes de haberla dado la obediencia; una de las cuales 
fué la venerable D.a María Juárez. La tía que la tenía, le envió a 
Nuestra Santa Madre para que se doliese de ella por no tener padre 
ni madre. Compadeciéndose la Santa, la dio la licencia por escrito para 
que quedase en nombre de criada, y así volvió, diciendo: «Cédula trai- 
go de moza de mi tía». Y queriendo valerse del ejemplar otra reli- 
giosa, se la volvió a enviar su tía, agradeciendo a la Santa la ca- 
ridad, pero no quería que por ella quedase otra más. Y entonces 
la Santa pidió a un caballero de esta ciudad se la tuviese en su 
casa, y después la buscó obras pías para el dote, y la dio el hábito, 
y salió tan hija de la Santa, que guardó en esta santa casa muchos 
años la Regla primitiva, haciendo en todo vida de Descalza, en co- 
mida, cama y vestido, y fué alma muy favorecida de Dios. 

Llegó, en fin, el día en que la Santa había de venir a ser priora, 
y fué en 6 de Octubre de 1571. Vino abrazada con una imagen de 
San José, mi padre, el que había traído consigo en todas las funda- 
ciones que había hecho hasta aquel día, del cual diremos adelante. 
Protestaban las religiosas que las dejasen votar; el P. Provincial 
decía: «pues, en fin, no quieren a la M. Teresa de Jesús». Pero 
en medio de la resistencia, D.a Catalina de Castro levantó la voz 
y dijo: «la queremos y la amamos; Te Deum landamiis^. Palabras que 
hasta hoy se repiten en esta santa Comunidad con la fuerza del amor. 

Con esto la siguieron muchas, y todas le dieron la obediencia, y 
como en todo la ¡guiaba Nuestro Señor y gobernaba sus acciones, se valió 
de un medio grande para allanar los interiores de las que tuvieran al- 
guna repugnancia. Puso ten la silla prioral una imagen de Nuestra Se- 
ñora, hermosísima, que tendrá vara y cuarta de alta, (es vestida y 
no sabemos si lestaba en la iglesia o sí la Santa la tenía en su 
oratorio) ; en la silla suprioral puso a mi Padre San José, que tal 
había de ser el Suprior donde la Reina de los ángeles y hombres 
era la Priora. La Santa puso las llaves del convento en las manos, y 
tocó a capítulo, y sentóse la Santa a sus pies; y hizo el capítulo que 
refieren los tres autores citados y trae también el Sr. D. Juan de 
Palafox, al fin del libro de las cartas de nuestra Santa Madre, con 
que los corazones de todas quedaron derretidos como la cera en la 
fuerza del sol. Y porque Jesucristo nuestro Bien y su Santísima Ma- 
dre se esmeraban en favorecer esta santa Comunidad, quiso la So- 
berana Reina bajar a aceptar lel oficio perpetuo de priora de su con- 
vento, principalmente por los méritos de su sierva Teresa y por los 
de tantas que ayudaban a sus hazañosas obras, siguiendo como sol- 
dados esforzados a tan animoso capitán, a su capitana para reformar 
la Orden de esta Soberana Señora. Y en manifestación de que acep- 
taba el oflcio, la víspera de S. Sebastián (como lo cuenta la Santa 
en las Adiciones de su vida, empezando la Salve cantada de Com- 
pletas, vio la Santa, bajar a esta Soberana Señora acompañada de 



108 APÉNDICES 

los espíritus celestiales, y que se ponía en la silla prioral. Y dice la 
Santa: «No vi la imagen, por todo el espacio de la Salve, sino a la 
del cielo en ella. Estaban todas las sillas, coronamientos y antepe- 
chos llenos de ángeles, y díjome Su Majestad: «Bien acertaste en 
ponerme aquí; yo estaré presente a las alabanzas que en este coro 
se hicieren a ;ni Hijo y se las presentaré». Después de esto, quedando 
la Santa en el coro recogida (como lo cuenta el P. Fr. Francisco 
de Ribera): «Después de Jesto quédeme yo, dice la Santa, en la ora- 
ción que traigo de estar el alma con la Santísima Trinidad y pareció- 
me que la Persona del Padre me illegaba a sí y decía palabras muy 
agradables, entre ellas me dijo, mostrándome lo que me quería: «Yo. 
te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen: ¿qué me 
darás tu a mí?» en que se verá el aprecio que se debe hacer de 
la primera merced. Pues el Padre le hace cargo de haberla dado esta 
Virgen, ¿en cuánto la debemos venerar y apreciar sus esclavas y hi- 
jas, no mereciendo estar continuamente a sus pies? 

El mismo P. Ribera y el Sr. Obispo de Tarazona dicen 
ambos: Otro favor recibido en esta casa. Octava de Pascua de Es- 
píritu Santo, que cuenta con palabras también de la Santa. «Octa- 
va, dice, de Espíritu Santo me hizo Nuestro Señor una merced y 
me dio esperanza que esta casa iría en aumento, digo las almas 
de ella; también afirmó la Santa que nunca faltarían en esta santa 
casa almas que agradasen a Dios; y que entonces había más de ca- 
torce, que si las hubiera cuando destruyó el mundo con agua, por su 
respeto no le destruyera». Cuando la daban quejas que sacaba muchas 
y las más aventajadas, decía la Santa: «Más de cuarenta quedan que 
podrían fundar una Religión». 

Salieron para la Reforma, como he dicho, treinta religiosas, y por 
falta de salud de algunas, y otras porque hacían falta en la casa, vol- 
vieron hasta ocho, quedando allá las veintidós, y éstas sin tres segla- 
res, que una de ellas fué la celebradísima M. María Bautista, sobrina 
de nuestra Santa Madre. Para S. José salieron el año 1562, cuando 
se fundó el primer convento: 1. Ana de S. Juan, a quien hizo priora 
mi M. Santa Teresa, y no queriendo aceptarlo por conocer no era 
justo que la Santa lo fundase y ella le gobernase, y el Sr. Obispo 
hizo que mi madre Santa le tomase. 2. Ana de los Angeles, a quien 
hizo supriora. 3. María Isabel, 'i. Isabe! de San Pablo, que era novicia 
en la Encarnación, y profesó en San José. Y otras fueron saliendo tam- 
bién adelante para S. José. — Para Medina del Campo, Agosto de 1567: 
5. Doña Inés de Tapia, allá Inés de Jesús, a quien hizo la Santa 
priora nueve años, y Idespués fué catorce en Palencia y otros conven- 
tos; volvió a Medina donde murió. 6. Doña Ana de Tapia su hermana, 
allá de la Encarnación, fué allí supriora, y eran ambas primas her- 
manas de la Santa; padres hermanos y madres hermanas. Fué a la 
fundación de Salamanca, y ,fué priora trece años, donde murió, y su 
hermana en Medina; ambas en un día. 7. D.a Isabel Arias, allí de 
la Cruz, fué después priora de Valladolid. 8. Doña Teresa de Quesada. — 
A Malagón, año de 1568, a 15 de Abril: 9. Isabel de Jesús, donde 
fué priora y maestra de novicias muchos laños, y donde murió. Fué hija 
de Nicolás Gutiérrez, grande amigo de mi Madre Santa Teresa, natural 



APÉNDICES 109 

de Salamanca; fueron seis hermanas y todas siguieron a la Santa. 
10. Su hermana Ana ¡María de Jesús y después la pidieron en Salamanca 
para que fundase las Madres Recoletas Agustinas.— fl Valladolid, a 15 
de Agosto 1568: 11. Su hermana Juliana de la Magdalena; fué allí 
priora, después en Segovia y Soria; volvió a Valladolid, donde murió 
en un éxtasis grande de amor de Dios. 12. María del Sacramento fué 
priora después en Alba, donde murió muy anciana. — Toledo, a 14 de 
Mayo, año 1569: 13. Doña Catalina Yera. 11. Doña Juana Yera, allá del 
Espíritu Santo, fué priora lallí y ¡después en Alba, donde murió. 15. Doña 
Antonia del Águila, de allí a Pastrana y después a Segovia. 16. Doña 
Isabel Juárez. — Pastrana, a 9 de Julio de 1569: 17. Jerónima de San 
Agustín; después vind a Segovia, cuando se trasladó allí el Convento de 
Pastrana. Segovia, 19 de Marzo del año 157^1: 18. la M. Juana Bautista, 
de las seis hijas de Nicolás Gutiérrez, y de allí a Soria; desde donde 
volvió a Segovia por priora, y desde allí por fundadora a Calahorra, 
y después a Pamplona, donde murió priora. 19. María de San Pe- 
dro, su hermana, fué también en adelante a Segovia. 20. Antonia del 
Espíritu Santo la llevó la Santa a Valladolid una de las veces que 
volvió allá, donde murió. 21. Isabel de San José también fué a Va- 
lladolid donde murió, que como de los conventos ya fundados iba sa- 
cando para otros, sabiendo los deseos de otras de la Encarnación 
y sus grandes virtudes, cuando pasaba por Avila las iba llevando. 
22. María de la Visitación, también cuando volvió a Toledo el año 
de 70 la llevó allá, donde murió. Ocaña, 23. La A\. Beatriz de Jesús, 
parienta de la Santa, fué la que la vio arrobada en el locutorio y 
a raí P. San Juan de la Cruz en la Encarnación. Salió a S. José, 
que la llevó consigo cuando acabó el priorato y después salió a la 
fundación de Ocaña, donde murió. Las que se siguen salieron después 
del año de 77, que como no la pudieron conseguir por priora, como io 
solicitaron a costa de tantos trabajos, prisiones y descomuniones, la 
fueron a buscar allá, siguiendo ¡el olor de sus virtudes, que como dice 
el P. Francisco de Ribera, refiriendo las palabras que Cristo nuestro 
Bien la dijo, cuando la mandó que fuese a ser priora: «Ve, que por 
donde piensas perderá esto, ganará todo», y que se verificó; que con 
el asistencia de la Santa se perfeccionaron tantas en la virtud, que 
la siguieron muchas, que la ayudaron en adelante a las demás fun- 
daciones, y la una de ellas fué: 24. D.a Beatriz Juárez, que íué tam- 
bién a Ocaña, que se fundó después de muerta la Santa. 25. D.a Qui- 
tcria Dávila fué a ser priora de Medina, año de 77 y también la acom- 
pañó a 'Salamanca cuando las alumbraron los ángeles. 26. María Mag- 
dalena. 27. doña María de Cepeda, prima de la Santa. 28. María Juá- 
rez. 29. María Vela. 30. Isabel López. Estas fueron las treinta reli- 
giosas que salieron, sin las dos que estaban seglares, ambas sobrinas 
de la Santa, que una fué la M. María Bautista, que ofreció su dote 
para la fundación de S. José. Fué después priora de Valladolid, donde 
murió. Y D.a Beatriz, a quien la Santa crió en su celda y la llevó 
consigo, y en traje de seglar la trajo en su compañía en algunas 
fundaciones, y después tomó el hábito y fué a la de Madrid, donde 
murió antes de la Santa, con que logró el tenerla por cronista escri- 
biendo su vida en el Libro de las Fundaciones. 



lio 



APÉNDICES 



De las treinta que salieron, volvieron ocho: 1. Doña Quiteria de 
Hvila, acabado el priorato de Medina, como queda dicho, porque la 
eligieron en la Encarnación, y el P. Provincial la obligó a que le 
aceptase. Fuélo cinco veces, como se dirá adelante, y lo que debió 
a mi Madre Santa Teresa, y a mi Padre San Elias, a la hora de 
su muerte. 2. Doña María de Cepeda volvió por sus grandes enfer- 
medades, de que resultó estar tullida en la cama veinte años y vio 
beatificada a su prima. 3. D.a Catalina Ycra, también por su falta 
de salud. ^. Por lo mismo volvió D.a Beatriz Juárez. 5. D.a Teresa de 
Quesada también, y aunque no perseveraron en la Descalcez, las amó 
mucho la Santa y fueron muy observantes religiosas. 6. La V. Ana 
M.a de Jesús la pidieron en Salamanca para que fundase las iV\M. Re- 
coletas Agustinas de aquella ,€iudad, las participase el espíritu de mi 
Madre Santa; plantando aquella fundación con el que la Santa ha- 
bía fundado las suyas, como le conserva aquella santa Comunidad; allí 
perseveró hasta el año 1615, y volvió a la Encarnación y murió el 
de 18. 7. D.a ¡Antonia del Águila, y la 8 M. Isabel López. 

Volvieron a la Encamación desde Segovia después de haber es- 
tado en tres fundaciones, porque como habían salido tantas y habían 
muerto muchas de unas tercianas pestilenciales, fué forzoso el que 
viniesen, y fen la Encarnación guardaron la Regla primitiva hasta morir 
entrambas en su primitivo nido. 

El P. Fr. Francisco de Santa María, y el P, Ribera y el Sr. Obis- 
po de Tarazona traen una Relación que se halló en poder de la M. M.a 
Bautista, de mercedes que tenía escritas nuestra Sta. Madre del tiem- 
po que fué Priora en esta casa. En una dice: «Estando en la En- 
carnación el segundo ano ique tenía de Priorato, sobre cierta ocasión, 
acabando de comulgar, me dijo Su Majestad: «No hayas miedo hija, 
que nadie sea parte para quitarte de mi», que dicen muchos fué con- 
firmación de la gracia. Otra merced dice la misma Santa que es- 
tando recogida con la presencia de la Santísima Trinidad, manifestán- 
dola Nuestro Señor cosas altísimas y viendo tan gran Majestad (dice 
la Santa): «En cosa tan baja como en mi alma entendí: VV^ es hnja 
¡mes está hecha, a mi imagen^. 

Otra vez, lamentándose la Santa como David de que se alargaba 
su destierro y duraba tanto la vida, la dijo: Piensa hija mía, como 
después de acabada no me puedes servir lo que ahora; come por mi, 
duerme por mí, y todo lo que hicieres sea por mí, como si no vivieras 
tú ya, si no 'es yo, que esto es lo que decía San Pablo. La misma 
relación dice, que estando en el coro una noche del Santísimo Sacra- 
mento, vio salir nuestra Santa Madre a Cristo de la misma custodia y 
que se vino a ,ella, toda la cabeza corriendo sangre y como fatigado, la 
dijo: «Que las cabezas íde la Iglesia la tenían de aquella manera», y 
que se lo dij0( a una que le hizo harto provecho... 

Después de esto, vino N. S. Padre a ser confesor, conque dán- 
dose la mano el uno en el gobierno y el otro en el confesonario, cria- 
ron espíritus admirables y mujeres insignes, las cuales, entregadas a 
la virtud, pasaban su pobreza con suma alegría, y la Santa hacía lo 
que podía por su socorro. Daba a ochenta un real cada semana, de 
las más pobres, y solicitó después con D. Francisco de Guzmán, her- 



.APÉNDICES 111 

mano de la V. D.^ Francisca de Bracanionte, de las más finas hijas 
de mi M. Sta. Teresa y gran imitadora suya, de la casa de los 
Marqueses de Fuente el Sol (llamaban a este caballero en casa, Ven- 
tura de Bracamente; pudo ser se llame D. Francisco Ventura de Bra- 
camente y Guzmán, y su santa y humilde hermana, le llamase sólo 
el nombre de Ventura), que las diese este mesmo socorro, y lo hizo 
hasta que murió. Y estando en Salamanca la Santa rezando Maitines con 
la V. D.9 Quiteria Dávila, se arrobó la Santa, y instada de D.a Quiteria 
le dijese lo que había visto, la dijo: «murió D. Francisco de Guzmán». 
Y consolando a su hermana D.a Francisca, la dijo: «no tenga pena, 
que en buen lugar está, que yo vi un cuerpo glorificado muy her- 
moso; y aunque él no lo era, reconocí ser él». Así lo cuenta el P. 
Ribera, libro 2, cap. 5, conque a un tiempo solicitaba la Santa el 
ciclo a sus amigos en sus limosnas y los socorros a sus hijas. 

En la carta 'tó, que es a la M. Maria Bautista, la dice que le 
busque unos dineros prestados, porque va a la Encarnación y no se 
sufre ir sin dineros, mostrando en todo amor de madre. Pagábala 
N. Señor con finezas grandes lo que trabajaba en su viña, y guardó 
para esta ocasión la mayor de las mercedes. Octava de S. Martín, 
segundo año del priorato, que por haber comenzado a Octubre del 
71 hemos de decir fué a 18 de Noviembre, año de 72, dice la Santa 
que fué el desposorio del clavo por arras ea el comulgatorio de esta 
santa casa, dándola la comunión mi padre S. Juan de la Cruz, en que 
le dijo aquellas tan tiernas palabras que la Santa refiere: «Toma este 
clavo en señal de que serás mi esposa desde hoy; hasta ahora no lo 
habías merecido; de aquí (adelante, no sólo como Criador y romo tu Rey 
y tu Dios mirarás por mi honra, sino como verdadera esposa mía, 
mi honra es tuya y la tuya es mía». ¡Oh Dios mío! ¿cómo las que lle- 
gamos a recibiros en este comulgatorio, tálamo dichoso de tales des- 
posorios, no nos abrasamos en vivo amor tuyo? Y ¿qué se admira 
el mundo de que sean cada día mayores las honras que Dios da 
a esta Esposa suya, si es la honra de Dios la de Teresa? 

Otras muchas veces se Je manifestó la SSma. Trinidad, conforme 
suele hacerlo a los viadores, que ya nos enseñan no será con la vista 
clara de aquella divina Esencia, pero en la más superior forma y 
manera que se sufre a los que están en carne mortal. Aquí, llegán- 
dola el Hijo al Padre Eterno, le dijo: «Esta que me diste te doy». 
Aquí, acabando de comulgar la tomaba S. M. la mano, y llegándola 
a su costado, le dijo: «Mira mis llagas, no estás sin Mí; pasa la 
brevedad de la vida». Otra vez la dijo: «^Ya sabes el desposorio que 
hay entre Mí y Tú; y habiendo éste, lo que yo tengo es tuyo. Y 
así te doy todos los dolores y trabajos que pasé, y con esto puedes 
pedir a mi Padre como cosa propia». Otra vez, estando dando gra- 
cias a N. Señor por una merced, la dijo: «¿qué me pedirás tu a Mi 
que no haga yo, hija mía?» (1). 

Todas estas mercedes recibió en ©1 coro bajo, y otras infinitas 
que guardó la relación de ellas la M. Maria Bautista, con el amor 



1 En cuanto al lugar donde la -Santa recibió estas y otras mercedes de que habla este Có- 
dice, nos atenemos a lo dicho en las notos del texto de las Relaciones. 



112 APÉNDICES 

de haberse criado en casa y saber el que su Sta. Tía y Madre tenía 
a su convento. Cuando iba y venia, o pasaba por la ciudad, siempre 
venía a ¡estarse algunos días en casa, y decía: ¿qué les parece?; vuél- 
veme a mi madre. Y en estos tiempos consolaba a unas, alentaba a 
otras y enseñaba a todas. 

Estando priora del convento murió una sobrina de la Santa, que se 
llamaba D.a Leonor de Cepeda, religiosa en casa, hermana -de la 
M. María Bautista, y fué Octava de Corpus. La Santa hizo la en- 
terrasen con la Misa del Santísimo y que anduviese la procesión 
con Su Majestad alrededor del cuerpo, que entonces entraba acá den- 
tro por una puerta que había del coro bajo a la iglesia (a que gus- 
taba venir hartas veces el Sr. D. Alvaro de Mendoza), y hizo esto la 
Santa porque un día antes que muriese, vio la Santa el dichoso 
fin que había de tener y que no había de llegar al purgatorio. Y 
cuando las religiosas llevaban el cuerpo en el féretro, vio que los án- 
geles la ayudaban a llevar, y dijo así: «porque se vea cuanto honra 
Dios los cuerpos donde estuvieron almas buenas». También estando 
en S. José murió en casa Ana de S. Pablo, y afirmó también no ha- 
bía pasado por el Purgatorio (1). También siendo priora, la partía 
<el pan N. Señor, y se le dio por su mano estando una noche 
muy mala. 

El año de 72, a primero de Marzo, pasó a mejor vida el glo- 
rioso Pontífice S. Pío V, que tanto la favoreció, y en muestra de 
lo que la amaba, 'de camino del cielo se la apareció glorioso como 
S. Pedro de Alcántara; y siendo el año de 72 estaba la S. Priora 
en esta santa casa. Así lo supo de boca de la Santa la V. M. Ana 
de Jesús, y así )o testificó en la Deposición que hizo para la cano- 
nización de la Santa, afirmándolo con juramento. Así lo dice el Rdmo. 
P. Fr. Francisco de Sta. María en la primera parte de las Cró- 
nicas, tom. I, lib. 3, cap. 1, fol. 398. 

No eran menores las mercedes, como la Santa dice, que recibió 
de mi P. S. José; y en orden a esta casa, dice la tradición de 
todas, que el Santo que puso en la silla suprioral le parlaba cuanto 
las religiosas hacían, y así le nombraba el Parlero. En testimonio 
de esta verdad, se quedó la boca abierta milagrosamente. Tenía gran 
devoción con esta santa Imagen de N. P. S. José el Inquisidor Ge- 
neral D. Diego Arce de Reinoso, siendo prelado de este convento, y 
el Sr. 'D. Francisco de Rojas, obispo hoy de Cartajena:, y decía que siem- 
pre que le veía, le parecía iba a hablar alguna palabra y que quisiera 
merecer que fuera para Su Ilustrísima... (2). 



1 Véase el Libro de la Vida. c. XXXVIII, n. 341. 

2 Hasta aquí lo más principal que de la Santa contiene el Manuscrilo de la Encarnación. 



APÉNDICES 113 



VI 



CARTA DE DOÑA MARÍA PINEL A UN PRELADO DE SU ORDEN, EN LA QUE 
REFIERE ALGUNOS HECHOS DE SANTA TERESA DE JESÚS (1). 



Pax Christi. Por el buen deseo que Vuestra Paternidad significa 
tener, y por el término con que procede, quisiera tener noticia de muchas 
cosas para satisfacer respondiendo a propósito de lo que pregunta; 
mas yo entiendo que han andado tan diligentes los que han escrito, 
que, o inquiriendo de las personas que pueden tener noticia, o coli- 
giendo de lo que nuestra Santa Madre escribió, no hayan escrito todas 
las cosas notables que podemos alcanzar; porque de las interiores y 
que sólo el Señor que las obró las sabe, no hablamos, que allí bien 
hubiera que decir si Su Majestad lo revelara. 

Digo, pues, que la vida que la Santa Madre hizo en este convento 
veintisiete años que fué religiosa en él, fué como ella de si la escribe, 
que cuando su testimonio no fuera tan suficiente como es, las religio- 
sas de aquel tiempo lo certifican ansí, y entre ellas es la señora doña 
Inés de Quesada, que era ya monja de velo cuando la santa Madre 
vino a tomar el hábito; y aun cuenta esta sierva de Nuestro Señor una 
cosa, que aunque es menudencia, me causa devoción, que dice: «Yo rae 
acuerdo cuando la Santa Madre venía seglar algunas veces a este con- 
vento, y doy por señas que traía una saya naranjada, con unos ribetes 
de terciopelo negro»; hoy vive esta religiosa y tiene más edad que 
tuviera la Santa Madre si fuera viva. 

Doña María de Cepeda, parienta suya, dice que viniendo una noche 
de Maitines con la Santa Madre, dijo: ¡Oh hermana! Si ella supiese 
el escudero que llevamos, cómo se holgaría; y preguntándola doña Ma- 
ría que quién era, respondió que Cristo con la cruz a cuestas. La noche 
que en su oratorio hacía desamen y no hallaba haber hecho ninguna 
obra de caridad, se iba al coro, y todas las capas que hallaba en las 
antiformas descosidas las cosía, que serían hartas, pues había al pie 
de doscientas religiosas. Otras veces se iba con una linternica a las 
escaleras, para que no cayesen las que iban sin luz y para darla a las 
que la buscasen. La vida y modo de proceder que tuvo cuando fué 
priora, fué tal cual se puede entender de una alma tan llena de Dios, 
y de los efetos que hizo en el alma de las religiosas, pues haciendo la 
Santa Madre todo lo que quiso en el gobierno del convento, dentro 



1 Esta carta autógrafa, que la hemos visto entre los papeles que de nuestro Archivo ge- 
neral de San Hermenegildo se guardan en la Biblioteca Nacional, y se publicó en un tomo de 
Relaciones Históricas de los siglos XVI y XVII, por La sociedad de Bibliófilos españoles, 
Madrid, 1896, debió de ser dirigida a algún prelado de la Reforma Carmelitana que pidió a la 
venerable María Pinel datos sobre Santa Teresa en la Encarnación. 

II 8 



114 JIPBIIDICBS 

de muy pocos días, con su prudencia, redujo a su amistad y muy grande 
afición a algunas que en el principio habían iieciio contradicción. Y el 
haberse desenconado tan presto, argumento es de que no era mortal 
el odio que la teníaní, y que entre ellas había mucha cristiandad y reli- 
gión, pues tan presto mudaron opinión para seguir la mejor parte. 

Estas y otras razones pudieran haber considerado los autores que 
han escrito haciendo tanta ponderación y espanto de las contradicciones 
y alborotos deste convento; y si cada uno metiese la mano en su pecho 
y considerase lo que haría si en su casa le quisiesen meter inopinada- 
mente quien le mandase y gobernase, no se espantaría de lo que en 
aquel caso sucedió, pues no ha tres años que una comunidad muy reli- 
giosa y reformada, hubo hartas inquietudes y pesadumbres sobre admi- 
tir un capellán de muy conocida virtud, porque tenían puestos los ojos 
en otro, siendo tan diferente un capellán que las diga misa, de una 
priora que las gobierne. Y si le pareciere alguno que por ser la virtud 
y santidad de la Madre tan conocida, fué muy culpable la contradicción 
que se hizo, a eso se puede responder que, después que la expiriencia 
hizo segura y libre de sospechas la santidad de la Madre, fué y es 
tan estimada y venerada en esta casa y religiosas, como en las que 
fundó, y ansí se puede decir más; porque los que fueron fundados de 
la Madre gozaron sólo el tiempo de la seguridad, y este convento y 
religión gozó también del tiempo de principios. Y como en ellos todas 
las cosas, por buenas que sean, están sujetas a engaño, especialmente 
las que traen novedad^ y desto habido tantas experiencias, no es mara- 
villa hubiese contradicciones de sus mismos hermanos con santo celo; 
pues la misma Santa Madre, como ella confiesa y repite muchas veces, 
con ser las cosas que deseaba tan buenas y con hablarla Nuestro Señor 
y asegurarla, aun no se determinaba de una y muchas veces, ¿qué 
mucho es que los que no tenían tan claras revelaciones dudasen y con- 
tradijesen? 

Y si no, mire Vuestra Paternidad, si agora en su familia quisiese 
alguno introducir alguna cosa nueva, aunque fuese de mayor perfección, 
tendría contradicciones. Bien veo que lo que la Santa Madre introdujo, 
no fué novedad ni cosa extraña, comparado con el modo de vivir de 
nuestros antiguos padres, sino lo mismo; mas fué cosa nueva compa- 
rado con la observancia de la Regla mitigada que en aquel tiempo se 
guardaba. No quiero cansar más a Vuestra Paternidad con estas cosas, 
que mejor, sin comparación ninguna, las sabrá disponer que yo decir. 
Olvidábaseme de decir que, en el tiempo que la Madre fué priora, 
estuvo a la muerte de algunas religiosas, y dio alegrísimas nuevas de 
su salvación, diciendo que se iban dende las camas al cielo; y dicién- 
dola una señora antigua que había algunas imperfecciones en las ceri- 
monias de la Orden, la Santa Madre la respondió: No se aflija, her- 
mana, que yo la digo que hay más de catorce justas por quien Dios 
hace mercedes a esta casa; y si Su Majestad se contentaba con siete 
para no anegar a !m mundo, de creer es que le agradaría mucho este 
convento. 

De lo que toca al santo Fray Juan de la Cruz, digo a Vuestra 
Paternidad que le prendieron estando en esta casa de la Encarnación 
y le llevaron a Toledo; y de su prisión y persecuciones digo lo mismo 



APÉNDICES 115 

que de las de la Santa Madre; el Padre Fray Juan de Santa María, 
en Toledo le tuvo a su cargo. Dice que siempre vio en el siervo de 
Dios una grandísima paciencia en sus trabajos, de que le está muy edi- 
ficado, y que una cruz que le dio el Santo en agradecimiento de algún 
regalo que le deseó hacer, la estima en tanto, que no la dará por nin- 
guna cosa; no dice más desto. Las señoras antiguas que le conocieron, 
dicen mucho de su santidad, g que cuando salió de las cárceles de 
Toledo vino a esta ciudad y convento, y estando con algunas, les dijo: 
«¡Oh monjas de la Encarnación, qué de ello rae costáis y qué de ello 
me debéis!». 

En lo que toca a la profecía o dicho de que había de salir de 
esta casa una Teresa santa, no hay quien sepa con claridad el prin- 
cipio que tuvo, más de que en aquel tiempo se decía, y la santa Madre 
solía decir a otra gran religiosa, que se llamaba doña Teresa de Que- 
sada y era hermana de la doña Inés de Quesada, que dije arriba, que 
después fué priora en Medina del Campo y se llamaba Teresa de la 
Coluna; digo que le solía decir: «Mire, hermana, que dicen que ha de 
salir desta casa una Teresa santa; plega a Dios que sea una de las 
dos y que sea yo». Y la otra señora respondía: «Plega' a Dios que yo». 
Yo entiendo que ambas cumplieron su deseo; lo que yo entiendo del 
principio, esto es, que será lo que el Padre Ribera dice del zahori, y 
lo que Vuestra Paternidad dice de Juan de Dios, desta manera: que 
Juan de Dios diría esoí, y como no todas conociesen quién era, como al- 
gunas le nombrarían santo y le tendrían por tal, otras le llamarían 
zahori, que muchas veces suceden semejantes cosas. 

Lo que le sé decir a Vuestra Paternidad de lo que siento, es que 
Nuestro Señor quiere muy bien a esta santa casa y que ha tenido y 
tiene en ella muchas almas que le desean agradar. Que las haya tenido, 
la Santa Madre lo afirma en algunas partes, en aquellos capítulos diez 
y siete y diez y ocho de su Vida, y no habla de cumplimiento, sino 
verdades; y que lo sean, testigos son las obras de haber sacado de la 
cantera deste convento veinte o más piedras fundamentales de esc 
gran edificio que con el favor de Dios fundó; y bien creo no hay con- 
vento que pueda tener el blasón que éste tiene, de haber tenido tanto 
que dar, quedándose con tanto bueno como tiene; pues para gloria del 
Señor, que lo hace, lo digo, que hay muchas almas en este santo convento, 
que no sólo sacan el agua que la Santa Madre dice en su Vida, a 
brazos y con la noria, y algunas a quien el Señor llueve por su bondad 
la cuarta agua en grande abundancia, que así me lo ha certificado quien 
tiene alguna noticia de lo que pasa en las almas. 

Y por el consuelo de Vuestra Paternidad y mío, le quiero contar 
una cosa que sucedió en este convento pocos días ha, para que de ahí 
infiera que la Santa Madre tiene amor a esta casa, y desto son testigos 
los Padres confesores que hay en ella, que pasó por sus manos y tra- 
taron mucho a la señora doña Quiteria de Avila, religiosa que fué 
priora en este convento cinco veces y que anduvo con la Santa Madre 
en algunas fundaciones, creo por espacio de dos años, porque eran 
muy amigas, y a esta causa la Santa Madre la pedía algunas veces 
tomase el hábito de Descalza y no lo pudo acabar; porque esta señora 
decía que no se inclinaba sino a seguir su primera vocación, en la 



116 



APÉNDICES 



cual murió guardando perfectísimamente su regla. Cuenta, pues, uno 
de los Padres confesores deste convento, el caso que digo, desta ma- 
nera: tenía yo por particular consuelo y recreación hablar con la se- 
ñora doña Quiteria de Avila en cosas de la Santa Madre, como testigo 
de vista y compañera que había sido suya, y entre otras cosas que me 
contó, me dijo algunas veces: «Padre, gran consuelo tengo y confianza 
en una palabra que me dio la Santa Madre Teresa de Jesús de que me 
había de ayudar en la hora de mi muerte., y fué que, despidiéndome de 
ella para volverm^e a este convento de la Encarnación, le dije: «AUre, 
Madre, que no se olvide Vuestra Reverencia de encomendarme a Nues- 
tro Señor»; y me respondió: «Vaya, hija, enhorabuena y sirva a Muestro 
Señor y sea buena religiosa, que cuando se muera o cuando se haya de 
morir, echará de ver lo que me debe y la quiero y cómo la encomiendo 
a Dios». 

Después de haberme contado esto, algunas veces que he dicho, su- 
cedió que estando esta señora religiosa en su celda, a los últimos de 
Hgosto del año de mil y seiscientos y seis, un día, después de medio- 
día, quiriendo reposar un poco sobre un estradillo donde estaba sen- 
tada, reclinó la cabeza, y antes que se durmiese, vido entrar por la 
puerta de la celda, que estaba enfrente de su rostro, una religiosa 
venerable con un paso grave; y aunque la vido muy bien, no tanto que 
apercibiese las señas del rostro para conocer quién era, y llegando 
esta religiosa, que entró hasta la mitad de la celda sin hablar palabra, 
volvió las espaldas, dando muestras de que se quería volver a salir 
por la puerta; y parecisndole a la señora doña Quiteria que aquella 
religiosa se volvía, pensando que dormía, por no despertarla, la co- 
menzó a decir: «No se vaya, señora, que no duermo», y no se fué 
derecha a la puerta de la celda, sinq a la cama de aquella señora reli- 
giosa, que estaba al otro lado en par de la puerta, y en llegando a 
la cama se desapareció, quedando desto la señora doña Quiteria algo 
turbada, aunque como era mujer de valor y ánimo, luego volvió en 
sí. Luego, la noche siguiente, acostándose esta religiosa en su cama, 
antes de dormirse, oyó en su interior unas palabras claras y distintas 
que le dijeron: De aquí a siete meses morirás, ñlgo de esto debía 
de contar esta señora, de manera que yo lo vine a oir de algunas re- 
ligiosas, aunque no tan por extenso, y no le di crédito hasta que de allí 
a cuatro o seis días vino a mi confesonario la señora doña Quiteria 
y me contó todo el suceso de la manera que yo le he referido, certifi- 
cándome que en ninguna destas ocasiones estaba dormida. Yo la creí 
porque conocía su mucho valor y verdad. Preguntóme qué me parecía 
de aquello y qué sería bien hacer; yo dije: «Si esa es merced ij aviso 
de Muestro Señor, es gran regalo; y si acaso fuere ilusión, tomemos 
lo que no nos puede hacer daño, que es el apercibimiento». Parecióle 
bien y pusimos silencio, haciendo la religiosa de allí adelante una 
vida ejemplarísima, aunque toda la que ella tuvo, que serían más de 
ochenta años, lo había sido. 

Sucedió, pues, que el día de la Encarnación del año de mil y 
seiscientos y siete, que es a los últimos de Marzo, bajó esta señora 
a confesarse, y acabando de recibir el Santísimo Sacramento de mi 
mano, por la ventanita donde Muestro Señor hizo tantas mercedes a 



APÉNDICES 117 

nuestra señora Madre, le dio un frío de calentura muy grande, y 
luego dijo: «Esto es morir, que ahora ss cumplen los siete meses». Lle- 
váronla a la celda, y al cabo de cinco días se la llevó Nuestro Señor 
con una muerte sosegada y pacífica, y el tiempo que le duró la ha- 
bla, que fué hasta muy poquito antes de expirar, decía: «Gran coa- 
suelo tengo y gran confianza que antes que parta desta vida, tengo de 
ver a la Santa Madre y a nuestro Padre Elias», de quien era muy devo- 
ta. Juntando agora la promesa de la Santa Madre con la visión, y el 
aviso y el cumplimiento de las palabras que la dijeron, tengo por 
cierto que fué la Santa Madre la monja que se le apareció y la avisó. 
Creo que con mi largueza habré cansado a Vuestra Paternidad; 
suplicóle me perdone, que porque entiendo que le causará devoción, lo 
he contado a Vuestra Paternidad. Le suplico me tenga por muy sierva 
suya, que me tengo por muy favorecida en que se sirva de mandar 
en cosas de su gusto y más las que yo tan en el alma tengo, 
que si está más adonde ama que adonde anima, sin duda me la tiene 
usurpada la Santa Madre, y por el consiguiente buenas mercedes; 
mas llegando a este punto, será cordura el callar aunque sea con lá- 
grimas en los ojos. R Vuestra Paternidad suplico me encomiende a 
Dios en sus oraciones y me mande. De ñvila y Septiembre, 12, de 
\6\0.— Doña Alaría Pine!. 



118 APÉNDICES 



VII 



NOTICIA DEL MONASTERIO DE LA ENCARNACIÓN DE AVILA, DONDE TOMO LA 
SANTA EL HABITO DE RELIGIOSA CARMELITA (1). 



El convento de la Encarnación de Avila, de la Orden de Nuestra 
Señora del Carmen, donde nuestra bienaventurada Madre Santa Tere- 
sa de Jesús tomó el iiábito, es uno de los más insignes que tiene 
aquella noble ciudad, y después que la Santa entró y vivió en él, 
uno de los más famosos del mundo. Y porque este ilustre convento 
fué el jardín donde se crió flor tan hermosa, el campo donde flo- 
reció tan fértil planta, y la cantera donde se cortó la primera y fun- 
damental piedra del edificio espiritual de nuestra Reforma, parece 
obligación forzosa hacer aquí particular mención del. Fundó este mo- 
nasterio D.a Elvira de Medina, año de mil y quinientos y trece, dos años 
antes que naciese nuestra Santa Madre, en el mismo lugar y sitio que 
hoy tiene, fuera de la ciudad, hacia la parte del Septentrión, en 
la casa y solar antiguo del mayorazgo que se decía de San Miguel 
del Arroyo. Es muy dilatado y grande el edificio; excelente la igle- 
sia y claustro; tiene mucha habitación, grande huerta, y abundancia de 
agua; y aunque no es rico, pero suficientemente acomodado. Creció en 
breve tiempo la fama de su mucha religión y observancia, y con ella 
el número de sus religiosas, de suerte que ya por los años de mil 
y quinientos y cincuenta, morando allí nuestra Santa Madre, vinieron 
a ser ciento y noventa monjas, según consta de varias y fidedignas 
relaciones. 

Ha habido entre las religiosas deste monasterio muchas de seña- 
lada virtud y fama de santidad, de las cuales referiré algunas breve- 
mente. Ana M.a de Jesús, natural de Salamanca, fué muy amada de 
nuestra Santa Madre Teresa, su secretaria y compañera de celda, y 
hermana de otras tres religiosas de aquel convento, que después, si- 
guiendo a la Santa, fueron descalzas, y se llamaron Isabel de Jesús, 
Juliana de la Magdalena y Jerónima de San Agustín. Ana María, 
perseverando en su primera vocación, se mejoró mucho en ella, y 
vivió con gran ejemplo y reformación. Hizo particular estima de su 
virtud nuestro venerable P. Fr, Juan de la Cruz, siendo confesor 
suyo, cuando lo fué de aquel convento, y ella tuvo entonces revela- 
ción de la pureza y admirable inocencia del alma del varón santo, 
como se dirá en su lugar. Fué regalada del Señor con particulares 



1 El clásico escrüor e historiador dilifrente de la Reforma del Carmen, P. Jerónimo de San 
José, lib. II, cap. IX-, añade algunos pormenores a las Relaciones de Maria Pinel, principalmente 
en lo que atañe a la fábrica del Monasterio y a la celda habitada por la Santa, tal como se ha- 
llaba en el siglo XVII, desde cuya fecha, nu ha tenido modificación ninfluna notable. 



APÉNDICES 119 

mercedes en la oración, y no menos con trabajos y enfermedades, 
los cuales padeció con grande igualdad y esfuerzo de ánimo. Sacá- 
ronla de su convento por orden y mandato del Sr. Nuncio de España, 
para fundar uno de Agustinas Recoletas en Salamanca, y después 
de haberle fundado e instruido, volvió al suyo donde murió llena de 
días, virtudes y merecimientos. Semejante a esta fué Marina Maldo- 
nado, natural de Avila, de vida muy penitente y austera. Solía revol- 
carse, como San Benito, entre zarzas. Dormía sobre una estera, 
vestía túnicas muy ásperas, y ayunaba todo el año, disimulando 
desta suerte la singularidad de su abstinencia en la Comunidad, 
en lo cual perseveró por tiempo de diez y siete años. No trataba con 
seglares aunque fuesen deudos, pero con Dios continuamente. Hizo 
y bordó un frontal para una imagen de Nuestra Señora que hay 
muy venerada en aquel convento, por habérsele aparecido, y hablado 
en ella la Virgen Santísima a nuestra Santa Madre, y sin haber 
jamás aprendido ni sabido hasta entonces qué cosa era bordar, salió 
excelente y admirable la labor. Dice le agradeció la Virgen este 
servicio y afecto con un abrazo que le dio por medio de esta santa 
imagen. Vivió en todo muy ajustada a sus obligaciones, y murió con- 
forme había vivido, dejando en la celda un olor del cielo, y en la 
estimación de todas, opinión de verdadera y grande religiosa. 

Doña Francisca de Bracamonte, natural y de lo más noble de 
Avila, ilustró con su ejemplar virtud aquel monesterio. Fué, cuando 
noble, humilde y despreciadora de las honras y estimación del mundo. 
Siendo con general aclamación deseada de todo el convento por prio- 
ra, después de haber ellf» hecho muchas diligencias con las religiosas 
para que no la eligiesen; y pareciendo imposible faltarle voto alguno, 
acudió a Dios, y fué la instancia de su oración y lágrimas tal, que 
alcanzó del Señor mudase de repente los ánimos y la dejasen libre. Guar- 
dó la abstinencia de miércoles y sábados, hasta el mismo día en 
que murió, que fué miércoles. 

Doña Antonia del Águila, no menos ilusíre en sangre y virtud, 
natural de la misma ciudad, fué singularmente señalada en el afec- 
to a los pobres y a la pobreza religiosa, socorriendo a aquéllos 
y guardando ésta con ejemplar demostración. Comía una sola vez 
y parcamente al día, gastando lo más del y parte de la noche en 
oración, en la cual, habiendo recibido muchas misericordias del Se- 
ñor, acabó loablemente el curso de su vida. Francisca de Valverde. 
natural de la misma ciudad, fué muy dada a los mismos santos 
ejercicios de limosna, pobreza y oración; con los cuales, bien dis- 
puesta para el último trance, dijo alegre y gozosa en aquel paso: 
Si esto es morir, dulcísima es la muerte. Catalina de Jesús, lega, 
fué religiosa de gran sencillez y virtud. Comulgaba por mandado de 
su confesor todos los días, y mostróle Nuestro Señor serle esto agra- 
dable con la visión que dicen tuvo de una mesa y convite muy esplén- 
dido que cada día se le representaba. Hizo por su cuenta una vez 
la fiesta de Nuestra Señora de las Candelas, y con haber puesto 
muchas que ardiesen, de ninguna se halló haberse gastado la cera. 
Murió con el fervor que había vivido; y al tiempo del expirar, se le 
arrancó el alma con un suspiro de voz muy entera y fuerte, que causó 



120 APÉNDICES 

admiración. Doña Teresa de Quesada, muy querida y estimada de 
nuestra Santa Madre por su gran virtud, fué tan observante, pobre 
y humilde, que siendo muy noble y de ochenta años, no quiso tener 
celda particular como la tenían las demás de su calidad y antigüedad 
en la casa, y así durmió y vivió en el dormitorio y enfermería común. 
Doña Antonia de Monroy, después de muy loable y ejemplar vida 
y de una larga y penosa enfermedad, es fama haberla regalado el 
Señor en la muerte con una visión de todas las virtudes, que en 
forma de doncellas hermosísimas, coronadas de gloria, la consolaron 
y acompañaron al cielo. Doña Quiteria de Avila, prima de la mar- 
quesa de Velada, acompañó a nuestra Santa Madre en Ja lundación 
de Salamanca, donde al entrar de noche vio aquellas dos milagrosas 
luces, que, como después se dirá, la alumbraron. Profetizóle la Santa 
el día de su muerte, y apareciósele en ella consolándola. Pudiérase 
hacer una muy larga y digna historia, si hubiéramos de referir las 
demás que en este gran convento han dejado fama de santidad; pero 
esto es de otro asunto, y para el mío bastan las dichas. 

Todas estas religiosas siervas de Dios ilustran mucho el convento de 
la Encarnación de Avila; pero lo que singularmente lo ennoblece son 
tres cosas: la primera, haber tenido por hija una tan gran Madre, 
que se ha alzado con este nombre en la Iglesia; la segunda, haber 
sido allí vicario y confesor del convento nuestro venerable Padre Fray 
Juan de la Cruz, primer descalzo Carmelita, varón tan grande como 
se dirá en el tomo siguiente. Y la tercera, las prendas y memorias que 
de ambos quedaron y se conservan en el santo monasterio. La primera 
y segunda excelencia se descucñrá en todo el discurso de esta historia; 
porque así en las grandezas de la vida de nuestra Santa Madre y ve- 
nerable Padre, como en las demás de toda la Reforma que nació de- 
llos, tiene su parte este religiosísimo Convento. Pero la tercera ex- 
celencia, especialmente por parte de la Santa, testifican la celda, el 
coro, la iglesia, confesonarios, tornos, redes y todas las paredes de 
aquella casa, en la cual vivió i; moró tantos años y recibió de Nuestro 
Señor tan singulares y frecuentes mercedes. 

Con particular memoria se venera la puerta por donde entró a to- 
mar el hábito aquella dichosísima doncella, y por donde salió después 
a fundar su Religión y Reforma, y adonde, estando hablando con una 
persona, se le apareció Cristo Señor nuestro. También el locutorio, 
donde el Señor la atemorizó para apartarla de cierta conversación, 
con la figura de una asquerosa sabandija (1), y mucho más otro, que 
labró la misma Santa, llamado por eso locutorio de la Santa Madre, 
donde hablando con nuestro venerable Padre Fray Juan de la Cruz, 
se quedaron ambos juntamente arrobados. El coro alto donde le dijo 
nuestro Señor que no quería tuviese ya conversación con hombres, 
sino con ángeles (2); el bajo, donde, habiendo comulgado, se halló la 
boca llena de sangre de Cristo Señor nuestro (3), y donde después de 
otra comunión, I2 mandó el Señor fundase el primer monasterio de 



1 Cfr. Libro de la Vida, c. VIII, p. 45, 

2 Ibid., c. XXIV, p. 188. 

3 Obras de Sta. Teresa de Jesús, t. II, Relación XXVI, p. 56. 



APÉNDICES 121 

SU Reforma. La ventanilla por donde comulgaba tantas veces y re- 
cibía tan regaladas mercedes, que el Señor allí le hizo, 9 especial- 
mente aquella de darle el clavo y tomarla por esposa (1), aunque ya 
entonces era Descalza y gobernaba aquella casa. El claustro del coro 
donde se le aparecieron San Pedro y San Pablo. Las escaleras y dor- 
mitorios por donde la acompañaba el Señor con la cruz a cuestas, 
y finalmente, la celda donde gozó de tantas consolaciones, ilustracio- 
nes y visitas celestiales. 

Consérvanse en el mismo convento la imagen de nuestra Seño- 
ra, que está en el coro, en que la Santa vio bajar del cielo a la 
Virgen Santísima y ponerse allí (2); un crucifijo muy semejante al 
de Burgos, que envió desde Toledo a esta casa y un San José que 
les llevó la misma Santa, del cual decían las monjas, siendo priora, 
que le parlaba todo lo que pasaba en la casa; un Santo Cristo de 
pincel, que hizo pintar al modo que se le representó en una visión, 
y otras muchas prendas y reliquias suyas que allí quedaron de 
aquel tiempo. 

Pero lo principal que de la Santa ha quedado y se conserva siem- 
pre, es una gran reformación e imitación de sus virtudes y obser- 
vancia de algunas santas costumbres que introdujo. Trátase mucho 
de oración y contemplación, de penitencia, de recogimiento y silencio, 
de observancia regular. No se usan melindres mujeriles, ni los tra- 
jes y galas que entre algunas monjas suele haber. Está muy rece- 
bido el vestir pobremente y traer los hábitos remendados aún las 
de menos edad. No entran unas en celdas de otras, sino para visitar 
alguna enferma, o con otras justificadas causas, ni se juntan a di- 
vertimientos que no sean muy decentes; y con haber muchas religiosas 
mozas y que saben tañer con destreza varios instrumentos, sólo usan 
dellos y su música para el culto divino. Todo lo cual es mucho de loar 
y de gran edificación el monasterio donde las leyes no son tan es- 
trechas como en otros. 

Confiesan habor quedado esta reformación de la que allí asentó 
Nuestra Santa Madre con su ejemplo y doctrina; la cual, para que 
siempre les esté predicando, se lee en sus libros todo el año, si no 
sólo los días que hay obligación de leer otra lectura. Guárdase invio- 
lablemente una procesión que instituyó del Jueves Santo por la noche 
después de Completas, llevando en ella la santa imagen de Nuestra 
Señora, en la cual vio, como queda dicho, a la Virgen Santísima, 
y una de las estaciones que con ella se hace es en la celda de 
la Santa. Cántase por institución suya todos los sábados después de 
Completas a Nuestra Señora, delante desta imagen, la antífona de 
la Concepción, con las oraciones que señaló la misma Santa Madre- 
El lavatorio del Jueves Santo, que se solía hacer con muy grande 
adorno y aparato, le hizo ella, siendo priora, con sola una bacía y un 
jarro de Talavera; lo cual se observa hoy en aquel convento con gran 
puntualidad. También se observa la fiesta que instituyó de Nuestra 



1 Obras de Sta. Teresa de Jesús, t. II, Relación XXXV, p. W. 

2 Ibld., Relación XXV, p. 56. 



122 APÉNDICES 

Señora de las Angustias el primer viernes de Cuaresma, y una her- 
mandad de que cada religiosa haga decir por la que muere una misa. 
Guardan, a imitación de la Santa, el no desayunarse el Domingo de 
Ramos, después de haber comulgado, hasta las cuatro de la tarde, 
y el coger los mantos de las religiosas, que en el coro quedan des- 
cogidos, como ella lo hacía a horas extraordinarias. 

De todas las memorias que en aquel convento han quedado de 
nuestra gloriosa Madre, ha sido siempre y es muy tierna y regalada, 
la de su santa celda, donde pasó tan gran parte de su mejor vida, 
y gozó de tan crecidos y soberanos beneficios del cielo. Tuvo dos 
celdas en este monasterio; una en que vivió, antes de ser priora, 
veinte y siete años, y otra en que moró los tres del priorato, siendo 
Descalza. La primera se dividía en dos aposentos, uno en bajo y otro 
en alto; en el bajo tenía su oratorio, y en él un hueco donde había 
algunas imágenes, y sobre él un letrero que decía: Non intres in 
judicium cum servo tuo, Domine-, que siempre tuvo espíritu de humildad 
y contrición. En el aposento de arriba, que era muy alegre y apartado 
de ruido, dormía y se retiraba a tener oración, ñmbos se convirtieron 
después en oratorios. En aquel hueco del de abajo, donde la Santa 
tenía sus imágenes, se puso un retrato suyo, que dicen le es muy 
parecido, con una lámpara encendida. En el de arriba se hizo un re- 
tablo, con un excelente cuadro, de cuando la hirió el serafín, y se 
adornaron las paredes de aquel oratorio con otras pinturas de pasos 
de su vida. Estaba también allí adornado con mucha decencia el 
Cristo que dijimos hizo pintar la Santa de la manera que se le había 
aparecido en una visión, al cual todos los martes de Cuaresma iba 
la Comunidad a cantar un Miserere a canto de órgano. 

Tenía este oratorio, como el de abajo, lámpara, y algunas veces, 
que por causas necesarias entraban los prelados o confesores, de- 
cían allí misa. Era frecuentado de las religiosas con gran devoción; 
acudían a aquel lugar como a un común refugio en todos sus trabajos 
a encomendarse a la Santa, y pedirle favor, o darle gracias de las 
misericordias que del Señor recibían por su medio. Perseveraban mu- 
chas allí en oración día y noche, y eran allí consoladas con abundancia 
de favores del cielo, y sólo el ver las paredes de aquel santuario 
bastaba para sacar lágrimas, y bañar en devoción a quien llegaba 
a verle. 

Pero habiendo estado así este devotísimo sitio muchos años, en 
estos pasados, deseando el Sr. Obispo de aquella ciudad, D. Francisco 
Márquez Gaceta, enterrarse en él y que también el pueblo le gozase 
y frecuentase, alcanzó de las monjas se le dejasen disponer en tal 
forma que, labrada allí una capilla suntuosa, en la cual estuviese 
con gran decencia debajo de viriles de cristal patente siempre el 
Santísimo Sacramento, viniese a tener la entrada por el cuerpo de 
la iglesia, y así se ha hecho, dando para ello el Sr. Obispo toda 
su hacienda, de la cual señaló siete mil ducados para hacer la ca- 
pilla, cuatro mil para capellanes y quinientos ducados de renta para 
el convento. Bien se ve en este caso que ha sido particular providen- 
cia del cielo y premio concedido a los merecimientos de la Santa, 
que el aposento donde ella moró le haya escogido Nuestro Señor para 



APÉNDICES 123 

templo y morada suya. Como también que de la madera de su celda 
se haya hecho la custodia, donde el cuerpo sacratísimo del Señor está 
reservado; que así favorece y honra Su Divina Majestad a su que- 
rida esposa Teresa, cumpliendo cada día la palabra que de celar su 
honra dio (1). 



1 A poco de comenzar la obra en 1628, murió el señor Obispo, u sus herederos no la 
continuaron ni dieron cosa alguna al convento. Una Memoria que me han enviado las religiosas 
de la Encarnación, dice a este propósito; «Se empezó la obra el año 1628, y muriendo el Pre- 
lado, estando la fábrica en el principio, no se pudo dar un paso adelante, porque no tenían con 
qué; que a no haberlas sustentado el amor ternísimo tenido a estas santas paredes y ladrillos, 
hubieran buscado otras partes. Aunque ahora está más reparada esta necesidad, no alcanza, con 
que no ha sido posible. Diónos la Reina nuestra señora, que Dios tiene en el cielo, una licencia 
para pedir en las Indias para esta fábrica; pero como a la sazón pedían para Alba u para San 
José, u esta casa no tenía quien la favoreciese, ni se encargase de ella, solos cinco sujetos obró 
la devoción, siendo así que se han enviado en diferentes embarcaciones cédulas. De lo que ha 
venido, se ha labrado la Capilla, con harto empeño, por falta de caudal. Como ya, gracias a 
Dios, está acabada, no digo lo demás. 

»E1 retablo es de la madera de la misma celda. Forma un castillo, por ser el intento que 
llevaban de que estuviese en medio de la Capilla con altar de cuatro haces, porque es la planta 
de la Capilla la misma que San Isidro de Madrid^. 

El origen de la inscripción que hoy se lee en el centro del pavimento, según esta Memoria, 
fué el siguiente. Por orden de alguna monja, fué a barrer la Capilla una criada. «Ella debía 
de ir con mucha devoción; y estando en su labor, oyó que la decían, sin saber quien: Ista 
tena sancta est. Afervorizóse, con lo que interiormente se le decía, aunque no entendía; y cogió 
la tierra y llevó a guardar por reliquia. Luego, con el pavor que la causó, fué a preguntar a una 
religiosa qué querían decir aquellas palabras. A lo que contestó le religiosa, que quién la había 
metido a ella en latines. Entonces se lo dijo, y ella quedó muy consolada cuando oyó la expli- 
cación que le dio la religiosa, y ésta conmovida de ver que el cielo enseñaba por tan raro modo 
la veneración que se debe a tan santo lugar». La Capilla tiene acceso por la iglesia en la que 
se abre un amplio y corto pasadizo cerca del presbiterio, por el lado del Evangelio. Enfrente de 
la puerta está el altar en forma de castillo, hecho con la madera de la celda de la Santa, y a lo 
izquierda, según se entra, el altar de S. José señala el lugar que ocupaba la puerta de la antigua 
habitación. La inscripción mencionada del pavimento, dice: La tierra que pisas es santa. Pala" 
bras oídas en la ediñcación de este templo, que dio principio el año de 1628. Aunque espa- 
ciosa, no encierra la Capilla nada notable para el arte. Harto mejor habría sido respetar la celda 
como estaba en tiempo de la Santa, pero el buen Obispo de Avila no opinó así y ya no 
tiene remedio. Sin Santísimo Sacramento, carece del culto a que la venerable estancia, testigo 
de tantas maravillas de amor divino, parece tener derecho. La Comunidad es pobre y no puede 
hacer más de lo que hace. ¿No habrá medio de mejorarla y de asegurar un culto más intenso 
para que el piadoso visitante no reciba penosa y fría impresión allí donde tanto se prodigó el 
calor de la caridad' 

La celda que ocupó cuando fué de priora en 1571, está sobre lo que hoy se llama locu- 
torio alto. 



124 APÉNDICES 



VIII 



CARTA DE SAN LUIS BELTRAN A SANTA TERESA (1). 



Madre Teresa: Recibí vuestra carta, y porque el negocio sobre que 
me pedís parecer, es tan en servicio del Señor, he querido encomendár- 
selo en mis pobres oraciones y sacrificios, y ésta ha sido la causa de 
haber tardado en responderos. Agora digo, en nombre del mismo Se- 
ñor, que os animéis para tan grande empresa, que El os ayudará y fa- 
vorecerá; y de su parte os certifico que no pasarán cincuenta años, 
que vuestra Religión no sea una de las más ilustres que haya en la 
iglesia de Dios, el cual os guarde, etc. En Valencia.— Fr. Luis Beltr.in. 



1 La fama de este santo Dominico llegó hasta Santa Teresa y le escribió dándole cuenta 
de sus propósitos de reforma de la Orden del Carmen. ■ Fr. Vicente Justiniano Antist, en las 
Rdiciones a la Vida de San Luis Beltrán, dice a este propósito: «La bienaventurada Madre 
Teresa de Jesús, fundadora de las Descalzas y Descalzos Carmelitas, en los primeros años 
que empezó a fundar la vida recoleta de su Orden, procuró de consultar sus intentos con muchas 
personas espirituales, particularmente con el P. Fr. Luis Beltrán, que moraba entonces en esta 
casa de Predicadores (Valencia). Escribióle una cartfi y dióle cuenta de su deseo y de algunas 
revelaciones que había tenido sobre ello. El P. Fr. Luis encomendó a Dios en sus oraciones y 
sacrificios los buenos intentos della, y al cabo de tres o cuatro meses, le respondió en esta 
forma». Copia la carta del Santo como nosotros la publicamos, y fué escrita entre 1561 y 1562. 
El P, Vicente fué contemporáneo de San Luis Beltrán. 



APÉNDICES 125 



IX 



CARTA DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA A SANTA TERESA (1). 



El Espíritu Santo hincha el alma de vuestra merced. Una suya vi, 
que me enseñó el señor Gonzalo de Aranda, y cierto que me espanté 
que vuestra merced ponía en parecer de letrados lo que no es de su 
facultad, que si fuera cosa de pleitos o caso de conciencia, bien era 
tomar parecer de juristas o teólogos; mas en la perfeción de la vida 
no se ha de tratar sino con los que la viven, porque no tiene ordina- 
riamente alguno más conciencia ni buen sentimiento, de cuanto bien 
obra; y en los consejos evangélicos no hay que tomar parecer si será 
bien seguirlos o no, o si son observables o no, porque es ramo de 
infidelidad. Porque el consejo de Dios no puede dejar de ser bueno, 
ni es dificultoso de guardar, si no es a los incrédulos y a los que 
fían poco de Dios, y a los que solamente se guían por prudencia hu- 
mana; porque el que dio el consejo dará el remedio, pues que le 
puede dar, ni hay algún hombre bueno que dé consejo que no quiera 
que salga bueno, aunque de nuestra naturaleza seamos malos, cuanto 
más el soberanamente bueno y poderoso quiere y puede que sus con- 
sejos valgan a quien los siguiere. 

Si vuestra merced quiere seguir el consejo de Cristo de mayor 
perfeción en materias de pobreza, sígalo, porque no se dio más a 
hombres que a mujeres, y El hará que le vaya muy bien como ha ido 
a todos los que lo han seguido. Y si quiere tomar el consejo de letra- 
dos sin espíritu, busque harta renta, ? ver si le valen ellos ni ella 
más que el carecer della por seguir el consejo de Cristo. Que si vemos 
faltas en monesterios de mujeres pobres, es porque son pobres contra 
su voluntad, y por no poder más, y no por seguir el consejo de Cristo, 
que yo no alabo simplemente la pobreza, sino la sufrida con paciencia 
por amor de Cristo, Señor Nuestro, y mucho más la deseada, procu- 
rada y abrazada por amor; porque si yo otra cosa sintiese o tuviese 
con determinación, no me tendría por seguro en la fe. 

Yo creo en esto y en todo a Cristo, Muestro Señor, y creo firme- 
mente que sus consejos son muy buenos, como consejos de Dios, y creo, 
que aunque no obliguen a pecado, que obligan a un hombre a ser 
mucho más perfeto, siguiéndolos, que no los siguiendo. Digo, que le 
obligan que le hacen más perfeto, a lo menos en esto, y más santo y 
más agradable a Dios. Tengo ñor bienaventuindos, como Su Majestad 
dice, a los pobres de espíritu, que son los pobres de voluntad, y tén- 



1 Recibió esta carta, escrita el H de Abril de 1562, estando en el palacio de D.a Luisa de 
la Cerda en Toledo. Véase el capítulo XXXV de la Vida, página 296. Publicó esta carta Yapes, 
11b. II. c. VII. Tráela también el Ms. 12.763 de la Biblioteca Nacional. 



126 APÉNDICES 

golo visto, aunque creo más a Dios que a mi experiencia; y que los 
que son de todo corazón pobres, con la gracia del Señor, viven vida 
bienaventurada, como en esta vida la viven los que aman, confían y 
esperan en Dios. 

Su Majestad dé a vuestra merced luz para que entienda estas ver- 
dades y las obre. No crea a los que dijeren lo contrario por falta de 
luz, o por incredulidad, o por no haber gustado cuan suave es el 
Señor a los que le temen y aman, y renuncian por su amor todas las 
cosas del mundo no necesarias para su mayor amor; porque son ene- 
migos de llevar la cruz de Cristo y no creen su gloria, que después 
de ella se sigue. Y dé asiraesmo luz a vuestra merced, para que en 
verdades tan manifiestas no vacile, ni tome parecer sino de los se- 
guidores de los consejos de Cristo, que aunque los demás se salvan, 
si guardan lo que son obligados, comunmente no tienen luz para más 
de lo que obran; y aunque su consejo sea bueno, mejor es el de 
Cristo, Nuestro Señor, que sabe lo que aconseja y da favor para lo 
cumplir, y da al fin el pago a los que confían en El, y no en 
las cosas de la tierra. 

De Avila y de ñbril 14 de 1562 años.— Humilde capellán de vuestra 
merced. Fray Pedro de Alcántara (1). 



1 Algunas cartas más debió de escribir a Sta. Teresa este gran amador de la pobreza, 
pero se han perdido, o por lo menos se ignora su paradero. En los sobrescritos solía poner: 
H la muy magníñca y religiosísima señora £)." Teresa de Rhumada, que Nuestro Señor haga 
Santa. (Cfr. Ribera, lib. I, c. XVII). 



APÉNDICES 127 



CARTA DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA AL OBISPO DE AVILA SOBRE LA FUNDACIÓN 
DEL CONVENTO DE SAN JOSÉ (1). 



El espíritu de Cristo hincha el ánima de vuestra señoría: Reci- 
bida su santa bendición. La enfermedad me ha agraviado tanto, que ha 
impedido tratar un negocio muy importante al servicio de Nuestro Se- 
ñor; y por ser tal y no quede por hacer lo que es de nuestra 
parte, en breve quise dar noticia del a vuestra señoría; y es, que 
una persona muy espiritual, con verdadero celo, ha algunos días pre- 
tende hacer en este lugar un monesterio religiosísimo y de entera per- 
feción de monjas de la primera Regl^ y Orden de Nuestra Señora del 
Monte Carmelo, para lo cual ha querido tomar por fin y remedio de 
la observación de la dicha primera Regla dar la obediencia al Ordinario 
deste lugar; y confiando en la santidad y bondad grande de vuestra 
señoría, después que Nuestro Señor se le dio por perlado, han traído 
el negocio hasta hora con gasto de más de cinco mil reales, para lo 
cual tienen traído Breve. 

Es negocio que rae ha parecido bien; por lo cual, por amor de 
Nuestro Señor, pido a vuestra señoría lo ampare y reciba; porque 
entiendo es en aumento del culto divino y bien desta ciudad. Y si a 
vuestra señoría parece, pues yo no puedo ir a tomar su santa ben- 
dición y tratar esto, recibiré mucha caridad mande vuestra señoría 
el maestro Daza venga a que yo lo trate con él, o con quien a 
vuestra señoría parezca. Mas, a lo que entiendo, esto se podrá fiar 
y tratar con el Maestro, y desto recibiré mucha consolación y caridad. 
Digo que puede vuestra señoría tratar de esto con el maestro Daza, 
y con Gonzalo de Hranda y con Francisco de Salcedo, que son las 
personas que vuestra señoría sabe, y tendrán más particular conoci- 
miento de esto que yo; aunque yo me satisfago bien de las personas 
principales que han de entrar, que son gente aprobada ij la más prin- 
cipal; creo yo que mora el espíritu de Nuestro Señor en ella; el cual 
Su Majestad dé y conserve en vuestra señoría, para mucha gloria suya y 
universal provecho de su Iglesia. Amen, ñmen.— Siervo y capellán de 
vuestra señoría indigno. Fray Pedro de Alcántara. 



1 El original, conforme al cual va corregida, se conserva en las Carmelitas Descalzas de 
San José de Avila. La carta fué escrita en Julio o Agosto de 1562. El sobrescrito dice: Jil iíus-' 
trísimo y reverendísimo señor Obispo de JJvila, que Nuestro Señor haga santo. 



128 APÉNDICES 



XI 



CONMUTACIÓN DEL VOTO DE PERFECCIÓN QUE HIZO SANTA TERESA, 1565 (1). 



Fray ñngel de Salazar.. provincial de la Provincia de Castilla, 
de la Orden de Nuestra Señora del Carmen. Por la presente damos 
nuestra autoridad y comisión al muy reverendo padre prior de nuestra 
casa del Carmen de Avilai, y al muy reverendo Fray García de Toledo, 
de la Orden de Santo Domingo, que cualquiera de sus Reverencias, 
administrando el sacramento de la penitencia y confesión, a la ca- 
rísima hermana nuestra Teresa de Jesús, madre de las religiosas de 
San José, la puedan relajar cualquier voto que haya hecho, o comu- 
íárselo, como mejor les pareciere convenir al servicio de Nuestro Se- 
ñor y al sosiego de la conciencia de la sobredicha nuestra Hermana. 
Para lo cual, como dicho es, les damos nuestras veces y la autoridad que 
por nuestro oficio y ministerio tenemos. Fecha en Toledo, a dos días 



2 Hacia el ano 1560 tenía ua hecho este voto la Santa cuando aun vivía en la Encarna- 
cióu. «El modo pue tuvo de hacerlo, dice el P. Jerónimo de S. José, Historia del Carmen Des- 
calzo, lib. II, c. XXVI, fué desta manera: Andaba la santa virgen cuando Nuestro Señor la co- 
menzó a enternecer con su amor y a regalar con sus misericordias, por otra parte algo asida a 
los gustos ü pasatiempos del mundo, aunque todos venían a parar en un rato de buena conver- 
sación, lo cual traía el corazón como partido, ni bien puesto en las cosas de Dios, ni bien en 
las del mundo, viviendo, como dijimos ya con sus palabras mismas, una vida penosísima y llena 
de mil muertes. Andando, pues, desta manera, queriéndola Nuestro Seftor hacer ya toda suya, le 
dijo en un gran arrobamiento, que de allí adelante no quería tuviese conversación con hombres, 
sino con ángeles. Y como el decir de Dios es hacer, dejó desde entonces su corazón tan des- 
asido de las cosas de la tierra y tan entregado a las del cielo y al gusto de Dios, que concibió 
luego un grande y poderoso deseo de amarle con todas sus fuerzas, haciendo propósito firmísi- 
mo de no dejar de hacer cosa alguna en que más le pudiese agradar y servir. Pasando adelante 
en estos deseos, y creciendo cada día más en fervor con las muchas y nuevas mercedes que el 
Señor le hacía, y especialmente con aquella del serafín que dulcemente le hirió el corazón y 
abrasó en el amor divino, solicitada del Señor, e inspirada y enseñada del cielo, le pareció 
sería cosa agradable a su divina Majestad el confirmar con voto el propósito que tenía hecho de 
servirle con tanta perfección. Comunicólo con sus confesores y prelados, y teniendo de unos y 
otros el beneplácito para ello, hizo el voto que tanto deseaba, con lo cual quedó su corazón 
descansado y desahogado, ofreciendo a Dios un sacrificio de su alma tan perfecto». 

Debía de ocasionarle este voto algunas dudas y ansiedades de espíritu cuando su confesor, 
el Padre García de Toledo, procuró que el provincial calzado, P. Ángel de Salazar, se lo 
conmutase, como lo hizo. Para mayor tranquilidad, el P. García de Toledo dio a la Santa algu- 
nas instrucciones acerca del modo cómo había de hacerse de nuevo. Jerónimo de S. José, en el 
lugar arriba citado, añade: <;E1 P. Ribera y el Obispo de Tarazona dicen, que por excusar escrúpulos 
entendía la Santa este voto, no en cosas muy menudas, sino en las que fueren algo y de im- 
portancia. Yo no hallo esa limitación en la forma, ni en la reforma del, sino solas aquellas tres 
tan cuerdas y necesarias condiciones que advirtió el P. Maestro Fr. García de Toledo en su pa- 
recer, cuyo papel tengo por cierto no llegó a manos destos dos autores, como a las mías; y así 
no hay por qué añadamos esa limitación, que no puso la Santa, ni su confesor, ni de otra parte 
nos consta». 



APÉNDICES 129 

del mes de marzo de mil y quinientos sesenta y cinco años. — Fray 
Ángel de Salazar, Provincial. 



EN EL REVERSO DEL MISMO PAPEL ESCRIBIÓ EL P. GARCÍA DE TOLEDO: 

Oída la confesión, como aquí dice el Padre Provincial, y enten- 
diendo que para el sosiego y quietud de la conciencia de vuestra mer- 
ced y ds sus confesores (que en esto cs todo uno), yo anulo y irrito 
el voto que hizo: In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen. 

Como me parece que le puede hacer de nuevo, es votando de que 
en todo aquello que vuestra merced consultare con su confesor, sobre 
si es más perfección^ o noi, y el, entendiendo este voto, declarare lo que 
es más perfección, que aquello sea obligada a seguir. Y digo que 
serán menester tres cosas: la primera, que el confesor sepa que tiene 
l^echo ese voto; la segunda, que vuestra merced se lo pregunte y no de 
otra manera; la tercera, que él declare lo que es mayor perfección, 
y con estas tres condiciones obligue el voto y de otro arte no. Porque 
como antes estaba hecho el voto, era grandísimo escrúpulo para vuestra 
marced, y para un confesor más mientras más delgada conciencia tuviere. 
Son hoy (1). Fray García de Toledo (2). 

Dióme el Reverendísimo General licencia para prometer este voto, 
y para gastar todo lo que me diesen en limosna; dijo que me hacía 
su procuradora. — Teresa de Jesús. 



1 Aqui parece quiso el P. Garcia de Toledo poner la fecha de relajación del voto, que 
seria poco después de estar facultado por el P. Provincial. El Prior de los Calzados de Avila, 
a quien e! P. Ángel de Salazar otorgó la misma licencia, era el P. Antonio de Heredia, el 
pri:Tiero que pocos años después abrazó, con San Juan de la Cruz, la reforma de los Carme- 
litas. Por este voto y por los dos informes del P. Ibáñez que publicamos a continuación, puede 
barruntarse el grado de perfección a que había llegado Santa Teresa cuando emprendió la Refor- 
ma del Carmen. 

2 Lar tres líneas siguientes, púsolas Santa Teresa en 15ó7 cuando habló en Avila con el 
P. Juan Bautista Rúbeo, que vino a visitar los conventos que en España tenia la Orden del 
Carmen. El original de estos documentos se venera en las Carmelitas Descalzas de Calahona. 
Quedan corregidos por una copia fotográfica que poseemos. 



II 



130 APÉNDICES 



XII 



DICTAMEN DEL P. PEDRO IBAÑEZ SOBRE EL ESPÍRITU DE SANTA TERESA (1). 



1. El fin de Dios es llegar un alma a sí y el del demonio apar- 
tarla de Dios. Nuestro Señor nunca pone medios que aparten a uno de 
SÍ, ni el demonio que lleguen a Dios. Todas las visiones y las demás 
cosas que pasan por ella la llegan más a Dios, y la hacen más hu- 
milde, obediente etc. 

2. Doctrina es de Santo Tomás, y de todos los Santos, que, en 
la paz y quietud del alma que deja el ñngel de luz, se conoce. Nunca 
tiene estas cosas que no quede con grande paz y contento, tanto que 
todos los placeres de la tierra juntos la parecen no son como el menor. 

3. Ninguna falta tiene ni imperfeción de que no sea reprendida 
del que la habla interiormente. 

y. Jamás pidió ni deseó estas cosas, sino cumplir en todo la vo- 
luntad de Dios Nuestro Señor. 

5. Todas las cosas que le dice van conformes a la Escritura divina 
tí a lo que la Iglesia enseña, y son muy verdaderas en todo rigor esco- 
lástico. 



1 Cuando la Santa, pata acallar incertidumbtes de conciencia, escribió las Relaciones a sus 
confesores que ya conocemos, el P. Ibáfiez compuso este magnífico Dictamen, defendiéndola con 
las razones gravísimas que verá el lector. R nuestro juicio, lo escribió con el fin de leerlo en al- 
guna junta que por los años de 1559 o 1560 se celebró en Avila, entre algunas personas espiri- 
tuales ü doctas, para deliberar acerca del espíritu de la M. Teresa. No han motivo para atribuir 
este escrito a San Pedro de Alcántara. Las primitivas religio.'5as de San José de seguro lo ha- 
brían tenido muy presente de proceder de persona tan afamada y santa. Nada dicen, sin em- 
bargo, afirmando en cambio que el Dictamen era de un hijo de Sto. Domingo. Teresa de Jesús, 
sobrina de la Santa, depone en el Proceso de Avila de 1610: «De una Relación original que esta 
declarante tiene en su poder, habida de la Madre María de San Jerónimo, priora que fué mu- 
chos aflos de este Convento de San Joseph, ya difunta, de cuyo valor y santidad oyó esta 
declarante muchas alabanzas a la misma Santa Madre, sábese la estima que de la dicha Santa 
Madre tenía uno de sus confesores, aun antes que saliese a fundar este primer convento; el 
cual memorial, según ha podido colegir de otros memoriales que ha tenido en su poder, fué 
del Padre Fr. Pedro Ibáñez, gravísimo Padre de la Orden de Santo Domingo, o del dicho 
P. Fr. Domingo Báñez, que conforman mucho con unas razones que puso el dicho P. Fray 
Pedro Ibáñez en un cuaderno grande de cosas en que aprobaba el espíritu de dicha Santa 
Madre, que poco ha le invió esta declarante a su Padre General que al presente es, las cuales 
dio entre otras el dicho sumario para probar ser de Dios el espíritu que tenía la dicha Santa 
Madre Teresa de Jesús, delante de una junta que se hizo de personas muy graves y doctas 
para examinar el espíritu de la dicha Santa Madre Teresa de Jesús, aunque no se ha podido 
entender claro de cuál de los dos Padres que ha nombrado es la memoria que aquí irá referida>. 

La duda de la sobrina de la Santa entre Ibáñez y Domingo Báñez, que confunde en la 
Deposición, no ofrece dificultad mayor, sabiendo que Báñez no conoció a la Fundadora hasta 
bien entrado el año 62, cuando ya este papel estaba escrito, y por quien evidentemente la 
había tratado mucho. En la razón 29 dice la M. Teresa, que había hecho provecho a muchas 
personas, entre otras, al autor del escrito, cosa que cuadra muy bien al P. Ibáñez, en la 
fecha de que venimos hablando. 



APÉNDICES 131 

6. Tiene muy gran puridad de alma, gran limpieza, deseos fer- 
ventísimos de agradar a Dios', y a trueco de esto, atropellar a cuanto 
hay en la tierra. 

7. Hanle dicho que todo lo que pidiere a Dios, siendo justo, lo 
hará. Muchas ha pedido y cosas que no son para carta, por ser largas, 
y todas se las ha concedido Nuestro Señor. 

8. Cuando estas cosas son de Dios, siempre son ordenadas para 
bien propio, común o de alguno. De su aprovechamiento tiene expe- 
riencia y del de otras muchas personas. 

9. Ninguno la trata, si no lleva prava disposición, que sus cosas 
no le muevan a devoción, aunque ella no las dice. 

10. Cada día va creciendo en la perfeción de las virtudes y siem- 
pre la enseñan cosas de mayor perfeción. Y así, en todo su discurso 
de tiempo, en las mismas visiones ha ido creciendo de la manera que 
dice Santo Tomás. 

11. Nunca le dicen novedades, sino cosas de edificación, ni le 
dicen cosas impertinentes. De algunos le han dicho que están llenos de 
demonios; pero para que entienda cuál está un alma cuando mortal- 
mente ha ofendido al Señor. 

12. Estilo es del demonio, cuando pretende engañar, avisar que 
callen lo que les dice; mas a ella le avisan que lo comunique con le- 
trados siervos del Señor, y que cuando callare, por ventura la enga- 
ñará el demonio. 

13. Es tan grande el aprovechamiento de su alma con estas cosas 
y la buena edificación que da con su ejemplo, que más de cuarenta 
monjas tratan en su casa de grande recogimiento (1). 

1^1. Estas cosas ordinariamente le vienen después de larga oración, 
y de estar muy puesta en Dios y abrasada en su amor, o comulgando. 

15. Estas cosas le ponen grandísimo deseo de acertar, y que el 
demonio no la engañe. 

16. Causan en ella profundísima humildad; conoce lo que recibe 
ser de la mano del Señor, y lo poco que tiene de sí. 

17. Cuando está sin aquellas cosas, suélenle dar pena y trabajo 
cosas que se le ofrecen; en viniendo aquello, no hay memoria de 
nada, sino gran deseo de padecer, y desto gusta tanto, que se espanta, 

18. Cáusanle holgarse y consolarse con los trabajos, murmura- 
ciones contra sí, enfermedades, y así las tiene terribles, de corazón, 
vómitos, y otros muchos dolores, los cuales, cuando tiene las visiones, 
todos se le quitan. 

19. Hace muy grade penitencia con todo esto, de ayunos, disci- 
plinas y mortificaciones. 

20. Las cosas que en la tierra le pueden dar contento alguno y 
los trabajos, que ha padecido muchos, sufre con igualdad de ánimo, 
sin perder la paz y quietud de su alma. 

21. Tiene tan firme propósito de no ofender al Señor, que tiene 
hecho voto de ninguna cosa entender que es más perfeción, o que se la 
diga quien lo entiende, que no la haga, y con tener por santos a los 



1 Habla del monastetio de la Encarnación. 



152 APÉNDICES 

de la Compañía, y parecerle que por su medio Nuestro Señor le ha hecho 
tantas mercedes, me ha dicho a mí que si no tratarlos supiese que 
es más perfeción, que para siempre jamás no les hablaría, ni vería, con 
ser ellos los que la han quietado v, encaminado en estas cosas. 

22. Los gustos que ordinariamente tiene y sentimientos de Dios, 
y derretirse en su amor, es cierto que espanta, y con ellos se suele 
estar casi todo el día arrebatada. 

23. En oyendo hablar de Dios con devoción y fuerza, se suele 
arrebatar muchas veces, y con procurar resistir, no puede, y queda 
entonces tal a los que la ven, que pone grandísima devoción. 

24. No puede sufrir a quien la trata que no le diga sus faltas y 
no la reprenda, lo cual recibe con grande humildad. 

25. Con estas cosas no puede sufrir a los que están en estado de 
perfeción, que no la procuren tener conforme a su instituto. 

26. Está desapegadísima de parientes, de querer tratar con las 
gentes, amiga de soledad; tiene grande devoción con los Santos, y en 
sus fiestas y misterios que la Iglesia representa, tiene grandísimos 
sentimientos de Nuestro Señor. 

27. Si todos los de la Compañía y siervos de Dios que hay en la 
tierra le dicen que es demonio o dijesen, temei y tiembla antes de las 
visiones; pero estando en oración y recogimiento, aunque la hagan mil 
pedazos, no se persuadirá sino que es Dios el que trata y habla. 

28. Hale dado Dios un tan fuerte y valeroso ánimo que espanta. 
Solía ser temerosa; agora atropella a todos los demonios. Es muy fuera 
de melindres y niñerías de mujeres; muy sin escrúpulos; es rectísima. 

29. Con esto le ha dado Nuestro Señor el don de lágrimas suaví- 
simas, grande compasión de los prójimos, conocimiento de sus faltas, 
tener en mucho a los buenos, abatirse a sí misma. Y digo, cierto, 
que ha hecho provecho a hartas personas, y yo soy una. 

30. Trae ordinaria memoria de Dios y sentimiento de su presencia. 

31. Ninguna cosa le han dicho jamás que no haya sido así y no 
se haya cumplido, y esto es grandísimo argumento. 

32. Estas cosas causan en ella una claridad de entendimiento y 
una luz en las cosas de Dios admirable. 

33. Que le dijeron que mirase las Escrituras y que no se hallaría 
que jamás alma que deseaba agradair a Dios hubiese estado engañada 
tanto tiempo (1). 



1 Tanto Ribera como Yepes copiaron este escrito, cuyo original se hallaba en la Encarna- 
ción. Más tarde debió de pertenecer a San José de Avila, y allí lo tenía la M. Teresa, sobrina 
de la Santa, cuando dijo su Dicho en el Proceso de 1610, u en él lo trasladó íntegro. Alguna 
pequeña variedad de palabras hay en estos autores, que en nada alteran el sentido. El traslado 
de Ribera nos parece el más exacto. 



APÉNDICES 133 



XIII 



INFORME DEL P. PEDRO IBAÑEZ SOBRE EL ESPÍRITU DE SANTA TERESA (1). 



En la ciudad de Avila hay una nueva casa de Religiosas Descalzas y 
pobres, que viven de limosna, de la Orden del Carmen; la cual se ha 
fundado y hecho por orden de una religiosa del monasterio de la En- 
carnación que hay en la misma ciudad y en la misma Orden. Llámase 
a esta señora ahora Teresa de Jesús, y antes llamábase doña Teresa de 
Ahumada, natural de aquella ciudad y de unos caballeros de aquel 
nombre. Son tantas las cosas que a esta señora se le revelan y muestras 
tan grandes de muy subida santidad, que ponen gran admiración; y 
como es cosa tan poco vista, especialmente en nuestros tiempos, virtud 
y aprovechamiento espiritual en tan admirable manera, no falta quien 
diga ser cosa del enemigo y muy engañosa. Otros hay más avisados que 
se detienen en condenarlo; pero están con duda si es cosa de Dios o 
ilusión del demonio; otros hay que tienen a esta señora por muy sierva 
de Dios; pero esta su opinión va más fundada en buena voluntad que 
le tienen que no en razones bastantes para tener aquella estima y pa- 
recer. Y por tanto, aunque no hubiese otro fin en aclarar este negocio, 
sino confirmar en la verdad a los que la han recibido, y desengañar a 
quien no siente ni atina lo que en esto hay, parece muy bastante razón 
ésta para poner algún trabajo en manifestar estas cosas, cuanto más 
que si ello es verdad y de Dios, es para gran alabanza de Su Majestad, 
que cosas tan heroicas obre en una mujer tan flaca y tan enferma. 
Ayudará también para que los flacos y imperfetos nos esforcemos a 
servir a Dios, pues vemos delante nosotros cuántas grandezas obra 



1 En el Prólogo a la Vida de la Santa hace mención Yepes de este escrito del P. Pedro 
Jbáñez, del cual copia algunos párrafos tomados del original que eu su tiempo se guardaba en 
S. José de Avila. En la parte copiada en la nota de la pág. 130 de la deposición de la Madre 
Teresa, dice que «poco ha le envió (el Memorial) esta declarante a su P. General». Estas pala- 
bras están en conformidad con las que escribió el P. Jerónimo de San José en su Historia del 
Carmen Descalzo, lib. V, cap. VII, p. 812, en las que asegura haber copiado fielmente dicho 
original «que se guarda en los Archivos de la Orden». Bien pudo ocurrir que estando en 
San José la Madre Teresa lo remitiese, como ella dice, al Padre General, para depositarlo en los 
Archivos de la Reforma. El original ha desaparecido, ü sólo nos queda la copia íntegra que 
publicó el P. Jerónimo en el lugar citado. Como de la obra del docto P. Carmelita se conserva 
sólo un ejemplar en la Biblioteca de San I.sidro de Madrid, ha sido desconocido este trabajo del 
P. Ibáñez hasta que lo dio a la publicidad, en extracto muy extenso, D. Miguel Mir en su Santa 
Teresa de Jesús, t. I, p. 779. Por vez primera sale hoy íntegra y bien corregida, según la repro- 
ducción fotográfica que tenemos en nuestro poder, esta profunda apología de la bondad del es- 
píritu de la Santa, escrita de 1562 a 1561, por quien tanto la había tratado, y que es de las más 
cabales y encarecidas que han podido hacerse de una persona cuando aun peregrinaba por este 
mundo. Contra costumbre, no estuvo en lo firme el P. Ribera al afirmar (lib. IV, c Vj, hablando 
de esta Relación, que, a lo que podía colegir, el autor de ella era de la Compañía de Jesús. 



134 APÉNDICES 

Dios en persona de menos fuerzas que nosotros. Refrescarse ha también 
la memoria de las grandezas que Su Majestad comunicó en aquellos bue- 
nos tiempos cuando tantos santos hubo antes de nosotros; y también, 
si esta religiosa es santa, vendrános gran provecho eiicomendándonos 
en sus oraciones y aprovechándonos de su favor. Y aunque estos sean 
motivos bastantes para resolver esta dificultad, otra cosa muy impor- 
tante se ofrece cerca de esto, que es muy necesaria para cualquier 
cristiano avisado, y es de gran dificultad, que es dar orden cómo se 
conozcan los que verdaderamente tienen visiones y revelaciones de Dios, 
o cuando son engañosas en sí o en otras personas. 

Esta sierva de Dios, doña Teresa de Ahumada, de niña comenzó 
a tener muestras de gran devoción, y que Su Majestad la tenía para 
que, dejado el mundo, le sirviese en la religión y apartada de conver- 
saciones del siglo. Porque siendo muy niña, como oyese hablar del 
cielo, y del gran gozo que hay para los buenos, y el mucho tormento 
para los malos, como se hablaba en casa de sus padres de los már- 
tires que con su pasión habían alcanzado tanto bien, deseaba ella ir 
a tierra de moros a morir por nuestro Señor; y como vía que la 
tierna edad no daba lugar a efetuar esto, íbase a un huerto de su 
casa a hacer ermitas para apartarse del mundo; pero con algunas 
compañías de niñas, que no alcanzaban tanto, sino esta vanidad tan 
usada entre los mayores y menores. No crecieron sus deseos, hasta que 
de diez y nueve años (1) fué Dios servido, por ejemplo de una monja 
santa, que se metiese religiosa en el monasterio de la Encarnación 
de ñvila, donde después de muchos buenos deseos y estorbos que 
tuvo, así por no darse tanto a oración, como por no tener por malas 
algunas conversaciones que la estorbaban a tratar y gozar mucho de 
Dios, al fin, mirando mejor lo que convenía, avisada con enfermedades 
y consejos de un fraile dominico, que la confesó, entendió cuan gran 
embarazo era, no sólo para su aprovechamiento espiritual, sino tam- 
bién para su salvación tener mucha amistad y familiaridad con per- 
sonas que no trataban de veras de Dios. Y así, desechadas estas ma- 
rañas, comenzó a tomar muy de veras el ejercicio de la oración, ejer- 
citándose mucho en penitencia, en muchos rigurosos ayunos, siendo 
muy obediente a su conefsor; y, según lo que adelante se referirá, 
debieron de ser muchas y muy aventajadas las obras santas que esta 
sierva de Dios hizo, pues tanto se le quiso Su Majestad comunicar. 

Viniéronle cosas muy particulares, como parecerle verdaderamente, 
a lo que ella sentía, que le hablaba Cristo Nuestro Señor, que la 
enseñaba muchas cosas, que se le revelaban misterios y cosas muy se- 
cretas, y que habían de venir, como cerca de las herejías d» Francia, 
cerca de algunas cosas que había de hacer ella. También le parecía 
que Dios le mandaba dijese algunas cosas a sus confesores y a otras 
personas. Parecíale también que traía cabe sí al lado derecho a Nues- 
tro Señor Jesucristo, que la andaba amparando y gobernando. Como 
esta sierva de Dios se reconocía por tan flaca y miserable, tenía gran- 
dísima pena, pensando que era engaño del enemigo, y que ella no 



1 Ya hemos dicho que fué a los veintiuno y siete meses. La monja ?;anta de que habla 
el P. Ibáflez, se llamaba D.a Juana Suárez. Cfr. Libro de la Vida, c. III, p. 16. 



APÉNDICES 135 

era tal que mereciese tanto favor y regalo de Dios, antes se lo 
ofrecían sus pecados, y que por ellos Dios permitía fuese engañada 
y atormentada. Ayudaban también a esta sospecha los miserables casos 
que acontecieron entonces en estos Reinos, porque mujeres y personas 
que parecían muy santas, y que frecuentaban mucho los Sacramentos, 
fueron declaradas por burladoras y herejes, y con muy gran verdad; 
y aun recibióse entre muchos, que algunas mujeres de las condenadas 
habían tenido algunas ilusiones y apariciones del demonio, que habían 
ayudado a su perdición, y con esto fatigábase mucho esta religiosa 
y lloraba su acaecimiento. Juntamente con eso acrecentaba sus temo- 
res lo que le decían sus confesores; porque certificaban era demonio 
todo esto; y no solos los confesores, sino también otras personas muy 
virtuosas y que trataban muy de veras de espíritu, la reñían y porfia- 
ban que era engaño y que se apartase cuanto pudiese dello. Y todos 
juntos van a ella después de mucho acuerdo y le dan esta resolución; 
de suerte que todos cuantos supieron el caso en Avila por entonces, la 
condenaban por cosa muy cierta. 

Fatigábase también mucho esta persona, porque aunque ella procu- 
raba de estorbar las visiones y razones que le hacían en la oración, 
pero no podía resistirlas, y así estaba la más congojada del mundo, 
viéndose como sin remedio, no pudiendo dejar de creer a sus confesores 
y a los otros, que los tenía por letrados y muy acertados en cosas 
de espíritu, y teniéndose a sí por muy ignorante y miserable. También 
cuando le venían en aquellos arrobamientos las visiones y pláticas no 
podía resistirlas, y pensaba que por sus pecados Dios la dejaba y 
quería castigar. Son estos arrobamientos una manera que parece des- 
amparar el alma al cuerpo y que nada se ocupa en obrar con los senti- 
dos; es como llevada, y que ella no se va allá. Esta manera de eleva- 
ción, lio sólo se halla en los buenos y por virtud divina, sino también 
suele acontecer por obra del demonio; por donde no se convencían los 
que trataban esta religiosa a pensar que era obra de Dios. 

Tenía ella en estas visiones y elevaciones, cuando actualmente le 
venían, gran certidumbre, a su parecer, que no eran del demonio, sino 
de Dios; pero pasado aquel punto, como era temerosa de Dios y no se 
creía a sí misma, tenía por cierto lo que los otros le decían; y aun de 
aquí tomaban razón para pensar ser engaño; porque el demonio muchas 
veces habla diciendo que es Dios y enviado del, y este es su camino 
ordinario para engañar las almas poco avisadas; y aunque en con- 
sejos, avisos y tentaciones entra con apariencia de bien, pero mayor 
cuidado tiene de hacerse ángel bueno en visiones y apariciones. 

ñsí a estos siervos de Dios, que determinadamente decían ser engaño 
lo que a doña Teresa pasaba, como a otros que sin ser consultados en 
este caso hablan condenando el caso, son muchas las razones y de harta 
fuerza, que a quien no estuviere avisado en este hecho, con mucha apa- 
rencia le traerán a despreciar la persona y sus devociones. 

La primera es por ver cuántas ilusiones y mentiras se han visto 
en personas que decían tener estas revelaciones y que Dios las hablaba, 
y juntamente con esto se han visto hombres doctos y religiosos muy 
engañados en aprobar estas visiones, como al mismo tiempo a ellos 
mismos los enseñó. Pudiéranse traer expresados personas engañadas, 



136 APÉNDICES 

que tuvieron letrados que aprobaban sus cosas, y después vio el mundo 
claramente su engaño, no obstante que parecían cosas de Dios, y que 
para confirmar ser verdad, al parecer hacía Dios milagros, y estos en- 
gaños muy particularmente acontecen en mujeres y muy pocas veces 
en hombres; y como la razón mande que en aprobar o condenar siga- 
mos lo que comunmente acontece, parece que se ha de condenar este 
nuestro caso, pues tan ordinariamente salen los semejantes con burla 
y engaño. 

La segunda razón es, como las revelaciones y visiones sean mer- 
cedes que Dios hace ordinariamente a sus siervos y varones santos que 
tienen gran familiaridad con Dios, en saberlas bien conocer hemos de 
seguir la doctrina y avisos de los santos, como si dijésemos que en 
teología se han de creer los teólogas y en cosas de guerra los capitanes, 
y en cada arte se ha de dar crédito a los que la tratan yexperimcntan, 
y los santos han siempre enseñado que no se reciban por verdaderas 
revelaciones, ni visiones, sino muy poquísimas, y con gran necesidad, 
y que los que quieren de veras aprovechar en amar a Dios, no sólo no 
las deseen, sino que las huyan como cosa dañosa regularmente; donde 
viene, que muchos siervos de Dios apareciéndoseles, a lo que exterior- 
mente se podría juzgar, ángeles y cosas de Dios, no las quisieron 
recebir, como Fray Juan Hurtado dijo en una destas apariciones que se 
le hizo estando en oración: «No quiero yo que se me haga a mi este 
favor, que muy bien creo sin esos milagros». Y Casiano cuenta algunos 
ejemplos cerca desto al mismo fin; luego desta doctrina y experien- 
cia de los santos hemos de condenar estas visiones y apariciones, es- 
pecialmente en tanto número como a esta religiosa le acontecen. 

La tercera razón es, porque es cosa muy cierta que estas visiones 
y apariciones, si son veraderas, son milagro; y para haber de recebir 
alguna cosa por milagro, es menester gran necesidad; porque cosa 
tan maravillosa no conviene que se haga sin mucha importancia, y ésta 
no se ve aquí; principalmente, que los milagros ordénanse para con- 
firmar la fe y dotrina que se predica en nombre de Dios, y esto todo 
cesa en una monja encerrada, donde cuanto pasa es entre Dios y ella, 
Y gran publicidad se requería en los milagros para confirmar la fe 
contra los herejes. Ni más ni menos se requería para confirmar do- 
trina del cielo; cuánto y más que a las mujeres póneseles precepto en 
la Escritura que no enseñen; y así no parece haber razón para que tan 
fácilmente se reciba en mujeres esta virtud de hacer milagros. 

La cuarta razón, que también hace gran fuerza, es que no sólo 
los santos, pero todos los sabios se ofenden mucho de que se publi- 
quen las mercedes que particularmente les hace Dios, en especial cerca 
de apariciones y visiones; aunque los santos las tenían hartas veces, 
pero tenían gran cuidado de encubrirlas, y tenían por cierto que, si 
las manifestaran. Dios les castigara y les privara de tanta merced. Y 
aun parece claro que no se compadece la humildad con publicar cosas 
tan grandes que particularmente Dios hace a sus siervos; porque la 
humildad desea que todos nos tengan por malos y que tenemos injuriado 
a Dios; los milagros y maravillas son muestra que estamos en privanza 
y gracia de Dios. 

La postrera es, que esto puede ser mentira y engaño; y no parece 



APÉNDICES 137 

razón que fuerce a que no sea tenido por tal; y así no se ha de 
recebir por verdad; y aunque parezca por algunas razones ser verdad, 
no se toma argumento bastante; porque los engaños del demonio son 
de €sa suerte, que van tan vestidos de apariencia de verdad, que parece 
no faltarles nada para ella; y aun mezcla muchas verdades para per- 
suadir una mentira. Y si juntamente con eso dijésemos que aun los malos 
pueden hacer milagros y tener espíritu de profecía, como el Señor dice, 
no resta ninguna razón para tener esto por cosa verdadera y de autori- 
dad, sino que en este negocio sigamos la experiencia de los antiguos 
y su dotrina, que con tanta dificultad se hacían creer ser cosas seme- 
jantes de verdad y de santidad. 

Esto que tratamos fué negocio muy antiguo en la Iglesia, que parece 
en muchos casos haber acontecido lo mismo que ahora tratamos, y por 
evitar prolixidad contarse ha uno. Habrá ciento y cincuenta años, en 
tiempo que se celebraba el Concilio Constanciense en la ciudad de Cons- 
tancia en Alemania, que Dios en Sena de Italia levantó un gran espí- 
ritu y heroica santidad en una mujer, que se llamó Caterina, que des- 
pués fué canonizada, y llamada Santa Caterina de Sena. Llegó a tanta 
privanza con Dios, que ella misma cuenta cosas increíbles al parecer, 
sin comer, ni meter en su boca otra cosa sino el Santísimo Sacramento; 
que venía Nuestro Señor, y le sacaba su propio corazón, y en su lugar 
le daba otro, y otras cosas semejantes, que conforme a la razón son 
cosas repugnantes; y como oyese algo dcsto un Maestreescuela de Pa- 
rís, llamado Gersón, varón señalado en virtud' y dotrina, que nos dejó 
muchas obras suyas de gran espíritu, escribió contra esto, y trató 
muy de veras que se pusiese silencio en aquellas revelaciones, y tuvo 
por cosa muy acertada que el Concilio en esto pusiese su autoridad, 
condenando y reprobando esto; y también leemos, que otros más prin- 
cipales, y muy cabidos con el Papa, contradijeron mucho a la bienaven- 
turada, porque como no la trataron en particular, juzgaban sus cosas 
por razones humanas, las cuales han hecho que ordinariamente la virtud 
y los que de veras han tratado della hayan tenido gran contradición, 
y hayan tomado por principal negocio persuadir que eran burladores, y 
no hemos visto, ni leemos persona espiritual y aprovechada en amor de 
Dios, que no haya tenido algunos que deshiciesen la estima y precio 
que entre los hombres aquellos buenos tenían. Y en pena de los pecados 
destos que son prudentes, a su parecer, y porque es cosa donde ellos 
son sobrepujados en bienes tan grandes, como son estos regalos de Dios, 
como no sufriendo superioridad con alguna envidia a su eminencia de 
letras y manera de vivir, permite Dios sean engañados, y persigan lo 
bueno, aunque con buen celo. Algunos suelen dar su parecer en cosas 
semejantes contra la verdad. Desto se saca, que por tener esta sierva 
de Dios alguna contradición en estos que la contradicen, no por eso 
el varón prudente ha de tener por engaño el favor que Su Majestad a 
esta religiosa hace; cuánto más que estos que perseveran en este errado 
parecer son personas que jamás hablaron ni trataron a doña Teresa, ni 
se han querido informar en particular de sus cosas, sino, por vía vulgar, 
por algunas de las razones que pusimos arriba, se determinaron en esto. 

También para entender mejor esta verdad que buscamos se ha de 
advertir que hay muchas cosas que, tomadas ellas en sí, parecen malas 



138 APÉNDICES 

y las condenan todos; pero si se añade alguna circunstancia, hácese 
aquella obra muy santa y virtuosa. Como quien dijese, si es lícito tomar 
lo ajeno; todos responderán que es malo; pero si se añadiese que se 
tomaba lo ajeno para bien de su dueño porque no se matase o matase 
a otro, clara cosa es que será cosa muy santa. Por la misma razón, 
creer revelaciones y visiones frecuentemente no es cosa de mucho aviso 
y prudencia; pero en algún caso particular y con algunas circunstancias, 
cosa muy acertada es. 

Es también necesario considerar que ningún tiempo ha habido en el 
mundo donde Nuestro Señor no haya tenido algunas personas con quie- 
nes tuviese gran familiaridad y declarase y revelase muchos secretos 
y cosas que Su Majestad determinaba hacer. Esto está muy probado 
en la Sagrada Escritura por las revelaciones que leemos hacía Dios 
a flbraham y a aquellos santos de la ley natural y de la ley vieja, 
y mucho más en la ley de gracia, donde ha habido infinitos santos 
y profetas y revelaciones. Pero es muy manifiesto el testimonio del 
profeta ñmós, donde haciendo razones para probar que Dios le enviaba 
a los judíos a decir algunos avisos y castigos que Dios les había 
de enviar, dice: ¿Por ventura hará Dios alguna cosa sin revelarla a 
sus Profetas, y sin darles parte de ella? Como si dijera, que precia 
ITios tanto a los hombres, que como ellos se huelgan tanto de saber 
secretos, y es parte de amistad decir sus cosas y secretos al amigo, 
esa ley quiere Dios guardar con nosotros. De aquí se infiere, que 
todo el tiempo que el mundo durare, no fallarán profetas, y privados 
de Dios en la Iglesia. Habrá en unos tiempos más que en otros; 
pero siempre los habrá; y ordinariamente son estos a quien Dios 
les hace grandes favores, hombres muy dados a oración, y a contem- 
plación, y quietud. También se ha de advertir mucho que aunque en 
tiempos pasados, que fueron más cercanos a la Pasión de Nuestro 
Señor, haya habido más número de santos y comunmente fuesen más 
santos, y más enriquecidos de bienes espirituales que no en estos 
nuestros miserables tiempos; pero con todo eso no hay duda sino que hay 
algunos, que aunque están ocultos y su Divina Majestad no los quiere 
declarar al mundo por sus pecados, pero que son tan aventajados en la 
virtud como algunos y como muchos de los pasados; porque tienen 
tanta oración como ellos y se emplean todo cuanto pueden en servir 
a Su Majestad; y Dios no es acetador de personas, sino que como 
al que se apareja le da su amistadj y no al que no quiere aparejarse, 
así también a los que igualmente se aparejan, sean los que fueren 
y estén donde estuvieren y en cualquier tiempo, les da Dios igual gracia. 
Y también hay otra razón, que como por bien de su Iglesia Dios da 
santos para que con sus oraciones e intercesión aprovechen a los oíros y 
aplaquen la ira de Dios, que amenaza al mundo; como estas necesidades 
se ofrecen también en estos tiempos, y aún mayores que en los pa- 
sados, conviene a la Providencia de Dios que dé a su Iglesia algunas 
personas tan privadas con él, que le aplaquen al tiempo de sus 
necesidades. 

Destas consideraciones se toma una gran razón para lo que 
hemos de tratar. Que como ahora tenga Dios algunos santos en la 
Iglesia, no es razón que nadie se ofenda, cuando en particular señala- 



APÉNDICES 139 

ren algún santo los que le conocen y han tratado, porque no puede 
haber santos, si no es que algunos en particular lo sean. Y si ha 
de haber algunos santos, y por tales los hemos de tener, aquéllos 
han de ser que tienen en su vida y manera más muestras y señales 
de santidad. Y habiendo duda si es verdaderamente de Dios alguna 
revelación, o maravilla que de alguna persona oyéremos, muy gran 
argumento es para creer que es verdad y de Dios saber que vive 
con gran perfeción cristiana. 

Muchos han trabajado por dar señales y conocimiento si el es- 
píritu que parece bueno lo es, y si la revelación que parece del cielo, 
verdaderamente es de Dios; y con toda la dotrina que enseñaron, no 
se puede bien atinar en particular, pues sabiendo todas aquellas maneras 
para conocer esta dificultad, se han engañado muchos. Y Qersón que 
más habló en abrir camino para esto, poniendo tantos documentos, vino 
a burlar de las visiones y revelaciones que Santa Caterina de Sena 
tuvo, guiándose por razones naturales, y por estas ciencias humanas. Y 
aunque ayuden algo estas dotrinas para eso, y la razón natural, pero 
no son bastantes para determinadamente reprobar y condenar cosas 
tan maravillosas. Lo uno, porque hay muchos secretos en las ciencias. 
que nosotros, por mucho que estudiemos, no los podemos alcanzar; y 
son más las cosas que ignoramos, aun en estas cosas que cada día 
traemos entre manos, que no las que sabemos. Lo otro, porque en 
sus santos obra Dios muchas cosas milagrosamente que van sobre 
nuestra razón natural. Pero con todo esto pondremos algunas vías y 
maneras que sean muy ciertas, y dellas sacaremos la verdad que 
buscamos. 

Para lo cual se ha de entender que, como los corazones de nuestros 
prójimos nosotros no los podemos conocer en sí ni verlos, hemos de 
buscar otro medio para saber si son buenos o malos, y éstos son los 
efetos y el fruto que viene de nuestros corazones; y así como la en- 
fermedad interior del cuerpo el médico la conoce por su efeto, que 
es el desconcierto del pulso, así también la verdad interior del alma 
y su sanidad se conoce en alguna manera por las obras y concierto que 
en sus cosas muestra. También es de considerar, que como estas revela- 
ciones y visiones no pueden ser sino buenas y verdaderas, o malas y 
mentirosas, como lo bueno y verdadero sea de Dios y el pecado y en- 
gaño nazca del demonio, por la condición y ingenio de Dios hemos de 
sacar, cuando hay duda, si aquello viene de Dios. Y por las mañas y 
astucias de que usa el demonio hemos de colegir si es cosa del demonio, 
y así se ponen estas reglas para conocer esto. 

La primera, cuando aquella persona a quien se hacen estas revela- 
ciones! siente en ellas y después dellas menosprecio de sí y conocimiento 
de sus faltas, y que se rconoce por más flaca y miserable que a los 
otros, es manifiesta señal que aquella revelación es verdadera y de Dios. 
Esta señal se halló en todos cuantos siervos de Dios ha habido en el ¡mun- 
do y faltó en todos los burladores que el demonio les engañaba. De las 
verdaderas visiones y revelaciones seguíanse bienes para los prójimos y 
edificación dellos; de las que eran obra del demonio han venido hin- 
chazón y admiración en los que las sabían, y no otra cosa; y como un 
fuego por donde pasa calienta y abrasa, y un hielo enfría y quita el 



140 APÉNDICES 

calor, así también cuando Dios viene a un alma por visión o revelación, 
deja alguna impresión de lo que él causa y desea en las almas, y esto 
es humildad y amor, y el demonio pega soberbia y inquietud. Esto 
claramente vemos en Nuestra Señora, y en Santa Isabel, cuando tuvie- 
ron aquellas revelaciones, y a Nuestra Señora le apareció el ángel. Dice 
la Escritura, que Nuestra Señora quedó turbada con la salutación del 
ángel, reconociendo que aquella gran embajada y salutación, a su 
parecer, excedía su dignidad y merecimientos; y Santa Isabel, luego 
cuando vio a nuestra Señora y fué llena de espíritu de revelación, 
dijo que no era ella digna para que la Madre de su Señor viniese a 
ella; y todo lo contrario se ha visto en las personas que engañadas del 
demonio han tenido estas ilusiones. 

Segunda regla. Para conocer si algunas visiones y revelaciones son 
de Dios o del demonio, es ver si, recebidas estas cosas, mueven a aquel 
a quien son hechas a recogimiento y despeganiiento de cosas y nego- 
cios. Porque si se sigue después desto huir el mundo y que no le 
traten ni le precien, sino estarse muy olvidado y descuidado del mundo, 
es cosa muy clara que es de Dios y no engaño lo que se recibió. 
Pero cuando estas visiones y revelaciones tienen libertad y querer 
andar a ser visto y admirado del mundo y que vean cuántas mercedes 
le hace Dios, o que al tiempo que le viene alguna operación maravi- 
llosa al parecer de los hombres, admiten a unos y a otros no, o 
quieren que sea en lugar donde todos le vean y en tiempo que muchos 
concurran a ello, no se dude sino que es engaño. Pongamos en común 
algunos ejemplos, sin nombrar a nadie. Tuvieron algunos visiones y 
apariciones; luego en recibiéndolas mudaron manera de vivir, y se 
fueron a los yermos, y otros se metieron monjes o frailes, dejando 
el mundo. Aqueilo fué cierta señal que Dios entendió en aquella obra. 
Hubo otras personas que tuvieron visiones, y luego vinieron a dejar 
el mal estado que tenían; colígese que era de Dios aquella obra. 
Otras personas, al revés, tuvieron visiones y hablas que parecían ser 
de Dios; después de recibidas, vinieron a dejar la soledad que tenían, 
a frecuentar las plazas y muchedumbre de hombres, y a querer ser 
vistas en las cortes de los reyes, es cosa muy clara que no es de 
Dios. Hemos visto también, que después de algunas revelaciones y 
visiones, han querido que les viniesen algunas maravillas donde las 
viesen y admirasen, como que al tiempo de la misa estuviesen allí al- 
gunos caballeros y principales, para que viesen cómo se elevaba de 
tierra y estaba en éxtasi arrebatada, y que los demás que eran pobres 
o gente común no viese aquello. La razón para esto es que la soberbia 
quiere que todos le precien a quien está con ella, todos hablen del, 
se admiren de las grandezas y singularidades que él tiene y no 
los otros, y precia el mundo a que tiene esto; y el amor y espíritu 
de Dios y la humildad huye todo esto y no quiere sino que todos le 
menosprecien. Esta señal, y manera eficaz para conocer cuál es la ver- 
dadera revelación, y visión, y verdadero espíritu de Dios, tiene grandes 
razones, y documentos de los Santos, y fundamento en la Escritura, 
pero por brevedad se deja de traer más. Baste aquello del Profeta 
Isaías que dice: Mi secreto para mí. Como si dijera; El regalo y 
favor que Dios a mí me hace para mí, no ha de ser publicado, ni 



APÉNDICES l'tl 

querer ser manifestado. Es verdad que algunos santos que llegaron a gran 
privanza con Dios fueron mandados por el espíritu de Dios que hicie- 
sen cosas en virtud de Nuestro Señor, por donde vinieron a ser cono- 
cidos por grandes siervos de Dios; pero ya en este caso ellos por su 
voluntad no querían ser declarados por siervos de Dios, sino forzados 
a obedecer, venían a hacer aquella manifestación; mas cuando esto 
acontecía, ellos no se publicaban por ganar crédito y autoridad con el 
mundo, sino por buscar la gloria de Dios, obedeciéndole en aquello 
contra su descanso. 

La tercera manera para conocer verdaderamente si estas revela- 
ciones y visiones son de Dios o engañosas, es si aquella persona a 
quien se hacen es muy dada a oración', o si es poco ejercitada en ella, 
y ver también si en sus palabras, y tratas y conversación muestra amor 
de Dios, no aparente, sino verdadero» y que por tal se conozca. En lo 
primero, que es la oración, hallamos claramente ejemplos en la Escri- 
tura, como cuando Rebeca no tenía hijos, fué a consultar al Señor, y 
hízosele revelación que había de parir dos hijos, y concebirlos junta- 
mente, y la calidad dellos; aquel consultar al Señor fué por oración, 
y así se entendió ser verdadera profecía y revelación. A Samuel, estando 
en la casa de Dios en Silo, le fueron hechas aquellas hablas tantas 
veces; a Ana Profetisa, que vio a nuestro Señor niño, cuando le pre- 
sentaba i!j líeina de los Angeles en el Templo, dice primero San Lucas, 
de cuan gran oración era, y que nunca faltaba del Templo. Y para 
probar esto basta decir, que nunca jamás persona dada mucho a ora- 
ción y perseverando en ella, fué engañada del demonio, sino muy cora- 
batida del para dejar la oración. Es verdad que algunas personas ha 
habido engañadas, y que vinieron a grandes males en la fe, y come- 
tieron otros vicios, y que parecían muy dadas a oración, pero sin falta 
ninguna; no era así, sino que eran muy dadas a mucha parla, y aficio- 
nadísimas a personas que no les aprovechaban a medrar en la virtud. 
Porque es cosa muy averiguada que la oración, hecha como se ha de 
hacer, allega y aficiona mucho a Dios y desapega desfotras amis- 
tades que no traen provecho espiritual y no se ordenan a esto. El 
demonio también es excluido grandemente por el amor de Dios; no 
hay cosa que más aííorrezca; y por eso, cuando hay alguna visión 
o revelación para enamorar a Dios, es imposible que el demonio 
tenga parte ni operación en aquello; y como este amor de Dios se 
alcanza con mucha oración, lo que más principalmente procura el 
demonio es quitar la oración; porque, cesando ella, el favor y ayuda 
de Dios nos deja y quedamos llenos de flaquezas. 

La cuarta razón es cuando una persona, a quien estas revelaciones 
y visiones se hacen, tiene gran cuidado de informarse de otros que 
tienen ciencia y buen parecer en aquello o en otras cosas semejantes; 
principalmente dando parte dellas a sus confesores, y declarándose- 
lo todo y no ocultando nada dello, es cosa cierta que no hay engaño 
ninguno, haciendo lo que ellos quieren y le aconsejaren. 

Esta es una verdad muy manifiesta, así por experiencia como por 
razón. Leemos en las vidas de los Padres y de los Santos, que algunos, 
a los principios que trataban delicadamente con Dios, el demonio 
les hacía mil engaños con visiones y invenciones, y parecían cosa de 



142 APÉNDICES 

Dios; pero los que usaban de este remedio de ir luego a dar parte 
de lo que pasaba a sus mayores, Dios les alumbraba por sus siervos 
y les guiaba para que conociesen el engaño si lo era; y los que por 
su juicio y parecer eran guiados, venían a ser muy engañados. Esta 
también es gran razón para ser esto cierto, porque Nuestro Señor 
no deja a nadie sin remedio; y quien con buena intención y deseo 
de no ser engañado usa de los remedios que Dios tiene puestos, 
es la fidelidad de Dios y su bondad tan grande que no le dejará 
ser engañado; y aunque se puedan hallar algunas ignorancias en los 
siervos de Dios entretanto que están en esta vida, pero cuando el 
demonio viene a engañar con visiones e ilusiones; para que no peque 
aquel a quien son hechas, es menester que entienda son del enemigo; 
y así cuando hace lo que en sí es para ser desengañado, Dios le 
favorecerá para que lo entienda. Hay también en esto, que cuando 
una persona no se cree a sí, sino que lo consulta con quien lo en- 
tiende, queriendo tomar su parecer, ejercita un acto grande de hu- 
mildad, por donde merece que Nuestro Señor le socorra y no la deje 
engañar. Si lavar los pies, y servir a otro, y preferirle a nosotros, 
es gran humildad, mucha mayor es, rendir a otro nuestro entendimien- 
to, que es la mejor potencia que Dios nos imprimió en el alma. 
Desta verdad se sigue, que cuando alguna persona tiene alguna vi- 
sión o revelación, que puede ser de Dios o del demonio, no querer 
esta persona dar parte a otro que entiende en aquel negocio, sino 
que por sí mismo aprueba aquello, por la poca humildad que tiene y la 
poca" diligencia que aplica para alcanzar la verdad, es de creer que 
es engaño del demonio; porque Dios humildad pega cuando viene 
a nuestras almas, y reconocimiento grande de nuestra flaqueza y miseria. 
Este descubrir a otro nuestra tentación y trabajo para seguir su pa- 
recer, es gran remedio para vencerle. 

El quinto medio para alcanzar la verdad en estos casos, es el 
parecer de aquellos que más entienden en aquel caso y también de 
nuestros propios confesores, a quienes nos descubrimos, para ser guia- 
dos en la verdad. Quiero decir: viene una persona, y con algunas 
visiones y revelaciones que se le hacen, viendo cuan miserable es, 
se aflige, temiendo que Dios le quiere desamparar; cuando esta per- 
sona fuere con humildad y deseo de saber la verdad a su confesor, 
y aquellos ',ue mejor parecer le pueden dar en el caso, según la 
opinión que en el pueblo hay de aquel negocio, aunque otros digan 
lo contrario, no tema, ni deje de creer el cuerdo, sino que aquello es 
verdad, y que no hay falta en ello. Hay en todas las cosas humanas 
diversos pareceres, por haber diversos entendimientos, diversos deseos, 
y por no tener igual relación y conocimiento del negocio que se trata, 
y como la verdad sea una, y ellos sean contrarios, no puede estar en 
poder de todos, sino de los unos; estos son los confesores, con aque- 
llos que tienen mejor parecer, y que por persuasión del propio con- 
fesor son consultados; y así como en otra cualquier cosa, después de 
tener el acuerdo de nuestros confesores, y de aquellos que lo saben 
mejor, es imprudencia tratar más dello, en especial con los que 
menos saben; así también en lo que tratamos, cuando estuviere muy 
asentado por los confesores de aquella persona, y de otros que en- 



APÉNDICES 145 

tienden más en este punto, esta tal persona no tiene por qué in- 
quietarse más en querer certificarse más de otros, porque hay muchas 
faltas en seguir esa determinación, y ningún provecho se sacará 
della. Donde se han de avisar dos cosas: la una es que en esto 
que tratamos, y cerca de cosas de ánima, que no son contratos, sino 
tentaciones espirituales, no se tiene buen parecer con sola teología 
escolástica, sino requiérese alguna noticia de cosas espirituales y de 
perfeción, que no se disputan en escuelas, sino que tienen particular 
dificultad en sí, y para entenderlas es menester haber tratado o leído 
cosas de vida espiritual; y sin haber pasado por ellas no se entienden, 
por muchos argumentos que se estudien. Esta otra ciencia es afectiva 
y va por sus principios, que no se pueden tanto declarar, sin los 
experimentar; y así muy poco importa que teólogos que no saben 
por experiencia cosas de oración, hablen o reprueben esto que trata- 
mos. Lo segundo es, que cuando aconteciese que todos los confesores 
del que tiene o ve estas revelaciones y visiones, y todos los que han 
sido consultados sobre ello viniesen a aprobarlo por verdadero, y que 
no había engaño en ello, no había ya dudar ni tratar otra cosa, en 
especial si fuesen consultadas sobre este negocio personas de cien- 
cia y de gran vida y santidad, como se dirá haber acontecido en lo 
que tratamos. 

El sexto camino para atinar bien en esto que buscamos, es si 
aquella persona de quien tratamos ha tenido grandes contrariedades 
y persecuciones en sus cosas, y sin haber hecho cosa alguna entre los 
hombres por donde le hubiese de venir tanto mal; y también si en 
la persecución que ha tenido en tiempos que le venían estas revelacio- 
ciones ha sido afligida por los buenos, que con buen celo y deseo 
de acertar la reñían y perseguían. Esta regla es muy verdadera, porque 
cuando una alma trae cuidado de servir a su Dios y de su salvación, 
cuando !e viene la tribulación y trabajo, si se toma con paciencia, dice 
la Escritura, que Dios vive y está aposentado en aquel corazón. Pues 
estando Su Majestad dentro de nuestn alma, no es de creer que el 
demonio esté apoderado de nosotros ni tenga por entonces poder para 
destruirnos; antes es argumento que aquello que padece la tal alma 
es consolación enviada de Dios en premio del trabajo que había en- 
viado a aquella persona; porque no acostumbra Nuestro Señor a en- 
viar en pago de la paciencia que hemos tenido, algún engaño del de- 
monio. Tenemos ejemplo claro en Job. Permitió Dios al demonio que 
atribulase a Job y le hiriese en hacienda, hijos y en su propio cuerpo. 
Llevólo con mucho sufrimiento; viniéronle después unas visiones y 
revelaciones, que fueron muy verdaderas del mismo Dios, en las cua- 
les mientras no tuvo entrada el enemigo, y como el trabajo y perse- 
cución es camino por donde Dios limpia el alma, y la purifica y la 
enseña su dotrina para que no sea engañada, cuanto mayor fuere la 
tentación y trabajo, más parte le cabe del favor de Dios para no ser 
engañada. Y la cumbre de la persecución en los que tratan de sal- 
varse, es ver que los siervos de Dios y los buenos les contradicen, 
y les humillan y los persiguen. Porque les viene entonces una gran 
desconfianza de Dios; temen, que pues los siervos de Dios la fatigan 
g la condenan, que Dios, que gobierna aquellos buenos y por quien 



14^ ftPENDICES 

los buenos deshacen aquella persona, tiene ya desamparado al pobre 
afligido. Principalmente cuando los confesores, los predicadores, los 
que son tenidos por más santos, contradicen y persiguen al que de 
veras trata de salvarse; porque cuando los que no son tales hacen 
daño, es muy gran consolación ver que los ministros del demonio 
nos hacen mal, que es como si el demonio por sí, de envidia de 
nuestra virtud, nos viniese a molestar para tentarnos, no para con- 
denarnos. 

Otra manera hay de conocer esta diferencia de revelaciones que, 
aunque en parte la puedan conocer todos, pero enteramente solos los 
confesores y los que tratan la conciencia de aquel alma; y es la 
puridad de su conciencia y la entereza en la virtud. Para declarar 
esto, base de advertir que el hombre puede engañar a otro haciéndole 
entender que es bueno, así en la confesión, como fuera de ella; pero 
a todos los que la tratan y confiesan no puede ser ordinariamente que 
sea mala, y que algunos con quienes ella trata no descubran algo de 
sus flaquezas; porque no se puede tanto disimular y encubrir la maldad 
de la voluntad, sin que en algo no se entienda de los más avisados, 
especialmente cuando trata su alma con muchos y hombres doctos y 
avisados, y cuando dentro de su misma casa hay personas desaficionadas 
al vicio y desean y procuran mucho entenderle para remediarle y pu- 
blicarle. Este camino de oler si hay engaño en revelaciones, es muy 
seguro y eficaz; porque los regalos que Dios recibe en los hombres 
son de los que guardan sus almas muy limpias y apuradas del pecado. 
Estos son los que con gran ánimo triunfan del demonio y con gran 
confusión suya le acocean, y así no osan tanto acometerles. Es tan so- 
berbio el enemigo, que por no verse tan corrido y vencido, no osa 
acometer tantas veces a hombres tan aprovechados, que tienen limpia 
conciencia, y por la envidia que tienen a la corona que se gana re- 
sistiéndoles, no quiere tan fácilmente acometer a estos que son gran- 
des y de mucha virtud. También es aquí de notar, que los santos 
que fueron regalados de Dios, aun en esta vida, con visiones y reve- 
laciones, por tener tanta puridad de conciencia les hizo Dios aquel 
favor; y así donde hubiere mucho de tan gran bien, es de creer 
que Dios quiere muy familiarmente tratar con aquella alma. Y como 
Su Majestad dice por San Mateo, que los limpios de corazón sou 
los que han de ver a Dios en la bienaventuranza, también se colige 
de aquello que los más limpios de corazón ven más de los secretos y 
maravillas de Dios, aun en esta vida, como por razones muy bastan- 
tes se prueba. 

La otava vía para conocer si es espíritu de Dios o del demonio el 
que anda en estas visiones y revelaciones, es ver lo que sacan y medran 
aquellos que conversan familiarmente aquella persona y los que la 
hablan. Porque, como los santos enseñan, esta diferencia hay entre la 
gracia con que estamos en amistad de Dios y entre las gracias que se 
llaman dadas de gracia: que aquella gracia por donde somos amigos de 
Dios, dase para bien de nuestras almas, justificándolas y haciéndolas 
divinas; pero las otras comunícalas Dios para aprovechar a los próji- 
mos y traerlos a amor de Dios. Donde se sigue, que como las reve- 
laciones y espíritu de profecía se cuenten entre aquellas gracias dadas 



JIPENDTCES 1^5 

para bien de nuestros prójimos, cuando vienen buenos efetos en edifi- 
car a los que tratamos y encaminarlos a Dios, y esto no es particular 
con uno, sino con todos en lo que hubiese duda si era verdadero don 
aquél o no, quítase muy claramente con esto. Esto tenemos muy expre- 
sado en San Mateo, donde Su Majestad amonestaba tuviésemos gran 
recato en guardarnos de los falsos profetas; y para que no errásemos 
sobre este aviso, pone que se tenga atención a los efetos de los Pro- 
fetas, que así sabremos muy bien diferenciarlos; si lo que proviene de 
las revelaciones o profecías fuere libertad, soberbia o buen tratamiento 
y regalo, no es de Dios, sino el demonio se enviste en ángel de 
luz para engañarnos; y cuando hubiese muchos buenos efetos, si ul- 
tiniadaraente se conoce alguno, el enemigo es aquel que más delicada- 
mente nos quiere engañar. Pero si todo lo que de aquello resulta es 
bien i) aprovechamiento de todos con cuantos trata, ciertamente es de 
Dios; pues sola una señal que dejó Su Majestad para esto se ve 
tan notoriamente cumplida en aquella persona. Visto hemos, y siempre 
ha habido algunos, quo parecían ser privados de Dios, y haber recibido 
particulares dones de Dios para muy buenos efetos, y advirtiendo bien 
en ello, no se hallaba sino un admirarse y un contento curioso de 
haber visto cosj semejante en los Apóstoles y siervos de Dios era ver 
a estas personas quedar con gran aprovechamiento, con buenos deseos, 
con gran determinación de rendirse a Dios. 

La nona manera de aclarar con seguridad y certidumbre esta duda, 
es ver lo que se le liabla y revela a esta persona, a quien le 
son hechas estas visiones y revelaciones; en lo cual puede haber dos 
cosas. La una es, que aunque aquella persona diga a otras algo de lo 
qu3 ve o oye, pero encubre algo, y no lo quiere manifestar o no lo 
quiere decir a personas doctas, sino huye dellas y trátalas con igno- 
rantes; hallamos en esto, cuando aquel a quien se hacen las revelacio- 
nes no sabe letras; porque si fuese letrado, otro negocio sería. La 
segunda es cuando en aquellas revelaciones hay cosas impertinentes, 
curiosas o no de tanta edificación; porque en estos dos casos no hay 
que disputar ni dudar, que notoriamente son razón bastante para tener 
por malas aquellas revelaciones y espíritu; pero, al contrario, cuando 
muu llanamente se cuentan y refieren a todos los que pueden bien ju/gar 
y entender aquello, y sin dejar ni encubrir nada, y todo ello es muy 
asentado, muy seguro, muy sin sospecha de mal, y que es en particular 
lo que la Escritura en general enseña a todos, no hay que temer, sino 
recebirlo como si manifiestamente nos viniese del Cielo aquel recaudo. 
Es un ejemplo notorio sacado de la doctrina de Cristo Nuestro Señor: 
cuando alguno se recata en su dotrina de personas doctas y cristianas, 
dice el Evangelio que por el mismo caso se desprecie aquella dotrina, 
aunque parezca muy buena. También si no viene con las verdades reve- 
ladas de Dios, por el mismo caso se ha de huir dello. 

Otra manera hay para sacar bien esta verdad, y es si aquellos 
que con mucha atención han querido tratar a la persona que tiene 
estas revelaciones y ninguna cosa han hallado en su trato y conversa- 
ción oue no sea de muy entera virtud', y llegando con duda, se les ha 
quitado con el tratar y oir a la tal persona, y ningún rastro de vani- 
dad ban hallado en su conversación y palabras, es razón clara que 

II 10 



146 APÉNDICES 

aquello es verdad cuando todos lo experimentamos; que a un predica- 
dor, si es vano, en un sólo sermón se le echa de ver; y si alguno 
es avisado y docto, en una vez que oiga a otro le cala las entra- 
ñas y le ve de qué peca. Cuando a una persona, especialmente si es 
llana y trata sin doblez a todas cuantas personas la hablan y con- 
versan, la hallan tan entera en la virtud y sin ningún género de duda 
ni sospecha de que haya engaño, no hay que temer, sino reconocer que 
es de Dios lo que ve y oye en aquellas revelaciones. Oidose han 
algunas personas que muchos las tenían por santas y buenas y creían 
en sus apariciones y revelaciones; pero otros, que eran prudentes, mirá- 
ronlo mejor y vieron razones para condenar aquello, y así fué conde- 
nado después; pero cuando todos, y más los que más saben, aprecian 
alguna persona, no hay duda sino que es Dios. 

La última razón y vía para asegurar esto, es entender qué hace 
el demonio con aquella persona. Si le hace aplauso u muestra algún con- 
tento 'con ella, muy mala señal es; pero si la persigue y le hace males 
y se le muestra horrible para espantarla y maltratarla, es cosa ciertd 
que él no tiene ni posee aque' alma; porque a solos los siervos de Dios 
quiere espantar y con amenazas engañar el demonio. Y en esta diferen- 
cia ha aparecido hasta ahora a los santos y a los malos el demonio: 
a los buenos horrible; a sus amigos, ya engañados, apacible. Y si cada 
una destas razones y reglas es bastante para sin atrevimiento decir y 
determinar que alguna persona tiene verdaderas revelaciones y apari- 
ciones, ¿cuánto más será esto cierto si todas ellas se hallan en esta 
persona de quien hablamos? 

En el aplicar todas estas reglas a esta sierva de Dios se podía 
hacer muy gran tratado, porque había en cada una dellas muchas 
cosas que decir; pero con brevedad contaré algo de lo mucho que 
hay. En lo primero, de la humildad y menosprecio de si, todas sus 
hablas, sus cartas, sus cosas, van llenas de humildad, deseando gran- 
demente que sus faltas y miserias pasadas todo el mundo las viese 
y las hablase, molestándose también muy mucho de que la tengan por 
buena; y a los principios, cuando le comenzaron a crecer las mer- 
cedes de Dios, moríase en que nadie entendiese cosa dellas, porque 
no sospechasen que era buena. Nunca se ha creído a sí misma, con 
tener muy buen entendimiento; siempre se ha querido gobernar por 
el parecer ajeno, ñmicísima de entender en los oficios más bajos y 
humildes; y certifícanme sus compañeras, que cuando ella es cocinera, 
la semana que le cabe, que ninguna necesidad padecen en casa, y 
que se nota mucho cuan bien las provee Nuestro Señor la semana 
que ella les ha de guisar de comer (1). Y tan gran pobreza como ella 
quiere, no habiendo de ser vista de nadie, que no pueden salir, ni 



1 En los comienzos de la fundación de S. José, la -Santa no admitió freilns o legas, 
U por lo mismo hacían la cocina por semanas las religiosas de coro. Fra fama entre las 
primitivas Descalzas de Avila que la Santa cocinaba con un gusto muy exquisito las po- 
bres viandas de que disponía, y a pesar de la escasez extremada en que vivieron los pri- 
meros años, la semana que estaba ella de cocina nunca faltó nada de lo necesario. Aun se 
conserva en el convento la cocina donde se quedó arrobada con la sartén en la mano, con 
peligro de verter el único aceite que había en casa, lo que ocasionó no poca fatiga a Isa- 
bel de Santo Domingo, que a tal sazón entró allí. 



APÉNDICES 147 

nadie las habla, sino personas que tratan de espíritu, argumento claro 
es de su gran humildadl y más con haber ya aprovechado grandemente 
y haber mucho que Dios la habla. Y aunque a los principios cuando 
Dios se quiere asi comunicar no se conozca bien claramente si es 
Su Majestad el que habla o si es engaño, pero ¡ja andando más 
en las revelaciones, distintisimamente y con gran certidumbre se co- 
noce que es Dios, aunque no vean la esencia de Dios, como Jeremías 
decia: «En verdad Dios me envía a vosotros, y yo sé que 51 me ha 
hablado lo que os tengo de proponer, y soy enviado del»; con todo 
esto, ninguna cosa se le revela ni le habla que no dé parte della a 
su confesor o algún letrado, a quien ella escoge para con más seguridad 
tratar su conciencia y estas cosas. Quiero contar algunos casos de 
gran humildad que ha pasado esta persona. 

Antes que entendiesen bien sus confesores el espíritu de Dios en 
D.3 Teresa, por algunas razones que tuvieron, determinaron de ha- 
blarla, diciéndola que como cosa muy pensada y alcanzada tenían to- 
dos ellos (que eran muchos los que trataban esto), como la vían tan 
afligida, que era engaño del demonio, y que el remedio era que, pues 
ella no podía resistir, que cuando viniese el que la hablaba que le 
diasG muchas higas y se santiguase, no ostante que ella sentía gran 
aprovechamiento interior con aquellas hablas y apariciones que le eran 
hechas (1). Ella determinó de obedecer; aunque ella entendía era cosa 
de Dios, no quiso creerse; pero sintió mucho que la obediencia la 
pusiese en necesidad de tratar así a su Maestro y Esposo, y comenzó 
a llorar, y así rogaba a Su Majestad no la dejase engañar del de- 
monio, y suplicó a San Pedro y San Pablo, porque era su fiesta 
entonces, que la favoreciesen en que no fuese engañada. Víalos des- 
pués cabe si muchas veces al lado izqiiierdoi, ;j que la aseguraban no 
la dejarían engañar. Y como vino otra visión de Cristo y ella comenzó 
a hacer lo que le mandaban sus confesores, pero suplicábale a Cristo 
la perdonase, pues ella hacía aquello por obedecer a sus ministros; 
respondíale Nuestro Señor que no se le diese nada y que hiciese lo 
que le mandaban, pero que El haría que se entendiese la verdad. Y como 
ellos andaban errados entonces, también tomaban remedios errados, y al- 
gunas veces le mandaban no hiciese oración, porque estando en ella 
le venían estas cosas, y entonces se mostraba muy enojado, y decía 
que les dijese cómo aquello era tiranía, y comenzaba El a darle ra- 
zones para que aquello no era engaño. Escribíle yo cómo por ventura 
iría a verla una señora muy principal que estaba muy persuadida de la 
verdad en este caso; estuvo con gran pena por ver su poquedad y que 
le sería gran tormento ser vista de grandes señores, especialmente con 
esa razón, que pensasen que era buena. Respondióle Nuestro Señor 
que no estuviese penada de aquello, que convenía conociesen las mer- 
cedes que de Su Majestad recebía, y que a los que la hablasen de 
esos señores y grandes en el mundo que les hablase con libertad y lla- 
neza, que ella no los había menester a ellos y ellos a ella sí. Yo 
le importuné en un tiempo tratase con Su Majestad si le serviría 



1 Véanse el capitulo XXIX u sÍQUÍentes del Libio de la Vida. 



148 APÉNDICES 

yo más en cierta parte, y como yo deseaba (que no es para decirlo 
yo, ni para traer cosa mía en tratado de mujer tan santa), y respon- 
dióme que en ninguna manera le hablase de aquello, porque con pa- 
sar lo que yo sabía de las grandes mercedes que Dios le hacía, 
si pensase preguntarle algo, ni de lo que a mí me toca, creería que 
se había de abrir la tierra y que se había de condenar por aquel atre- 
vimiento. En fin, su humildad es cosa increíble, como darán testi- 
monio los que más la tratan. 

También en la segunda regla se ha visto esta verdad, porque des- 
pués que Su Majestad le hizo tanta merced de tratarla tan familiar- 
mente, no ha tratado sino de recogerse lo más que una monja puede 
en esta vida, como se ve en su casita; que ha sido una cosa de gran 
admiración ver cómo emprendió este negocio de hacer aquella casa 
de San José, y cómo ha salido con él. Como testigo de vista, digo 
que notoriamente se ha conocido favorecer Dios a esta señora en 
este caso, y que todo cuanto podemos decir en cerf: car su santidad, 
es verdad. Hízola con expresa revelación del Señor, que tuvo muchas 
veces, y la gran santidad que en aquella casa hay, da buen testimonio 
desto, y tengo por cosa muy averiguada que ha de ser de gran nom- 
bre en santidad. Estando un día después de haber rezado el himno de 
Veni, Creator Spiritus, y habiendo estado casi dos horas en oración, 
vínole un arrobamiento muy súbitamente, y con tanto ímpetu, que casi 
la sacó de sí, y entendió estas palabras: 'Ya no quiero tengas con- 
versación con hombres, sino con ángeles» (1); y fué el primer arroba- 
miento que tuvo; y así quedó espantada, aunque consolada en gran 
manera, y vino de tal suerte, que no pudo dudar sino que era de 
Dios, cierto. Desde entonces certifica esta sierva de Dios, que nunca 
ha podido tener amistad particular con ninguna persona, aunque fue- 
sen deudos, sino con aquellas que ella entiende tratan de servir a 
Dios de veras. 

En la tercera señal darán testimonio grande las compañeras que 
viven en la misma casa, que nunca jamás entiende sino en oración 
o cosas della. Yo le pregunté un día que me dijese cómo gastaba 
el tiempo, y pensaba yo que tenía algunas horas de oración, y que lo 
demás gastaba en otros ejercicios. Respondióme, cómo yo trataba lo 
dificultoso, y que le daba pena de su conciencia, que no se podía ima- 
ginar persona enamorada tanto de otra, y que no se pudiese un punto 
hallar sin lo que amaba, como ella era con Nuestro Señor, consolándo- 
se con El, y hablando siempre del y con El. En la cuarta regla, 
es verdad que ha tenido grandísimo cuidado de informarse de todos 
cuantos buenos letrados estaban y pasaban por Hvila, sin dejar uno, 
especialmente de aquellos que tenían eminencia en Teología, o trata- 
ban cosas de oración, juntamente con ser letrados; y ella aconseja 
este camino a personas que les fuere hecha la misma revelación; no 
obstante que haya otros efetos muy buenos, por donde aun la misma 
persona entienda aquello ser bueno y de Dios. Entre otros de quien 
se informó, fué un santo fraile francisco, que yo conocí, llamado 



l Libro d» ía Vida, t. XXIV, p. 188. 



APÉNDICES 149 

Fray Pedro de ñlcántara, de gran oración y penitencia y celo a su 
profesión. Este Santo, sin tener mucho a qué venir a ñvila, Su Ma- 
jestad le trajo para consolar a esta su sierva, cuando más contradi- 
ción le hacían en estas cosas, y la aseguró que era de Dios, y que 
ao había ningún engaño; y en la manera como vía a Dios y de 
las revelaciones y habías que divinamente se le hacían, le dio en- 
tera luz y seguridad. Y como este varón le dio tanto crédito, y 
mostró gran particularidad de amistad, todos se rindieron dentonces 
y ha tenido gran quietud. De manera, que todos cuantos han sido 
consultados en este caso, dan firme testimonio que sin falta ninguna 
este espíritu es de Dios, sin haber en ello ningún engaño; y con ser 
muchos los que ahincadamente la contradecían y atemorizaban a los 
principios, y porfiaban mucho en ello, todos ahora la tienen por gran 
sierva de Dios, y la honran en todo lo que pueden. Tuvo en aquellos 
tiempos grandes trabajos, en especial dentro de su casa, que era gran- 
de, donde había muchos pareceres contra ella, y entonces sentíalos mu- 
cho, por no estar tan aprovechada; pero ya Su Majestad ha hecho 
tan gran serenidad así en su alma para estar muy cierta, que no hay 
que temer en esto; y en todos cuantos tienen relación del caso, que 
parece, como lo es, gran obra del Señor, y el mayor argumento para 
la verdad de los que podemos hacer. 

Mas es de notar que la pureza de la conciencia desta religiosa 
es tan grande, que nos admira a los que la confesamos y comunica- 
mos, y a sus compañeras; porque se puede decir que todo es Dios 
lo que ella piensa y trata, todo va enderezado a la honra de Dios 
y al aprovechamiento espiritual; y no hará pecado venial, por pe- 
queño que sea, si ella entiende ser malo, por ninguna vía. De suerte 
que todo su entender es cómo se mejorará cada día y alcanzará mayor 
perfección. Y así ha hecho aquella casita de San Josef, poniéndola 
en toda la perfección que acá en la tierra se puede poner en mujeres 
ni en varones, como darán relación los que entienden la manera de 
vida que en aquella casa hay. 

Pues si queremos hablar algo del gran fruto espiritual que sacan 
los que tratan esta sierva de Dios, será nunca acabar, porque es 
gran maravilla de Dios lo que pasa. No quiero decir nada de mí 
porque no lo hay por mis deméritos, aunque tengo tanta experiencia 
en mí mismo, que después que la trato, me ha favorecido Nuestro 
Señor en muy muchas cosas que claramente vía yo ser particular ayuda 
de Dios, que acá, dentro de mí, no puedo más de tenerla por Santa 
que puedo decir interiormente que no la conozco. Hame dicho muchas 
cosas que sólo Dios las podía saber, por ser cosas futuras y que toca- 
ban al corazón y aprovechamiento, y que parecían imposibles, y en 
todas he hallado grandísima verdad. Pero a una persona que no 
se acababa de determinar en tratar con gran delicadeza con Dios, 
pensando yo que había comenzado ya, porque así lo habíamos con- 
certado él y yo, y como en cosa hecha no quería yo volver por donde 
esta persona estaba, hablóme esta Santa y díjome que su Maestro, 
que es Cristo, decía que volviese yo por donde estaba; y que Je llevase 
un recaudo bien breve, pero era todo de Dios y de su parte, y aun 
hasta entonces se quería excusar doña Teresa con Dios, y díjole al 



150 APÉNDICES 

Señor: «¿Por qué me fatigáis en esto? ¿Vos no se lo podéis decir 
a ellos? ¿Para qué ordenáis que yo entienda en csto?> Respondióle 
Nuestro Señor: «Hágolo porque tú, como no puedes entender en más, 
ayudes para que otros me sirvan,, y porque él no está dispuesto para 
que yo le hable así a él, y si lo quisiese hacer, como no trata tanto 
de oración, no me creería». Razones tan divinas muestran el espíritu que 
aquella sierva suya tiene. Vengo y propóngole mi recaudo; comienza 
a llorar, que le penetró las entrañas, y es un hombrazo que puede 
gobernar el mundo, y que no es nada mujeril y afeminado para 
llorar, sino muy hombrazo (1). Una señora hay en Avila, viuda, que 
su manera y condición no era para tratar mucho de santidad, muy 
desacreditada en el pueblo en perseverancia y en gastos. Quiso Dios 
hacerla gran sierva swja, y con muy poca ocasión vinieron a cono- 
cerse, y quiso tener algún tiempo a doña Teresa en su casa. Hase 
vuelto una santa, que deja su estado y mayorazgo muy bueno, y se 
mete en San Josef, y la gran mejora que ella siente en su alma 
por la compañía desta sierva de Dios, lo puedo yo declarar con 
papel (2). Hay en este punto muy muchas cosas donde Su Majestad, 
por oraciones desta sierva suya, hizo grandes ei'etos. 

Pues si vamos por el nono camino para descubrir esta verdad, 
hay razones que convencen todo lo que a esta Santa se le ha reve- 
lado, es para grandes efetos espirituales, para gran consolación de 
afligidos, todo para gran aprovechamiento en el amor de Dios. Sería 
prolijísimo querer contarlo todo, ni buena parte de lo que se le 
ha revelado, y, como ya conté, todo contra su voluntad, porque se 
vía en grandes trabajos con ello, y pasó sobre esto largas razones con 
Nuestro Señor. Especialmente una vez dijo a Su Majestad hablándo- 
le: «Señor, ¿no hay otras personas, especialmente letrados y varones, 
que si Vos les hablásedes harían esto que Vos me mandáis mucho 
mejor que yo, que soy tan mala?» Respondió Su Majestad, como quien 
tenía dolor en su corazón: «Porque los letrados y varones no se 
quieren disponer para tratar conmigo, vengo yo, como necesitado y 
desechado de ellos, a buscar mujercitas con quien descanse y trate 
mis cosas». Palabras son del Señor. Y cerca destas revelaciones dice 
ella, que con habérsele hecho muy muchas y grandes revelaciones, 
siempre ha salido, así como le dijo su Maestro, sin haber en ello 
faltado un punto; y clara cosa es que, a ser del demonio, se hubiera 
conocido alguna mentira, pues Su Majestad dio por San Juan esta 
divisa para conocer al demonio, que es padre de la mentira. 

Y antes que digamos de lo que pasa con el demonio, diré cerca 
de este argumento lo que una vez pasó con Cristo, a quien ella llama 
su Maestro. Como ella andaba tan fatigada con aquellas hablas y 
visiones, viendo por una parte que no las podía excusar y que cuando 
estaba en ellas no podía dejar de conocer que era Dios y no engaño. 



1 Sospéchase si se refiere al P. Vicente Barrón. Lo que parece cierto, es que se trata 
de un Padre de Sto. Domingo. 

2 D.a Guiomar de Ulloa, que tanto fruto espiritual reportó con el trato de la Santa. 
£1 propósito de entrar descalza lo realizó en 1578, pero hubo de salirse por falta de salud. 
(Cfr. Libro de la Vida, c. XXIV, p. 187). 



APÉNDICES 15Í 

por otra parte, pasado aquello, venían las riñas de aquellos siervos de 
Dios diciéndole que era demonio y aun caso de Inquisición; y como 
también ella se vía tan mala, a su parecer, estaba la más congojada 
del mundo y con lágrimas suplicaba a Su Majestad no la llevase 
por aquel camino. Vino Nuestro Señor y hablóla, consolándola y dándo- 
le razones para que viese no era demonio, por el efeto que ella sentía 
cuando estaba con Su Majestad; y acababa la plática que Su Majes- 
tad le hacía que mirase que el demonio no podía dar aquel sosiego 
interior y consolación espiritual que ella experimentaba con él, ni de- 
jaba el demonio de sus pláticas aquel amor y aprovechamiento de 
virtudes que ella sentía tener cuando le hablaba; y El asegurábala con 
que El haría entender que El era y no el demonio el que la hablaba 
y enseñaba; y cierto, el demonio no tiene poder ni pretende con sus 
artes sosegar interiormente nuestras almas ni corazones y darles apro- 
vechamiento de amor y virtudes, como el que de Dios recibe estos 
particulares favores experimenta. Pues en la última manera que po- 
níamos, se declara esto muy ciertamente por las veces que esta sicrva 
de Dios ha visto al demonio, y cómo le ha aparecido y lo que le ha 
dicho. Una vez, estando en un oratorio, le apareció en una figura abo- 
minable, especialmente la boca era espantosísima y de ella le salía 
una gran llama de fuego, y díjola que bien se había librado de sus 
manos, mas que él la tornaría a ellas, que no pensase la habían de 
librar los de la Compañía, que ellos la dejarían. Quedó con gran 
temor de esta habla y santiguóse; pero volvió otras dos veces, y como 
trajo agua bendita y echó hacia él, se fué y no volvió más por en- 
tonces (1). Otra vez estuvo cinco horas muy fatigada interiormente, 
y en lo exterior en tanto grado que no se podía ya valer, y suplicaba 
a Su Majestad que si El se servía con aquello, fuese muy adelante; 
y luego quiso darle a entender Nuestro Señor qué era y vio cabe sí un 
negrillo muy abominable, y regañando porque no halló ganancia (2). 
Otras muchas veces se le ha aparecido para hacerla mal y espantarla, 
y no lo hiciera tan claramente si él la tuviera por suya y la hubiera 
engañado. 

Resta ya decir algo a lo que se traía para que esto fuese engaño. 

Lo primero es que en ninguna persona engañada ha habido, no 
sólo tantas razones y argumentos para que vcidaderamente Dios le hi- 
ciese estas mercedes; pero ni alguna destas se han hallado entera- 
mente, como aquí se ha dicho, sino todo al contrario, y siempre hubo 
personas santas y de letras que sabiendo el negocio y lo que pasaba, 
lo contradijeron y prevalecieron. 

Lo segundo es que los Santos no enseñaron que en ninguna manera 
recibiésemos algunas revelaciones y tuviésemos a algunos por muy 
santos, porque eso lucra muy dañoso a la Iglesia y a los cirstianos, 
i; fuera muy falso contra lo que ellos experimentaban. Lo que dicen es 
que no lo creamos con facilidad, y donde hay cosas tan grandes no 
hay liviandad en creerlo. 



1 Véase el capítulo XXXI de la Vida, p. 249. 

2 Cfr. Vida. c. XXXI, p. 250. 



152 APÉNDICES 

Lo tercero es que para consolación de sus siervos y para que otros 
se salven, siempre ha acostumbrado Su Majestad hacer a algunas per- 
sonas estas maravillas, y pues tantas razones hay para que creamos 
que esta religiosa es privada de Dios, no hay para qué negarlo, pues 
ningún fundamento hay. Entendido esto que se ha puesto aquí, no 
es probable ni verosímil. 

Lo cuarto es que a los principios a solos sus confesores y a aque- 
llos que la podían dar luz se descubrió con grandes sacramentos y 
obligación que no se dijese a nadie. Después, contra toda su voluntad, 
se ha publicado, y ahora para informarse de lo que cada 'lía pasa 
con ella Nuestro Señor, y para hacer lo que la mandan sus con- 
fesores, pasa por ello, en que se hablen estas cosas. 

Quiero decir, ultimadamente, cómo visitando a un deudo suyo, que 
estaba muy enfermo y sin remedio de la orina (1), llegó esta sierva 
de Dios, y de piedad que tuvo al enfermo comenzó muy importunamen- 
te a pedir a Nuestro Señor su salud. Luego estuvo bueno y nunca 
más ha estado enfermo dello. 

Otra vez, importunando mucho a Nuestro Señor por una persona 
a quien tenía obligación, que había perdido la vista repentinamente, 
temiendo no había de ser oída, apareciéndole Nuestro Señor, mos- 
trándole la Haga del costado, y díjole, entre otras cosas, que ninguna 
cosa le pediría que Su Majestad no la hiciese; y luego volvió a ver 
como antes, de suerte que aun en los cuerpos ha hecho ya milagros 
esta Santa. Gloria a Su Majestad. 



1 Cfr. Vida, c. XXXIX, p. 346. 



APÉNDICES 



163 



XIV 



BRBVE PASA FUNDAR EL CONVENTO DE SAN JOSÉ DE AVILA. 



(7 de Febrero de 1562) (1). 



RaNLTRJS MlSARATlONK DlVlNA TITüLI 

S. Angelí Presbiter Cardinalis. 
Dilectls in Christo Domnae Aldon- 
cae de Guzman, et Domnae Guio- 
mar de Ulloa, mulieribus illustri- 
bus, viduis, incoUs Abulensis Ci- 
vitatis, Salutem in Domino. 
Ex parte vestra Nobis oblata pe- 
titio continebat, quod vos zelo de- 
votionis accensae, ad Del laudem, 
et honorem, desideratis in dicta ci- 
vitate Abulensi unum Monasterium 
numero et sub invocatione vobis 
bene visis, Regulae et Ordinis Be- 
atae Mariae de Monte Carmelo, ac 
sub obedientia et correctione Ve- 
nerabilis in Christo Paíris Dei gra- 
tla Episcopi Hbulensis pro tenipore 
existentis, cum ecclesia, campani- 
li, campanis, claustro, refcctoric, 
dormitorio, horto, et alus neces- 
sariis officinis cónstruere et aedi- 
ficare, nec non in eadem ecclesia 



Rainucio, por la divina misericor- 
dia. Presbítero Cardenal del titulo 
de S. Angelo, a las amadas en 
Cristo doña Aldonza de Guzmán y 
doña Guiomar de Ulloa, mujeres 
ilustres, viudas, vecinas de la ciudad 
de Avila, salud en el Señor (2). 
De vuestra parte Nos ha sido pre- 
sentada una petición, la cual con- 
tenía, que vosotras, movidas con 
celo de devoción y para alabandii 
y honra de Dios, deseáis hacer y 
edificar en la dicha ciudad de ñvi- 
la un monasterio de monjas, del 
número y con la invocación que 
bien visto os fuere, de la Regla 
y Orden de Santa María del Mon- 
te Carmelo, debajo la obediencia 
y corrección del venerable en Cris- 
to Padre, por la gracia de Dios, 
Obispo de Avila, que por tiempo 
fuere, con iglesia, campanario, cam- 
panas, claustro, refectorio, donni- 



1 Convenía pata el éxito de la proyectada reforma, que no apareciese la M. Teresa, ver- 
dadera autora de ella; por eso se pide el Breve en nombre de las dos piadosas viudas amigas de 
la Santa, D.a Aldonza de Guzmán y su hija D.a Guiomar de Ulloa. Así se lo aconsejaron San 
Pedro de Alcántara y Fray Pedro Ibáñez. Para la mejor inteligencia de estos documentos pon- 
tificios, léanse los capítulos XXIV, XXXII y XXXVI, con las notas respectivas, del Libro de In 
Vida, de la presente edición. 

Los tres documentos que aquí publicamos, pueden verse en el Bullaríum Carmelitanum, t. U, 
péfls. 119, 123 y 135. 

2 La versión castellana, así de este como del siguiente documento, es del P. Jerónimo de 
San José. Cfr. Historia del Carmen Descalzo, pégs. 577 y 620. 



154 



APÉNDICES 



unam scu plures Cappellaniam seu 
Cappcllanias erigerc, ac Monasíe- 
rium et Capellaniam seu Capella- 
nias hujusmodi ex propriis vestris 
bonis compeíenter dotare: id tamen 
vobis liccre dubitatis, absque Se- 
dis Apostolicae speciali licentia. 
Quare supplicare fecistis humiliter, 
vobis super his per dicíam Sedem 
de opportuno remedio misericordi- 
ter provideri. 

Nos igitur attendentcs, quod in 
his quae in divini cultus augmen- 
tum tcndunt, favorabiles esse de- 
bemus, atque benigne vestris in hac 
parte supplicationibus inclinati, au- 
ctoritate Domlni Papac, cujus Poe- 
nitentiariae curam gcrimus, et de 
ejus speciali mandato, super hoc vi- 
vae vocis oráculo Nobis tacto, vo- 
bis ut unum Monasterium Moxiia- 
lium, numero et sub invocatione 
vobis bene visis, Regulae et Ordi- 
nis Beatae Mariae de Monte Car- 
melo, ac sub obedientia, et corre- 
cíione dicti Domini Episcopi Abu- 
lensis pro tempore cxistentis, 
cura ccclesia, campanili, campanis, 
claustro, refectorio, horto, et alus 
necessariis officinis, in aliquo loco 
seu situ, intra aut extra muros dic- 
tae civitatis ñbulensis vobis bene 
viso, sine lamen alicujus piaejudiclo, 
construere et aediñcare: ac in ea- 
dem ecclcsia unam seu plures Cap- 
pellaniam seu Cappellanias erigere, 
ct Monasterium et Cappellaniam 
scu Cappellanias hujusmodi ex pro- 
priis vestris bonis competentcr do- 
tare. Et postquam Monasterium 
praedíctura constructum et erectum 
fuerit, illud; illiusque Moniales pro 



torio, huerta y otras oficinas nece- 
sarias. Y asimismo deseáis fundar 
en la misma iglesia, una o muchas 
capellanías y dotar este tal monas- 
terio y capellanías de vuestros pro- 
pios bienes, empero dudáis seros 
esto lícito sin especial licencia de 
la Sede Apostólica; por lo cual 
fué de vuestra parte humildemente 
suplicado se os proveyese por la 
dicha Santa Sede misericordiosa- 
mente en todo lo sobredicho de re- 
medio oportuno. Nos, pues, aten- 
diendo a que en las cosas que se 
encaminan al aumento del culto 
divino debemos ser favorables y 
benignos, inclinados en esta parte 
a vuestros ruegos, por autori- 
dad de nuestro Santísimo Padre, 
cuya Penitenciaría está a nuestro 
cargo, y de su especial mandato 
sobre estas cosas a Nos de su 
misma boca dado, por tenor de 
las presentes os concedemos, y ha- 
cemos gracia, que podáis fundar 
y edificar un monasterio de monjas, 
del número y con la invocación 
que os fuere bien visto, de la Re- 
gla y Orden de Santa María 
del Monte Carmelo, debajo la obe- 
diencia y corrección del dicho se- 
ñor Obispo, que por tiempo fuere, 
con iglesia, campanario, campanas, 
refectorio, huerta y otras oficinas 
necesarias en algún lugar o sitio, 
dentro o fuera de los muros de 
la dicha ciudad de Avila, según os 
pareciere, empero sin perjuicio 
de nadie; y que asimismo podáis 
en la misma iglesia fundar una 
o muchas capellanías, y el tal mo- 
nasterio y capellanías dotarlas 



APÉNDICES 



155 



tcmpore existentes, ómnibus et sin- 
gulis privilegiis, immunitatibus, 
cxemptionibus, praerogativis, liber- 
tatibus, concGssionibus et indultis, 
quibus alia dicti Ordinis B. Mariae 
de Monte Carmelo Monasteria, et 
illorum Móntales de jure, usu, con- 
suctudine, vel alias in genere utun- 
tur, potiuntur et gaudent, ac iiti, 
potiri et gaudere poterunt quomo- 
dolibet in futurum, uti, potiri et 
gaudere libere et licite possint, et 
valeant, tenore praesentium conce- 
dimus et indulgemus. 

Vobisque super fundatione, et do- 
tatione hujusmodi, ac Priorisae, et 
Monialibus dicti Monasterii pro tcm- 
pore cxistentibus super his quae fe- 
lix régimen et gubernium ejusdem 
Monasterii concernent, quaecumque 
statuta et Ordinationes licita et 
honesta, et juri Canónico non con- 
traria, condendi, et postquam con- 
dita et ordinata fuerint, illa in 
toto vel in parte juxta temporuin 
qualitatem in melius mutandi, re- 
formandi, altcrandi et etiam in 
totum toUendi, eaque abrogandi, ac 
alia similiter condendi, licentiam et 
l^bcram facultatem impertiniur. Ac 
tan; condita, quam mutanda, refor- 
manda, alteranda et de novo con- 
denda statuta et ordinationes hu- 
jusmodi Apostólica auctoritate ex 
nunc pro tune, et c contra confir- 
niata fuisse et esse, ac inviolabili- 
ter observari deberé. Sicque per 
quoscumque judices el personas, 
quav'is, etiam Apostólica auctoritate 
fungentes, sublata eis, eorumque 
cuilibet quavis aliter judicandi, in- 
terpretandi et defiíiicndi facúltate 



competentemente de vuestros pro- 
pios bienes. Y después que el di- 
cho monasterio fuere fundado, así 
él, como sus monjas que por tiem- 
po fueren, puedan libre y 'icita- 
mente gozar, usar y tener iodos 
y cada uno de aquellos privilegios, 
inmunidades, exenciones, prerroga- 
tivas, libertades, concesiones e in- 
dultos, que por derecho, uso y cos- 
tumbre, o en otra manera gene- 
ralmente gozan, usan y tienen, o en 
adelante podrán de cualquier mo- 
do gozar, usar y tener otros mo- 
nasterios de la dicha Orden de 
Santa María del Monte Carmelo 
y las monjas de ellos. Iten, a vos- 
otras, sobre lo tocante a esta fun- 
dación y dotación, y a la Priora y 
mondas que por tiempo fueren en 
lo concerniente al feliz y buen go- 
bierno del dicho monasterio, da- 
mos licencia y libre facultad de 
hacer estatutos y ordenaciones lí- 
citas y honestas, no contrarias al 
Derecho Canónico, y después de he- 
chas y ordenadas, de mudarlas en 
mejor, establecerlas, alterarlas, y 
también quitarlas y del todo abro- 
garlas, en todo o en parte, según 
la calidad de los tiempos, y hacer 
asimismo otras de nuevo; y con 
autoridad apostólica, determinamos 
las tales constituciones y ordena- 
ciones, así las hechas como las 
mudadas, reformadas, alteradas y 
de nuevo establecidas, haber sido, 
y ser desde ahora por entonces, o 
al contrario, confirmadas, y deber- 
se inviolablemente guardar, y que 
así debe ser juzgado, interpretado, 
y definido por cualesquier jueces 



156 



APÉNDICES 



et auctoritate, judicari, interpretan, 
et definiri deberé: irritum que- 
que, ct Inane, si secus super his a 
quoquara quavis auctoritate scienter 
vel ignoranter contigerit attentari, 
decernimus. 

Mandantes et districtius inhiben- 
tes, in virtute sanctae obedientiae, 
ct sub suspensione a divinis quoad 
Episcopos vel alios raajores Prae- 
latos, quo vero ad alios, excommu- 
nicationis majoris latac sententiae 
poena, quam contrafacientes ipso 
facto incurrere volumus, et a qua 
non nisi per Nos, aut Sedem ñpo- 
stolicam, praetcrquam in raortis ar- 
ticulo, absolvi possint, quibusvis 
judicibus et personis tam eccle- 
siasticis quam saecularibus, quavis 
etiam ñposlolica auctoritate fun- 
gentibus, ne vos, et pro tempore 
existentes dicti Monasterii Moniales 
directe vel indirecte quovis quae- 
sito colore seu ingenio quomodoli- 
bet indebite molestare, perturbare 
vel inquietare audeant sive praesu- 
mant: ac decernentes irritum, et 
inane, si secus super his a quo- 
quam quavis auctoritate, scienter 
vel ignoranter contigerit attentari. 

Quocirca discretis viris, Priori 
Conventus de Magacela nullius 
Dioecesls, et Cappellano Majori To- 
letanae, ac Archidiácono Segovien- 
sis, Ecclesiarura, et eorum cuilibet, 
auctoritate et mandato praedictis 
committimus et mandamus, quate- 
nus vobis, et dicti Monasterii Mo- 
nialibus pro tempore cxistentibus, 
in praemissis efficacis defensionis 
praesidio assistant, et quilibet eo- 
rum faciat, vos et Moniales prae- 



y personas que tengan cualquiera 
autoridad, aunque sea apostólica: 
quitándoles a los tales y a cada 
uno de ellos, toda facultad y au- 
toridad de juzgar, interpretar y 
definir en contrario, y dando por 
írrito y vano lo que sobre estas 
cosas, por cualquier que sea, y 
con cualquiera autoridad que lo ha- 
ga, de industria o por ignorancia, 
aconteciere ser intentado. Para lo 
cual mandamos, y rigurosamente in- 
hibimos, en virtud de santa obe- 
diencia y debajo de suspensión a 
divinis, a los Obispos o a otros 
mayores Prelados, y a los demás 
debajo de pena de excomunión la- 
tae sententiae; la cual queremos 
incurran ipso facto los que lo con- 
trario hicieren, y no pueden ser 
absueltos de ella fuera del artícu- 
lo de la muerte, sino es por Nos, 
o por la Sede Apostólica, a cuales- 
quier jueces y personas, así ecle- 
siásticas como seculares, de cual- 
quier autoridad que tengan, aun- 
que sea apostólica, que ni a vos- 
otras, ni a las monjas, que por 
tiempo fueren del dicho monasterio, 
directa o indirectamente, debajo de 
cualquier color o traza, en cual- 
quier manera se atrevan o presu- 
man indebidamente molestar, per- 
turbar o inquietar. Y damos por 
írrito y vano lo que contra esto 
por cualquier persona, y con cual- 
quiera autoridad, advertida o ig- 
norantemente, sucediere intentarse. 
Por lo cual, en virtud de la auto- 
ridad y mandato sobredicho, come- 
temos y mandamos a los discre- 
tos varones el Prior del Conven- 



.IFFWnTPrS 



157 



dictas confessione, indulto, licen- 
tia et facúltate hujusmodi, omni- 
busque «t singulis praemissis pacifi- 
ce frui, et inviolabiliter gaudere- 
non permitientes vos, et eas de- 
super dictas per dicti Ordinis B. 
Mariae de Aconte Carmelo, eí alio- 
rum quorunivis Ordinum Superiores. 
Praelatos, Priores, Reformatores, 
Visitatores, et Fratres, aut alios 
cujuscumque dignitatis, status, gra- 
dus, ordinis vel condiíionis fue- 
rint, et quacumque etiam pontjfi- 
cali praefulgeant dignitate, vel au- 
ctoritate etIam Apostólica fungan- 
tur, publice vel occulte, directe vel 
/ndirecte, quovis quaesito tolore seu 
ingenio quomodolibet indebite mo- 
lestari, perturbar! vel inquietari. 
Contradicíores quoslibet et rcbel- 
Ics, per censurara Ecclesiasticam, et 
alia juris opportuna remedia ap- 
pellatione postposita compescendo: 
invocato etiam ad hoc, si opus fue- 
rit, auxilio brachii saecularis. 

Non obstantibus fel. rec. Bonifa- 
cil Papae octavi de una, et Concilii 
generalis de duabus dietis, dummo- 
do non ultra tres, aliisque Constitu- 
tlonibus et Ordinationibus /Iposto- 
Ucis, ac B. Mariae de Monte Car- 
melo hujusmodi, et illius Monaste- 
riorum, etiam juramento, confirma- 
tlone Apostólica, vel quavis lirmi- 
tate alia roboratis statutis et con- 



tó de Magacela, de ninguna dióce- 
sis (I), y el capellán mayor de la 
iglesia de Toledo, y Arcediano de 
la iglesia de Segovia, y a cual- 
quiera de ellos, que a vosotras y 
a las monjas del dicho monasterio, 
que. por tiempo fueren, en todo lo 
sobredicho asistan con presidio de 
eficaz defensión, y cada uno de 
ellos haga que vosotras y las di- 
chas monjas, pacífica e inviolable- 
mente, gocéis de esta concesión, in- 
dulto, licencia y facultad, y de to- 
das y cada una de las cosas so- 
bredichas. No permitiendo que vos- 
otras, ni las demás monjas seáis 
pública o ocultamente, directa o in- 
directamente, debajo de cualquier 
color o traza, en algún modo in- 
debidamente, molestadas, perturba- 
das o inquietadas por los Superio- 
res, Prelados, Priores, Reform'Jido- 
res. Visitadores y frailes de la di- 
cha Orden de Santa María del 
Monte Carmelo, o por cualesquier 
otros, así eclesiásticos, como se- 
culares jueces, y personas de cual- 
quier dignidad, estado, grado, or- 
den o condición que fueren, y en 
cualquier dignidad, aunque sea pon- 
tifical, que estuvieren constituidos, o 
cualquiera autoridad que tuvieren, 
aunque sea apostólica, reprimiendo 
a cualesquier rebeldes con censuras 
eclesiásticas, y otros oportunos re- 



1 Sobre este personal^ dice el P. Jerónimo de S. Josc en 5U Historin del Carmen Des- 
calzo, lib. III, r. X: cTamblén advierto que c! Prior de Magarehí es de )a Orden de Cala- 
tiBva, D el lugar está en Andalucía, aunqup e) Prior (el cual tiene jurisdicción cuasi epis- 
copal), no reside allí, sino en otro lugar cerca deste, llamado Villenueva de la S'rena, si 
bien el título es de Magacela; u el oue tiene de Prior pudo sn causn oue en Roma s« 
CTeyes? lo era de algún convento, u así se puso en el Breve, como si lo fueía, llamán- 
dolo Prior del convento de Magacela». Tanto Magacela como Vlllanueva pertenecen a la pro- 
viacia de Badajoz en Extremadura. 



158 



APÉNDICES 



Guctudinibus, privilcgiis quoque in- 
dultis, et litteris flpostolicis cisdcm 
Ordini et Monasteriis, illorumque 
Superioribus, et Generali, sub qui- 
busvis vcrborum formis, et clausu- 
lis, et derogatoriarum derogatoriis. 
fortioribusque et efficatioribus, ac 
insolitis, irritantibusque, et alus de- 
cretis concessis, confirmatis, et 
etiam iteratis vicibus innovalis, 
etiam Mari magno, Bulla áurea, 
vel alias nuncupatis. Quibus ómni- 
bus, illorum tenores ac si de verbo 
ad verbum insererentur praesenti- 
bus, pro plenc et sufficienter ex- 
pressis hnbentes, illis alias in suo 
robore pcrmansuris, hac vice dum- 
taxat, spccialiter et expresse dero- 
gamus, caeterisque contrariis qui- 
buscumquc. 

Datum Romae apud S. Petrum 
sub sigillo Poenitentiariae, séptimo 
Idus Februarii, Pontificatus Domini 
Pii Papae quarti anno tertio. 



medios de derecho, quitada toda 
apelación, e invocando, si fuere 
necesario, el auxilio del brazo se- 
glar. No obstantes las constitucio- 
nes y ordenaciones de Bonifacio, de 
felice recordación. Papa Octavo, de 
una dieta, y la del Concilio gene- 
ral de dos dietas, como no pasen 
de tres; ni otras semejantes cons- 
tituciones y ordenaciones apostóli- 
cas, ni las de la Orden de Santa 
María del Monte Carmelo, o los 
demás monasterios de ella, aun- 
que sean roboradas con juramento, 
confirmación apostólica o cualquier 
otra firmeza, ni otros estatutos y 
costumbres, o también privilegios, 
indultos, letras apostólicas, que a 
la misma Orden y a sus monaste- 
rios, superiores y General, debajo 
de cualquier forma de palabras, y 
clausulas derogatorias de derogato- 
rias, y otras más fuertes y efica- 
ces, y no acostumbradas e irritan- 
tes, y otros decretos, fueren conce- 
didas, confirmadas y muchas ve- 
ces innovadas; aunque sea el Ma- 
remagno. Bula Áurea, o en otra 
manera nombradas: a las cuales 
todas, cuyos tenores teniendo por 
suficiente y plenamente expresos, 
como si en las presentes Letras 
de verbo ad verbum fuesen insertas, 
quedando para lo demás en su 
fuerza, por esta sola vez especial 
y expresamente derogamos, y a 
cualesquier otras cosas en contra- 
rio. Dadas en Roma, en San Pedro, 
debajo del sello de la Penitencia- 
ría, a siete de Febrero, el tercero 
año del Pontificado de nuestro san- 
tísimo padre Papa Pío Cuarto. 



APÉNDICES 



159 



XV 



RESCRIPTO DE LA SaORflDA PENITENCIARIA PARA QUE LA SANTA PUEDA FUNDAR 
SIN RENTA. 



(5 de Diciembre de 1562) (1). 



Ranutius Miseratione Divina titiili 
S. Anofli Presbiter Cardinalis 
Dllectis in Chrisío Abbatissae et 
Monialibu - Monusterii S. Joscph 
Abulensis, Ordinis Beatac Marine 
de Monte Carmelo, snlulem in 
Domino. 

Ex parte vestía nobis oblata pe- 
titio continebat, quod licet vos ex 
indulto speciali Scdis Apostolicae 
in vim quarumdam litterarum Apo- 
stolicarum per officium Sacrae Poe- 
nitentiariae expeditarum, Fundatri- 
cibus dicti A\onasterii nuper erecti 
concesso, quaecumquc bona in com- 
muni et particulari habere et pos- 
sidcre valeatis, nihilominus ob me- 
liorem vitac frugem cupitis, bona 
aliqua in communi aut particulari 
habere seu possidere minime posse, 
juxta formam Regulae dicti Ordi- 
nis, sed ex cleemosynis vobis per 
Christi fideles pie elargiendis vos 
sustentare, prout aliae Moniales di- 
cti Ordinis in illis partibus degunt; 
id tamen vobis licere dubitatis abs- 
que Sedis ñpostolicae licentia spe 



RaiNucio, por la divina miseración, 
presbítero Cardenal del título de 
San Angelo, a las amadas en Cris- 
lo Abadesa y monjas del monas- 
terio de San fosé de la ciudad de 
Avila, de la Orden de Santa Ma- 
ría del Monte Carmelo, salud en 
el Señor. De vuestra parte Nos ha 
sido presentada una petición, la 
cual contenia, que aunque por es- 
pecial indulto de la Sede Apostó- 
lica, concedido en virlud de unas 
Lclrus apostólicas, despachadas por 
el oficio de la sacra Penitenciaría a 
las fundadoras del dicho monaste- 
rio recién fundado, podáis tener 
y poseer cualesquier bienes en co- 
mún y en particular; pero aspi- 
rando a mayor perfección de vida, 
deseáis no poder tener ni ¡loseer 
en común ni en particular bienes 
algunos, según la forma de la pri- 
mera Regla de la dicha Orden, sino 
sustentaros de las limosnas que pia- 
dosamente os dieren los fieles de 
Cristo, según que otras monjas de 
la misma Orden en aquellas partes 



1 Tanto por la conversación que tuvo en Toledo con A\aría de Jesús, como por los 
conse)os de San Pedro de Alcántara, la Santa se decidió al fin a fundar sin renta, obte- 
niendo para ello este Rescripto. Véase el capítulo XXXV de la Vida, y la carta de S. Pedro 
de Alcántara que publicamos en este tomo, p. 125. 



160 



nPENDíCES 



dali. Quara suppUcari fecistis hu- 
millter, vobis super his per Sedem 
eamdem de opportuno remedio mi- 
scricorditer provideri. 

Nos, igitur, vestris in hac parte 
supplicationibus incUnatl, auctorita- 
te Domini Papae, cujus Poeniten- 
tiariae curam gerimus, et de ejus 
speciali iTiandato super hoc vivae 
vocis oráculo nobis facto, Vobis, 
ut bona aliqua in communi aut 
in particulari habere seu possidere 
minime possitis, juxta formam pri- 
mac Regulae dicti Ordinis, sed ele- 
cmosynis et charitatis subsidiis vo- 
bis per Christifidcles pie elargien- 
dis vos sustentare libere valeatis, 
tcnore praesentium concedimus el 
indulgemus. Non obstantibus Cons- 
titutionibus et Ordinationibus ñpos- 
tolicis, caeterisgue contrariis qui- 
Duscumque. 

Datum Romae apud S. Pet-um 
sub sigillo Officii Poenitentiariac, 
ponis Decembris Pontificatus Do- 
mini Pii Papae Quarti anno Icrtio. 



se sustentan; empero dudáis el se- 
ros esto lícito sin especial Ucencia 
de la Sede Apostólica, por lo cual 
nos hicisteis suplicar humildemente 
os fuese misericordiosamente pro- 
veído por la misma Sede Apostólica 
de remedio oportuno. Nos, pues, 
inclinados en esta parte a vuestros 
ruegos, por autoridad de nuestro 
Padre y Señor el Papa, cuya Pe- 
nitenciaria tenemos a nuestro car- 
go, y de su especial mandato dado 
a nosotros sobre este negocio por 
su misma boca, por tenor de las 
presentes os concedemos y hace- 
mos gracia, que no podáis tener 
ni poseer bienes algunos en comi'm 
o en particular, según la forma de 
la primera Regla de la dicha Or- 
den, sino que libremente podáis 
sustentaros de las limosnas y ca- 
ritativos socorros que por los fie- 
les de Cristo piadosamente os fue- 
ren hechos. No obstantes las cons- 
tituciones y ordenaciones apostóli- 
cas, ni cualesquier otras en con- 
trario. Dadas en Roma, a cinco de 
Diciembre, el año tercero de nues- 
tro .santísimo Padre g Señor Pío 
Papa Cuarto. 



.APÉNDICES 



161 



XVI 



BREVE DE Pío IV QUE CONFIRA\fl Y RATIFICA LOS DOS ANTERIORES. 

(17 de Julio de 1565). 



Pius Episcopus, Servus Servorum 

Dei. 
Dilectis in Christo Filiabas Prio- 
rissae, sea Matri forsan nun- 
cupatae, et Conventui Monasterii 
Monialium S. Josephi Abulensis, 
et Aldoncae Giizman, et Guioma' 
ri de Ulloa maíieribus viduis, in- 
colis Abalen, salufem etc. 
Cum a Nobis petitur, quod ju- 
stum est, tan vigor aequitatis quam 
ordo exigit rationis, ut id per so- 
licitudinem Officii nostri ad dcbi- 
tum perducatur effcctum. 

Sane pro parte vestra Nobis nu- 
per exbibita petitio continebat: 
quod alias pcstquam vos in Chri- 
sto filiae ñldonca, et Guiomara, 
quae, ut asscritis, illustres et vi- 
duae estis, pía dcvotione motae, 
cupientcs terrena pro coelestibus 
et transitoria pro aeternis felici 
commercio commutare, ac de bo- 
nis vestris vobis a Deo collatis 
pro animarum vestrarum salute, 
unum Monasterium ad Dei Omni- 
potentis laudem et honorem, sub 
vocabulo et invocatione vobis bene- 



Pio, Obispo, siervo de los siervos 

de Dios. 
A nuestras amadas hijas la Priora, 
o Madre, y Comunidad de reli- 
glosas de San fosé de Avila, y 
a las señoras Aldonza de Guzmán 
y Guiomar de Ulloa, viudas, ve- 
cinas de la misma ciudad, salud... 
Cuando se nos pide una cosa 
justa, la misma razón natural y el 
orden de la justicia exige que inter- 
pongamos toda la solicitud de nues- 
tro cargo para acceder benigna- 
mente, ñhora bien, no ha mucho 
que de vuestra parte se nos hizo 
un ruego formulado en los siguien- 
tes términos: Que habiéndoos ya 
antes propuesto vosotras, amadas 
hijas en Cristo, ñldonza y üuio- 
mar, viudas ilustres, según confe- 
sión propia, llevadas de vuestra 
devoción, y con el deseo de trocar 
las cosas de la tierra por las del 
cielo y lo transitorio por lo que 
siempre dura, construir y edificar 
con los bienes que de Dios habéis 
recibido y para salvación de vues- 
tras almas, un monasterio en ho- 



1 Este Breve confirma los precedentes, autoriza de nuevo a las fundadoras para que 
puedan hacer leyes o constituciones y asegura la residencia de la Madre Teresa con otras 
dos monjas de la Encarnación en el convento de San José. 

II 11 



I 



162 



APÉNDICES 



visis construere, erigcre et -lecli- 
ficare proposueratis et desidera- 
retis, idque absque Sedis Apostc- 
licac speciali indulto faceré uosse 
dubiíaretis: quasdam sub certa for- 
ma tune cxpressa a Sede Apostó- 
lica seu illius Sac. Poenitentiaria, 
et Ínter alia, ut unurr. Monaste- 
rium Monialiura, in numero et sub 
invocatione vobis bene visis, Regu- 
lae et Ordinis Beate Alariae de 
Monte Carmelo, ac sub . obedientia 
et correctione pro tempore existen- 
tis Episcopi Abulensis cum Eccle 
sia, Campanili, Campanis, Claustro 
Refectorio, Dormitorio, fiorío et 
alus necessariis officinis construe- 
re et aedificare; nec non in ea- 
dem Ecclesia unam seu plures Cap- 
pellaniam seu Cappellanias erigere, 
ac Monasterium et Cappellaniam 
seu Cappellanias hujusmodi ex ve- 
stris propriis bonis competenter do- 
tare, et postquara sic construct-im, 
et erectum, ac dotatum foret, illius 
Moniales in eo pro tempore exi- 
stentes, ómnibus et singulis privi- 
Icgüs. gratiis, immunitaübus, exem- 
ptionibus, prerogativis, libcrtoti- 
bus, concessionibus et indultis, aui- 
bus alia dicti Ordinis Monnste- 
ria de jure, usu et consuetudine, 
vel alias in genere utuntur, et po- 
tiuntur, et gaudent, uti, potiri et 
gaudere vobis concedí et indulgen. 
Quodque vos, et Moniales dictí Mo- 
nasterii pro tempore existentes, pro 
illius felici regimine, et gubernío, 
ac directíone, quaticumque statuta, 
et ordinationes licita, et honesta, 
ac juri canonice non contraria con- 
dcre, et ordinare, et postquam con- 



nor y alabanza de Dios Omnipo- 
tente, bajo el título y advocación 
que bien os pareciere, y habiendo 
dudado sí podríais realizar vues- 
tro deseo sin especial indulto de 
la Sede Apostólica, ésta os conce- 
dió algunas gracias en la rorma 
allí expresada por la Santa Sede 
o por la Sagrada Penitenciaria, y 
entre ellas la de que pudierais 
erigir un monasterio de religiosas, 
con el número) y bajo la advocación 
que bien os pareciere, de la Regla 
y Orden de la bienaventurada Vir- 
gen María del Monte Carmelo, bajo 
la obediencia y corrección del que 
fuere Obispo de Avila, con igle- 
sia, campanario, campanas, claus- 
tro, refectorio, dormitorio, huerta 
y demás oficinas necesarias; y asi- 
mismo que pudierais fundar en la 
misma iglesia una o muchas cape- 
llanías., y dotar dicho monasterio y 
capellanías de vuestros propios bie- 
nes. Y después que el dicho monas- 
terio fuere fundado, así él como 
las monjas que en él moraren, pue- 
dan libre y lícitamente gozar y usar 
de todos y cada uno de aquellos 
privilegios, inmunidades, exencio- 
nes, prerrogativas, libertades, con- 
cesiones e indultos que por dere- 
cho, uso y costumbre, o de cualquie- 
ra otra manera, usan o gozan, o pue- 
den en adelante usar y gozar otros 
monasterios de la dicha Orden de 
Santa María del Monte Carmelo. 
A vosotras, además, en lo to- 
cante a esta fundación y do- 
tación, y a la Priora y mon- 
jas que por tiempo fueren en lo 
concerniente al feliz y buen gobier- 



APÉNDICES 



163 



dita et ordinata forcnt, illa in toto 
vei in parte juxta temporuin qua- 
litatem in melius mutarc, formure, 
alterare, ac in totum toUere, abro- 
gare, et alia similia condere, im- 
partiri, et tam condita, quam mu- 
tanda, reformanda, alteranda, ac 
denuo condenda statuta, et ordi- 
nationes hujusmodi Apostólica au- 
ctoritate ex tune prout ex iiunc, 
et e contra confirmata fuisse, et 
Gsse, ac inviolabiliter observar! de- 
beré. Sicque per quoscumque ju- 
dices et personas, quavis, etiam 
apostólica auctoritate fungentes, su- 
blata eis, et eorum cuilibet quavis 
alitcr judicandi, interpretandi et 
dcfiniendi facúltate et auctoritate, 
judicari, et interpretar!, et def'niri 
deberé; irritum quoque, et inane, 
si secus super his a quoquam qua- 
vis auctoritate scicnter, vel igno- 
ranter contigerit attentari, decer- 
ni et mandari. Et districtius in 
virtute sanctae obedientiae, ac sub 
suspensione a divinis quoad Epls- 
copos, vel alies majorcs Praelatos, 
quo vero ad alios, excommunica- 
tionis majoris latae sententiae poe- 
na, quam contrahacientes ipso facto 
ijicurrere, et a qua non iiisi per 
Sedem Apostolicr.m, praeterqiiam in 
mortis articulo, absolví possint, de- 
cerni ; ac quibusvis Judicibus, et per- 
sonis tam ecclesiasticis, quam see- 
cularibus quavis, etiam apostólica 
auctoritate, fungentibus: ne vos, el 
pro tempere existentes dicti ,Wona- 
sterii Moniales directe vel indire- 
ctc, quovis quaesito colore vel inge- 
nio quomodolibet indcbite molesta- 
re, perturbare et inquietare au- 



no del dicho monasterio, se os 
daba licencia, y libre facultad de 
hacer estatutos y ordenaciones lí- 
citas y honestas, no contrarias al 
Derecho Canónico, y después de he- 
chas y ordenadas, de mudarlas en 
mejor, establecerlas, alterarlas, y 
también quitarlas y del todo abro- 
garlas, en todo o en parte, según 
la calidad de los tiempos, y hacer 
asimismo otras de nuevo; y con 
autoridad apostólica, determinamos 
las tales constituciones y ordena- 
ciones, asi las hechas como las 
mudadas, reformadas, alteradas y 
de nuevo establecidas, haber sido, 
y ser desde ahora por entonces, o 
al contrario, confirmadas, y deber- 
se inviolablemente guardar, y que 
así debe ser juzgado, interpretado, 
y definido por cualesquier jueces 
y personas que tengan cualquiera 
autoridad, aunque sea apostólica; 
quitándoles a los tales y a cada 
uno de ellos, toda facultad y au- 
toridad de juzgar, interpretar y 
definir en contrario, y dando por 
írrito y vano lo que sobre estas 
cosas, por cualquier que sea, y 
con cualquiera autoridad que lo ha- 
ga, de industria o por ignorancia, 
aconteciere ser intentado. Para lo 
cual se mandaba y rigurosamente 
inhibía, en virtud de santa obe- 
diencia y debajo de suspensión a 
divinis, a los Obispos o a otros 
mayores Prelados, y a los demás 
debajo de pena de excomunión la- 
tae sententiae; la cual queremos 
incurran ipso facto los que lo con- 
trario hicieren; y no pueden ser 
a])sukiH,os de ella fuera del artícu- 



164 



aPENDICES 



derent seu praesumerent, inhiberi; 
ac si secus super iis a quoquam, 
quavis auctoritate, scienter vel ig- 
noranter contigerit attentari: etiam 
irritum et inane etiam decer- 
ni; nec non quibusdam Judicibus 
tune cxpressis, quatenus vobis, et 
dicti Monasterii Monialibus pro 
tempere existentibus, in premJsis 
efficacis defensionis praesidio assis- 
terent, facerentque, seu quilibet eo- 
rum facerex, vos, et Moniales prae- 
fatas concessis indulto, licentia ac 
facúltate hujusmodi, omnibusque, et 
singulis praemissis pacifice frui, et 
inviolabiliter gaudere; non permit- 
ientes vos, et eos desuper per pre- 
dicti Ordinis Beate Mariae de Monte 
Carmelo, et aliorum quorumvis Or- 
dinum Superiores, Prelatos, Prio- 
res, Reformatores, Visitatores, et 
fratres, aut alios quoscumque tam 
ecclesiasticos, quam saeculares Ju- 
dices, et personas, cujuscumque sta- 
tus, gradus, ordinis, et cond'tionis 
fueriní, et quacumque, etiam ponfci- 
ficali dignitate, vel auctoritate, 
etiam apostólica, fungantur, publice 
vel occulte, directe vel indirecte, 
quovis quaesito colore vel ingenio 
quomodolibet indebite molestar! 
perturban, vel inquietari. Contra- 
dictores quoslibet ct rebelles, per 
censuram ecclesiasticam et alia ju- 
ris remedia opportuna, appellatione^ 
postposita, compescendo ; invocat(j 
etiam ac hoc, si opus fuerit, auxi- 
lio brachii saecularis, cum alus 
clausulis et derogalionibus tune ex- 
pressis, Vosque in Christo, Filíae 
Priorissa et Conventus, per alias 
etiam ab eadem Sede seu chacra 



lo de la muerte, sino es por Nos, 
o por la Sede Apostólica, a cuales- 
quier jueces y personas, así ecle- 
siásticas como seculares, de cual- 
quier autoridad que tengan, aun- 
que sea apostólica, que ni a vos- 
otras, ni a las monjas, que por 
tiem.po fueren del dicho monasterio, 
directa o indirectamente, debajo de 
cualquier color o traza, en cijal- 
quier manera se atrevan o presu- 
man indebidamente molestar, per- 
turbar o inquietar, dando por 
írrito y vano lo que contra esto 
por cualquier persona, y con cual- 
quiera autoridad, advertida o ig- 
norantemente, sucediere intentarse. 
No permitiendo que vosotras, 
ni las demás monjas seáis pú- 
blica o ocultamente, directa o in- 
directamente, debajo de cualquier 
color o traza, en algún modo in- 
debidamente, molestadas, perturba- 
das o inquietadas por los Superio- 
res, Prelados, Priores, Reform-jdo- 
res. Visitadores y frailes de la di- 
cha Orden de Santa María del 
Monte Carmelo, o por cualesquier 
otros, así eclesiásticos, como se- 
culares jueces, y personas de cual- 
quier dignidad, estado, grado, or- 
den o condición que fueren, y en 
cualquier dignidad, aunque sea pon- 
tifical, que estuvieren constituidos, o 
cualquiera autoridad que tuvieren, 
aunque sea apostólica, reprimiendo 
a cualesquier rebeldes con censuras 
eclesiásticas, y otros oportunos re- 
medios de derecho, quitada toda 
apelación, e invocando, si fuere 
necesario, el auxilio del brazo se- 
glar, con otras cláusulas y dero- 



APÉNDICES 



165 



Poenitentiaria prefata, alias etiam 
sub certa forma tune expressa, 
etiara per quas ob melioris vitae 
frugem inter aiia, ut bona aliqua 
iii conmmuni aut particulari habe- 
re seu possidere minime possitis 
juxta íormam primae Regulae d^cti 
Ordinis, sed ex eleemosynis et cha- 
ritativis subsidiis vobis per Christi 
fideles pie elargiendis, vos susten- 
tare libere et licite valeatis, con- 
cedi et indulgeri, obtinuistis lit- 
teras, prout in singulis litteris pre- 
dicíis desuper confectis dicitur ple- 
nius contineri. Que omnia et sin- 
gula pro illorum subsistentia fir- 
raiori a Nobis Apostolice petistis 
munimine roborari. 

Nos, igitur, vestris justis postula- 
tionibus grato concurrentes assen- 
su, erectionem Monasterii, Indul- 
tum, Voluntatem, Statuta, Obedien- 
tiam eidem Ordinario ex indulto 
predicto super dicto A\onasterio ac 
dilcctis in Christo filiabus THERE- 
SIñE de JESU, nunc modernae 
Abbatissae seu Mater forsan nun- 
cupatae, Mariac Elisabeth, et An- 
nae de Angelis olim in Monasterio 
A\onialium Incarnationis extra mu- 
ros Abulenses, nunc vero in dicto 
Monasterio S. Josephi degentibus, 
ac alus dicti Monasterii Monialibus 
pro tempore existentibus debitam 
dandam: et decreta, ac omnia et 
singula aiia in eisdem litteris con- 
tenta, et inde sequuta quaequmque, 
licita Lariicn, et honesta, sicut rite 
et provide gesta sunt, rata et grata 
habcntes, illa, apostólica auctorita- 
te confirmamus, et presentís scripti 
patrocinio communimus. 



gaciones allí expresadas. Asimismo 
manifestabais, que aunque por es- 
pecial indulto de la Sede Apostó- 
lica, concedido en virtud de unas 
Letras apostólicas, despachadas por 
el oficio de la sacra Penitenciaría a 
las fundadoras del dicho monaste- 
rio recién fundado, podáis tener 
y poseer cualesquier bienes en co- 
mún y en particular; pero aspi- 
rando a mayor perfección de vida, 
deseáis no poder tener ni poseer 
en común ni en particular bienes 
algunos, según la forma de la pri- 
mera Regla de la dicha Orden, sino 
sustentaros de las limosnas que pia- 
dosamente os dieren los fieles de 
Cristo, según que otras monjas de 
la misma Orden en aquellas partes 
se sustentan. 

Todo lo cual pedíais fuese re- 
frendado para mayor seguridad con 
Nuestra Autoridad apostólica. A lo 
cual Nos accedemos gustosos, y por 
las presentes letras confirmamos y 
corroboramos con Nuestra Autori- 
dad apostólica la erección del mo- 
nasterio, el indulto, voluntad, esta- 
tutos y la obediencia que en virtud 
del mencionado indulto acerca del 
dicho monasterio deben prestar ai 
Ordinario nuestras amadas hijas 
Teresa de Jesús, Abadesa o Ma- 
dre en la actualidad, María Isa- 
bel y Ana de los Angeles, monjas 
en otro tiempo del monasterio de 
la Encarnación, extramuros de Avi- 
la, y ahora del monasterio dicho de 
San José, y todas las demás que 
andando el tiempo vivieren en la 
misma Comunidad; y asimismo to- 
dos los decretos y demás disposi- 



166 



APÉNDICES 



Nulli ergo omnino hominum lí- 
ccat hanc paginam nostrae confir- 
mationis et communitionis mfrin- 
gere vel ci auso temerario con- 
trairc. Si quis autem etc. 

Datum Romae apud S. Marcum 
anno Incarnationis Doininicae 1565. 
XVI. Kal. ñugusti. Pontificatus no- 
stri anno sexto. 



cienes contenidas en las mismas 
Letras apostólicas; y cuanto en vir- 
tud de las mismas ordenadamente 
se ha liecho, lo ratificamos y da- 
mos por bien hecho, siempre que 
sea lícito y honesto. 

Nadie presuma contradecir estas 
nuestras letras confirmatorias ni 
oponerse temerariamente a ellas. 
De lo contrario etc.. Dado en Ro- 
ma, junto a San Marcos, en el año 
1565 de la Encarnación del Señor, 
el día decimosexto de las Kalendas 
de Agosto, año sexto de nuestro 
Pontificado. 



APÉNDICES 167 



XVII 



ACTAS DEL CONCEJO DE ,\VILA SOBRE EL CONVENTO DE S'ÍN lOSE, FUNDADO POR 
SrtNTH TERESA (5562-1564). 



AÍSO DE 1562. 
CONCEJO DE 22 DE AGOSTO. 

En Avila, sábado, veinte y dos días del dicho raes de Hgosto del 
dicho año (1562), estando en concejo juntos, a campana tañida, según 
que lo han de uso y costumbre, estando en el dicho concejo el Ilustre 
Señor Garci Suárez Carvajal, Corregidor en la dicha cibdad y su tie- 
rra por Su A\ajestad, y Perálvarez Serrano, Regidor de la dicha cibdad, 
ante mí, Gómez Caraporrío, escribano público y del dicho concejo y 
testigos, se hizo y mandó lo siguiente. 

Testigos: Diego Flores y Rodrigo Gallrgo, Mayordomos de la 
dicha cibdad. 

Los dichos Señores nombraron Presidente ül Señor Pedro del Águila, 
y en su absencia, al Señor Perálvarez. 

Este día pareció en el dicho concejo Lázaro Dávila, cantero veedor 
de las fuentes y dixo que él ha sabido que Valle (1) que vive al 
barrio de Señor San Roque, en las casas que eran de Valvellido, clérigo 
difunto, quiere hacer cierto edeficio en las dichas casas, el cual, si se 
hace como se dice, es muy gran daño y perjuicio para el edeficio de 
las fuentes, por algunas cabsas que se pueden seguir, especialmente 
porque subiendo obra alguna en el edeficio que se hiciere queda cubrió 
por la parte de las dichas fuentes, y en invierno, especialmente cuando 
helare, será ocasión y cabsa muy grande para que el agua de las di- 
chas fuentes se hiele y no corra, de donde redundará muy gran daño 
y perjuicio a toda la república desta cibdad. Por ende que pedía y 



1 Las Actas del Concejo de Avila desde Enero de 1562 al mes de Abril de 1564, refe- 
rentes al monasterio de San José, dan mucha luz a las cuestiones y pleitos que hubo al prin- 
cipio, los cuales terminaron felizmente, quedando en paz las religiosas. A estas Actas hacen refe- 
rencia todos los biógrafos antiguo.s de Santa Teresa, si bien ninguno las reprodujo. Andrés de 
la Encarnación hizo en el siglo XVIII un extracto muy preciso para sus Memorias Historiales, 
letra R. Don A\iguel Mir también las cita con alguna extensión en su libro sobre Santa Te" 
resa, t. I, páginas 539 y siguientes, aunque con algunos errores de cronología y de apreciación 
histórica. El Boletín de la Mcademia de la Historia publicó la mayor parte en su número 
de Febrero de 1915. Visitando en Octubre de 1914 el Archivo del Ayuntamiento de Avila, 
mandamos sacar una copia de las dichas Actas, que creemos es completa en lo que se refiere 
a los primeros años de la fundación del convento de San [osé. De las dificultades que hubo 
de superar la Santa en la fundación del primer convento de la Reforma, habla en varios capítu- 
los del Libro de la Vida, principa, mente en el XXXVI. 



168 HPENDICES 

suplicaba a los dichos Señores estén advertidos para que si la dicha 
obra se comenzare, se impida por esta cibdad, y los dichos Señores 
agradecieron al dicho Lázaro Dávila de haber advertido de lo susodi- 
cho a esta cibdad, al cual encargaron y mandaron que esté sobre gran 
aviso de ver si se hiciere algún edeficio en lo susodicho, y al punto 
lo haga saber a esta cibdad para que se remedie, y acordaron que 
el dicho Señor Corregidor, y con su merced el Sr. Perálvarez, vayan 
mañana o el lunes a ver lo que el dicho Lázaro Dávila dize, para 
saber lo que conviene hacerse... 

Garci Suárez, Perálvarez Serrano. Pasó ante mi, Gómez Campo- 
rrio. Rubricado. 

CONCEJO DE 25 DE AGOSTO. 

En ñvila, veinte y cinco días del mes de Agosto de mil y qui- 
nientos y sesenta y dos años, estando en concejo, a campana tañida,, 
según que lo han de uso y costumbre, estando en el dicho concejo el 
ilustre y muy magníficos Señores Garci Suárez Carvajal, Corregidor 
en la dicha cibdad y su tierra por Su Majestad, y Perálvarez Serrano, 
Regidor de la dicha cibdad, ante mi Pedro de Villaquirán, escribano 
público de Avila y testigos, se hizo y proveyó lo siguiente... 

Sobre el inonesterio que nuevamente se ha hecho. — Este día los 
dichos Señores dixeron, que por cuanto ahora nuevamente es venido a 
su noticia que ciertas mujeres, diciendo que son monjas del Carmen, 
han tomado una casa que es censual a esta cibdad, y han puesto 
altares y dicho misas en ella, y por haber, como hay, muchos mones- 
terios de frailes y monjas, e pobres, que padescen nescesidad, que para 
que se remedie y provea sobre ello lo que conviniere al bien univer- 
sal de esta cibdad, se Harnero y junten los caballeros regidores que hay 
en esta cibdad para que sobre ello se provea para mañana miércoles, 
a las nueve de la mañana, y que se llamen los letrados de esta cibdad. 

A todo lo cual fueron presentes por testigos Francisco de Quiño- 
nes, Procurador General del Común de la dicha cibdadi, y Diego Flores, 
Mayordomo de la dicha cibdad. — Garci Suárez Carvajal, Perálvarez Se- 
rrano. — Rubricado. 

CONCEJO DE 26 DE AGOSTO. 

En la muy noble cibdad de Avila, miércoles, veinte y seis 
días del mes de Agosto de mil e quinientos y sesenta y dos años, 
estando juntos en ayuntamiento extraordinario Justicia y Regidores, 
conviene a saber: los ilustres señores Garci Suárez Carvajal, Corre- 
gidor desta dicha cibdad y su tierra por Su Majestad, y Alonso Yera 
y Perálvarez Serrano, Regidores desta cibdad, en presencia y por ante 
mí Pedro de Villaquirán, escribano público del número desta cibdad 
y testigos de yuso scriptos, abiéndose juntado para cosas tocantes a 
la gobernación desta cibdad y su tierra, ordenaron y proveyeron lo 
siguiente: 



APÉNDICES 169 

Este día, los dichos Señores, a cierta petición que dio Francisco 
de Quiñones en nombre desta cibdad, le parece que es gran inconve- 
niente y daño desta cibdad, que la casa que se haze agora nuevamente 
del nombre de San Josep, se contradiga por esta cibdad y su tierra, 
y que el dicho Francisco de Quiñones siga la cabsa, y que los licen- 
ciados Daza y Ortega, letrados de la cibdad, entiendan en ello, y esto 
por razón del perjuizio que a esta cibdad resulta y al edeficio de 
las fuentes della, y asimismo por ser como es la casa y sitio do se 
edifica censual a esta cibdad y por otras justas cabsas que a ello les 
mueve, y que siendo nescesario se invíe al Consejo Real de Su Ma- 
jestad sobre ello y se ganen todas las provisiones y recabdos necesa- 
rios, y que los dichos señores, Alonso Yera y Perálvarez Serrano, 
hablen en el caso al señor obispo, dándole cuenta de los daños y 
perjuicios que de la nueva obra que se hace viene a esta cibdad, para 
que se remedie,, y que visto salga a la cabsa por la cibdad, y Rodrigo 
Gallego dé el censo que tiene la cibdad sobre las dichas casas para 
que se vea y provea justicia, y así lo proveyeron y mandaron y fir- 
máronlo de sus nombres. Garci Suárez Carvajal, Alonso Yera, Perál- 
varez Serrano. Rubricado. 

CONCEJO DE 29 DE AGOSTO. 

En ñvila, sábado, veinte y nueve días del mes de Agosto del dicho 
año, estando en Concejo juntos, a campana tañida, según que lo han 
de uso y costumbre, estando en el dicho concejo el ilustre y muy mag- 
níficos Señores Garci Suárez Carvajal, Corregidor en la dicha cibdad 
y su tierra por Su Majestad^ y Juan de Henao, y Perálvarez Serrano, 
Regidores de la dicha cibdad ante mí el dicho Gómez Campo Río, 
escribano susodicho y testigos, se hizo y mandó lo siguiente: 

...Sobre lo del inonesterio: Este día, en el dicho concejo, los dichos 
señores Justicia, Regidores, dixeron que para tratar y conferir sobre 
lo tocante al monesterio que nuevamente se ha intentado hazer, acor- 
daban y mandaban que para mañana domingo, a las tres después de 
medio día. los señores Juan de Henao y Perálvarez Serrano, de parte 
desta cibdad, pidan por merced a los señores Deán y Cabildo, tengan 
por bien nombren personas que vengan a lo susodicho para tratar 
dello a la dicha hora, y asimismo lo pidan y digan a los señores 
Don Francisco de Valderrábano y Pedro del Peso, el Viejo, y si el 
Señor Don Francisco tuviere ocupación, se diga al Señor Diego de 
Bracamonte, y asimismo se pida y haga saber a los señores Prior 
de Santo Tomás, y Guardián de San Francisco, y Prior de Nuestra 
Señora del Carmen, y a los Abades del monesterio de Santispíritus, 
y Nuestra Señora del Antigua, y a los Rectores del nombre de Jesús, 
y a los letrados de la cibdad, y a Xrisptobal Xuárez y Alonso de Ro- 
bledo, para que haya de todos los Estados de la dicha cibdad para tra- 
tar sobre lo susodicho y para que cada uno diga su parecer en ello, 
sirviendo a Dios Nuestro Señor y a Su Majestad del Rey, nuestro 
Señor, y procurando el bien de la República desta cibdad... 

Garci Suárez Carvajal, Perálvarez Serrano, Juan de Henao. Pasó 
ante mí, Gómez Campo Rio. Rubricado. 



170 APÉNDICES 



CONCEJO DE 30 AGOSTO. 

En la muy noble y muy leal cibdad de Avila, treinta días del mes 
de Agosto, año del nascimicnto de Nuestro Salvador Jesucristo de 
mil y quinientos y sesenta y dos años, estando en concejo en Ja parte 
y lugar que se suelen y acostumbran juntar el ilustre y muy magníficos 
señores Garci Suárez Carvajal, Corregidor en la dicha cibdad y su tierra 
por Su Majestad, y Don Antonio Vela, y Antonio del Peso, y Juan 
de Hcnao y Perálvarez Serrano, Regidores de la dicha cibdad, en pre- 
sencia y por ante mi Gómez Campo Río, escribano público del número 
en la dicha cibdad de Avila y su tierra, y escribano del concejo della 
por Su Majestad, y testigos yuso scriptos, se hizo y pasó en el dicho 
concejo lo que se sigue: 

Junta sobre el monesterio nuevamente hecho de San Josep. Este 
día, luego incontinente, vinieron al dicho concejo los muy magníficos 
señores Don Francisco de Valderrábano y Pedro del Peso, el Viejo, 
y los muy magníficos Señores el licenciado Brizuela, Provisor en la 
dicha cibdad y su obispado, y Don Pedro Pérez, Chantre de la Santa 
iglesia de Avila, y Don Xrisptóbal de Sedaño, Arcediano de Olmedo, 
y el licenciado Juan de Soria, canónigo en la dicha Santa Iglesia y Fray 
Pedro Serrano, Prior del monesterio y casa insinie de Señor Santo 
Tomás de Aquino el Real, de Avila, y fray Pedro, y varios frailes de 
la dicha casa y Orden (1), y Fray Martín de Aguirre, Guardián del 
monesterio de Señor San Francisco, de los arrabales de la dicha cibdad 
de Avila, y fray Hernando de Valderrábano, predicador en la dicha 
casa, y tíon Fray Francisco Blanco, Abad de la casa y monesterio de 
Señor Santispiritus, de los arrabales de la dicha cibdad, y Fray Simón 
pedricador, y don Pedro de Antoyano, Abad de la casa de Nuestra 
Señora del Antigua de la dicha cibdad de Avila, y Fray Martín de Pa- 
lencia, monje de la dicha casa y monesterio, y el Alaestro Baltasar 
Alvarez, y el Maestro Ribaldo, de la Orden y casa del nombre de 
Jesús, que es en los arrabales de la dicha cibdad de Avila, y los licen- 
ciados Daza, Cinbrón y Ortega, letrados en la dicha cibdad, y con su 
Señoría y mercedes Xrisptóbal Xuárez del Yerro y Alonso de Ro- 
bledo, del estado de los cibdadanos de la dicha cibdad. 

Y estando así juntos en el dicho concejo, el dicho Señor licenciado 
Brizuela, Provisor, dixo que teniendo entendido la junta que de su 
señoría y mercedes se había de hazer y para el caso que se hacía, 



1 Uno de estos frailes de que se habla aquí, fué el P. Domingo Báñez, como lo dice él 
mismo en una nota puesta al margen del Capítulo XXXVI del autógrafo que contiene la Vida de 
Santa Teresa. (Cfr. el Libro de la Vida, p. 311). En algunas copias, como en la citada del 
Boletín de la Real ñcademia de la Historia, se ha publicado este pasaje defectuosamente, di- 
ciendo: «...y Fr. Pedro Serrano, prior del monasterio y casa insinye de Señor Santo Tomas de 
Aquino el Real, de Avila, y Fray Pedro ibáñez, fraile de la dicha casa y borden. ..>, como si 
en aquella memorable junta no hubiera habido más que estos dos Padres del Convento de Santo 
Tomes, cuando se sabe positivamente, que asistió u defendió la nueva fundación de San )osé 
el Padte Búfiez. 



APÉNDICES 171 

el Obispo, su Señor, le mandó que viniese al dicho concejo a decir 
y mostrar la cabsa porque había venido en el efecto del dicho moncs- 
terio, que era por un Breve que Su Santidad había dado y concedido, 
que allí traía, el cual mostró y se leyó a los dichos Señores que pre- 
sentes estaban; el qual leído y dicho lo que el dicho Señor Provisor 
quiso decir cerca de lo susodicho, se fué del dicho concejo. 

Y como el dicho Señor Provisor fué ido del dicho concejo, el dicho 
Señor Corregidor dixo a los dichos señores, que para la cabsa y 
efecto que ha hecho llamar y juntar a sus mercedes, es la que de 
suso por el dicho señor Provisor ha sido y está dicha, y para se lo 
hacer saber para que sus mercedes fuesen servidos tratar dello para 
dar sus pareceres de lo que más y mejor conviene que se haga cerca 
de lo susodicho, para que con tales pareceres como los que sus mercades 
darán, se haga y determine lo que más conviene al servicio de Dios 
nuestro Señor y bien público de la dicha cibdad; lo cual así dicho 
por el dicho señor Corregidor, luego los dichos señores trataron y 
confirieron distancia de tiempo en lo que contenía el Breve y la fa- 
cultad que por él Su Santidad da; y tratado y conferido, dixeron que 
por ellos visto e oído, como no se ha guardado ni cumplido según y 
conforme a la concesión que por él Su Santid.ad hace, y teniendo en- 
tendido todas las cabsas que convienen mirarse y tener presente para 
que haya efecto o no lo que está hecho, todos juntos vinieron a re- 
solverse y se resumieron en que se liable a su señoría del Señor 
Obispo, para que siéndole dicho las muchas cabsas que hay para que 
no permita que el dicho monesterio haya efecto, sea servido de lo re- 
mediar y evadir lo que en lo susodicho se puede tratar de pleitos y 
otros inconvenientes; y siéndole dicho y aviéndoselo suplicado, si su 
señoría no viniere en ello, todos juntos y cada uno por sí dixeron que 
se resumían y resumieron atento lo que está dicho, y los grandes incon- 
venientes que hay y pueden suceder, de haber en esta cibdad el dicho 
monesterio, y teniendo liü y respecto a que demás de las cabsas su- 
sodichas, por ser como es y ha de ser el dicho monesterio mendicante, 
por no tener ni poder tener propios algunos de que se puedan sus- 
tentar los monesterios pobres de Ordenes muy confirmadas en san- 
tidad, religión, abtoridad y gran exemplo de la dicha cibdad, serán 
muy agraviados por la nescesidad que padescerán por cabsa que con 
las demandas que para el dicho monesterio se hacen, se les quitarán 
a ellos las que hasta agora se les hacen, porque con todas ellas pa- 
descen y tienen gran probeza, y porque también, y más principal de todo, 
primero y ante todas cosas, se había de llevar y presentar el dicho 
Breve a la Católica y Real Majestad del Rey nuestro Señor y Señores 
del su muy alto y Real Consejo, para que informados de lo que con- 
tiene, y oída la relación y cabsa justa que esta cibdad dará cerca de 
lo que está dicho. Su Majestad mandase determinar lo que con jus- 
ticia, como Rey y Señor que a todos la manda guardar y guarda, pro- 
veyese y mandase lo que más servido fuese; y por no haberse hecho 
antecediendo esto, primero que otra cosa se hiciese, por esta cabsa 
como principal, y todas las que dicho y declarado tienen, se resumían 
y resumieron, para que lo hecho en el dicho monesterio no haya efecto, 
se siga y prosiga ante Su Santidad y ante la Católica y Real Majestad 



172 APÉNDICES 

del Rey nuestro Señor, y en su Real Consejo, y en todas las otras par- 
tes que pareciere que conviene; y pidieron y mandaron a mí, el dicho 
escribano, lo escriba y asiente así. Garci Suarez Carvajal, Perúbuirez 
Serrano, Juan de ¡ienao. Pasó ante mí, Gómez Campo Río. Rubricado. 

CONCEJO DE 5 DE SETIEMBRE. 

En Avila, sábado, cinco días del mes de Septiembre de mil y qui- 
nientos y sesenta y dos años, estando en concejo juntos, a campana 
tañida, según que lo han de uso y costumbre, estando en el dicho con- 
cejo el ilustre y muy magníficos Señores Garci Suárez Carvajal, Co- 
rregidor en la dicha cibdad y su tierra por Su Majestad', y Hlonso Yera, 
y Juan de Henao, y Gil de Villalba y Perálvarez Serrano, Regidores 
de la dicha cibdad, ante raí Gómez Campo Río, escribano público y 
del dicho concejo y testigos, se hizo y mandó lo siguiente. Testigos: 
Francisco de Quiñones, Procurador General del Común de la dicha cib- 
dad, y Diego Flores y Rodrigo Gallego, Mayordomos de la dicha cibdad... 

Sobre la casa de San Josep. — Los dichos Señores dixeron, que 
en lo que toca al nuevo monesterio que se quiere hacer, se hagan las 
diligencias necesarias, y si se tratare de doctarse bastante y en ello 
y en lo demás que convenga, se diere asiento en lo demás que está 
pedido y se concertare con su señoría, se haga lo que pareciere con- 
viene al buen efecto de lo que se pretende. 



CONCEJO DE 12 DE SETIEMBBE. 

En Avila, sábado, doze días del dicho mes de Septiembre del dicho 
año, estando en concejo juntos, a campana tañida, según que lo han 
de uso y costumbre, estando en el dicho concejo el Ilustre Señor Garci 
Suárez Carvajal, Corregidor en la dicha cibdad y su tierra por Su 
Majestad y Alonso Guiera y Perálvarez Serrano, Regidores de la dicha 
cibdad, en presencia de mí Gómez Campo Río, escribano público y 
del dicho concejo y testigos, se hizo y mandó lo siguiente. Testigos: 
Francisco de Quiñones, Procurador General del Común, y Rodrigo Ga- 
llego, Mayordomo de la dicha cibdad... 

Nombramiento de Alonso de Robledo para ir a Madrid a en- 
tender en el negocio de las monjas de San Josep y del cortar las casas 
de Caldandrín. — Los dichos Señores mandaron que se vaya a la vilia 
de Madrid al Consejo de Su Majestad a llevar las informaciones que 
están hechas sobre lo del monesterio que nuevamente se quiere hacer, 
y sobre lo del derribar las casas de la Caldandrín, la calle abaxo como 
van a la plaza, desde las casas de Pinel, y nombraron a Alonso de 
Robledo, vecino desta cibdad que vaya a entender en el dicho ne- 
gocio, y mandáronle dar por cada un día de los que en ello se ocupare 
un ducado... 

Garci Suárez Carvajal, Alonso Guiera, Perálvarez Serrano, Gómez 
Campo Río. Rubricado. 



APÉNDICES 173 



CONCEJO DE 22 DE SETIEMBRE. 

En Avila, martes, veinte y dos días del dicho mes de Septiembre 
del diciio año, estando en concejo juntos;, a campana tañida, según que 
lo han de uso y costumbre, estando en el dicho concejo el ilustre 
y muy magníficos Señores Garci Suárez Carvajal, Corregidor en la 
dicha cibdad y su tierra por Su Majestad, y Alonso Yera y Perál- 
varez Serrano, Regidores de la dicha cibdad, ante mí Gómez Campo 
Río, escribano público y del dicho concejo y testigos, se hizo y mandó 
lo siguiente. Testigos: Vicente Hernández, Procurador general de los 
pjeblos, y Diego Flores, Mayordomo de la cibdad.... 

Provisiones que se truxeron a concejo sobre el monesterio y el cor- 
tar las casas de Caldandrín. — Este día se vieron y leyeron en el dicho 
concejo dos provisiones que traxo Alonso de Robledo, a quien la cibdad 
invió al Consejo Real sobre lo del monesterio que nuevamente se hace, 
y sobre el derribar las casas de Caldandrín; las guales vistas, los di- 
chos Señores Regidores requirieron con ellas al Sr. Corregidor para 
que las guarde y cumpla como en ellas se contiene, y el dicho Señor 
Corregidor las tomó en sus manos, y besó, y puso sobre su cabeza, y 
obedeció con el acatamiento debido, y cuanto al cumplimiento dellas,. 
'n lo que toca al dicho monesterio, la mandó notificar a la dicha cibdad 
ara que aleguen y pidan lo que a la dicha cibdad vieren que conviene... 

Garci Suárez Carvajal, Alonso Gtiiera, Pcrálvarez Serrano. Pasó ante 
!í, Gómez Campo Río. Rubricado. 



CONCEJO DE 27 DE OCTUBRE. 

En Avila, martes, después de medio día, veinte y siete días del 
mes de Octubre de mil y quinientos y sesenta y dos años, estando en 
concejo juntos, a campana tañida, según que lo lian de uso y costumbre, 
el muy ilustre Concejo de la cibdad, estando en él el Licenciado Juan 
Páez de Saavedra, Alcalde mayor en dicha cibdad y su tierra, y Don 
Antonio Vela, y Perálvarez Serrano, y Pedro del Águila, Regidores 
de la dicha cibdad, ante mí Gómez Campo Río, escribano público del 
número en la dicha cibdad y su tierra y escribano del concejo della por 
Su Majestad y testigos yuso scriptos, se hizo y mandó lo siguiente. 
Testigo: Alonso de Robledo, Procurador general de la dicha cibdad... 

Sobre una carta que escribió Villena sobre el monesterio. — Este día, 
en el dicho concejo, Alonso de Robledo, Procurador General del Común 
desta cibdad, dio una carta de Diego de Villena, escribano público de 
Avila, abierta, que dixo haberle dado el Señor Corregidor, en que 
hace saber lo que ha pasado sobre el pleito de las monjas con el tras- 
lado de dos escriptos, el uno presentado por parte de las dichas mon- 
jas, y el otro por parte desta cibdad, todo lo cual se leyó en el 
dicho concejo, y visto e oído lo que contiene, mandaron escribir al 
dicho Villena entienda en el dicho negocio con toda diligencia y cuidado 



174 APÉNDICES 

y haga lo que en ello fuere menester, y mandaron que Rodrigo Ga- 
llego, Mayordomo de la dicha cibdad, de 'os maravedís de las sobras 
de alcabalas, dé al dicho Robledo quatro mil e quinientos maravedís 
para inviar al dicho Villena para las costas y gastos del dicho pleito 
tocantes a esta cibdad, y para ello le mandaron dar libramiento. Juan 
P'áez de Soavedra, Pedro del Águila. Paso ante mí, Gómez Campo Río. 
Rubricado. 



CONCEJO DE 6 DE NOVIEMBRE. 

En Avila, viernes, seis días del mes de Noviembre del dicho año, 
estando el Ilustre Concejo de la dicha cibdad junto, en la parte y lugar 
que se suele y acostumbra juntar, esLando en el dicho concejo el Licen- 
ciado Juan Páez de Saavedra, Alcalde mayor en la dicha cibdad y 
su tierra, y ñlonso Quiera y Pedro del Águila, Regidores de la dicha 
cibdad, ante mí Gómez Campo Río, escribano público y del dicho con- 
cejo y testigos, se hizo y mandó lo siguiente. Testigo: Alonso de Roble- 
do, Procurador General del Común. 

Sobre el monesterio de las descalzas. — Este día trajo al dicho con- 
cejo Alonso de Robledo, Procurador General del Común desta cibdad, 
dos cartas, una del señor Corregidor y otra del señor Juan de Henao, 
y otra de Diego de Villena, escribano del número, sobre lo tocante al 
monesterio que nuevamente se hace de las Descalzas, y en las del 
señor Juan de Henao y Diego de Villena dicen que quieren concierto 
y que doctarán el monesterio a vista del señor Obispo; y el señor 
Corregidor dice en la suya que se haga saber a los Regidores que están 
instrutos en ello y tratado sobre ello, la cibdad provea y responda lo 
«que más viere que conviene: las guales dichas cartas se vieron y 
leyeron, y visto e oído lo que contienen, se voctó sobre lo susodicho 
en la manera siguiente: 

El señor Alonso Guiera dixo que su vocto y parecer es, que pues 
el dicho negocio pende en el Consejo Real de Su Majestad, donde 
el dicho negocio se determinará con toda justicia y darán a cada parte 
el derecho que tuviere, es su vocto y parecer que allí se acabe y difina, 
porque haciéndose así, la cibdad quedará satisfecha de haber hecho 
lo que debe, y descargada su conciencia con lo que los dichos se- 
ñores determinaren. 

El señor Pedro del Águila dixo que él no se ha hallado en el 
dicho concejo a tratar del dicho negocio, pero que su vocto y parecer 
es, que pues está puesto en el Consejo Real donde coa justicia lo de- 
terminarán, su vocto es que así se haga, porque haciéndose así, la cib- 
dad hace lo que es en ííí, y no le queda escrúpulo de conciencia de lo 
que se proveyere por los dichos señores. 

Y luego el dicho señor Alcalde mayor dixo que deste dicho ne- 
gocio se dio cuenta de lo que parecía hacerse cerca dcllo en el Con- 
sejo Real de Su Majestad, donde hay tanta ciencia y conciencia, y que 
el dicho negocio determinarán con toda rectitud; decía y dixo que así 
se haga porque las conciencias de todos quedaran satisfechas con aque- 



APÉNDICES 175 

lio que los dichos Señores proveyeren y mandaren, y que este es su 
parecer conformándose con el de los dichos señores. 

Los dichos señores mandaron escribir al dicho señor Corregidor, 
que vieron la carta que su merced escribió a Alonso de Robledo, Pro- 
curador General, y las que el Señor Juan de Henao y Villena es- 
cribieron a la cibdad sobre el dicho negocio, y que vistas, la cibdad 
determinó el dicho negocio se vea y determine por los Señores del 
Consejo Real de Su Majestad, porque con estof y lo que está hecho, se 
ha hecho lo posible, y con la determinación de los dichos señores, 
la cibdad quedará sin escrúpulos de conciencia; y asimismo lo man- 
daron escribir al señor Juan de Henao y al dicho Diego de Villena, 
y que el dicho Diego de Villena siga la dicha cabsa con toda deli- 
gcncia y cuidado para que con toda brevedad el dicho negocio se 
despache, y mandaron que el pliego deste despacho lleve el mensajero 
que traxo las dichas cartas... 

Por ante mi, Gómez Campo Rio. Rubricado. 



CONCEJO DE 17 DE NOVIEMBRE. 

En Avila, martes, diez y siete días del mes de Noviembre de mil 
y quinientos y sesenta y dos años, estando el muy Ilustre Concejo 
juntos, a campana tañida, según que lo han de uso y costumbre, es- 
tando en el dicho concejo Garci Súarez Carvajal, Corregidor en la 
dicha cibdad y su tierra por Su Majestad, y Alonso Quiera, y Pedro 
del Águila, Regidores de la dicha cibdad, nnte mi Gome?. Campo Río, 
escribano público y del dicho concejo y testigos, se hizo y mandó lo 
siguiente. Testigo: Alonso de Robledo, Procurador General desta cibdad 
y Rodrigo Gallego, Mayordomo della... 

Cómo vino un Receptor de pedimiento de Las monjas de San 
Jcsepe. — Este día pareció en el dicho concejo un hombre que se dixo 
por su nombre Pedro de Villaicén, que dixo ser Recebtor ganado a 
pedimento del nuevo monesterio de las Descalzas, y nresentó la re- 
ccbtoría que trae, la cual se vio y leyó en el dicho concejo, y citó 
a la cibdad para que vaya' a ver jurar y conocer los testigos que se 
presentaren, e luego se fué del dicho concejo. 

El cual dicho Recebtor ido del dicho concejo, Alonso de Robledo, 
Procurador General del Común de la dicha cibdad, que presente estaba, 
dixo que él, en nombre del dicho Común, quiere entender en la 
dicha cabsa, y luego los dichos Señores Justicia y Regidores dixeron 
que le nombraban y nombraron a él y al bachiller Ruiz, solicitador de 
la cibdad, para que amos a dos hagan en la dicha cabsa lo que con- 
venga y tea necesario, y mandaron que acudan a! licenciado Ortega como 
letrado de la cibdad para que diga lo que conviniere hacer en la 
dicha cabsa... 

Garci Suárez Carvajal, Alonso Quiera, Pedro del A^ui/a. Pasó 
ante mí, Gómez Campo Río. Rubricado. 



176 APÉNDICES 



CONCEJO DE 22 DE NOVIEMBRE. 

Libramiento al Señor Corregidor; seis ducados que dio a V Hiena. 
Otro sí, los dichos Señores mandaron que Rodrigo Gallego, iVLayor- 
domo de la dicha cibdad, de los propios della, dé y pague al dicho 
Señor Corregidor dos mil y doscientos y cincuenta maravedís que 
dio y pagó a Diego de Villena, escribano que está en Madrid, en- 
tendiendo en el pleito que la cibdad trata con el monesterio de San 
Josepe, para su cuenta de lo que hobiere de haber y hobiere pagado, 
de que ha de dar cuenta siendo venido y mandaron dar libramiento 
para €llo. 



CONCEJO DE 2^ DE NOVIEMBRE. 

Los dichos Señores mandaron que Rodrigo Gallego, mayordomo 
de esta cibdad, de los propios della, dé y pague a ñlonso de Roble- 
do, Procurador general del Común de esta cibdad, cuatro mil e qui- 
nientos maravedís para dar al Recebtor que está en esta cibdad sobre 
c! negocio del monesterio que nuevamente se hace en esta cibdad, 
de San Josepe, y para otras cosas que se hobieren de pagar del dicho 
negocio, de que ha de dar cuenta» y mandáronle dar libramiento para 
ello. 



CONCEJO DE 1 DE DICIEMBRE. 

En iívila, martes, primero día del mes de Diciembre de mil y 
quinientos y sesenta y dos años, estando el muy Ilustre Concejo de la 
dicha cibdad, juntó a su ayuntamiento a campana tañida, según que 
lo han de uso y costumbre, estando en él Garci Súarez Carvajal, Corre- 
gidor en la dicha cibdad y su tierra por Su Majestad, y Don Antonio 
Vela, y Pedro del Águila, Regidores de la dicha cibdad, ante mí Gómez 
Campo Río, escribano pi'iblico y del dicho concejo y testigos, se hizo 
y mandó lo siguiente. Testigo: Juan Verdugo, escribano público y 
del dicho concejo... ' '^¡ f^^ 

Salario que se señaló a Juan Díaz sobre el acompañamiento de 
San Josep. — Los dichos Señores dixeron que por parte desta cibdad 
fué recusado el Recebtor que está en ella a hacer la probanza sobre 
el monesterio de Señor San Josepe, y fué y está nombrado por su 
acompañado Juan Díaz, escribano público de Avila, el qual con él re- 
side ordinariamente, al cual se le ha de pagar el tiempo del dicho 
acompañamiento; por tanto que le nombraban y nombraron de salario por 
cada un día de los que en ello se ha ocupado y ocupare, seis reales, 
atento que el dicho Juan Díaz no sale desta cibdad al dicho negocio... 

Garci Suárcz Carvajal, Pedro del Águila. Por ante mí, Gómez 
Campo Río. Rubricado. ' , .-''Tí. I? 



APÉNDICES 177 



CONCEJO DE 12 DE DICIEMBRE. 

En Avila, sábado, doce días del mes de Diciembre de mil y 
quinientos y s<?senta y dos años, estando el muy ilustre Concejo de la 
dicha cibdad, juntó a su ayuntamiento a campana tañida, según que 
lo han de uso y costumbre, estando en él Qarci Suárez Carvajal, Co- 
rregidor en la dicha cibdad de Avila y su tierra por Su Majestad, 
y Perálvarez Serrano, y Pedro del Águila, Regidores en la dicha 
cibdad, en presencia de mí Gómez Campo Río, escribano susodicho y 
testigos, se hizo y mandó lo siguiente. Testigos: Juan Verdugo, es- 
cribano público y del dicho Concejo y Diego Flores y Rodrigo Ga- 
llego, Mayordomos de la cibdad... 

Este día, en el dicho concejo, el bachiller Ruiz, Solicitador de la 
cibdad, dio noticia a su señoría, cómo la probanza que la ciubdad hacía 
en el pleito de las monjas del nuevo moncsterio de San Josep, es 
acabada, y el Recebtor se quiere partir, y porque no haga costa a 
la cibdad, su señoría mande se le pague lo que se le debe. Y luego 
los dichos Señores Justicia, Regidores, mandaron que lo que se ave- 
riguare que se !e debe y diere firmado de su nombre Rodrigo Ga- 
llego, se lo pague de las sobras de las alcabalas, y desde agora man- 
daron dar libramiento para ello. 

Giirci Suárez Carvajal, Perálvarez Serrano. Por ante mí, Gómez 
Campo Rio. Rubricado. 



AÑO DE 1563. 
CONCEJO DE 12 DE ENERO. 

En Avila, ¡nartes, doce días del mes de Enero de mil y quinientos 
y sesenta y tres años, estando el muy ilustre Concejo de la dicha 
cibdad en su ayuntamiento, a campana tañida, según que lo han de uso 
y costumbre, estando en el dicho concejo Garci Suárez Carvajal, Corre- 
gidor en la dicha cibdad y su tierra por Su Majestad, y Perálvarez 
Serrano, y Antonio de Muño Hierro, y Pedro del Águila, Regidores 
de la dicha cibdad, ante mí Gómez Campo Río, escribano público y 
del dicho concejo y testigos, se hizo y mandó lo siguiente. Testigos: 
Alonso de Robledo, Procurador General de la repiiblica de la dicha cib- 
dad, y Diego Flores, Mayordomo de la dicha cibdad. 

Comisión al Señor Pedro del Águila para averignar la cuenta con 
Robledo de lo que ha pagado en el pleito de las monjas. — Este día, 
en el dicho concejo, Alonso de Robledo, Procurador General del Común, 
dixo a los dichos Señores cómo él por su servicio y mandado pagó al 
Recetor que vino a esta cibdad sobre lo de! monesterio de Señor 
San Josepe, lo que se le debía de los días que en servicio de la 
cibdad se ocupó de los derechos de las probanzas, las cuales traxo 
al dicho concejo y dio y entregó a mí el dicho Gómez Campo Río; 
II 11 



178 APÉNDICES 

pidió y suplicó a los dicho señores le manden pagar lo que dello se 
le debe, y los dichos señores dixcron que cometían e cometie- 
ron al Señor Pedro del Águila que vea la dicha cuenta y averigüe 
lo que se debe al dicho Alonso de Robledo, y averiguado lo que pa- 
reciere debérsele, se le libre en Rodrigo Gallego en los maravedís 
de los propios de la cibdad, que son a su cargo. 

Este día los dichos señores Justicia, Regidores mandaron escribir 
al Señor Licenciado Pacheco, agradeciéndole mucho el cuidado que 
tiene de avisar a esta cibdad de las cosas que pasan en la corte de 
Su Majestad, y que así esta cibdad le está ofrecida y obligada para 
las cosas que le tocasen con aquella voluntad que él mira las desta 
cibdad, y que pues sabe el pleito que esta cibdad trata con el nuevo 
monesterio que se quiere hazer de la Orden de los Carmenistas (sic) 
y abogación de Señor San Josepe, en el cual están hechas probanzas 
por amas partes y las que esta ciudad hizo se le invían, que le piden 
por merced se presente, y en lo que toca al negocio, haga con el pro- 
curador y letrado que esta cibdad en corte tiene, lo que sea necesa- 
rio, y su merced haga en ello como en cosa propia, por importar, 
como importa, mucho a esta cibdad lo que defiende, y que hable al 
Señor Juan de Henao, a quien esta cibdad escribe, para que lo fa- 
vorezca, como cosa que importa lo que está dicho, y que esté cierto 
el trabajo se le gratificará. 

Otro sí, los dichos señores mandaron escribir al Señor Juan de 
Henao, que pues su merced sabe que la pretensión que esta cibdad 
tiene defendiendo el nuevo monesterio que en ella se hace, es justa, lo 
favorezca como hace las otras cosas que a esta cibdad tocan y dé 
calor en ello al licenciado Pacheco, a quien se escribe, entienda en 
ello como persona más desocupada. 

Asimismo mandaron escribir al dicho licenciado Pacheco, que cuan- 
do los procuradores de Cortes desta cibdad fueren a ella, les hable 
en el negocio para que hagan en ello lo que conviniere y acá se les 
encargará (1). 

Este día, en el dicho concejo, por Diego de Villena fué dada una 
petición suplicando le manden pagar cincuenta días que se ocupó 
por esta cibdad en la villa de Madrid sobre el negocio de las monjas 
de San Josepe, y dio un memorial y cartas de pago de lo que en el 
dicho negocio gastó y pagó*, y dello se le descuente los maravedís que 
tiene recibidos. Y los dichos Señores, cometieron a Alonso de Ro- 
bledo, Procurador Genera! del Común desta cibdad, que vea la dicha 
petición, memorial y cartas de pago que el dicho Diego de Villena 
presenta y traiga declaración dello, para que se vea y provea y mande 
lo que se debe hazer en ello. 

Garci Suárez Carvajal, Perálvarez Serrano, Pedro del Águila. Por 
ante mí, Gómez Campo Río. Rubricado. 



1 El 16 de Febrero de 1563 se abrieron la? Cortes generales del reino en A^adrid, y estu- 
vieron abiertas hasta el 27 de Agosto. Nada definitivo debieron de acordar acerca del pleito de 
San José, puesto que continuó después por mucho tiempo todavía. 



APÉNDICES 179 



CONCEJO DE 16 DE ENERO. 

En Avila, sábado, diez y seis días del raes de Enero de mil y 
quinientos y sesenta y tres años, estando el muy Ilustre Concejo de 
la dicha cibdad junto en su ayuntamiento, a campana tañida, según que 
lo han de uso y costumbre, estando en el dicho Concejo Garci Suárez 
Carvajal, Corregidor en la dicha cibdadi y su tierra por Su Majestad, 
y Perálvarez Serrano y Pedro del Águila, Regidores de la dicha 
cibdad, en presencia de mí Gómez Camporrio, escribano público y del 
dicho Concejo y testigos, se hizo y mandó lo siguiente. Testigos: 
Alonso de Robledo, Procurador General del Común de la dicha cib- 
dad, y Diego Flores, Mayordomo de la dicha cibdad... 

Sobre lo que pedía Diego de Villena del tiempo que se ocupó en 
Madrid sobre el monesterio de las monjas. Este día, en el dicho Con- 
cejo, Alonso de Robledo, Procurador del Común, averiguó la cuenta 
con Diego de Villena, escribano, el cuai pareció haber recebido desta 
cibdad diez y ocho ducados y haber pagado en cosas que mostró, cin- 
cuenta y cinco reales y medio, y dice haber estado cincuenta días; y 
vista la dicha relación, los dichos Señores dixeron, que el dicho Alonso 
de Robledo hable al dicho Diego de Villena, que se contente con los 
trece ducados que le quedan sin los que pagó, conforme a lo que tiene 
recebido por los días que en el dicho negocio se pudo ocupar, atento 
que entendería en otros negocios... 

Garci Suárez Carvajal, Perálvarez Serrano. Pasó ante mí, Gómez 
Campo Río. Rubricado. 



CONCEJO DE 23 DE FEBRERO. 

En Avila, martes, veinte y tres días del mes de Febrero de mil y 
quinientos y sesenta y tres años, estando el muy Ilustre Concejo de 
la dicha cibdad en su ayuntamiento, a campana tañida, según que lo 
han de uso y costumbre, estando en el dicho Concejo Garci Suárez 
Carvajal, Corregidor en la dicha cibdad y su tierra por Su Majestad, 
y Alonso Guiera, y Perálvarez Serrano, Regidores de la dicha cibdad, 
ante mí Gómez Camporrio, escribano público y del dicho Concejo, 
y testigos, se hizo y mandó lo siguiente: 

Testigos: Alonso de Robledo, Procurador general del Común de 
la dicha cibdad, y el Licenciado Vicente Hernández, Procurador de la 
dicha tierra, y Rodrigo Gallego, Mayordomo de la cibdad... 

Librar a Alonso de Robledo dineros que gastó. Este día en el 
dicho Concejo, Alonso de Robledo, Procurador general de la Repú- 
blica desta cibdad, presentó un memorial de maravedís que ha gastado 
por mandado desta cibdad en hacer aderezar ciertas calles y en lo 
del pleito del nuevo monesterio de Señor San Josepe, su tenor del 
cual es este que se sigue... 



180 APÉNDICES 



PLEITO DE LflS MONJAS 



Que pagó a Juan Díaz, escribano, noventa y seis reales del 

diez y seis días que fué acompañado, a seis reales por IniMiiLxim 
día, que se lo mando dar el Señor Corregidor. . 



De los mandamientos que se sacaron del Provisor y del Re-i 
ccbtor para que dixesen los testigos, y de las notifica-! 
cienes y del treslado del interrogatorio, tres reales yj 
medio j 



ex IX 



Pagué al Receptor treinta y cinco reales con que se le aca-j 

bó de pagar su salario y la probanza y scripturas que'iMcxc 
dló, y dio carta de pago | 



Suma en esto deste pleito cuatro mil y quinientos y ^6tenta("i -. 
y tres maravedís I 



El cual dicho memorial y cuenta asi presentado por el dicho 
Alonso de Robledo, y visto y oído por los dichos señores lo que 
en él contiene, pidió y suplicó a los dichos señores le manden librar 
y pagar los dichos maravedís, e hizo juramento por el nombre de 
Dios y de Santa María y sobre la señal de la cruz, en que puso 
su mano derecha corporalmente, en forma debida de derecho, so car- 
go del cual juró y declaró haberse gastado y él pagado en las cosas 
susodichas los maravedís que montan en el dicho memorial, y hizo 
el dicho juramento y respondió a la fuerza y confusión del, y dixo: 
así lo juro e amén. Y luego los dichos señores Justicia, Regidores, 
visto el dicho memorial y gasto en él contenido, mandaron librar 
y pagar al dicho ñlonso de Robledo los maravedís contenidos en 
el dicho memorial en esta manera: los gastados en aderezar las dichas 
calles, en los maravedís de las sobras de las alcabalas desta cibdad, 
y los maravedís gastados en el dicho pleito que esta cibdad con el di- 
cho monesterio trata, en los maravedís de los propios y rentas que 
esta cibdad tiene, y mandáronle dar libramientos en la forma su- 
sodicha para que Rodrigo Gallego se lo dé y pague luego... 

Garci Siiárez Carvajal, Perálvurez Serrano. Paso ante mí, (lómez 
Campo Río. Rubricado. 



CONCEJO DE 19 DE JUNIO. 

En la muy noble y muy leal cibdad de Avila, sábado, diez y nueve 
días del dicho mes de Junio del dicho año, estando el muy Ilustre 
Concejo, Justicia y Regidores de la dicha cibdad, estando en el dicho 
concejo Garci Súarez Carvajal, Corregidor en la dicha cibdad y su 



APÉNDICES 18Í 

tierra por Su Majestad, y Don Antonio Vela, y Pedro del Hguila, 
Regidores de la dicha cibdad en presencia de mí, Gómez Campo Río, 
escribano susodicho y testigos, se hizo y mandó lo siguiente: 

Testigo: Diego Flores, Mayordomo de la dicha cibdad.... 

Que se siga el pleito de Señor San Jusepe. Otro sí, los dichos 
señores mandaron que se siga el pleito questa cibdad trata en corte 
con el monesterio de Sr. San Jusepe. 

Garci Siiárez Carvajal, Antonio Vela. Pasó ante mí, Gómez Campo 
Río. Rubricado. 



CONCEJO DE 13 DE NOVIEMBRE. 

En la muy noble y muy leal cibdad de Avila, sábado, treze días 
del mes de Noviembre del dicho año del Señor de mil y quinientos y 
sesenta y tres años, estando junto el muy Ilustre Concejo, Justicia, 
Regidores de la dicha cibdad de Avila, a campana tañida, según que 
lo han de uso y costumbre, estando en el dicho concejo Qarci Súarez 
Carvajal, Corregidor en la dicha cibdad de Avila y su tierra por Su 
Majestad, y Alonso Quiera, y Perálvarez Serrano, y Pedro del Águila, 
Regidores de la dicha cibdad, ante mí, Gómez Campo Río, escribano 
público del número en la dicha cibdad de Avila y su tierra y escri- 
bano del Concejo deila por Su Majestad, se hizo y mandó lo siguiente: 

Testigo: Diego Flores, Mayordomo de la dicha cibdad, y Pedro de 
Villaqiiirán, escribano público del número y del dicho Concejo... 

Sobre el edeficio que las monjas de San Josepe tienen hecho sobre 
las fuentes. Este día los dichos Señores Regidores de suso declarados, 
dixeron al dicho Señor Corregidor, que ya su merced sabe lo que 
está pedido y hecho por parte desta cibdad sobre el edeficio que las 
monjas del monesterio de Señor S. Josepe nuevamente tienen hecho sobre 
el edeficio del agua de las fuentes desta cibdad, y porque como su mer- 
ced sabe es en daño y perjuizio della y su república, por tanto que Je 
pídeiL, y si nescesario es le requieren, lo mande determinar, y pidieron a 
mi el dicho escribano lo escriba y asiente asi; y el dicho Señor Co- 
rregidor dixo y respondió, que pidan lo que viere que les conviene 
pedir, y se junte con lo que está hecho y procesado y se lo lleven para 
que é! lo vea, y visto provea cerca dello lo que de justicia debe ser 
hecho, y mandó a mí el dicho escribano lo escriba y asiente así. 

E luego Alonso de Robledo, Procurador General del Común de la 
dicha cibdad, que presente estaba, dixo que pedía y pidió, requería 
y requirió al dicho Señor Corregidor el tanto que los dichos Seño- 
res Regidores lo tienen pedido y requerido, y pidió a mí el dicho es- 
cribano lo escriba y asiente así; e luego, el dicho Señor Corregidor, 
dixo que dexía y dixo, respondía y respondió lo que tiene dicho y res- 
pondido al requerimiento que los dichos señores regidores le tienen 
dicho y requerido. 

Este día luego, los dichos señores regidores dixeron queste dicho 
negocio y pleito que se trata por el edeficio, está cometido al Se- 



182 APÉNDICES 

ñor Perálvarez, que presente está, y si necesario es, aliora se le 
tornaban a cometer y cometían para que en ello haga y mande hac2r 
lo que convenga hacer y lo que sea nescesario... 

Garci Siiárez Carvajal, Perálvarez Serrano, Alonso Quiera. Pasó 
ante mí, Gómez Campo Río. 



AÑO DE 1564. 
CONCEJO DE 11 DE ENERO. 

San Josepe. Trataron los dichos Señores Justicia e Regidores sobre 
el edeficio que las monjas del monesterio de San Josepe tienen hecho 
sobre los arcos de las fuentes de la cibdad, e habiendo platicado 
sobre ello, acordaron e mandaron que el dicho Alonso de Robledo, 
Procurador general del dicho Común, trate con las dichas monjas el 
tiempo que quieren para desnacer el dicho edeficio y de la manera 
que ha de quedar para adelante e lo concierte con ellas, e concertado 
dé razón en el dicho consistorio para que los letrados de la cibdad, 
ordenen las scripturas que sobrello se hobieren de hacer. 



CONCEJO DE 1 DE FEBRERO. 

Consistorio. En la noble cibdad de Avila, martes, primero días 
del mes de Febrero, año del Señor de mil e quinientos e sesenta e 
quatro años, estando juntos en el consitorio los Ilustres Señores Jus- 
ticia e Regidores de la dicha cibdad, a campana tañida, según que 
lo han de uso e de costumbre de se juntar para las cosas tocantes 
e convenientes al buen gobierno e bien de la República, y estando 
presentes, conviene a saber, los muy magníficos Señores el licenciado 
Saavedra, Alcalde mayor de la dicha cibdad, e Perálvarez Serrano, 
e Pedro del Águila, Regidor de la dicha cibdad, e por ante mí Juan 
Valero, escribano público del número e del dicho Concejo, ordenaron 
e mandaron lo siguiente. 

Testigo: Alonso de Robledo, Procurador General del Común de la 
dicha cibdad... 

San Josepe. El dicho Alonso de Robledo, Procurador General del 
dicho Común, dio razón en el dicho Consistorio cómo ha tratado 
con las monjas del monesterio de San Josepe lo que por los dichos 
señores Justicia z Regidores le había sido cometido, e las monjas 
le habían respondido que ellas no derribarían el edificio, ni tenían 
orden de poderle hazer en otra parte, porque son muy pobres; pero 
que siendo los dichos señores Justicia e Regidores contentos, se obli- 
garían, que siempre que fuese menester entrar en dicho monesterio a 
ver o adobar el dicho edificio de las fuentes, abrirían la puerta del 
dicho monesterio para que entrasen, así qualquiera de los dichos Se- 



APÉNDICES 183 

ñores Regidores o el Procurador de la cibdad, o otra qualquier per- 
sona que por mandado de los dichos señores Justicia o Regidores fuese 
menester entrar, e para ello darían fianzas; o sino, que, atento su 
pobreza, si los dichos Señores Justicia o Regidores fuesen servidos 
de ayudarles con alguna limosna que les diese la dicha cibdad para 
mudar el dicho edificio a otra parte, le mudarían. Los dichos Seño- 
res Justicias c Regidores, todos de una conformidad, dixeron que dicho 
Alonso de Robledo, Procurador del dicho Común, torne a tratar con 
las dichas religiosas, que dentro de un breve término, el qual come- 
tieron al dicho Alonso de Robledo, derriben el dicho edificio, dejando 
libre el de las dichas fuentes, donde no, les aperciba que se prose- 
guirá la Justicia... 

Hernando Saavedra, Perálvarez Serrano, Pedro del Águila. Pasó 
ante mí, Juan Valero. Rubricado. 



CONCEJO DE 12 DE FEBRERO. 

Consistorio. En la noble cibdad de Avila, sábado, doze días del 
mes de Febrero de mil e quinientos e sesenta e cuatro años, estando 
junios en Consistorio los Ilustres Señores Justicia e Regidores de la 
dicha cibdad de Avila, a campana tañida, según que lo han de uso y |de 
costumbre de se juntar para las cosas tocantes e convenientes al bien 
de la República e buena gobernación della, y estando presentes los 
muy magníficos Señores el licenciado Saavedra, Alcalde mayor en la 
dicha cibdad, e Don Antonio Vela, e Alonso Yera, e Pedro del Águila, 
Regidores de la dicha cibdad, e por ante mi Juan Valero, escribano 
público del numera e del Concejo de la dicha cibdad, ordenaron e ¡man- 
daron lo siguiente. 

Testigos: Alonso de Robledo, Procurador General del Común de 
la dicha cibdad, e Diego Flores, Mayordomo della... 

San Josepe. El dicho Alonso de Robledo, Procurador General del 
Común de la dicha cibdad, dixo en el dicho Consistorio que a él 
se le había cometido por los dichos Señores Justicia e regidores tra- 
tase con las monjas del monesterio de San Josepe la resolución que 
dan para derribar el edificio que tienen hecho junto con el de las 
fuentes desta cibdad, e que las dichas Señoras le habían respondido 
por scripto, que su señoría mande ver la dicha respuesta e proveer 
sobrello lo que sea justicia; e luego yo, el dicho escribano, leí lo 
que las dichas religiosas responden, e habiéndolo oído los dichos 
señores, cometieron a los señores Don Antonio Vela e Alonso Yera, 
regidores, que juntamente con el dicho Alonso de Robledo, Procura- 
dor de la dicha cibdad, traten con las dichas religiosas derriben el 
dicho edificio, dexándoles libre el de las fuentes de la dicha cibdad; 
donde no, sentenciará el pleito que sobrello se trata y se seguirá 
la justicia... 

Licenciado Saavedra, Antonio Vela, Alonso Quiera, Pedro del Águi- 
la. Pasó ante mí, Juan Valero. Rubricado. 



184 APÉNDICES 



CONCEJO DE 11 DE MARZO. 

Consistorio. En la noble cibdad de Avila, sábado, a onze días 
del mes de Marzo, año del Señor de mil e quinientos y sesenta e 
cuatro años, estando juntos en consistorio, a campana tañida, según 
que lo han de uso e de costumbre los Ilustres Señores Justicia e Re- 
gidores de la dicha cibdad, de se juntar para las cosas tocantes c 
convenientes al bien de la República e buen gobierno della, y estando 
presentes el Ilustre Señor Garci Súarez Carvajal, Corregidor de la 
dicha cibdad, e los muy magníficos Señores Gil de Villalba, e Pedro 
del Águila, Regidores de la dicha cibdad, e por ante mí Juan Valero, 
escribano público del número e del dicho Concejo, ordenaron e man- 
daron lo siguiente. 

Testigo: el licenciado Vicente Hernández, Procurador General de 
los pueblos, c Alonso de Robledo, Procurador General del Comiín de 
la dicha cibdad... 

San Josepe. Dióse una petición por parte del monesterio de San Jo- 
tsepe, en que piden se cumpla el asiento que por parte desta cibdad les 
ofrescieron los Señores Don Antonio Vela c Alonso Quiera, Regidores, e 
quel censo que esta cibdad tiene sobre las casas donde es el dicho 
monesterio, e síobre otras que quieren comprar e meter en él, la dicha 
cibdad lo resciba sobre otras casas en esta cibdad, e que se nombre 
persona por ella para que lo concierte. Los dichos Señores Justicia e 
Regidores, habiendo oído la dicha petición, dixeron que en lo que toca 
a lo que la cibdad les toma, está presta de pagar lo que fuese tasado 
por dos personas, e que lo demás que piden se les de tiempo para 
derribar el edificio. Respondieron, que luego entienden en derribarle 
e se les da tiempo para ello e para que tengan hecha la pared, e 
cercada su casa por todo el mes de Abril; c que en lo que toca 
al mudar de los censos, son contentos que, dando el dicho monesterio 
otro tanto censo en otras dos casas, se les dexará el que la dicha 
cibdad tiene sobre el dicho monesterio e sobre las otras casas que 
quieren comprar, con que en las otras casas dexen el dicho edifício 
de las fuentes: libre; e cometieron al Señor licenciado Vicente Hernán- 
dez que lo trate con las dichas religiosas, e que yo, el dicho escri- 
bano, vaya con él para asentar lo que allí se tratare, e Alonso de 
Robledo, Procurador General del Común de la dicha cibdad, que pre- 
sente estaba, vino en esto... 

Garci Suárez Carvajal, Gil de Villalba, Pedro del Águila. Pasó 
ante mí, Juan Valero. Rubricado. 



CONCEJO DE 18 DE MARZO. 

Consistorio. En la noble cibdad de Avila, sábado, a diez e ocho 
días del raes de Marzo, año del Señor de mil e quinientos e sesenta 
e cuatro años, estando juntos en consistorio los Ilustres Señores Jus- 
ticias e Regidores de la dicha cibdad de Avila, a campana tañida, 



APÉNDICES 185 

según que lo han de uso e de costumbre de se juntar para las cosas 
tocantes e convenientes al bien de la República e buena gobernación 
della, y estando presentes el Ilustre Señor Garci Súarez Carvajal, 
Corregidor de la dicha cibdad, e los muy magníficos Señores Don 
Antonio Vela... Regidores de la dicha cibdad, e por ante mí Juan Va- 
lero, escribano público del número c concejo de la dicha cibdad, pro- 
veyeron lo siguiente. 

Testigo: Diego Flores, Mayordomo de la cibdad... 

Si/ii Josepc. El Señor Licenciado Vicente Hernández, dio razón 
en el dicho Concejo de la respuesta que le dieran las monjas de San 
Josepe cuando fué a tratar con ellas lo que se le cometió sobre el 
edificio de las fuentes, que fué, que atento quel término que se les da 
para derribar el edificio es breve, que suplican a Su Señoría los den 
más término, e que en todo lo demás resciben muy grand merced, 
de la que se les haze. El Señor Don Antonio Vela, pidió e requirió 
al dicho Señor Corregidor mande executar la sentencia que sobre 
el dicho edificio está hecha e dada con protestación de se quexar por 
ante quien con derecho deba. A este requerimiento se arrimó el dicho 
Alonso de Robledo, e el Señor Corregidor respondió que le traigan 
el proceso e sentencia e está presto de cumplirlo. 

Pidió Francisco Jiménez se le dé licencia para que celebre la venta 
que tiene hecha de una casa suya, que és junto al monasterio de San 
Josepc, la qual es censual a esta ciudad^ y la tiene vendida a Julián 
Dávila, clérigo, vecino de Avila, o si no, que la tome la dicha cibdad 
por el tanto, por quel tiene necesidad de su dinero. Los dichos Señores 
Justicia e Regidores respondieron, que tienen entendido que la dicha 
casa se compra para meterla en e! monasterio de San Josepe, e que 
la cibdad tiene sesenta días para responder; que dentro dellos se 
le responderá lo que ha de hazer, c que en el entretanto se le manda 
no disponga de la dicha casa. Notifiquélo al dicho Francisco Ximéncz, 
que presente estaba e lo oyó... 

Tornaron los dichos Señores a tratar e platicar sobre el dicho edi- 
ficio que se lia de derribar a las monjas de San Josepe, e habiéndolo 
comunicado con los dichos licenciado Vicente Hernández e Alonso Ro- 
bledo, Procurador del dicho Común, que presentes estaban, acordaron que, 
atento que las dichas monjas son pobres, e que de la una e de la otra 
parte del dicho edificio de las fuentes se les toma del suelo que ellas 
tienen suyo propio, que se tase el dicho edificio e lo mismo el dicho 
suelo que se les toma, e queste se les pague e gratifique, para que con 
lo que se les diere puedan comenzar la pared que para cerrarse han 
de hacer, e nombraron para tasarlo a Xrisptobal Martin e a Fabián 
Pcrexil, carpinteros, vecinos de la dicha cibdad de Avila... 

Garci Siiárez Carvajal, Antonio Vela. Pasó ante mí, Jnan Valero. 
Rubricado. 

CONCEJO DE 21 DE A\flRZ0. 

Consistorio. En la muy noble cibdad de Avila, martes, a veinte 
e un días del mes de Marzo, año del Señor de mil e quinientos 



186 APÉNDICES 

e sesenta e cuatro años, estando juntos en consistorio los Ilustres 
Señores Justicia e Regidores de la diclia cibdad, a campana tañida, se- 
gún que lo han de uso e de costumbre de se juntar para las cosas 
tocantes e convenientes al bien de la República e buena gobernación 
della, y estando presentes el Ilustre Señor Garci Súarez Carvajal, Co- 
rregidor en la diclia cibdad, e los muy magníficos Señores Don An- 
tonio Vela e Pedro del Águila, Regidores de la diciía cibdad, e por 
ante mí Juan Valero, escribano público del numera^ e del dicho Concejo, 
ordenaron e mandaron lo siguiente. 

Testigos: Alonso de Robledo, Procurador del Común, e Diego Flo- 
res, Mayordomo de la dicha cibdad e vecinos della... 

Tasación del suelo que tomó a San Josepe. Pedro de Villaquirán, 
escribano, vino al dicho Concejo con Fabián Perexil e Xrisptobal Mar- 
tín, carpinteros, vecinos de Avila, nombrados por el dicho Concejo 
para tasar lo que se toma a las monjas de San Josepe del suelo, 
junto al edificio de los arcois, e presentaron una declaración e tasación 
firmada de sus nombres e del dicho Pedro de Villaquirán, escribano, 
la cual vista por ios dichos Señores, mandaron que los veinte mil 
maravedís en qu€ tasaron el dicho suelo, se libren por terceras partes 
en propios de la cibdad e sobras de alcabalais e fuentes, e que se dé 
luego el dinero a Alonso de Robledo, Procurador del Común para que 
dellos haga traer piedra e comience luego el edificio, e de los dichos 
dineros pague él estando alzada la pared; dé aviso al Señor Corregidor 
para que se derribe el dicho edificio... 

Ordenaron e mandaron loa dichos Señores que si el monesterio 
de San Josepe diere el censo que tiene esta cibdad sobre las casas 
donde es el dicho monesterio, e sobre las que compraron de Fran- 
cisco Ximénez, e sobre otras casas en esta cibdad, que se les dcxe 
el dicho censo e se haga escriptura de transación, aunque el dicho censo 
la den sobre una casa sola, dando primero razón qué casa es, e dónde, 
para que la dicha cibdad se satisfaga del dicho censo. 

Garci Siiárez Carvajal, Antonio Vela, Pedro del Águila. Pasó ante 
mí, Juan Valero. Rubricado. 



CONCEJO DE 1 DE ABRIL. 

Consistorio. En la nobie cibdad de Avila, sábado, a primero dia 
del mes de Abril, año del Señor de mil e quinientos e sesenta e 
cuatro años, estando juntos en consistorio los Ilustres Señores Justicia 
e Regidores de la dicha cibdad, a campana tañida, según que lo han 
de uso e de costumbre de se juntar para las cosas tocantes c concer-? 
nientes al bien de la República e buena gobernación della, y estando 
presentes el Ilustre Señor Garci Súarez Carvajal, Corregidor en la 
dicha cibdad, e los muy magníficos Señores D. Antonio Vela, e Pedro 
del Águila, Regidores de la dicha Cibdad, e por ante mí Juan Valero, 
escribano público del número' e del Concejo de la dicha cibdad, orde- 
naron e mandaron lo siguiente. 

Testigos, Alonso de Robledo, Procurador general del Común de 
la dicha ciudad. 



APÉNDICES 187 

San Joscpe. Dióse una petición por parte de las monjas de San Jo- 
sepe en que piden se les dé licencia para que se celebre la venta de las 
casas que tienen compradas de Francisco Ximénez, e que en el en- 
tretanto que dan el censo de la dicha casa e de la del monesterio en 
otra parte, depositarán el dinero que puede valer, e pagarán los re- 
ditos. Los dichos Señores Justicia e Regidores mandaron que señalen 
primero el censo, o si no, que den una persona llana e abonada que 
se obligue dentro de un año a dar comprado el dicho censo, y en el 
entretanto le pagarán para lo cual a de hazer la obligación de la 
manera que por parte de la cibdad se le pidiere... 

Garci Suárez Carvajal, Antonio Vela, Pedro del Águila. Pasó ante 
mí, Juan Valero. Rubricado. 



CONCEJO DE 22 DE ABRIL. 

Consistorio. En la noble cibdad de ñvila, sábado, a veinte e dos 
dias del mes de Abril, año del Señor de mil e quinientos e sesenta 
e cuatro años, estando juntos en consitorio, a campana tañida, los 
muy Ilustres Señores Justicia e Regidores de la dicha cibdad, según 
que lo han de uso e de costumbre de se juntar para las cosas to- 
cantes e concernientes al bien de la República e buena gobernación 
della, y estando presentes el muy Ilustre Señor Garci Súarez Car- 
vajal, Corregidor en la dicha cibdad, e los muy magníficos Seño- 
res Alonso Yera e Pedro del Águila, Regidores de la dicha cibdad e 
por ante mí Juan Valero, escribano público del número e del concejo 
de la dicha cibdad, proveyeron lo siguiente. 

Testigos: Alonso de Robledo, Procurador del Común, e Diego Flo- 
res, Mayordomo de la dicha cibdad... 

San Josepe. Dióse una petición por parte del monesterio de San 
Josepe en que piden se les dé licencia para quel censo que la cibdad 
tiene sobre las casas del dicho monesterio e sobre las que más ha com- 
prado, se pase sobre dos pares de casas que Francisco de Peralta 
tiene junto al dicho monesterio, e así mismo piden se les pague lo 
que se tomare en un corral que han comprado, para quel edificio 
de las fuentes quede libre, e si fuese posible, se les dexe un poco, 
de manera quel dicho monesterio, dentro de su casa, se pueda ser- 
vir del. Los dichos Señores Justicia, Regidores, habiéndola oído, res- 
pondieron lo que tienen proveído en otras peticiones que por el dicho 
monesterio se han dado, e cometieron al señor Pedro del Águila, Re- 
gidor, e Alonso de Robledo, Procurador del Común, para que vean 
las dichas casas e se satisfagan que son libres de censo, e en el 
primar Concejo den razón dello para que se dé la dicha licencia, 
e que con el deceno dinero se acuda a Rodrigo Gallego, mayordomo 
de la dicha cibdad... 

Garci Suárez Carvajal, Pedro del Águila. Pasó ante mí, Juan Va- 
lero. Rubricado. 



188 APÉNDICES 



CONCEJO DE 29 DE flRRIL. 

Consistorio. En la noble cibdad de Avila, sábado, a veinte e nueve 
días del mes de Abril de rail e quinientos e sesenta e cuatro años, 
estando juntos en consistorio los muy Ilustres Señores Justicia e Re- 
gidores de la dicha cibdad, a campana tañida, según que lo han de 
uso e de costumbre de se juntar para las cosas tocantes e concer- 
nientes al bien de la República y buena gobernación della, y estando 
presentes los muy magníficos Señores el licenciado Juan Páez de Saa- 
vedra, Alcalde mayor en la dicha cibdad, e los Señores Don Antonio 
Vela e Pedro del Águila, Regidores de la dicha cibdad, e por ante 
mí Juan Valero, escribano público del número e del dicho Concejo, 
ordenaron e tnandaron lo siguiente. 

Testigos: el licenciado Vicente Hernández, Procurador General de 
los pueblos, c Alonso de Roliledo, Procurador del Común, e Diego 
Flores, Mayordomo de la dicha cibdad... 

San Josepe. El dicho Señor Regidor Pedro del Águila dio razón 
en el dicho Concejo, cómo juntamente con el dicho Alonso de Ro- 
bledo, Procurador del Común desta cibdad, por comisión del dicho 
Concejo, había visto las casas de Francisco de Peralta, que las mon- 
jas de San Josepe han señalado para pagar sobrellas el censo que la 
dicha cibdad tiene sobre las casas donde es el dicho monesterio, e 
sobre las qucran de Francisco Ximénez, e sobre la cerca que agora 
compran, e ique las dichas casas son buenas, pero que le paresce dificul- 
tad no ser más de un par de casas, e sobre las que agora se 
tiene el censo ser dos pares e una cerca, aunque para la cantidad 
ques todo el dicho censo, son harto suficientes las casas del dicho 
Peralta. Los dichos Señores Justicia e Regidores di.xeron que, atento 
que! dicho trueco se hace para el beneficio de las dichas religiosas 
e ques servicio de Dios Nuestro Señori, e que la cibdad en la cantidad 
no pierde ninguna cosa, que daban e dieron licencia para que los 
dichos censos se carguen sobre las casas del dicho Francisco de Pe- 
ralta, e cometieron a Rodrigo Gallego, Mayordomo de la dicha cibdad. 
que haga hacer las escrituras, constándole primero del título que tiene 
a las dichas casas, la persona que se obligase al dicho censo, c así 
mismo dieron licencia para que se pasen las ventas de la casa de 
Francisco Ximénez e de la cerca que agora quieren comprar... 

Licenciado Saavedra, Antonio Vela, Pedro del Águila. Pasó ante 
mi, Juan Valero. Rubricado (1). 



1 No dicen más los acuerdos del Conceio acerca de este pleito. Las Actas de 1562 están en 
un volumen, y las de l-WS ij 15ót en otro. I.o que traen acerca de los censos de la ciudad 
sobre algunas casas y la compra de otras por las religiosas de San José, está confotme con los 
documentos del archivo de esta Comunidad, y que no reproducimos porque no es nuestro pro- 
pósito escribir la hisloria de este monasterio, la cual dejamos para lugar más oportuno. 



APÉNDICES 189 



X Y I I I 



jhs 



PETICIOK nE SANTA TERESA AL CONCEJO DE AVILA (1). 



A\uij ilustres Señores: 

Como nos informamos no hacia ningiin daño al edificio del agua 
estas ermititas que aquí se han hecho, y la necesidad era muy grande, 
nunca pensamos, visto V. S. (2) la obra que está hecha, que sólo sirve de 
alabanza del Señor y tener nosotras algún lugar apartado para ora- 
ción, di€ra a V. S. pena; pues allí particularmente pedimos a Nuestro 
Señor la conservación de esta ciudad en su servicio. 

Visto V. S. lo toma con desgusto, de lo que todas estamos penadas, 
suplicamos a V. S. lo vean; y estamos aparejadas a todas las escritu- 
ras, y fianzas y censo que los letrados de V. S. ordenaren, para si- 



1 Hállase el original en las Carmelitas Descalzas de Medina del Campo, del que tcneirios 
fotografía. Como se deduce de la lectura de las Actas del Concejo de Avila, son varias la.s 
piezas jurídicas que de las religiosas de San José figuraban en el pleito seguido con la ciudad, 
probablemente de letra de Santa Teresa, como la que aquí publicamos. En la misma petición de 
la Santa vienen las siguientes apostillas notariales, que nos dan a conocer la fecha en qué fué 
escrita y presentndíi: 

^En 7 Diciembre de 1505. Del nionesterio de San Josepe. 

»En concejo, martes a siete de Diciembre de mil e quinientos e sesenta e tres años se 
leyó esta carta o petición de las religiosas de San Josepe; e proveyeron los Señores Justicia c 
Regidores que estaban en su dicho concejo, que para el primer regimiento se llamen todos los 
Regidores que están en la cibdad, e se les muestre la dicha petición, para que sobre ella se 
tome el acuerdo que les paresciere, o se prosiga la justicia. Juan Valero, (rubricado). 

>t Que para sábado (11 de Diciembre), se llamen todos los caballeros, para el sábado 
próximo, para que den el medio que les paresciere. 

"En Avila, 20 de Enero de \^'i años, ante el señor Alcalde mayor, por ante mí Pedro 
de Villaquirán, escribano, paresció presente el doctor Francisco de Robledo, Procurador general 
primero de la dicha cibdad, y en el pleito que trata con el nionesterio de San Josepe, para la 
información que le fué mandada dar, hizo presentación de la carta que las religiosas del dicho 
monesterio escribieron a la cibdad, como parte para el pedimento de la que está ante Juan Va- 
lero, escribano del Concejo y del número. El Señor Alcalde mayor la mandó poner en el pro- 
ceso, e que lo verá e hará justicia. Testigos: Gil del Hierro, escribano, e Blas Martines, e /ln~ 
ionio Gortsales, presentes, vecinos de Avila-. 

2 Si bien la Santa trae en singular estas abreviaturas, han de leerse en plural: «vuestras 
señoría.'!», puesto que se dirige a los miembros que forman el consistorio abulense. Un facsímil 
fotográfico publicóse en el Boletín de la Academia de la Historia, correspondiente al mes de 
Marzo de 1915, pero en la versión que de él se hace, se cometen algunas faltas de lectura. 



190 APÉNDICES 

guridad de que en ningún tiempo verná daña, y a esto siempre estu- 
vimos determinadas. 

Si con todo esto, V. S. no se satisficieren, que muciio de enliora- 
l^uena se quite, como V. S. vean primero el provecho y no daño que 
hace; que más queremos no esté V. S. dosconten[tos], que todo el 
consuelo que allí se tiene, aunque por ser espiritual, nos dará pena 
carecer dél. 

Nuestro Señor las muy ilustres personas de V. S. guarde y con- 
serve siempre en su servicio, amén. 

Indinas siervas, que las manos de V. S. besan, 

LflS POBRES HERMANAS DE SaN JOSEF. 



APÉNDICES 191 



XIX 



RELACIÓN DE LO QUE OCURRIÓ EN LA FUNDACIÓN DE SAN JOSÉ, POR JULIÁN 
DE AVILA, TESTIGO OCULAR (1). 



Llegado el mediodía después que la casa e monesterio de Señor 
San José se fundó e publicó por el pueblo, a mi parescer que nunca 
tan al vivo se representó en la Iglesia de Dios lo que pasó el día 
de Ramos, cuando en Jerusalén rcscibieron a Jesucristo todo el pue- 
blo junto, con el mayor aplauso e fiestas, que nunca a rey de la 
tierra se hizo ni hará...; a este modo, ansí como la Santa Madre, viendo 
acabado lo que tanto había trabajado, e tanto había deseado, la dio 
el mayor contento que ella había tenido en la vida, ansí en sabiéndose 
en el pueblo, y en habiéndose ya extendido casi por todos los vecinos 
de él, fué tanto el contento y hacimiento de gracias a Dios, que de 
todos se hacía, que no faltaba sino decir a voces, como el día de Ra- 
mos dijeron: «Bendito sea el que viene en el nombre del Señor: 
sálvanos. Señor, en las alturas». A este modo daban todos gracias 
a Dios, alabándole e bendiciéndole de ver una iglesia nueva, un mo- 
nesterio edificado tan de proviso, un fundamento de religión tan per- 
fecto, que, en el contento común de todos, páresela esto pronóstico 
del servicio que a Dios se había de hacer; de manera, que este 
contento de todos, tan común c tan público, no duró más de otras 
tres o cuatro horas, que a lo más no pasó del mediodía, que parescía 
se había medido el contento y gozo de la Santa Madre con el de 
todo el pueblo. Pero después, como dio el Señor licencia a el de- 
monio para que le escureciese el entendimiento y la causare tanta 
turbación, como lo dijo en el capítulo pasado, ansí paresce que a esta 
medida permitió el Señor, por sus juicios secretos, se ofuscasen los 
entendimientos de todos los principales de la ciudad, que les parescía 



1 Para completar en lo posible la ¡nfoimación histórica acerca de lo ocurrido en la 
fundación de la primera casa de la Reforma carmelitana, reproducimos la relación siguiente, 
hecha por Julián de Avila, que intervino directamente en ella y ayudó no poco a Santa 
Teresa en aquellos días de tan penosa tribulación. Nació este siervo de Dios en Avila por 
los años de 1526. Intimó con la Santn cuando en 1562 se fundó el monasterio de San José. 
Una hermana suya, María de San José, fué de las cuatro primeras que tomaron el 
hábito de Descalzas. Muiió santamente en la misma ciudad el 26 de Febrero de 1605, sien- 
do capellán del Monasterio de San José desde 1563. Sobre el Venerable Julián de Avila 
véase la Vida que acaba de publicar en Toledo el P. Gerardo de S. Juan de la Cruz, C. D. 
La relación que publicamos está lomada de la Vida de Santn Teresa de Jesús, escrita por 
el Venerable y publicada en Madrid, ano de 1881. Véanse los capítulos VII y VIII de la parte 
primera. En sustancia, repite lo mismo en la Declaración prestada para la beatificación y ca- 
nonización de la Santa en Avila el aflo de 1596, la cual se conserva en el palacio epis- 
copal de aquella ciudad. 



192 ' APÉNDICES 

que todo el pueblo se había de perder si no se deshacía aquella casita 
pequeña y pobre, que se había levantado; e para esto pusieron tantas 
diligencias como se podían poner cuando una ciudad se está abrasando 
con fuego para matarlo, o como se pueden poner para escaparse 
de los enemigos cuando la tienen cercada; lo cual diremos en particu- 
lar, después que digamos de la manera que se hobieron con la 
Santa Madre el Provincial y sus monjas de la Encarnación. 

Y fué que, como supieron la priora y monjas de la Encarnación 
lo que pasaba, hubo un alboroto y desasosiego no menos que el 
que ya había en la ciudad. Los dichos que cada uno descía y de la 
manera que la culpaban, ¿quién lo podrá descir? Parescía se ha- 
llaban afrentadas en que se hiciese monesterio de su Orden sin re- 
lajación; y dijeron, que aun nunca la Madre liabía podido guardar 
lo relajado, que ¿cómo había de guardar lo riguroso? ; que lo que 
había hecho más era por inquietar las comunidades, que no para otra 
cosa; finalmente, sin más consideración envió la priora de la Encar- 
nación a mandar a la Madre se saliese luego del monesterio que había 
fundado, e fuese e volviese luego! a su propia casa de la Encarnación. 
Y esto fué tan luego, que, pasada la hora de comer, que aún no sé 
si para desayunarse la dieron lugar, porque fué tan obediente como 
esto, que, en oyendo el mandato de la priora, luego se fué a la En- 
carnación, dejando solas las cuatro doncellas pobres recién dadas el 
iiábilo. Cualquiera que considerase lo que sentiría la Santa iWadre 
en dejallas tan presto y lo que las recién tomadas el habito sen- 
tirían en verse quedar solas con los hábitos ya rescibidos, y 
con muestras que se los habían de quitar e volverse a sus casas; 
esto bien se deja entender. Lo que se podría sentir e temer que todo 
lo que se había hecho se había de deshacer, principalmente, que luego 
entendieron de la suerte que también lo tomaban en la ciudad; pero 
en estos trances tan terribles mostró el Señor cuan fortalescida tenía 
a su sierva; porque, aunque todo esto era muy gran ocasión para 
sentir mucho, y aun para desconfiar mucho, con todo eso fué a la 
Encarnación luegoi, e iba muy contenta; lo uno, de que ya dejaba hecho 
el monesterio; lo otro, de que se la ofrescían tan buenos lances de 
trabajos en que se emplear; pues que no eran otros sus deseos sino 
el de padescer por Jesucristo, porque bien vía y entendía que para 
eso la había el Señor fortalescido con tantas y tan señaladas mer- 
cedes. Ya llevaba tragado que ¡a habían de meter en alguna cárcel 
oscura, y dejarla a solas en ella, con las demás circunstancias, que 
a los que quieren castigar suelen hacer, y esto no solam.entc no la daba 
pena, más antes la parescía la venia bien para descansar los muchos 
días que había trabajado, y que la habían de dar lugar para recu- 
perar el sueño que en muchas noches había perdido, e para fener muchas 
horas de oración, que por las muchas ocupaciones había faltado. Con 
estas prevenciones e presupuestos, salió del monesterio nuevo de San 
José para ir a el de la Encarnación, yendo yo por escudero y como 
su capellán. Desde aquel día me ofrescí por tal, y lo he sido hasta 
agora, y seré hasta la muerte, habiéndolo ya sido al pie de cuarenta 
y dos años. Porque mientras vivió, después que esta primera casa hizo, 
la serví veinte años, y la acompañé en todas las más fundaciones que 



APÉNDICES 193 

en su vida hizo (1); y ansí todo lo que de aquí adelante dijere, lo diré 
como testigo de vista; de manera que la llevamos y otros clérigos 
a su casa de la Encarnación. Y por mal que fué rescibida, no fué 
tanto como la sierva de Dios llevaba tragado, e ya encomendado, a Dios. 
Porque, antes que saliese de San José (que se me había olvidado), 
hizo oración a el Santísimo Sacramento, y encomendándole aquellas 
nuevas plantas, y encargándolo y poniéndolo en las manos de Dios 
y de Señor San José, con esto salió consolada en que todo se había 
de hacer bien. Y ansí como la priora e monjas vieron a la Santa 
Madre, paresce que la furia que tenían se había algo aplacado; por- 
que, aunque ella no se disculpaba, remitióse el juicio de la causa para 
,cuando viniese el Provincial; y ansí, mientras venía, la sierva de 
Dios, como tenía segura la conciencia, y antes entendía había hecho 
buena obra y honrado a la Orden, con esto no teníg que temer mucho 
al Provincial. Porque, si quería también dar disculpas, teníalas muy 
buenas e bastantes para satisfacer a cuantos la quisieren culpar, y con 
esto ni perdía la quietud de su alma, ni la esperanza de que lo que 
estaba hecho se había de aniquilar, como toda la demás gente pen- 
saba, y aguardaba la ruina y estallido que de lo hecho se había de dar. 

Pero como Dios era el que lo amparaba y guiaba, fué muy a el 
revés de lo que pensaban; porque, venido el Provincial, como era 
tan amigo de la religión e deseaba la perfección de ella, no le pá- 
reselo tan mal como todos pensaban; antes la dijo que, como el pue- 
blo se asosegase, la daría luego licencia para volverse con las nuevas 
monjas, que, mirándolo bien, no hobiera quien no las tuviera lás- 
tima el haberlas dejado tan solas, que verdaderamente parescían ovejas 
entre lobos. Porque fué tanto el conato y furia que toda la ciudad 
puso en que el monesterio se deshiciese, que no parescía sino que 
a cada uno le iba la vida en ello; en tanta manera, que el Corregidor 
fué determinado a sacarlas del monesterio, y las dijo que, si no que- 
rían salir, las quebrantarían las puertas; e creo lo hicieran de hecho, 
sino que, al fin, tuvieron respeto al Santísimo Sacramento, que estaba 
muy cerca de la portería. Y también como el venerable D. Alvaro de 
'Mendoza, obispo de Avila, había rescibido el monesterio por suyo, 
estando debajo de su obediencia, no osaron desmandarse a hacerlo de 
hecho; pero pensaron que con persuasiones y amenazas, que, como 
era gente pobre las que habían tomado el hábito, de espantarlas y 
hacerlas salir. Pero el Señor, que había dicho a la Santa Madre que 
la Virgen guardaría una puerta y señor San José guardaría la otra, 
lo cumplieron, y dieron a las cuatro pobrecitas tan grande espíritu 
y esfuerzo, que no temiendo las amenazas del Corregidor, respondie- 
ron que ellas no habían de salir, sino era por mano de quien allí las 
había metido; que si querían quebrar las puertas las quebrasen en 
hora buena, que quien lo hiciese mirase primero lo que hacía; y con 
esto se volvieron, sin osar hacer a lo que venían determinados. 

E como por este camino no hicieron nada, tomaron otro más pru- 
dencial, y es que, como toda la ciudad era de un parescer de que se 



1 Hasta que la Santa tuvo Carmelitas Uesralzos que la pudieran acompañar en los 
viajes y ayudar en las fundaciones, siempre llevó consigo a este virtuoso sacerdote. 

11 13 



19t APÉNDICES 

¡deshiciese el monesterio, acordaron de hacer una junta, la más so- 
lemne que se podía hacer en el mundo, aunque fuera en ello sal- 
varse toda España o perderse; porque convocaron los regidores, e 
trujeron a su consistorio, lo primero todos los regidores, luego la 
junta que se hace del Común, luego hicieron venir de todas las 
Religiones dos religiosos los más letrados y de autoridad (1), y el Pro- 
visor, y de parte del Cabildo. Estando esta tan famosa junta, empe- 
zaron a poner en votos y paresceres, si sería bien que aquel mones- 
terio, siendo de pobreza y estando la ciudad pobre, si era bien se 
deshiciese, o si sería bien se quedase. Empezáronse a declarar todos 
los convocados por su orden. Vinieron todos en parescer que era 
bien que el monesterio se deshiciese, porque era mucho cargo para 
la ciudad mantener a trece monjas, que entonces no se pretendía fue- 
sen más, e no advertían que estas trece entraban a servir a Dios, 
y que en la ciudad se mantienen muchos centenares de hombres y mu- 
jeres que con su mala vida sirven a el demonio, e nunca se da orden 
de quitar tantos que se mantienen sin trabajar, dando mal ejemplo a 
los demás, e -parescíales que se había de destruir la ciudad por man- 
tener trece Descalzas. 

Bien se echó de ver cuánta diligencia ponía el demonio para cegar 
los entendimientos de todos, haciéndoles traer las tinieblas por luz, 
e la luz por tinieblas. En esto dije a el principio se había representado 
lo que pasó el día de Ramos, que por la mañana rescibieron a Jesu- 
cristo con tanta alegría y autoridad, y a la tarde le dejaron tan 
a solas, que, viendo el Señor que todos le habían dejado, fué menes- 
ter salirse de la ciudadl, e después todo fué hacer concilios para qui- 
tarle la vida. Ansí el día de San Bartolomé, luego por la mañana, 
alababan toda la ciudad a Dios por el nuevo monesterio que había 
aparescido; pero después de mediodía no paresció sino que San Bar- 
tolomé había soltado a todos los demonios del infierno, para que 
destruyesen y deshiciesen aquella casita, que había de ser principio 
de tantas almas como por ella se les habían de ir de entre manos. 
E cierto que también se ha visto claro cómo lo permitió el Señor 
para mostrar su poder en cosas tan dificultosas, y dar a entender 
a la cristiandad cómo esta obra más era de la poderosa mano de 
>Dios, que no de una mujer!, y que la quiso Dios tomar por instrumento 
para darnos a entender, que con lo flaco puede vencer a lo fuerte, y 
que la simplicidad santa vence a los sabios del mundo. De manera, 
que en la junta tan solemne que se juntó para deshacer lo que Dios 
iquería hacer, no se hallaron más de el Provisor y un fraile dominico (2) 
que dieron algunas razones en contrario del parescer de todos y en 
favor del monesterio. Sed ¿quid ínter tantos? No se hizo caudal de 
tan pocos que hablaban sin pasión, habiendo tantos que la tenían. 
Pero contra Dios no hay resistencia, aunque salieron todos con que 
se había de deshacer, como Dios quería que se hiciese, valían poco 
sus votos e diligencTas. E si el Obispo de Avila no estuviera tan 



1 Algunos más asistieron de la Orden de Santo Domingo, como hemos visto en la 
página 170. 

2 P. Dominflo Báftez. 



APÉNDICES 195 

de parte de la Madre, no dudo sino que de hecho la acabaran aquel 
día; pero esas son las trazas de Dios, para que por medios humanos 
se haga lo que quiere. 

También la favoresció mucho el Maestro Gaspar Daza, que era 
por quien el Obispo se regía, y él y yo decíamos misa a las cuatro, 
que habían quedado bien solas de las gentes, pero no de Dios, que 
las miraba como plantas nuevas, de las cuales había de venir tan abun- 
dante fruto a la Iglesia de Dios. De manera que, como vio la ciudad 
e regidores que no les convenia de hecho derrocar las puertas, e des- 
hacer el monesterio, dieron en llevarlo por vía de pleito, c lo que 
era tan espiritual, hacerlo negocio de Hudiencia, e de estrados e pro- 
curadores. E fué lo bueno que, aunque la Santa Madre tuvo licencia 
de defender su causa por vía de pleito ordinario, ella no tenía dinero 
para sustentar el pleito; y aunque lo tuviera, no la aprovechara. Por- 
que como era la ciudad y el regimiento el que lo contradecía, no había 
escribano, ni procurador, ni letrado que quisiere defender la causa; 
a tanto que yo, como era clérigo, e no tenía miedo a los seglares, 
me era forzado hablar en defensa del monesterio, y si algún rcqui- 
rimiento se había de hacer a €l Corregidor, yo le hacía, e iba y venía 
a la Encarnación a dar cuenta a la Santa Madre de lo que pasaba, 
y ella servía de letrado, e yo de procuradora. 

Y aunque en cuanto podía nos ayudaba aquel caballero que la 
sierva de Dios tenía por amigo verdadero (1), que nunca la dejó de 
favorescer, como era hombre de tanta autoridad, acóntesela entrar 
yo en la pieza a hacer algún requirimiento a la justicia, y que- 
dábase él como ascondido, porque no lo viesen en público andando 
en estos dares c tomares. Gonzalo de Aranda, que era un clérigo muy 
honrado y de mucha virtud, que también era de nuestra parte, se 
movió a ir a la corte de parte del monesterio de San José (2), y 
en poniendo que se puso la causa en el Consejo, mandaron dar un 
recetor que viniese a Avila c hiciese información de parte de la ciudad 
c de parte del monesterio. Y vino y muy despacio hizo sus informa- 
ciones y las, llevó a el Conseje, e fué de suerte que, como la ciudad 
había gastado sus dineros en pagar a el recetor, e como la pasión c 
tentación se había ya aplacado, e también entenderían que la infor- 
mación del monesterio iba más bastante que no la suya, no siguieron 
el pleito, y quedóse el monesterio hecho, sin que hubiese quien se 
lo contradijese. Y mientras el pleito duró, viendo el Señor a su 
sierva algo temerosa, la consoló diciendo: «¿Qué temes? ¿No sabes 
que soy poderoso P» Bien se ha visto que si el poder del Señor no 
valiera, que una mujer encerrada no pudiese librarse de las manos 
de tíintos e tan poderosos contrarios. Y aun el modo con que el 
Señor favoresció esta su obra, es mucho de considerar que toda una 
ciudad no fuese para resistir una monja encerrada y sin dinero, y 
sin haber quien hable ni vuelva por ella sino personas que, movidas 
de caridad y de la justicia o razón, ayudaban con sus personas y otras 
con sus dineros; de suerte que, según fué fama, más dejó la ciudad 



1 Véase el Libro de la Vida, p. 313. 

2 Vida. c. XXXVl, páoina 313. 



196 APÉNDICES 

de seguir el pleito por no tener dinero que gastar en él, que por otra 
causa alguna; y que a la sierva de Dios, no tiniendo hacienda, ni 
dineros, ni deudos que se lo emprestasen, tuvo para sustentar el pleito 
en Avila y «n la corte, y por falta de posibilidad nunca lo dejara... 
Hcabada tan gran contradicción e pleito tan trabado como hubo 
entre la ciudad y el nuevo monesterio, procuraba la Santa Madre al- 
calzar licencia de su Provincial para venirse con aquellas nuevas plan- 
tas, que tan a solas habían quedado. Y aunque tuvo gran miedo que 
no se la habían de dar, como el Señor iba ya aplacando las furias 
de los demonios, no solamente la dio licencia, sino también a otras 
dos monjas, que viniesen con ella para poder enseñar las cuatro no- 
vicias y empezar a hacer el Oficio divino. Con tan buena licencia, 
salió acompañada de dos religiosas muy siervas de Dios: la una se 
llamaba ñna de los Angeles, e la otra María de San Pablo... 

Y entrando que entró en la portería, junto a ella estaba una reja 
de palo, e muy cerca de la reja estaba el altar, aunque con decencia, 
pero con harta pobreza y estrechura; porque en portería y coro, a 
donde el Santísimo Sacramento estaba, no me paresce a raí habría 
arriba de diez pasos: representaba bien a el portalico de Belén, ñl 
lado de la mano izquierda, dentro de la reja que dividía la portería 
y el coro, a donde estaba el Santísimo Santísimo Sacramento, casi 
junto al altar, estaba otra rejica de palo, que hacía el coro de las 
monjas; estaba todo junto, que casi no había pasos que dar para ir 
de una parte a otra. 

Llegó la Santa Madre, y abriendo la reja del coro de acá fuera, 
postróse delante del Santísimo Sacramento, antes que en el monesterio 
entrase, e puesta en arrobamiento, vio a Jesucristo que la rescibía 
con grandísimo amor, e púsola en la cabeza una corona, agradescién- 
dola lo que había hecho por su Santísima Madre. E no solamente la 
consoló con esto, sino que también se la apáreselo la Virgen María... 

Y en esta casa e Iglesia tan pobre, como se empezó a descir el 
Oficio divino con devoción, empezáronla a tener todo el pueblo tan 
grande, que los que la habían perseguido la alababan e descían ser 
obra de Dios, y ayudaban con sus limosnas. E frecuentábase la Igle- 
sia, aunque eran tan poquitos los que en ella cabían, que, con con- 
formidad de todos, se empezaron a comprar las casas de más cerca, 
e poco a poco se ha venido: a hacer tan buena iglesia, en su tanto, 
como la hay en la ciudad. E tienen ya casa y huerta, lo que les 
basta para pasar y guardar su Regla; que, aunque en sí es áspera, 
como se lleva con tanta voluntad y amor de Dios, es fácil de llevar; 
porque, como dijo Jesucristo en su santo Evangelio: mi yugo es suave, 
e mi carga es liviana, a los que con amor verdadero de Dios la quie- 
ren llevar. Porque, donde no hay amor, lo liviano se hace pesado, y 
a donde le hay, lo pesado se hace liviano e llevadero, y lo dificul- 
toso se hace fácil e se lleva con contento, como se ha visto e ve 
en esta casa y en Ledas cuantas de Descalzas se han edificado; que, 
con ser la más áspera Orden, y el encerramiento más estrecho, e la 
penitencia mayor, se lleva con más contento que en las demás Ordenes. 

La Regla es de Nuestra Señora del Carmen, sin relajación, como 
la ordenó Fr. Hugo, cardenal de Santa Sabina, que fué dada el 



Apéndices 197 

año de mil y doscientos y cuarentai y ocho anos, en el año quinto del 
Pontificado del Papa Inocencio cuarto. Nunca jamás se ha de comer 
carne, ayunarse los ocho meses del año, y esto nunca se quebranta sino 
con gran necesidad de enfermedad. Llámase la primitiva Regla, por- 
que se procura guardar lo que guardaban los ermitaños antiguos, que 
moraban en ermitas en el Monte Carmelo. Guárdase el voto de la 
pobreza con todo rigor posible, porque nenguna monja puede poseer 
íii tener en su celda cosa de adorno, ni vestido, ni comida, ni otra cosa 
alguna más de un jergón de paja, en que se acostarán (porque no 
duermen en colchones), con mantas de sayal, ni en almohadas de 
cama. No se usa lienzo ni en camisas, sino siempre de estameñas; y 
aun yo vi, con el fervor que al principio se tomaban, que usaron en 
algún tiempo tener las túnicas primeras del sayal de que se hacen 
los costales, hasta que el Perlado se les mandó quitar, porque no 
les hiciese maj a la salud. No hablan con seglares, sino es cuando con- 
viene al aprovechamiento de sus almas, e por negocio particular e 
nescesario. Tienen tres horas de oración mental e lición, repartidas 
entre día y noche. Tienen dos exámenes de conciencia, el uno antes 
de comer, y el otro antes de acostar; y sobre todo, se fundan en 
humildad e mortificación, y en trabajos como pobres. El vestido es 
todo de sayal, con alpargatas a los pies por la honestidad. No pue- 
den tener Don, aunque sean hijas de grandes. 



198 APÉNDICES 



XX 



FACULTAD DEL P. PROVINCIAL CALZADO PARA QUE SANTA TERESA PUEDA VIVIR 
EN SAN JOSÉ DE AVILA (1). 



NOS, Fray Ángel de Salazar, Provincial en la Provincia de Castilla 
de la Orden de Nuestra Señora del Carmen. 

Por la presente damos licencia a las carísimas y muy religiosas 
señoras, doña Teresa de Ahumada y María Ordóñez, y Ana Gómez, y 
doña María de Cepeda, religiosas profesas de nuestro monesterio de 
la Encarnación de Avila, para que todas estas cuatro señoras reli- 
giosas estén en la casa y monesterio de San Joseph desta sobredicha 
ciudad, como hasta agora han estado para enseñamiento y doctrina 
de las religiosas nuevas que en aquella casa agora se crían, y para 
todo lo demás que en la edificación spiritual y temporal della man- 
dare y ordenare el limo, y Rmo. Sr. Obispo de Avila, en cuya 
obediencia y disposición la sobredicha casa del Señor S. Joseph se 
funda, y las religiosas della viven. Y para que las sobredichas cuatro 
religiosas de nuestra obediencia puedan vivir más sosegadamente y con 
mayor descanso espiritual, por la presente les damos licencia para 
que se puedan se confesar con cualesquiera confesores idóneos, reli- 
giosos o clérigos, y para que puedan tener uso y administración de 
cualesquiera limosnas y socorros que les fueren dados por sus deu- 
dos o por otras qualesquiera personas, y gastarlos en sus usos y sus 
necesidades, sin perjuicio ni ofensa de el santo voto de pobreza 
que profesaron; y juntamente encargamos mucho a todas sus ca- 
ridades que en el sobredicho monesterio y casa del Señor S. Joseph 
hagan en todo según la voluntad y disposición de su Illmo. Señor, 
cuyo servicio len esto y en todo deseamos, y damos la sobredicha li- 
cencia para todo lo que dicho es, por espacio de un año; desde la 



1 Consérvase el original de esta facultad en las Carmelitas Descalzas de San José de 
Avila. Pasó la Santa definitivamente a su primer convento reformado a mediados de la Cuares- 
ma de 1563, como hemos visto en María Pinel y otros escritores. El mismo P. Ángel de Sala- 
zar dice en las Informaciones de Valiadolid que demoró la licencia para que pasase a San José 
por algunas dificultades que se ofrecieron; pero al fin se la dio «por conocer el espíritu u santo 
celo que la movía a tal empre.sa». Con ella fueron de la encarnación Ana de San Juan, Ana de 
los Angeles, María Isabel e Isabel de San Pablo. «El ajuar que entonces llevó a su nuevo con- 
vento, dice el P. Jerónimo de San José en su Historia del Carmen Descalzo, lib. IV, c. VI, pá- 
gina 630, sacándolo prestado del monasterio de la Encarnación, fué una esterilla de pajas, un 
cilicio de cadenilla, una disciplina y un hábito viejo y remendado; de lo cual dejó una memoria 
firmada de su mano en el convento de la Encarnación para que hubiese cuidado de cobrarlo y 
ella de volverlo. ¡Tanta era la riqueza con que salió a fundar!» 



APÉNDICES 199 

fecha desta nuestra licencia, que es fecha en nuestra casa del Car- 
raen de ñvila, a veinte y dos días del mes de Agosto (1), año de mil 
y quinientos y sesenta y tres años. Y ansí lo firmamos de nuestro 
nombre y sellamos con el sello de nuestro oficio. 

t (aquí la firma) 

t (aquí el sello) 



1 Como para esta fecha llevaba ya la Santa viviendo algunos meses en San José, debió 
de otorgarle esta facultad verbalmente bastante antes. El P. Ángel fué mug afecto a Santa Te- 
resa ü muy amigo de toda reformación, así que gustaba de que, aun cuando vivía en la En- 
carnación, visitase a las religiosas de San José, harto necesitadas de guía y de consueto. 



200 



APÉNDICES 



XXI 



HUTORIZflCION DEL NUNCIO DE SU SANTIDAD PARA QUE LA MADRE TERESA 
PUEDA VIVIR EN SAN JOSÉ. 



(21 de Agosto de ISó'l) (1). 



Alexandcr Cribellus. Dei et Apos- 
tolicae Sedis gratia, E pisco pus 
Cariatensis et Geruníinus, sanctis- 
simi in Christo Patris et Domini 
nostri Domini Pii, divina providen- 
tia, Papae Quarti, et dictac Se- 
dis ciim potestate Legati de Late- 
re ad serenissimum Dominum Phi- 
lippum Hispaniarum Regem Catholi- 
ciim, ct in Hispaniarum regnis Niin- 
tías. Dilectae in Christo Theresiae 
de Ahumada, moniali professae Or- 
dinís Beatae Mariae de Monte Car- 
melo, salutem in Domino. Exponi 
nobis nuper fecisti, quod tu, ob 
melioris vitae frugem et singula- 
rem quem ad monasterium Sancti 
Joseph Gjusdem Ordinis in civitate 



Alejandro Críbelo, por la gracia 
de DiOiS y de la Santa Sede Apos- 
tólica, Obispo Cariatense y Gerun- 
tino, Nuncio con potestad de Lega- 
do a Laterc de nuestro Santísimo 
en Cristo Padre y Señor, Pío, por 
la divina Providencia, Papa Cuar- 
to, y de la dicha Sede Apostólica, 
al serenísimo señor rey católico de 
las Españas don Felipe, en sus rei- 
nos de España. A la amada en 
Cristo Teresa de Ahumada, mon- 
ja profesa de la Orden de Nuestra 
Señora del Monte Carmelo, salud 
en el Señor. De vuestra parte se 
nos ha hecho ahora relación, cómo 
por causa de servir a Nuestro Se- 
ñor y del singular afecto que te- 
néis al convento de San José, de 



1 El original se guarda en las Carmelitas Descalzas de San José de Avila. La traducción 
es de Fr. Jerónimo de San José, Historia del Carmen Descalzo, p. 923. Al terminar el año con- 
cedido por el P. Ángel de Salazar para que la Santa morase en San José, le otorgó el Nuncio 
de Su Santidad, previa autorización del P. Provincial, el permiso de continuar de conventual en 
dicho monasterio. Aunque en el Breve se liice que Santa Teresa residía en la Encarnación, ha 
de entenderse solamente de la conventualidad, que aun radicaba en aquella casa. Este Decreto 
del Nuncio tuvo, por fin, confirmación plena por las Letras de Su Sautidad Pío IV, fechas a 17 
de Julio de 1565, como hemos visto en la página 161. 



APÉNDICES 



201 



Abulensi nuper fundatum et erec- 
tum (in quo arctior viget obser- 
vantia regularis dicti Ordinis quam 
in monasterio Incarnationis ñbulen- 
si, in quo de praesenti commora- 
ris) geris affcctum, cuperes te 
transferre, et inibi, sub illius arcta 
ct regulari observantia debitum Do- 
mino reddere famulatum. Nos ita- 
que, te in hujusmodi laudabili pro- 
posito confoverc volentes, et atten- 
dentes ea, quae a nobis petis, jus- 
ta fore et honesta, tuis in hac parte 
supplicationibus inclinari, auctorita- 
te Apostólica nobis concessa, qua 
fungimur in hac parte, tibi, ut, ac- 
cedente ad id licentia et assensu 
Ministri Provincialis dicti Ordinis, 
de dicto monasterio Incarnationis 
ad monasterium Sancti Joseph ejus- 
dem Ordinis supra dictum, in quo 
regularis vigeat observantia, te 
transferre, ac ómnibus et singulis 
privilegiis, indultis et gratiis, qui- 
bus caeterae moniales in eo ab 
initio receptae quomodolibet utun- 
tur, potiuntur ct gaudent, uti, po- 
tiri et gaudere libere et licite va- 
leas, in ómnibus et per omnia, te- 
nore praesentium licentiam concedí- 
mus et facultatem, te postmodum 
a primo monasterio Incarnationis 
ct illius observantiis penitus ab- 
solventes. Non obstantibus ílposto- 
licis Constitutionibus et Ordinatio- 
nibus ac praefati monasterii sta- 
tutis et consuetudinibus caeterisque 
contrariis quibuscumque. 

Datum in oppido de Madrid, 
tolctanac dioecesis, anno Incarnatio- 
nis Dominicae MDLXIV, duodeci- 



religiosas de la misma Orden, poco 
há fundado en la ciudad de Avila, 
en el cual se guarda y florece más 
la observancia regular que en el 
convento de la Encarnación de la 
misma ciudad, donde al presente 
residís, deseáis pasaros a él, y 
allí, y debajo de su estrecha y 
regular observancia servir con per- 
fección a Nuestro Señor. Nos, que- 
riéndoos ayudar y favorecer tan 
loable propósito, y teniendo aten- 
ción a que lo que nos pedís es 
justo y honesto, condescendiendo en 
esta parte con vuestros ruegos y 
petición, por la autoridad apostó- 
lica que Nos es concedida y de que 
usamos en esta parte, por el tenor 
de las presentes, os concedemos 
licencia y facultad, para que, in- 
terviniendo la licencia y consenti- 
miento del Padre Provincial de la 
dicha Orden, os podáis pasar 
del dicho monasterio de la Encar- 
nación, al monasterio sobredicho de 
San José de la misma Orden, en 
el cual florezca la regular obser- 
vancia, y que libre y lícitamente, 
en todo y por todo, podáis usar, 
gozar y aprovecharos de todos y 
cualesquier privilegios, indultos y 
gracias que en cualquier manera 
usan, gozan y de que se aprove- 
chan las demás religiosas que allí 
fueron recibidas desde el principio. 
Y desde ahora en adelante os ab- 
solvemos, y del todo eximimos de 
la residencia y observancias "del 
primer monasterio de la Encarna- 
ción. No obstantes las constitucio- 
nes y ordenaciones apostólicas, y 
estatutos y costumbres del dicho 



202 



APÉNDICES 



mo Kal. Septembris, Pontiflcatus 
praelibati sanctissimi Doniini no- 
stri Pii Papae Quarti anno quinto. 

Alexander Cribellas, Episcopus, 
Nuntius Apostólicus. 

Robe/tus Tontanus, Abbreviator. 



monasterio, y cualesquier otras co- 
sas en contrario. Dadas en la vi- 
lla de Madrid, diócesis de Toledo, 
año de la Encarnación de Cristo 
Señor Nuestro de 1564. Día duo- 
décimo de las Calendas de Se- 
tiembre, y del Pontificado del di- 
cho nuestro Santísimo en Cristo 
Padre y Señor Pío Papa IV ,año 
V. Alejandro Críbelo, Obispo, Nun- 
cio Apostólico. Roberto Tontano, 
Abreviador. 



APÉNDICES 



203 



XXII 



CÉDULA EN QUE HACE CONSTAR LA SANTA LA COMPRA DE UN PALOMAR A JUAN 
DE SAN CRISTÓBAL. 



t 

jhs 



Oy, domingo de Casimodo (1), de este año de 1564, se concertó 
entre Juan de San Cristóbal y Teresa de Jesús la venta de esta 
cerca del palomar, en cien (2) ducados, libres de décima y alcabala. 
Dénsele de esta manera: los diez mil maravedís luego, y los diez 
mil para Pascua de Spíritu Santo (3); lo demás para San Juan de este 
presente año. Porque es verdad lo fir[mo] (4). 



1 9 de Abril. 

2 Escribió la Santa ducientos, pero luego, ella o algún otro, borró la primera y última sí- 
laba, dejando cien. 

3 21 de Mayo. 

4 Del autógrafo falta la firma, la cual, como tantas otras de la Santa se cortaría para al- 
gún relicario. El original de este recibo, de letra de Santa Teresa, se veneraba en las Carmelitas 
Descalzas del Corpus Christi de Alcalá. Hoy le tienen los Descalzos de Avila, donde le foto- 
grafiamos en Setiembre de IQlí. Aunque con algunas faltas, ya le habían publicado Castro Pa- 
lomino, t. VI, y D. Vicente de la Fuente en Escritos de Santa Teresa, t. 1, pág. 521. En el 
número de Noviembre de 1914 del Boletín de la Real flcademia de la Historia, publicó su 
fotografía el P. Fita, hecha por el P. Justo del Niño Jesús, C. D., conventual de Avila. Tanto el 
P. Fita en el número citado, como D. Bernerdino Melgar, en el correspondiente al mes de Diciembre, 
tratan de ilustrar el autógrafo teresiano con largos comentarios, a mi juicio, no bien fundados. 
Uno y otro dan por averiguado que el palomar de que aquí se habla, es el que Santa Teresa 
heredó de su madre, según se cree, en Gotarrendura, y del cual habla la misma Santa en unas 
cartas que por los años de 1546 escribió a Alonso Veneguilla o Vinegrilla, vecino de aquel 
lugar. Presumimos que no se trata aquí de una venta hecha por la Santa, sino de la adqui- 
sición a Juan de San Cristóbal de una cerca con palomar que tenía junto al recién fundado 
convento de San José, en Avila, de la cual cerca hizo la Santa algunas ermitas por las 
que el Concejo de Avila le obligó a derribar como perjudiciales al edificio de las fuentes, 
según hemos visto por las Actas del mencionado Concejo. En la sesión por él celebrada 
en 29 de Abril de 1564, se dice que Pedro del Águila y Alonso de Robledo, por comi- 
sión del Concejo, habían visto «las casas de Francisco de Peralta, que las monjas de San Josepe 
han señalado para pagar sobre ellas el censo que la dicha cibdad tiene sobre las casas donde 
es el dicho monasterio, e sobre las queran del dicho Francisco Ximénez, e sobre la cerca que 
agora compran^. El contrato de la cerca se había concertado en 9 de aquel mismo mes, cir- 
cunstancia que bien pudieron ignorar los ediles de Avila, si bien tenían conocimiento de que las 
religiosas intentaban comprarla, y aun dan por segura la adquisición. Por la pobreza en que se ha- 
llaba el monasterio, se convino en pagarla en tres plazos. «Dénsele de esta manera», dice. ¿Qué 
prueba más evidente queremos de que no es Juan de San Cristóbal el comprador, sino la 
misma Santa? Difícil nos parece también que tratándose de la cerca y palomar de Gotarrendura, 
se exprese la Santa en forma que da bien a entender que el palomar en cuestión estaba cerca 
del convento donde ella residía. Si de la Santa fué el palomar de Gotarrendura, no le faltaría 



204 APÉNDICES 



XXIII 



PROFESIÓN DE LAS CUATRO PRIMERAS RELIGIOSAS QUE TOMARON KL HABITO, 
EN SAN JOSÉ DE AVILA (1). 



Profesión de Úrsula de los Santos. 

ñ. veinte y lin días del mes de Octubre de mil y quinientos y sesenta 
y cuatro años, siendo obispo dcsta ciudad de Avila el limo, y reveren- 
dísimo señor don Alvaro de Mendoza, hizo su profesión la hermana 
Úrsula de los Santos. Fué hija legítima de Martín de Rivilla y de 
María fllveres de ñrévalo, naturales desta ciudad de Avila. Dio en 
limosna trecientos ducados; fué la primera religiosa que tomó el hábito 
desta santa Observancia. Su profesión fué del tenor siguiente: 

Yo, Úrsula de los Santos, hago mi profesión, y prometo obedien- 
cia, castidad y pobreza' a Dios Nuestro Señor y a la bienaventurada 
Virgen M^ría del Monte Carmelo, y al limo, y reverendísimo señor 
don Alvaro de Mendoza, obispo desta ciudad de Avila y a sus susce- 
sores, según la Regla primitiva de Nuestra Señora del Monte Carmelo, 
sin mitigación hasta la muerte. Hecha en Avila a veinte y uno de Oc- 
tubre de mil y quinientos y sesenta y cuatro años. Y porqués ver- 
dad lo firmo de mi nombre. 

Úrsula de los Santos (2). 



ocasión de venderlo cuando en 1562 se hallaba tan alcanzada de dineto por la fundación del 
convento de San José. 

De la compra de la cerca i) palomar para construir nuevas ermitas, tenemos, además de la 
tradición de la Comunidad de San José de Avila, el claro y terminante testimonio del Padre 
Jerónimo de San José, que ha sido el que mejor ha estudiado los orígenes de este primer 
convento de la Descalcez carmelitana. En la Historia del Carmen Descalzo, libro IV, capítulo 
XV, escribe: «Las ermitas que hay en este convento para retirarse a tener ejercicios espiri- 
tuales las religiosas, las hizo y dispuso nuestra Madre Santa Teresa... La primera se llama de 
la Coluna, por una imagen que en ella hay de Cristo Señor Nuestro a la Coluna. Hizo esta 
ermita la Santa en una casilla vieja que había dentro de la cerca del convento, que era palomar, 
y la acomodó muy devotamente». Juan de San Cristóbal pertenecía a la cuadrilla de San Pedro, 
de Avila, y figura en los Repartimientos de Jileábala que obran en el Archivo del Ayunta- 
miento de aquella ciudad. 

1 Del Libro primitivo de Profesiones y Elecciones que guardan las Carmelitas Descalzas de 
Avila, que tiene la portada escrita por el V. P. Gracián, trasladaiTios las profesiones siguientes 
de las cuatro novicias que inauguraron el primer monasterio de la Reforma de Santa Teresa. Las 
cuatro fueron extendidas por la misma pluma ii firmadas por la Santa, aunque hoy sólo se halla 
su firma en la de María de la Cruz y María de San José. 

2 Después de la firma de Úrsula de los Santos, la misma que escribió las fórmulas de la 
profesión, añadió: «La H.a Úrsula de los Santos y la H.a Antonia del Espíritu Santo, y la H.a 
M.a de la Cruz y la H.a María de San Joseph, fueron las cuatro religiosas que primero, y 
todas juntas, tomaron este santo hábito». Al margen, de letra posterior: «Edad de 43». Es decir, 
que la H.a Úrsula hizo la profesión a los 43 años. Y a continuación: «Falleció año 1574, a 19 
de Febrero, de 53 años». Véase la nota del tomo I, pág. 305. 



APÉNDICES 



205 



Profesión de Antonia del Espíritu Santo. 

R veinte y uno del mes de Octubre de mil y quinientos y sesenta 
y cuatro años, siendo obispo desta ciudad de Avila el limo, y reve- 
rendísimo señor don Alvaro de Mendoza, iiizo su profesión la (lermana 
Antonia del Espíritu Santo, que en el siglo se llamaba Antonia de 
Henao. Fué hija legítima de Felipe de Arévalo y de Elvira Diez de 
Henao, naturales desta ciudad de Avila. Dio de limosna decisiete mil 
maravedís. Su profesión fué del tenor siguiente: 

Yo, Antonia del Espíritu Santo, hago profesión y prometo obe- 
diencia, castidad y pobreza a Dios Nuestro Señor^ y a la bienaventurada 
Virgen María del Monte Carmelo y al limo, y reverendísimo señor 
don Alvaro de Mendoza, obispo de Avila y a sus suscesores, según la 
Regla primitiva de Nuestra Señora del Carmen, sin mitigación hasta la 
muerte. Y porque es verdad lo firmo de mi nombre. Hecha en Avila, 
a veinte y uno del mes de Octubre de mil y quinientos y sesenta y 
cuatro años (1). 

Antonia del Espíritu Santo. 



Profesión de María de la Cruz, 

Yo, María de la Cruz, hago profesión y prometo obediencia, casti- 
dad y pobreza a Dios Nuestro Señor, y a la bienaventurada Virgen 
María del Monte Carmelo y al limo, y reverendísimo señor don Al- 
varo de Mendoza, obispo de Avila y a sus suscesores, según la Regla 
primitiva de Nuestra Señora del Carmen, sin mitigación hasta la muer- 
te. Fecha en Avila, de mil y quinientos y sesenta y cinco años, a 
veinte y dos días del mes de Abril. Y porqués verdad lo firmo de 
mi nombre (2). 

María de la Cruz. 



Profesión de María de San José. 

A dos días del mes de Julio de mU y quinientos y sesenta y seis 
años, siendo obispo desta ciudad de Avila el limo, y reverendísimo se- 
ñor don Alvaro de Mendoza, hizo su profesión en esta casa de S. Joseph 
de Avila la h.a María de S. Joseph, que en el siglo se llamaba María 
Dávila y fué una de las cuatro primeras que tomaron el hábito, y fué 



1 La M. Antonia, después de haber estado en los conventos de Medina del Campo, Ma- 
lagón, Valladolid y Granada, murió en el de Málaga el 7 de Julio de 1595. 

2 Sin duda la encargada de escribir las profesiones en el libro, no se acordaba en aquel 
momento de dónde era natural la H.a María de la Cruz, ni cómo se llamaban sus padres Por eso 
de)ó en blanco unas cuantas líneas con intención de llenarlas después, pero no lo hizo. Ya dijimos 
en el tomo I, pág. 305, que se llamó en el siglo María de la Paz, y fué natural de Ledesma, en 
la provincia de Salamanca. Estaba sirviendo en casa de D.a Gniomar de Ulloa, donde conoció 
a la Santa. Murió en Valladolid a 23 de Febrero de 1588. 



206 APÉNDICES 

hija legítima de Cristóbal Dávila y de Ana de Sto. Domingo, naturales 
desta ciudad. Su profesión fué del tenor siguiente: 

Yo, María de S. Joseph, hago mi profesión y prometo obediencia, 
castidad y pobreza a Dios nuestro Señor, y a la bienaventurada Virgen 
María del Monte Carmelo y al limo, y reverendísimo señor don /U- 
varo de Mendoza, obispo de ñvila y a sus suscesores, según la Regla 
primitiva de Nuestra Señora del Carmen, sin mitigación hasta la muer- 
te. Y porque es verdad lo firmo de mi nombre. Hecha año de mil 
y quinientos y sesenta y seis, a dos días del mes de Julio (1). 

Alaría de S. Josefe. 



1 María de San Josr, hermana de Julián de Avila, primer capellán de San José, no salió 
del primitivo convento. Murió el 14 de julio de \ü(A, a los setenta y nueve aflos de edad. 



APÉNDICES 207 



XXIV 



CARTA DEL VENERABLE MAESTRO JUAN DE AVILA A SANTA TERESA DE JESÚS (1). 



La gracia del Espíritu Santo sea con vuesa merced siempre. Sea 
en buen hora la venida a esas tierras; pues confío de Nuestro Señor 
'que ha de ser para que El reciba mayor servicio de esa peregrinación, 
que del encerramiento en la celda; que cierto, señora, la necesidad 
que en las ánimas hay es tanta, que hace a los que un poco de cono- 
cimiento tienen del valor dellas, apartarse de los abrazos continuos 
del Señor por ganarle ánimas donde repose, pues tanto trabajó por 
ellas. Plega a isu misericordia haga a vuesa merced ministro para re- 
coger su preciosísima sangre, que por las ánimas derramó, porque no 
se pierda en ellas, sino las riegue y haga dar fruto, que el Señor 
coma con gusto y sabor. 

Deseo que vuesa merced se sosiegue en lo que toca al examen de 
aquel negocio; porque habiéndolo visto tales personas, vuesa merced 
ha hecho lo que parece ser obligada. Y, cierto, creo que yo no 
puedo advertir de cosa que aquellos padres no hayan advertido. 

En el negocio del hospital de esa señora, hago lo que más puedo 
hacer, que es rogar a una persona muy calificada vaya allá, y se 
informe del negocio y me avise de lo que cumple, porque Nuestro 
Señor sea servido se haga esa obra. Comuníquele vuesa merced y 
creo se consolará de ello. 

El Espíritu Santo sea amor único ríe vuesa merced, que para cum- 
plir con estado de esposa fiel esto le debe. No le suplico rueguc por 
mí, pues el mismo Señor le pone cuidado de ello. De Montilla, dos 
de Hbril (2). Siervo de vuesa merced, Juan de Avila. 



1 Habla en esta carta el Beato Avila del libro de la Vida que Santa Teresa había escrito, 
y deseaba, para tranquilidad de su espíritu, que lo viese el celoso apóstol de Andalucía. Bien 
conocida es la vida de este siervo de Dios. Nacido en Almodóvar del Campo el 6 de Enero 
de 1500 u hecho sacerdote, consagró toda su vida a la cura de almas, en la que salió aventa- 
jado maestro, como puede verse en la hermosa vida que de él escribió el piadoso P. Luis ite 
Granada. Murió en .Y^ontilla (Córdoba), a 10 de Mayo de 1569. Autor de varias y muy estima- 
das obras de piedad, fué beatificado por León XIII el 6 de Abril de 1894. 

1 La caria fué escrita en 1568. Hallábase Santa Teresa entonces en Toledo, concertando 
con D.a Luisa de la Cerda la fundación de Carmelitas Descalzas de Malagón. Esta carta fué 
ya publicada por el autor del Eño Teresiñrto, tomo IV, 2 de Abril. El P. Antonio la encontró 
en el rico archivo que en Pastrana tenía la Reforma. Por desgracia, en aquella villa, donde 
estuvimos en el otoño de 1914, apenas si se ha salvado un documento de la Orden. 



208 APÉNDICES 



XXV 



CARTA DEL VENERABLE MAESTRO AVILA fl LA SANTA MADRE TERESA DE JESÚS, 
APROBANDO EL LIBRO DE LA VIDA (1). 



La gracia y paz de Jesucristo, Nuestro Señor, sea con vuesa mer- 
ced siempre. Cuando acepté el leer el libro que se me embió, no fué 
tanto por pensar que yo era suficiente para juzgar las cosas dél, 
como por pensar que podría con el favor de Nuestro Señor aprove- 
cliarme algo con la doctrina dél. Y gracias a Cristo, que aunque lo 
he visto, no con el reposo que era menester, mas heme consolado, 
y podría sacar edificación, si por mí no queda. Y aunque, cierto, 
yo me consolara con esta parte sin tocar en lo demás, no me parece 
que el respecto que debo al negocio y a quien me lo encomienda, 
me da licencia para dejar de decir algo de lo que siento, a lo menos 
en general. 

El libro no está para salir a manos de muchos, por que ha menes- 
ter limar las palabras dél en algunas partes, en otras declararlas; 
y otras cosas hay que al espíritu de v. m. pueden ser provechosas, 
y no lo serían a quien las siguiese; por que las cosas particulares 
por donde Dios lleva| a unos no son para otros, y estas cosas, o las 
más dellas, me quedan acá apuntadas para ponellas en orden cuando 
pudiere, y no faltará como enviallas a v. m.; porque si v. m. viese 
mis enfermedades y otras necesarias ocupaciones, creo le moverían 
más a compasión que a culparme de negligente (2). 

La doctrina de la oración está buena por la mayor parte, y muy 
bien puede vuesa merced fiarse della y seguirla, y en los raptos 
halló las señales que tienen los que son verdaderos. 

El modo de enseñar Dios al ánima sin imaginación y sin palabras 



1 Vivía la Santa retirada en su monasterio de S. José desde 1562, como hemos visto por 
los documentos anteriores. Fueron estos años, hasta que salió a fundar los demás conventos 
de su Reforma, los más felices de su vida. En ellos, terminados los pleitos con la ciudad, pudo 
darse con toda tranquilidad al trato íntimo con Dios. Redactó de nuevo y de manera más orde- 
nada y completa la Relación de su vida, la cual, por indicación del inquisidor Soto y otros 
doctos consejeros suyos, la envió al maestro Avila, que gozaba de mucha reputación de es- 
piritual y profundo conocedor de espíritus. (Véase nuestra Introducción a la Vida de Santa 
Teresa). El B. Avila examinó la Relación, y en esta carta da cuenta de este examen, notable 
en verdad, y digno de varón tan austero y prudente. El P. Jerónimo Gracián fué el primero que 
publicó esta carta en su Dilucidario del verdadero e'-.piritu. capítulo IV, copiándola del origi- 
nal que tuvo en su poder. Tal vez se le daría la misma Santa. Una copia antigua se conserva 
también en la Biblioteca Nacional, Ms. 12.7Ó3. Ambas copia?, hemos tenido presentes para la 
publicación de esta carta, que en las Obras del Beato ha salido siempre con algunos errores. 

2 Todo este párrafo se venía omitiendo desde tiempos muy antiguos, no obstante haberlo 
publicado Gracián. También le trae el citado manuscrito de la Biblioteca Nacional. No se tiene 
noticia de las cosas que dice dejaba apuntadas para ponerlas en orden y enviárselas a la Santa. 



APÉNDICES 209 

interiores ni exteriores, es muy seguro, y no hallo en qué tropezar, y 
San Agustín habla bien del. 

Las hablas interiores han engañado a muchos en nuestros tiem- 
pos, y las exteriores son las menos seguras. El ver que no son 
de espíritu propio, es cosa fácil el discernir; si son de espíritu bueno o 
malo, es más dificultoso. Dansc muchas reglas para conocer si son 
del Señor, y una es que sean dichas en tiempo de necesidad o de 
algún gran provecho, ansí como para confortar al hombre tentado o 
desconfiado, o para algún aviso de peligro. Porque como un hombre 
bueno no habla palabra sin mucho peso, menos las hablará Dios. Y 
mirado esto, y ser las palabras conforme a la Escritura divina y 
a la doctrina de la Iglesia, me parece las que en el libro están, 
ser de parte de Dios. 

Visiones imaginarias o corporales son las que más duda tienen, 
y éstas en ninguna manera se deben desear; y si vienen sin ser 
deseadas, aun se han de huir lo posible, aunque no por medio de 
dar higas, sino fuese cuando de cierto se sabe ser espíritu malo; 
y, cierto, a mí me hizo horror las que en este caso se dieron y 
me dio mucha pena (1). Debe el hombre suplicar a Muestro Señor no 
le lleve por camino de ver, sino que la buena vista suya y de sus 
santos se guarde para el cielo, y que acá le lleve por camino llano, 
como lleva a sus fieles, y con otros buenos medios debe procurar el 
huir destas cosas. 

Mas si todo esto hecho duran las visiones, y el ánima saca dello 
provecho, y no induce su vista a vanidad sino a mayor humildad, y 
lo que dicen es dotrina de la Iglesia, y tiene esto por mucho tiempo, 
y con una satisfación interior que se puede sentir mejor que decir, 
no hay para qué huir dellas; aunque ninguno se debe fiar de su 
juicio en esto, sino comunicarlo luego con quien le pueda dar lumbre. 
Y leste es el medio universal que se ha de tomar en todas estas cosas, 
y esperar en Dios, que si hay humildad para sujetarse al parecer ajeno, 
no dejará engañar a quien desea acertar. 

Y no se debe nadie atemorizar ni condenar de presto estas cosas, 
por ver que la persona a quien se dan no es perfeta; porque no es 
nuevo a la bondad del Señor sacar de malos, justos, y aun de pe- 
cados graves grandes bienes con darles muy dulces gustos suyos, se- 
gún lo he yo visto. ¿Quién pond'á tasa a la bondad del Señor? 
Mayormente, que estas cosas no se dan por merecimientos, ni por 
ser uno más fuerte; antes se dan a algunos por ser más flacos, y 
como no hacen a uno más santo, no se dan siempre a los más santos. 

Ni tienen razón los que descreen estas cosas, porque son 
muy altas, y parece cosa no creíble abajarse una Majestad in- 
finita a comunicación tan amorosa con una su criatura. Escrito está 
que Dios es amor; y si amor, es amor infinito y bondad infinita; y de 
tal amor y bondad no hay que maravillarse que haga tales excesos de 
amor, que turben a los que no le conocen. Y aunque muchos los co- 
nozcan por fe, mas la experiencia particular del amoroso, y más que 



1 . Cfr rjhTo np ifí Vida. cap. XXIX, p. 229. 

II 14 



210 APÉNDICES 

amoroso trato de Dios con quien él quiere, si no se tiene, no se 
podrá entender bien el punto donde llega esta comunicación; y así, 
lie v¡st6 a pinchos escandalizados de oir las iiazañas del amor de Dios 
con sus criaturas; y como ellos están de aquello muy lejos, no pien- 
san hacer Dios con otros lo que con ellos no hace; siendo razón 
que por ser la obra de amor, y amor que pone en admiración, se 
tomase por señal que es de Dios, pues es maravilloso en sus obras, 
y muy más en las de su misericordia, y de allí mesmo sacan ocasión 
de descreer de donde la habían de sacar de creer, concurriendo las 
otras circunstancias que den testimonio de ser cosa buena. 

Paréceme, según del libro consta, que vuestra merced ha resistido 
a estas cosas, y aun más de lo justo. Paréceme que le han aprovecha- 
do a su ánima; y especialmente le han hecho más conocer su miseria 
propia y faltas y enmendarse dellas. Han durado mucho, y siempre 
con provecho espiritual. Incítanle a amor de DiO|S y a propio desprecio 
y a hacer penitencia. No veo por qué condenarlas; inclinóme más a 
tenerlas por buenas, con condición que siempre haya cautela de no 
fiarse del todo, especialmente si es cosa no acostumbrada, o dice que 
haga alguna cosa particular, y no muy llana. En todos estos casos 
y semejantes, se debe suspender el crédito y pedir luego consejo. 

ítem, se advierta, que aunque estas cosas sean de Dios, se sueleti 
mezclar otras del enemigo, y por eso siempre ha de haber recelo. ítem, 
ya que se sepa que son de Dios, no debe el hombre parar mucho 
en ellas, pues no consiste la santidad sino en amor humilde de Dios 
y del prójimo, y estotras cosas se deben tener en menos, aunque bue- 
nas, y pasar su estudio en la humildad verdadera y amor del Señor. 
También conviene no adorar visiones destas, sino a Jesucristo en el 
rielo o en el Sacramento, y si es cosa de santos, alzar el corazón 
al santo del cielo, y no a lo que se representa en la imaginación; 
baste que me sirva aquello de imagen para llevarme a lo representado 
por ella. 

También digo que las cosas deste libro acaecen, aun en nues- 
tros tiempos, a lOtras personas, y con mucha certidumbre que son de 
Dios, cuya mano no es abreviada para hacer agora lo que en tiem- 
pos pasados, y en vasos flacos para que El sea más glorificado. 

Vuesa merced siga su camino; mas siempre con recelo de los 
ladrones, y ¡preguntando por el camino derecho, y dé gracias a Nues- 
tro Señor que le ha dado su amor, y propio conocimiento y amor 
de penitencia y de cruz; de esotras cosas no haga mucho caso, 
aunque tampoco las desprecie, pues hay señales que muy muchas de- 
llas son de parte de Nuestro Señor, y las que no lo son, con pedir 
consejo no le dañarán. 

Yo no puedo creer que he escrito esto con mis fuerzas, pues no 
las tengo, creo que la oración de vuesa merced lo ha hecho. Pídole por 
amor de Jesucristo Nuestro Señor, se encargue de le suplicar por mí, 
que El sabe que lo pido con mucha necesidad, y creo basta esto para 
que vuesa merced haga lo que le suplico, y pido licencia para acabar 
ésta, pues quedo obligado a escribir otra. Jesús sea glorificado de 
todos y en todos, ümen. De Montilla, 12 de Setiembre de 1568 años. 
Siervo de vuesa merced por Cristo, Juan de Avila. 



SPENDICES 211 



XXVI 



APROBACIÓN QUE EL AMAESTRO FRAY DOMINGO BAÑEZ DIO DEL ESPÍRITU DE 
SANTA TERESA Y DE LA RELACIÓN AUTÓGRAFA DE SU VIDA (1). 



Visto he, y con mucha atención, este libro en que Teresa de Jesús, 
monja carmelita y fundadora de las Descalzas Carmelitas, da rela- 
ción llana de todo lo que por su alma pasa, a fin de ser enseñada y 
guiada por sus confesores, y en todo él no he hallado cosa que a 
mi juicio sea mala doctrina; antes tiene muchas de gran edificación 
y aviso para personas que tratan de oración. Porque su mucha ex- 
periencia desta religiosa y su discreción y humildad en haber siem- 
pre buscado luz y letras en sus confesores, la hacen acertar a decir 
cosas de oración, que a veces los muy letrados no aciertan así por 
la falta de experiencia. Sola una cosa hay en este libro en que poder 
reparar, y con razón; basta examinarla muy bien, y es que tiene 
muchas revelaciones y visiones, las cuales siempre son mucho de te- 
mer, especialmente en mujeres, que son más fáciles en creer que son 
de Dios, y en poner en ellas la santidad, comoquiera que no con- 
sista en ellas. Antes se han de tener por trabajos peligrosos para los 
que pretenden perfeción, porque acostumbra Satanás transformarse en 
ángel de luz, y engañar las almas curiosas y poco humildes, como en 
nuestros tiempos se ha visto; mas no por eso hemos de hacer regla 
general de que todas las revelaciones y visiones son del demonio. 
Porque a ser así, no dixera San Pablo que Satanás se transfigura en 
ángel de luz, si el ángel de luz no nos alumbrase algunas vezes. San- 
tos han tenido revelaciones, y santas, no solamente de los tiempos 
antiguos, mas aún en los modernos, como fué Santo Domingo, San 
Francisco, San Vicente Ferrer, Santa Catalina de Sena, Santa Gertrude 
y otros muchos que se podrían contar, y como siempre la Iglesia de 
Dios es y ha de ser santa hasta el fín, no sólo porque profesa san- 
tidad, sino porque hay en ella justos y perfectos en santidad, no 
es razón que a carga cerrada condenemos y atropellemos las visiones 
y revelaciones, pues suelen estar acompañadas de mucha virtud y 
cristiandad. Antes conviene seguir el dicho del Apóstol en el cap. V de 
la 1.a a los Tesalonicenses: Spiritum nolite extingúete. Prophetiaa 
nolite spernere. Otnnia probate, quod boniim est tenete. Ah omni specie 
mala ahstinete vos. Sobre el cual lugar, quien leyere a Santo Tomás, 
entenderá con cuánta diligencia se deben examinar los que en la Igle- 



1 Delatado el Libro de la Vida a !a Inquisición, su buen amigo, el P. Domingo Báflet, 
escribió al final del autógrafo esta docta u rnuy discreta aprobación del espíritu de la Santa y 
de su autobiografía. (Véase la Introducción a la Vida de Santa Teresa, t. I, págs. 117'-125. 



212 APÉNDICES ^ 

sia de Dios descubren algún don particular, que puede ser para uti- 
lidad o daño de los próximos, y cuánta atención se haya de tener 
de parte de los examinadores, para no extinguir el fervor del espíritu 
de Dios en los buenos, y para que otros no se acobarden en los ejer- 
cicios de la vida cristiana perfecta. 

Esta mujer, a lo que muestra su relación, aunque ella se enga- 
ñase en algo, a lo menos no es engañadora, porque habla tan llana- 
mente, bueno y malo, y con tanta gana de acertar, que no dexa dudar 
de su buena ¡intención; y cuanto más razón hay de que semejantes es- 
píritus sean examinados por haber visto en nuestros tiempos gente bur- 
ladora, so color de virtud, tanto más conviene amparar a los que 
con el color parece tienen la verdad de la virtud. Porque es cosa 
extraña lo que se huelga la gente floxa y mundana de ver desautori- 
zados a los que llevaban especie de virtud. Quexábase Dios antigua- 
mente por el profeta Ezequiel, cap. XIII, de los falsos profetas, que 
a los justos apretaban y a los pecadores lisonjeaban, ij díceles: Moerere 
fecistis cor justi mendaciter, quem ego non contristavi: et confortastis 
manas impii. En alguna manera se puede esto decir contra los que 
espantan las almas, que van por el camino de oración y perfeción, 
diciendo que son caminos peligrosos y singularidades, y que muchos 
han caído en errores yendo por este camino, y que lo más seguro 
es un camino llano y común y carretero. 

De semejantes palabras, claro está, se entristecen los que quieren 
seguir los consejos y perfeción con oración contina, cuanto les fuere 
posible, y con muchos ayunos y vigilias y disciplinas; y por otra 
parte los floxos, los viciosos se animan y pierden el temor de Dios, 
porque tienen por más seguro su camino, y este es el engaño, que 
llaman camino llano y seguro, la falta del conocimiento y considera- 
ción de los despeñaderos y peligros por do caminamos todos en 
este mundo. Comoquiera que no haya otra seguridad sino, conociendo 
nuestros cuotidianos enemigos, invocar humildemente la misericordia 
de Dios, si no queremos ser cautivos dellos. Cuánto más, que hay 
almas a quien Dios aprieta de manera, para que entren el cami- 
no de perfeción, que en cesando del fervor, no pueden tener medio, 
sino luego dan en otro extremo de pecados; y estas tales tienen 
extrema necesidad de velar y orar muy contino; y en fin, a nadie 
dexó de hacer mal la tibieza. Meta cada uno la mano en su seno, 
y hallará ser esto verdad. Creo, cierto, que si algún tiempo sufre 
Dios a los tibios, que es por las oraciones de los fervorosos, que 
de contino claman: Et ne nos inducas in tentaüonem. 

He dicho esto, no para que luego canonicemos a los que nos pa- 
rece van por camino de contemplación, que este es otro extremo del 
mundo y solapada persecución de la virtud, santificar luego a los 
que tienen especie Idella. Porque a ellos les dan motivo de vana- 
gloria, y a la virtud no hacen mucha honra, antes la ponen en lugar 
peligroso; porque cuando los que fueron tan alabados cayeren, más 
detrimento padece el honor de la virtud, que si nunca fueran tan es- 
timados; y así, tengo por tentación del demonio estos encarecimientos 
de la santidad de Jos que viven en este mundo. Que tengamos buena 
opinión de los siervos de Dios, muy justo es; mas siempre los mi- 



APÉNDICES 2lá 

remos como gente que está en peligro, por buenos que sean, y que el 
ser buenos no nos es manifiesto tanto que nos podamos segurar 
aún de presente. < 

Considerando yo ser así verdad lo que tengo dicho, siempre he 
procedido con recato en la examinación desta relación de la oración 
y vida desta religiosa, y ninguno ha sido más incrédulo que yo en 
lo que toca a jsus visiones y revelaciones, aunque no en lo que toca a 
la virtud y buenos deseos suyos; porque dcsto tengo grande expe- 
riencia de su verdad, de su obediencia, penitencia, paciencia y ca- 
ridad con los que la persiguen, y otras virtudes, que quienquiera 
que la tratare, verá en ella; y esto es lo que se puede preciar como 
más cierta señal del verdadero amor de Dios, que las visiones g re- 
velaciones. Y tampoco menosprecio sus revelaciones, y visiones y arro- 
bamientos, antes sospecho que podrían ser de Dios, como en otros 
santos lo fueron, mas en este caso siempre es más seguro quedar con 
miedo y recato; porque en habiendo seguridad, tiene lugar el diablo 
de hacer sus tiros, y lo que antes era quizá de Dios, se trocará y 
será del demonio. 

Y resuélveme en que este libro no está para que se comunique a 
quienquiera, sino a los hombres doctos y de experiencia y dis- 
creción cristiana. El está muy a propósito del fin para que se es- 
cribió, que fué dar noticia esta religiosa de su alma a los que la 
han de guiar para no ser engañada. De una cosa estoy yo bien cierto, 
cuanto humanamente puede ser, que ella no es engañadora; y así 
merece su claridad que todos la favorezcan en sus buenos propósi- 
tos y buenas obras. Porque de trece años a esta parte, ha hecho 
hasta una docena, creo son los monesterios de monjas descalzas Car- 
melitas (1), con tanto rigor y perfeción como los que más, de que darán 
buen testimonio los que los han visitado, como es el Provincial domi- 
nico, Maestro en sagrada Teología, Fr. Pedro Fernández, y el Maes- 
tro Fr. Hernando de Castillo y otros muchos. Esto es lo que por 
ahora me parece acerca de la censura deste libro, sujetando mi 
parecer al de la Santa Madre Iglesia y de sus ministros. Fecha en 
el Colegio de San Gregorio de Valladolid, en siete días de Julio 
de 1575 años. — Fr. Domingo Bañes. 



1 Once había íundado para esta techa: Avila, Medina del Campo, Malagón, Valladolid, 
Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas y Sevilla. ' 



214 APÉNDICES 



XXVII 



PROFESIÓN DE SANTA TERESA EN SAN JOSÉ DE AVILA (1). 



Digo yo, Teresa de Jesús, monja de Nuestra Señora del Carmen, 
profesa en la Encarnación de Avila y aiiora de presente estoy en San 
Josef de Avila, adonde se guarda la primera Regla, y hasta ahora 
yo la he guardado aquí con licencia de nuestro reverendísimo padre 
General, Fray Juan Bautista, y también me la dio para que, aunque me 
mandasen los perlados tornar a la Encarnación, allí la guardase. Es 
mi voluntad de guardarla toda mi vida, y ansí lo prometo, y renuncio 
todos los Breves que hayan dado los Pontífices para la mitigación de 
la dicha primera Regla, que con el favor de Nuestro Señor la pienso 
y prometo guardar hasta la muerte, y porque es verdad, lo firmo de 
mí nombre. Hecha a XIII días del mes de Julio, año de JVl.DLXXI.— 
Teresa de Jesús, Carmelita. 

Presens fui: 

El Maestro Daza.— Fray Mariano de Sto. Benedicto, presens fui. — 



1 El original se venera en las Carmelitas Descalzas de Calahorra, de letra de la misma 
Santa. R continuación de la firma de ella, pusieron la sutja los testigos que aquí se expre- 
san, g por último, el P. Pedro Fernández confirmó en e! mismo documento, de su puño y letra, 
la renuncia de la Santa a la Regla mitigada y le señaló conventualidad en los monasterios de 
la Reforma. En cuanto al dia de la profesión, en que discrepan los manuscritos antiguos, fué el 
13 de Julio. Proviene la discrepancia de haber puesto primero en números romanos, el día VIII, 
y luego, sin borrar enteramente el V, le cruzó con una linea, para indicar el trece. El día trece 
seflala también María de San José en su Libro de Recreaciones, página 89, grande autoridad en 
la materia. La razón de haber hecho la profesión de Descalza después de tanto tiempo como se 
había fundado la Reforma, fué, adema."? de la que expresa la Santa, haber ordenado el P. Comi- 
sario apostólico que las que pasasen de la Regla mitigada debían primero renunciar a ella y 
profesar la Descalcez. Dice María de San José en el lugar citado: 

«Otra duda podrá quedar, a la cual quiero satisfacer, y es cómo habiendo ya nueve años 
que se había fundado el primer monasterio, estando ya fundados ocho, renunció ahora nuestra 
Madre la Regla mitigada y promete vivir en la primitiva, y cómo en su renunciación no hace 
memoria de que ella fundó, ni comenzó esta vida. A esto último, respondido está en su gran 
humildad; a lo primero, digo que ya tenía renunciado desde el principio, como de la misma re- 
nunciación se puede colegir, y fué con licencia de nuestro reverendísimo Padre General, Fray Juan 
Bautista <de Ravena, que había estado en España al principio de la fundación del primer monas- 
terio; con que se alegró mucho, y mostró grande amor y favoreció a nuestra Madre y religiosas 
de él, como tan santo y deseoso de la reformación de la Orden de la Virgen, de quien era tan 
devoto, como verdadero hijo de esta Santísima Madre, aunque sintió verle sujeto al Ordinario y 
leprendió a los religiosos por no la haber querido admitir. Pero, por remediar este dolor, que lo era 
para él grande tener fuera de su obediencia aquella casa, que él llamaba santuario, dio a nues- 
tra Madre facultades para fundar donde se ofreciese, y obligóla con precepto a que ninguna 
fundación que saliere, dejase de admitir, en cualquiera de los lugares de España. Y conclu- 
Uendo, cuanto al renunciarlo ahora en público, fué porque el Padre Visitador había hecho una 
ley que, cualquiera de las monjas de la Mitigación que quisiese quedar en nuestros conventos 
obligándose a guardar la Regla primitiva, hiciese su renunclacióu de la mitigada en público, 
como se hace la profesión, y así comenzó nuestra Madre». 



APÉNDICES 215 

Prcscns fui: Francisco de Salcedo. — Hálleme presente: Fray Joan de 
la Miseria. — Presens fui: Julián Dávilo. 

Yo, fray Pedro Fernández, Comisario apostólico en la Provincia de 
Castilla de la Orden del Carmen, acepto la dicha renunciación a peti- 
ción de la dicha Madre, como prelado della, y la quito de la con- 
ventualidad de la Encarnación, y hago conventual de los conventos 
de la primera Regla, y agora la asigno y hago conventual del mo- 
nasterio de Descalzas de Salamanca, y por cualquier vía que acabe 
el oficio de priora de la Encarnación, que al presente tiene, la revoco 
del dicho monasterio y la hago moradora del dicho monasterio de 
Salamanca, y durante el dicho oficio también quiero que, en cuanto 
a la conventualidad, pertenezca al dicho monasterio de Salamanca; 
aunque por esto no le quito el oficio de priora de la Encarnación, 
que bien lo puede ser con pertenecer su conventualidad a Salamanca; 
y si acaso en la Orden del Carmen hay ley en contrario, por esta 
vez yo la revoco y de mi autoridad uso lo dicho. Fecha en Medina 
del Campo, a seis de Octubre de rail y quinientos y setenta y un 
años. — Fray Pedro Fernández, Comisario apostólico (1). 



1 En e! archivo de las Carmelitas Descalzas de Salamanca se llalla un traslado muy 
antiguo de este documento. Queda corregido por la fotografía que poseemos del autógrafo 
de Calahorra. Encabezando este autógrafo, de letra que nos parece del P. Gracián, se lee: «Pro- 
fesión de la M. Theresa de Jhs., que me dio para que la guardase con otros papeles suyos*'. 



216 APÉNDICES 



XXVIII 



PLATICA QUE HIZO SANTA TERESA A LAS MONJAS DE LA ENCARNaCION DE AVILA, 
CUANDO HABIENDO YA RENUNCIADO LA REGLA MITIGADA, FUE A SEH PRE- 
LADA DE AQUEL CONVENTO, AÑO DE 1571 (1). 



Señoras, madres y hermanas mías: Nuestro Señor, por medio de la 
obediencia, me ha enviado a esta casa, para hacer este oficio, de que 
estaba yo descuidada, cuan lejos de merecerlo. 

Hame dado mucha pena esta cleción, ansí por haberme puesto en 
cosa que yo no sabré hacer, como porque a vuestras mercedes les hayan 
quitado la mano que tenían para hacer sus eleciones, y les hayan dado 
priora contra su voluntad y gusto, y priora que haría harto si acer- 
tase a aprender de la menor que aquí está, lo mucho bueno que tiene. 

Sólo vengo para servirlas y regalarlas en todo lo que yo pudiere; y 
a esto espero que me ha de ayudar mucho el Señor, que en lo demás 
cualquiera me puede enseñar y reformarme. Por eso vean, señoras mías, 
lo que yo puedo hacer por cualquiera; aunque sea dar la sangre y la 
vida, lo haré de muy buena voluntad. 

Hija soy de esta casa, y hermana de todas vuestras mercedes. De 
todas, o de la mayor parte, conozco la condición y las necesidades; no 
hay para que se extrañen de quien es tan propia suya. 

No teman mi gobierno, que, aunque hasta aquí he vivido y gobernado 
entre Descalzas, sé bien, por la bondad del Señor, cómo se han de gober- 
nar las que no lo son. Mi deseu es que sirvamos todas al Señor con 
suavidad; y eso poco que nos manda nuestra Regla y Costituciones, lo 
hagamos por amor de aquel Señor a quien tanto debemos. Bien conozco 
nuestra flaqueza, que es grande; pero ya que aquí no lleguemos con las 
obras, lleguemos con los deseos, que piadoso es el Señor, y hará que 
poco a poco las obras igualen con la intención y deseo. 



1 Hecha la profesión de Descalza carmelita, hubo la Santa de rendirse a la obediencia del 
Comisario apostólico, P. Pedro Fernández, que, después de haberlo consultado con el Defini- 
torio de los Calzados, la nombró Priora de la Encarnación. Segim María Pinel, tomó posesión, 
no sin resistencia por parte de algunas religiosas, el 6 de Octubre de 1571. La plática que en 
esta ocasión dirigió a la Comunidad, es un modelo acabado de discreción religiosa y rara habi- 
lidad de gobierno, perfectamente acomodada a las difíciles circunstancias con que entraba a 
desempeñar su oficio. Pronto conocieron las más enemigas de la nueva Priora su yerro y termi- 
naron por amarla entrañíiblemente. No escribió Santa Teresa esta plática; pero la buena memoria 
de las religiosas que la oyeron, la reprodujo después con bastante fidelidad, no sólo en los con- 
ceptos, sino también en las palabras. Yepes publicó esta plática en el capítulo XXV del libro II 
de la Vida de Santa Teresa. En algunas ediciones del siglo XVIII se reprodujo como fragmento 
de la Santa. María Pinei describe muy bien todo lo hecho por la nueva Priora al tomar po- 
sesión de su cargo Véa.se la página 107 de iste tomo. 



"iPENplCES 217 



XXIX 



CARTA DE FRAY PEDRO FERNANDEZ A LA DUQUESA DE ALBA ALABANDO EL 
GOBIERNO DE LA M. TERESA EN LA ENCARNACIÓN (1). 



lima, y Exorna. Señora: 

Cuando V. E. me mandó que diese ucencia a la Madre Teresa de 
Jesús, se me representaron algunos inconvenientes; y ninguno me pa- 
reció mayor que no hazer lo que V. E. me mandaba, y ansí gusté de 
comunicar mi escrúpulo, y mucho más de hallar quien en alguna ma- 
nera le quitase. 

Venido aquí, hallo a la Madre con tan grande escrúpulo, que me 
lo ha puesto a mí también, y no sin fundamento. Dezirlo he a V. E. 
y lo que más hay de nuevo; y, si V. E. juzgare no ser bastante, 
yo fiaré mi alma de la de V. E. 

El escrúpulo de la Madre es, diciéndole que por algún tiempo 
era necesario ir a Alba, porque V. E. se servía dello, fuera de ser 
necesario para esa casa que ahí se halle, me respondió quel Señor 
Obispo de /\vila había escripto a Su Santidad de Pío V la necesidad que 
había de que esta Madre viese los monesterios que había fundado 
y acabase lo comenzado, y muchas cosas en esta razón. Su Santidad 
respondió que no saliese de su monesterio; y el Sr. Obispo tiene esta 
respuesta, contra la cual ya V. E. vee lo que yo puedo hacer. 

Y cuando esto no fuere ansí, sabiendo V. E. lo de acá, entiendo 
que juzgará que se esté por agora. 

El monesterio de la Encarnación es de ciento e treinta monjas. 
Están todas con la quietud y sanctidad que están las diez o doce 
Descalzas que hay en ese monesterio, que a mí me ha hecho extraña 
admiración y consuelo. Todo esto es por la presencia de la Madre; 
y a faltar ella agora un solo día, como la costumbre de la libertad 
dcsta casa ha sido tan añeja y las raíces de la bondad que agora hay 
tan cortas, porque son, cuando mucho, de un año, quitado el freno y 
el respeto de andar sobre esta labor, se volvería como antes, porque 
esta flaco el fundamento. 

Y esto es tan cierto, que todas las que aquí tienen más celo, lo 
entienden así; y la Madre lo vee tan claro que dice que, aunque de 



1 Ciertas dificultades que se habían suscitado entre las Carmelitas y algunos vecinos de 
Alba de Tormes, reclamaban la presencia de Santa Teresa en aquella villa. Pidiéronselo con 
instancia al P. Comisario Apostólico de la Orden del Carmen, entre otras personas, la Excelen- 
tísima Duquesa de Alba. La petición dio lugar a que el P. Pedro Fernández escribiese esta 
carta, que incluye un elogio magnífico del gobierno de Santa Teresa en la Encarnación. Esta 
es la razón de traerla aquí, tomada de la obra Documentos escogidos del Urchivo de la Casa 
de ñlba. p. 455. 



218 APÉNDICES 

no salir de aquí se siguiese que se deshiciesen dos o más monesterios 
de Descalzas, lo tendría por menos inconveniente que dexar a tal 
sazón éste, donde, con su presencia, hay esperanza de dar asiento y 
firmeza en lo porvenir. 

Fuera de esto, como la Madre vino aquí con tanta violencia y 
ruido, y a tanta costa del sosiego destas religiosas, a las cuales yo 
he tenido penitenciadas, al tiempo que las va ganando y que está 
la labor en flor y no ha llegado a grano, dexarla es de grande in- 
conveniente y escrúpulo. 

Yo sé que si V. E. viera el estado en que está el negocio, que 
me mandara que en ningún caso tratara de mudanza, y que inpidiera 
las licencias del Papa, si las hubiera; porque todo lo de las Descal- 
zas es tener, por un año o dos, descomodidad de casa y abrigo en 
cosas temporales; lo de acá es quedar sin fundamento y sin asiento en 
lo espiritual; porque pasada esta ocasión, ninguna esperanza queda para 
adelante, y porque del todo se haga lo posible para el buen orden 
desta casa y ,para que persevere. 

Yo me he detenido aquí, casi quince días, en ordenar el convento 
de los frailes de modo que pueda hacer ayuda y no estorbo al de las 
monjas, y traído aquí algunos descalzos, no para que el convento sea 
de Descalzos, sino para que le gobiernen conforme a sus leyes, que si 
las guardan, serán sanctos. 

Dexo por presidente al P. Fray Antonio, Prior de Toledo, y Su- 
prior otro padre de pancera; y, para dar a estos padres aliento, 
es necesario la presencia de la Madre. 

Con el buen orden que se toma, y la buena esperanza que hay 
de firmeza en él, después que yo aquí vine, se le ha quitado del todo 
a la JWadre la cuartana y está buena. Espero en Dios que ha de llevar 
esta labor tan adelante y tan presto, que la Madre pueda en breve 
dexar el oficio. 

De la muerte de la Sra. Marquesa de Velada me ha cabido a mí 
la parte que es razón; y, como capellán de la casa, he hecho lo que 
he podido: encomendarla a Dios. Ella era tal, que entiendo que está 
gozando del. 

ñl Francisco Velázquez yo le escribo que yo daba la licencia que 
V. E. me mandó, y que por la Madre ha quedado, y también por 
el estado en que están los negocios de aquí. 

Guarde nuestro Señor la excelentísima persona de V. E. en su 
gracia, etc. De Avila', a 22 de Enero de 1573. 

Siervo y capellán de V. E. 

Fray Pedro Fernández. 



APÉNDICES 219 



XXX 



PLTICION DE D.8 GUIOMAR DE ULUOrt A D. ALVARO DE MENDOZA, OBISPO 
DK AVILA, PARA QUE LA COMUNIDAD DE CARMELITAS DESCALZAS DE SAN 
JOSÉ PASE A LA OBEDIENCIA DE LOS PRELADOS DE LA ORDEN. EL SR. OBISPO 
ACCEDIÓ A LA PETICIÓN (1). 



¡n Deí nomine, Amen. Sea notorio a los quel presente público 
testimonio vieren, cómo en la muy noble ciudad de Avila, a veinte y 
siete días del mes de Julio, año del nascimiento de Nuestro Salvador 
Jesucristo de mil e quinientos y setenta e siete años, estando ante el 
ilustrísimo y reverendísimo señor D. Alvaro de Mendoza, obispo de 
Avila, del Consejo Real de su Majestad, en presencia de mí Gaspar 
Vázquez Salazar, notario público del número de la audiencia eclesiástica 
de la ciudad e obispado de Avila y de los testigos yuso ascriptos, fué 
ante su Señoría Ilustrísima presentada, y por mí, el dicho notario 
leída, una petición del tenor siguiente: 

Ilustrísimo e Reverendísimo Señor: D." Yomar de Ulloa, vecina 
desta ciudad de Avila, digo que por la Bula apostólica que yo obtuve de 
Su Santidad para fundar el monesterio de San Joseph, extramuros desla 
ciudad, de la Orden de Nuestra Señora del Carmen, Descalzas, recorrí 
a V. s. y le pedí y supliqué diese facultad y licencia para que se 
fundase el dicho monesterio, quedando debaxo de la obediencia y sub- 
jeción de v. s. y de los otros señores perlados obispos que por tiempo 
fueren de la ciudad de Avila; y ansí v. s. dio la dicha licencia y 
facultad para le fundar. E se fundó y ha estado siempre debaxo 
de la gobernación de v. s. Y porque en algunos arzobispados y obis- 
pados están fundados muchos monesterios de monjas de la dicha Or- 
den debaxo de la obediencia y subjección de sus superiores perlados 



1 Santa Teresa siempre se inclinó a dar la obediencia de sus conventos a los superiores 
de la Orden; por circunstancias bien especiales hubo de poner el de San José de Avila bajo la 
jurisdicción del Ordinario, no sin haber pedido antes la del Provincial de los Carmelitas Calza- 
dos. Vencidas ya las dificultades, de nuevo intentó ponerlo debajo de los prelados de la Reli- 
gión, a lo cual la urgió Nuestro Seflor, según dice ella misma en el Libro de las Fundaciones 
por estas palabras: «Convenía que las monjas de S. Josef diesen la obediencia a la Orden, que 
lo procurase, porque a no hacer esto, presto vendría en relajamiento aquella casa». Estaba en- 
tonces la Santa en Toledo y sometió el intento al Doctor Velázquez que a la sazón la confesa- 
ba, aprobándolo sin reparo. Temía lo sintiese D. Alvaro de Mendoza, quien tanto había favo- 
lecido al monasterio de S. José, pero el Sr. Obispo, vistas las razones que había para tal deter- 
minación, vino pronto en ello, no sin manifestar su deseo de ser enterrado en la capilla mayor 
del convento de S. José, muriese donde muriese, y de que la Santa también reposase en la misma 
iglesia. Hizo la petición al seftor Obispo D.a Gulomar de Ulloa, la buena y fiel amiga de la 
Santa. Por primera vez se publica este documento interesante según la fotografía que sacamos 
de la copia notarial que del mismo Gaspar Vázquez de Salazar poseen las Carmelitas Descalzas 
de Avila. 



220 APÉNDICES 

de la dicha Orden y este dicho monesterio está solo debaxo de la 
obediencia del obispo de Avila, y por muchas causas y razones sería 
y es gran inconveniente estar sólo debaxo de la sujección del obis- 
po, porque pido e suplico a v. s. sea servido de mandar absolver a la 
priora y monjas del dicho monesterio de la obidencia y subjectión que 
le tiene prestada, y asi absueltas remitillas al perlado superior de la 
dicha Orden del Carmen, y que le presten la obidencia y subjectión y 
andar debaxo de su gobernación conforme a como andan estos mones- 
terios de la misma Orden; para lo cual todo y en lo necesario el per- 
miso de V. s. imploro e pido justicia. Doña GiUomar de Ullon. E 
presentada en la manera que dicha es e por s. s. admitida, s. s. mandó 
a ímí el dicho notario que se notifique e dé traslado a la priora, mon- 
jas e Iconvento del dicho monesterio de Señor S. Joseph desta ciudad, 
para si quisieren decir alguna cosa de su parte acerca de lo en la 
dicha petición contenido lo digan ante su señoría, por sí o por su pro- 
curador, que Su Señoría las oirá e guardará justicia, h todo lo cual 
fueron presentes por testigos Juan Valiño y Juan de Castañeda y 
JWateo Sánchez, vecinos de la dicha ciudad, familiares de su seño- 
ría Ilustrísima. Pasó ante mí: Gaspar Vázquez Salazar. 

E después de lo susodicho, en la dicha ciudad de Hvila, a veinte 
e ocho días del dicho mes de Julio del dicho año, en cumplimiento 
de lo por su Señoría Ilustrísima mandado e proveído, yo, el dicho 
Gaspar Vázquez, noté estando dentro del monesterio de Señor S. Jo- 
seph de la dicha ciudad, a la red del locutorio, juntas y congregadas 
en la sala del dicho locutorio por dentro, a campana tañida, según 
lo han de uso c costumbre congregarse las señoras Teresa de Jesús, 
priora del dicho monesterio, e María de S. Jerónimo, sopriora, e Isabel 
de S. Pablo, e María de S. José, e Ana de Jesús, e María de 
Cristo, e Petronila Bautista, e Isabel Bautista, e Ana de San Pedro 
Mariana de Jesús monjas profesas del dicho monesterio, las leí e 
intimé e notifiqué la dicha petición, e lo en ella contenido, e por 
su señoría proveído' e mandado. Las cuales, habiéndolo oído y enten- 
dido, respondieron que ellas no tenían qué decir e alegar contra lo 
en la dicha petición contenido, antes todas ellas, e uno a uno y con- 
formes, nemine discrepante, dixeron que lo mismo que la dicha doña 
Yomar por su petición tiene pedida e suplicado a Su S.a, eso mismo 
le piden, e suplican las dichas señoras priora e monjas del dicho mones- 
terio susodichas, y consienten por sí e por las demás monjas ausentes 
profesas de la dicha casa, que S. S.a lima, las absuelva de la obe- 
diencia que le tienen prestada por perlado, a él y a los otros sus 
subcesores, y las remitió para ser gobernadas del superior de la Orden 
de Nuestra Señora del Carmen, y al que sus veces tuviere para go- 
bernar las monjas desta Orden de Descalzas; para que ellas así absuel- 
tas y dadas por libres de la obediencia que tienen dada a Su S.3 y sus 
subcesores, la puedan prestar y dar de nuevo al superior de la 
dicha üraen, para estar e permanecer subjetas debajo de su go- 
bernación y jurisdicción, a lo cual fueron presentes por testigos Julián 
Dávila, clérigoi, y Francisco Alonso, vecinos de la ciudad de Avila. Pasó 
ante mí, Gaspar Vázquez Salazar. 

E después de lo susodicho, en la dicha ciudad de Avila, a dos días 



APÉNDICES 221 

del mes de Agosto del dicho año estando Su S.a Illma. don ñlvaro 
de Mendoza, obispo de ñvila, del Consejo de Su Majestad, susodicho, 
visto por S. S.3 la petición presentada por parte de doña Yomar de 
Ulloa e por parte del dicho monesterio, priora, monjas e convento, e lo 
por ellas respondido autuado e hecho, e visto que de la Orden de 
las Descalzas de Nuestra Señora no hay más de este monesterio sub- 
jecto al obispo y los demás monesterios fundados de esta orden estar 
subjectos a los superiores della, si lo que por justas causas e ra- 
zones que a ello le mueven, e usando e conformándose con lo que 
en este caso de derecho está escripto absolvía e absolvió a la priora, 
monjas c convento del dicho monesterio de la obediencia que le 
tenían prestada, e dada como a obispo de Avila e a sus subceso- 
res, e las libraba de la dicha obediencia, e así libradas e absueltas, las 
remitía e remitió, trasfería e trasfirió al superior de la Orden de 
nuestra Señora del Carmen, y a quien sus veces tuviere, para que de 
nuevo le den la obediencia y subjección para que perpetuamente anden 
debajo de su gobernación e amparo, según y de la manera que 
los demás monesterios de monjas descalzas de la dicha Orden están 
fundados en cualesquier arzobispados e obispados de los reinos de 
Castilla, e ansí lo proveyó, e mandó e firmó de su nombre, siendo 
presentes por testigos los señores don Diego del Águila, e Alonso Yera, 
c Lorencio de Cepeda, vecinos de la dicha ciudad de Avila. 
Pasó ante mí, Gaspar Vázquez Salazar. 



222 APÉNDICES 



XXXI 



PATENTE POR I.A QUE SE ASIGNA A SANTA TF,RKSA CONVENTUALIDAD Y ENTERRA- 
MIENTO EN SAN JOSÉ DE AVILA (1). 



Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, Comisario Apos- 
tólico de la Orden de Nuestra Señora del Carmen en la Provincia 
de Andalucía, y Descalzos de Castilla, así frailes como monjas, etc. 
Por la presente y por la autoridad Apostólica a mí concedida, asigno 
por conventual del ^Monesterio de las Descalzas de Señor San Joseph 
de Avila a la Reverenda Madre Teresa de Jesús, fundadora de las 
Monjas Descalzas desta Orden, y que, cuando Dios fuere servido de 
llevársela, se entierre €n este dicho Convento, atento que esta casa 
fué la primera casa de la Fundación desta Orden donde la dicha 
Madre hizo profesión de Descalza, y principalmente atento que en 
esto se dará algún gusto y se hace algún servicio al Ilustrísimo señor 
don Alvaro de Mendoza, obispo de Avila, a quien toda nuestra Orden 
tiene por padre y señor y fundador desta casa y de toda la Orden, 
no obstante que el muy Reverendo Padre Fray Pedro Fernández, 
Visitador Apostólico, la asignó fundación de San Joseph de Sala- 
manca, porque aquello se entiende por tiempo de los tres años en que 
se entienden las filiaciones, los cuales cumplidos queda libre de la 
dicha casa, y atento que entonces esta casa era subiecta al Reveren- 
dísimo Ordinario. En fe de lo cual di esta, firmada de mi nombre, 
sellada con el sello de nuestro oficio. Fecha a 31 de Agosto 1577. 

Fr. Jerónimo Gracián de la Madre de Dios. 



1 El original firmado por el P. Gracián se halla en el Archivo Histórico Nacional: Papeles 
de las Carmelitas de S. José de ñvila. Con esta patente satisfacía el venerable Padre les de- 
seos de aquella Comunidad, los del buen obispo y protector de ella, D. Alvaro de Mendoza, 
y los de la Reforma de la Descalcez carmelitana. Es de notar que el P. Gracián extendió esta 
patente pocos días después de haber pasado a la obediencia de la Orden el convento de las 
Descalzas de Avila. 



APÉNDICES 223 



XXXII 



ESCRITURA ACERCfl DE Lfl CAPILLA DE S. PABLO ENTRE LAS CARMELITAS DESCAL 
ZAS DE SAN JOSÉ DE AVILA Y FRANCISCO DE SALCEDO. 



(22 de Abril de 1579) (1). 



In Dei nomine, Amen. Conoscida cosa sea a todos los que la pre- 
sente Escritura vieren, cómo nos, la madre fundadora Teresa de Jesús, 
priora, monjas c convento del Monesterio de San Jusepe, extramuros 
de la ciudad de Avila, estando, como estamos, juntas e congregadas a 
nuestro capítulo, a la red del locutorio del dicho monesterio, llamadas 
a son de campana, según lo tenemos de uso e costumbre de nos juntar 
para las cosas tocantes al dicho monesterio, y estando especialmente 
presentes nos, la Madre Teresa de Jesús, fundadora de dicho mo- 
nesterio, e María de Cristo, priora, e Isabel de San Pablo, Antonia 
del Espíritu Santo, ,María de San Jerónimo, María de San Jusepe, Ana 
de Jesús, Petronila Batista, Isabel Batista, Ana de San Pedro, e Ma- 
riana de Jesús e Catalina de Jesús, e Catalina del Espíritu Santo, 
todas monjas profesas e capitulares del dicho monesterio, por nos- 
otras mismas e por las ausentes, e por las que después de nos su- 
cedieren en el dicho monesterio para siempre jamás, de la una parte, 
e de la otra yo, Francisco de Salcedo, clérigo, vecino desta dicha ciudad 
de Avila, cada parte por lo que le toca de lo que yuso en esta 
Escritura será declarado, decimos: que por cuanto de consentimiento 
e voluntad de nos, la dicha Fundadora e convento, el dicho Señor Fran- 
cisco de Salcedo hizo e fundó la Capilla que dicen de el Señor San 
Pablo, que está junto y pegada al dicho monesterio de San Jusepe, la 
qual hizo y edificó desde sus cimientos en suelo propio del dicho mo- 
nesterio, lo cual se hizo para que el dicho Señor Francisco de Sal- 
cedo, de sus bienes propios, dotase la dicha Capilla por la forma que 
conviniese al servicio de Dios Nuestro Señor e utilidad del dicho mo- 
nesterio, y el dicho señor Francisco de Salcedo quiere dotar la dicha 



1 El caballero santo, como llamaba Santa Teresa a Francisco de Salcedo, conservó su 
buena amistnd con la M. Fundadora hasta su muerte, acaecida en 1580. Eligió para enterramiento 
la capilla de S. Pablo, que él había edificado, adosada al primitivo convento de S. José, dotán- 
dola de algunos bienes, según las condiciones estipuladas entre él y la Comunidad. Publicamos 
hoy esta Escritura sacada de un traslado que en Iñ de Julio de 1615 hizo, a pedimento de Do- 
mingo González, en nombre de las Carmelitas Descalzas de Avila, Juan Díaz, escribano pú- 
blico del número de aquella ciudad. Perteneció la copia al convento de Avila. Hog se halla en 
el Archivo Histórico Nacional. (Papeles de las Carmelitas Descalzas de San José de ñvila). 
En el Archivo de las dichas religiosas se conserva otro traslado antiguo, que también hemos 
tenido presente para la corrección de pruebas. 



224 APÉNDICES 

Capilla, e para que en ella haya perpetuidad e sea propia del dicho Se- 
ñor Francisco de Salcedo, de la manera e forma que abajo se dirá, 
nos, ambas las dichas partes, nos hemos convenido e convenimos en la 
forma c manera siguiente. 

Condiciones. — Primeramente que nos, la dicha Fundadora, monjas e 
convento del dicho monesterio de San Jusepe, por nosotras mismas y 
en nombre del dicho monesterio e por las religiosas que en el suce- 
dieren de aquí adelante para siempre jamás, no estante que la dicha 
Capilla esté fundada y hecha en suelo propio del dicho monesterio, 
seamos obligadas e nos obligamos, y el dicho monesterio e convento, 
de no pedir, ni pediremos, a el dicho señor Francisco de Salcedo, ni a 
sus herederos ni subcesores, cosa alguna por razón de lo susodicho, 
y si alguna cosa se ie pidiere o demandare, que sobre ello no seamos 
oídas en juicio ni fuera dól, y queremos e tenemos por bien que agora 
e de aquí adelante, para siempre jamás, se dequede la dicha Capilla 
para el dicho señor Francisco de Salcedo, en propiedad y posesión, y 
que el dicho señor Francisco de Salcedo se pueda enterrar y en- 
íierre libremente en ella, en la parte o lugar que él o sus testamen- 
tarios escogieren e señalaren, y ansiraismo se pueda enterrar y entierre 
cíi la dicha Capilla los subcesores del vínculo que dejó el señor Ra- 
cionero, Vicente de Salcedo, y en los bienes del, o parte de ellos, 
para siempre jamás, sin que se les pueda impedir ni estorbar, e con 
que otra persona ninguna no se pueda enterra!- ni entierre en la dicha 
Capilla, salvo si las monjas o religiosas del dicho monesterio se qui- 
siesen enterrar en la dicha capilla lo puedan hacer; y enterrándose 
las dichas religiosas en la dicha Capilla no se pueda enterrar otra 
persona ninguna de los susodichos, salvo el dicho señor Francisco 
de Salcedo, e en la sepultura que él se enterrare no se pueda enterrar 
en ningún tiempo, para siempre jamás, otra persona alguna, ora sea 
religiosa, o de otra calidad. 

Iten, nos, el dicho convento, prometemos e nos obligamos e al 
dicho monasterio e sucesoras en él, de que no cubriremos ni se cubri- 
rá, agora ni para siempre jamás, el patio que está delante de las 
puertas de la iglesia del dicho monesterio e capilla de San Pablo, 
ni se alargará la dicha iglesia más hacia el dicho patio y capilla, sino 
que por la parte de la puerta de la dicha iglesia e capilla se estará 
como al presente está, e nos, la dicha Priora, monjas e convento 
hemos de tener las llaves de la dicha capilla de San Pablo para la 
tener con la limpieza e decencia que conviene. 

Iten, yo, el dicho Francisco de Salcedo, prometo e me obligo de 
dotar e que dotaré la dicha Capilla de hacienda bastante para que 
se den en cada un año al capellán, que sirviere la dicha Capilla, 
seis mil maravedís, e cuatro mil maravedís para un sacristán que sirva 
la dicha Capilla en cada un año, e ansimismo para aceite a la lám- 
para e para cera, vino y hostias, e reparos de la dicha Capilla lo 
necesario, por la traza e orden, formai, e manera e condiciones que yo 
porné c dejaré en mi testamento, y postrimera voluntad e memoria, 
lo dejaré al tiempo de mi fin y muerte, o en otra cualquier manera. La 
hacienda que yo así dejare para la dicha dotación de la dicha Ca- 



APÉNDICES 225 

pilla, se ha de beneficiar e beneficie por el capellán que fuere de la 
dicha Capilla, el qual ha de arrendar g arriende la dicha hacien- 
da, con parecer del señor Doctor Rueda, canónigo en la Calonxía 
de Letura de la Santa Iglesia Catredal de esta ciudad de ñvila, e de 
los que sucedieren en la dicha calonxía e prebenda después del, el 
cual dicho capellán haya de cobrar e cobre los frutos e rentas de la 
dicha hacienda; e por el trabajo que en esto ha de tener e tomar, 
se le dé e ha de dar lo que al dicho señor Doctor Rueda e sucesores 
en la dicha su calonxía e prebenda pareciere; y si al dicho señor Doc- 
tor Rueda y sucesores en la dicha calonxía pareciere que el cuidado 
e administración de la dicha hacienda le tenga el mayordomo del 
dicho monesterio, si en algún tiempo le hobiere, o el capellán del 
dicho monesterio, que en tal caso se lo pueda encargar e darle 
lo que le pareciere por su trabajo. 

Iten, que el dicho señor Doctor Rueda y el que sucediere en la 
dicha su calonxía e prebenda, haya de tomar e tome cuenta al cape- 
llán e persona que administrare y arrendare la dicha hacienda en cada 
un año, para siempre jamás, por el fin del mes de Mayo, las cuales 
cuentas se han de hacer en su casa; e por su trabaxo e cuidado que 
ha de tener en lo susodicho, se le dé e pague mil maravedís en cada 
un año, fenecidas las dichas cuentas. 

Nombramiento de Capellán y Sacristán. — Iten, para que los ca- 
pellanes c sacristanes que hobieren de servir y estar en la dicha Ca- 
pilla, sea a contento de la dicha señora Priora, e religiosas e con- 
vento e del dicho monesterio, la dicha señora Priora y religiosas hayan 
de nombrar e nombren para siempre jamás capellanes e sacristanes 
para la dicha Capilla, contando que éstos no sean ni han de ser 
capellanes ni sacristanes de la dicha iglesia^ e monasterio de San Jusepe, 
ni criados del dicho monesterio. 

Iten, que cada c cuando y en cualquier tiempo que al dicho 
señor Doctor Rueda y sucesor en la dicha su calonxía y prebenda 
pareciere que los dichos capellanes e sacristanes, o qualquier de ellos, 
no sirven bien la dicha Capilla, ni son convenientes para el dicho 
servicio, por sola su voluntad, sin otra causa ni enformación algu- 
na, los puedan quitar y remover, e la dicha señora Priora e religio- 
sas del dicho monesterio puedan nombrar y nombren otros capella- 
nes e sacristanes que convengan a la dicha Capilla; e siempre que 
parezcan no ser convenientes para el servicio de la dicha Capilla 
los tales capellanes e sacristanes, puedan ser y sean removidos e 
quitados por la orden susodicha; e muriéndose los dichos capella- 
nes e sacristanes e siendo removidos, como dicho es, la dicha se- 
ñora Priora e religiosas del dicho monesterio, para siempre jamás, 
puedan nombrar e nombren los tales capellanes e sacristanes, por la 
orden susodicha. 

Iten, reservo en mí, yo, el dicho Francisco de Salcedo, facultad para 
que en mi vida, por disposición entre vivos, e por mi testamento, o en 
otra cualquier manera, puedan dar y señalar a los dichos capellanes c 
sacristanes que han de ser de la dicha Capilla, más o menos salarlo del 
que de suso va puesto e señalado, y aquello que yo así declarare y 

II 15 



226 flPEnmcES 

esefialarc se guarde; e cumpla, sin embargo de esta Escritura e de lo 
que en ella va declarado. Todo lo cual, que dicho es e en esta Es- 
critura se contiene, nos, ambas las dichas partes, prometemos e nos 
obligamos de lo guardar y cumplir en todo y por todo, según 'j de la 
manera y forma que arriba va declarado, inviolablemente, de manera 
que para siempre jamás en todo tiempo sea firme y se cumpla como 
dicho es; e nos, el dicho convento, prometemos e nos obligamos y el 
dicho monesterio e sucesoras en él, de no reclamar de esta Escritura, 
ni decir, ni alegar haber sido en ella lesas ni engañadas, ni otra causa, 
ni excución ni defensión alguna, aunque nos competiese, declarando, como 
declaramos, decimos e confesamos, que no enbargantc que la dicha 
Capilla está hecha y edificada en suelo propio del dicho monesterio, 
se hizo, labró y edificó a la propia costa y expensa del dicho señor 
Francisco de Salcedo^, e de sus bienes e para él, e que la dicha Ca- 
pilla y edificio della es en gran beneficio e utilidad, ornato y apro- 
vechamiento del dicho monesterio, ansí por la dotación que en ella se 
ha de hacer e hace, como por la eleción que el dicho convento ha de 
hacer de capellanes e sacristanes para el servicio de dicha Capilla, 
como por lo demás que va especificado en esta Escritura de suso. 
E otro sí, nos, las dichas Priora y religiosas del dicho monesterio, pro- 
metemos y nos obligamos, e ponemos con el dicho señor Francisco 
de Salcedo, que dentro de dos meses primeros siguientes, traeremos 
aprobación y ratificación de esta Escritura e de todo lo en ella con- 
tenido de nuestro P. Provincial de la Regla de nuestra Orden, e que 
apruebe, e ratifique, e dé por buena esta Escritura e todo lo contenido 
en ella, para que tenga cumplido e verdadero efecto para siempre jamás; 
para lo cual, todo que dicho es e cada cosa c parte de ello, ansí 
cumplir e guardar, e haber por firme, nos, la dicha Fundadora, Priora, 
e religiosas, monjas,' e convento del dicho monesterio, obligamos los bie- 
nes propios, frutos y rentas de él; e yo, el dicho Francisco de Salcedo, 
obligo mi persona e bienes muebles e raíces, habidos e por haber, 
e ambas partes, cada uno por lo que le toca, damos poder e juris- 
dición a todgs e cualesquier justicias y jueces de Su Majestad de todas 
las ciudades, villas e lugares de estos Regnos e Señoríos de Su 
Majestad, que de ello puedan y deban conocer, a cuya jurisdición nos 
sometemos, e renunciamos nuestro propio fuero, jurisdición e dominio 
y el privilegio de la ley Si convenerit furisdic. omniam judicum, para 
que por todo rigor e premio del derecho nos compelan e apremien a 
lo ansí cumplir, e pagar e haber por firme, bien e tan cumplida- 
mente como si lo que dicho es y cada cosa e parte dello fuese sen- 
tencia difinitiva de juez competente, dadq) a nuestro pedimento y oor nos 
fuese consentida, no apelada, pasada en cosa juzgada, de que no ho- 
biese apelación, ni otro remedio alguno; sobre lo cual renunciamos 
todas e cualesquier leyes, fueros e derechos e ordenamientos canó- 
nicos € previlegios, escritos y non escritos, ansí en general como en es- 
pecial, g especialmente renunciamos la ley y derecho en que dice, 
que general renunciación de leyes fecha non vala. E nos, la dicha 
Priora, monjas e convento del dicho monesterio, por lo que nos toca, 
para más firmeza e validación de esta Escritura, juramos g prome- 
temos por Dios Nuestro Señor e por su gloriosa Madre, y por la 



XPENDICES 227 

señal de la Cruz, e por las palabras de los santos cuatro Evange- 
lios, do quier que son escritas, que tememos, guardaremos e cum- 
pliremos esta Escritura y lo en ella contenido, en todo e por todo, 
como en ella se contiene; e contra ella, ni parte, no iremos, ni vernemos, 
ni de ella reclamaremos, ni alegaremos la una parte, ni otra haber sido 
lesos ni dañineados, ni pediremos contra ella ningún beneficio de 
restitución in integrum, ni alegaremos otra causa, exceción ni defen- 
sión alguna, aunque nos competiese e lo pudiéramos hacer, sopeña 
de perjuros e de caer en caso de menos valer; y si lo hiciéremos 
c cumpliéremos según dicho es. Dios nuestro Señor nos ayude en 
este mundo a los cuerpos y en el otro a las ánimas; e por el 
contrario, nos lo demande mal y caramente como a malos cristianos, 
que a sabiendas juran, y jurando se perjuran en el santo nombre de 
Dios en vano, y a la fuerza del dicho juramento cada uno de nos 
decimos: ansí lo juroi, e amén. 

E otrosí, debajo del dicho juramento, volvemos a jurar, según 
de suso, que de este juramento o juramentos, ni del perjuicio del, 
si en él cayéremos, no pediremos asolución ni relajación a nuestro 
muy Santo Padre, ni a su Nuncio, Vice-canciller, Sumo Penitenciario, 
Arzobispo, ni Obispo, ni otro Prelado ni Juez alguno que poder tenga 
para nos le relajar e conceder, y en caso que propio motu, y cierta cien- 
cia e poderío asoluto, nos sea suelto e relajado, no usaremos de la tal 
asolución e relajación, aunque sea ud finen agendi tnnUitnmodo, ni 
en otra manera: c tantas cuantas veces lo pidiéremos e nos fuere 
ralajado, se entienda le hacemos de nuevo, de manera que siempre 
haya un juramento más que relajaciones; sobre lo qual renunciamos 
y apartamos de nuestro favor e ayucja las Bulas de San Pedro de 
Roma, y de Cruzada, y otros qualesquiera breves, gracias e indul- 
gencias, concedidas e por ccnceder, de que nos pudiésemos apro- 
vechar, que no nos valan en juicio, ni fuera del. En testimonio de lo 
cual otorgamos, desto que dicho es, dos cartas en un tenor, para cada 
parte la suya, ante el presente escribano y testigos de suso escrito, 
que es fecha e otorgada en la dicha ciudad de Avila, dentro del dicho 
moncsterio, a veinte y dos días del mes de Abril de mil y quinientos 
setenta e nueve años, siendo presentes por testigos, a lo que dicho 
es, el Licenciado Vareo y Julián de Avila, clérigo, y Pedro López, ve- 
cinos de Avila, y lo firmó de su nombre el dicho señor Francisco de 
Salcedo, e las dichas Fundadora, e Priora, e Isabel de San Pablo, e 
Antonia del Espíritu Santo. María de Cristo, Priora, Teresa de Jesús, 
Antonia del Espíritu Santo (1), Isabel de San Pablo, Francisco de 
Salcedo. Ante mí, Alonso Díaz. 

E yo, Alonso Díaz, escribano público de Avila fui presente a lo 
que dicho ca y fice mi signo. 



1 Como por e.ste tiempo no había tnés de una Antonia del Espíritu Santo en San José iW 
Avtla, parece eriu)vocn'~l(^n de copia la repetición de este nombre. 



228 APÉNDICES 



XXXIII 



CONFIHMAaON DE Lfl PRECEDENTE ESCRITURA POR EL P. ÁNGEL DE SALAZflR (1). 



En la Villa de Madrid, a veinte y siete días del mes de Junio, 
de rail y quinientos y setenta y nueve años, yo. Fray Hngel de Sa- 
lazar, Vicario general de los frailes y monjas Descalzos Carmelitas 
de la primera Regla, vi y leí esta Escritura de contrato arriba con- 
tenida y otorgada por parte de la Priora y Convento de San Josef 
de la ciudad de Avila, que son de nuestra Congregación, y lo loo 
y ratifico, y apruebo, según y como en ella se contiene; y a todo 
lo en ella contenido interpongo mi autoridad y decreto, por cuanto 
tengo entendido que es en pro, bien y utilidad del dicho monasterio 
de San Josef de ñvila. Y en fée y testimonio de esto, otorgué esta 
carta de aprobación y ratificación ante Roque de Huerta, notario 
público y escribano de Su Majestad, y testigos abajo escriptos, y lo 
firmé de mi nombre, y signé con mi signo; que fueron testigos a lo 
sobredicho, el Padre Fray Nicolás de Jesús María, y Juan de Casas y 
Andrés Ximenes, criados de la casa y monasterio de Nuestra Señora 
del Carmen de Madrid, estantes en esta Corte. Fray Ángel de Salazar, 
Vicario general. 

E yo, Roque de Huerta, escribano de Su Majestad y su notario 
público en la su Corte, Reynos y Señoríos, residente en ella, presente 
fui a lo que dicho es puntualmente con los dichos testigos, y doy fée, 
conosco al dicho muy Reverendo Padre Fray Ángel de Salazar, Vi- 
cario general, que confirmando y aprobando esta Escriptura, aquí fir- 
mó y selló; y en fée y testimonio de verdad lo escribí, signé y fir- 
mé. En fée y testimonio de verdad Roque de Huerta, notario público 
y escribano de Su Majestad (2). 



1 En conformidad con lo acordado en la escritura anterior, el Provincial del Carmen rntl-' 
flcó el convenio, que va adjunto al traslado de este documento, el cual, según dejamos dicho, 
se halla en el /Irchivo Histórico Nacional. 

2 /llonso Díaz, aflade: «Fecho y sacado fué este traslado de la dicha aprobación original 
I) con él corregido u concertado en la ciudad de Avila a tres días de el mes de Enero de mil u 
quinientos u ochenta g nueve años, siendo testigos Juan Díaz g Lucas Vázquez, vecinos de 
Avila, ü go Alonso Díaz, escribano público de Avila, fui presente a lo ver corregir g concertar, 
D fice mi signo etc.». 



APÉNDICES 2Íd 



XXXIV 



CAUSAS POH DONDE NO PARECE CONVIENE HACEB CAPELLANÍA DE LOS BIENES 
DE FRANaSCO DE SALCEDO (1). 



I. Porque se tuerce la voluntad del señor Francisco (le Salcedo 
de todo en todo, porque yo sé bien que todo su intento era dar auto- 
ridad a esa ilesia, y que jamás faltase de ir muy adelante, y, 
porque San Pablo fuese honrado, pospuso la ganancia, que a su alma 
había de venir de las misas, que en redimiento y santidad tenía para 
hacerla decir si quisiera. 

II. Que habiendo poca fábrica, si por tiempo se viniere a caer 
la ilesia, que con las de bóveda lo suelen hacer, no hay con qué 
repararla. 

III. Meter al Ordinario en lo que no está metido, y que se dé 
susidio, que era lo que él defendiera si fuera vivo. 

IV. Quítase a mi parecer mucho de la autoridad que puede tener 
San Pablo; porque con buena fábrica la tiene, y con una capellanía 
ni hace ni deshace, pues ansí como ansí dirán allí muchas misas. 

V. Que no es inconveniente hacer muy ricos ternos, que pues se 
han de hacer fiestas, no es razón ande cada vez a buscar prestado, 
y como esto se haga no sobrará mucho dinero, y cuando sobre, se cum- 
pliría mejor su voluntad en hacer mayor la ilesia, y de bóveda, que 
pues aquí no la hay de San Pablo en este lugar, sería bien fuese 
grande para celebrar sus fiestas. 



1 Por la anterior escritura hemos visto el concierto que hubo entre Francisco de Salcedo 
U Santa Teresa y sus monjas sobre la capilla de San Pablo, que aquél fundó jj dotó. Muerto el 
donante, surgieron ciertas dificultades acerca de la aplicación de algunas cláusulas de la Escri- 
tura, que la Santa, como testamentaria, aclara en este documento. No es posible en una nota 
hacer la historia de la devota capilla, que todavía existe adosada a la iglesia de San José. En 
ella reposan los restos de este bueno y constante amigo de Santa Teresa. (Cfr. tomo IV de las 
Caitas, anot.idas por el P. Antonio de S. José, frag. LXXXIII de la edición de 1793). 

Otras memorias y escrituras, análogas a esta, se hicieron en el siglo XVI. Don Lorenzo de 
Cepeda, quiso y fué enterrado en la iglesia de S. José, y como él tantos otros esclaieddos va- 
rones de Avila, amigos de la Santa. 



230 APÉNDICES 



XXXV 



MKMORIA QUE ENVIÓ LA SANTA AL CAPITULO Dfi LA SEPAHACION, SOBRE 
LA FUNDACIÓN DE SAN JOSÉ (1). 



Fundóse esta casa de San Joscf de Avila, año de 1562, día de San 
Bartolomé. Es la primera que fundó la madre Teresa de Jesús, con 
ayuda de doña Aldonza de Guzmán y doña Guiomar de UUoa, su hija, 
en cuyo nombre se trajo el Breve de la fundación; aunque ellas 
gastaron poco, que no lo tenían. Fué menester ser en su nombre; 
porque no se entendiese lo hacía la Madre Teresa de Jesús en el 
monesterio a donde estaba; y por no le admitir la Orden, se sujetó 
al Ordinario. Era entonces el reverendísimo señor don .Alvaro de 
Mendoza, y cuando estuvo en Avila, le favoreció mucho, y daba siempre 
pan y botica, y otras muchas limosnas. Cuando quiso salir de Avila 
para ser obispo de Palencia, él mesmo procuró diésemos la obediencia a 
la Orden, porque le pareció ser más servicio de Dios, y todos lo 
quisimos. Está bien hecho; habrá casi tres años y echo meses (2). Hase 
vivido de pobreza hasta ahora, con el ayuda que su señoría hacía, y 
Francisco de Salcedo, que haya gloria, Lorencio de Cepeda, que esté 
en gloria, y otras muchas personas de la ciudad, y héchose ilesia y 
casa, y comprado sitio. 



1 En 3 de Marzo de 1581, se reunieron en Alcalá de Henares, bdjo la presidencia del 
Comisario Apostólico, P. Juan de las Cuevas, de la Orden de Santo Domingo, en Capitulo pro- 
vincial los Carmelitas Descalzos para hacer efectivo el Breve de separación de los Calzados, 
erigiendo provincia propia, si bien sujeta al Generalísimo de la Orden. La Sania escribió al Ca- 
pítulo algunas cartas encaminadas principalmente al buen gobierno de sus monjas, y este corto 
resumen histórico del primer convento reformado. Fray Antonio de San José, que le reproduce 
en el tomo IV de las Cartas, fragmento 85, dice que en su tiempo se hallaba el original *n las 
Carmelitas Descalzas de Jaén. Hemos visto su archivo y, por desgracia, no hemos dado con el 
autógrafo, ni sabemos su paradero. 

2 Hizo la petición D.a Guiomar de Ulloa, según acabamos de ver, el 27 de Julio de 1577. 



APÉNDICES 231 



XXXVI 



ELECCIÓN DE SANTA TEBESA PARA PRIORA Ub SAN jOSE DE AVILA. 



(10 de Setiembre de 1581) (1). 



En este monesterio de S. José de Avila, lunes, a diez de Setiembre, 
año de rail y quinientos y ochenta y uno, dejó el oficio de priora la 
M. María de Cristo. Fué elegida la M. Teresa de Jesús por priora, 
presidienao en la eleción el muy R. P. maestro Fr. Jerónimo Gracián 
de la Madre de Dios, Provincial de los Descalzos y Descalzas, habiendo 
para la dicha eleción casi todos los votos del convento, haciéndose 
eleción canónica. Y por que es ansí lo firmo de mi nombre yo, el 
sobredicho Provincial, y lo firman también la dicha priora y supriora 
y clavarias. 

Fr. Jerónimo de la Madre de Dios, Provincial. 

Alaría de S. Jerónimo. Teresa de Jesús. 

Isabel de S. Pablo. 



1 La lomamos del Libro primitivo «le Profesiones y Ek-cciones de San José. Las firmas 
son autógrafas. Falta la de Santa Teresa, que se cortó de la hoja donde se extendió su elección. 



232 APENOICBS 



XXXVII 



ULTIMAS ACCIONES OE LA VIDA DE SANTA TERESA, POK LA VENEBABLE ANA 
DE SAN BARTOLOMÉ (1). 



Llegó Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús a esta casa de San 
José de Avila, año de 1581, al principio del mes de Septiembre. Venía 
de la fundación del monesterio de Soria, y como en esta casa de San 
José tuvieron siempre deseo de tenerla por perlada, así lo procuraron 
en llegando; y la que lo era entonces desta casa, acabó con el Padre 
Provincial que la absolviese del oficio para elegir luego a Nuestra 
Santa ,Madre, y así se hizo. 

Fué esto en un tiempo que estaba esta casa en extrema nece- 
sidad de lo temporal, y fué cosa para alabar a Dios que dende aquel 
mesmo día nunca a esta casa le ha faltado lo necesario, antes ha 
Ido tanto creciendo en esto, que con estar con hartas deudas, lo ha 
el Señor de tal manera remediado, que no sólo éstas están pagadas, 
•mas tiene ya la casa con que poder pasar sin el trabajo y apretura que 
hasta entonces se tuvo. Pues si en lo espiritual hubiera yo de hablar, 
había mucho que decir, sino que esto se queda para que los perlados 
lo digan, como quien mejor lo sabe, que yo no tengo de hacer más 
de dar esta relación que Nuestro Padre Provincial me ha mandado. 

Pues estando todas muy contentas en tener aquí a Nuestra Santa 
Madre y perlada desta casa, comenzó Nuestro Señor a mover a una 
persona de la ciudad de Burgos para que se hiciese allí un monesterio 
nuestro, y así escribió a la Madre para que fuese a fundarle (2). Ella 



1 Por primera vez se publica en castellano esta relación de los últimos días de Santa Te- 
resa, debida a su fiel y caritativa enfermera, /\na de San Bartolomé, que, como es sabido, la 
acompañaba en las fundaciones, ij tenía especial gracia para cuidar de las enfermedades de la 
Madre, que no fueron pocns en los últimos años de su vida. Hállase esta relación en las Carme- 
litas Descalzas de Avila, en un cuaderno en cuarto, no de letra de la venerable Ana, que la 
tenía bastante mediana y de lectura difícil, sino de una religiosa contemporánea suya, que la copió 
a instancias de la Madre María de San Jerónimo. Antes de esta relación, viene otra de esta 
Madre en el mismo Códice y de igual letra. Es de presumir que María de San Jerónimo tenilria 
el original para trasladarlo, como hizo con otros apuntes relacionados con su santa prima. 
Poseemos de todo este Códice copia fotográfica. Si bien solamente al último de la relación habla 
de la muerte de la Santa, preferimos publicarla íntegra a dejarla dislocada y en estado frag- 
mentario. 

Ana de San Bartolomé, natural de Almendral (Avila), profesó de lega en Sen José de Avila 
el 15 de Agosto de 1572, cuando contaba cerca de 22 años de edad. Acompañó en muchos 
viajes a Santa Teresa y no la dejó hasta su muerte, a la cual la V. Ana estuvo presente. En 
1604 salió con otras Descalzas a fundar en Francia, y allí la obediencia la obligó a hacerse de 
coro, por ser de más utilidad a la Reforma. Murió en Amberes a 7 de Junio de 1626. Su causa 
de beatificación está introducida en Roma. En 29 de Junio de 1735 declaró Clemente XII la he- 
roicidad de las virtudes de esta Venerable. 

2 D.a Catalina de Tolosa. 



APÉNDICES 233 

la respondió que procurase la licencia del señor Arzobispo (1), y que 
en teniéndola la avisasen. Y esto no era con intento de ir ella a fun- 
darle, sino de enviar monjas, Y estando con esta determinación, en- 
tendió quera la voluntad de Dios quella mesraa fuese en persona a 
fundarle; y entendióse bien ser esto así verdad por los trabajos y con- 
tradiciones que en esta fundación se pasaron, que a no ir ella, fuera 
imposible hacerse como adelante se verá. 

En este tiempo vino el Padre Fray Juan de la Cruz, ques el 
primer fraile descalzo que hubo en nuestra Orden. Traía cabalga- 
duras y recaudo para llevar a Nuestra Santa Madre a fundar en Gra- 
nada, que les parecía que por ser aquella fundación la primera en 
aquel reino, convenía que fuese ella la que la hiciese. Como la Santa 
Madre vio que no podía ir por haber de acudir a la de Burgos, 
escogió dos monjas cuales convenía para tal jornada; la una dellas 
era la Priora quera desta casa cuando eligieron a Nuestra Santa Ma- 
dre, la otra era una monja de mucho espíritu y perfeción (2). Y 
porque en aquella fundación se dirá lo mucho que hay que decir 
dellas, no digo aquí más de que en esta casa dejaron mucho senti- 
miento y soledad de carecer de tan buena compañía. 

Partiéronse la víspera de San Andrés, y nuestra Santa Madre se 
partió para la de Burgos otro día después de año nuevo de 82. Fueron 
con ella dos monjas que había hecho traer de Alba para este efecto 
y con su compañera. Iba con ella el Padre Provincial Fr. Jerónimo 
de la Madre de Dios, y otros dos frailes que trajo consigo (3). La más 
parte deste día que partieron de aquí, le llevaron de agua y nieve, 
donde fué causa de comenzarle la perlesía, queste mal le apretaba 
algunas veces, y así llegamos a Medina con harto trabajo por pasarse 
casi todo el camino lloviendo. Detúvose en esta casa tres días; de 
ahí pasamos a Valladolid, donde le apretó tanto el mal, que la di- 
jeron los médicos que si no salía luego de allí, le cargaría una enfer- 
medad, que no sería posible salir de allí tan aína, y así nos fuimos 
luego de allí a Palencia, donde se había fundado una casa nuestra 
un año había (4), y de entonces habían quedado en el pueblo con tanta 
devoción con nuestra Santa Madre, que como supieron que iba, se 
juntó tanta gente, que al tiempo que se hubo de apear ella y las monjas 
del coche en que iban, con mucha dificultad nos dejaron bajar por 
la gente que cargó a hablarla y pedirla la bendición, y los que no 
podían alcanzar esto, se contentaban con oiría hablar. 

Pues entrando en el monesterio, recibiéronla con un Te Denm, 
como lo hacían en todos los monesterios. El contento y regocijo 
de las monjas se echaba bien de ver en el aderezo que tenían en el 
patio, donde no faltaban altares y otras cosas, que parecía lo tenían 
hecho un cielo. Los días que estuvimos en esta casa, estuvo nuestra 
Santa Madre harto mala y d tiempo hizo muy recio de muchas aguas. 



1 Llamábase D. Cristóbal Vela, pariente letano de la Santa. 

2 Matía de Cristo, que acababa de ser priora y Antonia del Espíritu Santo, una de las 
cuatro primeras que tomaron el hábito en San José. 

3 Fray Pedro de la Purificación y otro, cuyo nombre se Iflnora. 

4 A flnes de Diciembre de 1580. 



234 APÉNDICES 

Todo esto no era parte para dejar de querer proseguir su camino 
para Burgos. Decíanla que no se sufría ponerse en camino con tal 
tiempo, porque podrían perecer, y ansí enviaron un hombre para que 
mirase cómo estaban los caminos. El volvió y trajo harto malas nue- 
vas de cómo estaban. 

Estando la Santa JVladre en esta congoja, que no sabía qué se 
hacer, se entendió después que le había dicho Nuestro Señor que 
saliese, quél nos ayudaría; y bien se vio después según los peligros 
en que nos vimos, que si Su iWajestad no nos guardara, era muy 
cierto el perecer a la mitad del camino. Yendo caminando orilla de 
un río, eran tan grandes los lodos, que fué necesario apearnos, por- 
que atollaban los carros. Subiendo ya por una cuesta, habiendo sa- 
lido deste peligro, vimos a ios ojos otro muy mayor, y fué que vio 
la Santa Madre el carro donde iban sus monjas trastornarse de 
manera que iban a caer en el río, y la cuesta en que íbamos era 
tan agria, que mucha gente no fuera parte para librarlas ni detener 
el carro para no caer. En este punto lo vio un mozo de los que lle- 
vábamos, y asióse de la rueda y tuvo el carro para que no cayese: 
que más pareció el ángel de la guarda que hombre, porque no era 
posible poderle tener el solo si Dios no las quisiera librar. 

A nuestra Santa Madre le dio harto trabajo el ver esto, porque 
le pareció que sus monjas se iban ahogar; y dende que vio esto 
quiso ir adelante, porque los demás peligros que se ofreciesen fuese 
ella la primera en ellos. Y para el descanso deste trabajo que se 
había pasado, llegamos aquella noche a una venta donde no había 
para poder hacer una cama a nuestra Santa Madre, y con este poco 
abrigo aun parecía que fuera bueno detenemos allí algunos días, por 
las nuevas que nos daban de cuál estaba el camino, que los ríos 
iban tan crecidos, quel agua subía sobre las puentes más de media 
vara. El ventero era tan buen hombre y nos tuvo tanta lástima, que 
se ofreció a ir delante para guiarnos por el agua; porque como iba tan 
turbio y las puentes cubiertas, no se vía el camino por donde se había 
de ir. Estas eran tan angostas y de madera, que sólo cabía en ellas 
las ruedas, que por muy poquito que ladearan caíamos en el río. Para 
entrar en este peligro nos confesamos y pedimos a nuestra Santa 
Madre nos echase su bendición, como gente que iba a morir, y así 
decíamos el credo. La Santa Madre, como nos vía tan desanimadas, 
conformábase en algunas cosas con nosotras, y como ella llevaba más 
fe de que Nuestro Señor nos había de sacar con bien deste pe- 
ligro, decíanos con mucha alegría: ¡Ea, mis hijas! ¿qué más bien quie- 
ren ellas que ser aquí mártires por amor de Nuestro Señor?». Y dijo 
más, quella pasaría primero, y que si se ahogase, que les rogaba 
que no pasasen más adelante, sino que se volviesen a la venta. ñ\ 
fin, fué Dios servido que salimos libres deste peligro. 

Con estos trabajos iba tan mala nuestra Santa Madre y tan tra- 
bada la lengua de la perlesía, quera lástima de vella. Llegamos a un 
lugar antes de mediodía, y luego procuró quel P. Provincial se fuese 
a decir misa; comulgó a ella y luego se le destrabó la lengua y quedó 
mejor. De aquí fuimos a Burgos aquella noche, y llegamos con tan 
grande agua, que iban las calles como ríos. La señora que nos estaba 



APÉNDICES 235 

esperando para aposentarnos en su casa (1), es persona de tanta 
caridad, que nos tenía muy buena lumbre y muy bien que nos aposentó. 

Como nuestra Madre iba tan mojada, detúvose más aquella noche 
a la lumbre de lo quella solía; hízole tanto mal, quesa mesma noche 
le dio un vahído» y tan recios vómitos, que como llevaba la garganta 
enconada, se le hizo en ella una llaga que escupía sangre, de suerte 
que no estuvo el día siguiente para levantarse a negociar, sino era 
echada en una camilla que la pusieron a una ventana que salía a 
un corredor, donde estaban los que la hablaban. Fueron a decir al 
señor Arzobispo cómo era venida. Lo que respondió fué, que para 
qué traía monjas, quél no había dicho sino quella viniese a negociar; 
y pidiéndole licencia para que se pusiese el Santísimo Sacramento 
y se dijese misa, porque en aquella mesma casa donde estábamos se 
había de hacer el monesterio, respondió Su Señoría que bien nos 
podíamos sosegar, porque se había de mirar despacio. Echáronle al- 
gunas personas que le hablasen; nada bastaba; fué nuestro Padre 
Provincial, y la respuesta que trajo, fué que bien nos podíamos tor- 
nar, que no había necesidad en su pueblo de reformación, que muy 
reformados estaban los monesterios. Dendc algunos días le fué otra 
persona a hablar, y lo que la respondió, fué que ya pensó queramos 
idas, que bien nos podíamos volver. 

En este tiempo estaba la Santa Madre muy mala, de manera 
que no podía comer sino cosas bebidas, por el gran mal que tenía en 
la garganta, y como estaba desta manera, que aun para levantarse 
de la cama no estaba, érale muy gran trabajo el haber de ir a oir 
misa las fiestas, y a esta causa fueron a pedir licencia al señor Arzo- 
bispo para que pudiesen decir misa en casa, y también porque las 
monjas era tanto lo que sentían el verse entre los seglares en la 
iglesia, que les acaecía de lo que lloraban dejar mojado el suelo donde 
se sentaban, y el remedio que dio Su Señoría para este sentimiento 
fué decir que no importaba, que antes darían buen ejemplo. Esto 
bien se entiende que no nacía de falta de caridad de Su Señoría, que 
ya todos conocen su mucha santidad, sino que Dios lo ordenaba así para 
que la Santa Madre y las hermanas padeciesen. Y bien se echaba esto 
de ver en la conformidad y perfeción con que la Madre lo llevaba, 
porque yéndole algunas personas a hablar, venían tan desgustados y 
desabridos de ver lo poco que alcanzaban. La Santa Madre le disculpaba 
tanto y les decía tales palabras, que les quitaba la mohína con que 
venían. En esto se pasaron algunas semanas, que con todo su mal iba 
las fiestas a oir misa y comulgar, con estar las calles harto trabajosas 
del tiempo que hacía; y todo esto no era el trabajo mayor que tenía, 
sino ver al P. Provincial con el disgusto y pena que le daba ver esto, 
y asimesmo a la señora que nos había llevado para hacer el mones- 
terio; que la acaecía irse a confesar y no la querer absolver, porque 
nos tenía en su casal y había sido ella la ocasión de nuestra ida. 

Y en estando la Santa Madre un poco mejor, fué a hablar al Señor 
Arzobispo a ver si ella podía acabar lo que los demás no habían po- 



1 D.a Catalina de Tolosa, 



236 APÉNDICES 

dido, quedando mientras quella iba, tomando las hermanas disciplina; 
y de manera concertaron esto, que duró toda la tarde mientras la Santa 
Madre estuvo con el señor Arzobispo. Y estando con él en la plática, 
di jóle: «JViire vuestra señoría que mis monjas se están disciplinando». 
R esto respondió, «que bien podían disciplinarse harto, porque él no 
tenía entonces determinación de dar la licencia», g así se volvió sin 
ella la Santa Madre; y cuando la vimos venir, salimos a preguntarla 
qué traía, porque en su semblante mostraba mucho contento. Cuando 
supimos que no traía recaudo, nos pusimos harto tristes, mostrando 
alguna queja del señor Arzobispo. Ella nos comenzó a consolar, di- 
ciendo quera un santo y que daba muy buenas razones, que a ella 
le contentaban y se había holgado mucho con él, que no tuviésemos 
pena y confiásemos en Dios, que no se dejaría de hacer. 

Pues viendo que no había remedio de la licencia para el mones- 
terio ni para poder decir misa en casa, y lo que la Santa Madre y 
todas sentíamos de irla a oír fuera, dióse orden para que fuésemos 
a parte que pudiésemos oír misa sin salir de casa, y así nos fuimos a 
un hospital (1), y allí dieron al P. Provincial un cuarto alto, donde ha- 
bía una tribunita, donde podíamos oír misa. Esto estaba desembarazado, 
por estar ello de suerte que nadie había gana de vivir en ello, 
que tenía fama quen todo Burgos no se juntaban tantas brujas como 
allí. Y algo debía de ser lo que decían, porque no dejó de aconte- 
cemos algo el tiempo que allí estuvimos. Y fuera desto, era un cuarto 
muy desabrigado, que para la enfermedad que la Santa Madre tenía, 
pasó harto trabajo, y compadeciéndonos nosotras dello, nos i-espondía, 
que demasiado de buen lugar era, que no lo merecía ella, que de 
nosotras le pesaba a ella, que de sí no tenía ninguna pena, que no 
merecía que la hubiesen recibido en aquel hospital. Y cuando le hacían 
una pobre camilla, decía: ¡Oh, Señor mío, qué cama tan regalada 
es esta estando Vos en una cruz! Y cada vez que comía, le salía 
sangre de la llaga de la garganta, y habiéndola compasión, decía: 
«No me hayan lástima, que más padeció mi Señor por mí cuando 
bebió la hiél y vinagre». 

Dijo un día, como tenía tan gran hastío, que de unas naranjas 
dulces comiera, y el mesmo día se las envió una señora; y trayén- 
dole unas pocas muy buenas, en viéndolas, echóselas en la manga 
y dijo quería bajar a ver a un pobre que se había quejado mucho; y 
así fué, y repartiólas a los pobres, y volviendo, dijímosla que cómo 
las había dado. Dijo: «Más las quiero yo para ellos que para mí; 
vengo muy alegre que quedan muy consolados». Y bien se vio en 
el rostro el contento que traía. Otra vez la trajeron unas limas, y 
como las vio, dijo: «Bendito sea Dios, que me ha dado que lleve a 
mis pobrecitos». Un día curaban a uno de unas postemas, y daba tan 
terribles voces, que atormentaba a los otros, y compadeciéndose la 
Santa Madre del, bajó, y viéndola el pobre, calló. Díjole ella: «Hijo, 
¿cómo dais tales voces? ¿No lo llevaréis por amor de Dios con pa- 
ciencia?». Respondió él: «Parece que se me arranca la vida»; y cs- 



1 Hospital de la Concepción. 



APÉNDICES 237 

tando allí la Santa Madre un poco, dijo que se le habían quitado los 
dolores, y después, aunque le curaban, nunca más le oímos quejar. 

Decían los pobres a la hospitalera, que les llevase muchas veces 
allá aquella santa mujer, que les consolaba mucho sólo verla y les 
parecía se les aliviaban los males. Díjonos la mesma hospitalera, que 
cuando supieron que nos íbamos de allí, que los había hallado llo- 
rando y muy afligidos por saber se iba la Santa Madre; pues es- 
tándolo nosotras la víspera de San José, porque se acercaba el tiempo 
en que nos habían de echar del hospital, que no nos le dieron más de 
hasta Pascua Florida, y si entonces no tuviésemos casa, que nos pu- 
diesen echar del, y ésta no se hallaba; pues estando de la manera que 
he dicho la víspera de nuestro Padre San José, nos la deparó Nuestro 
Señor por una vía que más pareció milagro que otra cosa, y por en- 
tender que nuestra Santa Madre lo tiene dicho en esta fundación, 
no digo aquí más desto. 

Concertada ya esta casa, nos pasamos a ella dentro de dos o 
tres días; dende este tiempo hasta Pascua Florida se gastó en aco- 
modar la casa. Después que estuvimos en ella, fué dos o tres veces 
el señor Arzobispo a ver a nuestra Santa Madre y para ver el có- 
modo que tenía la casa para el monasterio dándola esperanzas que 
para Pascua Florida le daría licencia. Y estando un día Su Señoría 
con nosotras, pidió un jarro de agua y la Santa Madre hizo que le 
sacasen con él no sé que regalillo que la habían enviado. Como él lo 
vio, dijo: «Harto ha alcanzado. Madre, conmigo, porque en todo Burgos 
no he tomado otro tanto como esto por ser de su mano». La Madre 
le respondió: «También quería yo alcanzar la licencia de la de Vuestra 
Señoría». Y con no se la dar, quedó tan contenta y alabando a Nues- 
tro Señor como si se la hubiera dado, y loándole mucho su santidad 
y cuan bien parecían en la iglesia de Dios tales perlados, y nunca 
la oímos palabra en contrario desto. 

Estuvimos así hasta la Pascua Florida aguardando la licencia, y la 
Semana Santa íbamos a una iglesia ^ oir los Oficios, y estando el 
Jueves Santo en ella, quiriendo pasar unos hombres por donde la 
Santa Madre estaba, como no se levantó tan presto como ellos qui- 
sieran, la dieron de coces por echalla a un cabo para pasar; cuando 
yo fui a ayudarla a levantar, hállela con tanta risa y contento, por 
esto que me hizo alabar a Dios. Con esto, estuvimos esperando que nos 
traerían la licencia para que se dijese misa en casa el día de Pascua. 
Aquí quiso Dios probar más la paciencia de la Santa Madre, y por 
mejor decir, la de las hermanas, quella harta tenía, y aguardándola 
todos tres días, ningún día dellos vino a tiempo que nos excusase de 
ir fuera a misa toda la Pascua. El postrer día, ya estaban las herma- 
nas tan trabajadas y la señora que nos había llevado mucho más, de 
manera que se despidió de la Santa Madte y sus monjas para no las 
tornar más a ver hasta que supiese que la fundación estaba hecha. 
En este tiempo quedaba la Santa Madre con harta pena de ver con la 
que iba esta señora y tenían las hermanas, y en el mesmo punto 
entró un caballero, a quien debíamos mucho, con la licencia del señor 
Arzobispo para hacerse el raonesterio; y como él venía tan contento, 
en entrando, antes que nos dijese nada, se fué con grandísima priesa 



238 



APÉNDICES 



a tañer la campanilla questaba puesta. En esto entendimos que traía 
la licencia. Con esto fué grande el regocijo de todas; con éste, se 
puso otro día el Santísimo Sacramento (1) y se dijo la primera misa, 
donde quedamos ya con nuestra clausura, no poco deseada de todas. 
Dijo la primera misa y puso el Santísimo Sacramento unos Padres 
de la Orden de Santo Domingo, que siempre los de ella han ayudado 
a nuestra Santa Madre^ y favorecídola en sus necesidades. 

Daquí a pocos días, se dio e! hábito a una doncella hija de la 
Señora que procuró se hiciese allí nuestro monesterio; predicó a él 
el señor Arzobispo, con tantas lágrimas y humildad, que fué harta 
confusión para todas y devoción para el demás auditorio, porque 
mostró, entre otras cosas que dijo, haberle pesado de haber dilatado 
nuestro negocio. Loó mucho a la señora que nos llevó a aquella ciu- 
dad, y fué mucho el amor que cobró a nuestra Santa Madre. 

Dende ahí adelante fuese acreditando la casa de manera que 
comenzó alguna gente principal a visitar a nuestra Santa Madre, 
entre ellas fué una señora que había algunos años que deseaba que 
Dios le diese hijos, y con tal fe se encomendó a Nuestra Madre que 
lo pidiese a Su Majestad, que se cumplió su deseo. Ella quedó bien 
agradecida por esta merced que Dios la hizo. 

Pues en este tiempo, estando Nuestra Madre y todas contentísi- 
mas en nuestra casa y de vernos ya encerradas, con que todo se había 
hecho muy bien, quiso Nuestro Señor templarnos este contento con el 
trabajo que sobrevino luego, así para nuestra casa, como para toda la 
ciudad, y fué quel día de la Hscensión creció tanto el río y la mucha 
agua que vinq a la ciudad, que llegó a términos que los monesterios 
se despoblaban por no ser anegados. Nosotras también nos vimos 
en este mesmo peligro, y por estarlo, aconsejaban a la Madre saliese 
de la casa. Ella nunca lo quiso esto aceptar, sino hizo poner el San- 
tísimo Sacramento en una pieza alta donde nos hizo a todas recoger 
y estar diciendo letanías. En fin, el trabajo venía a tanto, que los 
muertos desenterraba, y las casas se hundían y la nuestra era la que 
tenía más peligro por estar en un llano y más cerca del río. En fin, 
Dor no me alargar tanto, aunque había mucho que decir desto, con- 
cluyo con decir, que la voz de mucha gente, especial del Sr. Hrzobispo, 
era decir que por estar allí nuestra Santa Madre, había atado las 
manos a Dios para que no pereciese aquel pueblo. 

Pasado este trabajo, que fué harto mayor del que yo aquí signi- 
fico, estando la dicha Madre con Nuestro Señor, le dijo: «Señor, 
¿estáis ya contento?». Y la respuesta que la dio en esto fué de- 
cirla: «Hnda que otro mayor trabajo te queda agora presto por pasar». 
Ella al presente no entendió el porqué; después se vio bien en los 
trabajos que pasó dende allí hasta que llegó a Alba, ansí en la poca 
salud como en otros trabajos que se le ofrecieron graves, pues es- 
tándose en Burgos con cuidado de no saber si se vernía luego o si se 
deternía más allí, le dijo Nuestro Señor, que se viniese, que ya allí 
no había más que hacer, que ya aquello estaba acabado; y así se vino 



1 18 de Abril de 1582, 



.IPENDICES 239 

luego para Patencia, y dende allí a Medina, con intento de venirse 
derecha a Avila. Halló allí al P. Vicario Provincial, Fr. Antonio de 
Jesús, que la estaba esperando para mandarla que fuese a Alba, y con 
haberla Dios hecho tanta merced en esta virtud de la obediencia, fue 
tanto lo que ésta sintió por parccerle que a petición de la Duquesa la 
hacían ir allá, que nunca la vi sentir tanto cosa que los perlados la 
mandasen como ésta. 

Fuimos de aquí en una carroza, que llevó el camino con tan 
gran trabajo, que cuando llegamos a un lugarito cerca de Peñaranda, iba 
la Santa Madre con tantos dolores y flaqueza, que la dio allí un 
desmayo, que a todos nos hizo harta lástima verla, y para esto no 
llevábamos cosa que la poder dar sino eran unos higos, y con eso 
se quedó aquella noche, porque ni aun un huevo no se pudo fiallar 
en todo el lugar; y congojándome yo de verla con tanta necesidad 
y no tener con que la socorrer, consolábame ella diciendo que no tu- 
viese pena, que demasiados de buenos eran aquellos higos, que mu- 
chos pobres no temían tanto regalo. Esto decía por consolarme; mas 
como yo ya conocía la gran paciencia y sufrimiento que tenía y el 
gozo que le era padecer, creía ser más su trabajo del que significaba, 
!J para remediarse esta necesidad fuimos otro día a otro lugar, y lo 
que hallamos para comer fué unas berzas cocidas con harta cebolla, 
de las cuales comió aunque era muy contrario para su mal. Rste día 
llegamos a Alba, y tan mala nuestra Madre, que no estuvo para en- 
tretenerse con sus monjas. Dijo que se sentía tan quebrantada, que 
a su parecer no tenía hueso sano. Dende este día, quera víspera 
de San Mateo, anduvo en pie con todo su trabajo hasta el día de 
San A\iguel, que fué a comulgar. Viniendo de hacerlo, se echó luego 
en la cama, porque no venía para otra cosa, que le dio un flujo de 
sangre, de lo cual se entiende que murió. Dos días antes pidió que 
le diesen el Santísimo Sacramento, porque entendía ya que se moría. 
Cuando vio que se le llevaban, sentóse en la cama con gran ímpetu 
dcspíritu, de manera que fué menester tenerla, porque parecía que se 
quería echar de la cama. Decía con gran alegría: «Señor mío, ya 
es tiempo de caminar; sea muy enhorabuena y cúmplase vuestra vo- 
luntad». Daba muchas gracias a Dios por verse hija de la Iglesia 
y que moría en ella, diciendo que por los méritos de Cristo esperaba 
ser salva, y pedíanos a todas que lo suplicásemos a Dios que la per- 
donase sus pecados, y que no mirase a ellos, sino a su misericordia. 
Pedía perdón a todas con mucha humildad, diciendo que no mirasen 
lo que ella había hecho y el mal ejemplo que las había dado. 

Como vieron las hermanas que se moría, pidiéronla mucho que 
les dijese algo para su aprovechamiento, y lo que las dijo fué, que 
por amor de Dios las pedía guardasen mucho su Regla y Constitucio- 
nes. No les quiso decir otra cosa. * Después desto, todo lo que más 
habló, fué repetir muchas veces aquel verso de David que dice: Sacrifi- 
cium Deo spiritus contri hulatus; cor contritum et hiimiliatum, Deas, 
non despides (1). Especialmente dende cor contritum; ésto era lo que 



1 Salmo L. 



240 APÉNDICES 

decía hasta que se le quitó el habla. Rntes que se le quitase, pidió 
la Extremaunción, y recibióla con gran devoción. 

El día de San Francisco por la tarde, a la noche, a las nueve, 
la llevó Nuestro Señor consigo, quedando todas con tanta tristeza y 
trabajo, que si lo hubiera de decir aquí, había bien qué; y algunas 
cosas supe yo que habían pasado en expirando la Santa Madre, que 
por ser señaladas no las pongo aquí; si a los perlados les pareciere, 
ellos lo podrán decir. 

El día siguiente la enterraron con la solenidad que se pudo hacer 
en aquel lugar. Pusieron su cuerpo en un ataúd; cargaron sobre él 
tanta piedra, cal y ladrillo, que se quebró el ataúd y se entró dentro 
todo esto. Esto hizo la que dotó aquella casa, que se llamaba Teresa 
de Láiz; no bastando nadie a estorbárselo, pareciéndole que por cargar 
tanto desto, la ternía más segura que no se la sacasen de allí. 

Pasados nueve meses, fué a aquella casa el P. Provincial, quera 
entonces Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, y las hermanas 
della le dieron mucha priesa para que abriese el sepulcro, diciendo 
questaban con escrúpulo de cómo estaba puesto aquel santo cuer- 
po; y así, a petición suya, comenzó a quererle abrir, y como le 
habían cargado tanto de piedra y lo demás, nos dijeron que habían 
estado cuatro días él y su compañero quitando lo que tenía encima (1). 
Hallaron eí santo cuerpo tan lleno de tierra y maltratado, como se 
habla quebrado el ataúd, quera lástima de ver. Dicen estaba tan fres- 
co como si acabara de morir, y muy hinchado de la humedad y lleno 
de moho, y los vestidos también, y todos podridos. Con esto estaba 
g! cuerpo tan sin corrompimiento ninguno y entero, que ninguna parte 
dé) tenía decentado, y no sólo no tenía mal olor, sino tan bueno como 
hoy día se ve. 

Pusiéronle otros vestidos y metiéronla en un arca en el mesmo lu- 
gar en que antes estaba;, y de ahí a dos años y medio, poco menos (2), 
cuando fueron a sacarla para traerla a esta casa de San José de 
Avila, hallaron otra vez los vestidos casi podridos, y su santo cuerpo 
tan sin corrupción como de antes, aunque muy enjuto, y con tan buen 
olor, ques para alabar a Dios. El sea bendito para siempre. 

De que Dios haya hecho esta merced a nuestra Madre en que su 
cuerpo esté asina, no nos ha espantado a las que la vimos y tra- 
tamos, porque si se hubiera de explicar aquí los trabajos y denuestos 
que padeció, y con la paciencia que lo llevaba, y principalmente en 
este camino postrero de Burgos, dende que salió de aquí de ñvila 
hasta que volvió a ñlba, donde Dios la llevó, porque fué todo un pro- 
lijo martirio, el cual no se puede declarar por agora. Por algunas 
justas causas diré una palabra que la oí, que para su gran ánimo 
y espíritu fué mucho decirla: «Que por muchos trabajos que había 
pasado en todo el discurso de su vida, dijo, que nunca se había visto 
tan apretada y afligida como en este tiempo». Y yo no me maravillo 



1 Abrióse el 4 de Julio de 1583. 

2 El traslado del cuerpo de Santa Teresa se acordó el 27 de Octubre de 1585, en el Capí' 
tule que los Carmelitas Descalzos celebraron en Pastrana. 



APÉNDICES 2^1 

desto; porque, cierto, puedo decir con toda verdad que me parecía 
muclias veces liabía Dios dado licencia a los demonios para que la 
atormentasen, y no sólo a ellos, sino a todo género de gentes que 
con ella trataba, y por mejor decir, para que labrasen su corona; que 
cuando agora se me acuerda de lo que entonces vía, no lo puedo con- 
siderar sin muciía ternura y lástima que me liace, y así vi yo bien 
cumplida aquella palabra que Nuestro Señor la dijo en Burgos, «que 
otro trabajo mayor la quedaba presto por pasar». El sea bendito para 
siempre jamás, que tan largo es en dar materia de merecimiento 
a sus escogidos. 

Su iVlaj estad me de gracia para que sea una dellas. 



11 16 



242 APÉNDICES 



XXXVIII 



TESTIMONIO DE Lfl MUERTE DE SANTA TERESA, POR LA M. MARÍA DE SAN 
FRANCISCO (1). 



Digo, que yo me hallé a su muerte y a lo demás que en ella 
sucedió, y me dijo el Padre Fray Domingo Báñez, y lo predicó en 
un sermón de las honras de nuestra Santa Madre, cómo ocho antes 
profetizó su muerte, y que había de ser en Alba de Tormes. Lo mismo 
supe del Padre Mariano, y delante de mí el Padre Fray Antonio 
de Jesús, acabando de confesar a nuestra Santa Madre, puesto de 
rodillas, la dijo: «Madre, pida al Señor no nos la lleve ahora, ni 
nos deje tan presto». A lo cual respondió: «Calla, Padre, ¿y tú has 
de decir eso? Ya no soy menester en este mundo». Y desde entonces 
comenzó a dejar cuidados y tratar de morirse. A las cinco de la 
tarde, víspera de San Francisco, pidió el Santísimo Sacramento, y 
estaba ya tan mala, que no se podía revolver en la cama, sino que 
dos religiosas la volviesen, y mientras que no venía el Viático, co- 
menzó a decir a todas las religiosas, puestas las manos, y con lágri- 
mas en sus ojos: «Hijas mías y señoras mías, por amor de Dios las 
pido tengan gran cuenta con la guarda de la Regla y Costituciones. 
que si la guardan con la puntualidad que deben, no es menester otro 
milagro para canonizarlas, ni miren el mal ejemplo que esta mala 
monja las dio y ha dado, y perdónenme». Y en este punto acertó 
a llegar el Santísimo Sacramento, y con estar tan rendida, se levantó 
encima de la cama, de rodillas, sin ayuda de nadie, y se iba a echar 
della si no la tuvieran; y poniéndosele el rostro con grande hermosura 
y resplandor, c inflamada en el divino amor, con gran demostración 
de espíritu y alegría, dijo al Señor cosas tan altas y divinas, que a 
todos ponía gran devoción. Entre otras le oí decir: «¡Señor mío 
y esposo mío!, ya es llegada la hora deseada; tiempo es ya que 
nos veamos, amado mío y Señor mío; ya es tiempo de caminar; vamos 
muy en hora buena; cúmplase vuestra voluntad; ya es llegada la 
hora en que yo salga deste destierro, y mi alma goce, en uno, de 
Vos que tanto ha deseado!». Y si el perlado no la estorbara, man- 
dando en obediencia que callara, porque no la hiciera más mal, no 
cesara de aquellos coloquios. 

Después de haber recibido a Nuestro Señor, le daba muchas gra- 
cias, porque la había hecho hija de la Iglesia y porque moría en 



1 Esta relación de la Madre María de S. Francisco, hecha para las Informaciones de bea- 
MflcBclón y canonización de la Santa en Medina del Campo, coincide en todo u completa la de 
la venerable Ana de Jesús. 



flPEKDICES 2^3 

ella. Muchas veces repetía: -^iEn fin, Señor, soy hija de la Iglesia!». 
Pidióle perdón con mucha devoción de sus pecados, y decía que por 
)a sangre de Jesucristo había de ser salva. Y a las religiosas pedía 
la ayudasen mucho a salir del purgatorio. Repetía muchas veces aque- 
llos versos: Sacrificium Deo spiritus contribulatus, cor contritnm etc. 
Ne pro} idas me a facie tua, etc. Cor mundum crea in me Deus; y 
lo volvía en romance. 

Preguntándole el Padre Fray Antonio de Jesús si quería que 
llevasen su cuerpo a ñvila, respondió: «¡Jesús! ¿eso hase de preguntar, 
Padre mío? ¿Tengo de tener yo cosa propia? ¿flquí no me harán 
caridad de darme un poco de tierra?». Toda aquella noche repitió 
los dichos versos, y a la mañana, día de San Francisco, como a las 
siete, se echó de un lado como pintan a la Madalena, el rostro vuelto 
a las religiosas con un Cristo, el rostro muy bello y encendido, con 
tanta hermosura, que me pareció no se la había visto mayor en 
mi vida; y no sé a dónde se escondieron las arrugas, que tenía hartas, 
por ser de tanta edad y vivir muy enferma. 

Desta suerte se estuvo en oración con grande quietud y paz, ha- 
ciendo algunas señas exteriores, ya de encogimiento, ya de admira- 
ción, como si la hablaran y ella respondiera; mas con gran serenidad 
todo, y con maravillosas mudanzas de rostro, de encendimiento e 
inflamación, que no parecía sino una luna llena, y a ratos, dando de 
sí grandísimo olor. Y perseverando en la oración, muy alborozada y 
alegre, como sonriéndose, dando tres suaves y devotos gemidos, como 
de una una alma que está con Dios en la oración, que apenas se oían, 
dio su alma al Señor, quedando con aventajada hermosura y resplan- 
dor su rostro como un sol encendido. Antes que muriera llegó a la 
.Santa, Isabel de la Cruz, que padecía gran dolor de cabeza y mal de 
ojos, y cogiéndole las manos a la Santa, ella misma se las puso sobre 
le cabeza, y al punto quedó libre de todo su mal. Luego que murió, 
besando sus pies Catalina Baptista, cobró el olfato, que había perdido, 
1! sintió gran fragancia en los pies de la Santa. Todo esto vi. 



244 A9&NDICCS 



XXXIX 



BREVE PLATICA, QUE SANTA TERESA HIZO AL SALIR DE SU CO.WRNTO DB 
VALLADOLID, TRES SEAIANAS ANTES QUE MURIESE (1). 



Hijas mías, harto consolada voy desta casa, y de la perfeción 
que en ella veo, y de la pobreza, y de la caridad que unas tienen 
con otras; y si va como ahora, Nuestro Señor les ayudará mucho. 

Procure cada una, que no falte por ella un punto de la perfeción 
de la Religión. 

No hagan los ejercicios della como por costumbre, sino haciendo 
atos heroicos, y cada día de mayor perfeción. 

Dense a tener grandes deseos, que se sacan grandes provechos, 
aunque no se puedan poner por obra. 



XL 



PALABRAS DE SANTA TERESA A LAS MONJAS DE ALBA POCO ANTES DE MOMR (2). 



Hijas y señoras mías: Perdónenme el mal ejemplo que les he 
dado, y no aprendan de mí, que he sido la mayor pecadora del 
mundo, y la que más mal ha guardado su Regla y Costituciones. Pí- 
deles por amor de Dios, mis hijas, que las guarden con mucha per- 
feción y obedezcan a sus superiores. 



1 Publicó el P. Francisco de S. María en el tomo I, libro II, capítulo XVIII de su Refor- 
ma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen, esta breve plática que la Santa dirigió a 
las Carmelitas Descalzas de Valladolid cuando en Setiembre, de regreso de la fundación de 
Burgos, se dirigía a Medina y de allí a Alba, donde murió. No debe tenerse como escrito de la 
Santa; ella no hizo más que proferir estas discretas palabras, que la memoria de sus buenas 
hijas de Valladolid nos han conservado u trasmitido. 

2 Lo mismo que las anteriores, fueron recogidas estas palabras por sus atribuladas hijas de 
Alba al expirar Santa Teresa. Tráelas la Historia de la Reforma de los Descalzos, t. I, p. 847. 
Conviniendo en la substancia, discrepan algo de las que leemos en algunas Deposiciones del 
Proceso de canonización de la Santa. 



APENOICBS 245 



XLI 



TESTIFICACIÓN DEL P. GRACIAN ACERCA DEL PRIMER RECONOCIAUENTO DEL CUER- 
PO DE SANTA TERES.^ HECHO EN ALBA DE TORMES (1). 



Yo, Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, Prior de San Fe- 
lipe y Vicario Provincial de la Orden de Nuestra Señora del Carmen 
de los Carmelitas Descalzos de este reino de Portugal, por la presente 
doy noticia y testimonio de verdad a todos los que la presente vieren, 
que en los años pasados de mil y quinientos y ochenta y cuatro, 
siendo Provincial en esta misma Orden de Carmelitas Descalzos, y 
visitando el convento de Nuestra Señora de la ñnunciación de reli- 
giosas Descalzas de la villa de Alba, donde estaba el cuerpo de la 
Santa fl/ladre Teresa de Jesús, fui rogado e requerido por parte de 
las religiosas del mismo convento, descubriese el sepulcro de la Santa 
Aladre, para poner bien el cuerpo, porque le habían metido en un 
hueco de una pared que está en el coro bajo, y echado gran cantidad 
de cal, y temían que lo consumiese. 

Y así, entrando en el coro bajo con mi compañero, Fray Cristóbal 
de San Alberto, descubrimos el santo cuerpo, del cual salía una fra- 
gancia y olor suavísima, y lo hallamos entero y oloroso y con los pe- 
chos altos, como si estuviera viva, y con sangre fresca, como si aca- 
bara de expirar, habiendo dos años que estaba sepultada; aunque la 
cara y las manos que estaban descubiertas, se habían puesto dene- 
gridas con la cal; lo demás estaba con hermoso color. Y yo corté 
la mano izquierda de dicho cuerpo, la cual traía conmigo en una 
toquilla con papeles, de la cual manaba como un aceite, que manchaba 



1 Es interesante este Documento por las noticias que contiene u por rectificar, además, la 
fecha en que por vez primera fué descubierto el cuerpo de Santa Teresa. Según liemos leído en 
la Relación de Rna de San Bartolomé, pág. 240, el P. Gracián pasando por Alba nueve meses 
después de la muerte de la Santa, a ruego de las religiosas de aquel convento, lo desenterró. 
La misma opinión siguen Ribera, Yepes, Francisco de Sta. María ¡j otros escritores, señalando 
el 4 de Julio de 1563 como fecha de la exhumación, como hemos visto en la nota primera de la 
página poco lia dicha, que es la señalada por Ribera. Es muy extraño que tratándose de un 
hecho tan notable y reciente, en el que personalmente había intervenido, se equivocara el Padre 
Gracián, fijando la fecha cerca de año y medio más tarde de lo debido. Forzoso parece concluir, 
que Gracián está en lo cierto al fijar la fecha de este descubrimiento del santo cuerpo, dos años 
más tarde de la muerte, es decir, en Octubre de 1584. Y sin embargo, como veremos luego, en 
las notas que el mismo P. Gracián puso a la Vida de la Santa por Ribera, nada dice de la 
fecha que asigna el docto biógrafo al primer descubrimiento del cuerpo de Sta. Teresa, siendo 
asi que a cada paso está confirmando o declarando con apostillas pasajes menos Importantes del 
texto. El autógrafo de esta declaración lo guardaban, hasta la funesta revolución de Portugal, 
ocurrida en 1910, las Carmelitas Descalzas de San Alberto de Lisboa. Nosotros la hemos tra^ 
ducido de la Chronica de Carmelitas Descalzos, de nuestra antigua Provincia de Portugal, t. I, 
pág. 210, que la trasladó y publicó en portugués. 



246 APÉNDICES 

los papeles ij paños en que estaba envuelta. Después la deposité 
en un cofrecito juntamente con la llave del sepulcro, en que dejé 
el cuerpo mejor acomodado, y di a guardar el cofrecito, cerrado con 
llave, a las monjas del monasterio de Avila, con intento de que si 
el cuerpo no iba a Avila, gozasen ellas de la mano ; y si era lle- 
vado a Avila, tornase yo a tomarla. 

No sabiendo las religiosas lo que había en el cofrecito, sucedió 
que entrando una noche a encomendarse a Dios en el coro la iW. flna 
de San Pedro, supriora del dicho convento, vio visiblemente a la mis- 
ma M. Teresa de Jesús en el coro con mucho resplandor, la cual, 
alargando la mano hacía la parte del cofrecito, le dijo: Tenga cuenta 
con aquel cofrecito, que está allí mi mano, y luego desapareció. Acon- 
teció desde entonces también algunas veces a la M. Priora, María 
de San Jerónimo, tomar un jarro para beber y pedir la bendición 
a la Santa Madre, como si estuviera presente, y ver visiblemente la 
mano que la bendecía; y asimismo acudir al dicho cofrecito algunas 
religiosas que se vían atribuladas con algunas tentaciones y afligidas 
con algunos dolores y tornar sanas y quietas. 

Después, en el año 1585, celebrándose Capítulo provincial de nues- 
tra Orden en la villa de Pastrana, se ordenó que el santo cuerpo 
se trasladase de Alba a Avila, y yo pasé por Avila y pedí el co- 
frecito para sacar la llave que allí estaba, y saqué juntamente la mano, 
la cual hallé olorosa y que había henchido de aceite todas las sedas 
en que estaba envuelta, y la traje a Portugal, depositándola en el 
monasterio de San Alberto de las Carmelitas Descalzas de esta ciudad 
de Lisboa, y el dedo meñique, que la falta, se cortó para mandar 
a nuestro P. Provincial, Fray Nicolao de Jesús María. Y por esta 
mano ha hecho Nuestro Señor algunas maravillas en el monasterio 
de San Alberto. 

En fe de lo cual di ésta, firmada de mi nombre y sellada con el 
sello de nuestro oficio, en este monasterio de San Felipe de los 
Carmelitas Descalzos de Lisboa, a doce días del mes de Marzo de 
1587 años 

Fr. Jerónimo Gradan de la Madre de Dios, 

Vicario Provincial. 



APÉNDICES 247 



XLII 



DECRETO DEL CAPITULO DE LOS CARMELITAS DESCALZOS PARA QUE EL CUERPO 
DE SANTA TERESA SEA TRASLADADO DE ALBA A AVILA (1). 



Fray Nicolás de Jesús María, Provincial de los Carmelitas Des- 
calzos, y los cuatro Difinidores deste nuestro Capítulo provincial de 
Pastrana, por la presente damos licencia al Reverendo Padre Fray 
Gregorio Nazianceno, Vicario del nuestro districto de Castilla la Vie- 
ja, para que lleve el cuerpo de nuestra Madre buena Teresa de Jesús, 
que al presente está depositado en el nuestro monasterio de monjas 
de Alba, y con la compañía y honra funeral conveniente a tan buena 
Madre, lo lleve al nuestro convento de monjas de Hvila y le ponga 
en la sepultura que el Ilustrísimo y Reverendísimo Obispo de Pa* 
lencia (2) le tiene aparejado, por ser más decente a la virtud de la 



1 Dice la Crónica de la Descalcez carmelitana hablando de este decreto capitular: «El 
aflode15S5 hicieron los Descalzos en Pastrana su Capitulo para recibir al Padre Fray Nicolás de 
Jesús Alaria, que volvía de Italia a tomar posesión del oficio de Provincial que el año antes le había 
dado la Religión en el Capítulo de Lisboa. En éste propuso el P. Fray Jerónimo Gracián, Pro- 
vincial que acababa de ser, electo ya Vicario Provincial de Portugal, cómo atendiendo a los 
grandes favores y mercedes que toda la Orden había recibido del señor D. Alvaro de Mendoza, 
obispo de Palencia, le había dado palabra y cédula firmada de llevar el santo cuerpo a la iglesia de 
las religiosas de Avila, cuya capilla mayor él había labrado, para que al lado del Evangelio fuese 
elevado y colocado. Añadió que la ciudad de Avila, por ser madre de la Santa, tenía más dere- 
cho a su cuerpo que Alba, que la justicia de aquel convento, por ser original de toda la Reli- 
gión, era manifiesta, que la veneración de la Santa pedía lo mesmo, por haber de ser forzosa- 
mente más crecida en una ciudad populosa, noble, autorizada con iglesia catedral y muchos 
conventos de religiosos y religiosas, de todo lo cual carecía .'^Mba. Que la Santa, cuando salió 
de Burgos, a Avila caminaba, donde era priora, y en Alba .sólo tenía el hospedaje... Esforzó 
estas razones una embajada que el Obispo envió al Capítulo con D. Juan Carrillo, tesorero de 
la santa iglesia de Avila y después canónigo de la de Toledo, pidiendo se le cumpliese la obligación 
que aun en vida de la mesma Santa le había hecho el P. Provincial, como en otra parte vimos, 
en remuneración de el afecto que a la Orden había tenido». (Cfr. Historia de la Reforma de los 
Descalzos, t. I, lib. V, c. 30). Estas eran las razones que tenían los superiores de la Reforma 
para el traslado del cuerpo de Sla. Teresa y por ellas verá nuestro docto amigo D. José Lama- 
no, (Cfr. Santa Teresa de Jesús en Riba de Tormes, p. 326), que no hay fundamento para 
sospechar que la patente de Gracián señalando conventualidad y enterramiento a la Sauta en 
San José de Avila, que hemos publicado en la pág. 222, sea un documento amañado «para co- 
lorear el decreto acordado y promulgado por el Capítulo provincial reunido en Pastrana». 

2 D. Alvaro de Mendoza había pasado del obispado de Avila a Palencia en 1587. Cuando 
el monasterio de S. José de Avila se puso bajo la obediencia de la Orden, D. Alvaro manifestó su 
devoción al Provincial de los Descalzos, P. Jerónimo Gracián, de ser enterrado en aquella igle- 
sia, lo mismo que la Santa; y para su cumplimiento preparó su sepultura en el presbiterio, al 
lado de la epístola, y enfrente la de Santa Teresa de Jesús. En las Informaciones hechas en 
Avila en 1610 para la canonización de la Santn, dice su sobrina la M. Teresa: «El señor obispo 
escogió la capilla mayor de este convento fuese suya, y que esta merced pedía a todas las mon- 
jas de él y al P. Provincial, como a quien hacía las veces de la Orden; y que esto hacía por el 
amor que siempre había tenido a esta casa; y lo principal por asegurar con esto el cuerpo de la 



248 APÉNDICES 

dicha Aladre, ü por ser ese el primer convento que ella fundó, g por 
ser Priora del al tiempo que murió y al cual iba cuando enfermó, 
y por lo mucho que a su Señoría Ilustrísima se debe, y por la de- 
voción y deseo grande que tiene de ello, y por otras muchas razones 
que nos mueven. Por lo cual mandamos, en virtud de Espíritu Santo 
y santa obediencia, et sub praecepto, a las monjas del dicho monasterio 
de Alba que no lo contiadigan ni impidan. Fecho en este Convento 
de San Pedro de Pastrana, a veintisiete días del mes de Octubre 
de 1585. 

Fr. Nicolás de Jesús María, Provincial. — Fr. Gerónimo de la Madre 
de Dios, Diffinidor.— fr. Juan de la Cruz, Diffinidor.— /"/•. Gregorio 
Nazianceno, Diffinidor. — Fr. Bartolomé de Jesús. 



M. Teresa de Jesús, por cuyo respeto principalmente se puso a esta petición». No faltaron difi- 
cultades para conseguirlo, por tener las mismas pretensiones otras personas muy poderosas. Al- 
gunos malos ratos pasó la Santa por este negocio estando en la fundación de Burgos, como se 
infiere de estas palabras de su sobrina en el lugar arriba citado: «La Santa, no mirando a él, 
Sino a las grandes obligaciones que se tenía al señor Obispo, hizo todas las diligencias posibles; 
U vio esta declarante cuando estaba en Burgos con dicha Santa Madre, que padeció muchas pe- 
nas u trabajos por esta causa... La decía algunas veces: «¡Qué mal parecía, hija, que la iglesia 
de San José de Avila se tratase de dar a persona seglar, por rica que fuese y dejasen al buen 
Obispo, que ha sido su padre, amparo y perlado desde el principio que se fundó!» D. Alvaro 
está enterrado en San José de Avila, como vimos en el tomo I, pág. 282. Este y los cuatro do- 
cumentos siguientes, con muchos otros que no publicamos, pueden verse en el Archivo Históri- 
co Nacional: Dapeles de las Carmelitas Descalzas de S. José de Rvila, 



APÉNDICES 249 



X i i i í 



EELflCION DEL TRASLADO DEL CUERPO DE SANTA TERESA DESDE ALBA AL CON- 
VENTO DE SAN JOSÉ DE AVILA (1). 



Partimos el P. Julián de Avila y yo el viernes, veintitrés deste 
mes de Nobierabre de 1585, y el sábado siguiente llegamos [a Alba] 
muy temprano, conforme a lo que me había escrito el P. Fr. Gre- 
gorio Nacianceno; y antes de entrar en el lugar, le avisé cómo es- 
tábamos allí, y escribióme que entrásemos con mucho recato y secreto, 
y que aquella noche me viese con él en su posada, a las siete horas; 
y fui y [le] hallé solo y vino luego el P. Fr. Jerónimo Gracián, que 
había llegado aquel día de Salamanca. Tratamos de la manera que 
Nuestro Señor había ordenado que fuese agora la traslación del cuer- 
po de la Santa Madre, por medios muy singulares que habían pues- 
to para ella, y desterrando de Alba todas las personas que podían 
ser algún impedimento, y había en el pueblo la soledad que no se 
vio en muchos anos, habiéndose partido el día antes la Duquesa; 
y que el domingo luego siguiente, nos juntásemos en aquella misma 
parte y hora y no pareciésemos en el lugar. Ansí se hizo; aquella 
tarde, víspera de Santa Catalina (2), después de las cuatro, el Padre 
Fr. Gregorio, que estaba bien deseoso de acabar con este hecho y 
menos temeroso quel P. Gracián, ambos entraron en el monesterio y, 
con ocasión de ver el santo cuerpo y condescender con las monjas 
que se lo pedían con instancia, dispusieron el sepulcro de la Santa 
Madre y, al anochecer, sacaron su cuerpo del arca donde estaba y 
hallaron muy gastados los hábitos y ropa que tenía encima. Sacaron 
el santo cuerpo y pusiéronle a donde todas las hermanas le vieron 
con sumo contento y alegría. Idas ellas a decir Completas y una Vi- 
gilia, lo cual rezaron tan apriesa, con deseo de volverse, que fué ne- 
cesario mandarles a decir Maitines al coro alto, se quedaron los Padres, 
y con ellos la Priora y Supriora (3) y Juana del Espíritu Santo; 
y, pareciéndoles buen tiempo, notificaron a las tres la patente del Ca- 
pítulo para la traslación del santo cuerpo a San Joseph de Avila, que 
les causó infinita turbación y pena; y le quitaron un brazo que pu- 
sieron en un baúl, que de acá se había llevado; y con <;er de vara 
y media en largo, no cupo en él el santo cuerpo, y con dos llaves 
le metieron en el arca que estaba antes, y cerrado con tres llaves, 



1 La ejecución del anterior Decreto se efectuó al mes de ser publicado, con los pormenores 
que se verán en esta relación. Por primera vez lo dio a la luz pública Serrano y Sanz en su 
obra Mpuntes para un^ Biblioteca de escritoras españolas, t. II, p. 563. 

2 24 de Noviembre. 

3 Llamábase la primera, María de San Jerónimo, g Ana de San Pedro, la sejjunda. 



250 APÉNDICES 

la dejaron en el mesnio lugar que estaba, y vistieron el cuerpo de 
sus hábitos y ;envuelto en una sábana y una manta de sayal. Abrazado 
con él, [elj P. Fr. Gregorio le pasó a su aposento, que era enfrente 
de la portería del monesterio, a donde yo estaba y Julián de Rvila 
y un compañero del P. Vicario Provincial, y pasó tras él el P. Fr. Je- 
rónimo Gracián y, puesto el santo cuerpo encima de una cama, le 
descubrió y le vimos tan entero como se enterró, sin faltarle un 
cabello, tan lleno de carne todo él, desde los pies a la cabeza, y el 
vientre y pechos de manera como si allí no hubiese cosa corruptible, 
de tal suerte, que llegando con la mano a la carne, se deja asir y 
tocar como si acabara de morir, aunque pesa poco; el color del cuer- 
po es semejante al de unos cuerecillos de vejigas en que se echa 
manteca de vacas; el rostro está algo aplanado, porque se ve bien 
que, cuando le enterraron, echaron tanta cal, ladrillo y piedra, que al- 
guna le dio gran golpe en él, aunque no hay cosa rompida ni que- 
brada; el olor que sale deste santo cuerpo, llegados muy cerca, es 
eficacísimo y muy extraordinariamente bueno; y apartados, no es tan 
recio, y es el mesmo olor, que nadie sabe decir qué semejanza tiene, 
y si algo parece es a trébol, aunque poco. Después de haberle visto 
este santo cuerpo bien y tomado entera satisfación de lo que aquí 
digo, que es ansí, se envolvió y cosió en una sábana ansí vestido, y 
se le envolvió en una frazada de sayal y otras cosas, y todo cosido 
y liado, se llevó a mi posada luego, y tuvimos en nuestro aposento 
Julián de ñvila y yo aquella noche una tan grande y santa con- 
pañía con tanta fragancia de aquel buen olor que, después de puesto 
en un macho entre dos costales de paja, como caminó, quedó en el 
aposento notable seníiniiento deste olor. Salimos de ñlba el lunes, 
a las cuatro de la mañana, y hizo la noche y mañana tan sin frío 
y serena como de Junio; y lo mesmo ha sido desde que salimos 
de ñvila hasta esta noche que llegamos a ella, a las seis dadas, y 
se entregó esta tan gran reliquia a las hermanas de San Joseph, que es- 
tán tan alegres con tenerla, cuanto las de ñlba desconsaladas de ha- 
berla perdido; de las cuales, la sacristana y otra religiosa, estando 
en el coro la noche antes que la sacasen de su sepulcro, oyeron en 
el arca del nueve golpes, dados en poco espacio de tiempo, de tres 
en tres; y el domingo, a las cinco de la mañana, otra religiosa vio 
sobre su sepulcro andar una gran mariposa blanca buen rato; y la 
mesma vio otra religiosa acabando de morir la Santa Madre, sobre 
su cuerpo; y ellas lo dijeron el domingo a los padres y liermanas 
con gran sencillez. Todo esto es poco para lo que se ha visto con 
los ojos en este santo cuerpo y para lo que Nuestro Señor puede 
hacer en sus santos. El sea bendito que ha traído a Vuestra Se- 
ñoría un tal huésped a su capilla, por cuya intercesión puede Vues- 
tra Señoría estar cierto que le dará acá vida para gozarla aca- 
bada y perfecionada, y después le acompañará en la ctcriia. 

Fray Gregorio Nacianreno. 

D. Juan Carrillo. 



APÉNDICES J51 



XLI V 



AlANDATO DEL MUNCIO DE SU SANTIDAD ORDENANDO QUE LAS CARAVELITAS DES- 
CALZAS DE AVILA ENTREGUEN EL CUERPO UE SANTA TE.HESA AL P. i>JICOLAS 
DORIA PARA QUE ESTE LO DEVUELVA A ALBA (1). 



Nos, D. César Especiano, por la gracia de Dios y de la Santa 
Sede Apostólica Obispo de Novara, Nuncio en estos Reinos de Es- 
paña por nuestro muy Sancto Padre Sixto, por la Divina Providencia 
Papa quinto, con facultad de Legado de latere, etc. 

R vos, el Rvdo. P. Fr. Nicolás de Oria de Jesús María, Provincial 
de la Orden de los Carmelitas Descalzos, e a la M. Maria de San 
Jerónimo, Priora del Monesterio de San Josef, de la ciudad de ñvila, 
de la dicha Orden, salud e gracia. 

Sabed que habiendo venido a noticia de Su Santidad que la 
Madre Teresa de Jesús, fundadora que fué de las Monjas Des- 
calzas Carmelitas, murió, habrá cuatro años, poco más o menos, en 
el convento de la Anunciación de la villa de Alba de Formes, de 
la dicha Orden de las Descalzas, y que estando enterrada y sepultada 
en el dicho convento, por orden del Capítulo [y] del Provincial de la 
dicha Orden habían trasladado su cuerpo al dicho convento de San 
Josef de la dicha ciudad de Avila, donde al presente estaba; y por- 
que convenía, por obviar algunos debates y diferencias que el dicho 
cuerpo de la dicha monja fuese vuelto enteramente al dicho mones- 
terio de la Anunciación de la dicha villa de Alba de Tormes, Nos ha 
cometido y mandado por sus Letras lo proveamos y mandemos. Ansí 
y para el dicho efecto mandamos dar y dimos las presentes nues- 
tras Letras para vos, por el tenor de las cuales y por la autoridad 
apostólica a Nos concedida, de que en esta parte usamos, mandamos 
a vos la dicha María de San Jerónimo, Priora del dicho monesterio 
de San Josef de la dicha ciudad de Avila, en virtud de sancta obe- 
diencia y so pena de excomunión mayor, latae sententiac, ipso jacto 
incurrenda in eventum contraventionis, y a las demás monjas del 
dicho monesterio, que, dentro de tres días primeros siguientes después 
de la notificación de las presentes nuestras Letras, hecha en vuestras 



1 Desde el momento que el cuerpo de Sr.nta Teresa fué trasladado a Avila, así el Duque 
de Alba como su tío D. Hernando de Toledo, acudieron al Papa para que de nuevo fuese res- 
tituido a Alba. Con esto se entabló pleito entre ambas Comunidades, representando a las Des- 
calzas de Avila el P. Gregorio Narianceno, y el Duque defendía a las de Alba de Tormes. El 
cuerpo entró en Alba la víspera de S. Bartolomé, 23 de Agosto de 1586, después de haber es- 
tado en Avila nueve meses. Con la restitución del cuerpo, no se terminó el pleito, pues vemos 
que el Nuncio de Su Santidad falló de nuevo en favor del convento de Alba en 1588, g 
Sixto V ratificó la sentencia el 10 de Julio del año sifluiente. 



252 APÉNDICES 

personas, deis y entreguéis al dicho Fr. Nicolás Doria, Provincial su- 
sodicho, el cuerpo entero de la dicha Madre Teresa de Jesús, como 
está en vuestro raonesterio, sin faltar cosa del, para quel dicho Pro- 
vincial le lleve o haga llevar, de noche y sin estrépito ni ruido, al 
dicho convento de Alba, donde la susodicha murió y primero estaba; 
lo cual haga con toda brevedad y so la dicha sentencia de exco- 
munión mayor latae sententiae\ esto sin perjuicio del derecho de cual- 
quier persona que le pretendiere tener al dicho cuerpo, y si algún 
interesado sobre ello hubiere, acuda a Su Santidad, que le oirá y 
guardará justicia. Dada en la villa de Madrid, a diez y ocho días 
del mes de ñgosto de mil e quinientos y ochenta y seis años. — Epis- 
copas novariensis, Nuntins et Commissariiis apostólicas. 

Por mando de su Ilustrísima, Alonso de Robles, notario. 



APEin)icES 253 



XLV 



ftPELiíaON POR PRRTE DEL DUQUE DE ALBA ñL NUNCIO DE SU SANTIDAD SU- 
PLICaNDOLE FALLE EN EL PLEITO DEL CUERPO DE SANTA TERESA (1). 



Pedro del Castillo, en nombre de D. Fernando de Toledo y duque 
de ñlba, en el pleito con el convento de S. Joseph del de Descalzas 
Carmelitas de Avila, respondiendo a lo alegado por la parte contraria 
digo: Que Su Señoría ha de hacer según y como por mi parte está 
pedido, y lo en contrario dicho cesa y se excluye por lo siguiente. Lo 
primero, por lo general. Lo otro, porque mi parte es legítima para 
contradecir que dicho cuerpo de la Madre Teresa de Jesús se tras- 
lade al monasterio de Descalzas de Avila, por ser señor de la dicha 
villa de Alba y habérsele adquirido derecho para que cuerpo tan justo 
se conserve en la dicha villa, por los beneficios que se siguen, para 
que Dios sea glorificado en sus siervos; y pues permitió que muriese 
dicha Madre Teresa de Jesús en la dicha villa,- siendo de tan exera- 
plar vida, es piedad cristiana creer que en el dicho lugar sea Dios 
glorificado por medio de su sierva; y no obsta decir que la dicha 
madre Teresa era Priora y conventual del Monasterio de S. Joseph 
de Avila, pues, como está alegado, las sepulturas de los religiosos 
se dan a los monasterios donde mueren, por obrar (ahorrar) pompas 
y traslación de huesos, y no es considerable en derecho que los religio- 
sos mueran estando per transiíum o de asiento; y no obsta decir 
que su perlado le señaló sepultura, pues no lo pudo hacer, siendo con- 
tra derecho, y el cxemplo del hijo y esclavo donde hay expresa de- 
terminación en derecho, no ha lugar traerlo. 

A consecuencia, y así el auto capitular Provincial, no pudo con- 
firmar lo que de principio fué nulo, y menos obsta la conveniencia 
y trato que se hizo con el Obispo, pues en perjuicio de tercero no 
pudo tener efcto. Y las palabras enunciativas que dijo la dicha madre 
Teresa de Jesús, que no le faltarían siete pies de sepultura, son 
confirmatorias del trato que tenía hecho con la Duquesa de Alba, 
que sea en gloria, y tienen mayor fuerza y son de más cfeto cuando 
con la obra se cumple lo tratado, en especial cuando son reguladas 
conforme a derecho, como ha sido en este caso. Y no obsta la presenta- 
ción de escritura y respuesta de la citada queja por la parte contraria 
de las monjas de la Encarnación de Alba, pues en ello hay y ha habido 
violencia, y como superiores, los dichos frailes con excomuniones les 



1 En este alegato las partes del Duque tratan de refutar las razones que el Capítulo de 
Carmelitas Descalzos de Pastrana aducía para legitimar el derecho de las Descalzas de Avila al 
cuerpo de su santa Fundadora. El documento lleva fecha de 21 de Julio de 1587. 



251 APÉNDICES 

han hecho hacer el permiso y declaración (1), pues lo contrario han siem- 
pre dicho las dichas monjas, en particular y al tiempo que los di- 
chos frailes, clandestinamente y con violencia y censuras, sacaron el 
cuerpo de la dicha madre Teresa de Jesús de dicho monasterio, como 
consta desta información de que hago presentación, por las cuales 
razones y por las dichas y alegadas, a V. S. pido y suplico haga se- 
gún y como tengo pedido. Para lo cual etc. — Pedro de Castillo. (Es 
original). 



1 En una carta del P. Gregorio Nacianceno, que se halla en el lugar antes citado del 
Archivo Histórico Nacional, dice que las monjas de la Encarnación de Alba no se oponen 
al traslado del cuerpo a Avila, sino que acatarán lo que la Provincia de los Descalzos dis- 
pusiere. Poco después de esta carta, viene una Exposición del Concejo de Avila al Nuncio 
de Su Santidad, suplicando que la Santa, por ser de aquella ciudad, por haber fundado en ella 
el primer convento de su Reforma g por otras razones, quedase en San José. 



aPENDiCES 255 



SENTENCIA EN QUE SE RESUELVE EL PLEITO ENTRE Lñ C0MUNID.1D DB SAN 
JOSÉ DE flVILR Y EL DUQUE DE ALBA Y LflS CARAíELITñS DF RQUELLA 
VILLA aCERCH DE LA POSESIÓN DEL CUERPO DE SAVT^ TERESA (1). 



Christi nomine invocato, pro tribunali sedcns et solum Deum prac 
oculis habentes, per hanc nostrara deñnitivam sententiam quam de juris- 
peritoruní consilio fecimus in his scriptis in causa ct causis quae Ínter 
Monasterium seu conventum Sancti Josephi de Avila et litis consor- 
tes, agentes ex una et Illustrissimos DD. Ducera Albae ac D. Her- 
nandum de Toledo, Magnum Priorem Sancti Joannis, communitatem et 
homines dictae villae de Alba ac lites consortes et eos conventos de 
et super exhumatione corporis et ossium bonae memoriae Theresiae 
de Jesús, monialis et fundatricis dictorum monasíeriorum, ac restitu- 
tione in pretenso spolio, rebusque alus in actos causae et causarum 
iiuiusmodi latius deductis et illorum occasione coram nobis in prima 
seu veriori versae sunt et vertuntur instantia parte ex altera, dicimus, 
pronuntiamus. sententiamus, decernimus et declaramus corpus ct ossa 
bonae memoriae Theresiae minime amovendum nec amovenda, sed in 
dicto monasterio monialium de Incarnatione de Alba perpetuo dimitten- 
dum et reliquendum, dictumque monasterium de Incarnatione et alios 
oranes litis consortes ab impetitis per dictum monasterium Sancti Jo- 
sephi de Avila et litis consortes absolvendum ac penitus liberandum 
fore et esse absolvimus et liberamus; molestationes, perturbationes, In- 
quietationes et impedimenta quaecumque per praedictum monasterium 
Sancti Josephi et litis consortes factas monasterio praedicto de In- 
carnatione de Alba et litis consortes, fuisse nullas injustas, iniquas 
ct de facto falsas, nullaque iniqua injusta et de facto facta illasque 
et illa faceré minime licuisse, nec licere de jure, et propterea cisdera 
Monasterio Sancti Josephi de Avila et alus litis consortibus perpe- 
tuum desuper silentium iraponendum fore et esse et imponiraus, par- 



1 Debidamente autorizado, el Nuncio falló en este pleito, mandando que pora siempre 
quedase el cuerpo de Sta. Teresa en la villa ducal. La sentencia fué confirmada a 10 de JuUo 
de 1589 pot la Santidad de SUto V. 



256 APÉNDICES 

tes tamen ambas justis de causis animum nostrum raoventibus, ac 
expcnsis in hujusmodi causa factis, absolviraus et liberamus orani me- 
liori modo. 

Episcopus Novarensís, Nuntius Apostólicas. 

En la villa de Madrid, a primero día del mes de Diciembre de 
mi¡ y quinientos y ochenta y ocho años, el íllustrísimo Señor Don 
César Speciano, obispo de Novara, Nuncio de su Santidad, estando en 
audiencia pública, dio y pronunció la sentencia suprascripta y en ella 
firmó su nombre y la mandó notificar a las partes, siendo testigos 
Vicencio Rayóla y Francisco de Hita, estantes en esta villa. — Pasó ante 
mí. Juan Baptista de la Canal, escribano (1). 



1 El original hace una ho)a en folio. 



APÉNDICES 257 



XLVII 



REE/ICION DEL P. RIBERA ACERCA DE LA MUERTE DE SANTA TERESA, TRASLADOS 
DE SU SANTO CUERPO E INCORRUPCIÓN DE QUE FUE DOTADO (1). 



Aquella noche llegó a Alba, que fué víspera del glorioso apóstol 
y evangelista San Mateo. Llegó muy cansada y congojada con la en- 
fermedad que traía, y luego la priora, que era entonces la iWadre 
Juana del Espíritu Santo, y las monjas, la pidieron mucho que se 
acostase, y «lia lo hizo diciendo: «Vélame Dios, qué cansada me sien- 
to; más ha de veinte años que nunca rae acosté temprano, sino ahora». 
A la mañana se levantó, y anduvo mirando la casa, y fuese a misa, 
y comulgó con mucho espíritu y devoción, y de esta manera anduvo 
cayendo y levantando; pero comulgando cada día con su acostum- 
brada devoción, hasta el día de San Miguel que, habiendo ido a misa 
y comulgado, se echó en la cama, porque no venía para otra cosa, 
que la dio un flujo de sangre, de que se entiende que murió». 

Tres días antes del día en que murió, estuvo casi toda la noche 
en gran oraciónl, y a la mañana dijo que la viniese a confesar el Pa- 
dre Fray Antonio de Jesús, y entendióse que la había Nuestro Señor 
revelado su muerte, porque unas hermanas oyeron decir al Padre Fray 
Antonio, en acabando de la confesar, que suplicase a nuestro Señor 
no la llevase ahora, ni les dejase tan presto. Y la Madre respondía, 
que ya ella no era menester en este mundo. Desde entonces co- 
menzó a decir a sus monjas muchos consejos santos, y aunque siem- 
pre los decía, entonces, como quien estaba de partida, con más veras 
y con mayores muestras de amor. Víspera de San Francisco, a las 
cinco de la tarde, pidió el Santísimo Sacramento, estando ya tan mala, 
que en la cama no se podía menear, ni volver de un lado a otro, 
si no la volvían. Y entretanto que se le traían, comenzó a decir a 
las monjas, las manos puestas: «Hijas mías y señoras mías, por amor 
<le Dios las pido tengan gran cuenta con la guarda de la Regla y Cons- 
tituciones, y no miren el mal ejemplo que esta mala monja las ha 
dado, y perdónenmele». Cuando le traían y vio entrar por la puerta 
de la celda aquel Señor a quien tanto amaba, con estar antes tan 
caída y con una pesadumbre mortal, y que no se podía revolver. 



1 Con su acostumbrada exactitud y claridad, resume el P. Ribera en la Vida de la Santa, 
lo acaecido en su muerte, sepultura, traslado de su cuerpo a Avila tj de nuevo a Alba de Tor- 
mes, i) el estado de incorrupción que gozó durante muchos años, descrito con grande precisión 
y elegancia. Véanse los capítulos XV y XVI del libro III, y el I, II y III del libro V. Leídos más 
tarde estos capítulos por el P. Jerónimo Gracián, les dio su aprobación y puso algunas notas 
marginales de gran valor en el ejemplar que él usó y del que ya habló en diversos lugares del 
ñño Teresiano el P. Antonio de San Joaquín. 

II 17 



258 APÉNDICES 

se levantó en la cama sin ayuda de nadie, que parecía se quería echar 
de ella, y fué menester tenerla. Púsosele un rostro muy hermoso y 
encendido, y muy diferente del que antes tenia, y muy más venerable, 
no de la edad que ella era, sino de mucho menos. Y puestas las manos, 
con grandísimo espíritu, y llena de alegría, comenzó aquel blanquísimo 
cisne a cantar al fin de su vida con mayor dulzura que en toda ella 
había cantado, y hablando con todo su bien, que tenía delante, decía 
cosas altas, amorosas y dulces, que a todas ponían gran devoción. 
Decía éstas, entre otras: «¡Oh Señor mío y esposo mío, ya es llegada 
la hora deseada, tiempo es ya que nos veamos! ¡Señor mío, ya es 
tiempo de caminar, sea muy enhorabuena, y cúmplase vuestra santísi- 
ma voluntad! Ya es llegada la hora en que yo salga de este destierro, 
y mi alma goce, en uno con vos, de lo que tanto ha deseado*. 

Dábale muchas gracias porque la había hecho hija de la Iglesia, y 
porque moría en ella, y muchas veces repetía esto: «En fin, Señor, 
soy hija de la Iglesia». 

Pedía con mucha devoción perdón a Nuestro Señor de sus pecados, 
y decía que por los merecimientos de Jesucristo Nuestro Señor espe- 
raba ser salva, y a las hermanas las pedía rogasen esto a Nuestro 
Señor, y con mucha humildad las pedía perdón. Después, pidiéndola 
las hermanas que las dijese algo, no las quiso decir más de que guar- 
dasen muy bien la Regla y Constituciones, y obedeciesen siempre a 
sus prelados, y esto decía algunas veces. 

En todo este tiempo repetía muchas veces estos versos: Sacrifi- 
ctíim Deo spiritus cotitribulatus. Cor confritiim et humiliatam, Deas, 
non despides. Ne projicias me a facie Um, et Spiritum Sanctnm tnum 
ne aaferas a me. Cor mundum crea in me, Deas. Y particularmente 
este medio verso: Cor contritiim et hamiliatum, Deas, non despides, 
no se le cayó de la boca hasta que se le quitó la habla. Pidió 
la Extremaunción, y recibióla con grande reverencia a las nueve de 
la noche del mismo día, víspera de San Francisco, y ayudaba a decir 
los salmos, y respondía a las oraciones, y en recibiéndola, tornó a 
dar gracias a Nuestro Señor, porque la había hecho hija de la Iglesia. 
Después preguntóla el Padre Fray Antonio de Jesús si quería que 
llevasen su cuerpo a ñvila, o que se quedase en Alba. A esto res- 
pondió dando con el rostro a entender que la pesaba de aquella pre- 
gunta, y (dijo: «¿Tengo yo de tener cosa propia? ¿aquí no me darán 
un poco de tierra?». 

En toda esta noche no dejó de padecer muchos dolores, saliendo 
de cuando en cuando con sus versos acostumbrados; y el día siguien- 
te, a las siete de la mañan^, se echó de un lado, de la manera 
que pintan a la Magdalena, y con un crucifijo en la mano, el cual 
tuvo hasta que se le quitaron para enterrarla. El rostro tenía encen- 
dido, y asi se estuvo en oración con grandísimo sosiego y quietud, sin 
menearse más. Cuando estaba en el artículo de la muerte, una her- 
mana la estaba mirando con grande atención, y parecíala que veía 
en ella señales de que la estaba hablando Nuestro Señor, y mostrán- 
dola grandes cosas, porque hacía meneos, como quien se maravillaba 
de lo mucho que veía. Así estuvo hasta las nueve de la noche, en que 
dio su santa alma a su Criador, jueves, día de San Francisco, que es 



ÁPF.NniCFS 259 

a cuatro de octubre, año de 1582, que fué el año en que se enmen- 
daron los tiempos (1), quitando diez días que andaban adelantados; 
así el día siguiente se contaron quince de Octubre, presidiendo en la 
silla de San Pedro el Papa Gregorio XIII, de gloriosa memoria, y 
reinando en España el católico rey don Felipe, segundo de este nom- 
bre. Nació esta santa, como queda dicho al principio, a veinte y ocho 
de marzo, año de 1515, de donde se ve haber vivido sesenta y siete 
años, y seis meses y siete días. Vivió en la Religión cuarenta y siete 
años; los veinte y siete en la Encarnación, y los veinte postreros en 
la primitiva Regla del Carmen. Su muerte fué tan sosegada, que a 
las que muchas veces la habían visto en oración no las parecía sino 
que estaba todavía en ella... (2). 

Quedó su rostro hermosísimo, como murió, y sin arruga ninguna, 
aunque solía tener hartas; todo el cuerpo muy blanco y también sin 
arrugas, que parecía alabastro; la carne tan blanda y tan tratable 
como la suelen tener los niños de dos o tres años. Vióse en ella lo 
que San Buenaventura escribe de San Francisco en. su Vida, capítulo 
quince, que quedó su carne muy blanca, figurando la gloria que des- 
pués había de tener. Y sus miembros se mostraban tan blandos y tan 
tratables a los que los tocaban, que parece tenían la ternura de la 
niñez, y se veían hermoseados con manifiestas señales de inocencia y 
santidad. 

De todo el cuerpo salía un olor muy suave, que nadie pudiera de- 
cir a qué olor se parecía, y de rato a rato venía más suave, y 
era tan fuerte, que hubieron menester abrir la ventana, porque dolía 
la cabeza a las que estaban allí. Esto era en una pieza baja que es- 
taba en Is claustra, que ahora sirve de capítulo, y a otra que estaba 
encima pasaba aún mucho olor, y por toda la casa andaba aquella 
noche, y el día siguiente, y quedó entonces este olor en sus vestidos 
y ropa, y (én las cosas que sirvieron en su enfermedad, en tanto ex- 
tremo, que de allí a muchos días una hermana, oliendo siempre aquel 
olor en la cocina y buscando dónde salía, halló debajo de im arca 
una salserita de sal, con los dedos señalados en ella, que la llevaban 
cuando estaba enferma, y de allí salía aquel olor. También quedó 
en los platos, y aun en el agua con que los lavaban; y si en algún 
rincón o entre paños sucios había algo que la hubiese tocado, sentían 
el olor, y veían que era algo suyo. Una hermana, en acabándola de 
amortajar, fuese a lavar las manos descuidadamente, y comenzó a 
salir tan grande olor de ellas, y tan suave, que la parecía cosa del 
cielo, porque acá nunca había visto cosa semejante.... 



1 Esta reforma del Calendario se promulgó en EspaPa por medio de una pragmática fir.- 
mnda por Felice II el 19 de Septiembre, en Lisboa. La pírtp dispositiva dice: «Nuestro muy 
santo padre Gregorio XIII, conformándose con la costunibre jj tradición de la Iglesia católica.... 
ordenó un calendario eclesiástico, en el cual, para enm-^ndar g reformar el yerro que se había ido 
causando en la cuenta del curso del sol g de la luna, se mandan quitar- diez días del mes de 
Octubre de este afio de ochenta ¡j dos, contando quincf de Octubre cuando se habían de contar 
clncü'-. 

2 Capítulo I del libro V de la Vida, por Ribera. En las notas que el P. Gracián tenia 
puestas al ejemplar que él usó, decía: «Todo lo de este raDÍtulo sé como testigo de vista, porque 
pasó.' por mi mano*. 



260 APÉNDICES 

Aquel año primero venían las monjas a visitar el cuerpo de su 
Madre, y si acontecía alguna dormirse cabe él, oía algunas veces un 
ruido que la despertaba para hacer oración. Sentían muchas veces 
gran olor que salía de él, con estar debajo de tanta piedra y cal, y 
particularmente se sentía este olor los días de los santos con quien 
ella había tenido particular devoción; y en fin, en el sepulcro era el 
olor casi ordinario. Este era muy suave, y no siempre de una manera: 
unas veces como de azucenas, otras como de jazmines y violetas, 
otras no sabían a qué le comparar. 

Ponía esto a las religiosas mucho deseo de ver el cuerpo, porque 
no parecía posible estar corrupto, echando de sí tan suave olor, y éste 
sentían también personas de fuera; y llegando allí el Padre Maestro 
Fray Jerónimo Gracián, Provincial, dijéronle lo que pasaba, y rogá- 
ronle que se viese aquel Santo cuerpo. Parecióle bien al Padre, y co- 
mienzan a quitar las piedras con mucho secreto (1); pero eran tantas, 
que estuvieron él y su compañero cuatro días en quitarlas. Algunas de 
estas piedras echaron sobre unas pajas (2), y hartos días después, en- 
fundando con ellas un jergón para una novicia que se había recibido, 
sintió la hermana que le enfundaba un suave olor en las pajas, y ma- 
ravillándose mucho, y deseando saber de dónde venía, halló que le 
habían tomado las pajas de las piedras del sepulcro que cayeron acaso 
sobre ellas. 

Abrieron el ataúd a H 'de Julio de 1583, nueve meses después del 
entierro (3), y halláronle quebrado por encima y medio podrido y lleno 
de moho, con mucho olor, de la mucha humedad que tenía; porque 
para poner las piedras, habían echado primero cal sobre él, y aquella 
humedad pasó abajo. Los vestidos también estaban podridos, y olien- 
do a humedad (1). El santo cuerpo estaba lleno de la tierra que había 
entrado por el ataúd, y también lleno de moho, pero sano y entero 
como si entonces le acabaran de enterrar; porque como Nuestro Señor 
en la vida le guardó enteramente de toda deshonestidad, con perfec- 
tísima virginidad, así después de la muerte le guardó de toda corrup- 
ción, y no quiso que tocasen los gusanos al que los ardores de la des- 
honestidad habían perdonado (5). Quitáronle casi todos los vestidos 
(porque se había enterrado con todos sus hábitos), y laváronle, y qui- 
taron aquella tierra; y era grande y maravilloso el olor que se de- 
rramó por toda la casa,) y duró algunos días en ella. De la tierra que 
he dicho tuve yo alguna poca que me dieron, y tenía un muy lindo 
olor, que nadie podía decir a qué olor se parecía; di jome a mí un 
Padre de la Compañía, mostrándosela yo, que tenían en el colegio de 
Avila, donde él estaba, una reliquia buena del mártir San Lorenzo, 



1 «Entrábamos poco rato». (Nota del P. Gracián). 

2 Aflade Gracián: «Echaron las piedras y ladrillos j) la tierra mug suavemente». 

3 Véase lo que dejamos dicho en la pág. 245. Maravilla que Gracián no corrija la fecha 
del P. Ribera. 

4 «Los vestidos, apartados del cuerpo, olían mal y los mandé quemar; cuando estaban en 
el cuerpo olían muy bien». (Nota de Gracián). 

5 «Estaba tan entera, advierte Gracián, que mi compañero, Fr. Cristóbal de San Alberto, 
ü yo nos salimos fuera mientras la desnudaron; y después, teniéndola cubierta con una sábana, 
me llamaron, y descubriendo los pechos, me admiré de verlos tan llenos y altos". 



APÉNDICES 261 

que tenía el mismo olor. Pero el del cuerpo es grande y fuerte, y tan 
nuevo, que nadie ha visto olor semejante. 

Con esto, la pusieron otros vestidos nuevos y la envolvieron en 
una sábana y la pusieron en una arca, en el mismo lugar donde antes 
estaba, que ven ahora todos los que entran en la iglesia, porque está 
abierta y descubierta. Pero antes de hacerse esto, la quitó la mano 
izquierda el Padre Provincial (1), y él mismo la llevó después a Lisboa, 
y la puso en el monasterio de las Descalzas, que poco antes allí se 
había fundado (2). Quedóse, pues, allí el santo cuerpo con mucho con- 
suelo de las monjas, y teníanle puesto lo mejor que podían, y visitá- 
banle con mucha devoción. Después de esto, los Padres Descalzos 
hicieron Capítulo en Pastrana, por Octubre del año de 1585, y el día 
de San Lucas, que es a diez y ocho, determinaron que el santo cuerpo 
se sacase secretamente de Riba y se llevase a San José de ñvila, 
donde la Madre había comenzado, y de donde era priora cuando 
murió. Movíales también a esto que el obispo de Palencia, Don Alvaro 
de Mendoza, había tratado con ellos de hacer la capilla mayor del 
mismo monasterio, y en ella, en el mejor lugar, hacer un sepulcro para 
la Madre y después otro para sí, por la devoción que la tenía; nó que- 
riendo, aun en la muerte, apartarse de ella, y así se le concedió. Dan 
el cargo de esto al Padre Fray Gregorio Macianceno, Vicario pro- 
vincial de Castilla, ordenándole que para consuelo de las monjas de 
Alba les dejase allí un brazo; y hácese la patente para que le den 
el cuerpo, y firmase el mismo día, como a las siete y media de la 
noche (3). 

Cosa fué maravillosa, pero muy cierta, y que quien quisiere la 
puede saber de las monjas de Alba, que aquella misma hora, estando 
todas en recreación tratando de las cosas que pensaban que se trata- 
rían en el Capítulo, oyeron dar tres golpes juntos, recios, cerca de sí, 
y esto por dos veces; y pensaron que era en el torno de la sacristía, 
y temieron que alguno se había quedado allí. De allí a un poco, 
haciendo la portera la diligencia que podía para ver si había quedado 
alguna persona en la iglesia, oyó otros golpes de la misma manera, 
y dijo la Priora: No se nos dé nada, que el demonio nos debe querer 
turbar. Y otra monja dijo, que sin duda aquel ruido era en el arca 
donde estaba el santo cuerpo, que estaba cerca del torno ya dicho, y 
era así; pero no sabían qué fuese aquello, hasta que después, contán- 
dolo al Padre Fray Gregorio, dijo que a aquella misma hora se esta- 



1 Añade Gracián: «Esta mano traía ijo en una toquilla con papeles, y destilaba de ella 
aceite, que me los manchó. Déjela en Avila en un cofrecito cerrado, y dentro la llave del arca, 
donde quedaba el cuerpo, diciendo a las monjas que me guardasen aquel cofrecito, que tenía 
algunas reliquias. Preguntóme Inés de San Pedro que de quién eran las reliquias que traía en 
aquel cofrecito; y diciéndole que oor qué me lo preguntaba, dijo que, entrando en el coro, había 
visto visiblemente a la Madre Santa Teresa, y le había dicho: Tened cuenta con aquel cofre'- 
cito, que está allí su mano. Y otras monjas vían, cuando iban a besar, una mano que les echa- 
ba la bendición». 

2 «Cuando le corté la mano, dice Gracián, corté también un dedo meñique, que traigo con- 
migo; y desde entonces acá, gloria a Dios, no he tenido enfermedad notable. Y cuando me cap- 
fivaron, rae lo tomaron los turcos, y lo rescaté por unos veinte reales y unas sortijas de oro, 
que hice hacer con unos rubinlcos que traía el dedo». 

3 Véase la pág. 247. 



262 APÉNDICES 

ba firmando la patente para sacarle ,de allí, y entendieron que había 
sido como aviso o despedida Ú2 la Santa Madre, que las quería dejar. 
Y así fué, porque luego por Noviembre vino el Padre Fray Gregorio a 
fllba (1), y la víspera de Santa Catalina, que es a veinte y cuatro del 
mismo mes, hizo que las monjas se subiesen al coro alto a decir mai- 
tines, y quedóse en el bajo con la Priora y con otras dos o tres 
de las más antiguas, y notificólas la patente y mandato que traía 
del Capítulo, y con mucho secreto y presteza, sacaron el cuerpo, que 
estaba tan entero como al principio», y con el mismo olor que habemos 
dicho, aunque algo más enjuto, pero los vestidos estaban casi podridos. 

Dos milagros, ó mi juicio, manifiestos, se vieron aquí entonces, 
fuera del principal de la incorrupción de aquel purísimo y virginal 
cuerpo. El uno fué que, como a la Madre la salía sangre cuando 
murió, la pusieron un manteico pequeño de estameña blanca nueva, y 
éste se hinchió de sangre, y hallaron entonces, a cabo de tres años y 
dos meses, la sangre en él, con un excelente olor, y de manera que 
poniendo alguna parte de aquel manteico entre lienzo, le iba tiñendo 
poco a poco, y quedaba colorado. Yo vi parte de este paño^ y he visto 
otros muchos que se han teñido con él, sin mojarle ni hacer cosa nin- 
guna, más de tenerlos algún día con él; y es cosa maravillosa, ver un 
olor tan lindo en aquella sangre. El otro fué que, como se sacó el 
cuerpo, el Padre Fray Gregorio Nacianceno, harto contra su volun- 
tad, porque me decía que era aquel el mayor sacrificio que había 
hecho a Nuestro Señor de sí, por cumplir su obediencia, sacó un cu- 
chillo que traía colgado de la cinta para cortar el brazo que liabía de 
dejar en el monasterio de Alba, y púsole debajo del brazo izquierdo, 
aquel de donde faltaba la mano, y el que se le mancó cuando el demo- 
nio la derribó de la escalera. Fué cosa maravillosa, que sin poner 
fuerza más que si cortara un melón o un poco de queso fresco, como 
él decía, partió el brazo por sus coyunturas, como si buen rato estu- 
viera mirando para acertarlas (2). Y quedó el cuerpo a una parte, y lel 
brazo a otra. 

Y luego tomó el santo cuerpo, envuelto en una sábana, y se fué 
con él a la portería. En esto, como salía tan gran olor, las monjas 
arriba en el coro, sospecharon que las llevaban su tesoro, y fueron, 
por el rastro del olor, a la portería; pero ya el Padre Fray Gregorio 
había salido, y la puerta estaba cerrada; y así se hubieron de volver 
harto tristes, quedándose solamente con el brazo y con una parte del 
paño de la sangre. El Padre, luego sin detenerse, aquella misma 
noche se partió para Avila, y fué allá el cuerpo, muy alegremente 
recibido, y puesto muy decentemente donde todas las monjas le goza- 
sen y se alegrasen con él. Tuviéronle al principio en el Capítulo, en 
unas andas, con sus cortinas muy bien puestas; después hicieron un 
cofre largo, a manera de tumba, aforrado por dentro de tafetán negro, 



1 Dice aquí Qracián: «Yo vine con Fr. Gregorio, y llegando de Avila, pedí el cofrecito 
para sacar la llave, y escondidamente saqué la mano y me la llevé después conmigo a Portugal, 
donde iba elegido por Vicario Provincial, y saqué el cuerpo, sin el brazo, del convento, y quedé 
quietando las monjas mientras el P. Fr. Gregorio se fué luego a Avila». 

2 cNo tuve yo ánimo para cortáiselú*. (Mola de Graciúii). 



APÉNDICES 263 

con pasamanos de plata y seda,, y por de fuera, de terciopelo negro, 
con pasamanos de oro y seda, y la clavazón dorada, como lo son 
también las cerraduras y llaves y aldabas y dos escudos de oro y 
de plata, uno de la Orden, otro del Santísimo nombre de Jesús. Y en- 
cima de esta tumba, un letrero de tela de oro bordado, que dice: «La 
Madre Teresa de Jesús» (1). Esta vi yo, y aunque no estaba allí el 
cuerpo, se tenía todavía el olor. 

Procurábase en esle tiempo mucho secreto, así en lo del milagro 
del santo cuerpo, como en haberle traído a Avila, porque por enton- 
ces parecía convenir así; pero' a algunos de los que lo sabían, les pa- 
recía que era ra/:ón que entrasen médicos y teólogos, para que le 
viesen y juzgasen si podía ser cosa natural, o si era milagrosa, y se 
tomase por testimonio. Y para esto pidieron a la Madre María de 
San Jerónimo, priora de aquella casa, una relación de todo lo que 
había pasado; pero ella no la dio hasta tener licencia de su su- 
perior, a quien pareció muy bien lo que se quería hacer; y ésta 
vino, víspera de año nuevo, en la tarde. Y porque quería Nuestro 
Señor que esto se abreviase, y se comenzasen a descubrir sus gran- 
dezas, a la misma hora llegan a Avila el Padre Fray Diego de Ye- 
pes (2), prior que era entonces de San Jerónimo de Madrid, y el 
licenciado Laguna, oidor del Consejo Real, y don Francisco de Con- 
treras, oidor que es ahora de Granada, que, con mucho frío y tra- 
bajo venían de Madrid, sólo a ver esta maravilla de Dios. Fuéronse 
a apear en casa del obispo don Pedro Fernández de Temiño, y de- 
claráronle el secreto, y el tesoro que en su ciudad tenía. El se in- 
formó enteramente del tesorero don Juan Carrillo, que lo sabía bien, 
y luego Ciivió a decir a la Priora que irían allá todos el día siguiente 
a las nueve. Luego al día siguiente, que era día de la Circuncisión, 
principio del año de 1586, a las nueve, fué el Obispo con los oido- 
res y dos médicos y otras personas, que por todas serían como veinte, 
y entraron por e\ santo cuerpo el Padre Fray Diego de Yepes, y Ju- 
lián de Avila, clérigo, y los dos médicos, y sacáronle a la por- 
tería !j pusiéronle sobre una alfombra, cerrada la puerta de la calle; 
y teniendo casi todos hachas encendidas, se descubrió el cuerpo, te- 
niendo el Obispo descubierta la cabeza y todos los que estaban con 
él, y puestos todos de rodillas le miraron con grande admiración y 
con hartas lágrimas. 

Los médicos le miraron con mucha curiosidad, y se resolvieron 
en que era imposible ser aquello cosa natural, sino verdaderamente 
milagrosa, como después, a la tarde, lo tornaron a decir al Obispo, 
trayendo para ello algunas razones, Pero la cosa estaba tan clara, 
que eran menester pocas. Porque un cuerpo que nunca jamás se abrió, 
ñi le echaron bálsamo, ni la menor cosa del mundo, estar, a cabo de 
tres años y tres meses, tan entero que no le faltase nada, y con un 
olor tan admirable, ¿quién podía dejar de entender ser obra de la 
mano derecha de Dios, y sobre toda virtud natural? No menos se 



1 Venérase todavía en las Carmelitas Descalzas de Avila. 

2 De este viaje a Avila da cuenta por extenso el P. Yepes en su Vida de la bienaventu- 
rada viiíjcn Teresa u'e ¡t.si.s, liLi. lí, cap. XLII, 



26-'l APÉNDICES 

espantaron de ver el paño teñido en sangre tan fresca y tan oloro- 
sa. El Obispo decía a las monjas que era grande el tesoro que tenían, 
y que no tenían más que desear en esta vida, y encomendó mucho 
que le tuviesen con gran decencia, y no se tornasen a servir de la 
alfombra que se había puesto para él. Después de esto puso des- 
comunión para que no publicasen lo que habían visto, pero ellos 
andaban diciendo: ¡Oh! que habernos visto grandes maravillas; y 
estaban tan ganosos de decirlo, que en fin, el Obispo hubo de alzar 
la descomunión, y se publicó por toda la ciudad. 

De esta manera andaban las cosas en Avila; pero en Hlba anda- 
ban muy de otra, porque cuando se sacó el cuerpo de allí, el Duque 
don ñntonio de Toledo, no era venido de Navarra, y el Prior de san 
Juan, don Hernando de Toledo, su tío, también estaba ausente; y 
cuando lo supo, tomó grande enojo, así por ser él muy devoto de la 
santa Madre, como por entender el tesoro que aquella villa había 
perdido; y parecióle que el agravio se había hecho no tanto al Duque 
como a él, a cuyo cargo estaban todas las cosas del Duque, Después 
vino al monasterio, y hizo, ante un escribano, un gran requerimiento 
a la Priorai y a las monjas, mandando, debajo de graves penas, que 
en ninguna manera dejasen sacar de allí el brazo que las había que- 
dado. Y no se descuidó con esto del cuerpo, antes . escribió a Roma, y 
negoció tan bien, que Su Santidad mandó a los Padres Descalzos, 
que luego volviesen el cuerpo' a Alba y se le entregasen a la Priora 
y al convento, y si algo tuviesen que alegar por su parte, pareciesen 
por isí, o por medio de procurador, ante él. 

El Padre Fray Nicolás de Jesús María, que era entonces Provin- 
cial, como le fué notificado el mandamiento de Su Santidad, sin dila- 
ción ninguna fué a Avila, y desde allí, con mucho secreto, envió al 
Padre Fray Juan Bautista, que era entonces prior en Pastrana, con 
el cuerpo; y él y el Padre Fray Nicolás de San Cirilo, prior que era 
del monasterio de Mancera, llegaron con el cuerpo a Alba, a 23 de 
Agosto, víspera de San Bartolomé, del mismo año de 1586, pero tan 
disimulado el cuerpo, que nadie pudiera entender lo que traían; y 
luego lo metieron en el monasterio, como a las ocho de la mañana, 
poco más o menos. 

Bien poco había que ellos habían llegado, cuando yo llegué al 
mismo monasterio, y era mi camino a Avila, a visitar el santo cuerpo 
y verle, que lo deseaba mucho; así que, al llegar poquito antes, le 
hallara a Ja portería, y se cumpliera mi deseo. Como esto se supo en 
Alba, vinieron los clérigos con deseo de hacer mucha fiesta, con su 
procesión y con música; pero el Padre Provincial, que no ponía allí 
el cuerpo para que se quedase, sino como de prestado solamente, 
para cumplir lo que el Papa mandaba, ordenó que no se hiciese fiesta 
ninguna, sino solamente se entregase a las monjas, de manera que 
se llevase testimonio de ello; y el Padre Fray Juan Bautista, cum- 
pliendo en todo su obediencia, no se desvió un punto de la orden 
que traía. 

Pusieron, pues, el cuerpo en el coro bajo, y estando el Duque a la 
reja, y la Condesa de Lerín, su madre, y toda la iglesia llena de gente, 
mostraron el santo cuerpo con luz suficiente; y preguntando el Padre 



APÉNDICES 265 

Prior de Pastrana a las monjas si conocían ser aquel cuerpo de la 
Madre Teresa de Jesús, y si se daban por entregadas de él, respon- 
cTíeron que sí; y los de fuera también dijeron que conocían bien ser 
aquél el cuerpo, y de todo dio testimonio un escribano. Y ftié bien 
menester estar detrás de reja, porque según era la muchedumbre y 
devoción y ímpetu de la gente, si estuviera fuera, liicieran pedazos 
el hábito para tomar reliquias, y aun el cuerpo corriera peligro. 
Toda la tarde estuvo la iglesia tan llena de gente que venía a ver 
aquella maravilla, que ni los podían echar, ni los que estábamos más 
adentro podíamos salir hasta muy tarde, porque no se hartaban de verla. 

Los de la villa, no creyendo que los Padres le querían dejar allí, 
pusieron guardas para que no le sacasen, y querían hacer, c hicieron 
también, requerimiento para que las monjas no le diesen, y estaban 
muy alegres de que le hubiesen vuelto. De todo esto fui yo testigo, 
y la vi despacio desde la reja, y después la besé los pies, aunque muy 
de priesa, porque aun siendo de noche y cerrando las puertas de la 
iglesia, no nos dejaban los de fuera. Diré también otra cosa, de que 
soy buen testigo, que pasó por mí. Aquella misma noche, estando de 
camino los Padres que la habían traído, vinieron a la posada a hacer 
colación, y yo posaba también en la misma casa; y trajéronles allí el 
hábito que había traído el cuerpo de la Santa, para volverle a Avila, 
porque en Alba le habían puesto otro; y vino cogido y envuelto en 
una manta, de manera que los dobleces de él salían afuera, y llegué 
a olerle, y tenía excelente olor; estaría allí como tres cuartos de 
hora, y luego fuéronse los Padres, y yo me pasé a aquella pieza donde 
ellos habían estado, y de lo poco que estuvo en ella el hábito, 
cogido de la manera que he dicho, quedó un olor en la cámara, que 
luego le sentí y conocí muy bien. De allí a un poco, vino mi compa- 
ñero, y pregúntele si olía algo; respondió que sí, y que se echaba 
muy bien de ver. Dormí yo en la misma cámara aquella noche, y 
todas las veces que despertaba sentía el mismo olor, y le conocía bien. 

Desde entonces hasta ahora, se ha estado siempre el santo cuer- 
po en Alba, juntamente con el brazo, aunque no se muestra sino muy 
pocas veces. La causa de estar ahí es que el monasterio de Avila, 
ayudando a ello la misma ciudad, pretendió que se había de volver 
el cuerpo allá, y contradiciéndolo mucho don Antonio de Toledo, 
duque de Alba y condestable de Navarra, y don Hernando de Toledo, 
prior de San Juan, por parte suya y del monasterio y villa de Alba, 
nuestro muy santo Padre Sixto V cometió el negocio a su Nuncio 
César Speciano, obispo de Novara; el cual dio sentencia, en que para 
siempre quedase en Alba, en Diciembre de 1588 años (1). Después se 
apeló de esta sentencia para Su Santidad. Y el mismo Sixto V la con- 
firmó, con toda la autoridad y gravedad de palabras que era nece- 
sario, y con toda la firmeza que se podía desear, a 10 de Julio de 
1589 años. Y así quedará allí en un muy buen sepulcro que el Prior 
de San Juan, a quien se debe el quedar el cuerpo en Alba, ha dicho 
que hará... 



Véase la pág. 256. 



266 APÉNDICES 

Paréceme que los que esto leyeren, desearán tener más particu- 
lar noticia de cómo está el cuerpo, y darésela yo de muy buena 
gana, porque lo he mirado con mucha atención y cuidado, para po- 
der dar esta cuenta que ahora daré. Mas comenzaré del brazo, que 
le he tenido muchas veces en mis manos, y después diré del cuerpo. 
El brazo es todo entero desde la coyuntura del hombro; fáltale la 
mano, como ya he dicho, que está en Lisboa; y así por ser éste el 
que se mancó y quebró en la caída de la escalera, como por haberle 
quitado la mano, y haber por allí salido de la virtud, tiene menos 
carne que el otro que está en el cuerpo; pero tiene harta, y al prin- 
cipio tenia más, sino que se ha algo enjugado. La color es puramente 
del dátil, la carne está como cecina, el cuero tiene rugas a la larga, 
como suele quedar flaco en las personas que han sido gordas y no lo 
son. F^ero está entero, que tiene su vello, yo le he visto muchas ve- 
ces, y asídole. Siempre le tienen envuelto en un paño limpio, y de 
allí a poco se hinche el paño de un óleo o grasa que sale de 
él, y queda como si le hubieran metido en aceite, o en cosa se- 
mejante; pero tiene este óleo aquel lindo olor que tiene el brazo 
y el cuerpo. 

Son muchísimos los paños que se han teñido ele esta manera, y 
dado por reliquias, y cada día se dan y se tiñen, aunque algo me- 
nos, como la carne se va enjugando más. En esta carne, no hay en- 
trar corrupción, en ninguna manera del mundo, más que si fuese 
de acero, aunque no sea más que media uña; y aunque más calores 
haga, y la traigan en el pecho, o en cualquiera otra parte donde 
haya mucho calor, ni aun perderá su olor, si la traen bien envuelta. 

Esto es cosa muy probada y vista, de manera que, tener carne de 
la Madre Teresa de Jesús, poca o mucha, es como tener huesos de 
otros santos, para lo que es ef durar y no se corromper. La primera 
vez que yo tomé este santo brazo en las manos, era antes de comer, 
y quedóme en ellas el mismo olor que él tiene, y dábame tanto con- 
suero, que no me qurse lavar, cuandío hube de comer, porque no se me 
quitase el olor. En fin, después me hube de lavar, y no se quitó; 
porque, aun después de acostacio, sentía el mismo olor en las manos. 
Y fuera de esto, pegóseme de él una devoción, que la echaba bien de 
ver, y me duró de esta manera como quince días. 

El santo cuerpo vi muy' a raí contento a 25 de Marzo, que es el 
día de la Encarnación de Nuestro Salvador y Señor, de este año 
de 1588; y porque le vi muy bien, como quien pensaba dar este testi- 
monio que aquí doy, podré dar buenas señas. Está enhiesto, aunque 
algo inclinado para adelante, como suelen andar los viejos, y en él se 
ve bien cómo era de harto buena estatura. Está de manera, que una 
mano que le pongan en las espaldas, a que se arrime, se tiene en pie; 
y le visten y 'desnudan, como si estuviera vivo. Todo él es de color de 
dátil, como ya dije del brazo, aunque en algunas partes está más 
blanco. Lo que más escura color tiene es el rostro, porque como cayó 
el velo sobre él y se juntó mucho, y mucho polvo, quedó más maltra- 
tado que otras partes del cuerpo; pero muy entero, de tal manera 
que, ni en el pico de la nariz, no le falta poco ni mucho. La 
cabeza tiene todo su cabello, como cuando la enterraron. Los ojos 



APÉNDICES 267 

están secos, porque se ha gastado ya la humedad que tenían, pero, 
en lo demás, enteros. En los lunares que tenía en la cara, se tiene 
aún los pelos. La boca tiene del todo cerrada, que no se puede abrir. 
En las espaldas particularmente tiene mucha carne. 

Aquella parte, donde se cortó el brazo, está jugosa, y el jugo 
se pega a la mano, y deja el mismo olor que el cuerpo. La mano 
muy bien hecha, y puesta como quien echa la bendición, aunque no 
tiene los dedos enteros. Hicieron mal en quitárselos, porque mano 
que tan grandes cosas hizo, y que Dios la dejó entera, siempre 
lo había de estar. Los pies están muy lindos y muy proporcionados, 
y en fin, todo el cuerpo está muy lleno de carne. El olor del cuerpo, 
es €l mismo que el del brazo, pero más fuerte. Fuéme de tan gran 
consuelo ver este tesoro escondido, que, a mi parecer, no debo de 
haber Tenido mejor día en mi vida, y nunca me hartaba de verle. 
Quédame una lástima, si le han de partir algún día^ o por ruego de 
personas graves, o a instancia de los monasterios; porque en ninguna 
manera se debía hacer, sino que esté como Dios le ha dejado, dando 
testimonio de la grandeza de Dios y de la purísima virginidad y san- 
tidad admirable de la Madre Teresa de Jesús, ñ mi parecer, no harán 
como buenos hijos suyos, ni quien lo pidiere, ni quien lo conce- 
diere.. 



268 APÉNDICES 



XLVIII 



NUEVO SEPULCRO DE LA SANTA HECHO EN 1588 Y SU APERTURA EN Í603 (1). 



Después de esto, el año de mil quinientos y ochental y ocho, siendo 
General nuestro Rvdo. P. Fr. Elias de San Martín y Provincial de 
Castilla la Vieja el Padre Fray Tomás de Jesús, grande hijo de la 
Santa, considerando los Prelados que la grandeza de los méritos de 
la Santa y devoción de España, pedía más culto exterior para el 
santo cuerpo que el que hasta entonces había tenido, trataron de 
hacerle un sepulcro elevado. Eligieron para él la pared de la capilla 
mayor del lado del Evangelio, que pasa de veintidós pies de ancho, 
y treinta y dos de alto, donde eran los coros alto y bajo de las 
religiosas, y acomodaron lo uno y lo otro de esta suerte. Fabricaron 
una como portada de iglesia de piedra franca alabastrada, de excelente 
grano, y con gran primor labrada, con dos pilastras a cada lado, dis- 
tantes entre sí menos de cuatro pies, dejando más de ocho entre las 
dos pilastras principales para las rejas de los coros. Sobre las cuatro 
pilastras y capiteles corintos corre la cornisa, y sobre ella se levanta 
el segundo cuerpo de diez pies de ancho, entrando en ellos las pi- 
lastras suyas y catorce de alto, hasta la punta del frontispicio, acom- 
pañado a un lado y a otro de airosos remates. Del cuerpo principal 
de esta fábrica escogieron las religiosas para su coro la parte baja, 
dejando el segundo cuerpo para el arca del santísimo cuerpo. Ador- 
naron esta parte de colgaduras de tela de plata muy rica que dio la 
Duquesa de ñlba, D.a A\cncía de A\endoza. En medio de esta como 
capilla sentaron el arca aforrada de terciopelo carmesí, tachonada de 
clavos y chapas doradas que había dado D.s María de Toledo y En- 
ríquez, Duquesa que asimismo fué de Alba. Cubrieron el arca con un 
dosel de brocado que, por orden del Rey D. Felipe el ÍI, envió la 
Sra. Infanta su hija, D.3 Isabel Clara Eugenia, mujer del .archiduque 
Alberto, y Condesa de Flandes. Con esto se cumplió la revelación que 
la Santa tuvo, en aquel divino parasismo que padeció antes de ser 
monja (1), en que vio que su cuerpo había de estar debajo de un paño 
de brocado, como ya en otro lugar dijimos. Dentro del arca, en unas 
planchas doradas, se abrieron unos versos que compuso el P. M. Fray 
Diego de Yangües, de la Orden de Santo Domingo, hombre muy 
docto y confesor de la Santa Virgen, y decían así: 



1 Cfr. Reforma de los Descalzos de Nuestra Señoril del Carmen, t. I, lib. V, c XXXI. 

2 Éralo ya en la Encarnación. 



APÉNDICES 269 



Arca Domini in qua erat manna, et virga, quae fronduerat, ct tabula 
testamenti. (Hebr., IX). 

En esta Arca de la Ley 
Se encierra por cosa rara 
Las tablas, Maná, y la Vara 
Con que Cristo Nuestro Rey 
Hace a su Virgen más clara. 

Las tablas de su obediencia, 
El JVlaná de su oración, 
La Vara de perfección. 
Con vara de penitencia, 
Y carne sin corrupción. 



Mon extinguetur in nocte lucerna e/us. (Proverb., capítulo XXXI). 

Aquí yace recogida 
La Mujer dichosa y fuerte, 
Que en la noche de la muerte 
Quedó con más luz y vida, 

Y con más felice suerte. 
El alma pura y sincera 

Llena de lumbre de gloria: 

Y para eterna memoria, 
La carne sana y entera. 

¿Dó está muerte tu victoria? 



Por dentro del convento estaba esta capilla cerrada, dejando una 
puerta pequeña para entrar a cuidar de su ornato y limpieza. Por la 
parte de la iglesia pusieron una reja de hierro, muy bien artizada y 
dorada; y delante de todo una lámpara de plata de grandeza y pri- 
mor, que representase al Duque de Alba D. Antonio, que la dio. En 
las distancias que hacían entre sí las dos pilastras, se esculpieron 
dos inscripciones en la piedra: una latina y oirá castellana, que da 
noticia del tesoro que guarda, y a que se ordenó toda la fábrica. 

Rigidis Carmeli Patrnm restituiis Regalis: pluriinis virorum foc mi- 
nar uinquc ercctis claustris: multis vcram virtuteni docentihus lihris edi- 
lis, futuri praescia, signis clara, roeleste sidas ad sídera advolavit Reata 
Virgo Thercsa, IV non. Octob. MDLXXXII. 

'Maneí sub marmore non cinis, sed madidutn corpas incorruptum, 
proprio suavissimo odore ostentuin gloriae. 

Quiere decir en romance: 

Restituida a su aspereza la Regla de los Padres del Carmelo: 
fundados muchos conventos de frailes y monjas: escritos muchos libros 



270 APÉNDICES 

que enseñan la perfección de la virtud: projetizadas cosas futuras y 
resplandeciendo en milagros: como celestial estrella, voló a las estrellas 
la Beata Virgen Teresa, a IV del mes de Octubre de el año MDLXXXII. 
Ha quedado en su sepultura, no su ceniza, sino su cuerpo fresco v 
sin corrupción, con propio olor suavísimo por señal de su gloria. 

El año de seiscientos y tres, el Rvdo. P. Fr. Francisco de la 
JWadre de Dios, tercero General, informado que algunas personas graves 
y devotas, interpretando las descomuniones que Sixto V, en Breve 
particular, había despachado para que el santo cuerpo estuviese siem- 
pre entero, con instancias urgentes obligaban a los religiosos a que 
les diesen pedazos de carne, mandó al P. Fr. Tomás de Jesús, Difi- 
nidor General, y Procurador de la canonización de la Santa, que de 
tal manera enclavase el arca, que no se pudiese abrir sin romperla. 
Fué a Salamanca, donde yo cuidaba de aquella casa, y habiendo 
hecho muy fuertes abrazaderas y visagras de hierro, con clavazón 
apropósito, me llevó en su compañía a Alba. Y habiendo avisado 
a) Duque D. Antonio, y a D.a Mencía de Mendoza, su mujer, y a 
D. Antonio de Toledo, Señor de la Horcajada, muy cercano pariente, 
entrando en el convento, subimos al coro con todas las religiosas. Y, 
habiendo puesto sobre una tarima el arca que trajeron de la capilla 
o nicho, la abrió el P. Fr. Tomás, y, hincados de rodillas, habiendo 
desenvuelto el sagrado cuerpo con toda decencia y veneración, de una 
sábana de holanda muy delgada, lo primero con que nos regaló fué con 
un rocío de olor celestial que de la carne y de la sábana, traspasada 
del olio, salía. Detuvímonos un rato en la visita de aquella maravilla,, 
y en la ponderación de las misericordias de Dios. Pidieron aquellos 
señores reliquias de la virginal carne, y no se les pudo negar. A las 
religiosas repartió el P. Fr. Tomás, y para sí tomó buenos pedazos. 
Yo, aunque no me atreví a tanto, quedé con uno, poco menos que la 
bola de la mano; y el Padre le arrancó una costilla, con más devo- 
ción que piedad, de que todos quedamos sentidos. Clavóse el arca 
fortísimamente, y envióse testimonio de lo hecho, con fe de los que 
allí estábamos, al P. General. 



APÉNDICES 271 



XLIX 



ACTA DE LA TRASLACIÓN DEL SEPULCRO DE LA SANTA HECHA A 13 DE JULIO 
DE 1616 (1). 



In nomine Domini Nostri Jesu Christi. — Siendo pontífice Romano 
N. JW. S. Padre Paulo V, y reinando en España el católico Rey Don 
Felipe III, y siendo Duque de ñlba D. Antonio Alvarez de Toledo, 
Conficstablc de Navarra; Obispo de Salamanca, D. Francisco de A\en- 
doza; Genera) quinto de nuestra Religión de Carmelitas Descalzos, 
N. Padre Fray Joseph de Jesús María; Provincial, el Padre Fray Pedro 
^de los Angeles, y Priora de esta casa la Madre Catalina de San Angelo, 
en presencia de D. Antonio de Toledo, Señor de la Horcajada (el cual 
por haber tenido deseo y devoción el Duque de hallarse presente, y no 
haber podido venir a este acto, asistió por él, representando su persona), 
el Santo cuerpo de nuestra Fundadora la gloriosa virgen Santa Teresa 
fui trasladado a este lugar, habiendo antes sido enterrado en el suelo 
del hueco de esta pared, debajo de la reja del coro, desde el día de 
su glorioso tránsito, que fué a 5 de Octubre, cuando el Papa Gregorio 
XIII, de felice recordación, hizo la corrección del año, quitando los diez 
días, que fué el de 1582, reinando Felipe II, hasta que después de 
algún tiempo, por ser tanta la fragancia y buen olor que salía del 
sepulcro, fué desenterrado, y hallado entero, incorrupto y que manaba 
óleo de suavísimo olor, en tanta abundancia, que por muchos años 
duró el empapar las sábanas y lienzos en que se envolvían; y lo mismo 
hacen hoy todas las reliquias de su carne virginal, por pequeñas que 
sean, y hasta los mismos pañitos tocados del óleo lo comunican y pasan 
los dobleces de los papeles en que se envuelven. Ahora últimamente en 



1 Hablando de psta nueva disposición del sepulcro, dice la Reforma de los Descalzos, 
t. I, lib. V. c. XXXI, pág. 860: «En tiempo del quinto, que fué nuestro P. Fr. José de 
Jesús María, aflo de mi! seiscientos y quince, se dispuso diferentempnte el sepulcro, aten- 
diendo siempre a su mayor veneración y custodia. Repartióse en tres partes el cuerpo mayor 
del ediftcio, que antes estaba repartido en dos: la más baja dedicó para una capilla donde 
se dice misa, tomando del coro lo que pareció necesario, y para darle algún descuello, se 
cavó lo conveniente. Adornó las paredes de esta capilla, de buena pintura de historias de la 
santa. El hoyo original donde estuvo el santo cuerpo quedó guarnecido con unas losas, 
pero de suerte que pueden entrar los rosarios y medallas en él. Sobre esta capilla dio lu- 
gar al coro de las religiosas, dejándole capaz bastantemente para poder oficiar desde él. 
Sobre el coro, que es'i la parte superior y segundo cuerpo de la fábrica, está el sagrado 
cuerpo en una caja nueva, que se encerró en una urna de piedra blanca alabastrada, muy 
bien floreteada de oro, y cerróla por la parte del convento, de suerte que no se puede lle- 
gar a ella, y por defuera la reja dorada que antes tenía. La Religión y otras personas par- 
ticulares han hecho presentallas de lámparas de plata, que hoy llegan a veinte, entre chicas 
y grandes, siendo la mayor de todas, la que el Duque D. Antonio envió* siendo Virrey de 
Ñapóles, con que se halla aquella capilla bien adornada». 



272 rtPENDlCES 

honor de la Santa hizo la Religión la capilla que está debajo del coro, 
dispuso el sepulcro, como se ve, en gracia de los fieles, que por su devo- 
ción, o por voto le vienen a visitar, y esta urna de piedra para colocar 
en ella el santo cuarpo, como se ha hecho, para mayor perpetuidad y 
conservación de su entereza; porque en tiempos pasados se cortó de 
él tanta cantidad de carne, que ha habido, y hay de ella reliquias innu- 
merables. Las más principales son el brazo y corazón, que tiene esta 
casa engastados en plata, y la mano que está en Lisboa. Han corrido 
estas santas reliquias por todos los reinos y provincias de la cristian- 
dad con singular estima y extraordinaria veneración de todo género de 
personas, por los muchos milagros que Dios nuestro Señor ha obrado 
por su medio. 

Fué beatificada esta gloriosa virgen, sábado a 24 de Abril de lól^t, 
según consta del Breve de la beatificación. Espérase cada día la cano- 
nización, por estar ya hechas todas las diligencias en orden a ella, y 
satisfecha la Rota en todo lo tocante a justicia, y sólo falta el fiat 
de Su Santidad. Hízose ¡esta última traslación, asistiendo a ella N. Padre 
General, miércoles 13 de Julio de 1616, siendo testigos el dicho Señor 
de la Horcajada, D. Antonio de Toledo, y el Padre Fray Juan de San 
Angelo, socio y secretario de N. Padre General. Y para que de ello 
quede perpetua memoria, yo. Fray Diego de San José, Difinidor Ge- 
neral y secretario de la dicha Orden, que presente fui a lo susodicho,, 
juntamente con los testigos referidos, que aquí pusieron sus firmas, 
por especial ordeni y expreso mandato que tuve de N. Padre General, el 
cual, con su firma autorizó estas letras, las escribí de mi mano, firmé 
'de mi nombre, y sellé con el sello principal y primitivo de nuestra sa- 
grada Religión. Dadas en Alba de Tormes, día, mes y año susodicho, en 
que doy fe la dicha traslación fus hecha. De esta Provincia de nuestro 
Padre San Elias en los reinos de Castilla la Vieja y Navarra. 

Fray José de Jesús María, General.~/5o« Antonio de Toledo. — 
Fray Juan de San Angelo. — Fray Diego de San Joseph, Difinidor y 
secretario. 



APÉNDICES 273 



CARTA DEL GENERAL EN QUE DA CUENTA DEL TRASLADO DEL CUERPO DE LA 
SANTA VERIFICADO EN 1616, DEL ENVIÓ A ROMA DE SU PIE DERECHO Y DE 
COMO FUE ALLÁ RECIBIDO (1). 



Viniendo, pues, al caso, digo que ya les consta a todos vuestras 
reverencias cómo el año próximo pasado trasladamos el cuerpo virginal 
de nuestra gloriosa Madre a un honorífico y sumptuoso sepulcro, don- 
de aquel precioso tesoro estuviese con más autoridad, seguridad y de- 
cencia. Y como fué necesario abrir la rica caja donde estaba depositado, 
para que se diese fe cómo real y verdaderamente se trasladaba el 
santo cuerpo, y para desterrar el falso rumor que había esparcido de 
que le habían hurtado, asistieron conmigo a este acto un caballero 
principal, llamado Don Antonio de Toledo, señor de las villas de 
la Horcajada y Booyos, primo del Duque de Alba, representando 
su persona, por no haberse podido hallar presente su excelencia, y los 
padres Fray Diego de San Joseph, Difinidor general, y Fray Juan 
de San Angelo, nuestro secretario. Hallamos aquel purísimo cuerpo, 
que fué templo del Espíritu Santo, no solamente incorrupto, pero tan 
fragante y oloroso, que llenó de suavísimo olor toda la casa y iglesia. 
Viéronle después más de treinta y cinco o cuarenta personas de todos 
estados, con notable devoción, admiración y ternura, según más larga- 
mente vuestras reverencias habrán visto por la relación que desto 
anda impresa. 

Lo que no saben es que, considerando que aquel sagrado cuerpo 
se ocultaba de manera que quedábamos imposibilitados de volverle 
a ver, habiéndome primero hecho instancia el muy reverendo padre 
Fray Ferdinando de Santa María, Prepósito General de la Congrega- 
ción de nuestros Padres Descalzos de Italia, que estimaba mucho aque- 
lla Santa Congregación alguna reliquia, y que nuestro Santísimo Padre 
y Señor gustaba dello, y había ordenado al ilustrísimo señor Cardenal 
Gayo me escribiese, y yo había alcanzado del Padre Prepósito de- 
sistiese de aquella pretensión hasta que la Santa estuviese canonizada, 
porque hasta entonces, por algunos respectos considerables, no convenía 
abrir dicho santo sepulcro. Viéndose antes obligado a abrirle por las 
causas referidas, aunque no tuve nueva petición, me pareció era llegado 
el plazo de cumplir a aquella Santa Congregación su deseo; y constán- 
dome el gusto de Su Santidad, me atreví a sacar una santa reliquia 



Amplfa el P. General en esta Carta las noticias dadas en el documento anterior, en el 
cua no se menciona para nada el magnífico presente del pie de la Santa, que la Congrena" 
ción de Carmelitas Descalzos de España hacía a la de sus hermanos de Italia. Véase el Jlño 
Teresiano, i. V, día 25. De la carta publicamos únicamente lo que hace a nuestro propósito. 

II 18 



274 APÉNDICES 

notable, y no más, como verdaderamente la sacaron, para satisfacer 
a otras grandes y estrechas obligaciones, si no me lo impidiera un 
Breve de la buena memoria de Sixto V. 

La reliquias que sacamos fué el pie derecho entero, cortado por 
la choquezuela, con su empeine carnal y planta, vestido de carne, y 
con demostración conocida de sus venas y nervios; que aspiraba un 
olor celestial el hueso por donde se dividió, que fué la choquezuela 
entera. 

Quedó tan bañado de óleo, que pasando el dedo por encima, se 
echaba de ver claramente. Y lo que más es de ponderar, y yo lo tengo 
por evidente milagro, es, que habiéndome yo quedado aquel verano en 
aquella villa, estando un día con dolor de cabeza y alguna melancolía, 
hice sacar al padre secretario la santa reliquia sobre una mesa para 
besarla y venerarla, y poner sobre mi cabeza aquel sagrado pie, qni 
stetit in directo, a quien Dios tomó por medio ad dirigendos pedes 
nostros in viam pacis; para encaminarnos por el suive camino de la 
paz que consiste en la regular observancia de nuestro instituto primitivo. 
Desenvuelto el santo pie de unos lienzos, que tenía bañados de óleo 
suavísimo, y habiéndole hecho veneración con todas las ceremonias que 
he referido, comenzó a sudar gotas conocidamente, como unas perlitas 
o como sudor, regalando la piadosa TWadre a sus hijuelos que con 
devoción y gozo veneraban su santa reliquia, y las enjugábamos con 
un paño con harta ternura. 

Habiendo yo de hacer viaje a visita de Portugal, por haberme caído 
enfermos ambos compañeros, y estando secreto el caso, yo mesmo fui 
en persona en una litera; a Madrid, y se lo entregué al P. Fr. Alonso 
de Jesús María, prior de aquel convento, para que le tuviese en 
custodia hasta que viniesen por él de Italia, donde yo había escripto 
al P. Prepósito General y al P. Fray Domingo de Jesús María, que 
ahora está en el mesmo oficio, cómo les tenía para enviar aquel sobe- 
rano tesoro. Vinieron por él el compañero del Padre General y otro re- 
ligioso grave. Entregóselo el P, Prior; y habiendo visitado al Capítulo 
genera!, cuando estaban congregados los capitulares de Italia, Francia, 
Flandes, ñlemania y Bolonia, fué increíble el gozo de estos religio- 
sísimos hijos al ver que su Santa Madre fuese por su pie a presidir 
en el Capítulo, y a tomar la posesión de aquel su rebaño. Esparcióse 
la fama por la romana Corte, vinieron muchos Cardenales y personas 
graves a ver y venerar aquella Santa Reliquia, teniendo lo que veían 
por cosa milagrosa y extraordinaria, como lo es, 

En lo que agora se dirá. Padres míos, hay tanto que ver, que es- 
timar y agradecer a Dios Nuestro Señor y a su Sacratísimo Vicario, 
que las más bien cortadas plumas escribieran borrones, y las más ex- 
peditas lenguas fueran balbucientes habiéndolo de tratar; y así yo lo 
remito a pluma ajena y cierto original, trasladando aquí las palabras 
de los capítulos de cartas de Roma que recebl agora. El primero 
es de una de 26 de A\ayo, que me escribe el P. Fray Domingo de 
Jesús María, General, recién electo de aquella Congregación Santa, 
que dice así: *Pax Christi. Padre nuestro: pague Dios a vuestra reve- 
rencia el consuelo, que nos ha dado con el gran tesoro que nos ha 
enviado, ül fin, lo ha hecho vuestra reverencia como quien es, ij ha 



aPF.NDiCES 275 

cumplido muy bien con lo que esperábamos g nos prometíamos del 
amor que nos ha siempre mostrado. No se podría imaginar cuánta 
haya sido la alegría y devoción que tía causado en estos sus liijos, 
y en particular en los Capitulares, que iian venido de partes tan re- 
motas. El contento ha sido particular, y universal: particular en nos- 
sotros sus siervos, y universal de los Cardenales y Prelados devotos 
nuestros, de la Corte toda, y del mundo; que tal se puede decir 
esta ciudad, pues comprende todas naciones. Llegaron los Padres, que 
fueron allá, tan agradecidos de los regalos, que en todos esos con- 
ventos de vuestra reverencia les hicieron, que no se puede encarecer. 
Estos señores Cardenales, luego que supieron su llegada, vinieron todos 
a ver la Santa Reliquia, y quedaron maravillados, alabando al Señor 
de verla tan entera, y con tan admirable olor. Su Santidad no quiso 
que se la llevásemos a palacio, diciendo que él mismo quería venir a 
verla en nuestro convento. Y asi, habiendo primero enviado algunos 
días antes al Cardenal Burgesio, su sobrino, ayer, después de Víspe- 
ras, día del Corpus Christi, vino él mesmo, con mucho acompañamiento 
de Cardenales y Prelados y otros cortesanos, no obstante que se 
hallase muy cansado por la procesión de la mañana; y dijo, que se 
había quedado en San Pedro a comer, a posta, por poder hacer esta 
visita. Fué muy grande el consuelo que tuvo con el santo pie; y de 
ver con sus ojos lo que había entendido de las maravillas que obra 
Dios en el venerable cuerpo de nuestra Santa, dijo: «Que aquel olor 
era olor de Santa»; y apretándole yo mucho por la canonización, dijo: 
«Que lo merecía muy bien», y otras palabras llenas de buenas esperan- 
zas, con mucha mayor demostración de las que ha dado en otras 
ocasiones; con que pienso se ha de verificar los que vuestra reverencia 
escribió a nuestro P. Fray Fernando y a mí, que nuestra Santa JWadre 
vendría aquí con su pie a tratsr personalmente la causa de su ca- 
nonización. Habléle también sobre la extensión del Breve, que pre- 
tendemos, y de lo que respondió, espero lo alcanzaremos muy presto. 
Pido a vuestra reverencia muy encarecidamente la ayuda de sus ora- 
ciones, y la de todos sus hijos, y las de los amigos, y los mande 
vuestra reverencia saludar de mi parte en el Señor. De vuestra reve- 
rencia indigno y siervo, Fr. Domingo de Jesús María». 

El segundo testigo es nuestro Procurador General de la Corte ro- 
mana, de cuya carta, fecha el mismo día 26 de Mayo, se trasladó 
el siguiente capítulo, que viniendo a la reliquia de nuestra Santa Ma- 
dre, «digo que ha sido muy bien recibida,, y ha sido la cosa más acer- 
tada el haberla enviado, que se pudiera desear. Hanla visto muchos 
Cardenales y se han admirado y alabado al Señor. Hl señor Car- 
denal Melino le enterneció tanto el corazón, que habla con grande 
afición de la Santa. Fueron a Su Santidad el Padre General nuevo 
g el pasado y le pidieron licencia para traerla, y que Su Santidad la 
viese. Holgóse de saber hubiese allegado, y dijo que él quería ir a 
la Scala a verla, cosa que es mucho de estimar. Cumplióse su pa- 
labra ayer, día del Corpus por la tarde, quedándose de propósito en 
San Pedro, para desde allí venirse por la Scala. 

»Vino acompañado de diez y ocho Cardenales, y después de haber 
hecho oración al Santísimo Sacramento, subió al oratorio de arriba, 



276 APÉNDICES 

donde está la reliquia, y se hincó de rodillas delante de ella y hizo 
oración. Enseñáronsela y besó Su Santidad el pie de la Santa, y 
advirtiendo el olor que tenía, dijo que era olor de Santa. Luego lle- 
garon todos los Cardenales, uno a uno, y hicieron otro tanto. Hpretó 
el pie Fray Domingo a Su Santidad en orden a la canonización, y el 
Papa dijo que la merecía muy bien. En lo de la extensión dio buenas 
esperanzas; espero en Dios que el haber visto el santo pie ha de ser 
de mucha importancia para lo uno y para lo otro. 

»Ida Su Santidad, se bajó la santa Reliquia a su altar, y en el 
resto de la tarde la mostraron mucha gente que estuvo en los Mai- 
tines, y entre ella a la Princesa Peretti, al Conde Espada, y otras mu- 
chas personas de cuenta. Está su capilla muy bien adornada; tiene ya 
tres lámparas de plata, muchas presentallas y votos, y cada día crece 
grandemente la devoción y el común aplauso y deseo de verla cano- 
nizada. Dios nos lo deje ver». 

¿Qué podremos decir. Padres míos, viendo al que es Vice-Dios en 
la tierra, a cuyos sagrados pies se postran todos los monarcas y 
príncipes della, honrar con tan grandes demostraciones el pie de una 
pobre Descalza, sino pronunciar aquellas tan repetidas palabras del 
Salmista: Ni mis honorati siint amici tai Deas, repitiendo aquel nimís 
tres o cuatro veces en este admirable espectáculo? Y aunque nimis 
en este lugar quiere decir valde, que es mucho; si en alguna acción 
podemos declarar esta palabra en todo su vigor, que es demasia- 
damente en este extraordinario y estupendo acto. 

Quedó admirada la Curia, creció la devoción de la Santa, exten- 
dióse la grandeza y piedad de este hecho por toda la Iglesia. ¿Qué 
nos falta, Padres míos, para tener canonizada nuestra .Santa, pues el 
Santo, lugarteniente del Santo de los Santos, así la venera? Los 
efectos que causó esta acción en el piadosísimo pecho del sagrado 
Pontífice, ya lo experimentamos en la nueva gracia y favor que Su 
Santidad ha hecho en la extensión para todo España (1), gustándose 
que en toda ella se rece y diga misa de la Santa, cosa que en esta 
Provincia se celebra con universal regocijo. Y lo propio será en 
todas las demás, pues sabemos con cuan vivos deseos esperaban este 
día, y mucho más el de su canonización. 



1 Paulo V concedió en 16H, que pudieran rezar de Sta. Teresa los religiosos y religiosas 
carmelitas. En 1616 a ambos Cleros de Castilla la Vieja; extendiólo al año siguiente a los reinos 
de España g Portugal; y por fin, Urbano VIH a toda la Iglesia en 1636. Véanse los curiosos 
pormenores que sobre esto publicamos en El Monte Carmelo, año de 1915, pág. 265. 



KPENDICES 277 



LI 



ACTA DE LA APERTURA DEL SEPULCRO DE SANTA TERESA EN OCTUBRE DE 1750 (1). 



In nomine Domini, Amen. Notum sit ómnibus, como en el año de 
la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, 1750, el día 2 de Octubre, 
dedicado a los santos Angeles de la Guarda, siendo Sumo Pontífice 
nuestro santísimo Padre Benedicto XIV; reyes de España, D. Fernando 
el VI y doña María Bárbara de Portugal: duquesa de Alba la excelen- 
tísima señora doña jWaría Teresa Alvarez de Toledo, etc. General 
de nuestra sagrada Reforma, N. M. R. Padre Fray Nicolás de Jesús 
María; Provincial de esta Provincia de San Elias el Padre Fray 
Juan de la Madre de Dios, y Priora del Convento de nuestras re- 
ligiosas descalzas de la Encarnación de esta villa de Alba, la Madre 
Alfonsa María de la Presentación; con la ocasión y motivo de haber 
resuelto las mencionadas católicas Majestades pasar a Alba, a fin 
de ver y adorar ^1 santo cuerpo de nuestra seráfica Madre Santa 
Teresa de Jesús en su fiesta el día 15 del susodicho mes, se descu- 
brió la urna de piedra blanca, que llaman de Villamayor, quitándole de 
encima una grande máquina, compuesta de varías piedras de la misma 
especie en que estaba encerrada el arca, que contenía el expresado 
santo cuerpo de nuestra Mística Doctora. Toda esta mole estaba en- 
cerrada en el hueco de la pared del altar mayor de dicho Convento 
de la Encarnación, entre dos rejas grandes; la una que cae hacia 
la iglesia, y la otra que cae hacia el convento, y está dividida en 
dos partes, la una que se abrió con tres llaves; la una que tenía 
y tine la Excma. casa de Alba, la otra el General de la Orden, y 
la tercera la madre Priora del mencionado convento. Sacóse de dicha 
urna con asistencia del Excmo. Señor Don Fernando de Silva Alvarez 
de Toledo, Duque de Huesear, Iiijo primogénito de dicha Excma. se- 
ñora Duquesa de Alba, del expresado General de la Orden, y de la 
susodicha madre Priora, en presencia del Padre Definidor General 
primero, Fr. Bartolomé del Espíritu Santo, de Fray Paulino de San 
José, Procurador General de la Religión para la corte de Madrid, 



1 Véase el Uño Teresiano, Julio, día 1." No habla el P. Antonio de S. Joaquín de la so- 
lemne traslación del santo cuerpo a la nueva capilla en la iglesia de Alba, celebrada en 1677. 
Menciona las fiestas que entonces se celebraron el P. A'\artín de San José en el tomo de ser- 
mones que publicó, pág. 388 u siguientes. En la 405 dice expresamente que vio el cuerpo de la 
Santa. Las Descalzas de Alba conservan en su arcliivo un «Libro de asiento de recibo y gasto 
de la obra y capilla que se hace para N. Sta. Madre», de unas 148 hojas. Asiéntanse en él to- 
das las limosnas que para esle fin se iban recogiendo. Contribuyeron con grandes cantidades los 
Reyes de Espaiía, el Conde de Peñaranda y otras personas acomodadas. Las obras se inaugu- 
raron el 24 de Septiembre de 1070 y costaron más de medio millón de reales. La mayor parte 
de esta cantidad la tenían ya reunida al terminar las obras. 



278 APÉNDICES 

de Fray José de Jesús María, Prior del Convento de nuestro Padre 
San Juan de la Cruz de esta misma villa, del H.o Fr. Juan de San 
Pablo, lego, conventual de Madrid;, y de la Comunidad toda de dichas 
religiosas del susodicho convento de la Anunciación, de Don Alonso 
de Oviedo, Alcaide la fortaleza y guarda de la legua de los excelentí- 
simos Duques, y de cuatro albañiles, que fueron llamados y sirvieron 
para la maniobra susodicha, y se llaman Roque Sotino, Pedro Ro- 
dríguez, José Rodríguez, todos vecinos de esta misma villa de Alba, 
y Juan Antonio Barros, vecino de San Lorenzo de la Guardia en 
Galicia, y de mí, el infrascripto secretario. Es dicha arca de madera, 
tiene de largo algo menos de dos varas, de alto palmo y medio, y 
algo más, y de ancho algo más de dos cuartas. Está aforrada por 
de fuera de terciopelo carmesí, tachonado con tachones dorados, ador- 
nada de cuatro dragones de dos cabezas de bronce doradas en fi- 
gura de tarjetones; las dos están en la tapa del Arca por encima, 
la una corresponde al lado, que es cabecera, en que están gravadas, 
y esmaltadas de tinta las siguientes palabras: Arca Domini, in qiia 
erat Manna, et Virga, qaae fronduerat, et Tabulae testimonii. (Hebr. IX), 
y después estas quintillas (1). 

Al lado que toca a los pies, corresponde la otra lámina,, o tarjctón, 
donde del mismo modo están escritas estas palabras: Non extingaetur 
in noctc lucerna e/'us. (Proverb. XXXI), y después estas quintillas (2). 

En el frontispicio del arca, donde corresponden las cerraduras, 
están las otras dos láminas o tarjetones dorados a proporción de 
los dichos, que contienen los mismos textos y quintillas, con la di- 
ferencia que el texto y quintillas que en la tapa están en la ca- 
becera, en el frontispicio están a los pies; y el texto y quinti- 
llas, que en la tapa están a los pies, en el frontispicio están en 
la cabecera. Cíñela toda, excepta la cubierta o tapa, dos visagras 
de media caña doradas, que le sirven de goznes para abrirla y ce- 
rrarla. En la cubierta tiene tres varritas, asimismo de media caña 
doradas, y son de casi dos palmos de largo, y la del medio remata 
con una lámina en forma de escudo con sus adornos alrededor, en 
cuyo campo se divisa grabada una letra F mayúscula. Adornan a los 
cuatro ángulos dos cantoneras doradas en cada esquina; y bajo de cada 
ángulo hay por estribo una bola dorada. Está asegurada por abajo 
con seis visagras de hierro doradas, que al mismo tiempo le sirven de 
adorno; y encima de las dos, que están en la testera, y a los pies, 
hay una cruz de la misma materia dorada. Estaba cerrada con nueve 
visagras de hierro doradas, y asimismo con una cerraja de la misma 
materia dorada, la que por no hallarse e ignorarse la llave, se des- 
cerrajó; y abriéndose en presencia de todas las mencionadas perso- 
nas, se halló estar por adentro aforrada de damasco carmesí muy 
hermoso, y tan lindo como si se hubiera entonces cortado de su 
pieza nueva; lo que asimismo se notó del terciopelo de que estaba 
aforrado por de fuera. Hallóse el santo cuerpo entero e incorrupto, 
faltándole el pie derecho, que se venera en Roma en nuestro Con- 



1 Son las que publicamos en la página 369. 

2 Véase la página 269. 



APEKDICES 27d 

vento de Santa ^aría de la Escala; la mano izquierda, que está en 
Lisboa; el brazo izquierdo y corazón, que separados se veneran en 
dos preciosos relicarios de este mismo Convento de la Encarnación; 
un pedazo de la mandíbula superior de la parte derecha, que está en 
nuestro Colegio de San Pancracio en- Roma; el ojo izquierdo; algunas 
costillas; algunos pedazos de carne y huesos, que le habían sacado 
y están repartidos por la Cristiandad, Todo lo demás del cuerpo, se 
conserva con piel, carne y huesos. La cabeza está dividida del busto, 
porque le sacaron la mayor parte del cuello; se conserva, pero, entera 
con piel y carne, y aun en el ojo derecho se distinguen con claridad 
la niña o pupila, y las pestañas. Lo más admirable es, que el brazo 
derecho está tan flexible, como si estuviera vivo. Conócese, que a 
pedazos, y con fuerza le han arrancado la mano y solo con parte de 
algunos tendones le ha quedado el hueso de medio muy blando y her- 
moso. Asimismo en el pie izquierdo se divisan con toda distinción los 
dedos y sus uñas. Estaba el santo cuerpo cubierto con un lienzo sutil 
de holanda y encima de él un paño de seda sutil encarnada, ñl lado 
del cuerpo de la misma arca, se encontró una caja de plomo cuadran- 
gular de dos dedos de alto y de ancho, y largo de medio palmo, y 
en ella un pergamino, en que se halla con bellísima letra el auto, que 
dio con toda individuación de la identidad del cuerpo de nuestra 
Santa iWadre, que con la misma arca estaba colocado, el Padre Fray 
Diego de San Joseph, Difinidor General y Secretario, firmado del 
mismo R. P. General Fray Joseph de Jesús María, de Don Antonio 
de Toledo, y del Padre Fray Juan de San Angelo (1). 

H izóse este descubrimiento ciento y veinte y ocho años y seis 
meses después de la solemne canonización de la susodicha nuestra 
Santa Madre Teresa, la que sucedió el año de 1521, a 12 de Marzo, 
siendo Sumo Pontífice Gregorio XV, como consta de la Bula que 
expidió en dicho día, mes y año en Roma el mismo Pontífice, y comien- 
za: Omnipotens Sermo. Todos los presentes veneraron y adoraron con 
grande devoción y júbilo el santo cuerpo; y habiendo llamado un ce- 
rrajero, le hicimos poner una cerraja, con la que cerrada el arca, y 
quedándose con la llave de ella el insinuado Excmo. Duque, nos sali- 
mos todos del camarín, para que nadie pudiese acercarse a la dicha 
arca, y entretanto se dio orden al mismo cerrajero, hiciese llave a 
la cerraja dorada susodicha, y dos candados bien fuertes, con los 
que quedó del todo asegurada la arca, quedándose la llave de dicha 
cerraja para el Excmo. Sr. Duque; la del candado de la testera, para 
N. M. R. P. General; y la del candado de la parte de los pies, 
para la Madre Priora. Quedó dicha arca, así cerrada, expuesta en el 
mismo hueco de la pared del altar mayor entre las dos rejas arriba 
dichas, el día de la Santa, y por toda su octava; y como la venida 
de sus Majestades no tuvo efecto, por haber enfermado estando ya 
de viaje en el Escorial la Reina nuestra señora, se resolvió, que pa- 
sada dicha octava se encerrase otra vez la arca en su insinuada urna 
sepulcral, poniéndole otra vez encima las piedras mismas que se ha- 
bían levantado, aunque la más pesada en la que se halla esculpido el 



1 Queda publicada en la página 271. 



280 APÉNDICES 

verso de Isaías: Et erit Sepulcruin ejus glorio sum, se aserró y dividió 
en tres trozos, para que si viniese otra ocasión de ser preciso descu- 
brir el cuerpo de la Santa, se pudiese ejecutar con menos dificul- 
tad y trabajo. En cuya consecuencia, siendo convenientísimo, para ma- 
yor justificación de la identidad del sagrado cuerpo de nuestra Será- 
fica Maestra, el que asistiesen al encerramiento en dicha urna sepul- 
cral todos aquellos que habían asistido a la saca y descubrimiento 
de él, y siendo entre todos de especialísima distinción y autoridad 
el expresado Excmo. Sr. Duque de Huesear Don Fernando de Silva 
ñlvarez de Toledo, habiendo sido preventivamente llamado del Rey 
nuestro señor al Escorial, para que se supliese su ausencia, el día 18 
del expresado mes de Octubre entró en la clausura del mencionado 
Convento de la ilnunciación, con asistencia del susodicho N. M. R. P. Ge- 
neral Fray Nicolás de Jesús María, y mía, de Bernardo González de 
Luis, escribano público de esta villa de ñlba, y de varios testigos, que 
escogió su excelencia y en presencia de todos, y asimismo de la Madre 
Priora y de toda su Comunidad, se abrió la arca y, descubierto el 
santo cuerpo, declaró su excelencia, bajo de juramento, puesta la mano 
en el real toisón, que aquel cuerpo que allí se veía, era el mismo 
que con la misma arca, el sobredicho día dos del corriente mes y año, 
en presencia suya se había sacado de la mencionada urna; y que por 
cuando se hallaba llamado del Rey nuestro señor, y no podía asistir 
a la restitución de los dichos arca y cuerpo a su urna, daba, como en 
efecto dio, poder con toda amplitud a Don Antonio de Oviedo, padre 
de Don Alonso de Oviedo, arriba mencionado, que asimismo se ha- 
llaba allí presente, para que asistiese en su nombre a dicha restitu- 
ción del arca y cuerpo santo a su urna, firmase el auto, que de ella 
se estipularía, e hiciese todo aquello que haría su excelencia si se 
hallase presente, para cuyo fin le entregó delante de todos la llave, 
que su excelencia tenía de dicha arca; y el expresado D. Antonio 
de Oviedo aceptó asimismo, en presencia de todos los mencionados, 
e inmediatamente se cerró con las tres llaves la dicha arca. Todo consta 
del auto, que pasó ante dicho escribano, y los testigos en el mismo 
auto expresados, el mencionado día 18 del corriente, como parece de 
dicho auto, que dentro de la misma arca se encerrará con éste. Esto 
supuesto, estando ya todo pronto para el mencionado encerramiento 
del santo cuerpo, entraron el día 29 de los susodichos mes y año, a 
las dos horas de la tarde, en la clausura del expresado Convento de 
la Anunciación, N. M- R- P- Fr. Nicolás de Jesús María, y todos los 
religiosos y seglares susodichos, que se hallaron presentes, como queda 
expresado arriba, a la saca y descubrimiento del santo cuerpo, excep- 
tuado el Excmo. señor Duque de Huesear, en cuyo lugar y nombre 
entró el sobredicho D. Antonio de Oviedo; subieron juntos al camarín 
de arriba, en donde está la urna sepulcral en el hueco de la pared 
del altar mayor, y ¡estaba asimismo la arca cerrada con su cerraja y dos 
candados; y en abriéndose ésta en presencia de todos, de la Madre 
Priora y Comunidad del mismo Convento, se reconoció ser la misma 
arca, y en ella el mismo cuerpo de Santa Teresa de Jesús, que se 
habían sacado el susodicho día 2 del corriente mes y año de la insi- 
nuada urna sepulcral; y afirmando todos ser una misma dicha arca. 



APÉNDICES 281 

con sola la añadidura de dos candados de hierro dorados que se le 
habían puesto para más seguridad,, y ser uno mismo el cuerpo en ella 
contenido, esto es, el cuerpo de Santa Teresa de Jesús, a quien para 
más decencia, habiéndole quitado de encima una sábana de holanda 
g un paño de tafetán colorado, con que se halló cubierto, a fin de 
repartirlos por reliquias, se le cubrió inmediatamente con una sábana 
de media holanda en tres dobleces; encima de esta se puso otra 
sábana de media holanda con encajes muy ricos, y sobre ésta un 
tapete de tela de flores de oro, aforrado de tafetán encarnado con 
puntilla de oro. La cabeza de la santa quedó cubierta con una toca de 
media holanda, y encima de esta dos velos, el uno de tocar, y el 
otro de comulgar, ambos de tafetán negro con puntilla de plata, y 
bajo de dicha cabeza una almohada de media holanda con sus en- 
cajes, y se cerró la arca delante de todos con las tres llaves, que- 
dándose con la del candado de la testera N. M, R. P. General, con 
la de la cerraja de medio D. Antonio de Oviedo para el Excmo. señor 
Duque, y con la del candado de la parte de los pies, la mencionada 
/Wadre Priora; y a más de esto se clavó dicha arca con siete visagras 
de hierro doradas, e inmediatamente, en presencia de todos los suso- 
dichos, a excepción del hermano Fr. Juan de San Pablo, que por 
enfermo no pudo asistir, se encerró en su mencionada urna sepul- 
cral, poniéndole encima todas las piedras arriba expresadas. Y para 
que de todo quede en lo futuro perpetua memoria, yo Fr. Francisco 
de San Antonio, secretario de N. M. R. P. General Fr. Nicolás de 
Jesús iVlaria, que presente fui a lo susodicho, juntamente con los 
testigos arriba mencionados, que aquí pusieron sus firmas, por espe- 
cial orden y expreso mandato, que tuve de su reverencia, el cual 
autorizó estas letras con su firma, las escribí de mi mano, firmé de 
mi nombre, y sellé con el sello de oficio del dicho N. JA. R. P. Ge- 
neral, en Alba de Tormes de esta Provincia de N. P. vSan Elias, en 
el reino de Castilla la Vieja, día, mes y año susodicho, en que de 
todo lo que en estas letras queda expresado doy fe y verdadero tes- 
timonio. Fray Nicolás de Jesús María, General; Fr. Bartolomé del 
Espíritu Sanio, Definidor primero; Fr. Paulino de San Joseph, Procura- 
dor General; Fray Joseph de Jesús María, Prior; Don Alonso de 
Oviedo, alcalde de la fortaleza. Por el Excmo. Sr. Duque, yo, Antonio 
de Oviedo, lo firmo. Alfonsa María de la Presentación, Priora; Ca- 
talina de la Santísima Trinidad, Supriora; María Teresa del Santí- 
simo Sacramento, Teresa de San Joseph, Josefa Bernarda de la Anun- 
ciación, Inés Francisca de San Joseph, Manuela de Jesús, Narcisa 
del Espíritu Santo, Jerónima de Santa Ana, Francisca de San Joa- 
quín, Antonia de la Santísima Trinidad, Teresa Joaquina de la Asun- 
ción, Rosa de la Madre de Dios, Antonia de Cristo, María Clemen- 
tina de San José, Anastasia de Santa Teresa, Teresa María de San 
José, Jerónima de Jesús María y José, Josefa de Santa Teresa, Fray 
Francisco de San Antonio, secretario. 



282 APtN01C£S 



LII 



PREÁMBULO DEL ACTA ANTERIOR (1). 



¡n Dei nomine, Amen. Fray Diego de San joseph, Difinidor Gene- 
ral de la Orden de los Descalzos Carmelitas y Secretario de la 
dicha Orden, por las presentes doy fe y verdadero testimonio, certi- 
fico y hago saber a los que su tenor vieren, cómo en la villa de 
ñlba de Tormes, lunes, a once días del mes de Julio de este pre- 
sente año de mil y seiscientos y diez y seis, habiendo llegado a esta 
villa nuestro Padre General, Fr. José de Jesús Maria, juntamente 
con el señor de las villas de la Horcajada' y Bohoyos, D. ñntonio de 
Toledo, conmigo y con su socio el Padre Fr. Juan de San /Ingelo, 
y habiendo entrado dentro de la clausura del convento de la Encar- 
nación, que es de Religiosas de nuestra Orden, desclavamos las visa- 
gras y abrimos Q^ arca donde estaba €l santo cuerpo de nuestra glo- 
riosa Madre y fundadora, la virgen Santa Teresa, y hallándole con 
la misma entereza y frescura de carne que estaba cuando se encerró 
¿n la dicha arca habrá trece años en presencia de los Duques y de 
otras muchas personas graves. Quedó aquella noche en competente 
en la dicha arca habrá trece años en presencia de los Duques y de 
la arca en lo más alto de la casa, fué tanta la fragancia de olor 
que se esparció por toda ello y en la iglesia, que sin saber cuándo 
se abría, así los oficiales que trabajaban en la iglesia, como las mon- 
jas que andaban por la casa, lo sintieron luego, y conocieron en esto 
haberse abierto, según unos y otros afirmaron después. Y habiéndose 
de poner y colocar en la urna de piedra, que para el efecto había 
hecho la Religión, no obstante que por la mayor decencia deste 
sagrado tesoro, y por otras razones y motivos, había nuestro Padre 
General tratado con los dichos Duque y Duquesa de Alba, que sólo 
se hallase a lia visura del santo cuerpo, su reverencia conmigo, con el 
dicho P. Fr. Juan de San ñngelo, su socio, y con el dicho señor de la 
Horcajada, el día siguiente acordó nuestro Padre General de consolar 
al pueblo, y que por vista de ojos le constase y a todos fuese ma- 
nifiesto estar el dicho santo cuerpo hoy con la entereza e incorrup- 
ción que tenía cuando allí se puso. Para lo cual hizo convocar las 
cabezas de los dos estados eclesiástico y secular desta República, g 
asistieron a verlo el licenciado Medina y el licenciado Villa Gutiérrez, 
oidores del Consejo del Duque, el corregidor y algunos de los caba- 
lleros regidores desta villa, y del Clero vino el Vicario, acompañado 
de personas graves y calificadas de su Cabildo, y otros muchos del 



1 El acta de apertura del cuerpo de la Santa, que acabamos de ver, iba precedida de este 
preámbulo del secretario general, Fr. Diego de San José. 



APÉNDICES 283 

pueblo; todos los cuales vieron el santo cuerpo, llegaron a besar 
con grande veneración y devoción sus pies por verlos llenos de carne 
tratable, y tocaron sus rosarios, dando muchas gracias a Dios Nuestro 
Señor, por lo que habían visto. Y los rosarios de sólo haber tocado 
aquella santa carne, conservaron después el santísimo olor que della 
salía, con admiración de sus dueños, de manera que los andaban 
dando a oler a otros. Vino entre la gente referida el Doctor Juan 
López, médico del Duque, persona grave y muy opinada en filosofía 
y medicina, i; en mi presencia testificó ser evidente milagro hallarse 
tan entero el santo cuerpo, después de tantos años como ha que está 
allí encerrado, y ¡en parte tan expuesta a corrupción cómo es aquella 
donde ha estado; porque naturalmente era imposible haberse con- 
servado así. Lo cual hecho en presencia de nuestro Padre General, del 
dicho señor de la Horcajada y del P. Fr. Juan, socio de nuestro 
Padre (quedando el dicho santo cuerpo con la entereza y frescura 
de carne referida, envuelto en la propia sábana que se tenía), yo por 
mi mano cerré y clavé la dicha arca con sus grapas y quedó esta se- 
gunda noche con la clausura que la pasada. Y en hacimiento de gra- 
cias se solemnizó con la música de chirimías y repique de campa- 
nas de toda la villa, la merced que Dios nuestro Señor había hecho 
a este estado en hallarse incorrupto este santo cuerpo. El día si- 
guiente, que fué miércoles, a trece del dicho mes y año, vino al dicho 
convento el Cabildo eclesiástiro en forma, con su música, a la cele- 
bración de la Misa, que cantó nuestro Padre General, con mucha 
solemnidad, asistiendo a ella el Consejo y Regimiento y todo el pue- 
blo, y estando la arca que contenía el santo cuerpo sobre un bufete 
cubierto con un dosel de tela de oro a vista del pueblo, cerrada y 
clavadas en ella catorce visagras enteras de hierro doradas, y con 
seis clavos cada una, como antes estaba, y quedó en ella incluso 
un testimonio escrito en pergamino de mi letrai y mano, sellado con el 
sello grande de la Orden, de que en las cosas más graves della se 
usa, y metido en una caja de plomo, cuyo tenor de verbo ad verbum 
era en la forma que se sigue (1). 



1 Copia aquí el Acta según !a conocen ya los lectores, o al pie de ella escribe el citado 
P. Diego: «Y acabada la misa, subimos a donde estaba preparada !a urna, ios cuatro contenidos 
en este testimonio, u en presencia nuestra, u de otras personas que había allá arriba en el an- 
damio, la dicha arca, que está por de dentro forrada en damasco, y por fuera cubierta de tercio- 
pelo carmesí, con unas planchas, o tarjetas de plata dorada sobrepuestas de a medio relieve, y 
esmaltadas en ellas unas letras que contienen autoridades de la Sagrada Escritura, con el cuerpo 
de la dicha Santa Virgen, nuestra fundadora y Madre, se metió en la dicha urna de piedra, con 
que se despidió la gente. Y para que de esta úllima traslación y colocación quede memoria en 
los Archivos de nuestra Religión, para los siglos venideros, y del modo y solemnidad con que 
se hizo, de que doy fe, yo el dicho Fr. Diego de San José, Difinidor y Secretario sobredicho, 
di estas letras firmadas de mi nombre y .selladas con el sello grande de nuestra Religión, jj 
nuestro Padre General las quiso autorizar con su firma, interponiendo la autoridad de su oficio, 
y el dicho seflor de la Horcajada, lo firmó de su nombre. Que son fechas en la dicha villa de 
Alba de Tornies. H^iy Jueves, a catorce de Julio de y mil seiscientos diez y seis años (en lugar 
t del sello). Fr. José de Jesús María General. Don ñntonio de Toledo, Ft. Diego de San José, 
Definidor general y secretario». 

Tomamos estos documentos de un original Impreso que poseen las Carmelitas Descalzas de 
Salamanca, autorizado por el P. Diego de San José, que escribe de su letra: «Concuerda con el 
original. Fr. Diego de San José. Diffinidor y .secret.». 



284 APÉNDICES 



Lili 



flCTfl DEL TRASLADO DEL CUERPO DE SANTA TERESA EN 13 DE OCTUBRE DE 

1760 (1). 



En el nombre de Dios Todopoderoso. Notorio y manifiesto sea 
a todos los que el presente vieren, cómo el año de la Natividad de 
Nuestro Señor Jesucristo de 1760, en el día 13 de Octubre, gober- 
nando la Iglesia nuestro muy Santo Padre Clemente XIII, de feliz 
memoria, y estos reinos de España el muy augusto monarca D. Carlos 
III, siendo Obispo de Salamanca el limo. Sr. Dr. José Zorrilla de 
San Martín, y su auxiliar el limo. D. Fr. Francisco de San Andrés, 



1 No pudieron realizar en 1750 su proyectado viaje a Alba Fernando VI ij su esposa doña 
Bárbara de Portugal. Diez años más tarde, reinando Carlos III (Fernando VI había muerto en 
1759), se colocó en la magnífica urna de plata que D. Fernando y su esposa habían regalado, el 
cuerpo de Santa Teresa, y se trasladó definitivamente al camarín del altar mayor donde hoy se 
venera. Araujo, en su Guía de Riba, dice hablando de este camarín y sepulcro: «En el centro 
(del altar mayor), se descubre el camarín del sepulcro de Santa Teresa, cerrado por doble verja, 
plateada la exterior que da a la iglesia, y dorada la interior que da al convento; toda la obra 
fué ejecutada a expensas de los reyes Fernando VI y su esposa, que habiendo sabido cuando 
su proyectada peregrinación en 1750 que, descubiertos los restos de la Santa, se conservaban 
incorruptos y viendo frustrados sus piadosos deseos, quisieron embellecer la iglesia que gozaba 
tan insigne honra y encerrar tan santas reliquias en sepulcro digno en lo posible de su inmenso 
valor; entonces fué cuando se rehicieron los dos altares laterales, se doró de nuevo el altar ma- 
yor, se reconstruyó en mármol la arcada destinada a servir de camarín al sepulcro, revistiéndole 
también, lo mismo que su pavimento, de ricos jaspes, y se labró por los mejores artistas de la 
época la suntuosa urna de mármol negro jaspeado, sobre la que se asientan dos preciosos ange- 
litos, uno de los cuales lleva el dardo de la Transverberación, y el otro la preciada corona de 
las vírgenes. Cuando estuvo a punto, el 13 de Octubre de 1760 (ya Fernando VI había fallecido), 
celebróse la solemnísima traslación del sagrado cuerpo a las cuatro de la tarde, a cuya ceremo- 
nia acudieron de todas partes tan gran número de peregrinos, que jamás se había visto en toda 
Castilla concurrencia igual; la antigua caja de madera forrada de terciopelo carmesí, regalo de la 
Infanta D.a Isabel Clara Eugenia, esposa del Archiduque Alberto, es sustituida por otra más rica 
de plata, con paredes labradas en relieve exteriormente, y tapizadas en el interior de terciopelo 
carmesí con cojines cubiertos de seda roja en el fondo; allí se deposita el sagrado cuerpo en- 
galanado con preciosos vestidos y llevando al cuello un collar semejante a los de la insigne 
Orden del Toisón de oro, se guardan con él los procesos verbales de las anteriores exhumacio- 
nes y el instruido entonces». 

Debo una copia del Acta transcrita a las Carmelitas Descalzas de Alba de Termes. Es la 
última vez que se abrió el sepulcro de Santa Teresa hasta 19H. Cuando la invasión francesa, en 
tiempos de Napoleón, corrió mucho peligro el sepulcro; pero, al fin, no se tocó su santo cuerpo 
y las religiosas lo pasaron harto mejor que de las circunstancias podía esperarse, como veremos 
en el Libro de las Fundaciones. En virtud de un Moíu proprío, concedido por Pío X, con fecha 
C de Junio de 1914 al General de los Carmelitas Descalzos, P. Clemente de los SS. Faustino g 
Jovita, procedió éste, acompañado de su secretario, del P. Provincial de Castilla y otros Padres 
Carmelitas Descalzos, en presencia de las religiosas, a la apertura del sepulcro. El cuerpo de la Santa 
se halló lo mismo que dice el Acta de 1760. Merced a un acto de bondad del mismo P. General, 
pudimos verlo y venerarlo con detenimiento. Fáltanle las partes del cuerpo que todos saben, g 
las demás ya no gozan del estado de incorrupción de otros tiempos. De la cara ha desaparecido 



APÉNDICES 285 

obispo de Zela; Duque de Hlba, el Excmo. Sr. D. Fernando de Silva 
fllvarez de Toledo; su inmediato sucesor y primogénito D. Fr. de Paula, 
Duque de Huesear; General de la Sgda. Reforma de Carmelitas Des- 
calzos, el Rvmo. P. Fr. Pablo de la Encarnación; Provincial de esta 
Provincia de N. P. S. Elias de Castilla la Vieja, el Rvmo. P. Fr. José 
de San Francisco; Priora del convento de Carmelitas Descalzas de 
esta villa de Rlha de Tormes, la R. M. M.a Teresa del Santísimo 
Sacramento. 

En esta villa de Riba, expresados día, mes y año, con el especia- 
lísimo motivo de haberse trasportado a ella una urna de plata, ricamente 
adornada de realce, de la misma materia, constando su longitud de dos 
varas, ancho correspondiente a una urna sepulcral, de altura como tres 
cuartas, forrada toda por dentro de terciopelo carmesí, cuya espe- 
cial alhaja mandaron en vida para mayor culto y veneración de la 
seráfica Madre Santa Teresa de Jesús los muy augustos y católicos 
reyes D. Fernando VI y D.^ María Bárbara de Portugal, que santa 
gloria hayan, predecesores de nuestro ínclito actual monarca ya ci- 
tado, a efecto de que le tuviera la voluntad de colocar en ella el 
glorioso cuerpo de la Santa Madre Seráfica, según y como lo qui- 
sieron los regios donantes expresados. Dichos señores ilustrísimos y 
reverendísimos PP. General y Provincial, acompañados de todo el santo 
Definitorio, que lo compone los Rvmos. Fr. ñgustín de la Concep- 
ción, Fr. José de la Encarnación, Fr. Juan de San Gregorio, Fr. Benito 
de San Bernardo, Fr. Manuel de San Juan Evangelista, Fr. Fran- 
cisco de la Encarnación, con asistencia del Rvmo. Fr. Fernando de 
San José, Procurador General de Madrid y Fr. ñntonio de San Joa- 
quín, escritor del Año Teresiano, y otros diferentes Padres, así de 
esta Provincia como de Castilla la Nueva, entraron en la clausura de 
dicho convento, acompañados asimismo de la expresada M. Priora, 
de la M. Josefa Bernarda de la Anunciación, Subpriora, la iVl. Tere- 
sa de San José y la M. Manuela de Jesús, claveras de dicho convento, 
con las demás religiosas de que se compone; habiendo reconocido 
antes que la urna en que se hallaba dicho santo cuerpo aparecía ser 
la misma que consta en el testimonio del dorso i) estaba con los 
mismos signos, y en la capilla donde se colocó por vía de depósito, 
que es el mismo paraje que sirvió a dicha Santa Madre en su vida de 
habitación; tomando dicha arca que servía de urna por seis religio- 
sas que para esto deputó el Rvmo. P. General, se llevó procesio- 
nalmente con velas encendidas de todos los asistentes al camarín 
bajo de dicho convento, a donde con asistencia de los ya citados 



toda la piel, y lo restante del cuetpo está en plena momificación. Hoy no podríamos decir con 
Ribera y otros escritores, que bastaba un dedo para sostenerla en pié. Sería peligroso sacarla de 
la urna de plata en que yace, porque el movimiento menos prudente reduciría a polvo aquellos 
santos despolos. Para gloria de su sierva, la dotó Dios de incorrupción por el tiempo que estimó 
oportuno; hoy, que ya no es necesario, ha cesado, a lo que lealmente creemos, el prodigio que 
fué la admiración de muchas generaciones. En mi juicio, la parte mejor conservada de la Santa, 
es el brazo que cortó el P. Gregorio Nacianceno, y que se conserva en la misma iglesia de 
Alba, en un relicario de plata. Expuesto el santo cuerpo en el oratorio del camarín por algunos 
días, el mismo P. General, en presencia de la Comunidad y de varios testigos, clausuró el se- 
pulcro, quedando intacto, lo mismo que se halló al abrirlo. 



286 HPENDICES 

compareció D. Hlonso de Oviedo, apoderado del Excmo. Sr. Duque 
de Alba, D. Jaime TVlárquez, arquitecto de Su Majestad, a efecto de 
abrir dicha arca en que se hallaba el santo cuerpo de la seráfica Aladre 
vSanta Teresa de Jesús. Y permaneciendo todos los asistentes con lu- 
ces encendidas, con toda devoción y ternura, se pasó a dicha abertura 
a que prestó su llave el Rvmo. P. General, que es la que corresponde 
al candado de yerro dorado que está a la parte superior de la citada 
arca; el dicho D. Alonso de Oviedo, en nombre de dicho excelentísimo 
señor Duque, con la llave que corresponde a la cerradura de yerro do- 
rado de enmedio, y la expresada JA. Priora con la llave que corresponde 
al candado de yerro dorado de parte inferior de los pies; y abierta 
en esta forma dicha arca, se reconoció el santo Cuerpo de la Santa 
Madre Teresa de Jesús en el mesmo ser y estado que aparecía tener 
en el año de 1750, que consta por menor del testimonio de la vuelta 
y con la misma positura, velos, sábanas y cubiertas que en él se 
expresan, que se omite de exponer por menor por constar de dicho 
testimonio con toda especialidad. Y así, reconocido dicho santo Cuer- 
po por todos los asistentes, se adoró y dio el culto y veneración 
que corresponde, y tocaron a él por mano de varios religiosos, dife- 
rentes reliquias, rosarios, cintas y pedazos de tela, con lo que se 
volvió a cerrar, hasta hoy 14 de este expresado mes y año, en que, 
para consuelo de este pueblo como de muchos circunvecinos, se de- 
terminó poner el santo Cuerpo en el coro bajo que tiene sus rejas 
que dan a la parte de la iglesia de dicho convento, en que concu- 
rriendo los expresados, en cuyo poder obran las llaves de dicha urna, 
se abrió quedando manifiesto en dicho coro el glorioso Cuerpo, sien- 
do visible a ios que lo registraron de la parte de la iglesia por dichas 
rejas, la cabeíra de la Santa, por hallarse lo demás cubierto como se 
expresa antecedentemente; en cuyo estado se mantuvo por espacio de 
siete horas. Y por esto, siendo como las cuatro de la tarde, con asis- 
tencia de los ya referidos en el principio de este testimonio y del 
Excmo. Sr. D. Francisco 'Soiís, Arzobispo de Sevilla, Presbítero Car- 
denal de la santa Iglesia Romana, por seis religiosas deputadas por 
el Rvmo. P. General y ¡M. Priora, ya citadas, con las mismas sábanas 
y demás compostura de dicho santo Cuerpo de Santa Teresa, se co- 
locó y trasladó en dicha urna de plata nueva, a donde se adoró y 
veneró por »os asistentes; que todos, en acompañamiento procesional- 
mente, con velas encendidas, transportaron al camarín de dicho con- 
vento, colocándose en su altar mayor, introduciéndose dicha urna de 
plata en otra exquisitamente labrada de mármol de San Pablo, con 
sus adornos de bronce dorados de oro molido, que se halla embutida 
en un arco del mismo mármol en dicho altar, con toda magnificencia, y 
dos ángeles en la superficie de dicha urna, de la misma materia. V 
para que de todo ello quede en lo futuro perpetua memoria, yo, el 
licenciado D. Manuel Francisco Gutiérrez Varona, abogado notarlo, 
y secretario de Cámara de dicho limo. Sr. Obispo de Salamanca y su 
obispado, en que se comprende esta villa ds Alba, que presente fui 
a lo susodicho, y nosotros Fr. Francisco de la Presentación, Secretarlo 
General, y Fr. Antonio de la Encamación, Secretario asimismo Ge- 
neral de los Carmelitas Descalzos y Notario apostólico, que igualmente 



APE^fDíCES 287 

presentes fuimos, juntamente con los testigos arriba mencionados, que 
aquí pusieron sus firmas, !o firmamos, signamos y autorizamos y re- 
frendamos con los respectivos sellos de nuestros Secretarios, damos 
fe y verdadero testimonio. 

José, Obispo de Salamanca; Fr. Cardinalis de 5o//s, Arzobispo de Se- 
villa; Fr. Francisco, de Zcla; Fr. Pablo de la Concepción, General; Fray 
Agustín de la Concepción, Definidor; Fr. José de la Encarnación, ídem; 
Fr. Juan de San Gregorio, ídem; Fr. Benito de San Bernardo, ídem; 
Fr. Manuel de San Juan Evangelista, ídem; Fr. Francisco de la En- 
carnación, ídem; Fr. José de San Francisco, Provincial; Fr. Fernando 
de San José, Fr. Antonio de San Joaquín, M.^ Teresa del Sanfí<^inio 
Sacramento, Priora; Josefa Bernarda de la Anunciación, Subpriora; 
Teresa de San José, Manuela de Jesús, Clavarias; Licenciado D. Ma- 
nuel Francisco Gutiérrez Varona, N.^ y S.^; Fr. Francisco de la Pre- 
sentación y Fr. Antonio de la Encarnación, S.Q G. 

Concuerda con su original, que obra en la urna de plata en que 
se colocó el cuerpo de la gloriosa Madre Santa Teresa de jesús, y 
otro de igual expresión que se halla en el archivo general de la Or- 
den de Carmelitas Descalzos a que me remito. Y en fe de ello, a pedi- 
mento de la M. Priora y religiosas del convento de Carmelitas Des- 
calzas, doy el presente que signo y firmo; asimismo doy fe y verda- 
dero testimonio que en dicha urna de plata en que se colocó el cuer- 
po de la Santa Madre, entre las sábanas se pusieron unos papeles 
de polvos que del mismo cuerpo, según aparecía, se habían recogido 
de las sábanas en que S3 hallaba dicho santo cuerpo, con lo que se 
cerró dicha urna con cuatro llaves, de las que se recogiííron dos por 
el Rvmo. Padre General y Priora de este convento,, y las dos restantes 
por D, ñlonso de Oviedo, apoderado del Excmo. Sr. Duque de fllba, 
de las que por S. E. se habrá de entregar una a Su Majestad Ca- 
tólica; y cerrada dicha urna en esta forma, se incluyó en la de mármol 
y se cerró con tres llaves, que manifiestan en una tapa de bronce que 
está a la parte de afuera; y para que conste del mismo pedimento 
doy el presente que fírmo entre renglones: Fr. D. Francisco, Obispo 
de Zela. — Vale. — Licenciado D. Manuel Francisco Gutiérrez Varona, N." 
S.o — Firmas originales de las Monjas: M.^ Teresa del Sontísimo Sa- 
cramento, Priora; Josefa B. de la Anunciación, Subpriora y Clava- 
ria; Teresa de .San José, Clavaria; Manuela de Jesús, Clavaria; María 
Elena de San José, Catalina de la Santísima Trinidad. Antonia de la 
Santísima Trinidad, Jerónima de Santa Ana, Francisca de San Joaquín, 
Teresa Joaquina de la Asunción. Anastasia de Santa Teresa. Josefa 
de San Miguel. María Benita de Santo Domingo. Isabel /W.« de Jesús, 
Josefa de Santo Teresa, Teresa María de San José. 



288 APÉNDICES 



LIV 



COPIA DEL DECRETO DEL R. P. VICARIO GENERAL FR. ESTEBAN DE SAN JOSÉ, 
Y SU DEFINITORIO, EN QUE PROMETEN, EN NOMBRE DE TODA LA RELIGIÓN, 
NO MOVER NUNCA DE ESTE CONVENTO DE ALBA EL CUERPO DE N. M. SANTA 
TERESA DE JESÚS. (aÑO DE 1676) (1). 



J. ^. t J. T. 



Nos, Fr. Esteban de San Joseph, Vicario General de la Orden 
de Carmelitas Descalzos, Fr. Luis de Jesús M.a, Definidor General por 
la Provincia de Castilla la Vieja, Fr. Rodrigo de San Joseph por la de 
ñndalucia, Fr. Joseph de Jesús María por la de ñragón y Cataluña, 
Fr. Juan de Jesús por la de Portugal, Fr. Antonio de San Joseph por 
la de Castilla la Nueva) y Fr. Blas de San Jerónimo por la de Nueva 
España en el Reino de ^éxico, juntos en este nuestro Colegio de 
N. P. S. Cirilo de la villa de Alcalá de Henares, en junta extraor- 
dinaria que celebramos en este dicho Colegio, decimos que por cuanto 
habiendo muerto N. gloriosa y Santa Madre Teresa de Jesús en el 
convento de nuestras religiosas de la villa de Hlba de Tormes, es- 
tanto huéspeda en dicho convento, en 4 de Octubre de mil y qui- 
nientos y ochenta y dos años, y de paso para su convento de Avila, 
donde era actualmente Priora, llevaron los Prelados que entonces eran 
de la Religión su santo cuerpo al dicho nuestro convento de religio- 
sas de Avila, y por parte del Excmo. Sr. Duque de Alba, D. Antonio 
Alvarez de Toledo se consiguió Breve de la Santidad de nuestro 
muy santo Padre Sixto V; a instancia y súplica del Excmo. Sr. D. Fer- 
nando de Toledo, su tío, gran Prior de San Juan, para que el dicho 
santo cuerpo de N. gloriosa Santa Madre se volviese al dicho convento 
de nuestras religiosas de Alba, de donde se había sacado, y que 
puesto allí no se innovase por la Religión, y que en cumplimiento 



1 No obstante la sentencia del nuncio Speciano de l.o de Diciembre de 1588, confirmada 
al año siguiente por Sixto V, según hemos visto en la página 255, ni la ciudad ni las Carmeli- 
tas de Avila se resignaban a perder el derecho que creían tener al cuerpo de la Santa. En la 
declaración jurídica que Ana de Jesús prestó el año de 1597 en Salamanca, da a entender que 
aun estaba «en contienda de si ha de quedar allí (en Alba) o no». Sabemos por un índice anti- 
guo de los instrumentos y papeles que había en el Archivo de los Carmelitas Descalzos de 
Avila, que todavía se conserva, si bien los documentos de que hace mención han desaparecido 
casi todos, que en 1673 se elevó a Su Majestad un memorial para trasladar a Avila el cuerpo 
de la Santa. Más tarde se renovaron estos deseos. A ellos quizá se responde en el decreto que 
aquí publicamos, según el original que se guarda en las Carmelitas Descalzas de Alba. 



APÉNDICES 289 

y ejecución del dicho Breve, los dichos Prelados restituyeron el dicho 
santo cuerpo al dicho convento de Hlba, en veinte y tres de Agosto 
de mil quinientos y ochenta y seis años, y ha estado desde este 
tiempo en este lugar, sin que por la Religión se haya innovado, 
ni 'pretendido nunca sacar dicho santo cuerpo; y deseando ahora nos- 
otros dar a esto firmeza, permanencia y estabilidad perpetua, en 
atención a la gran piedad, afecto y devoción que nuestra sagrada 
Religión ha experimentado siempre en los Excmos. Sres. Duques de 
Hlba que han sido, y que se contina hoy por el Excmo. Sr. D. An- 
tonio ñlvarez de Toledo, que al presente lo es, y de cuya grandeza 
hemos recibido singularísimos beneficios con un cordial amparo y pro- 
tección, y hoy de nuevo recibimos el que Su Excelencia se ha ser- 
vido de dar licencia para que en dicha su villa de Hlba de Tormes 
pueda fundar la Religión hospicio de religiosos secular o eclesiás- 
tico, y que habiendo oportunidad de medios podamos pasar a la fun- 
dación de convento de religiosos, siendo único fin de dicho excelen- 
tísimo señor la mayor veneración y culto de nuestra Santa Madre, que 
ha solicitado siempre Su Excelencia con todo estudio y devoción, y 
que en dicho Convento y lugar le ha tenido nuestra gloriosa y santa 
A'iadrc el tiempo que ha estado, yendo cada día a mayor aumento, y 
que esperamos vaya siempre a más, estando a la protección de dichos 
Excmos. Señores, especialmente por el medio de la asistencia de re- 
ligiosos que Su Exea, se ha servido conceder, juntándose a esto 
la gran veneración que ha tenido dicho santo cuerpo y los grandes 
favores que Su Majestad ha hecho por su intercesión, indicios de que 
se califica su voluntad divina, persevere dicho santo cuerpo, en el 
lugar donae murió y que con tanta veneración se halla colocado. 
En atención a todo lo referido y en remuneración y reconocimiento de 
los singulares beneficios que, como hemos confesado, y es cierto, hemos 
recibido de los dichos Excmos. Sres. Duques de Alba, y muy principal- 
mente de los quQ reconocemos al dicho Excmo. Sr. D. Hntonio illva- 
rez de Toledo, que lo es al presente: En nombre de toda la Reli- 
gión y Én la mejor vía y forma que podemos y haya lugar de dere- 
cho, nos apartamos de cualquier título, derecho o acción que tengamos 
o podemos tener para que el dicho santo Cuerpo se remueva o pueda 
llevar a ningún convento o a otra cualquiera parte; y desde luego 
queremos y consentimos en que el dicho santo cuerpo sea venerado 
y persevere en el dicho convento de nuestras religiosas de la dicha 
villa de Alba de Tormes, sin que nunca por nosotros o por los que 
después de nos viniesen, se pueda intentar, pedir o reclamar en contra- 
rio; M caso que se pida, queremos no ser oídos, porque por este 
apartamiento desistimos y nos apartamos de cualquiera acción o tí- 
tulo oue tengamos o podamos tener; y a mayor abundancia lo renim- 
ciamos a favor de dicho convento de Religiosas de la Villa de Alba 
de Tormes, y de los Excmos. Sres. Duaues de Alba, como sus pro- 
tectores, y queremos se estime este apartamiento siempre por con- 
trato oneroso y que tenga contra nosotros y contra la dicha nuestra 
Religión las mayores fuerzas que en derecho hayan lugar, respecto 
de que declaramos y confesamos sernos útil y conveniente, y para 

II 19 



290 APÉNDICES 

SU mayor firmeza, ofrecemos y nos obligamos a nunca reclamar con- 
tra él y que los que vinieren harán lo mismo, y a la seguridad de 
todo lo sobredicho obligamos todos los bienes espirituales y tempo- 
rales de la dicha nuestra Religión. Y por la verdad, lo firmamos de 
nuestros nombres, en Alcalá de Henares, a 15 de Hbril de 1676. 

Fray Esteban de San José, Vicario General; Fr. Rodrigo de San 
José, Definidor General; Fr. Juan de Jesús, Definidor General; Fr. An- 
tonio de San José, Definidor; Fr. Luis de Jesús María, Definidor Ge- 
neral; Fr. José de Jesús María, Definidor General; Fr. Blas de San 
Jerónimo, Definidor General. 



üPENCices 291 



LV 



VIRTUDES DE NUESTRA MADRE SñNTfl TERESA SEGÚN UNA RELACIÓN DE SU PRUWA 
LA VENERABLE MADRE MARÍA DE SAN JERÓNIMO (1). 



Harto me holgara no tener tanta falta de memoria para cumplir 
lo que la obediencia me ha mandado, que es que diga algunas cosas de 
las que vi y oí a nuestra Santa Madre Teresa de Jesús el tiempo 
que la tuvimos en esta casa; y si no fuera por la falta dicha, pudiera 
decir muchas y también por haber pasado más de veinte años, digo 
de los principios desta casa, donde nos dio tantos ejemplos a las que 
acabábamos de venir a ella, y también porque en aquel tiempo se to- 
maban las cosas tan al descuido, que nunca se miraban con pensamiento 
de escribirse, y ansí las dejábamos todas olvidar. Y con esto lo que 
de aquel tiempo sólo se podrá decir, es cosas generales, como es la 
mucha humildad y caridad y afabilidad con que trataba con todas. 

En aquellos principios no se tenían freilas, y andábamos a sema- 
nas en la cocina, y con todas sus ocupaciones, que eran muchas, cum- 
plía la semana que le venía como las demás hermanas, y no nos daba 
poco contento verla en la cocina, porque lo hacía con gran alegría y 
cuidado de regalar a todas, y así parece que le tenía Su Majestad de 
enviar aquella semana más limosna que otras; y ansí decía que condes- 
cendía Nuestro Señor con su deseo, que como le tenía de darnos bien 
de comer, le enviaba con qué lo hiciese, ñcaecía algunas veces haber 
un huevo o dos, o cosa semejante, para dar a todo el convento, y 
diciendo questo se diese a quien tenía más necesidad, parcciéndonos 
quella era quien más la tenía, por ser mujer de muchas enfermedades. 



1 La fama de santidad que aun en vida gozó Sania Teresa, se acrecentó rápidamente 
después de su muerte, merced a los prodigios que por su Intercesión comenzaron a obrarse. 
Los Superiores de la Descalcez carmelitana pusieron buen cuidado en recoger de labios de per^ 
sonas autorizadas, que habían conocido y tratado a la Santa, todo lo más notable de su vida 
admirable u edificativa, aun antes que comenzasen a Incoarse los diversos procesos de beati- 
ficación 1) canonización. Una de estas interesantes relaciones, debida a la A\. María de S. leró- 
nlmo, ha llegado hasta nosotros, y se conserva, firmada por ella, en el manuscrito, mencionado 
ga en la página 232, de las Carmelitas Descalzas de S. José, del que poseemos reproducción 
fotográfica. Fué María de S. Jerónimo, prima de Santa Teresa, y natural de Avila, donde nació 
por los años de 15*11. Llamábanse sus padres Alonso Alvarez Dávila y Agencia de Salazar. El 
30 de Septiembre de 1563 tomó el hábito en San José de su ciudad natal; en él desempeñó 
muchos años el oficio de priora. La Santa hizo de la venerable María mucha estima por sus 
grandes virtudes, claro talento y apreciables dotes de gobierno. En 1591 fué a Madrid para diri- 
gir aquella comunidad de Carmelitas Descalzas, y en 1595 pasó a fundar en Ocafia un nuevo 
convento. Llena de méritos, murió en Avila el Ó de Abril de 1602, según consta en el Libro de 
Defunciones de aquella casa. María de S. Jerónimo fué grande amiga de Ana de S. Bartolomé, 
U buena parte de lo que aquí refiere, de esta venerable lo supo. 



292 APÉNDICES 

con todo nunca admitía que se lo diesen, diciendo quella no tenía ne- 
cesidad para ello, porque sus hijas lo comiesen, quen quitarles a ellas 
el trabajo y tomarle para sí tenia extremo. 

En la virtud de la caridad tenía gran extremo, especial con las en- 
fermas que no les faltase todo lo necesario, y ansí víamos muchas 
veces que acudía Nuestro Señor a proveer las necesidades, y corres- 
pondía a la gran fe que ella tenia, y así nos decía muchas veces que 
tuviésemos por cierto, que si no faltásemos en el servicio de Nuestro 
Señor, quél nunca nos faltaría. Y decía esto como quien tenía tan 
buena experiencia acerca desto de la fe con que comenzaba las cosas. 
La oí decir un día, luego que se fundó esta casa, que tuvo necesidad de 
hacer un poco de obra y que ella no tenía blanca para ello, ni sabía 
de dónde la tener; con todo esto, como vio la necesidad, determinóse 
a concertar la obra, que fué cantidad de ochenta ducados. Acabado de 
hacer el concierto, vino una persona a verla, y dicléndole lo que había 
concertado, díjole que para qué había hecho tal cosii no teniendo de 
dónde lo pagar. Respondióle que Dios lo proveería, y así fué, que luego 
otro día le trajeron cartas de un hermano que tenía en las Indias, en 
que le enviaba, creo, más de docientos ducados (1). 

Otra vez hubo necesidad de hacerse en esta casa iglesia, antes de la 
que agora tenemos, de manera que aunque no era hacerla de principio, 
se habían de gastar hartos reales para acomodarla. Ella no tenía 
blanca ni sabía qué se hacer. Llamó a la hermana quera provisora, y 
díjola que si tenía algo que la dar para comenzar aquella obra. Res- 
pondióle la hermana que sólo un cuarto tenía en su poder, ñ. ella le 
dio harto placer desto, mas no se desanimó para dejar de comenzar 
la obra, y así la comenzó y acabó en breve tiempo, porque Nuestro 
Señor la proveyó de limosna con que se hizo. 

Pues si tractase del efecto que hacia en las almas su oración, 
había mucho que tractar desto. Yo supe de una persona principal destos 
reinos, que vino a su noticia questaba en una necesidad, y era que tenía 
deseo de apartarse de cierta ocasión de pecado, y no podía, porque la 
traía delante de los ojos y no tenía fuerza para quitarla. Ella la tuvo 
con Nuestro Señor de manera que dentro de poco tiempo, lo que 
había harto que duraba, se quitó todo. Ella dio orden cómo hablar y 
escribir a esta persona; y con esto, y la oración y muchas penitencias 
que hizo por ella, no sólo se quitó la ocasión y escándalo que había, 
mas fué grande el bien y aprovechamiento que hubo después en esta 
alma, donde quedó bien agradecida de la merced que Nuestro Señor 
le había hecho por medio de la Santa Madre. 

Oí decir que había un clérigo en cierto pueblo que había dos años 
questaba en pecado mortal. Como 1? Santa Madre lo supo, escribióle 
una carta; fué de tanto efecto, que dicen que con ésta salió de pecado 
y que traía la carta consigo. R ella le debía de costar este negocio no 
poca oración, porque lo víamos muchas veces cuando se ofrecía así 
cosas semejantes de pedir a Nuestro Señor por almas questaban en 
tal estado, la oración que le costaban y la batería que los demonios 



1 Véase el tomo I, pág. 279. 



APÉNDICES 293 

la daban sobre ello, que algunas veces la víamos de manera que nos 
hacía gran lástima ver cuál la paraban el cuerpo. Y aunque la batería 
era interior, era de manera que redundaba en darla muchos golpes en 
el cuerpo, y vía ella los demonios la rabia que les daba lo que ella 
hacía por estas almas, y amenazábanla diciendo quellos se vengarían 
della. Después de pasado, me lo contaba ella algunas veces, y decíame 
que cuando vía algún alma destas con aprovechamiento y que iba me- 
jorando, que ya ella vía que lo había de pagar. Destas cosas le acae- 
cían muchas, porque era grande el ansia que tenía del bien de las 
almas. 

Traía grandes deseos de penitencia, y con esto siempre andaba 
buscando invenciones para hacer más, que con tener grandes enferme- 
dades, no se le ponía cosa delante, y ansí concertó un día con las her- 
manas de que todas nos vistiésemos de jerga y que lo trajésemos en 
lugar de estameña, que agora traemos junto al cuerpo, y que desto 
fuesen las sábanas y las almohadas, y con esto dijo quella era la 
primera que se lo había de poner y ansí lo hizo; porque decía que si 
hacía daño, quella lo quería experimentar primero que las hermanas 
se lo pusiesen, y lo trajo ella y todas hasta quel perlado mandó que 
se quitase, porque decían era muy enfermo para la salud. En discipli- 
nas y cilicios era lo que pasaba de manera hasta hacérsele llagas. 

En lo que toca en lo de la oración, pasó mucho trabajo por que- 
rerla encubrir, y tanto cuanto ella más hacía desto, más parece que 
hacía Nuestro Señor para descubrirla. Dábale gran pena que la tuvie- 
sen en posesión de santa. Yo vi un papel escripto de su letra sobre 
una relación que daba a un confesor suyo, entendiendo que se tenía 
della la opinión dicha. Deseábalo y tratábalo de irse a un monesterio 
lejos de aquí (1), y entrar por freila, para disimular más y no ser 
cognocida; y como el Señor la guardaba para otras obras mayores, no 
permitía questo pasase adelante, porque era antes que se ñmdase 
esta casa. 

Oí decir a un confesor suyo, harto letrado y avisado, que su trato 
más parecía de ángel que de criatura humana, y no me espanto que 
dijese esto, porque fuera de lo quél sabia del mucho bien que había 
venido a almas por tratarla, en sí mesmo tenía buena experiencia desto 
en el aprovechamiento que liabía sentido después que la trataba. Por- 
que aunque él era bueno, fué mucho el aprovechamiento de virtud que 
después se vio en este Padre. Oíla decir un día questándole encomen- 
dando a Dios a este mesmo, había dicho a Su Majestad: «Señor, este 
es bueno para nuestro amigo», que con esta familiaridad tractaba con 
Dios. 

Tornando a lo que decía del cuidado que traía de encubrir su ora- 
ción, comenzóle de manera una vez, que le levantaba el cuerpo de la 
tierra; fué a tiempo que llegaba a comulgar, y como ella comenzó a 
sentir esto, asióse con entrambas manos a la reja para tenerse fuerte- 
mente, porque le dio gran pena que le comenzasen cosas tan exteriores, 
y asi decía que le había costado mucha oración pedir al Señor se lo 



1 Cfr. Libro de la Vida. pág. 265. 



29^ APÉNDICES 

quitase y así se lo quitó. Que aunque también le daba pena los arroba- 
mientos delante de nosotras, ya en fin lo pasaba; mas de la gente 
de fuera, era mucho lo que sentía, y disimulábalo con decir quera 
enferma del corazón; y así, cuando esto le acaecía delante de alguien, 
pedía que le diesen algo de comer y de beber, para por aquí dar a 
entender quera necesidad de enfermedad. 

Andando en estos ejercicios de oración y penitencia y aprovecha- 
miento de almas, y con gran ejemplo de humildad que nos daba siem- 
pre, vino el Generalísimo de Roma y dióle las patentes para fundar los 
monesterios. Cuando salió a fundar el primero, había cinco años questa 
casa se había hecho (1). Fué mucho lo que todas sentimos el día que 
la vimos salir della, porque era en extremo lo que la amábamos, y así 
cada una de nosotras tuviéramos por gran dicha que nos quisiera llevar 
en su compañía. Procuró antes que fuese, dejarnos acomodadas de 
casa y huerta, para que no sintiésemos tanto su ausencia, y con no 
tener blanca para esto, se adeudó en nueve mil reales, y esto hizo con 
la fe que hacía otras cosas de que Nuestro Señor se lo había de reme- 
diar, y así le deparó monjas que trajeron esta limosna, y tales como 
se podían desear de virtudes; que no fué poco en tal coyuntura haber 
quien quisiese venir a tomar aquí el hábito; porque en sabiendo que 
se supo que la Santa Madre salía desta casa, les parecía a todos que- 
daba perdida y que todo se había de deshacer luego. Desto no tenía- 
mos pena las que quedábamos en ella, que bien echábamos de ver 
ser obra de Dios, por las cosas que habíamos visto que Su iVlajestad 
había hecho después questábamos en ella; y ansí sólo teníamos pena 
de vernos sin nuestra Santa Madre. Y aunque ella también sentía el 
dejarnos, procuraba disimularlo por no nos dar pena. R la hora que 
se hubo de partir, se fué a una ermita que hay en esta casa de un 
Cristo a la Columna, a suplicarle muy de veras fuese servido de 
que cuando ella volviese a esta casa, la hallase ella como la dejaba. 
Concedióselo Nuestro Señor tan bien como se ha visto por la obra, que 
no sólo en lo espiritual, sino en lo temporal se ha visto claramente 
lo que Su Majestad ha favorecido esta casa, y se vía claramente que 
era por medio de su oración; que aunque andaba en las fundaciones, 
tenía cuidado della y era priora della, y así la que quedó entonces 
por mayor, se vio claro lo poco que hacía en su gobierno. 

Y porque este discurso de tiempo que pasó fundando los mones- 
terios, ella lo dejó escripto, no diré aquí nada más de que sé claro que 
lo menos de lo que pasó fué lo que escribió, porque si las cosas que yo 
la oía contar de persecuciones y trabajos se hubieran de escribir, se 
podía hacer un libro dello. Lo que yo podré decir aquí es de la pa- 
ciencia que la vi en dos años que estuvo en esta casa, después que 
fundó la de Sevilla. Vino de Toledo aquí cuando hubimos de dar la 
obediencia a la Orden (2). Hecho esto, que fué una cosa de mucho con- 
tento para ella, aguósele bien con los trabajos y persecuciones que 
sobrevinieron luego, que fué cuando se andaba tratando de hacer pro- 
vincia, que fueron tantos los enredos y marañas que el demonio le- 



1 El primero después de San José, fué el de Medina del Campo, fundado en 15fi7. 

2 Por Julio de 1577. (Véase la página 219). 



APÉNDICES 295 

vantó, que fué bien menester la perfeción que Dios la había dado 
para llevarlo; porque no sólo procuraba que no pasase adelante el 
hacerse la provincia, sino deshacer los raonesterios que estaban hechos, 
y para esto inventaba de desacreditar a los frailes y a la Madre, levan- 
tándoles terribles testimonios de cosas tan graves y malas, que sólo 
oirlo no se podía sufrir. 

Destas cosas y de otras venían muy a menudo cartas dándole cuenta 
de todo lo que pasaba, porque se la daban muy por menudo de todos 
los negocios, que nada se meneaba sin su parecer. Todas estas cosas 
pasaban entre personas graves y delante del Nuncio. Veamos agora 
cómo lo tomaba la Santa Madre cuando oía decir que tal la paraban 
y que tanta diligencia y cuidado se ponía en deshacer con oprobio lo 
que tanto trabajo a ella le había costado. Llamábanos a todas y leía- 
nos las cartas, y ella se quedaba con la mayor paz y sosiego del 
mundo, y hartas veces con risa de ver lo que decían della; nunca la 
vi enojada, ni turbada ni con la menor alteración del mundo por cosa 
que della dijesen, sino que decía que cobraba amor a estas personas 
y las encomendaba mucho a Dios. Y no paraba en esto, sino que la 
oí decir, que muchas veces le era esto causa de mucho gozo interior, 
y mostrábalo bien el contento y regocijo que exteriormente le víamos 
cuando estas cosas se ofrecían. Decía que le hacían mucho Dien, porque 
ya que en aquello no tenía culpa, que en otras cosas había ofendido 
a Dios, que se iría lo uno por lo otro. Venían otras veces nuevas de que 
todos los negocios iban perdidos, porque parecía que cada día se iban 
las cosas puniendo peor. Estaba en esto con un ánimo y confianza tan 
grande, que no sólo no tenia necesidad de que la consolasen en ello, 
mas ella lo hacía a nosotras viéndonos penadas, y nos decía que lo 
encomendásemos a Nuestro Señor y no tuviésemos pena, que todo se 
haría muy bien; y al tiempo que todos decían que los negocios iban 
perdidos, entonces parecía que salía con nuevas confianzas, y respon- 
día a quien se lo decía: ¿Ven todo esto que pasa? pues todo es 
por mejor. Y así parecía que lo era para ella, porque la oía decir el 
gran bien que en su alma había sentido y provecho de los trabajos y 
contradiciones que había tenido. 

La que tuvo de los amigos no fué la menor, sino mayor que todas; 
porque, como es de quien más se siente, daban ocasión de mayor tra- 
bajo, ñ ella se le dieron harto, porque, como los vía que andaban con 
buen celo y la querían bien, parecíale que ellos eran los que acertaban 
y quella debía de ser la que erraba; y como eran personas buenas, 
era ocasión de ponella en mucha confusión, porque decía algunas veces 
que le parecía que ellos eran los que acertaban y que ella era la que 
erraba, y con todo cuanto la apretaban, nunca la oí decir de todas 
estas personas sino palabras de mucha edificación, diciendo que eran 
unos santos, y que todo lo que hacían lo era. Mientras pasaban estas 
persecuciones, que fueron dos años en esta furia, el tiempo que le que- 
daba de escribir para los negocios, escribía a los monesterios de las 
monjas consolándolas, que lo habían bien menester, que como en lo que 
se daba era deshacerlos, estaban fatigadas, y con ver letra suya les 
era de mucho consuelo. 

Este no les duró mucho, porque el demonio puso sus diligencias 



296 APÉNDICES 

para estorbarle; y fué que una noche cayó de unas escaleras abajo, y 
fué de arte la caída, que no se pudo entender sino que el demonio la 
había echado de las escaleras; porque iba con su luz en la mano, y 
después de la haber subido toda, estando para entrar en el coro a 
Completas, dijo que se le desatinó la cabeza de arte que la hizo tornar 
atrás y caer. Lisióse de tal manera en un brazo, que nunca más le pudo 
tornar a mandar como antes (1). Pasó grandísimos dolores del; duróle 
años que casi no le pudo menear. Fué esto una cosa de harto trabajo 
para las que la víamos y para ella: lo uno, porque en toda su vida 
pudo vestirse ni desnudarse ni ponerse un velo sobre la cabeza; lo 
otro, porque no podía escribir en tiempo que había tanta necesidad de 
ello, y sabiendo en los monesterios que estaba de esta manera, sentí- 
anlo mucho. Llevábalo todo con grandísima paciencia y alegría. Pre- 
guntóla una hermana que si no tenía muchas ansias de comulgar, 
porque había un mes que no lo había hecho, porque no estaba para 
poderla levantar. Respondió que no, que estaba tan conforme con lo 
que Nuestro Señor había hecho, que no sentía más que si comulgara 
cada día. 

Tuvo mucho hastío en este mal, y dijo un dís^ a la enfermera, que 
le parecía que comiera bien de un melón, por la mucha sequedad que 
tenía en la boca, mas que si no le había en casa, que no le fuesen 
a buscar. No le había en casa; mas como había mandado que no le 
buscasen, no osaron enviar por él, aunque vían ia necesidad; y dándola 
de comer sin él, era tanto su hastío, que no pudo comer, y así le 
quitaban ya la comida de delante. En esto llamaron al torno; yendo 
a responder, hallaron en él medio melón, y no hallaron a nadie que 
le pusiese, ni hasta hoy se supo quién, y así se puede entender que 
Nuestro Señor movió alguna persona que socorriese la necesidad de 
su sierva. 

Pasados los dos años dichos de esta gran persecución, que de 
otras que no fueron en este extremo, más fueron de quince años y aun 



1 Le ocurrió este percance en la noche de Navidad de 1577. «Iba la Madre a completas 
con su luz en la mano, u después de haber subido toda la escalera, estando para entrar en el 
coro, quedó de presto como desatinada de la cabeza, y volvió atrás, \j cayó u quebróse el 
brazo izquierdo. Fué grande el valor que tuvo de presente, y mayor el que tuvo después con 
la cura; porque pasó mucho tiempo sin haber quien se le concertase, por estar a la sazón 
mala una mujer de cerca de Medina, que tenía esta gracia. Y como no pudo venir, envió 
a decir que la pusiesen algunas cosas, entreta¡ito que ella iba. Y ya cuando fué, estaba el 
brazo añudado y manco. Y con todo eso se puso en sus manos, para que hiciese lo que 
quisiese, con el deseo que tenía de padecer. Para esto mandó la Madre a las monjas que 
se fuesen todas al coro a encomendarla a Dios, y quedóse sola con la mujer, y con otra 
labradora su compañera. Las dos, que eran grandes y de muchas fuerzas, comenzaron a 
tirarla fuertemente del brazo, hasta hacer dar un estallido a la choquezuela del hombro, como 
estaba ya el brazo añudado, y hiciéronla pasar intolerables dolores. En éstos estaba ella con- 
siderando el que Nuestro Señor había sufrido cuando le estiraron los brazos en la cruz. 
Cuando volvieron las monjas, la hallaron como si no hubiera pasado nada, antes muy con- 
tenta, y decía que no quisiera haber dejado de pasar aquello por todas las cosas de la tierra. 
Duróle harto tiempo, que casi no le pudo menear, y en fin, quedó manca de él, y en toda 
su vida pudo vestirse ni desnudarse, ni ponerse un velo sobre la cabeza. La caída fué tal, 
y tan sin pensar, y tan sin ocasión, y tan grande, que todas las de casa tuvieron por cierto 
haber sido el demonio el que se la hizo dar, y pareció más claro, porque, diciéndola una her- 
mana que el demonio debía de haber hecho aquello, respondió la Madre: «Más mal quisiera 
aún el hacer, si le dejaran*. (Cfr. Ribera, lib. IV, c. XVII). 



APÉNDICES 297 

veinte. Mandó el Nuncio que estuviesen sujetos estos monesterios al 
Provincial de los Calzados, que aquella sazón era Fr. Ángel de Salazar, 
y así él comenzó luego a visitar los monesterios. Yendo a la casa de 
Salamanca, halló que había gran necesidad de que la Santa Madre 
fuese allí por ciertos pleitos que traían sobre la compra de una casa, 
y envióla obediencia de que fuese allí, y juntamente la mandó que 
fuese a Valladolid, porque se lo había pedido mucho la señora doña 
María de Mendoza, que esté en el cielo, al P. Fr. ñngel, que se lo 
mandase, que era grande la devoción que esta señora la tenía; y así 
se partió de esta casa a hacer estas dos jornadas. Llevó consigo una 
hermana desta casa, que la trajo por compañera hasta que murió, y 
así todo lo que de aquí adelante se dijere, es ella la que lo dice 
como testigo de vista, que anduvo siempre a su lado, y es mujer a 
quien se le puede dar crédito, porque es mucha su virtud y el talento 
que Dios le ha dado (1). Sé que nuestra Santa Madre la tenía en mucho 
y que se aconsejaba mejor con ella que con muchas monjas del coro, 
porque es ella una freila. Yo la he tratado muchos años y sé harto 
de su conciencia, y me hace harto alabar a Dios oiría y ver lo que 
Dios ha puesto en esta alma. Yo creo que no dejarán de salir algunas 
cosas suyas a luz, a su tiempo, para gloria de Nuestro Señor. He 
dicho estas razones, porque se entienda que todo lo que agora se dijere, 
es de testigo de vista y persona a quien podemos dar crédito. — María 
de San Jerónimo (1). 

Saliendo, pues, nuestra Santa Madre de esta casa de San Joseph de 
Avila para la jornada que queda dicha, diéronla por su compañía un 
sacerdote de los más contrarios que ella tenía, y que andaba con 
harto cuidado para mirar todo lo que ella hacía y contradecir sus 
cosas. Ella recibió esta compañía como de la mano de Dios; como 
vía que la venía por la obediencia, fué con un amor y beneplácito trac- 
tando con este Padre por el camino, que nos hacía alabar a Dios, y 
no sólo le regalaba con lo que podía, mas como a amigo le daba las 
imágenes y estampas que ella tenía para su regalo, y le decía: xMirc, 
mi Padre, si le contenta otra cosa de lo que yo traigo, que se lo 
daré de muy buena voluntad». Dióle una imagen del Espíritu Santo, 
que ella quería mucho y no la había querido dar a otras personas, y 
díjole que por lo mucho que le quería se la daba. Había un monesterio 
cerca de este camino que iba, y sabiendo la Santa Madre que las per- 
sonas de este monesterio le eran contrarias, pidió a este sacerdote que 
la llevaba, que se fuesen por allí aunque rodeaban alguna legua; él 
sabía bien la contradicción que en esta casa tenían con ella, y viendo 
la humildad con que ella lo pedía, se lo concedió. Llegando a la casa 
y nombrando a la Santa Madre que está allí, a mi parecer, que se tur- 
baron los que en ella estaban, porque, aunque anduvimos buen rato 
por ella, no parecía criatura. La Santa Madre los llamó, y viniendo 
donde ella estaba, los abrazó a cada uno de por sí, mostrándolos tanto 
amoi, que parecia los quería meter en su alma. Estuvo aquí desde 



1 Venerable Ana de San Bartolomé. 

2 La firma e:s autógrafa. £1 Códice continúa luego con la misma letra la relación de la 
V. Ana de San Bartolomé, recogida por María dv; San Jerónimo. 



298 APÉNDICES 

hora de misa hasta la tarde con esta alegría y beneplácito. Cuando se 
hubo de ir, salieron acompañándola fuera del lugar. Decían les hacía 
ternura y soledad verla ir tan presto y mostraban tener harta confusión 
de la santidad que veían en ella. Al Padre que iba con ella le pesó 
harto cuando vía que se acababa la jornada del camino, porque iba 
ya tan devoto y aficionado a la Santa Madre, que la dijo mirase si 
quería servirse del para pasar más adelante, que le sería mucho 
regalo. 

Otras muchas personas vi muy contrarias a la buena opinión que 
se podía tener de sus cosas, y en sabiéndolo la Santa Madre, los bus- 
caba si estaban en parte donde los podía haber, y trataba con ellos lo 
que le parecía les hacía más durar, y quedaban tan llanos y satis- 
fechos, que era para alabar a Dios. Espantábanse mucho los que la 
acompañaban por los caminos de ver los trabajos e infortunios que 
se nos ofrecían, que a ellos les hacía desmayar g ver a la Santa con 
tan buen ánimo en todo, y alentallos como si no pasara por ella mal 
ninguno. Algunos días caminaba siendo todo el día de agua o nieve 
y sin hallar poblado en algunas leguas, ni llevar alguna defensa para 
no se mojar, y llegaba a la noche algunas posadas donde no había 
lumbre ni con qué la hacer, ni qué comer, y el abrigo de la cama 
y aposento donde estaba, era verse el cielo, y el agua que caía del 
entraba en el mesmo aposento, y acaecíale algunas veces tener los 
vestidos calados. De esta manera y otras semejantes, la vi andar por 
los caminos, y con tanto espíritu y alegría, que parecía que se iba 
deleitando en padecer. Y bien mostraba esto, porque nunca reparaba, 
por mal tiempo que hiciese, en dejar de proseguir sus caminos con 
todas las enfermedades que tenía. Decía a los que iban con ella en 
tales tiempos: «Tengan mucho ánimo, que estos días son muy ricos 
para ganar el cielo». Respondió el que iba con ella, que debía de Ir 
bien trabajado: «También me le ganaba yo dende mi casa». 

Aconteció llegar a una posada una noche de las dichas, bien nece- 
sitada de abrigo, porque de la mucha humedad de los vestidos le había 
dado mal de hijada y perlesía; y estando yo con ella y viéndola con 
grandes temblores, salí a buscar lumbre para calentarla un paño. 
Viendo esto una persona de bien que estaba en la posada, empenzó a 
decir muchos baldones sobre la Santa Madre y cosas que parecía le 
movía el demonio, porque de personas semejantes no se podía creer tal, 
porque era un religioso; sino que lo debía Dios de ordenar para que 
la Santa padeciese, y con todo su mal lo llevó con mucha alegría u 
conformidad, pareciéndole no merecía ella oir otras cosas de sí. 

Llegando un día a un lugar que se llama La Puebla, en la Mancha, 
era día de la Encarnación, y fuese a apear a la iglesia para oir misa 
y comulgar; y viéndola los de la iglesia, dijeron que aquella mujer 
parecía que traía malos pasos, que sería bien prendella; y como la 
vieron recibir el Santísimo Sacramento, llegáronse a ella muy escan- 
dalizados; que cómo y cómo había comulgado, que primero que de allí 
saliese harían probanza de quién era. A la Santa Madre le dio mucho 
gozo de ver la opinión en que la tenían, y así no les respondió cosa 
alguna. 

Aquí pasó tanto en el alboroto que hubo en la Iglesia, que no es 



APÉNDICES 299 

nada lo que se puede decir, sigún lo que yo vi, y había grandes 
fiestas que tenían para aquel día, porque era la vocación de la igle- 
sia; y todo estuvo suspenso, porque todos estaban tan alborotados, 
hasta averiguar qué gente era ésta, que no estaban para entender en 
fiesta ninguna. Y a tanto llegó este alboroto, que fué menester que la 
Santa Madre y las que veníamos con ella nos metiésemos en el coche 
para que no nos viesen, aun antes que comiésemos bocado; y a no 
traer entonces la compañía que traía, que era el P. Fr. Antonio de 
Jesús, que le conocían por aquellas tierras, pasara la turbación más 
adelante, y con cuantas satisfacciones él les daba, dijeron que querían 
enviar un hombre con ellas para ver dónde iban^ y a todas estas cosas 
nunca la Santa Madre respondió cosa. 

JVIuchas veces la vi en ocasiones semejantes, o otros trabajos que 
se le ofrecían por los caminos darle tanto ánimo el padecer, que aunque 
venía mala, parecía quedaba buena y que aquello la daba la salud. 
Yendo una vez a Malagón, y habiendo llevado muy mal camino y malas 
noches, llegó tan mala, que le parecía no tenía cosa en todo su cuerpo 
que no la doliese y que no estaba para menearse de una cama; y 
llevando intento de pasar las monjas de una casa en que estaban a 
otra nueva, dijéronle los oficiales en llegando, que más de medio 
año era menester labrar antes que se pudiesen pasar a ella. Y dióle 
esto pena a la Santa A\adre, y en amaneciendo otro día, porque el 
que llegamos era ya muy tarde, fuimos a ver la casa y vió que era 
verdad lo que los oficiales decían; y con todo esto dijo que se había 
de hacer de manera que para la Concepción se pasasen las monjas, 
y esto era día de Santa Catarina Mártir (1). 

Espantáronse los oficiales cuando tal oyeron por parecerles impo- 
sible, y aun yo me espantaba también de haberla visto la noche antes 
tan mala y inhabilitada de sus miembros, y de verla que parecía no 
tenía mal según el ánimo y aliento que mostraba. Hl fin se dio tan 
buena maña, que se acomodó la casa como quería para el día dicho, 
y hízose con mucha solemnidad del pueblo y de todas las aldeas. 
Fueron las monjas en procesión con el Santísimo Sacramento. En todo 
este tiempo que se acomodó la casa, anduvo la Santa Madre desde 
que amanecía hasta las medias noches con los oficiales, y la primera 
que tomaba la espuerta y la escoba era ella, y a las once de la 
noche, que se iba a descansar, rezaba el Oficio divino. Y después de 
venidas las monjas y la priora, las pedía perdón de las faltas y de 
lo que no estuviese tan a su gusto, y así se postraba a sus pies 
como si fuera la menor de todas. En todo nos daba gran ejemplo de 
humildad; si algunas veces mandando hacer algunas cosas, o siendo 
necesario, reprender otras, y vía que lo tomaban no tan bien y que 
les duraba algún día la pena, iba a aquella hermana que estaba de 
esta arte y la pedía perdón, echándose a sus pies y diciendo que no 
había mirado lo que había dicho, que la perdonase. Era muy amiga 
de pedir a todas parecer en cualquier cosa que hiciese. 

Pues estándose en esta casa dicha, y habiéndose acabado de aco- 
.noda: el mesmo día de la Concepción, en la noche le tornó el mesrao 



Día 25 de Noviembre. 



300 APÉNDICES 

mal y tullimiento en los huesos, y dolores, que parecía no tenía cosa 
sana, ni más ni menos que lo que tuvo cuando llegó del camino; 
que se vio bien notablemente se lo había Dios quitado porque tenía 
que hacer, y luego se lo volvió. Llegando la Pascua, fué tanto su 
espíritu y gozo, que a todas nos le pegaba, y como ya estaba algo 
mejor y levantada, fué al coro y dijo una lición y erró un poco en 
ella, y por esto se postró en medio del coro, y fueron tantas las 
lágrimas de las hermanas, que algunas no pudieron decir nada. 

Y como ya tenía Nuestro Señor otro trabajo aparejado en que la 
ejercitar, fuéla dando más salud, y así, antes que llegasen Carnesto- 
lendas, vino allí el P. Fr, Antonio de Jesús y el P. Fr. Gabriel de 
la Asunción para llevarla a la fundación de Villanueva de la Jara, 
y como estos Padres eran tan cognocidos por toda la Mancha, en todos 
los lugares que llegaban con nuestra Santa Madre, era tanta la gente 
que cargaba a verla, que no nos podíamos revolver. Llegamos a un 
lugar que llamaban Robledo, y en oyendo misa y comulgando la 
Santa Madre, lleváronnos los Padres en casa de una su devota a 
comer. Era una dueña muy honrada y aficionada a las cosas de la 
virtud, y así hizo muy buen recogimiento a la Santa Madre y a su 
compañía. Cargó tanta gente, que fué necesario que pusiesen dos al- 
guaciles a la puerta para que nos dejasen comer; porque fué de ma- 
nera, que por las paredes entraban y nada bastaba, y fué menester 
encarcelar alguna gente para que pudiésemos salir, que toda su ansia 
era por ver a la Madre, que hablalla no había remedio. Por esta 
misma ocasión, en otro lugar cerca de este donde a la entrada hubo el 
mismo concurso de gente, procuró la Santa Madre que otro día saliese-, 
mos tres horas antes que amaneciese por librarse de la gente. En 
saliendo del lugar, se quebró el coche, y como era de noche, no se 
echó tanto de ver lo que se había hecho, y así anduvimos tres leguas 
hasta llegar al lugar, que cuando amaneció y vimos lo que pasaba, 
nos espantamos cómo había sido posible poder caminar con él, y 
así decía quien iba con la Santa Madre que parecía milagro. 

La devoción de todos estos lugares fué muy grande, y así, sabien- 
do en otro que la Santa Madre había de pasar por allí, estaba allí 
un labrador muy rico; en casa de éste la tenían aparejado gran cola- 
ción y comida, y juntó sus hijos yernos que los trajo de otros lugares 
para que les echase la bendición. Y no paró en esto la devoción 
de esta buena gente, sino que el ganado también tenían junto para 
que le bendijese. Llegando la Madre Santa aquí, no quiso detenerse 
ni apearse por más que se lo importunaron, y así trajo toda su 
gente para que allí la hablasen y los bendijese a todos, y dende aquí 
nos fuimos luego. 

Antes que llegásemos a Villanueva, había un monesterio de nues- 
tros frailes, que habíamos de pasar por allí (1). Ellos, como supieron que 
la Santa Madre llegaba, saliéronla a recibir en procesión buen trecho 
antes que llegásemos al monesterio, y como era un campo raso, y ellos 
que debían de venir con harto espíritu, pegábanle a quien los vía. 



La Roda, célebre en los primeros años de la Descalcez. 



APÉNDICES 301 

Decía la Santa Madre que le había sido mucho consuelo el verlos, 
porque le habían representado los santos del Yermo de nuestra Orden. 
Llegaron todos de rodillas a pedirla la bendición y la llevaron en 
procesión a la iglesia. El tiempo que aquí se detuvo, como se supo por 
aquellos lugares alrededor, venía mucha gente a verla. 

De aquí nos partimos para Villanueva de la Jara, y buen rato antes 
que llegásemos al lugar, salieron muchos niños con gran devoción a 
recibir a la Santa Madre, y en llegando al carro donde ella iba, se 
arrodillaba, y que descaperuzados iban delante de ella, hasta que lle- 
garon a la iglesia, a donde nos apeamos; y como lo que toca a esta 
fundación la Santa JVladre lo tiene escrípto, no diré yo aquí mas de 
como se hubo con aquellas beatas que estaban en aquella casa. Hecho 
el monesterio, andaba en los oficios como las demás; y aunque no se 
podía aprovechar de más de una mano, barría y servía en refitorio y 
andaba lo que podía en la cocina. Quedándose un día fuera del re- 
fitorio con un oficial que hacía un torno para un pozo (1), que era bien 
grande, cayóscle al oficial y dio sobre la Santa Madre y derribóla 
en el suelo. Quedóse él como pasmado, que no tuvo ánimo para levan- 
tarla; ella se levantó con un aliento y ánimo como si no se hubiera 
hecho nada. Decían había sido milagro no la haber muerto, y la parte 
del cuerpo que la cogió el torno se le oaro negro; era víspera de San 
José, y así echamos al Santo el haberla guardado. 

De aqui nos venimos a Toledo; andaba con tanto agradecimiento 
por los caminos, que todos gustaban de acompañarla. La orden que 
en ellos traía: lo primero era oír misa y comulgar cada día, que esto 
por más priesa que hubiese nunca lo dejaba; traía siempre agua 
bendita y su campanilla para tañer a silencio y la tañíamos a su hora; 
ya sabían los que iban allí que lo habían de guardar en tañendo. 
Traía su relox para tomar las horas de oración, y cuando tañíamos al 
salir de oración o silencio, no había más que ver, cuando iban algunos 
mozos, la fiesta que hacían y el alegría que les daba el poder ya hablar, 
y siempre tenía la Santa cuidado de nuc en estos tiempos les diesen 
algo que comer por lo bien que lo habían hecho en callar. 

Era muy afable a todos los que la tractaban. Algunas veces venían 
algunas personas a hablarla con intento de si la podían coger algo, no 
creyendo lo que della oían. Ella les hablaba en su lenguaje acostum- 
brado, que era tractar cosas donde las almas saliesen con ganancia, y 
así lo salieron éstas, que viniendo dos mancebos con la intención dicha, 
antes que de con ella se quitasen, los tocó Nuestro Señor y le confe- 
saron su culpa, diciendo con el intento que habían venido; en fin, 
cuando ellos se fueron, iban muy mudados de como habían venido. 

Era muy piadosa con los subditos humildes y subjectos a la obe- 
diencia, y muy rigurosa con los que mostraban libertad; no era amiga 
de gente triste, ni lo era ella, ni quería que los que iban en su 
compañía lo fuesen. Decía: «Dios me libre de santos encapotados». 
Sacaba pláticas de Dios por los caminos, de suerte que los que suelen 
ir jurando y traveseando, gustaban más de oírla que de todos los 



1 Consérvase aún el pozo en un patio del Convento. 



502 APÉNDICES 

placeres del mundo; que así se lo oí yo decir a ellos. Siempre en los 
caminos era la primera que despertaba a todos y la postrera que se 
sosegaba de noche. 

Yendo a una fundación, había gran necesidad de agua por aquella 
tierra, y los que iban con la Santa /Aadre, pidiéronla mucho que supli- 
case a Nuestro Señor les diese agua. Ella hizo que todas las hermanas 
que iban allí dijesen una letanía, y así la dijeron luego todas, y antes 
que se acabase, comenzó a llover, y toda esa noche llovió mucho. 
Luego dijo que cantasen un Te Deum dando gracias a Nuestro Señor 
por la merced que les había hecho en darles agua. Hízoles tanta de- 
voción esto a los que iban allí, que lloraban de ver que lo que habían 
pedido a la Santa que les alcanzase, en tan poco espacio lo habían 
visto cumplido; y desto y otras cosas hartas que la acaecían, estaba 
tan lejos de vanagloria, que la oí yo decir que en su vida había tenido 
que confesar de este pecado. 

Y porque se vea las diferencias que hace el mundo, otro día, lle- 
gando a otro lugar, salía alguna gente y decía [cosas] amargas de 
ellas, que las llevan presas a la Inquisición; y juzgaban esto, porque 
entre las personas que iban con la Santa Madre en este camino, iba 
un alguacil con su vara, que era del Obispo de Osma, que había en- 
viado por la Santa Madre para la fundación de Soria. Cuando llegó, 
estaba él aguardándola, puesto a una ventana, de donde nos echó 
la bendición; y porque ella tiene escripia esta fundación de Soria, 
no diré yo aquí nada de ella; y dende aquí se fué al convento de 
esta casa de San José de Avila (1). 



1 Lo misma copistp, si bien con letra más grande u gruesa, continúa trasladando lo res- 
tante de esta Relación, que ya queda publicado en las páginas 232 a 241, hablando de los últi- 
mos días de Santa Teresa. 



flPKNDICBS 303 



LVl 



DEPOSICIÓN DF. Lfl H.a TERESA DE JESÚS, SOBRINA DE Lfl SHNTfl EN EL PRO- 
CESO DE flVILñ (1596) (1). 



1.8 fl la primera pregunta.— Siendo preguntada si conoció a la Ma- 
dre Teresa de Jesús, y si conoció a sus padres, y dónde era natural, y 
quiénes fueron sus padrinos, y dónde se bautizó, dijo: esta decla- 
rante es sobrina de la dicha Madre Teresa de Jesús, hija de her- 
mano, y que la conoció, trató y comunicó por tiempo de ocho años, en 
veces, las que la Santa Madre vino a esta casa, a la cual acompañó 
desde Sevilla hasta la casa de San José de Rvila, y de ella salió 
en su compañía a cabo de algunos días (o años), a la fundación 
de Burgos, y en el último año en que la Santa Madre murió, siempre 
anduvo en su compañía, y se halló a su muerte en la villa de ñlba 
cuando murió; y sabe que fué natural de ñvila, y que su padre se llamó 
Rlonso Sánchez de Cepeda, y su madre Doña Beatriz de Ahumada, 
y ha entendido que a los veinte años y medio de su edad tomó el 
hábito en la Encarnación (2), día de los difuntos, y que vivió en la 
Religión 47 años; los 27 en la Encarnación, y los 20 postreros en 
esta Orden de Descalzas que ella fundó. 

2.a R la segunda, siendo preguntada si sabe que la Madre Teresa 
de Jesús fuese mujer de grande espíritu y de mucha oración y que por 
medio de ella tuvo gran trato con Dios Nuestro Señor, dijo: que lo 



1 De entre las numerosas informaciones que de los Procesos de canonización de la Santa 
tenemos en nuestro poder para publicarlos algún día, si Dios es servido, reproducimos hoy 
las dos siguientes Declaraciones de la hija de D. Lorenzo de Cepeda, Teresa de Jesús, así 
pot traer muchos pormenores referentes a la vida de su santa tía, como por hablar larga-- 
mente del convento de S. José de Avila. Una y otra están tomadas del Proceso incoado en 
Avila, que en dos abultados tomos se guarda hoy en el palacio episcopal de aquella ciudad. 
Esta primera declaración es de 22 de Enero de 1596, hecha al arcediano de Avila, D. Pedro 
de Tablares, Juez apostólico, delegado para ello. 

Nació la sobrina de la Santa en Quito, año de 1566. Conoció a la Santa en Sevilla 
cuando en Agosto de 1575, después de haber desembarcado con su padre D. Lorenzo en 
Sanlúcar de Barrameda, se dirigió a la capital andaluza, donde su tía estaba procurando una 
fundación de Descalzas. Teresita entró con su hábito seglar en el convento de Sevilla, cuando 
contaba cerca de nueve años, y de allí pasó a S. José de Avila para comenzar su novi- 
ciado en Julio de 1576. Acompafió a la Santa en la fundación de Burgos, y de aquí salie- 
ron con intención de ir a Avila para que hiciera la profesión en aquella casa. La muerte 
de Santa Teresa la retrasó hasta el 5 de Noviembre de 1582. En S. José desempetló diversos 
oficios con gran edificación de todas. Murió el 10 de Septiembre de 1610, a la edad de 
cuarenta y tres años. La Relación de 1596 es mucho menos importante que la de 1610, pero 
como en ésta hace referencia a menudo a la primera, publicamos las dos, aun a trueque de 
repetir algunos párrafos. 

2 Ya dijimos en la página 92, que la Santa, al entrar en la Encarnación, tenía veintiún 
afios siete meses u seis días. 



309 APÉNDICES 

que esta declarante pudo conocer del tiempo que la trató y lo que 
después oía, y antes ha entendido y oído a personas religiosas de 
esta Orden y otras, es haber sido una alma de las más ejercitadas 
y señaladas que ha habido en nuestros tiempos en la oración, en la 
cual recibió grandísimas mercedes y favores de Su Majestad, con 
grande presencia y comunicación suya y aumento de virtudes; e ansí, 
en los últimos años de su vida, estaba ya tan llegada a Dios y tan 
habituada a las cosas espirituales, que ansí parecía no vivir ya sino 
en lo exterior, y eran cosas tan levantadas las que en su alma pasa- 
ban, que no eran comunicables, y decía le faltaba tiempo para de- 
cirlas; y ansí no le gastaba ya en tratar de ellas como solía, porque 
su espíritu gozaba ya de gran tranquilidad y sosiego, y con este 
alivio padecer (aia) los grandes trabajos que en la fundación de Bur- 
gos se le ofrecieron. Tenía una afabilidad extraña; en toda ella mos- 
traba un ser más que humano y una sencillez y nobleza, que decía 
algo con aquella primera inocencia. Tenía gran devoción con los san- 
tos; recibió por intercesión de ellos grandes favores de Dios; y apa- 
rcciéndolc algunas veces y hallándola esta declarante un día en so- 
ledad y muy recogida, viniendo^ a plática, la dijo del favor que Santa 
Clara la hacía, y que apareciéndosele, la había animado a que prosi- 
guiese en fundar estos monasterios, que ella la ayudaría, y harían 
bien, dondequiera que estuviesen, los de sus monjas. Esto se ha visto 
bien cumplido, ansí en Burgas y en Palencia y en esta ciudad, a las 
cuales ayudaron en sustentar en sus principios las de la Orden de 
Santa Clara. 

Hizo grandísimo provecho a muchas personas, ansí para que sa- 
liesen de pecados graves como para que otras se adelantasen mucho 
en virtud y oración, por medio de la suya y de su comunicación; 
e a esto de que se aprovechasen las almas se inclinaba mucho su espí- 
ritu; y desde que era de poca edad, comenzó a hacer fruto en per- 
sonas que trataban con ella, y este fruto ha sido hasta hoy día en 
tantas personas, que no se le puede poner número fácilmente. Tenía 
mucha luz para conocer espíritus y modos de oración, y algunas ve- 
ces lo entendía sin decirla nada, y otras cosas que naturalmente era 
imposible saberlas, si no era con espíritu de profecía. Y sabe esta 
declarante que le tuvo conocidamente, y que algunas cosas que Nues- 
tro Señor le reveló o dijo^ se vieron cumplidas antes y después de su 
muerte, y que muchas de las vis'ones que tuvo, pertenecieron a este 
espíritu. Era devotísima del Santísimo Sacramento; recibíale aún desde 
que estaba en la Encarnación cada día, o los más, por orden de 
sus confesores, con grande fe, sentimiento y reverencia y provecho; 
G muchas de las revelaciones que tuvo fueron queriendo comulgar o 
después de haber comulgado; quedaba su alma que se deshacía de 
amor y gozo; otras en lágrimas; y de éstas acaeció a esta decla- 
rante verla como echando fuego de su rostro, y con hacer en ella ad- 
mirables efectos, y tener gran hambre de recibirle, tenía tanto rendi- 
miento, que si por mortificarle la quitaban la comunión, o no había 
oportunidad para recibirla, aunque fuera por algunos días, lo pasaba 
con mucha conformidad, y conocimiento de su indignidad y buen celo 
de los que se la quitaban. 



APÉNDICES 305 

3.a En la tercera pregunta dijo: que sabe que la dicha Santa Madre 
Teresa de Jesús fué la que dio principio a la Orden que llaman de 
Carmelitas Descalzas, y que lo que la movió para este principio fué, 
como tiene dicho, la gloria de Dios Nuestro Señor y bien de las 
almas, y del deseo entrañable que Dios le dio desde que se comen- 
zó a dar de veras a la oración de hacer obras de mucho servicio suyo 
y honra y gloria y de provecho para las almas, y el pretender vivir y 
hacer que viviesen las gentes donde con más encerramiento, y peni- 
tencia y pobreza pudiesen guardar lo que había prometido, no tratando 
de Religión nueva, sino de renovar la antigua suya mitigada, y emplear 
ella y las que la siguiesen toda su vida y oración en rogar por el 
aumento de la Iglesia católica y destrucción de las herejías; las 
cuales, y en especial las de Francia, le daban tanta pena, que le parecía 
que mil vidas pusiera para remedio de una alma de las muchas que 
allí se perdían; y viéndose mujer inhabilitada para aprovecharles en 
lo que quisiera, determinó hacer esta obra para hacer guerra con las 
oraciones y vida suya y de sus religiosas a los herejes, y ayudar a 
los católicos con ejercicios espirituales y continua oración. Decía le daba 
gran gozo ver una iglesia más en que estuviese el Santísimo Sa- 
cramento. 

Acuérdase haber oído decir, ansí a la Santa Madre, como a otras 
personas, y en particular a una religiosa que se llamaba Isabel de 
San Pablo, supriora que fué de esta casa de las Descalzas de ñvila 
y contemporánea de la Santa Madre Teresa de Jesús cuando estaba 
en la Encarnación, que ya es muerta y habrá que murió quince años, 
poco más o menos, que diversas veces le ordenó y mandó Nuestro 
Señor en la oración el comenzar y proseguir la fundación de estos 
monasterios con particulares favores y ayuda suya, como se ve en el 
aumento con que ha ido esta Religión de Monjas y Frailes, sin trazas 
ni favores humanos. Vese esto claro porque ella le dio principio a los 
Religiosos Descalzos, y esto le costó muchas y fervorosas oraciones, 
y con sus vivas razones alcanzó licencia del P. Generalísimo; y al- 
canzada, dábale gran cuidado no entender hubiese fraile en la Pro- 
vincia de los Calzados que le pudiese ayudar a ponerlo por obra, ni 
seglar que quisiese hacer tal comienzo de vida y religión; y ansí no 
hacía sino suplicar a Nuestro Señor que siquiera una persona deputase. 
Púsose a tratarlo con un Padre que era Prior de los Carmelitas miti- 
gados de Medina, y con otro Padre, que se llamaban, el primero Fray 
Antonio de Heredia, y el segundo Fr. Juan de la Cruz. Rmbos que- 
rían irse a los Cartujos, y la Santa Madre les impuso y rogó lo de- 
jasen y diesen principio al deseo que ella tenía de que hubiese Des- 
calzos Carmelitas; y supo decirles tales razones, que con la ayuda 
de Dios Nuestro Señor, de voluntad lo aceptaron; y ha oído decir 
que uno de estos dos religiosos, que es Fr. Juan de la Cruz, que ha 
años murió, está su cuerpo en la ciudad de Segovia, y que hace 
milagros, y que está entero, sin corrupción. Y no sabiendo la Madre 
Teresa qué se hacer de casa para do en ella hiciesen principio estos 
dos religiosos, proveyó Dios Nuestro Señor que un caballero de Avila 
se la ofreció, aunque pobre, en un lugarcillo llamado Duruelo. La 
Santa Madre la fué a ver, y allí comenzó la primera fundación de Re- 

II 20 



306 APÉNDICES 

ligiosos Descalzos Carmelitas; y ella informaba a sus dos frailes del 
modo de vida que habían de tener, y con esto y acomodar sus cosas 
para la fundación, les ayudó cuanto pudo: y con sus continuas oracio- 
nes. Quedaron los frailes en la casa, a donde se dijo la primera misa 
un domingo de Adviento, año de 1568. 

4.3 En la cuarta pregunta dijo: que sabe que la dicha Santa Madre 
tuvo grande fe, esperanza y caridad, y fué dotada de humildad, pa- 
ciencia, pobreza penitencia y otras virtudes. En la fe la hizo Dios 
tanta merced, que no sólo la tuvo grande, sino que jamás tuvo ten- 
taciones contra ella. Teníala tan arraigada en su alma, que la parecía 
que contra todos los herejes se pusiera ha hacerles entender iban 
errados. Decía que las cosas de la fe, mientras menos las entendía, 
más las creía y mayor devoción la hacían. Y aunque siempre estaba 
con letrados, nunca preguntaba, ni aún lo deseaba saber, cómo hizo 
Dios esto, o cómo pudo ser; porque para ella no había menester 
más de: hízolo Dios iodo, y con esto no tenía que espantarse sino 
que le alabar. Decía que cuando algunas cosas de las que vía o 
entendía en la oración la llevaran a cosa contra la fe o ley de Dios, 
no hubiera menester buscar letrados ni hacer pruebas, porque luego 
viera que era demonio, y que sabía bien de sí que en cosa de la 
fe o contra la menor ceremonia de la Iglesia, que quien viere que 
ella había, o por cualquiera verdad de la Santa Escritura, pasara ella 
mil muertes; y si pensara de sí otra cosa, ella misma fuera a de- 
nunciar de sí a la Santa Inquisición. 

De la virtud de la esperanza estaba tan llena y era tanta su 
confianza en Nuestro Señor y sus palabras, que por desbaratados que 
viera los negocios de sus fundaciones y sin remedio al parecer humano, 
no desmayaba, sino con un ánimo tan grande y confiado se había 
en ellos, que nada le parecía le podía faltar ni dejar de ser lo que 
esperaba, antes mientras más persecuciones y contradicción tenía en 
sus fundaciones y santos propósitos y deseos, más le crecía el áni- 
mo y satisfacción de aquella obra; y aquellos monasterios estimaba 
en más, que habían sido fundados con mayores contradicciones y tra- 
bajo suyo. Es prueba de esto, ver que siendo una mujer sola, ence- 
rrada, atada con obediencia, y sin dineros ni favores humanos, antes 
con tantas contradicciones, saliese con una Orden, como se ha visto, 
de religiosos y religiosas. 

Cuanto a la caridad tenía un amor de Dios encendidísimo, y la 
iba creciendo cada día más, y el deseo de su honra y gloria y una 
sed vehemente de verle, y con tan grandes ímpetus, que la dejaba 
fuera de sí y hacía desear la muerte con grandes ansias y otros efec- 
tos particulares de amor. Tenía hecho voto de hacer siempre lo más 
perfecto (1), y persuadía con veras que con advertencia no nos arro- 
jásemos a hacer ni a decir cosa que fuese pecado venial. De or- 
dinario andaba alabando a Dios Nuestro Señor, y esta testigo la 
oyó decir palabras devotísimas y sentidas y algunos versos en latín. 
Veníanle unos ímpetus tan grandes de amor de Dios, que no se 



1 Véase la página 12S. 



aPENDICES 307 

podía valer ni cabía en sí, sino que 1g parecía que se le acababa la 
vida y le daban grandes arrobamientos. Decía que con ver a otros en 
el cielo con más gloria que a sí, se liolgaría, pero no llevaría en pacien- 
cia de que otros amasen más a Dios que ella. Todos los trabajos le pa- 
recían pequeños por su amor, y ansí decía que le parecía pasara mu- 
chas muertes, porque una alma le sirviera, y hubiera para ella otra 
más recia ni más trabajosa que pensar si le tenía ofendido. Tenía 
gran humildad y conocimiento propio, y mostrábale bien en las cosas 
que se ofrecían; humillábase y obedecía a sus propias monjas; tra- 
tábalas con gran amor y llaneza, y a las preladas con mucho respeto 
y sujeción, y esto hacía la tuviesen las subditas, sin que a ella la 
tuviesen por superior, ni tuviese licencia, aunque estuviese presente. 
Sentía de sí bajamente, junto con la estima que tenía de lo que Dios 
hacía con ella y de la virtud de sus prójimos. Con todas sus enfer- 
medades, que eran muchas, acudía, pudiendo, a trabajar en la cocina 
y otros oficios bajos, y a la labor de manos como la menor de todas. 
Procuraba, todo lo que podía, encubrir sus ejercicios, sin dar mues- 
tras exteriores de santidad ni composturas fingidas; antes tenía un 
exterior tan desenfadado y cortesano, que nadie por eso la juzgaba 
por santa; pero tenía en toda ella un no sé qué tan de sustancia, 
que hacía fuerza que creyesen y viesen los que la tildaban, que lo era 
mucho sin diligencia suya. Nunca estaba ociosa, ni la faltaba en qué 
ejercitarse aun hasta las doce y la una de la noche. Sentía mucho 
cuando los arrobamientos la daban en público, y de decir, aun a sus 
confesores, la merced que Dios la hacía, tanto y más que si tuviese 
que decir grandes pecados. Deseaba que los que pensaban bien de 
ella supieran cómo había vivido, y procuraba que la tuviesen y cono- 
ciesen por muy pecadora. 

En su condición y trato era muy afable, gustosa y apacible, y 
llana y de gran virtud, enemiga de hipocresías, y más de mostrarlas 
ella en sí, ni desvanecerse por las obras que hacía; de lo cual la veían 
tan lejos los que la trataban, que para esto no parecía había en ella 
más que naturaleza ni ser que si no fuera; y échase bien de ver ser 
verdad lo que viviendo les decía, que nunca había tenido que confe- 
sarse de cosa de vanagloria, ni tenía de qué tenerla. Parecíales que 
ella no hacía nada en las fundaciones, sino que era Dios el que las 
obraba por su medio. Y acuérdase que dijo a esta declarante, con 
muestra de sentimiento: «No sé para qué me llaman fundadora, pues 
que Dios, y no yo, es el que ha fundado estas casas». No temía la 
pobreza sino que la amaba, y al principio fundaba las casas y mo- 
nasterios sin que tuviesen renta, sino que viviesen de limosna, y de 
ella se sustentasen; pero creciendo el número y la pobreza de los 
lugares, con parecer de personas doctas y graves, la admitió en común. 

5.» En la quinta pregunta dijo: que sabe que la dicha Santa Madre 
tuvo en esta vida y pasó grandes trabajos, y los llevó con grande 
ánimo y paciencia por amor de Dios Nuestro Señor, de diversas ma- 
neras, y que se levantaron contra ella grandes trabajos, y persecu- 
ciones y murmuraciones, en especial en el comienzo de estos mo- 
nasterios y en su modo de espíritu, levantándole falsos testimonios 
y de cosas bien graves. Venían días que apenas había quien la qui- 



308 APÉNDICES 

sicre confesar, pareciéndoles que andaba engañada con ilusiones del 
demonio, y recelándose de tratar con ella; todo lo cual recibía con 
un gran ser y conformidad que mostraba bien dársela Nuestro Se- 
ñor sobrenaturalmente. Otras veces, aunque se afligía, era con sumo 
recogimiento y oración, y sumo cuidado de no decir cosa contra los 
que la perseguían, si no era para disculparlos y decir bien de ellos; 
amábalos como bienhechores suyos, y que miraban por el bien de su 
alma; reprendía a sus monjas cuando decían algo de ellos que no 
fuese en su favor. Tratábalos con tanta llaneza y amabilidad, que los 
venía a mudar de su propósito con la fuerza de su virtud y volverlos sus 
amigos. De dos en particular sabe esta declarante, que de muy con- 
trarios suyos, viniero^rt a serla muy favorables y ayudarla a sus obras, 
que eran personas graves. 

Por los caminos y fundaciones padeció grandes descomodidades, 
y trabajos y enfermedades, y esto no fuera parte para que la excu- 
sase lo comenzado, ni alargó un día esperando que otro fuese mejor 
para su jornada; y aunque caminaba, nunca dejó su oración ni co- 
munión, ni perdía un punto su recogimiento y alegría espiritual. 

En Sevilla y en Burgos padeció grandes trabajos en sus ñmda- 
clones, y con gran paciencia los padeció; tenía gran sed de ellos, 
y con el espíritu le iba creciendo la estima de ellos, tanto que nada 
bastaba para quitársele. Era el lenguaje suyo muy ordinario: «O morir 
o padecer:^. Tuvo grandes enfermedades, y con todo seguía a la co- 
munidad, y en cuanto podía acudía a sus ejercicios, acudía al coro 
y oración; y aunque tenía siempre mal de cabeza por el continuo 
escribir, no faltaba a los negocios ni a los caminos que parece ex- 
cedían a fuerzas humanas. Las penitencias, por grandes que fuesen, 
le parecían nada según el deseo grande con que salía de ellas, y el 
gusto y fervor con que las hacía; esto es en cuanto los confesores 
la daban lugar y su falta de salud. Y con esto la vio esta declarante 
hacer hartas, y en sus principios oyó decir que eran tan recias las 
disciplinas, que se venía a criar materia en las llagas, y sobre ellas 
las volvía a tomar con hortigas. y aunque era vieja y enferma, ayunaba. 
Hacía otras cosas muchas de mortificaciones, y algunas por orden de 
sus confesores, para más probar su espíritu; y por mortificarse, la oyó 
decir esta declarante, que estando en la Encarnación, pidió la diesen 
el oficio de la enfermería. Condolíase mucho con gente pobre y en- 
ferma; procuraba fuesen regalados y amados con cuidado, y esto en- 
cargaba mucho en sus monasterios, y mientras se daba licencia para 
fundar el de Burgos, estaba recogida con sus monjas en lo alto de 
un hospital que cae al cuarto sobre la enfermería de los pobres (1). Se 
compadecía sumamente de oir los enfermos que se quejaban, y en- 
traba a consolarlos y animarlos cuando bajaba a la iglesia, llevándoles 
todo lo que ella podía: y Quitándose a sí misma lo necesario, con estar 
muy mala, por dejárselo a ellos. Y era tanto y tan particular el con- 
suelo que sentían con lo que les decía y animabak y con la misericor- 
dia que con ellos usaba, condoliéndose de sus trabajos y dolores, que 
cuando se iba, lloraban de perder aquella santa de su hospital. 



1 Hospital de la Concepción. 



APÉNDICES 309 

Tenía mucha fuerza en su alma, y en toda su vida y trato, acom- 
pañada con una claridad de entendimiento y una discreción tan asen- 
tada, que ponía admiración a todos los que la trataban; con esto 
tiene por cierto, por indicios probables que ha tenido para ello, que 
fué virgen toda su vida. Y uno es, que tratando con ella una persona 
que esta testigo conoce, de algunas tentaciones de carne, la respondió la 
Santa Aladre: «No entiendo eso, porque me ha hecho el Señor mer- 
ced que en cosas de esas toda mi vida no las haya tenido». Y aunque 
en su libro encarece tanto los pecados de sus primeros años, sabe 
de un Padre de la Compañía, que examinó harto estas cosas, que 
nunca llegó a ninguna que la hiciese perder esta virtud. Era de 
grande ánimo, y solía decir que, sirviendo ella a Dios, como le servía, 
a quien los demonios y todas las cosas están sujetas, por qué había 
de temer a nadie ni dejar de tener fortaleza para combatir con todo 
el infierno; y la acaeció desafiar a los demonios y decirles que 
viniesen a ver lo que la podían hacer, que ningún trabajo ni dificultad 
la espantaría para que dejara de hacer lo que veía que era más ser- 
vicio de Dios Nuestro Señor. 

En la fundación de ñvila gastó muchos dineros, sin tenerlos, 
cuando comenzaba la obra, ni saber de dónde los podía haber; y cuan- 
do entró a fundar a Sevilla, no entró más que con una blanca, no 
conociendo en la ciudad a nadie que la pudiese ayudar; y antes que 
de allí saliese, con estar tan lejos de ñvila y de personas que la 
conocían, dejó comprada casa de 6.000 ducados. Y no fué sólo esta 
vez la que se puso a hacer tales obras, sino otras, sin tener caudal 
para ellas, y con todo salía bien y se lo proveía Dios Nuestro Señor. 
De los demonios era muy molestada, y ordinariamente, cuando por sus 
oraciones sacaba alguna persona de su poder y se mejoraba mucho 
de vida, luego la atormentaban reciamente; y una vez, en especial, 
pareció haber sido demonio factor o causa de una gran caída que 
dio, yendo a completas, de que quedó el brazo izquierdo quebrado; 
y aunque en la cura padeció grandes dolores, nunca más pudo man- 
darle, ni hacer casi nada con él, en los años que después vivió. 

6.a En la sexta pregunta dijo: que sabe y se acuerda que la dicha 
M. Teresa de Jesús murió en ñlba, hallándose esta testigo presente 
en el monasterio de Descalzas Carmelitas que allí fundó, día de San 
Francisco, 4 de Octubre del año 1582, a las 9 horas de la noche, 
y que sabe que por entonces la enterraron, y le vio en el dicho mo- 
nasterio en la reja del coro bajo, en el hueco de ella. Lo cual vio 
esta testigo, porque acompañaba a la dicha Santa Madre en el último 
camino que hizo para ñlba, aunque venía de la fundación de Bur- 
gos a el monasterio de Avila, a donde a la sazón era priora. Pasó 
por mandato del prelado que entonces era, y la hicieron ir a Hlba, 
posponiendo su deseo y gusto para obedecer el mandato de su su- 
perior. Llegada a ñlba, la dio la enfermedad que fué de muerte, y 
llegaron víspera de San jMateo del dicho año de 82, y otro día de 
mañana, fué a misa y comulgó. El día de San Miguel, habiendo como 
las demás comulgado y caído del todo en la cama, y allí con gran 
paciencia y afabilidad padecía su mal, y del quebrantamiento del ca- 
mino echó mucha sangre. Llegando a su muerte, todo lo que las en- 



310 APÉNDICES 

cargó y pidió fué la guarda de su Regla g Constituciones con per- 
fección, pidiendo a todas perdón con gran sentimiento g iiumildad 
del mal ejemplo que a su parecer les había dado; decía otras pala- 
bras como estas muy sentidas y de gran contrición, repitiendo di' 
versas veces aquel verso del salmo de David en el Miserere: Sacri- 
ficiain Deo spiritus contribalatus etc. Dando muchas gracias diversas 
veces, porque la había hecho hija de la Iglesia católica y dejado morir 
en ella; confiaba en la sangre de su Esposo; tenía cierta esperanza de 
su salvación; recibió los Sacramentos con gran devoción y espíritu, 
y mostróle grande viéndole en el Santísimo Sacramento de la Euca- 
ristía. Levantóse con gran fervor lo mejor que pudo de la cama 
con su rostro inflamado, diciendo palabras muy sentidas y tiernas a 
este Señor, en que mostró haber entendido o habérsele revelado ser 
ya llegada su muerte, que como dicho tiene, fué jueves, a las nueve 
de la noche, día de San Francisco del año 82. Decíase que algunas 
personas religiosas vieron señales antes y después de su muerte, ansí 
en ñlba como en otras partes; y de un siervo de Nuestro Señor lo 
afirmaron casi luego que llegaron a ñlba, que oyendo decir que la 
M. Teresa de Jesús estaba en HIba, había dicho que venía a morir, 
y supo después de otra persona grave y religiosa que, apareciéndosele 
la misma Santa Madre después de muerta, la reprendió porque sentía 
su muerte mucho, y dijo que no pensase nadie que había sido por 
otra ocasión su muerte sino por ímpetu de amor de Dios, que me vino 
tan fuerte, que no le pudo sufrir el natural. 

7.a ñ la séptima pregunta dijo: que sabe que el cuerpo de la Santa 
Aladre nunca ha sido ni fué embalsamado, y que vio como persona 
que se halló presente en ñlba, que después que expiró, quedó su 
cuerpo tan hermoso, y blanco y tratable, con un ser y apariencia de 
cosa sania, que hacía respetarse, y daba particular gusto y satisfacción 
estar con él; y su rostro, manos y pies, que se dejaron descubiertos, 
se mostraban trasparentes y claros, y quedó el cuerpo y todas sus 
cosas de vestidos y las demás que la habían servido y tocado a ella 
con un olor suave, de suerte que aunque estuviesen desechados, o 
entre otras cosas olvidados, descubríase el suyo por este olor parti- 
cular, que es bien distinto y diferente de los de por acá. Tiene en 
sí gran fuerza este olor y hase experimentado diversas veces hasta 
el día de hoy y algunas en esta casa de San José de Avila en 
diferentes partes y días se ha sentido de improviso, como si allí estu- 
viera su cuerpo, y acuérdase de que una vez, por San Francisco, por 
tres o cuatro hermanas supo que estando un hermana la noche antes 
olvidada de la Santa Madre y muy indispuesta y caída en el coro, 
tanto que le parecía no poder acabar Maitines, dióle este olor con 
tanta fuerza, que la conortó y alentó tanto, que le parecía estaba 
dentro de sí llena de él, y se vokió a la Madre Priora diciéndola que 
si no olía a la Santa Madre, y sintióle de suerte que pensó si de 
ñlba había venido su cuerpo. Cuando la enterraron, cargaron sobre 
su cuerpo gran munición de piedras y cal; y después ha oído que al 
cabo de nueve meses quisieron ver las monjas cómo estaba el cuer- 
po; lo cual lo contaron y dijeron algunas personas que se hallaban 
presentes cómo pidieron al prelado les diese licencia para gUo, y él 



APÉNDICES 311 

con su compañero estuvieron cuatro días en quitar las piedras, tierra 
y cal de la sepultura, y hallaron el ataúd quebrado y mohoso, los ves- 
tidos podridos y el cuerpo incorrupto y entero, con un olor admira- 
ble, como lo pide la pregunta, sin haber sido jamás abierto ni em- 
balsamado. Y pasados tres años, sabe esta declarante y vio cómo trajeron 
el dicho santo cuerpo de la Madre Teresa a esta casa de San José de 
Avila, donde estaba entonces y está ahora esta testigo, por orden 
de sus prelados, quedándose en ñlba el brazo izquierdo, que se cortó 
con gran facilidad, y que estando así el cuerpo en ñvila, quitándole la 
tierra que todavía tenía pegada y a vueltas de ella un paño que se 
le puso cuando murió para tener la mucha sangre que le salía, vio 
estaba todo podrido, excepto el pedazo en que había caído la san- 
gre, la cual estaba tan viva y roja como si se acabara de derramar. 
Guardé este pedazo, el cual han visto muchas personas con mucha 
admiración, y a esta testigo y a los demás se la causa ver que los 
papeles en que se envolvió este pedazo de lienzo, que es de estopa y 
lana, quedaron teñidos de sangre, y no una vez, sino que cada vez 
que se ponía entre papeles hacía lo mismo, y para esto bastaba te- 
nerlos un dia^ hasta que este paño se puso debajo de un viril, a donde 
hoy día le tienen guardado en el dicho convento de San José, con 
su color de sangre viva; y en el de Alba vieron este milagro en 
otro paño que hallaron, y esta testigo ha visto que un poquito del 
que está en esta casa, que se puso en un papel, le dejó teñido en 
sangre, y algunos de estos papeles ha tenido en su poder, y vio y 
sabe que poniendo un lienzo grande sobre el cuerpo para enviarle 
al obispo de Palencia, Don Alvaro de A\endoza, no sólo se sacó 
teñido del óleo, pero con una mancha pequeña de sangre, sin que pudie- 
sen entender de dónde era y de qué parte de su cuerpo liabía salido. 
Dejábase este cuerpo vestir y tratar como uno de cualquiera de las 
demás religiosas, y vio esta testigo y las demás, que estaba algunas 
veces en pie cuando la levantaban para verle y vestirle, y que se 
estaba derecho cuanto querían, con sólo ponerle las manos a las es- 
paldas sin caer a una parte ni a otra; y vip que estaba tan lleno 
de carne, aunque el color tostado, como pudiera tener cuando viva, 
y que su vientre estaba tan macizo y ajeno de corrupción, que cau- 
saba más admiración que ver así todo el cuerpo, el cual tenía un 
olor tan bueno, tan grande y fuerte, que a veces no había fuerza 
para estar allí; henchía todo el capítulo donde estaba de tal olor, 
y aun la celda que estaba encima, y cuanto más calor hacía, más 
se avivaba este olor; de lo cual, admirado el médico que entraba en 
aquella celda a visitar cada día una enferma, decía que, si no era por 
milagro, no podía dejar de corromperse un cuerpo muerto y encerrado 
en una arca, y más con el calor que aquel verano hizo, si no fuera 
santo. Cuando se trajo a esta casa de Avila, como se tiene declarado, 
había más de tres años que era muerta, y fué por Santa Catalina 
mártir, año de 1585, y vio que luego, el día de año nuevo, estando 
todas las hermanas de esta casa de San José de Avila bien descui- 
dadas y deseosas de que no se publicase estaba el santo cuerpo en 
Avila, vinieron a este convento el Obispo de esta ciudad de Avila, 
Don Pedro Fernández Temiño y el P. Prior de San Jerónimo de JWadrid, 



312 APÉNDICES 

y dos oidores, y dos médicos y otras personas graves, y estando en 
la portería de fuera, sacado allí el cuerpo de la Santa Madre Tere- 
sa de Jesús, descubriéndole, le miraron con mucha curiosidad y admira- 
ción y lágrimas, concluyendo ser cosa milagrosa el estar como estaba 
sin haberse hecho ninguna diligencia humana ni haberse embalsamado 
para conservarle; y se acuerda también que estando mirando el cuer- 
po las hermanas otra vez, teniéndole allá dentro entre ellas, vieron 
que la palma de la mano tenía llena de un rocío a manera de aljófar 
blanco y trasparente, y pareciendo a esta declarante había visto lo 
mismo en otra parte o en dos de su cuerpo, le certificó una hermana 
que era así, el cual estuvo en esta casa cosa de nueve meses, y 
después le volvieron a llevar a Alba, donde le tienen, según han dicho 
a esta declarante, muy descarnado, cortándole pedazos de su carne para 
devoción de personas que lo piden. 

8.a En la octava pregunta dijo: que como dicho tiene, esta decla- 
rante se halló en Hlba a su muerte, que fué jueves día de San Fran- 
cisco, a la noche, del año de 82, y vio quedó su cuerpo después de 
muerto tan hermoso como tiene declarado, y el óleo que destila de sí 
su cuerpo y cualquiera partecita de él o de la tierra que la tocó, es 
cierto que le han visto en mucha cantidad del mismo olor que queda 
dicho da su cuerpo, y que cuantos papeles y lienzos se han puesto 
y mudado, todos quedan empapados de él con el mismo olor. 

9.3 En la novena pregunta dijo: que ha oído decir a personas fide- 
dignas, que aun siendo la Madre viva, recibieron algunos salud en 
breve de algunas enfermedades que tenían con sólo tocarlas la dicha 
Madre, o hacerles la señal de la cruz u oración por ellas, y particular- 
mente se acuerda haberle dicho esto una monja y afirmado que por 
intercesión y medio de la Santa Madre había sanado como de repente 
ide un gran mal que la comenzó a dar, que según el curso natural había 
de pasar adelante. R la misma oyó decir que otras veces, estando 
con dolor de muelas grande, se le quitaba luego que la Santa Madre 
hacía sobre ella la señal de la cruz; y viendo la Santa Madre que 
aquella hermana acudía muchas veces a tomar este remedio, rehusaba 
la Madre de hacerle, y sentía tanto se echase de ver que por interce- 
sión suya obraba Nuestro Señor cosas semejantes, que era menester 
decirla que no miraban en ello. Y aconteció a esta declarante con 
disimulación pedírselo, y decirla que la señal de la cruz quienquiera 
la podía hacer, que no se la diese para moverla a que la hiciese. 
R ella misma vio algunas veces trabársele la lengua de la perlesía de 
que estaba tocada, y luego que recibía la comunión, se le destra- 
baba, y quedaba que podía hablar, y hablaba; y que oyó decir que 
estando un niño sobrino suyo muerto, y según que a todos les pa- 
recía con gran sentimiento de su madre, la Santa Madre, por conso- 
larla, le tuvo en sus brazos, y teniéndole sobre sí y tocándole con su 
huelgo, se le volvió bueno y sano; y siendo la Madre viva, una vez, 
estando mala una hermana de esta casa de Hvila de jaqueca, que es 
un dolor de cabeza muy grave, y habiendo tocado velos, que son 
los que se ponen en la cabeza, se puso aquel día para comulgar la 
dicha hermana uno que era de la Santa Madre, y luego se la quitó 
el dolor y se sintió buena, lo cual ha afirmado la dicha hermana; y 



APÉNDICES SIS 

también dijo a esta declarante, ella y otra hermana, que habían visto 
algunas veces a la Santa Madre en sus arrobamientos, que cuando 
la daban a la red estando predicando el P. Fr. Domingo Báñez su 
confesor, en viéndola así, con un género de respeto, se .]uitaba la 
capilla y se estaba descubierto mientras duraba. 

10.a En la décima pregunta dijo: que ha oído decir por cosa cierta 
de algunos milagros que después de muerta la Santa Madre ha sido 
Nuestro Señor servido de hacer por ella y sus reliquias, desde que 
murió hasta los días presentes, y que se acuerda haber oído decir 
haber aparecido en casos particulares a algunas personas, las más 
de ellas religiosas, y también tuvo carta de la hermana del sobrino 
de la Santa Madre, de que la pregunta antes de ésta hizo relación, 
en que decía que estando a la muerte el dicho sobrino algunos años 
después de lo arriba dicho, que la Santa Madre le visitó después 
de muerta y le consoló, y que él había dicho serio, si no vían y 
sentían que estaba allí su tía que le llamaba, y que quedó allí tan 
grandísimo olor del mismo de su cuerpo, que duró en el aposento 
aún después de muerto por algunos días, de manera que se echaba 
de ver por los que allí entraban. 

En las preguntas gratis dijo: que lo que ha dicho es verdad para 
el juramento que tiene hecho, y en ello se afirmó y ratificó, y dijo 
ser de edad de 50 años; y que, como dicho tiene, es sobrina de la 
dicha Santa Madre, y que por esto, ni por otra cosa alguna, no ha 
dejado de decir verdad, ni la dejará decir en ninguna manera, y lo 
firmó de su nombre y en merced de dicho Sr. Arcediano, Juez Apos- 
tólico. 

El Dr. Pedro de Tablares. — Teresa de Jesús. Ante mí: Francisco 
Fernández de León. 



314 APÉNDICES 



LVIl 



DECLAEACION DE LA H.B TERESA DE JESÚS EN EL SEGUNDO PROCESO DE AVILA 

(16Í0) (1). 



Estando en el dicho Convento de San José de monjas Carmelitas 
Descalzas de la dicha Ciudad de Avila, a nueve días del mes de Sep- 
tiembre del dicho año de mil seiscientos y diez años, su merced del 
dicho señor Juez, por ante mí el presente notario, tomó su dicho y 
declaración a Teresa de Jesús, religiosa del dicho Convento de San 
José, testigo presentado por parte de la dicha Orden del Carmen 
Descalzo y su Procurador en su nombre, y citados por mandado de 
su merced, del cual el dicho señor Juez recibió juramento por Dios 
Nuestro Señor y por una cruz, tal como esta f e por las Santas 
Escrituras, poniendo la mano derecha sobre un libro misal, que dirá 
verdad de lo que supiere y fuere preguntada, y haciéndolo ansí Dios 
Nuestro Señor le ayudare, y al contrario se lo demandare, y a la con- 
clusión de dicho juramento dijo: sí juro y amen. Y prometió decir 
verdad, y siendo preguntada por el tenor del de preguntas del fiscal 
y artículos del Rótulo para que era presentada, dijo y declaró lo 
siguiente: 



AHTICULOS DEL FISCAL 

1.0 R\ primer artículo dijo; que se da por advertida de la gra- 
vedad del perjurio y más en causa tan grave como esta es, y esta 
declarante por nenguna cosa ni respeto dejará de decir verdad. 

2.2 R\ artículo segundo dijo: que se llama Teresa de Jesús y es 
hija de Lorenzo de Cepeda y de doña Juana de Fuentes y Espinosa, 
su legítima mujer, ya difuntos, y el dicho su padre fué natural de 
esta ciudad, fijodalgo mayor, y su madre era de la Andalucía; y 
que esta declarante hace que está en este convento de San José 
treinta y cinco años, poco más o menos, y ha sido supriora y cla- 
varia, lo ha sido algunos años y ahora lo es. Y que aunque esta 
declarante es sobrina de la Santa Madre Teresa de Jesús, hija del 
dicho Lorencio de Cepeda, hermano de la dicha beata Madre, ñor eso 
ni por otra cosa dejará de decir verdad, antes en este particular 
declara que desde que conoció a la dicha beata Madre, su tía, que 
fué desde que esta declarante tenía ocho años, hasta los dieciséis, 



1 Quáidase el Proceso, como dijimos antetioimente, ea el palacio episcopal de Avila. 



APÉNDICES 315 

nunca la tuvo esta declarante amor de parentesco, antes se señalaba 
en tener despego y desvío de ella, mucho más que las otras reli- 
giosas que no tenían con ella parentesco alguno, y junto con este 
natural tan seco, no conocía ni el bien que de su mano recibía esta 
declarante, ni los privilegios en que Dios la señalaba en santidad 
y otras obras maravillosas, sobre las cuales no la bastaban para 
tener estima como la debía tener de sus cosas. Y muchas veces esta 
declarante se recelaba de que la dicha beata Madre su tía supiese 
sus cosas ansí interiores como exteriores, siéndola ocasión por estas 
causas de mortificarla en muchas cosas y darla en qué merecer a la 
dicha Santa Madre viendo lo mal que esta declarante correspondía 
al mucho bien que la hacía. Que después que la Santa Teresa de 
Jesús la llevó para sí Dios, y en el tiempo presente mucho más, ad- 
virtiendo esta declarante este modo tan ingrato que tuvo a la dicha 
Santa Madre Teresa de Jesús, la parece que todos los trabajos que 
después acá ha padecido, ha sido castigo de Dios por lo dicho, y 
que en razón de consolarse de su culpa y falta, que lo debía de per- 
mitir Dios; lo uno para más méritos de la Santa, y lo otro porque 
para la ocasión presente de haber de deponer en este proceso, pu- 
diese estar tan cierta esta declarante que no la mueve a decir en 
él ni ninguna cosa de las virtudes y santidad de la dicha Santa Ma- 
dre el parentesco y ¡sangre que hay de por medio ni otro respeto hu- 
mano, sino solamente la prueba de la verdad y maravillas que cada 
día obra Nuestro Señor por intercesión de la dicha su sierva. Y 
declara que esta testigo es de edad de cuarenta y cuatro años, muy 
poco menos, y que esta declarante ha que profesó en este convento 
veinte y ocho años, dos meses menos, aunque había entrado en la 
Orden en la casa de Sevilla, desde que tenía edad de ocho años. 

3.2 Al artículo tercero dijo: que acostumbraba a confesar y co- 
mulgar una o dos veces cada semana e ayer comulgó. 

4.2 Al artículo cuarto dijo: que no ha estado ni está excomulgada, 
que sepa ni entienda. 

5.° Al artículo quinto dijo: que esta declarante no ha cido indu- 
cida por ninguna para que deponga en esta causa, ni cómo haya de 
deponer, ni en ella declarará más de aquello que expresamente fuere 
verdad. 



aSTICULOS DEL ROTULO 

Después de haber sido amonestada por el dicho señor Juez, como 
testigo que fué esta declarante en la información que acerca de la 
vida y milagros y otras cosas que la dicha Santa Madre Teresa 
de Jesús hizo, que pasó su declaración ante el Revdo. Sr. Doctor Don 
Pedro de Tablares, Arcediano de la catedral de esta ciudad de Avila, 
Juez Apostólico por Comisión del limo, y Revmo. Señor Don Camilo 
Caetano, Nuncio de Su Santidad en estos Reinos de España, por 
ante Francisco Fernández de León, notario público apostólico, c uno 
de los cuatro del número de la Audiencia episcopal de Avila, en 
veinte y dos días del raes de Enero de mil y quinientos y noventa 



316 APÉNDICES 

y seis años, qu€ recorra su memoria y se la acuerda cuanto fuere 
posible de las cosas que allí depuso. Y la dicha declarante dijo que 
se la leyese su dicho, c yo, el dicho notario, se la leí de verbo 
ad i^erbum, en presencia y por mandado del dicho señor -Provisor, 
y habiéndole oído y entendido, dijo esta declarante que en él se 
ratificaba, ratificó, y en caso necesario lo dice y declara aquí de 
nuevo como si palabra por palabra fuere especificado por ser la ver- 
dad de lo que ella declaró, de lo que tiene entera y particular noticia. 

5.2 Al artículo quinto dijo: que lo que sabe es que el año 
de mil y quinientos y ochenta y siete, predicando el Maestro Fray 
Domingo Báñez (1), catedrático de Prima en Santa Teología en la 
Universidad de Salamanca, dijo en el pulpito que había confesado a 
la Santa Madre Teresa de Jesús muchos años, y que en ]os días 
que estuvo como muerta, según se hace mención en el artículo, la 
había mostrado el Señor el infierno, y esto sin las demás cosas que 
en el artículo se refieren; y esto se lo oyó al dicho Padre Maestro 
el doctor Ribera, hombre eminente de la Compañía de Jesús, de 
quien esta declarante sabe lo que lleva dicho, ai cual conoció y 
habló algunas veces, y esto responde. 

17. ñl artículo diez y siete dijo: que lo que de él sabe es que 
esta declarante en ocho años que conoció g alcanzó a conocer de 
días a la dicha Santa Madre Teresa de Jesús, que parte de ellos 
estuvo en este convento con ella y fué en su compañía a otros, siem- 
pre conoció y vio que la Santa Madre trataba y comunicaba su es- 
píritu y se confesaba con las personas más doctas y eminentes que 
se conocían, ansí en las Religiones como en el estado eclesiástico; 
en especial conoció esta declarante al Padre Fray Domingo Báñez, 
de quien ya lleva hecha mención en el artículo quinto, y al P. Maes- 
tro Fray Juan de las Cuevas, de la misma Orden de Santo Domingo, 
que después murió obispo de Avila, y al P. Maestro Fray Diego 
de Yangüas, lector del Colegio de San Gregorio de Valladolid, de 
la dicha Orden de Santo Domingo, y al P. Presentado Fray Pedro 
Romero, de la dicha Orden y lector de Santa Teología que fué en 
el Convento de Santo Tomás de esta ciudad de Avila, y al Padre 
Fray Luis de Barrientos, predicador muy eminente de Ja dicha Or- 
den, y al P. Fray Ángel de Salazar, de la Orden de los Carmelitas 
Calzados y Provincial que fué de su Orden muchos años, y también 
algunos años fué Visitador de la Orden de los Carmelitas Descalzos 
y Descalzas, antes de la reparación de esta Provincia, y al P. Maes- 
tro Fray Jerónimo de la Madre de Dios, Provincial que fué de 
esta Religión Descalza algunos años, y al doctor Pedro de Castro, 
canónigo doctoral que fué en la catedral de esta ciudad de Avila, que 
ahora es obispo de la ciudad de Segovia, y al P. Fray Diego de 
Yepes, de la Orden de San Jerónimo, Prior del convento de San 
Lorenzo en el sitio del Escorial y confesor que fué del rey Don Felipe 
Segundo, y al doctor Manso, que tenía una canongía en la Metro- 
politana de Burgos, estando allí en la fundación la dicha Santa Ma- 



1 £1 original dice Domingo Ibá&ez. 



APÉNDICES 317 

dre, y esta declarante con ella, que dispués fué obispo de Calahorra 
y ha sido obispo de aquella ciudad Don Cristóbal Vela, y al P. Gon- 
zalo Dávila, de la Compañía de Jesús, que fué Provincial en la 
Provincia de Castilla, y al P. Francisco de Vitoria, lector que fué 
en este colegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de ilvila, y 
después pasó a las Indias a la conversión de aquellas almas, el cual 
hizo mucho fruto en aquellas partes, y a Don ñlvaro de Mendoza, 
obispo que fué de esta ciudad de Avila, y al Maestro Gaspar Daza, 
racionero que fué de esta catedral de Avila, y al P, Julián de Avila, 
que fué desde el principio de este convento de San José confesor de 
él y de la dicha Santa Madre, varón muy fiel y compañero de sus 
trabajos en mucha parte de las fundaciones que hizo la Santa Madre, 
en cuya compañía andaba el dicho P. Julián de Avila, y a todos 
los antes referidos conoció con quien la Santa Madre trató y comu- 
nicó su espíritu y con otros muchos que oyó nombrar esta decla- 
rante, todos varones, y religiosos, y personas muy doctas y eminen- 
tes en virtud, letras y santidad, como es notorio; todos los cuales apro- 
baron y dieron por bueno y verdadero el espíritu de la dicha Santa 
Madre Teresa de Jesús, y que las mercedes y favores qu2 recibía eran 
por participación del cielo y en sí esto lo vio y entendió por cierto 
y verdadero todo el tiempo que, como lleva declarado, conoció y estuvo 
y anduvo esta declarante con la dicha Santa Madre Teresa de Jesús, 
y no sólo la aprobaron por entonces ser bueno, cierto y católico el 
espíritu de la dicha Santa Madre, pero de allí en adelante vía y vio 
esta declarante que todos los sobredichos la tenían grandísimo res- 
peto, y estimaban en tanto su santidad y obras, que venían a consul- 
tarla gravísimos negocios con la dicha Santa Madre, ansí propios 
como ajenos, para que ella los diese su parecer en ellos, creyendo 
que esto sería lo más acertado y mas conformie* a la voluntad de Dios. 
Y para que esto se vea más claro, especificará aquí algunas cosas 
y casos que en aquel tiempo sucedieron, lo cual dice esta declarante 
en esta manera. 

De una relación original, que esta declarante tiene en su poder, 
habida de la Madre María de San Jerónimo, priora que fué muchos 
años de este convento de San José, ya difunta, de cuyo valor y 
santidad oyó esta declarante muchas alabanzas a la misma Santa 
Madre, sábese la estima que de la dicha Santa Madre tenía uno 
de sus confesores, aun antes que saliese a fundar este primer con- 
vento de S. José, el cual memorial, según ha podido colegir de otros 
memoriales que ha tenido en su poder, fué del P. Fr. Pedro Ibá- 
ñez (1), gravísimo Padre en la Orden de Santo Domingo, o del dicho 
Maestro Fr. Domingo Báñez, que conforman mucho con unas razones 
que puso el dicho Padre Ibáñez en un cuaderno grande en cosas en 
que aprobaba el espíritu de la dicha Santa Madre, que poco ha 
le envió esta declarante a su P. General, que al presente es; las cua- 



1 Para no inducir a error a los leclores, rectificamos la confusión de apellidos que se ad- 
vierte en esta Declaración, llamando Báñez al P. Pedro, e Ibáflez al P. Domingo. La H.a Te- 
lesa tenía muy presentes los nombres de estos dos célebres Dominicos, pero trastrocó los ape- 
llidos en este jj en los demás pasajes en que hace memoria de ellos. 



518 21PEKDICES 

les dio, entre otras, al dicho sumario para probar ser de Dios el es- 
píritu que tenía la dicíia Santa Madre Teresa de Jesús, delante de 
una junta que se iiizo de personas muy graves y doctas para cxami- 
minar el espíritu de la dicha M. Teresa de Jesús, aunque no se 
ha podido entender claro de cuál de los Padres que ha nombrado 
es la memoria que aquí irá referida. 

La sustancia de la cual dicha aprobación es la siguiente. Pri- 
mera razón. El fin de Dios es llegar un alma a Sí y el del de- 
monio apartarla de Dios. Nuestro Señor nunca pone medios que apar- 
ten a uno de Sí ni el demonio que lleguen a Dios; todas las visio- 
nes le llegan más a Dios, la hacen más humilde y obediente. Doc- 
trina es de Santo Tomás y de los Santos, que en la paz y quie- 
tud de un alma que deja el ángel de luz se conoce; nunca tiene estas 
cosas que no quede con grande paz y contento, tanto, que todos los 
placeres de la tierra juntos le parece no son como el menor. Ninguna 
falta tiene ni imperfección de que no sea reprendida del que la habla 
interiormente. Jamás pidió ni deseó otras cosas, sino cumplir en todo 
la voluntad del Señor. Todas las cosas que le dice, van conformes 
a la Escritura Divina y a lo que la Iglesia enseña y son muy verda- 
deras en todo el rigor escolástico. 

Tiene muy gran puridad de alma, gran limpieza y deseos fer- 
ventísimos de agradar a Dios, y a alcanzar esto atropella cuanto 
hay en la tierra. 

ílsí le ha dicho que todo cuanto pidiere a Dios, siendo recto 
le dará. Muchas ha pedido, y cosas que no son para papel, por ser 
largas, y todas se las ha concedido Nuestro Señor. Cuando estas 
cosas son de Dios, siempre son ordenadas para bien propio, común 
o de alguno. 

De su aproveoliamiento tiene experiencia y del de otras muchas 
personas. Ninguno la trata, si no lleva sana disposición, que sus 
cosas no la mueven a devoción, aunque ella no las diga. Cada día 
va creciendo en la perfección, y ansí fundó su discurso del tiempo 
y en las mismas visiones ha ido creciendo de la manera que dice 
Santo Tomás. Nunca le dicen novedades, sino cosas de edificación, 
ni la dicen cosas impertinentes de algunos que han dicho que eran 
esclavos del demonio, pero para que entiendan cual está un alma 
cuando mortalmente ha ofendido al Señor. 

Estilo es del demonio, cuando pretende engañar, avisar que ca- 
llen lo que les dice; mas a ella que lo comunique con letrados sier- 
vos de Dios, y que cuando callare, por ventura la engañará el demonio. 

Es tan grande el aprovechamiento de su alma con estas cosas y 
la buena edificación que da con su ejemplo, que más de cuarenta 
monjas tratan en su casa de grande recogimiento. Estas cosas ordina- 
riamente le vienen después de larga oración y de estar muy puesta 
en Dios y abrasada en su amor o habiendo comulgado. 

Estas cosas le ponen grandísimo deseo de acertar y que el de- 
monio no la engañe; causa en ella profundísima humildad; conoce 
que lo que recibe es de la mano del Señor y lo poco que tiene 
de sí. Cuando está sin aquellas cosas suélele dar pena y trabajo 
cosas que se le ofrecen; en viniendo aquello no hay memoria de nada, 



APEKDICBS 319 

sino grande deseo de padecer y de sufrir tanto que espanta. Caúsala 
holgarse g consolarse con los trabajos, murmuraciones contra sí y 
enfermedades que tiene tan terribles de corazón, vómitos y otros mu- 
chos dolores, los cuales, cuando tiene las visiones, todos se ia quitan. 

Hace gran penitencia con todo caso de ayunos y disciplinas y mor- 
tificaciones; las cosas que en la tierra la pueden dar contento alguno 
y los trabajos que ha padecido muchos años, sufre con igualdad de 
ánimo sin perder la paz y quietud de su alma. Tiene tan firme pro- 
pósito de no ofender al Señor, que tiene hecho voto de ninguna cosa 
entender que es más perfección, que se la diga quien la entiende, 
que no la haga, y que con tener por santos a los Padres de la 
Compañía de Jesús y parecerle que por su medio le hace Nuestro 
Señor tantas mercedes, me ha dicho a mí, que si no tratarlos supiese 
que es más perfección, que para siempre jamás ni los hablaría ni 
vería, con ser ellos los que la han quietado y encaminado en estas 
cosas. 

Los quebrantos que ordinariamente tiene y sentimientos de Dios 
y derretirse en su amor, es cierto que espanta; con ellos se suele 
estar casi todo el día arrebatada. En oyendo hablar de Dios, con 
devoción y fuerza se suele arrebatar muchas veces, y con probar 
a resistir, no puede, y queda entonces tal a los que la ven, que pone 
grandísima admiración. No puede sufrir a quien la trata que no le 
diga sus faltas y no la reprenda, lo cual recibe con grande humildad. 
Con estas cosas no puede sufrir a los que están en estado de per- 
fección que no la procuren tener conforme a su virtud. 

Está desapegadísima de parientes y de querer tratar con las gen- 
tes, muy amiga de soledad, grande devoción con los santos, y en 
sus fiestas y misterios que la Iglesia representa, tiene grandísimos 
sentimientos de Nuestro Señor. 

Si todos los de la Compañía y siervos de Dios que hay en la 
tierra le dicen que es demonio o se lo dijesen, teme y tiembla antes 
de las visiones, pero estando en oracici y recogimiento, aunque la ha- 
gan mil pedazos, no se persuadirá sino que es Dios el que la trata 
y habla. Hale dado Dios un tan fuerte y valeroso ánimo que espanta; 
solía ser temerosa; agora atropella los demonios; es muy fuera de 
melindres y niñerías de mujeres; sin escrúpulo; es rectísima. Con esto 
le ha dado Nuestro Señor el don de lugrimas suavísimas, grande com- 
pasión de los prójimos, conocimiento de sus propias faltas; abatirse 
a sí misma, tener en mucho a los confesores; yo digo, cierto, que hace 
mucho provecho a estas personas e yo soy una. 

Tal ordinaria memoria de Dios y sentimiento de su aresencia, 
ninguna cosa le han dicho jamás que no haya sido así y no se 
haya cumplido, y esto es grandísimo argumento. Estas cosas cansan 
en ella una claridad de entendimiento y una luz en las cosas de Dios 
admirable. Que le dijeron que mirase las Escrituras y que no se 
hallaría que jamás alma que deseaba agradar a Dios hubiese estado 
engañada tanto tiempo (1). 



1 Véase la página 130. 



320 APÉNDICES 

Aquí acabó la dicha Relación, que de suso va incorporada, la 
cual esta declarante ha tenido y tiene por certísima, y que en lo 
que experimentó el tiempo que conoció a la dicha Santa Madre Te- 
resa de Jesús, echó de ver en ella ser todo lo de suso referido ver- 
dad y muy conforme a su vida y a lo que en dicho sumario se re- 
fiere. Y también sabe esta declarante otras cosas particulares que 
acontecieron a algunos de los confesores nombrados, en ♦•azón del 
aprovechamiento de sus almas, por medio de las oraciones y persuasión 
de la dicha Santa Madre. Y también sabe que el Padre ya nom- 
brado Fr. Luis de Barrientos, estando en esta ciudad de Avila y 
juntamente la dicha Santa Madre, no solamente no la trataba, pero 
ni tenía tampoco satisfacción de su santidad; que antes se recataba 
de tratar con ella, y decía palabras en que mostraba no tener en 
nada su santidad. Solamente alababa la de una religiosa, que enton- 
ces era priora de este convento de San José, que la confesaba, y 
parecióle que esta era la Santa; y aunque es verdad que no le fal- 
taba razón, no permitió Nuestro Señor que mucho tiempo estuviese 
engañado en el mal sentir que tenía de la dicha Santa Madre Teresa 
de Jesús por no la haber comunicado. Sucedió, pues, que un día, 
que esta declarante se acuerda muy bien y que de ello fué testigo 
de vista, después de haber comulgado, la hizo Nuestro Señor una 
grandísima y extraordinaria merced, que por serlo tanto, aunque es- 
taba habituada a otras, esta no pudo entender qué era ni qué podía 
significar. Y estando en esta confusión la respondió Nuestro Señor 
que en la Iglesia estaba quien se la declararía; y fué así, que acertó 
a estar en ella confesando el dicho P. Fr. Luis de Barrientos, a la 
dicha Madre Priora, e yendo la dicha Madre Teresa de Jesús, quién 
estaba en la Iglesia, porque no se le nombraron, supo cómo era él, 
y fiada en Dios, se determinó a entrar a hablarle y tratar la merced 
recibida. Desde este día que este Padre la comunicó, quedó tan mu- 
dado y de diferente parecer que antes, que no sólo le pareció que 
era Santa y espíritu de Dios el que tenía, sino que quedó como pre- 
gonero público, y piensan que hasta en los pulpitos engrandecía las 
virtudes y oración de la dicha Santa Madre. Cambióse también en 
él una vida muchísimo más estrecha que antes solía, y se dio tanto 
a la oración y isoledad, que no poco las admiró a todas saber los ex- 
tremos que acerca de esto hizo; por todo lo cual, y por otras co- 
sas que pudiera decir, sabe que varió la fuerza del espíritu y la co- 
municación verdadera, buena y eficaz de la dicha Santa Madre Te- 
resa de Jesús. 

18. Al artículo dieciocho dijo: que sabe que estándose haciendo 
la casita pobre que el artículo dice para la primera fundación de 
este convento de San José, fué derribada parte de ella por los de- 
monios; por lo cual desmayó mucho Doña Guiomar de ülloa, que 
está nombrada en el dicho artículo, y dijo a la Santa Madre Teresa 
de Jesús que no debía ser voluntad de Dios que aquella obra se hi- 
ciese, pues la pared también parecía firme y se había caído. Y la 
dicha Santa Madre respondió con mucha paz: «Si se ha caído, levan- 
tarla». Y a Doña Juana de Ahumada, hermana de la Santa Madre, 
por cuyo título se hacía la obra, le dijo: «Hermana, qué fuerza pone 



APÉNDICES 321 

€l demonio para estorbar ésto; pues no le ha de aprovechar, y si 
es menester, buscare algunos dineros para la dicha obra». Hizo que 
la dicha Doña Guiomar hiciese un propio a su madre, que estaba 
en Toro, pidiéndola treinta ducados con iiarto miedo que no los daría, 
y pasados dos o tres días, le dijo la Santa Madre: «Hermana, alé- 
grese, que los treinta ducados son ciertos, que ya están contados y 
en poder del hombre que enviamos»; y luego cuando vino el dicho men- 
sajero, se supo de él que se los habían dado cuando la dicha Santa 
Madre lo había dicho. 

En el tiempo que se trataba por la Santa Madre de hacer la 
fundación de este convento de San José para defender en algo la 
mucha contradicción que había y había de hacer, el Padre Fray Pe- 
dro de Alcántara, de quien se hace mención en el artículo precedente, 
varón eminentísimo en santidad y espíritu, escribió una cartita breve 
y compendiosa al obispo de esta ciudad, que lo era entonces el señor 
Ü. Alvaro de Mendoza (1), persuadiéndole y rogándole ayudase todo lo 
posible a esta santa obra, para la cual era movida por el espíritu 
de Dios la dicha Santa Madre, con otras palabras en que pondera 
mucho sus virtudes y el celo de Dios conque se movía para emprender 
esta obra tan grande, aunque al parecer de los hombres parecía des- 
varío de mujer, que no podía prevalecer. Y la razón de esta carta 
hizo tanta operación en el ánimo del dicho Sr. Obispo, junto con 
la devoción que se tenía a la dicha Santa Madre, que siempre la 
amparó en todos sus trabajos y necesidades, y defendía este con- 
vento en todas las contradicciones que contra él se levantaron casi 
en toda la ciudad, y se puso a defenderla, y la obra que había de- 
lante de las juntas que se hicieron de la gente más grave y letrada 
que había en la ciudad para tratar si sería bien que se deshiciese, 
y por su medio principalmente no tuvo efecto lo que los contradicto- 
res deseaban, y siempre conoció, en él en el tiempo que esta declarante 
le alcanzó a conocer, que tenía de la Santa Madre grandísimo con- 
cepto de su valor y santidad, y de todas las cosas que en el nuevo 
monasterio se hacían, y de su suma pobreza; y actos de mortifica- 
ciones y penitencias eran tantas que se edificaba, que traía a todas 
las personas que él podía graves para que la viesen. Y no sólo él 
se enternecía de devoción, sino que con las cosas que él decía y ellos 
vían, les conmovía" a la misma y hacía derramar lágrimas y casi mal- 
decir de las riquezas y pompas del mundo, diciendo que lo que en 
esta casa había gozado, que hacía el caso y satisfacción a las almas, 
de suerte que por algunos días fué creciendo tan sincera devoción 
en todos los ánimos, ansí de los hombres de esta ciudad, como fuera 
de ella, que les parecía y parece la casa un santuario, y que solas las 
paredes mueven los corazones a conocer el poder y misericordia de 
Dios, y que Su Majestad les hace mercedes por las oraciones de 
sus siervas, que tiene aquí encerradas; y en este particular, de que 
esta declarante va hablando, ha visto y oído decir tantas cosas, que 
le parece es un verdadero testimonio de ser obra de Dios, y que 
si habría de particularizarlas y escribirlas, se hiciera un gran volumen. 



Véase la página 127. 

II 21 



322 APÉNDICES 

También escribió el dicho Fray Pedro de Alcántara a la dicha 
Santa Madre Teresa de Jesús, preguntándola que cómo iban sus reco- 
mendaciones a las personas que le ayudaban a él (1). Estas dos cartas 
que lleva referidas en este artículo, las tiene esta declarante al pre- 
sente en su poder originalmente, y las otras de la Madre María de 
San Jerónimo, priora que fué de este convento, de quien ya he hecho 
mención, que por muchos años han estado guardadas en él, como 
cosa de reliquia. 

19. ñl artículo diecinueve dijo: que lo que sabe es que esta 
declarante conoció y comunicó a las tres religiosas de las cuatro que 
se nombran en el artículo, que fueron Antonia del Espíritu Santo, 
mujer de grandísimo espíritu, penitencia y mortificación, con una con- 
tinua y extraordinaria alegría en Dios. Hacía tantas cosas en su ser- 
vicio particulares, que se pudiera hacer libro de ellas; la oración 
era tanta, que se la quitaban las fuerzas del cuerpo y la debilitaban 
de manera que, porque no se le acabase la vida, rr andaban los con- 
fesores que la prelada y hermanas procurasen divertirla y ocuparla 
en alguna cosa exterior, y que no tuviese las horas de oración que la 
Orden manda en algunos tiempos, porque no se le acabase el sujeto; 
pero era tanta la fuerza de espíritu, que aunque se ponían esos me- 
dios, poco aprovechaban para divertirla. Esta declarante fué algunas 
veces inviada de la obediencia para que se estuviese con ella y la 
hablase en cosas indiferentes para que no se suspendiese tanto. 

La otra religiosa fué María de San José, la cual mostraba en to- 
das sus cosas gran pureza de alma, gran afición a las cosas de re- 
ligión, humildísima, y tan sin malicia ni doblez, que tratar con ella 
era tratar con una niña inocente, no le faltando muy buen entendi- 
miento. R su muerte mostró el Señor algunas cosas maravillosas, que 
por no ser aquí lugar de ellas, no las declara. 

La otra fué María de la Cruz, que por conocerla de poco en 
el convento de Valladolid, no dice de ella cosa en particular, y ansí 
declara que estas primeras religiosas, que ya van nombradas, con 
la otra, que aunque no la alcanzó a conocer, ha oído decir cómo 
fué persona de singulares virtudes y que padeció mucho con sus en- 
fermedades, que fueron tales, que se creyó bien el Señor las había 
señalado el P. Gonzalo, Provincial del Espíritu Santo, como a las 
que escogió la Santa Madre por buen principio de su nueva re- 
formación. 

También ha sabido esta declarante una particularidad que acaeció 
en Francia el mismo día de San Bartolomé en que se fundó y puso 
el Santísimo Sacramento en este convento de San José, la cual la 
escribió a esta declarante desde allá la Madre Ana de San Barto- 
lomé, después que fué aquel reino a fundar conventos desta Orden, 
de quien en adelante hablará en particular, cuyas palabras formales 
que la dicha escribió a esta declarante, son estas: «Cierto que es 
cosa milagrosa, que cuentan muchos de los que lo vieron entonces, 
que el mismo día que fundó la primera casa en Avila nuestra Santa 



1 Véase una de sus cartas a la Santa en la página 125. 



APÉNDICES 323 

Madre, día de San Bartolomé, este mismo día hubo tan grande ba- 
talla entre los cristianos y heréticos; entre calles de muchas ciu- 
dades de Francia, corría la sangre de los que morían por ellas como 
agua cuando llueve mucho (1); ij aunque murieron de todos, los cris- 
tianos tuvieron la victoria, y desde este día se halla sin haberse 
derribado templo ninguno por aquel pequefiito que la Santa había 
levantado en España, con gran celo de las almas y de las que allí 
se juntasen le tuviesen siempre en oración y ejercicios de mortifica- 
ción y penitencia para ayudar a Cristo y a sus católicos, en espe- 
cial en la conversión del reino de Francia, del que tenía siempre 
un deseo vivo en su alma, que la movía a clamar por él. Oyóla el 
Señor, porque después que la llevó a gozar de Sí, despertó a algunos 
católicos, que deseando la salud de su pueblo, la pedían a Su Ma- 
jestad con vigilias, mortificaciones y lágrimas en el tiempo que en 
él había tantos trabajos y desconsuelos para los católicos, que había 
muchos y muy buenos. Viendo pues que en España se había levantado 
la gran Teresa con el espíritu del cíelo y celo de las almas a levantar 
nueva reformación de su Orden, procuraron llevar allá el fuego de 
las Carmelitas Descalzas». Y escribiéndola esta declarante una lega 
a la dicha Madre flna de San Bartolomé la merced que Dios la 
había hecho en llevarla a aquellos reinos para que en los trabajos 
que en él había padeciese, y en el celo que la movía a admitir 
aquella comisión, le respondió en otra carta diferente estas pala- 
bras formales: «Siendo priora de Tours, a donde ha tiempo que lo 
he sido, yo no lo soy ahora, nada más que otras veces, antes lo 
que se ha visto siempre en mí de incapacidad es la verdad, y lo que 
ahora se piensa volver es tal verdad, que no soy sino la más pobre 
de todas mis hermanas las de la cocina, y por eso se ha querido el 
Señor servir de mí, porque se vean más sus misericordias, y que 
sus obras se hacen con su poder y no con el de las criaturas. Ha- 
bíase de cumplir la profecía del P. Padilla, de la Compañía de 
Jesús, que dijo a nuestra Santa Madre que vernía tiempo en que 
los frailes de su Orden fuesen fundadores», ñquí acaba, y dice esta 
declarante que esto se ha cumplido en la misma Madre ñna de 
San Bartolomé, compañera que fué por cinco años de la dicha San- 
ta Madre Teresa de Jesús, que fueron en últimos, hasta que Dios 
se la llev6, y sabe como testigo de vista y que la trató tantos años, 
y por otros medios que ha sabido las cosas particulares que Dios 
ha obrado con la dicha Madre ñna de San Bartolomé, desde que 
tenía cinco años de edad, y mucho más desde que comenzó acom- 
pañar a la dicha Santa Madre; que siempre ha sido mujer señalada 
en heroicas virtudes y en el celo y espíritu de la dicha Santa 
Madre Teresa de Jesús, por recibirle más que ninguna de cuantas 
religiosas ha conocido, e imitadora suya en esta luz y ánimo, por- 
que ha emprendido obras grandes y padecido trabajos exquisitos por 
todo el discurso de su vida, y más después que está en el dicho 



1 Es conocids esta sangrienta lucha en la H'storia con el nombre de Matanza de 
San Bartolomé, ocuirida en 1572, diez afios después de la fundación de San José. 



32t APÉNDICES 

reino de Francia, que ha seis anos (1), y que, a la dicha iWadre Ana 
de San Bartolomé tenía la Santa Madre Teresa de Jesús en grande 
estima y tomaba su consejo en negocios muy graves, y conocía que 
su oración era muy alta y continua, y que para acudir a las cosas 
exteriores tenía particular ánimo y fuerza, aún naturalmente; y ansí 
por estas cosas, como por particular permisión de Dios, la escogió 
por compañera suya en los últimos años de su vida, que más había 
de padecer, y la misma Madre ñna de San Bartolomé fué, antes 
que esto se efectuase, prevenida en la oración por parte de Dios 
Nuestro Señor que se aparejase, que quería fuera ayuda de la Santa 
Madre Teresa de Jesús, y acudiese a socorrerla en sus caminos, tra- 
bajos y enfermedades, lo cual hizo con tantas veras y con tan sin- 
gular devoción, como si se tratase de ver por algunas cosas que 
adelante dirá. Y ansí, todo lo que ha referido del valor y virtudes 
de la dicha Madre Ana de San Bartolomé, es para que se dé entera 
fe y crédito a las cosas que la susodicha ha escrito a esta decla- 
rante, de que va hecha mención en este artículo e para lo demás 
que falta por decir. 

26. ñl artículo veintiséis dijo: que responde lo mismo que lleva 
dicho en el artículo diecinueve, a lo cual se refiere. 

42. fll artículo cuarenta y dos dijo: que todo lo que en él se re- 
fiere, lo ha oído decir haber pasado ansí como en él se refiere, 
y en particular declara que cuando la Santa Madre dijo a su pre- 
lado que Nuestro Señor la había mandado fuese a la fundación en 
Madrid, el prelado la dijo que, no obstante eso, su voluntad era que 
fuese primero a fundar en Sevilla; y como la Santa Madre se suje- 
tase y rindiese a su parecer, aunque sentía lo contrario en su espíri- 
tu, la dijo el Señor que hiciese lo que la mandaba, que El me lo 
pagaría. Sucedió que luego que fué a la ciudad de Sevilla, estando 
dicho prelado con la dicha Santa Madre en ella, se levantaron tan- 
tas persecuciones a dicho prelado y tantos testimonios y trabajos tan 
extraordinarios, que se verificó bien el castigo excedió, aunque sin de- 
trimento de su akna, que Dios había dicho a la Santa Madre que le 
había de dar por no haberla dejado ir a lo que Dios le mandaba, 
como va referido, y al tiempo que el dicho prelado tuvo parte de 
los dichos trabajos, y casi luego que la Santa Madre había ido 
a la fundación de aquella ciudad de Sevilla, entró esta declarante 
en el convento que la dicha Santa Madre había fundado allí (2), y fué 
esta declarante testigo todo el tiempo que estuvo allí la Santa Ma- 
dre de los grandísimos trabajos que ella padeció, y en el mismo tiempo 
fueron acusadas la Santa Madre e sus monjas por la Santa Inquisi- 
ción, levantándolas gravísimos testimonios y de cosas tan feas y aje- 
nas de poderse creer, que no es digno de tomarlas en la boca. Y 
al tiempo que anduvo la furia de estas tribulaciones, estaba la dicha 
Santa Madre por una parte muy afligida, más por lo que tocaba al 
prelado y a sus monjas que por lo que a ella tocaba; y por otra, 



1 La venerable Ana fué con otras Carmelitas a fundar conventos de la Reforma en 
Francia el año de 1601. 

2 Entró de seglar a la edad de ocho años cumplidos. 



Apéndices 325 

en su alma y acciones exteriores e interiores con una paz del cielo 
y con una serenidad tan grande, que ponía admiración; y no pu- 
diera ser ansí, si Dios no morara en ella y tuviera tan asegurada su 
conciencia de no tener ella misma culpa, no solamente en aquellas 
cosas que la levantaban, pero en otras mucho menores. Mas Dios, 
para su mayor mérito, ordenó que la Santa, junto con esta paz, 
pasase grandes aflicciones. No la deshacían el corazón porque le tenía 
firme en Dios, y en la esperanza de que le había de favorecer y 
sacar a luz la verdad, como sucedió; pues acusadas delante del Santo 
Oficio y tomados testigos, constó más claro de su inocencia y casti- 
dad y del agravio tan grande que se le había hecho. 

Junto con estos trabajos, a los que la hizo el Señor por particu- 
lares favores en la oración, y a veces la hizo padecer muchos tra- 
bajos interiores, porque no fuese sola la aflicción de los hombres, 
sino que Dios parecía que se retiraba de ella y la pareciese que en 
su vida se había hallado tan cobarde como entonces, y que a sí mis- 
ma no se conocía; porque aunque siempre tenía confianza en Dios, 
estando a su parecer en aquella fundación más de lo que solía es- 
tar en otras, que sentía el Señor en alguna manera había apartado 
su mano para que viese que el ánimo que solía tener no era suyo 
sino del mismo Señor; por cuya providencia, en este tiempo de tan- 
tas aflicciones, acertó a llegar allí su padre de esta declarante, lla- 
mado Lorencio de Cepeda, hermano de la dicha Santa Madre, que 
llegaba de Indias, trayendo consigo a esta declarante y a sus hermanos, 
sin saber que la había de hallar allí a la Santa Madre; y antes 
que desembarcasen, parece que por providencia de Dios supo de su 
llegada la Santa Madre y los envió cierto regalo a mí, estándose en 
el brazo de la mar (1); y en aquella sazón, la dicha Santa Madre 
andaba al buscar casa para sus monjas; porque no era conveniente 
en la que estaban de emprestado. Acogióse a Dios, que era el que 
la remediaba en todas sus necesidades y al glorioso San José, hacien- 
do mucha oración ella y sus monjas porque el Señor se la diese, 
y estando pidiendo esto, la dijo Su Majestad una vez: Ya os he 
oído, dejarme a mí. Quedó con esto tan confiada, que hizo cuenta 
que ya la tenía, y ansí la tuvo presto muy grande y recreable por 
medio de las diligencias de su padre de esta declarante, costán- 
dole muchos trabajos el comprar la casa para sus monjas y defen- 
derla en lo que se ofreció. Acomodósela para monesterio, y dábales 
para el sustento lo que habían de menester; y fué Dios servido que 
con esto y con la verdad que se había manifestado en lo que ya va 
dicho en este artículo, fué tanto el placer y devoción de los de la 
ciudad, que con grandísimo concurso de gente fueron a la casa nue- 
va. Y al poner el Santísimo Sacramento, fué el mismo Arzobispo de 
aquella ciudad y la Clerecía y Cofradías, y se hicieron grandes fies- 
tas y aderezos por las calles en que había de pasar el .Santísimo Sa- 
cramento, y en especial en la dicha nueva casa, que fácilmente no 
se pueden decir, ni menos las instalaciones curiosas que hubo, y 



1 En Sanlúcar de Bñrrameda. 



326 APÉNDICES 

entre ellas se puso una fuente de agua de azahar en el claustro, 
que la Santa Madre no quisiera tanto gasto; pero movió Dios los 
corazones de otros a andar en tales cosas como fuera de sí, porque 
se viese cómo volvía Dios por la honra suya y de la Santa Aladre 
y de sus monjas, las cuales, con grandes veras, procuraban servir 
a Su Majestad. Fué esta fiesta domingo infraoctava de la Ascen- 
sión, año de 1576. Todo lo cual sabe porque esta declarante se 
halló allí presente. 

44 y 45. Al articulo cuarenta y cuatro y cuarenta y cinco dijo: 
que lo que de ello sabe es, que tiene particular noticia esta de- 
clarante de los trabajos que la Santa Madre Teresa de Jesús tuvo 
acerca de lo que se refiere y declara en estos artículos; porque 
la mayor parte del tiempo que pasaron, estuvo ésta que declara 
en su compañía, y que estando en la dicha ciudad de Sevilla y 
habiendo hecho Capítulo General los Padres Carmelitas Calzados, y 
estando el P. General tan indignado contra la dicha Santa Madre, 
como se refiere en el dicho artículo cuarenta y cinco, la enviaron 
un mandato antes que saliese de Sevilla, no sólo para que no fun- 
dase más monasterios, sino para que eligiese uno de los hechos, 
en que viviese y no saliese más. Y ella obedeció con gran pronti- 
tud y paz y escogió el convento de Avila, y esto es ansí certísimo, 
aunque en los dichos artículos no se especifica. Salió pues la San- 
ta Madre de Sevilla juntamente con el dicho Lorencio de Cepe- 
da, su hermano y padre de esta declarante, y ansimismo en su com- 
pañía esta declarante, y pasaron y estuvieron en el convento de 
esta Orden que estaba ya hecho en Malagón, y de allí vinieron 
al de Toledo, donde la Santa Madre se detuvo algunos meses, y 
no más; y pasados éstos vino a este convento de San José de Avila, 
donde es certísimo estuvo dos años o más entonces, que fueron en 
el tiempo que pasaron la furia y trabajos contra la Santa Aladre 
con los mandatos y preceptos del Sr. Nuncio y las demás cosas de 
que se hace mención en estos artículos, y del prendimiento de los 
religiosos, a los cuales algunas veces defendieron del poder de sus 
contrarios el dicho Lorencio de Cepeda, padre de esta declarante 
y sus hermanos, y los escondían mientras y entretanto que había 
oportunidad para poderse guardar de las dichas persecuciones; y es- 
tando verdaderamente en aquel tiempo su padre y hermanos de esta 
declarante en esta ciudad de Avila, se verificó más la asistencia que 
hizo en este convento la dicha Santa Madre el tiempo que lleva dicho 
de los dichos trabajos, aunque después de ellos, fué necesario salir 
para acudir a algunos conventos de los que estaban fundados, que 
pienso fué lo más cierto a Toledo, de donde volvió a esta casa y 
salió de ella para la fundación de Villanueva de la Jara; y esta 
declarante fué testigo de los trabajos grandísimos que padeció y las 
cartas de nuevas tristísimas que traían de la corte, en que parecía 
que todo lo que había hecho se iba a deshacer. Y aunque estas cosas 
la tenían con grandes aflicciones, era cosa muy sobrenatural la paz 
y quietud con que estaba en su ánimo y la fortaleza con que lo pa- 
saba todo, sin consentir que otras personas ni las religiosas de casa 



APÉNDICES 327 

hablasen ninguna cosa contra los perseguidores, antes todo parecía 
que lo quería abonar. 

Y entre estos trabajos recibió del Señor particulares favores en 
la oración, y mostróla con el espíritu de profecía cómo su Orden 
iiabía de prevalecer, aunque más la persiguiesen; y una, entre estas, 
la dijo a esta declarante que no se desharía la Orden de sus frailes 
Descalzos, que entonces andaban tan afligidos y perseguidos, sino 
que antes iría creciendo. Estando otra vez con los nuevos trabajos 
de la Orden, que estaban en mucho riesgo y peligro, la dijo el Señor 
a la Santa Madre: ¡Oh mujer de poca fe; sosiégate que muy bien 
se va haciendo. Lo cual se experimentó después. Y en el de los 
trabajos que esta declarante va hablando, recibió la dicha Santa Ma- 
dre unas cartas en que la escribían de la corte nuevas terribles de la 
persecución que el Sr. Nuncio y otros habían levantado, y que habían 
preso a unos Padres Descalzos; lo cual le dio tanta pena a la dicha 
Santa Madre, que dijo: Dios me dé paciencia', y luego, como ha- 
ciendo en aquel punto alguna reflexión en su espíritu, exclamó estas 
palabras exteriormente: Ahora, Señor, me habéis pagado todos los de- 
seos que he tenido de serviros. Y con esta fortaleza y confianza 
en Dios, pasó todo este tiempo de las dichas persecuciones, y estuvo 
cuatro años sin hacer ningún convento, que fueron desde el año de 
1576 hasta el de 1580, en que salió a fundar el de Villanueva de la 
Jara, yendo con ella la Aladre Ana de San Bartolomé, de quien 
ya lleva hecha mención, y poco después fué al de Palencia, y al 
de Soria el año de 1581; porque a este tiempo ya estaban sosegadas 
las casas de la Orden con el Breve último que dio Su Santidad 
para dividir Provincia, el cual se expidió el 20 de Noviembre, año 
de 1580, y se hizo el Capítulo de los Padres Descalzos en Alcalá 
de Henares, día de San Cirilo, en Marzo de 1581, y todo esto 
fué con el favor de Dios y del rey D. Felipe II. E después de 
haber pasado lo que lleva referido, volvió la dicha Santa Madre 
a este convento de San José de Avila, a donde fué elegida por 
priora con grande sentimiento suyo, porque esta declarante la vio 
bien afligida de que la daban este cargo de mayoría, siendo a su parecer 
insuficiente e ya muy cargada de enfermedades (1). 

50. ñl artículo cincuenta dijo: que estando la dicha Santa Madre 
Teresa de Jesús por priora de este convento de San José, como acaba 
de decirlo en lo último del capítulo precedente, el año de 1582, otro 
día, después de año nuevo, salió de este convento la Santa Madre 
para la fundación del convento de Burgos, ansí por lo que de allá 
la habían importunado, como principalmente por cumplir la volun- 
tad de Dios, que había entendido en la oración ser el que aquella fun- 
dación se hiciese; y reparando la Santa Madre que estando tan en- 
ferma y que era tiempo de recios fríos y nieves para ir tan largo 
camino, la respondió Nuestro Señor, que no hiciese caso de eso, 
que El era el verdadero calor. Salieron, pues, con la .Santa Madre al- 
gunas religiosas; (que salió la que declara para esta fundación), 



1 Fué elegida el iO de Septiembre de 1581. (Véase la página 251.] 



328 APÉNDICES 

y entre ellas, fué la Madre ñna de San Bartolomé, de quien lleva 
hecha mención, y esta declarante, aunque tan indigna de ella. Los 
trabajos, y descomodidades y enfermedades que pasó por este ca- 
mino, no se pueden fácilmente significar, sin otros que se le ofre- 
cieron padecer, pasando de camino por otros conventos de los suyos, 
en los cuales mostró bien su humildad y sufrimiento y el ánimo ren- 
dido que mostraba aún con sus menores y subditas, que en algunas 
cosas la hicieron contradición aunque con santo celo. Echábase de 
ver que iba Dios labrando su corona de la Santa Madre con cosas 
que más podia pentir en lo último de su vida, en que había de quedar 
toda prefeccionada para el grado de gloria que Su Majestad la tenía 
aparejada. 

Llegada a Burgos la dicha Santa Madre, se la levantaron ma- 
yores contradiciones y persecuciones de parte del Sr. Arzobispo de 
aquella ciudad y del prelado de su misma Orden que la había acom- 
pañado por todo el camino; porque aunque ambos prelados tenían 
en mucha estima a la dicha Madre Teresa de Jesús y fiaban en su 
buen espíritu, permitió el Señor, para mérito de la dicha Santa, que 
ellos fuesen los que más la afligiesen, cada uno por su camino. El 
dicho prelado de la Orden se fué y la dejó metida en tantas afli- 
ciones, como desconfiando de que aquella fundación no se había de 
hacer; lo cual dio mucha pena a la Santa Madre. El Sr. Arzobispo, 
por diligencias que con él se hicieron, nunca quiso dar la licencia 
para poner el Santísimo Sacramento, y aun para que oyesen misa 
dentro de casa, porque no hubiese forma de monasterio, y ansí se 
estaban en la de una señora recogidas, yendo a misa sólo las fies- 
tas por las calles, y todas con vituperios de los que las vían y 
con grandísima mortificación de la Santa Madre y de sus religio- 
sas. Finalmente, por no hacer estas salidas, pidió la Santa Madre 
que las acogiesen en cierto hospital (1), que estaba fuera de la ciudad 
para poder oir misa dentro de casa; y en estos trabajos, sin dar 
licencia el Sr, Arzobispo, pasaron tres meses contados desde el prin- 
cipio o mediados de Enero en que entró en Burgos la Santa Madre, 
hasta 19 de Abril en que dio licencia el Sr. Arzobispo y se dijo 
la primera misa y se colocó el Santísimo Sacramento, quedando fun- 
dado el monasterio. 

Dióse luego el hábito a una hija de la señora que las acogió 
e ayudó para esta fundación, y a él predicó el Sr. Arzobispo en la 
iglesia nueva del dicho convento, y en público, en el dicho sermón 
y con muchas lágrimas, se culpó de no haber dado licencia antes 
a aquella Santa, como quien había estado ciego en dilatársela, ala- 
bando su Religión y pidiendo perdón de lo que había hecho padecer 
a la Santa Madre Teresa de Jesús y a sus monjas por su ocasión. 
Cobróla nueva devoción y fué en adelante muy favorable en aquel 
convento. En él se detuvo la dicha Santa Madre hasta fin del mes 
de Agosto de aquel mismo año, o poco menos, deseando ver si salía 
alguna comodidad para aguda al sustento de aquel convento de Bur- 



1 Llevaba por nombre «la Concepción», como ya dejamos escrito. 



APÉNDICES 329 

gos, hasta que Nuestro Señor la dijo: ¿En qué dudas? que ya esto 
está acabado; bien te puedes ir. Y con parecer del prelado salió para 
volver al convento de Palencia, Valladolid' y Medina del Campo, sien- 
do su intento de la Santa Madre hacer este viaje de regreso para 
volver a éste de San José de ñvila, para asistir a su oficio de priora 
g otros negocios que habían menester su presencia, y principalmente 
de dar a esta declarante de su mano la profesión, porque se lle- 
gaba ya el tiempo, y ansí caminaba con priesa (1). Y todo lo de suso 
referido en este artículo lo ha declarado por saberlo, como lo sabe, 
como testigo de vista y persona que a ello se halló presente con 
la Santa Madre Teresa de Jesús. 

52 y 53. A los artículos cincuentai y idos y cincuenta y tres, dijo 
esta declarante: que casi de todas las cosas que en ellos se trata 
fué esta declarante testigo de vista, y lo experimentó ser ansí verdad 
en los caminos que anduvo con la Santa Madre, y que en el .que 
fué a Burgos, de que ha hecho mención en el artículo precedente, 
iba con tan gran fe de espíritu, que los ratos que se habían de tomar 
de entretenimiento, los pasaba la Santa Madre en hacer actos de 
grandísimos martirios, deseando padecerlos por amor de Dios, si en 
tal ocasión se viera, y que los Padres Descalzos que con ella iban, 
procuraba los hiciesen también y que en público los dijesen para fer- 
vorarse los unos a los otros, y ver cuál deseaba padecerlos mayores 
por amor de Jesucristo Nuestro Señor. 

Y en lo que toca al P. Julián de ñvila, de quien se refiere en 
el capítulo cincuenta y dos tenía gran satisfación de la pureza de 
su alma y de la virtud y celo y el espíritu particular en su oficio 
de confesor, que la Santa Madre dijo a esta declarante, habiendo 
estado antes en oración, que era tan suficiente para hacerlo, que no 
solamente se podían fiar de él sus monjas, pero que era el confesor 
más apropósito que podían liallar para tratar sus espíritus y llevar 
adelante su Instituto, guiadas por su consejo, y que ella no hubiera 
habido menester otro, si no se hubiera visto necesitada con los gra- 
vísimos negocios que en su Orden se ofrecían a tomar el parecer 
de otras personas letradas y siervas de Dios para no seguir los de 
uno solo, aunque era tan bueno. Con esta satisfación y vida tan 
ejemplar que hacía, gustaba la Santa Madre llevarle consigo a las 
fundaciones hasta el tiempo que otros padres graves de su Orden 
la acompañasen. Y estando el dicho P. Julián de Hvila con la 
Santa Madre en Sevilla, y no pudiendo ir ella a la fundación de Ca- 
ravaca por las muchas dificultades que se le habían ofrecido en Sevilla, 
vio esta declarante que le fió a él solo toda la fundación, y fué 
a ella llevando por priora a la Madre ñna de San ñlberto, que es- 
taba entonces en el mismo convento de Sevilla. Juntamente con ella 
otras religiosas de otro convento, y fué y es una de las casas bien 
puestas en lo espiritual y temporal que la Santa Madre tuvo. 

55. Al artículo cincuenta y cinco dijo: que sabe cierto que en 
vida de la Santa Madre tenía el libro de su vida que en este artículo 



1 No tuvo la Santa la satisfacción de ver profesar a su sobrina. 



330 APÉNDICES 

dice que escribió el Sr. Arzobispo de Toledo, Don Gaspar de Quiro- 
ga, guardado en secreto y con mucha estimación de él; al cual, 
estando la Santa Madre en este convento, antes que saliese a fun- 
dar el de Burgos, le hubo de pedir con grande encarecimiento la 
hiciese merced de presentársele, para sólo sacar su traslado, para no 
sé que necesidad que se le había ofrecido, para verlo o mostrarle 
a sus confesores; y el dicho Sr. Arzobispo se le envió el dicho 
libro, confiado de la palabra de la Santa Madre, la cual mandó 
que para trasladarle ninguna religiosa le leyese ni viese, sino sólo 
esta declarante en secreto, por ser forzoso leerle a quien le tras- 
ladaba, diciendo que como esta declarante era niña, no repararía en 
ello. Y confiesa esta declarante que con serlo, y con tan sin espíritu 
como era y tan desapegada e incrédula de las cosas de la Santa 
Madre Teresa de Jesús, que la hacía la lectura del dicho libro un 
movimiento particular interior, con un espanto notable de ver que 
tenía entre manos mujer tan señalada en virtudes y en favores del 
cielo, y procuraba hacerse fuerza así misma para estimarla en lo 
que era razón; y con todo eso, pasados aquellos ratos, permitía el 
Señor que se escureciesc y encubriese a esta declarante aquella ad- 
miración que antes sentía, para que no se dejase descuidar en mos- 
trarla amor y estima particular, sino antes le fuese ocasión de más 
mortificación su término de él, a pesar de esta declarante, y no mi- 
rando el Señor a esto. 

Otras veces, por el tiempo que conoció a la Santa Madre, le 
daba otras noticias de las grandezas que había puesto en aquella 
alma y las obras heroicas que por su medio Dios había hecho y había 
de hacer, que la traían a esta declarante algunas veces como fuera de 
sí y muy -suspensa en semejantes consideraciones, mirándola como un 
prodigio que estaba en el mundo y que presto quizás se la quitaría 
de los ojos; las cuales cosas también la pasaban a esta declarante 
para el fin que poco ha dijo esta declarante. 

56. Al artículo cincuenta y seis dijo: que lo que de él sabe, 
es que todo lo referido en él es cosa muy notoria, cierta y verdadera, 
y que ha sabido el provecho particular que ha resultado de la lec- 
tura del dicho libro en algunas almas, y en especial en una de un 
caballero de esta ciudad que vino por ella a ser tan mudado en su 
espíritu, que con fortaleza sobrenatural dejó a sus padres y a las 
cosas del mundo y se entró religioso en los Descalzos Franciscos; 
y quejándosele los padres de que no les quedaba heredero, él res- 
pondió que rogaría a Dios se le diese, y dentro de aquel año dicen 
que, por intercesión de la Santa Madre Teresa de Jesús, se le dio 
Nuestro Señor; y el dicho religioso se dio tanta priesa a las cosas 
del servicio de Su Majestad y de la penitencia, que dentro de poco 
tiempo le llevó Dios a gozar de Sí en el cielo. Y este caballero 
era hijo de Ochoa de Aguirre, vecino y regidor de esta ciudad; 
el cual y otro hijo suyo llamado D. Pedro, habrán depuesto cerca 
de esta particular, y en él se refiere a sus deposiciones. 

Y también sabe esta declarante, que en estos últimos años es 
tanta la estima que se tiene en otros reinos de los libros de la Santa 
Madre, que los lian hecho traducir en sus lenguas. Y de Indias escri- 



APÉNDICES 531 

bió a esta declarante uno de sus hermanos, que pienso fué Don 
Francisco de Cepeda, que uno que tenía, casi nunca le dejaban en su 
casa, llevándole a porfía unos y otros para leerle, por el aprovecha- 
miento que en sus almas sentían, y otras cosas particularas, que por 
no se le acordar bien, no las declara, aunque la parece haberlo oído 
decir a diferentes personas. Y sabe esta declarante, por cosa muy 
cierta y verdadera, que el libro original que refiere el Capítulo se 
llevó ael convento de la Encarnación por mandado de su prelado, 
como han llevado de él otros muchos papeles de mano de la Santa 
Madre al fin de que por allá fuesen vistos y más estimados, y que 
el estar puesto el dicho libro en tan eminente lugar entre otros 
libros de Santos, lo sabe por relación de Francisco de Mora, que vio 
el dicho libro muchas veces, como persona que asistía en la pre- 
sencia del Rey tantas veces; que por los oficios que tenía en la casa 
real y por lo que le querían y valía no había para él en ella 
cosa encubierta; el cual fué apasionadísimo por los libros y cosas de 
la dicha Santa Madre Teresa de Jesús, como se relata en otro ar- 
tículo cuando se trata de él. 

58. Al artículo cincuenta y ocho dijo: que algunas cosas de él 
tiene ya respondido en otra deposición que dijo del reverendo señor 
Provisor, D. Pedro de Tablares, Arcediano de Avila, por comisión 
del ilustrísimo Sr. Nuncio, en la cual deposición ya se ha ratificado 
esta declarante en el principio de este su dicho y también en él, 
en especial en el artículo diez y siete, tiene referido otras cosas 
tocantes a este artículo, a todo lo cual se refiere y esto responde (1). 
59. Al artículo cincuenta y nueve dijo esta declarante: que por 
lo que vio y ha oído muchas veces, sabe que la dicha Santa Madre 
Teresa de Jesús fué aventajadísima en la virtud de la obediencia, 
no sólo con sus superiores y confesores, pero aún con personas in- 
feriores a ella;' y así vio esta declarante muchas veces que se rendía 
al parecer de sus subditas y se le pedía con grande humildad, y 
que cuando pasaba por los conventos, con ser fundadora de todos, 
no admitía que las religiosas de ellos acudiesen por licencias sino 
a las prioras de los mismos conventos, a las cuales respetaba y tra- 
taba como si les tuviera la misma obediencia y sujeción que las 
demás, y las pedía licencia o perdón de que no hacía tanto como 
quisiera por estorbarla los negocios, especialmente porque no hilaba 
tanto como las demás, por estorbarla los negocios, en los cuales, 
aunque más se cansase y más la estorbasen, buscaba tiempo, aunque 
fuese de noche, para estar hilando y ayudando en esto a la comunidad. 
También sabe acerca de las comuniones que, con haber muchos 
años que la Santa Madre las hacía cada día con orden de sus con- 
fesores, las vino a dejar cuando estaba en Burgos por sólo que el 
Sr. Manso, de quien ya se ha hecho mención en el artículo diez y 
siete, como que no la conocía entonces, aunque la confesaba, la dijo 
que no había menester comulgar tanto, ni tenía aparejo para ello, 
que bastaba a ella y a sus monjas comulgar de ocho a ocho días, 



Véase la Relación hecha poi ella misma en 1596, que ya dejamos publicad;;. 



332 APÉNDICES 

u de quince a quince; a lo cual, aunque lo sentía mucho por ser una 
pérdida grandísima para el consuelo de su alma el no comulgar cada 
día, iba por estotra ley, obedeciéndole como si él solo hubiera sidc 
siempre su confesor. Y si acaso las demás religiosas o alguna de 
ellas se quejaba o le culpaban en este particular, las reprendía ü 
no consentía sino que hablasen con mucho respeto de él. Cuando 
fué a Alba la Santa Madre, obedeció también con gran contrariedad 
en lo que, según ella misma dijo, había sentido más que en cuantas 
cosas antes otros prelados la habían mandado, haciéndola desde Me- 
dina del Campo torcer el camino de Avila para que fuese a Alba de 
Tormes, porque la Duquesa la había pedido así, sintiendo mucho este 
viaje no fuese por particular necesidad o provecho de su Religión, 
sino digamos por respeto humano de dar gusto a la Duquesa, en que 
la fuese a ver pidiéndola al perlado por título de querer ver y ha- 
blar a una santa, que es lo que ella sumamente aborrecía que nadie 
dijese ni pensase. 

63. Al artículo sesenta y tres dijo: que ansí por oídas de con- 
fesores fidedignos y graves de la dicha Santa Madre Teresa de Je- 
sús, y en especial del Sr. Ribera y de otras personas que la co- 
nocieron, y por lo que esta declarante vio y oyó el tiempo que trató 
y comunicó a la dicha Santa Madre, sabe que es ansí verdad todo 
lo referido en este artículo, según y como en él se contiene, y que 
en especial le hacía a la Santa Madre de la grande humildad que 
tenía y del conocimiento de lo poco que en sí era, una grande estima 
de los prójimos y de cualquier virtud que en ellos vía, y a personas 
que tenían cosas particulares de oración las respetaba; y así, viendo 
a una religiosa en un arrobamiento, por ser nueva en el monasterio 
de Burgos, las demás religiosas comenzaron a alterarse de verla en 
aquel éxtasis tanto tiempo en el coro. La Santa Madre Teresa de 
Jesús, viéndolo, no sólo mostró respeto, sino que reprendió muy bien 
a las demás religiosas por el que no habían mostrado. Otra vez 
estaban contando delante de la Santa Madre algunas de las visio- 
nes y mercedes que Dios había hecho a Santa Gertrudis, y fué tan 
notable la humildad de la Santa Madre que en el exterior mostró 
de aquello, que no le faltaba más que postrarse en tierra de la 
veneración que le causó oir aquello, con muestra de que ella ja- 
más había experimentado cosas semejantes. 

Esto fué una cosa tan particular, que la hizo notar a esta decla- 
rante no poder ser aquello sino en un alma de profundísima humil- 
dad y deseosa de que nadie supiese los favores y mercedes que 
Dios la hacía, sino que sólo venerasen los que había hecho a otros 
santos. Y ansí mesmo esta declarante ha oído no sé cuántas veces, 
y la una a religiosa de las más antiguas que hubo en este conven- 
to, que oyó decir a la dicha Santa Madre que quisiera o había de- 
seado que su muerte fuera como un rayo del cielo, por ser muerte, 
al parecer, de los hombres grandes y honrados. 

67. Al artículo sesenta y siete dijo: que no sólo sabe que es 
verdad todo lo en él contenido, por lo que ha oído decir, sino que 
en los últimos años que esta declarante conoció a la dicha Santa 
Madre, la vio algunas veces tan afligidísima de dolores ij con tan 



APÉNDICES 333 

grandes temblores en la cabeza y golpes en el cuerpo, que no sólo 
la podía tener, pero que parecía, en la furia con que era atormen- 
tada, que los mismos demonios eran los que la hacían una violencia 
tan grande, y que en estos tormentos se acuerda no se quejaba ni 
hablaba palabra si no era para alabar a Dios y pedirle su socorro, 
o a las hermanas agua bendita, de la cual era devotísima y jamás es- 
taba sin ella de noche ni de día, ansí en la celda como en los 
caminos, y que en los tiempos de estos temblores, mostraba en su 
rostro un aspecto tan grave y recogido dentro de sí, que verla era 
como verla en un éxtasis de oración, testimonio claro de la que 
tenía aun en aquellas ocasiones en su espíritu. 

Otra vez, estando la Santa Madre en este convento de San José 
de Avila, un día, primeros de Navidad, en la noche, yendo por una 
escalera hacia el coro, según se entiende, la hizo caer el demonio 
de ella, de suerte que se quebró cl brazo izquierdo, con un ruido ex- 
traordinario en la caída; y con quedar de esta suerte y esta decla- 
rante y las demás religiosas tan alborotadas, ella se quedó en su 
paz y quietud, y aún piensa que riéndose, y nunca se le oyó quejarse 
ni hacer sentimiento del dolor, sino llevarlo con particular sufrimiento; 
y después, al tiempo de la cura g concertarla los huesos, fueron los 
dolores excesivos, y dijo que para poderlo llevar, había tenido puesta 
su consideración en Cristo Nuestro Señor cuando estaba en la cruz, 
que estiraron tan cruelmente sus nervios. Con toda esta cura quedó 
por toda su vida impedida de no poder sola vestirse, ni tocarse 
ni aprovecharse de aquel brazo. 

Sabe esta declarante, que con estar la dicha Santa Madre con 
tantas enfermedades y cansada de negocios y muchas cartas, hasta 
las doce y la una de la noche, no por eso dejaba de ir a los 
maitines al coro con las demás religiosas; e yendo allí, una vez dijo a 
esta declarante que aunque iba, jamás se sentía sin grandísimo mal 
o dolor de cabeza. 

68. fll artículo sesenta y ocho dijo: que todo lo que declara 
y refiere este artículo sabe ser ansí porque lo ha oído diversas veces 
y a diferentes personas, y en especial de tres ha sido informada de 
lo que se sigue. Estándose haciendo aquella casita primera a que 
dio principio a esta reformación Nuestra Santa Madre, y estando con 
su hermana Doña Juana de Ahumada, fueron un día al sermón a la 
iglesia parroquial de Santo Tomé de esta ciudad, y un religioso de 
cierta Orden que predicaba allí, comenzó a reprender ásperamente, 
como de algún gran pecado público, diciendo de las monjas que 
salían de sus monasterios a fundar nuevas Ordenes, eran para sus 
libertades, y otras palabras tan pesadas, que Doña Juana estaba 
afrentada y haciendo propósitos de irse a Riba o a su casa y hacer 
a nuestra Santa Madre que se volviese a la suya y dejase las obras. 
Con este propósito volvió a mirarla y vio que con gran paz se estaba 
riendo. Dióla esto más enojo, y díjola algunas razones sobre ello, 
pero luego la mudó Dios, y dejando los propósitos dichos, se quedó 
aquí en Avila y tuvo a nuestra Santa Madre en su casa, prosiguien- 
do en la obra comenzada. Esto que ha oído esta declarante, es con- 
forme a lo que escribió la Madre Priora de Toledo, prima suya. 



334 APÉNDICES 

que fué hija de la dicha Doña Juana (1), a quien se le oyó muchas 
veces contar, y esta declarante también lo sabe por dicho del doc- 
tor Ribera. 

También sabe por relación de la Madre ñna de San Bartolomé, 
de quien ya lleva hecha mención en otros artículos, en especial en 
el diez y nueve, que yendo con la dicha Santa Madre Teresa de 
Jesús a la Mancha en el templo de la Puebla, estando la Santa Ma- 
dre con ella y otras religiosas, los clérigos de la iglesia no las que- 
rían comulgar, poniendo dolo en sus personas como gente que an- 
daba caminos; y acabadas de comulgar, con muchas voces y alboroto 
las echaron de la iglesia y enviaron personas con ellas hasta cerca 
de Toledo para ver qué gente eran, lo cual llevó la dicha Santa 
Madre con la alegría y sosiego con que llevaba cosas semejantes 
y de que Dios la sacaba con más honra que antes. 

71. Al artículo setenta y uno dijo: que por lo que ha oído 
muchas veces y conoció esta declarante en la dicha Santa Madre Te- 
resa de Jesús, sabe que es verdad lo que este artículo dice, en es- 
pecial lo que señala cerca de lo que pasó en la fundación de Bur- 
gos, de lo cual esta declarante fué testigo de vista, y pasó ansí como 
en el artículo se refiere, aunque lo que dice de los seis meses, sabe 
no fueron más que tres, como tiene declarado en el artículo cincuen- 
ta. Y en lo que en él se trata de la sinceridad de la dicha Santa 
Madre, conoció en su tía ser tan grande, que de ninguna cosa parecía 
podía tener malicia ni juzgarla a mala parte, ni faltar en cosa a 
la verdad por pequeña y leve que fuese, y que en el año último 
de su vida, en cuya compañía anduvo esta declarante, estaba tan 
adelantada en estas virtudes, que en todas sus acciones y en los 
actos exteriores mostraba una sencillez y candidez tan notables, que 
parecía era niña de dos años, y que estaba en aquella primera ino- 
cencia con que Dios crió en el Paraíso el primer hombre, como lo 
tiene apuntado esta declarante en la deposición que dijo ante el 
Rvdo. Sr. Provisor, Don Pedro de Tablares, Arcediano de Avila, ante 
Francisco Sánchez de León, notario, en que ya va rectificada al prin- 
cipio de este dicho, a lo cual ansí mismo se refiere. 

72. Al artículo setenta y dos dijo: que lo que de él sabe, es 
que muchas veces esta declarante fué testigo de vista que pasó ansí 
por verdad lo que en él se dice, y que en especial lo que era 
alabar a Dios, la dicha Santa Madre era tan continua, que aun gx- 
teriormente nunca estaba sin hacerlo, y refería algunos versos de 
los salmos de David. No había cosa, hasta las plantas y flores muy 
pequeñas de la huerta y las criaturas que Dios había criado, aún in- 
sensibles, que no estuviese siempre diciendo: «Bendito sea el que 
te crió», enseñando a esta declarante que hiciese lo propio cuando 
ella las viese. Era amiguísima de